90,768

Entre las muchas industrias fallidas durante el Régimen Jurik, la ciencia fue la que se enfrentó a la mayor extinción. Los Juriks, que armaron todos los aspectos de las ciencias, estaban decididos a borrar todos los vestigios de estudio restantes que no tenían ningún valor para ellos. Esto significaba la psicología, a menos que fuera en forma de daño mental al enemigo; biología, a menos que se abuse de ella como guerra biológica; geología; y astronomía fueron descartados, eliminados y llevados a su fin.

Entre los muchos científicos y genios cuyo trabajo fue destruido permanentemente, estaba Harriet Narc, una psicóloga y filósofa anteriormente reconocida que vivía en algún lugar de la Europa ocupada por Jurik. El día que el equipo de trabajo de Jurik demolió sus instalaciones de investigación, cayó inmediatamente en una depresión profunda y desesperada. Su trabajo, que fue inútil para los Juriks y por lo tanto destruido, fue un estudio sobre si quedaba algo después de la muerte. Aunque sus resultados no habían sido concluyentes al final de su trabajo, sintió firmemente que se estaba acercando a algo que podría cambiar el mundo.

Decaida y sin trabajo, Harriet consideró el suicidio. Sin embargo, este no era solo un último recurso por desesperación: sabía que, si quería encontrar la verdadera respuesta al menos para sí mismo, la solución era solo un disparo, una herida de cuchillo, una inyección letal o caerse por las escaleras. La tentación (y la depresión) era demasiado grande, por lo que Harriet rebuscó en una caja que contenía las pocas cosas que había salvado del laboratorio en ruinas. Una jeringa pequeña, llena de un líquido negro pegajoso, era lo único que tenía y confiaba en que podría hacer el trabajo correctamente.

Temblando, se metió la aguja en la muñeca, pero dudó en apretar el émbolo. Por un momento, estaba aterrorizada. Nunca se había enfrentado a una situación como esta, pero también entendió que sería la primera y la última vez. Incluso si no hubiera nada después de la muerte, nunca más tendría que enfrentar esta tortura. Empujó el émbolo, y la muerte líquida negra fluyó por sus venas. Lo sintió arrastrarse por su cuerpo, carcomiendo cada célula viva hasta que llegó a su cerebro y corazón.

Tropezó hacia adelante y colapsó, sin vida.

Sintiéndose bastante nebuloso, se recuperó. Solo había oscuridad a su alrededor, pero muy por delante, había una luz brillante. Su mente se puso a trabajar sin dudarlo para reunir las pistas a su alrededor. Lo que vio y experimentó fue inexplicablemente similar a la descripción común de una "experiencia cercana a la muerte", el tema de muchos de sus experimentos con varios pacientes. Sin embargo, nunca había llegado a sacar evidencia concluyente de la existencia real después de la muerte.

Harriet caminó hacia adelante, sus pasos no hacían ruido. Era como si estuviera caminando sobre la nada misma, porque no podía sentir el suelo debajo de sus pies. Llegó a la fuente de la luz, que era… sorprendentemente, lo que parecía ser una luz de emergencia unida a una pequeña sección de pared de ladrillo, aparentemente suspendida en medio de la nada. Debajo de la luz, había una puerta decorativa de caoba. Harriet se rió un poco, sorprendida por el comienzo francamente tonto de esto. Abrió la puerta con entusiasmo, emocionado de ver lo que había más allá.

Desafortunadamente, se encontró con nada más que una pequeña cámara que parecía ser una sala de espera. Parecía sorprendentemente terrenal y normal, e incluso había una melodía de blues familiar sonando desde una radio en el escritorio de la recepcionista. La alfombra era del mismo color rojo intenso que la puerta, pero una larga alfombra negra y dorada estaba sentada frente al escritorio. Un sofá negro y rojo se apoyaba contra la pared: aquí era donde las cosas se volvieron notablemente inusuales.

Una entidad negra, bastante translúcida, se sentó en el sofá. Parecía una sombra, o más descriptivamente, como una larga hoja de tela con forma. No había extremidades en absoluto, pero dos orbes blancos brillantes se sentaban uno al lado del otro en la parte superior de la entidad. Harriet los consideraba los ojos de la cosa, al menos cuando la cosa lo miraba directamente y las esferas se estrechaban analíticamente.

"Oh, otra transferencia", dijo la cosa con disgusto. Su voz sonaba como tres o cuatro voces de varios tonos hablando al unísono perfecto.

Un escalofrío recorrió la columna de Harriet. Estaba vivo y conciente. Dirigió su atención al recepcionista por un momento y descubrió que parecía ser un anciano perfectamente normal, con una barba rala y despeinada que apenas se aferraba a su barbilla. Harriet notó algo extraño, y fue que los iris del recepcionista eran rojos como la alfombra. Inquieto, Harriet se sentó torpemente al lado de la entidad negra. Antes de que tuviera la oportunidad de pensar, la cosa se retorció extrañamente y lo enfrentó.

