Alerta Nacional

La luna iluminaba la calle, creando unas vagas formas que podrían hacer pensar que había algo oculto en ellas. No era una calle muy ancha. Apenas unos diez metros separaban una acera de la otra y los arbolillos que algún técnico del ayuntamiento había enclavado en una de ellas parecían seres espectrales, porque varias de las farolas estaban fundidas y solo se podía ver algo por la luz que desprendía la luna llena.

No era un problema, porque si había algo que no asustaba a la mujer que paseaba a esas horas tan intempestivas de la madrugada por ese pueblo perdido de la sierra turolense, eran los monstruos. Pasó una mano por su melena y entrecerró los ojos, buscando una pequeña pista que le indicara la ubicación de la vivienda que le habían indicado. Llevaba varios días buscando una indicación que le ofreciera el lugar donde estaba siendo fabricada esa maldita droga y este parecía un sitio tan bueno como cualquier otro para encontrar a los responsables.

Oyó un ligero ruido sobre ella. Una colilla encendida cayó frente a ella, humeante. Miró hacia la procedencia del ruido y miró al hombre que había lanzado la colilla. Este le miraba sorprendido.

Se había asomado al balcón a fumar porque no podía dormir y había lanzado el cigarrillo consumido sin mirar. ¿Quién iba a estar por la calle a esas horas, un mes de marzo, y con todo el asunto de la cuarentena? Devolvió la mirada a la mujer y se metió rápidamente en casa, cerrando la ventana. Aunque ella no lo vio ya, sabía que tendría un escalofrío y no precisamente por el frío que todavía estaba presente en las noches de la sierra.

Localizó la casa y esperó en la puerta. Un edificio de dos plantas, de arquitectura tradicional turolense. Una casa de pueblo, vamos. Amplia, con dos pisos en los que las ventanas y los dos pequeños balcones estaban cerrados a cal y canto. Se fijó en la puerta. No era la típica puerta de estas casas. No era de metal con cristalera, sino que se trataba de una sólida puerta de seguridad.

Estaba segura de que tendría varios cerrojos que la mantendrían cerrada en caso de que intentaran derribarla.

Sintió un breve escalofrío. Ella había vuelto.

—Millarca… He podido entrar en la vivienda —. El susurro de voz tenía algo que solía helar el ánimo de cualquier ser viviente, pero Millarca estaba acostumbrada y se sentía reconfortada con la presencia de su amiga —. Hay cinco personas. Dos de ellas arriba, en una especie de laboratorio. Están manipulando alguna sustancia extraña. En la planta baja hay tres. Armados con subfusiles y pistolas. Uno tiene un gran cuchillo en el cinturón y otro una pequeña navaja en la bota izquierda. Es el que lleva una camiseta roja, con un rayo amarillo. El del cuchillo lleva una barba muy descuidada…

—Gracias, Ninette. Has sido de gran ayuda.

—Siento no poder ayudarte más… No… no consigo permanecer aquí mucho tiempo. Lo siento.

—No te preocupes, amiga. Te prometo que llegado el momento, estaremos todos a tu lado.

—Te dejo. Espero que tu búsqueda sea propicia y puedas encontrar consuelo para tu aflicción.

Con un siseo en el aire, la figura de la fantasma se desvaneció, dejando a Millarca mirando la puerta de seguridad, pensando en lo que iba a encontrar dentro. Abrir la puerta no sería un problema, pero no quería causar alarma en el pequeño pueblo.

De una manera que habría sorprendido al vecino fumador si hubiese tenido valor de seguir en la ventana, trepó por la fachada y llegó a la terraza superior. Como sospechaba, la puerta de arriba solo tenía una cerradura normal.

La abrió con facilidad. No le hizo falta utilizar su fuerza ni sus habilidades sobrenaturales, sino que le bastó una pequeña ganzúa. Trabajar con humanos había multiplicado sus habilidades en este tipo de cosas. Jorge Caballero estaría orgulloso de ella, si le viera ahora. Planificación en lugar de acción sin pensar.

Se encontró con una pequeña escalera que bajaba hacia el segundo piso. La oscuridad no era un problema, ya que podía ver perfectamente en la ausencia casi total de luz. Llegó a un recibidor con dos puertas. Ambas estaban cerradas. Al otro lado de ellas se escuchaba música. Se sorprendió al escuchar “Amparito Roca”, una pieza que tocaban las bandas de música valencianas, sobre todo en épocas festivas. Bueno, tampoco es que fuera una mala opción.

