Aire Lejano

El viento soplaba gélido a través de las colinas desoladas, susurrando palabras ininteligibles dirigidas a nadie.

Bajo el risco, tumbado en una postura grotesca, el niño de piel morena miraba al cielo con el rostro congelado en una sonrisa histriónica.

Había dejado de sentir tanto aquella presión incómoda en el estómago como la que ejercía la pared de aire que lo azotaba hacia el mundo y en su contra. Rápidamente olvidó también el vértigo infame, el crujir de hueso y tierra. Lo único que era incapaz de dejar atrás, incluso en aquellas circunstancias, era aquella visión antigua, aquel atisbo de abominable verdad.

* * *

El doctor Celso Artiles llegó al barranco al atardecer. La noticia del niño caído había recorrido la isla en cuestión de horas, y su amigo y colaborador, Andrés de Guzmán, le había enviado un mensaje urgente.

—Disculpa, me ha sido imposible llegar antes.

—No te preocupes —contestó Andrés, dándole la mano.

Andrés no era un hombre de muchas palabras, pero se le notaba más tenso de lo habitual, más frío.

Lo esperaba al lado de la estación, apoyado en un Seat 600 de color beige, mientras trataba de encender un cigarro.

Subieron al coche y se pusieron en marcha de inmediato. Andrés conducía bruscamente, y respiraba aquel humo sin reparo alguno.

—Los guardias civiles dicen que el niño deliraba antes de morir —explicó Andrés.

Hablaba de pinturas en la roca, de extrañas formas y palabras aberrantes. Muy feo el asunto.

—Lo que me sorprende es que fuera capaz siquiera de hablar tras caer de esa altura.

¿Cuánto fueron, cuarenta metros?

Andrés giró a la izquierda, dejando atrás los últimos edificios, hasta llegar a un paisaje repleto de prados verdes y de montañas que se sentían cada vez más cercanas.

—Sí, quizá un poco más incluso —afirmó—. Lo encontró un pastor, un conocido de la familia. Dice que no era la primera vez que lo veía por allí.

—¿Y le sacasteis alguna información al señor?

—Nos habló de una cueva que el niño visitaba con asiduidad.

De pronto volvieron a ver algunas construcciones en la distancia. Estas parecían más rudimentarias que las de la ciudad, y varias disponían de terrenos vallados.

—No tenemos registro de ningún yacimiento conocido por esta zona. ¿Te dijeron de qué tipo de pinturas se trataba?

—Creo que los únicos que han ido a la cueva son el inspector y un guarda forestal —dijo Andrés mientras daba otra calada—. Me crucé con el guarda al llegar, pero no dejó nada en claro. Me pareció un tipo extraño. Demasiado sonriente.

El coche traqueteaba, recorriendo la carretera de grava, levantando a su paso una humareda de polvo. Varios perros se acercaron a las verjas a ladrar al vehículo mientras sus dueños los miraban impasibles.

—Si te digo la verdad, a la policía ya le importa poco, porque lo han registrado como un mero accidente. Pero sabía que a ti te interesaría el asunto.

—Sí, te agradezco que me llamaras.

Aparcaron el Seat en un descampado a las afueras del pueblo. Andrés cerró con llave, cogió una mochila y un par de linternas del maletero y se dirigió con su compañero por un camino que daba al bosque. Allí los esperaba el agente forestal junto a un policía. Tras saludarse, los guiaron hacia el lugar del suceso.

—Entonces ¿fue usted quien encontró el cuerpo?

Se trataba de un hombre de unos sesenta años, de cabello canoso con una prominente calvicie, y un rostro afable como pocos. Parecía abatido, incapaz de
aceptar lo que había ocurrido. Le temblaban las manos, y su voz era débil, lejana.

—Lo encontré al volver. Pobre muchacho.

—Por favor, enséñeme el lugar exacto.

El señor se adelantó y subió la ladera, alejándose del camino. Sus pisadas eran firmes, como las de cualquier hombre de montaña, aunque su espalda arqueada y aquella triste mirada borraban cualquier rastro de la fuerza que le quedara.

Cruzaron un pequeño charco y, al cabo de un rato, encontraron un sendero rocoso y escarpado. El señor andaba diez metros por delante del resto, y de tanto en tanto echaba la vista atrás para comprobar que siguieran allí. Por suerte, el doctor Celso era un hombre de mundo, acostumbrado ya a andar por terrenos montañosos. Se había criado en la montaña y, por su profesión, había hecho varias expediciones a Egipto, Mesopotamia e Israel.

