I
«Nunca pises la Pedanía del Agave» me decía siempre mi amiga Martina Morgan. Martina, a la que muchos temían como bruja, tenía miedo de un pequeño pueblito gaditano. Martina, la que se reunía con sus camaradas cada Samhain para honrar a dioses olvidados, mientras se embriagan con la ingesta de sustancias que yo jamás osaría ni probar. Me resultaba hasta cómica la perspectiva. Cuando le hice ver que mi decisión de ir ahí era firme, ella suspiró y se limitó a advertirme de que, si salía por la noche, evitara a toda costa la zona del puerto y, muy especialmente, a las personas de dudosa vida que por ahí deambulaban.
«Henry, por favor, guárdate de los Heraldos de la Penitencia».
Heraldos de la Penitencia. Sonaba como el nombre de un grupo religioso o algo por el estilo. Sin embargo, cuando quise preguntarle por ellos, mi amiga se negó a responder, temiendo que «hablar más de la cuenta le trajera repercusiones nefastas» indicando que «ellos tienen oídos por todas partes».
Era absurdo, ¿cómo iban a escucharnos aquí, en el corazón del barrio londinense del Soho? Sin embargo, ella estaba convencida de ello.
—Son los hijos de una entidad muy antigua… una deidad temible —me explicaba—. No osaría pronunciar aquí su nombre.
—Espera, ¿no estarás volviendo a hablar de la razón por la que nunca entras al British Museum? ¿Lo de la Venus de Townley?
—¡Silencio! —exclamó Martina, mirando hacia todos los lados.
Martina tenía una extraña fobia a todo lo que tenía relación con la diosa Venus, hecho que me chocaba teniendo en cuenta que había visto a mi amiga honrar a entidades bastante más temibles. Según ella, en los tiempos en los que se dedicaba a venerar a la Magna Mater, el consumo de una extraña droga china y la exposición a unos espejos supuestamente mágicos le permitieron descubrir un oscuro secreto sobre la deidad grecolatina. Desde entonces, tan solo escuchar el nombre de Venus-Afrodita le provocaba ansiedad y pesadillas.
Si iba a España, ella no quería que visitara Andalucía, ya que, según ella, allí la influencia de la diosa era más fuerte, ya que eran unas tierras consagradas a ella. De hecho, muchas teorías apuntaban a que el nombre de aquella comunidad significaba, precisamente «Dominios de Venus» o algo parecido. En particular, Martina temía a la Pedanía del Agave, ya que allí había sido donde recibió la espantosa «iluminación» que la habría traumatizado de por vida. Pero, por ironías del destino, era precisamente a donde debía de ir yo.
Era por trabajo. La empresa donde yo trabajaba, cuyo nombre no voy a dar por cuestiones de protección de datos, había sido adquirida por un jeque que gustaba de veranear en Cádiz. Como prefería evitar la capital, había adquirido un chalet en la Pedanía y, dado que él era el nuevo jefe y posiblemente quería presumir de ello, había «invitado» a sus empleados más veteranos a una «pequeña» celebración en su chalet. Pongo entre comillas lo de «invitado» porque realmente no es como si nos pudiéramos negar a ir, ya que el jeque se podría tomar nuestra ausencia como un desplante o falta de respeto, lo cual haría peligrar nuestra posición en la empresa. Así que ¡qué remedio! No me iba a quedar otra que abandonar la tranquilidad de Londres para ir a un pueblecito perdido en el sur de España.
Yo tampoco guardo buen recuerdo de España. La última vez que fui por allí, uno de los chicos que viajaban conmigo se mató practicando balconing. Debo decir no tuve ninguna responsabilidad en ello, pero no puedo negar que aquello enturbió mi experiencia. Encima luego comenzaron a correr rumores que apuntaban a que en realidad había sido un suicidio, ocasionado por un ataque de esquizofrenia sufrido por causa del consumo abusivo de drogas. Como puede entender cualquiera que lea esto, una situación como aquella podía marcar a cualquiera. No conocía demasiado al difunto, pero la impresión que tenía de él era que se trataba de una persona tranquila y amable, no parecía la clase de persona que pudiera poner fin a su vida de aquella forma.