Cogió el pomo con la mano y estaba dispuesta a abrir, cuando notó que alguien subía por las escaleras. Se detuvo y miró frente a frente al tipo de la barba que le había dicho Ninette. Duró algo más de un segundo, pero el tipo ya subía hacia ella armado con el cuchillo que sacó de su cinto.

Millarca paró la trayectoria del cuchillo y aprovechó la inercia del hombre para hacerle una precisa llave y rodear su cuello con su brazo derecho, mientras que con la mano izquierda le tapaba la boca. Lo haría bien y nadie se enteraría de nada. En cuestión de treinta segundos, el hombre de la barba yacía sin sentido en el suelo. Esperó. Bien, nadie había escuchado nada. Abajo oía las risas de dos hombres y su conversación en rumano.

Volvió a centrase en la puerta y esta vez consiguió abrirla sin interrupciones. Dentro se encontró con un laboratorio químico que parecía bastante avanzado. Un hombre y una mujer jóvenes estaban concentrados frente a sendos microscopios. Manipulaban algo que observaban a través de esas herramientas de aumento. Desde un altavoz inalámbrico sonaba la popular pieza festiva valenciana, que daba paso a otra no menos conocida, “Paquito el Chocolatero”.

Millarca se movió a través del equipo de investigación, satisfecha por haber encontrado el origen de lo que buscaba. O eso esperaba, que no fuera otra estación intermedia para pruebas e investigación. Neutralizó al muchacho de la forma más sigilosa posible y no fue muy difícil. Su compañera estaba enfrascada en lo que estaba haciendo y ni se dio cuenta. Se acercó al altavoz y lo paró, cortando la música en un momento especialmente motivador para la fiesta.

—Jaime, per favor… Ya sé que no te motiva mucho esta música, pero es lo más cerca que puedo estar de la terreta con todo este jaleo… A ver, luego podrás poner lo tuyo, pero esto me ayuda a concentrarme, en serio… —Ni se dio la vuelta. Cogió una probeta que estaba a su derecha y extrajo uno poco del líquido que contenía con una pipeta. Lo depositó con cuidado en una placa de Petri y la colocó en el microscopio. Lo hizo con rapidez, de62 mostrando que tenía bastante experiencia en este tipo de cosas.

—Necesito algo de paz y tranquilidad para avanzar en esto. No podemos retrasarnos o… bueno, ya sabes lo que pasará. Millarca se acercó hasta ella por la espalda y la miró con curiosidad.

Nunca sabías quién podía estar detrás de algo tan grave y siempre sorprendía que fueran jóvenes prometedores los que se encargaran de estas cosas. Pese a su edad, nunca comprendía como la humanidad se desprendía tan pronto de su inocencia y se convertía en un peligro para sí misma.

—En serio, Jaime… —Se giró y enmudeció de repente al ver a la figura de una mujer joven pero mayor que ella, que la miraba impasible. —¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? —Su mirada fue hasta su compañero, que yacía en el suelo. Comenzó a sollozar…

—¿Le ha matado? ¿Me va a matar? No, por favor, no… No sabe lo que está haciendo… No sabe lo que tenemos aquí… Por favor no…

—Se dispuso a gritar, pero la mano de Millarca fue más rápida y le tapo la boca.

—Cállate. —No gritó, no se alteró lo más mínimo. Todo su ser le forzaba a mover su mano y romperle el cuello a esa chiquilla que estaba provocando tanto dolor en el mundo. Pero no lo hizo.

Algo había cambiado en ella y tenía una misión. Debía conocer el origen de la droga y atrapar a los malnacidos que la estaba poniendo en las calles, creando el caos entre una población cada vez más atrevida y que no se cortaba en probar drogas nuevas.

La joven no tuvo más que mirar a los ojos a Millarca para detenerse y dejar de resistirse.

—¿Gritarás?

La joven negó con la cabeza, todo lo que le permitía la tenaza de la vampira.

—Bien.

La soltó y se apartó un poco hacia atrás.

—Ahora, cuéntame de qué va esto.

—Nos… nos contrataron hace tres meses. Tenían… algo. No sabían lo que era. Pero volvía loca a la gente. Les hacía perder la cabeza, se hacían más atrevidos, más violentos… Pero también muy adictos. Los sujetos de prueba volvían a por más. Les hacía sentirse… invulnerables, poderosos.

—¿De dónde lo sacaron?