El sol empezaba a caer cuando llegaron a la linde del bosque. Un muro de piedra se alzaba a unos cien metros, y un manto de hierba salvaje cubría la tierra que los separaba de él, formando parches irregulares.

—Allí es.

El pastor fue a sentarse en un tronco caído. El policía habló con la oficina por walkie-talkie y el guarda forestal revisó el perímetro, mientras avanzaban hacia el lugar donde había caído el niño.

—Así que aquí fue donde lo encontraron —susurró Celso, ensimismado.

Sacó un bloc de notas de su mochila y Andrés le entregó una de las linternas.

—Nos tocará volver al amanecer, pero si quieres puedes echar un vistazo rápido y tomar algunas fotos.

—Con esta luz será difícil sacar algo en claro, pero lo intentaremos.

El policía se acercó a los hombres y sujetó a Celso por el hombro.

—Disculpe señor, no puede acercarse tanto al lugar del accidente. Tiene un permiso para analizar el otro asunto, ya que es usted un experto en la materia, pero nada más.

—Sí, sí, disculpa. ¿Dónde dicen que se encuentra esa cueva?

El guarda forestal les hizo una seña para que se acercaran. El sol teñía su rostro de rojo, confiriéndole un aspecto temible.

La tensión en el ambiente era notable. Tanto el pastor como el policía parecían extenuados, el uno harto de interrogatorios y el otro cansado de ir de un lado a otro, en busca de respuestas y ayuda para la investigación.

Celso frunció el ceño y se imaginó el cuerpo desamparado del chaval. ¿Qué habría visto el niño en aquel lugar? La respuesta obvia era que las palabras que balbuceaba se debieran a la contusión cerebral. Cuando llegaron al claro del bosque, pensó inocentemente que quizá el césped había acolchado el terreno y que, gracias a eso, había logrado sobrevivir un tiempo más, antes de caer presa de la noche. Pero el cuerpo se había encontrado en una zona de tierra, donde se veía claramente una porción desplazada por el impacto.

El guarda los llevó por un sendero. El policía encendió también una linterna y, junto al pastor, esperaron en el claro a que volvieran.

El camino era escarpado y sinuoso, pero no tardaron más de media hora en llegar al pequeño saliente que llevaba a la entrada. Desde allí se podía ver todo el valle, incluso las lejanas luces del pueblo tintineaban en la distancia.

—¿Lo veis? Es aquí. No hace falta adentrarse mucho para ver las pinturas —comentó el guarda.

—Desde luego es un camino curioso. ¿Cómo ha sido capaz de llegar hasta aquí un niño tan pequeño? —inquirió Celso.

—Se sorprendería de lo que son capaces los niños. En nuestro pueblo es habitual que de tanto en tanto se pierda alguno, pero suelen salir de algún matorral a los dos días. Estamos en la montaña, es adaptarse o morir.

Celso sonrió forzosamente ante aquella respuesta tan preocupante, pero intentó no darle demasiada importancia.

Andrés se adelantó, se abrochó el abrigo y se apoyó en una roca para cruzar hasta el saliente que daba a la cueva. Los demás lo siguieron y, al entrar, vieron su silueta recortada por la luz de la linterna. Al principio parecía intrigado, pero quizá el cansancio había logrado hacer mella en él, ya que, nada más llegar, echó un vistazo rápido y se dio la vuelta.

—Pues aquí estamos —comenzó a decir Andrés—. Los de arriba nos dieron permiso para analizar las pinturas que se encontraron aquí, así que aprovéchalo. No creo que tengan nada que ver con el caso, pero aun así me gustaría saber lo que piensas. Al fin y al cabo, te dedicas a descifrar esas cosas, ¿no es así? —señaló, mientras encendía otro cigarrillo, mirando al horizonte.

El guarda forestal dejó atrás a Andrés y apuntó con la linterna a la pared.

—Es aquí, señores. Son ciertamente hipnóticas, ¿no creen?

Celso se acercó al lugar al que señalaba. Las paredes estaban cubiertas de sinuosas pinturas, nada que ver con las representaciones de caza a las que estaba tan habituado. Los trazos eran ligeros, pero sentía en ellos una densidad indescriptible.

