— ¿Oye, efendi? —la mano de dedos tentaculares se enroscó con urgencia en su antebrazo. Francis levantó la vista del manuscrito apartando el brazo con repugnancia mal disimulada. No le gustaba que nadie le tocara y menos uno de esos sucios árabes con sus asquerosas costumbres…
Imagínese, mi querido Francis, no conocen el papel higiénico.
— ¿Qué demonios ocurre, Abdel? — echó la silla hacia atrás y se puso de pie. Se llevó una mano a la espalda masajeándose la parte baja, no sabía cuántas horas llevaba enfrascado en su lectura.
El árabe se llevó el índice a los labios…
Una uña negra y retorcida como el pico de un ave de presa, hacía de corona en el dedo nudoso.
…y señaló hacia la ventana. Francis frunció el ceño para acostumbrarse al cambio de la luz del quinqué bajo el que leía a la luminiscencia de la gélida luna que menguaba, sonriente, a través del oquedal por el que se colaba el oscuro y frío aliento exhalado por el desierto. Una vez habituados sus ojos al exterior, no alcanzó a distinguir nada que atrajera su atención. Se volvió con impaciencia hacia Abdel sobresaltándose ante la extraña intensidad en la mirada de su sirviente. Había algo inquietante en los ojos negros del árabe que le hizo recular. Irritado ante su propia reacción, levantó la mano golpeando con fuerza al árabe en el rostro.
—En nombre de nuestro Señor Jesucristo, te he dicho muchas veces que no me distraigas con tus supercherías.
Los golpes habían comenzado casi por casualidad, pero se convirtieron en costumbre enseguida.
Lady Eleonor Cromwell, esposa del embajador británico, Sir Hugh Cromwell, le había presentado un año atrás a Abdel Mutaál como el lacayo ideal: leal, obediente y además, convertido al cristianismo. Y la cuestión de la fe no era desde luego tema baladí, Francis era hombre de profundas convicciones religiosas, con un Dios fuerte e implacable como referencia inmovible, y sin atisbo de tolerancia hacia aquellos que profesaban cualquier otra creencia.
Sin embargo, y a pesar de las lisonjas de Lady Cromwell, Abdel le habíairritado desde el primer día con sus supersticiones y cuentos de viejas sobre demonios –djins y guls en su lengua maldita–y lugares dejados de la mano de Dios a los que uno nunca debía acercarse. La indignación de Francis ante tales proclamas, culminó el día en que Francis confirmó sus sospechas sobre las creencias del árabe en otras divinidades distintas a la bíblica. Tal fue su acceso de cólera que al querer despedir al árabe indicándole con el bastón, que solía utilizar para caminar, que se marchara de inmediato, le golpeó en un hombro haciendo que el hombre trastabillara y estuviera a punto de caer. Francis tenía ya la disculpa en los labios cuando algo en la actitud del otro, cabeza gacha, postura sumisa, gimoteo como el de un animal herido, le animó a repetir la agresión, una, dos y hasta tres veces con fuerza creciente, sin que el árabe intentara esquivar el bastón. Abdel se quedó a su servicio y desde ese día, el colérico inglés descargaba regularmente su ira sobre los hombros del sirviente que aceptaba los golpes en silencio y sin reproche alguno.
Francis Lloyds alto, delgado, algo cargado de hombros, de facciones severas y ojos grises, era hijo de un pastor protestante de Yorkshire de quien recibió una esmerada educación y fuertes convicciones a costa de mucho estudio y también, dolor. Mucho dolor.
Contrajo matrimonio a los veinte años con la aprobación de su padre, y enviudó al tercer año de casado.
Hubo habladurías sobre la caída que sufrió su mujer y en la que se rompió el cuello. En opinión de las gentes, algo negro se había cocido en esa relación desde el principio y el tropiezo con fin nefasto, no había sido el primer “accidente” que sufría la infortunada.
Quedó solo, sin hijos, y con una considerable fortuna resultas de ser el único heredero tanto de su esposa como de una tía abuela a la que sólo había visto en una ocasión.