—No… no lo sé. No nos lo dijeron. Nosotros solo sabíamos que era algo muy peligroso, que estaban comercializándolo en las calles. Pero querían suavizarlo, hacerlo menos peligroso. Hacer que ofreciera esas sensaciones pero sin… los efectos secundarios.

—¿Efectos secundarios?

—Sí. Los usuarios se volvían frenéticos. A las dos o tres dosis comenzaban a ponerse muy violentos. No se paraban ante nada, creaban altercados. Algunos, al parecer, habían matado a sus familias, provocado estragos en sus comunidades. La policía intervenía y los paraba, pero muchas veces tenían que disparar.

Y ni así paraban. Su estado psicótico hacía que siguieran en pie aunque hubieran recibido varios balazos. Oh, por favor… —En rostro apareció un rictus de terror.—Estoy hablando demasiado.

Y no puedo parar… ¿Qué me has hecho?

—Tranquila. Sigue hablando. ¿Qué tenéis aquí y qué estáis haciendo?

—No quiero hablar, si se enteran… Por favor, no hagas que hable… —El terror asomaba en su cara y sus ojos suplicaban que le liberara.

—Sigue.

—Es… estamos realizando pruebas con un compuesto sintetizado del producto madre. Es algo que ha sido sintetizado en otros laboratorios, que no conocemos. Nos los envían periódicamente y seguimos el trabajo de otros compañeros, que no sabemos quiénes son. Nos envían todas las notas y seguimos la investigación a partir de ellas. Luego, una vez obtenidos los resultados previstos, se lo llevan y no sabemos dónde van. Supongo que a otro laboratorio en otro sitio.

—Ya veo. No podéis decir lo que no sabéis.

—Parece ser que esa es la idea, sí. Por favor, no me hagas hablar más…

—Entonces, ¿no sabes de dónde sale esto, ni a dónde va? ¿Ni quién está detrás de ello?

—Bueno… Por favor, no me hagas seguir, por favor… No sabes de lo que son capaces si se enteran… Y se enterarán… —Las lágrimas salían de sus aterrados ojos y Millarca comprendió que no lo estaban por su presencia. —No me hagas hablar, porque si se enteran…

—Si se entera, ¿quiénes?

—Nosotros, por ejemplo. —La voz, con acento rumano, sonó detrás de ellas. ¿Cómo habían sido capaces de llegar hasta allí sin que les oyera? Daba igual, ya era tarde y estaban dispuestos a atacarle para proteger su secreto.

Se anticipó a ellos y se lanzó hacia el que estaba más cerca.

Le arrancó el subfusil de la mano y lo lanzó contra un armario. El segundo aprovechó y lanzó una descarga que le hizo rodar sobre sí misma en el suelo para evitar las balas. No sería difícil curar esas heridas, pero siempre resultaba una molestia tener que sacar las balas.

Puso el pie en el suelo y se impulsó hacia el segundo vigilante, tirándolo a tierra. Como supuso, no representó mayor proble65 ma y pudo eliminar el problema con rapidez. Ahora, seguiría la charla con la chica.

No, no podría ser, porque de repente se dio cuenta de que las balas no iban dirigidas a ella, sino a la joven. Esta yacía en su silla, con varios impactos de bala, que también habían alcanzado a su compañero. Se acercó y comprobó que ambos estaban muertos.

Mientras intentaba comprender qué estaba sucediendo, oyó una risita detrás de ella.

Uno de los vigilantes, el primero de ellos, llevaba en la mano un objeto. Millarca lo identificó como un detonador a distancia y contempló con horror como oprimía el botón de activación. Tenía algo menos de cinco segundos para salir de la casa si no quería volar en pedazos. Ni lo pensó. Salió corriendo y saltó hacia el balcón, rompiendo la madera que lo cerraba y cayendo hacia la calle.

Una explosión, acompañada por una lluvia de fuego y humo le acompañó en la caída. Cayó elegantemente y miró la casa, que se hundía sobre sí misma a causa de la explosión y era sustituida por una alta columna de fuego. Si Correfocs estuviera allí… Pero no lo estaba y los vecinos comenzaban a asomarse a ver qué había pasado. Unos pocos asegurarían después que habían visto la figura de una mujer joven y guapa frente a la casa, pero que desapareció enseguida corriendo hacia las afueras del pueblo.

Para Millarca, la misión había terminado. Pero seguía buscando a la droga que convertía a la gente en vampiros poco a poco y que, ahora estaba segura, había sido fabricada con su propia sangre. Necesitaba ayuda del grupo para parar toda esa locura…

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