Creo que me estoy yendo por las ramas. Lo cierto es que Martina, como amiga mía de la infancia estaba visiblemente preocupada con todo aquello, pero yo no hice sino tacharlo todo de superchería. Aprecio mucho a esa chica, pero lo cierto es que la imagen mental que tengo de ella no es demasiado buena, no es una persona del todo estable y sus intereses son extraños. ¿Quién me iba a decir que, al menos en aquella ocasión, tendría que haberle hecho más caso? Fuera como fuese, me despedí de ella, desconociendo la loca aventura en la que estaba a punto de embarcarme.
No tardé en tomar un vuelo con dirección a Jerez y allí cogí un bus hasta Cádiz. Una vez en Cádiz, dado que la Pedanía del Agave estaba pobremente comunicada, tuve que pedir un taxi para llegar hasta ella, aunque aquello me saliera un poco caro. No es como si tuviera acaso otra opción.
La Pedanía del Agave se encontraba en zona de costa y tenía un aire extraño, el aire de una población al borde del abandono. Seguramente, en la actualidad era poco más que el lugar de residencia de verano de tres o cuatro pijos, como sería el caso de mi nuevo jefe. Cuando iba en el taxi, el conductor no pudo evitar preguntarme qué era lo que se me había perdido en aquellos parajes de mala muerte. Yo quise saber si realmente tan mal sitio era aquel, ante lo cual me respondió que así era, que los narcotraficantes y «otras personas de las que era mejor no hablar» prácticamente lo habían convertido en un infierno en la tierra. Me sorprendió que me advirtió de lo mismo que Martina: bajo ningún concepto debía de acercarme por la noche a la zona del puerto. De hecho, me recomendaba que evitara estar por la calle en el momento en que cayera la noche. Por mi propia seguridad.
Más me sorprendió que, al llegar a la zona, decidió hacerme una abundante rebaja del importe que habría de pagarle. Me dijo que era una muestra de buena voluntad por su parte, ya que se sentiría culpable de hacer dinero a costa de llevarme directo al matadero. Si yo salía de aquella y algún día acudía a Cádiz, ya le agradecería aquel descuento invitándolo a unas copas y contándole mis aventuras. Una propuesta cuanto menos extraña. Aunque me mostré reacio a aceptar aquel regalo, finalmente no tuve más remedio que ceder ante su tremenda insistencia. También tuve que acceder a que me dejara directamente a las puertas de mi hotel y que esperase afuera hasta que me viese atravesar el umbral. Luego, emprendió el viaje de retorno, dejándome allí.
El hotel era un tres estrellas llamado «Casa Ruiz», bastante bueno para encontrarse en un pueblucho perdido como aquel y, afortunadamente, la estancia y la manutención me las cubría la empresa. Además, las personas del servicio me parecieron extremadamente agradables. Y digo «extremadamente» porque tal vez lo eran demasiado. Quizás no acostumbraban a recibir demasiados huéspedes, con lo que se esforzaban por ofrecer un servicio que rayaba la perfección, tratando de fidelizar a sus clientes. Conseguir que, tras abandonar el hotel, se planteasen regresar en un futuro no muy lejano. Creo que en verdad era hasta cierto punto inquietante, ya que parecía que cada vez que doblabas una esquina te encontrabas con una persona del servicio dispuesta a asegurarse de que no te quedase ninguna necesidad por cubrir.
En cuanto al servicio, estaba integrado por personas con rasgos típicos del Oriente Medio. Todos ellos, independientemente del sexo, eran tremendamente agraciados, hasta el punto de que me recordaban a actores de la telenovela turca que últimamente ha estado de moda. Turcos. Si tuviera que jugármela y apostar cual era su nacionalidad, diría que eran turcos. Más, ¿Qué hacían tantas personas de aquella nacionalidad en este lugar tan improbable? ¿Sería acaso el Hotel Ruiz un negocio familiar y estarían todos ellos emparentados? Salí de dudas al encontrarme en la zona de la cafetería con Mr. Scott, el de recursos humanos, que me explicó que, al menos por lo que él tenía entendido, aquel hotel había sido adquirido por el grupo Spartha, que pertenecía precisamente al jeque que había comprado nuestra compañía. Y había sido él quien había supervisado la elección del personal.