—No deseo besarla, padre. Huele a meados rancios.
Nunca olvidaría esa ocasión merced a la fuerte paliza que le diera su padre.
No era la primera, ni sería la última, pero ésa le costó dos dientes y una semana durmiendo bocabajo.
— ¡¡No eres hijo mío si el pecado germina en ti con tanta facilidad, más te aseguro que igual que enderezo un árbol que se tuerce, te enderezaré a ti o te troncharé; lo que antes ocurra!!
Y no se tronchó, al menos no por fuera aunque en su interior se retorcía la oscura raíz del resentimiento.
Una vez libre de las ataduras mundanas y, tras su efímera participación en el conflicto que había enfrentado al mundo en la llamada Gran Guerra durante la que fue herido en una rodilla que le retiró del servicio en el frente, decidió dedicar su vida al estudio de las antiguas civilizaciones que el tiempo había transformado en leyenda. Probablemente ese impulso de buscar tierras y hombres perdidos en las brumas del tiempo naciera como contrapeso a la rígida, pragmática y espartana vida en la que había sido educado. Su ansia de descubrimiento le llevó lejos de Inglaterra y, sobre todo, le alejó de su padre quien tampoco hizo mucho por retenerle. En cuanto a su madre, nunca había más que una sombra muda y arrinconada que ni siquiera levantó la vista cuando Francis se despidió de ella con un leve beso en la mejilla.
Su búsqueda le llevó a Sudamérica donde estudió las culturas prehispánicas y se sumergió en las junglas en busca de la fabulosa ciudad de El Dorado; más tarde alcanzó el norte del continente americano, los Estados Unidos, donde se le sedujo el estudio de las tribus indias como los anasazi, en un intento de descifrar sus secretos. Llegó también hasta islas como la de Rapa Nui, conocida como de Pascua, Tahití y Hawai en busca de algún vestigio de la antigua y legendaria Lemuria. Todo en vano, nada encontró que tuviera valor alguno para iluminar la historia de esas culturas o que constituyera prueba del emplazamiento de lugares fabulosos.
Pero su afán no decayó y siete años después de abandonar su hogar, había llegado hasta la ciudad de Ptolemais siguiendo las indicaciones de un manuscrito que adquirió en una oscura callejuela de Westminster. Procedía de algún museo o quizás una colección privada y a buen seguro que no pertenecía al tipo de mala catadura que se lo vendió, pero Francis decidió cerrar los ojos a tales sospechas. El texto bien lo valía. Estaba escrito en griego clásico, aunque eso no había supuesto obstáculo alguno para Francis, bien versado en esa y otra lenguas muertas. Un primer vistazo le desveló que hablaba sobre unos seres llamados los Antiguos que habían llegado desde las estrellas y eso bastó para tentarle.
Sin embargo, el escrito era velado, críptico; presentaba una cortina pesada de enredos, circunloquios y acertijos que exigía una dedicación rayana en la manía para conseguir alzar cuanto apenas una esquina que permitiera vislumbrar la luz que ocultaba tanta maraña. Si es que era luz lo que había tras ella.
Había descifrado lo suficiente como para llegar hasta Ptolemais, cerca de la cual se encontraban los restos de la antigua Miskatomic nombrada en el críptico texto.
Ptolemais fue una colonia fundada por griegos procedentes de Barka en el siglo V A.C., sobre los restos de un poblado de alguna antigua civilización que no supieron identificar. La colonia se convirtió en un centro neurálgico en el tráfico de esclavos y acabó siendo ambicionada por el poder establecido de cada época. Así fue sometida por Alejandro el Grande, posteriormente sujeta al yugo egipcio, para luego caer en manos romanas con las que alcanzó el esplendor. Miskatomic, un pequeño emplazamiento ganadero de origen incierto que se hallaba a corta distancia de la, para entonces, gran ciudad, también fue cayendo bajo los distintos dominadores.