"Deberías tomar un número si insistes en esperar", le dijo la cosa.

Harriet miró la cosa, "¿Perdón?"

"You're a transfer." The thing leaned against the sofa casually, and an arm-like tendril grew from its side and clutched the armrest. "You came from Earth because your vacation is over. You need to take a number before you're redirected to any other place." The black thing pointed with its tendril arm to a small ticket dispenser at the receptionist's desk.

Harriet stood baffledly. Transfer? What did that mean? "Oh, thank you, er… sir?"

"Call me whatever you like," the shadow replied snidely.

Harriet wandered to the desk and extended a hand to the ticket dispenser, but there was no number ready to be taken. He was about to withdraw, but without warning something long and pink slid out from the dispenser and wrapped around his arm. Disturbingly, it was a long, wet tongue. Shocked, Harriet let out a fierce shout and tried to pull away, but the tongue held him back. The receptionist pulled a branding iron from somewhere beneath the desk and burned a number into Harriet's hand, provoking him to scream yet again.

When the number was in place, the tongue retreated. Harriet tumbled away and fell against the couch, and stared in utter horror at his hand. The number read 90,768.

"This is death?!" Harriet cried, unable to comprehend what was happening.

"Essentially, yes," said the shadow, sounding somehow proud of itself. "But you're still not seeing the whole picture, friend."

Harriet straightened himself and sat normally on the couch, glaring in bewilderment at the shadow, "What do you mean? I killed myself because I wanted to see what was after death. You… y-you see, I was a scientist, and all that."

There was the sound of tearing fabric, and a set of grinning teeth appeared in the air just above the shadow's head. Terrible laughter echoed in the small room, originating from the teeth. When the shadow spoke again, the teeth moved in unison with its words.

"This is what we call real existence, and you've been here before." The teeth grinned unnervingly. "You see, this is where everything originates. It is a horrible, despicable place, and everything here yearns to escape. That's what Earth is. It's the place where the lucky few of us go to escape the utter torment of this place. You, friend, have ended your vacation early by committing suicide, as you called it."

Harriet began to sweat uncomfortably, "But this place… It's only a waiting room! How can this be horrible?"

The teeth smiled even wider, and the shadow reached its tendril toward Harriet, "Do you want to see this room the way I do?"

Harriet stared at the sticky-looking tentacle that was only inches away from him. He wasn't sure if he did want to see this place the way the strange shadow saw it.

"Oh," the shadow said when Harriet didn't react, "where are my manners?"

On command of the shadow, four fingers and a thumb sprouted from the end of the tendril. It still didn't even come close to resembling a human hand, but it was much more tolerable than a featureless, somewhat pointed tentacle. Harriet slowly moved his left hand toward the black, slimy tentacle-hand before him. As soon as he touched it and closed his own fingers around it, he was repulsed — not by the sticky, disgusting feeling, but by something else entirely.

The walls fell away around him, revealing a truly enormous room that looked nothing like the quaint yet decorative waiting room in which he had been only seconds ago. The carpet was pure crimson, more closely resembling blood than the mahogany door (which itself was nowhere to be seen at this point). Thousands of sofas, benches, and chairs lined the seemingly-endless room, and each of them was occupied by an unspeakably hideous creature, all of which emanated the essence of nightmares. Tentacles thrashed about various individuals, yet still others shrieked, screamed, and roared from rapidly opening and closing mouths, whose teeth were long since chipped, broken, and bleeding.

When Harriet turned his attention to the shadow itself, he saw it in its true form. The grinning set of teeth were now in place on a malformed black head, whose face sported sunken eyeballs glowing with malevolent yellow light. Hundreds of miniscule tentacles clung to the sides of its head as a substitute for hair, and its body was no longer a shapeless black blob, but a disturbing contorted humanoid form, with red-tipped thorns poking up in sickening clusters comparable to pimples or sores.

Harriet, stricken with absolute horror, gasped, "W-what are… you?"

The shadow laughed in its many voices and retorted, "Why are you asking what I am, when you should be questioning yourself?"

Harriet, baffled, glanced down at his own body. Further adding to his terror, he found that he was nothing humanoid. Both of his arms (one of which still grasped the shadow's hand) were nothing more than long, scythe-like claws with a serrated edge, not unlike the blades of a mantis. Additionally, his body was multi-legged, and long hairs hung in messy clumps from the sides of his body, floating in the air and quivering and pulsing all on their own. Horrified, Harriet released his grip on the shadow's hand, and the room returned to the quiet waiting room that was so much more comforting.

The shadow was nothing more than its unintimidating (if eerie) amorphous form again, and Harriet was human like before. He dropped from the sofa and collapsed on the floor, gasping and wheezing. He turned back to face the shadow, still panicked. The teeth reappeared above it and laughed crazily.

"I hope you're not too eager to return to Earth," the shadow cackled, "because you're not going back for a long time."

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License