No tardó en confirmarme que, en efecto, muchos de ellos eran turcos, y es que era en Turquía donde residía nuestro nuevo jefe, que resultó llamarse Kaan Arslan. Mr. Scott me dijo que el pasado de Mr. Arslan estaba rodeado en misterio, aunque era indudable que era tremendamente poderoso. Sin embargo, generaba muchos recelos, ya que era casi como si hubiera surgido de la nada. Se rumoreaba que había hecho fortuna recurriendo a métodos ilegítimos e incluso había quien lo hacía responsable de la muerte del magnate del petróleo Hakim bin Asad Al-Qual’lat. Los partidarios de esta teoría de la conspiración aseguraban que disponía de una red de asesinos, responsable de allanarle el camino mediante la eliminación sistemática de rivales y detractores. Sin embargo, había que tener en cuenta dos cosas: la primera, que tan solo eran rumores; y, la segunda, que ahora era nuestro jefe y que sería mejor, por el bien de todos, silenciar tales habladurías.
Aun con ello y pese a que traté de no hacerme caso de aquel tema, lo cierto es que inconscientemente no pude evitar buscar en el hotel indicios de que Mr. Arslan era la persona turbia y peligrosa de la que hablaban los rumores. Sugestionado como estaba, la más mínima pieza de decoración comenzó a tener para mí implicaciones siniestras. Puede que fuese coincidencia, pero las cabras que aparecían en los cuadros que decoraban las diversas estancias del hotel, con sus poses y manierismos, me recordaban a entidades demoniacas.
—Creo que estás pensando en el Baphomet —me sugirió Mr. Scott—, la entidad a la que supuestamente adoraron los templarios, siendo por este supuesto culto por lo que muchos fueron sentenciados por herejía y despojados de su dignidad.
—¿Crees que el parecido es intencional? —le pregunté.
—Es posible. Al fin y al cabo, estos cuadros nos han evocado a ambos la misma imagen. Espero que Mr. Arslan no sea un satanista peligroso.
Noté un tono de broma en su voz, aunque también una cierta inquietud. Aun no siendo yo creyente, aquello me ponía los pelos de punta. Quise culpar a Martina por haberme metido miedo y por haber compartido conmigo muchas de sus supersticiones. Yo no creía en ellas, al menos conscientemente. Aunque es posible que algunas ya hubieran arraigado en el fondo de mi psique, sin dejarme tan siquiera que me percatase de ello. ¡Que malintencionado es a veces nuestro propio cerebro! ¡Que bromas más macabras gusta de gastarnos!
Trate de evadirme un poco, acompañando a Mr. Scott a tomar algo en el bar del hotel. La decoración allí era igualmente de mal gusto, consistiendo en lo que, al menos de mi perspectiva, no dejaban de ser referencias luciferinas. Era incapaz de comprender como podía existir semejante contraste entre la sutil maldad que rezumaba el lugar y la bondad desbordante que, al menos en apariencia, transmitían los miembros del servicio. Cuando nos acercamos a la barra, una turca de sonrisa radiante y hermoso físico nos invitó a que no nos contuviésemos, explicando que teníamos barra libre, cortesía de nuestro generoso anfitrión. Mr. Arslan se había comprometido a cubrir los costes de todo aquello que consumiéramos.
—Mira, está visto que el puto moro quiere dejar una buena impresión —me dijo Mr. Scott.
—Eso parece —asentí, tratando de ignorar el innecesario y nauseabundo racismo que rezumaba su comentario.
Tras sentarnos en las banquetas, el alcohol no tardo en correr, cual río desbocado. Nuestros paladares pronto se deleitaron con los sabores y las texturas de aquellos licores árabes que tanto triunfan en la Europa del Este, pero también con los vinos traídos de las mejores bodegas de Jerez. Y, mientras, Mr. Scott y yo conversábamos y divagábamos, siendo poco conscientes de como nuestra mente estaba cada vez más nublada. Todo estaba a nuestra disposición, todo era gratis. Todo estaba permitido.