El manuscrito describía como los distintos dioses de los sucesivos conquistadores de Ptolemais, habían entrado en conflicto con los Antiguos, entidades que se describían como procedentes de Miskatonic. Desde allí habían surgido ancestrales ritos de unas creencias en entidades antiguas y terribles. Creencias que provenían de tiempos anteriores a los griegos, cuando la humanidad vacilaba sobre el foso de la ignorancia y el terror.
Creencias que comenzaron a arraigar en la población de Ptolemais, que se
dedicó a la práctica de ritos arcanos que perseguían abrir puertas que
llevaban cerrados desde mucho antes de que el hombre pisara la Tierra.
Un terremoto asoló la región en el siglo IV; fue la venganza y el miedo de los dioses contemporáneos provocados por la sombra del advenimiento de esas arcanas deidades, afirmaba el manuscrito de Francis, pero Ptolemais y Miskatomic sobrevivieron, cobrando mayor importancia y con ella, también las sombras que se extendieron amenazando con devorar la luz. Más las ciudades eran temidas y malditas por los dioses y así fue como permitieron que los bárbaros, surgidos al amparo de la decadencia romana, las destruyeran. Empero aún resurgieron una vez más, reconstruidas por Justiniano, a pesar de la oposición de los pueblos de nómadas que recorrían el desierto y que quisieron verter sal en las entrañas de las dos urbes y dejar sus restos para que las arenas la devoraran.
Los ritos antiguos tornaron con renovado vigor y las noches hacían eco a las lenguas murmurando palabras prohibidas cuyo sonido solo, bastaba para paralizar el hálito de un hombre. Los mismos pueblos de nómadas que se opusieron a la reconstrucción de las ciudades, aprovecharon la caída definitiva del Imperio para destruir los emplazamientos en el siglo VII y borrar de todos los mapas su presencia con el deseo de que acabara en el olvido. Más el propio intento fue lo que creó una leyenda que llevó a muchos a buscarla hasta que Sir Randolph J. Poplar lo consiguiera a mediados del siglo XIX. En cuanto se produjo el hallazgo, se emprendieron excavaciones y las ruinas se alzaban ahora orgullosas y desafiantes sobre el desierto cerca de la moderna Ptolemais. Allí, Francis buscaba los vestigios de esa civilización anterior a los griegos. Unos moradores sobre los que ninguna mención se hacía en los libros de historia, pero que en el manuscrito se describían como adoradores de deidades que exigían sacrificios humanos para aplacar su ira.
La ira, siempre la ira.
Y ofrecer sus favores a cambio.
Probablemente Baal o alguna monstruosidad por el estilo, concluyó Francis.
Descifró los pasajes en que se hablaba de aquellos que habían llegado de las estrellas huyendo de un creador que había jurado destruirles.
La historia de Lucifer y sus ángeles caídos. Había apartado el pensamiento, esas creencias paganas nada tenían que ver con el cristianismo.
Un enemigo que les había dado alcance y desterrado al foso de la creación, allá donde los dioses arrojaban sus desperdicios.
No habían sido destruidos, quizás no fueran capaces.
Tampoco Dios, Nuestro Señor destruyó a los ángeles rebeldes. Esta vez el pensamiento persistió.
Aquel que los halle y recite su voz, gozará de la llave a la oscuridad.
Aquel que los invoque, gozará del poder más absoluto, más corrupto.
Esa parte era una invitación y una advertencia.
Y en la sangre resurgirán de nuevo reclamando su lugar en el cosmos.
Francis no encontró nada de auténtico interés en el culto.
Quizás le diera escalofríos y soñara con voces que le hablaban en lenguas extrañas. Quizás fuera el exceso de oporto al que se estaba aficionando en demasía.
Sin embargo, la posibilidad de descubrir restos de un asentamiento anterior al de los griegos le había impulsado hasta ese país mugriento y miserable.