Las líneas dibujaban figuras antropomorfas en el mejor de los casos, pero también abstractas y alargadas, de rostros amorfos y rodeados de lo que no podían ser más que sombras o errores de dibujo.

Celso sintió que le faltaba el aire. Le temblaba el pulso, como al pobre señor que les había guiado, y era incapaz de apartar la mirada de aquellas formas.

—¿Y bien? ¿Lo reconoces? —inquirió Andrés, apartando la vista del cielo del atardecer.

Celso tenía la vista clavada en la piedra. Intentó anotar algo en el bloc de notas, pero, al hacerlo, dejó caer el lápiz por error.

El guarda se alzaba al lado de Celso, mirándole fijamente. Parecía alegre, muy feliz de ver al doctor analizar con tanto detenimiento aquellas escrituras tan antiguas.

Y, de pronto, una sucesión de imágenes ancestrales recorría su mente. Sintió el jadeo de la bestia huyendo, el sudor de un hombre corpulento a su lado, deteniéndose a lanzar una piedra a la criatura. Él corría de nuevo, agarrando con fuerza la lanza. Caía la noche, y la bestia corría a refugiarse entre los árboles.

Y, ¡cuán errados habían estado al seguir al pobre animal!

—Oye, ¿te encuentras bien? —Andrés se le había acercado, preocupado por el silencio del doctor—. Si prefieres volver mañana a revisarlo, puedes tomar algunas fotos y lo dejamos por hoy. Ha sido un día largo para todos.

El animal yacía ahora en el suelo, en un charco formado por su propia sangre. Su boca gesticulaba, igual que la de un humano, y rugía al aire de la noche palabras sin forma.

Sus compañeros caían a su lado, presa del miedo. Sus ojos giraban desorbitados, y él corría, corría sin parar, sin mirar atrás ante el temor a lo innombrable.

Pero entonces lo vio, con aquellos ojos que no eran suyos. Aquel temor primordial grabado a fuego en sus venas, en la piel de sus tan lejanos ancestros.

Llegó a un charco y, en el reflejo del agua, alcanzó a ver su silueta. Y nada más.

De golpe, un chasquido rompió el aire. Andrés intentaba encender de nuevo el cigarrillo que tenía en la boca, que se había apagado repentinamente. Celso giró la vista hacia el mechero y, al hacerlo, salió del ensueño.

—¿Estás bien?

Celso retrocedió instintivamente, bajando la vista al suelo.

—No tiene sentido.

El guarda seguía plantado allí, en silencio absoluto. La linterna de Andrés parpadeó.

—No son pinturas —susurró Celso—. Son advertencias.

—¿Advertencias? ¿De qué hablas?

Celso no respondió de inmediato. Aún sentía en la piel el eco de aquel miedo ancestral. El guarda se adelantó, inclinándose para examinar más de cerca las figuras en la piedra.

—¿Advertencias de qué? —insistió ahora el guardabosques.

Celso levantó la vista hacia él, y por un instante creyó ver otra cosa en su rostro. Algo antiguo, algo imposible. Parpadeó, y la visión desapareció.

—Tenemos que irnos —susurró.

El aire dentro de la cueva se tornó denso, y sintieron cómo sus movimientos se entorpecían poco a poco.

—Mierda —murmuró Andrés—. Mejor tomemos las fotos y larguémonos de aquí.

Celso asintió, pero sabía que ya era tarde.

Las sombras en las paredes parecían moverse, deslizarse de forma imperceptible, retorciéndose en los límites de su visión.

Y entonces lo escucharon.

No fue un gruñido ni un susurro. No fue un sonido reconocible. Fue algo más primitivo, más profundo, algo que resonó dentro de sus huesos, que hizo que cada uno de ellos sintiera, por un segundo, lo mismo que aquellos cazadores de antaño.

El horror absoluto.

Andrés intentó encender el mechero, pero la chispa nunca llegó a prender. Celso retrocedió unos pasos hacia la entrada, soltando la linterna.

El guarda ni siquiera se movía, siempre sonriente, mirándolos ahora fijamente.

Celso sintió el impulso de correr, pero detrás de ellos tan solo se encontraba el vacío. Y entonces lo entendió. No había sido un accidente.

Y ellos habían seguido a la persona equivocada.

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