La camarera me miraba fijamente. «Todo está a vuestra disposición». Sus voluptuosos labios me llamaban. «Todo está permitido. Todo. Todo está a vuestra disposición. Estoy a tu disposición». Su ropa ya no estaba. Tras ella podía ver un lecho sobre el que se encontraba tendida otra sensual turca, únicamente vestida con un insinuante taparrabos. «Todo es para tu placer». Los senos expuestos de las chicas atrapaban mi mirada y casi podía sentir cómo la baba se escapaba por las comisuras de los labios. Sin duda debía tener cara de estúpido. «Entrégate al placer». Mr Scott estaba en un rincón, tendido sobre un butacón, con el rostro congelado en un rictus de placer y sus piernas temblando al recibir de manos de una joven de tez oscura el trabajo más delicado e intenso que jamás le habían ofrecido.
Antes de darme cuenta, me encontraba sobre el lecho, fundiéndome en un abrazo con aquellas dos bellezas desnudas. Tampoco sé en qué momento una de ellas dio paso a un joven efebo que me besaba intensamente, mientras la chica me restregaba sus pechos por mis partes más sensibles. Y mucho menos sé cuándo fui arrastrado hacia el puerto por un grupo de individuos, cuyo torso desnudo estaba plagado de cicatrices y que ocultaban su rostro tras unas máscaras que me recordaban vagamente a las que en algunas ciudades utilizan durante sus carnavales. Me conducían en una especie de litera, mientras una chica con antifaz me mantenía enajenado, con su lengua invadiendo mi garganta y arrebatándome el aliento, al mismo tiempo que el roce de sus manos, ágiles y delicadas, me profanaba y me llevaba al borde del éxtasis.
Vi un espejo. Fue como si pasáramos a través de él. Y, al instante, ya no estaba en la litera, sino en una sala de reuniones. Sobre una especie de tarima se encontraba sentado Mr. Arslan y, ante él, dispuestos en hileras de asientos, nos encontrábamos mis compañeros y yo. Éramos, sin lugar a dudas, un grupo variopinto, lo único que teníamos ahora en común era el estado de embriaguez en que nos encontrábamos. Creí apreciar burla en el rostro del jeque, cuyo aspecto y vestimenta no me recordaba en nada a la imagen mental que tenía de los magnates del petróleo. No era ese tipo con un velo sobre su cabeza y barriga prominente, fruto del exceso y la buena vida, sino un hombre musculoso, relativamente joven, con el rostro altivo propio de un emperador de la antigüedad. Vestía un traje negro y fumaba tranquilamente un puro.
—Os doy la bienvenida, piltrafa —dijo mientras le daba una calada.
—¿Eres Mr. Arslan? —preguntó alguien en la sala, con voz temblorosa.
—Me llaman de muchas formas. La mayoría de la gente me conoce como Kaan Arslan, aunque hay quien se refiere a mí de otras formas, como «puto moro». Aunque, por favor, no me llaméis así, no me gustaría tener que cortaros la lengua. Ya me he visto obligado a hacerlo con… cierta persona de dudoso gusto y poca elegancia —el hombre dirigió la mirada hacia donde se sentaba Mr. Scott, a escasos metros de mí—. Preferiría que me llaméis Don Gradivus, dios, portador de la guerra, actual esposo de la mujer más poderosa a este lado del río Skai y líder del sindicato Spartha.
En ese momento me percaté de la situación de Mr. Scott. Estaba atado al asiento, semidesnudo y con el cuerpo cubierto de hematomas. De su boca brotaba un hilo de sangre.
—¿Sindicato Spartha? —inquirió otro— ¿Spartha no era un grupo hotelero?
—Hoteles, celebraciones, fiestas privadas, drogas, compraventa de armas… simplemente Spartha —respondió Don Gradivus, hablando como si se tratase de un spot publicitario—. Hemos llegado incluso a colaborar con Medusa Creations una de las principales compañías de patronazgo de arte que tienen su sede aquí, en el País de Pnaklendorf.
—¿País de Pnaklendorf? ¿No estamos en…? —volvió a intervenir el mismo.
Sin embargo, no pudo terminar de hablar, pues un individuo, situado a sus espaldas, le reventó la cabeza con un golpe seco de almádena. Sus sesos volaron… juraría que llegaron a salpicarme. Aun así, no me inmuté, pues estaba demasiado aturdido para reaccionar.
—Hablas demasiado —replicó Don Gradivus, con aire molesto—. Pero estoy de buen humor, así que me he ahorrado el torturarte. ¿Soy magnánimo o no?