Con Abdel había recorrido las ruinas de las dos poblaciones, en mucho mejor estado del que esperaba, pero sólo había hallado restos romanos y algún que otro vestigio griego. Las huellas de otro emplazamiento anterior no aparecían y Francis sólo las intuía en un pasaje del manuscrito que se resistía a su interpretación. Las palabras eran de apariencia sencilla y mencionaban una puerta que llevaba al Foso; seguramente un templo en el que cometían las atrocidades en nombre de esos dioses detestables. Las frases eran diáfanas, sí, pero su mensaje se escabullía fuera del alcance de los esfuerzos de Francis al que cada vez le quedaba menos paciencia.
Su pensamiento volvió al cuartucho en el que se alojaba.
— El mejor alojamiento de la ciudad, effendi.
La suciedad y los olores eran algo a lo que difícilmente conseguiría acostumbrarse. Claro que considerando la cloaca que era la ciudad, aún se podía considerar afortunado.
Mientras la mente de Francis se perdía en estos recuerdos del pasado, Abdel le observaba sin rencor alguno a pesar de la bofetada. El lado izquierdo del
rostro del árabe se estaba hinchando con rapidez y Francis sintió un leve remordimiento.
— Dime qué te preocupa, Abdel —le indicó en tono algo menos áspero—. Estoy ocupado intentando descifrar este pasaje y mi paciencia es algo escasa —añadió a modo de excusa.
El árabe volvió a señalar hacia la ventana y Francis, suspirando, miró por ella de nuevo para encontrar como antes, los tejados de las viviendas arracimadas y más allá, la luna leprosa y burlona sobre las ruinas que había recorrido todos los días durante un año con perseverancia frustrante. Nada más.
— No hay nada ahí afuera, Abdel. Ningún demonio, nada de nada. — Volvió al manuscrito—. Ahora, vete a dormir y no me molestes más.
— Efendi, el rumor de los insectos, ¿no lo oye? Es más fuerte que nunca.
Francis abrió la boca para replicar, cerrándola enseguida con un chasquido.
Era cierto, inmerso en sus pensamientos, le había pasado inadvertido el murmullo intenso que dominaba las horas menudas de esa noche. El rumor era áspero y agudo a la vez, con un tinte casi amenazador.
Recordó que los árabes creían que esos sonidos de alas y patas diminutas eran las voces de los demonios.
El Señor de las Moscas.
Reprimió un escalofrío.
— Sólo son insectos, Abdel. Nada más. Esta noche hace más calor que otras y por eso se les oye con mayor fuerza.
El árabe hizo gesto de querer añadir algo, pero calló, no parecía querer tentar la paciencia de su amo.
— Habla —le animó Francis poseído por un extraño y súbito temor—. No tengas miedo. —De pronto sentía la necesidad de escuchar una voz humana, algo que acallara el creciente rumor de los insectos… De las lenguas malditas …que invadía el cuarto.
— Efendi, cuando los djins gritan, aquellos que no están muertos, los que yacen y aguardan, se remueven en sueños y en su agitación, señalan la puerta de su encierro.
Francis retuvo el aliento tomando al árabe por los hombros con tal brusquedad, que el hombre se encogió a la espera del golpe.
— ¿Qué has dicho? ¡Vamos, hombre, repítelo! Abdel hizo lo que se le pedía y entonces el inglés tomó el manuscrito agitándolo como un poseso ante el rostro del árabe.
— Es exactamente lo que dice aquí —susurró con el aliento entrecortado por la emoción—.
Bueno, quizás no exactamente… Mira, —le mostró el pasaje con un dedo tembloroso.
— No sé leer mi propia lengua, efendi —repuso el árabe con una risa seca —, menos esta que es tan extraña.
Francis le leyó las palabras con mal disimulada paciencia.
Las lenguas agitan palabras malditas
Y es su poder alcanzar la puerta que lleva al
Que no está muerto, al que yace eternamente
Ya que con el paso de los eones, aun la Muerte puede morir
Mas Chtutlu sólo puede soñar y sus sueños señalan el camino.
— ¿Ves? Aquí están las indicaciones de cómo hallar el lugar que estoy buscando, pero no soy capaz de interpretarlo y ahora tú acabas de recitar parte del condenado texto. ¡Maldita sea!
Abdel, —le dijo, esforzándose por hablar con más tranquilidad—. ¿De dónde has sacado esa frase?
— La oí de niño. Mi abuelo me la recitaba siempre que los djins vociferaban. Nos advertía de que debíamos estar en guardia ante las fuerzas que gobiernan el Universo.
Francis luchó por controlarse y no abofetear al otro.
— Vamos a ver, en algún lugar la vería tu abuelo. Debió leerla —se detuvo de pronto, cayendo en la cuenta de lo ridículo que sonaba—. ¿Qué estoy diciendo? Tu abuelo no sería más que otro sucio ignorante como tú — murmuró, más para si que para el otro. —Estoy perdiendo la cabeza persiguiendo ilusiones. ¡Dios mío, tengo que salir de aquí! —Buscó la botella de oporto de la que bebió directamente un trago largo arrojándola luego con fuerza al suelo. El vidrio estalló esparciendo el líquido ambarino por el suelo. Se agachó para recoger los restos cortándose con uno de los cristales. Ahogó una maldición al observar la sangre cayendo al suelo. La luz del quinqué se agitó concibiendo sombras volcadas sobre la sangre vertida.
— Mi abuelo, Abdel Qahhâr, era un hombre sabio, efendi. —Había firmeza y desdén en el tono del árabe, notó Francis con sorpresa—. Conocía las lenguas de los Antiguos y las dejó escritas para nosotros antes de partir.
Francis frunció el ceño, se notaba algo mareado debido a la súbita ingesta del oporto y a la herida. La mano le ardía y sufrió náuseas al observar como el suelo de sombras danzarinas absorbía con avidez la sangre.
¿Absorber? Francis Lloyds, conserva la cabeza, eres un hombre ilustrado no un ignorante supersticioso.
Levantó la vista hacia el árabe cuya silueta parecía difuminarse en su propio contorno.
— ¿Escritas? ¿Dónde?
El árabe señaló sobre la cabeza del inglés, en dirección al arco de la ventana. Francis se acercó alcanzando a distinguir unos arañazos, como los que alguien haría con una uña.
— ¿Esto? Son sólo garabatos y recientes, además. —Se volvió con rabia—. ¡Maldito árabe del demonio! ¿Pretendes burlarte de mí?
Abdel le observaba y en su rostro…
Sus rasgos se remueven como la cera ardiente
…la habitual expresión sumisa había desaparecido.
— No, efendi —escupió con desprecio—. No son garabatos y siempre han estado allí. Buscabas la puerta y la has hallado. Oye lo que claman las lenguas.
— Ph ńglui mglwńafh Cthulhu Kĺyeh wgah-nagl fhtagn, —aullaba el rumor de los insectos.
Las palabras malditas aterrorizaron a Francis Lloyds hasta el fondo de su alma.
— Buscabas a los Antiguos y nos has hallado. Jamás desaparecimos. El rostro, ¡Dios mío! ¡Protégeme!
— Sólo soñábamos. Aguardábamos tu corrupción, tu ira y tu sangre, effendi. Todo eso nos dará placer hasta que llegue nuestro momento.
Francis Lloyds gritó echándose hacia atrás en un vano intento de apartarse de la criatura que se le echaba encima. Sus aullidos fueron velados por el rumor que había tomado la fuerza de un huracán retumbando implacable.
Ph ńglui mglwńafh Cthulhu Kĺyeh wgah-nagl fhtagn
— Efendi- pronunció una garganta que no era humana—. Tuyo será el árbol de la ciencia y soñarás a nuestro lado hasta que mueran los eones y aún más allá. Quizás desees la muerte.
El rostro cambió y Francis reconoció a la serpiente.
— Sin embargo, la muerte jamás te alcanzará porque no se lo permitiremos.
Y el Señor de las Moscas se abatió sobre él.