Los lacayos de Don Gradivus, aquellos individuos semidesnudos con máscaras de carnaval, respondieron con una ovación. De pronto, nuestro anfitrión levantó el brazo y todos guardaron silencio.
—¿Habéis visto a mis chicos, qué bien entrenados están? —rio el individuo— Pues sabed que, muchos de vosotros, tendréis el honor de reemplazarlos. Algunos ya están viejos, se rompen con facilidad. Tan solo tenéis que verlo.
El imponente hombre se levantó del asiento y se acercó a uno de sus lacayos. Colocó sus brazos alrededor del cuello de su sirviente y, con un solo movimiento, se lo partió. El otro cayó pesadamente sobre el suelo, cual juguete estropeado.
—¿Veis? No aguantan nada ya. Es por eso que compré vuestra empresa, necesitaba más mano de obra. Lamento si la información que os llegó fue… poco específica, pero temía que, de dar todos los detalles, no os dignaseis a venir a mi encuentro. Hubiera sido una molestia tener que mandar a mis hombres a buscaros.
Don Gradivus volvió a sentarse y se quedó un rato pensativo.
—Oh, sabía que se me olvidaba algo —dijo finalmente—. Algunos de vosotros seréis un regalo de mi parte para mi esposa, Madamme Venus. Desde que se divorció de su esposo para casarse conmigo, se ha vuelto… bastante más caprichosa. Y un caballero debe satisfacer los caprichos de su dama, ¿no creéis?
Nadie respondió.
—Me tomaré eso como un sí. Los que estéis sentados en las filas de la izquierda seréis el regalo. Los de la derecha me los quedaré para mí. O, al menos, los que demuestren que tienen lo que hay que tener, sobreviviendo a la prueba inicial.
Yo estaba a la izquierda y, al menos por el momento, eso me salvó, pues los hombres de Don Gradivus se abalanzaron sobre los que estaban al otro lado. Tras desvestirlos, comenzaron a azotarlos, golpearlos y torturarlos de las formas más viles y retorcidas que jamás había visto. Muchos murieron en el acto, entre ellos Mr. Scott, cuyas vísceras se derramaron por el suelo.
Creo que fue la brutalidad de la escena lo que me permitió volver en mí, al menos parcialmente. Sin embargo, no me atreví a moverme, paralizado como estaba por el shock.
Cuando concluyó aquel macabro espectáculo y se llevaron a los pocos que seguían vivos, un grupo de jóvenes semidesnudos de ambos sexos nos tomó a los que estábamos a la izquierda y nos condujeron fuera de la estancia. Pude percatarme de que el resto de mis compañeros seguían en trance, con rostro de aturdimiento y mirada perdida. No había sido solo el alcohol, tenía la impresión de que nos habían drogado a todos. De hecho, incluso habiendo recobrado la claridad de pensamiento, sentía que mi coordinación aún no era del todo buena.
Estaba aterrado, deseaba huir, pero, ¿cómo? Al menos por el momento no me quedaba más opción que dejarme llevar y rezar a quien quiera que esté ahí arriba, esperando que me dieran en algún momento una oportunidad para escapar. Tuve que fingir que seguía disociando, ya que, de haberse dado cuenta de que era ya consciente de todo, me hubieran prestado una atención cuanto menos inconveniente.
Salimos al exterior y me vi en el patio de una villa mediterránea, sembrada de estatuas del dios Ares, Marte para los romanos. Fue ahí cuando me percaté del tremendo parecido entre Don Gradivus y muchas de las representaciones de la deidad. En concreto, parecía un calco del Ares Ludovisi del Museo Nacional Romano, aunque «actualizado» con los rasgos y manierismos de un capo de la droga actual. En ese momento, tuve una revelación: debía de estar soñando. Y, cuando deseaba despertarme, no solía sino tirarme, en el sueño, desde un lugar alto. Por fortuna para mí, la villa parecía encontrarse en lo alto de un promontorio.
Esperé a estar cerca del borde y, con un violento aspaviento, me liberé del joven que me llevaba del brazo y salté al vacío. Sin embargo, pronto me di cuenta de mi error. «Estas en un sueño, pero no estás soñando» decía una voz.
Al precipitarme colina abajo, pude sentir como las zarzas desgarraban mi piel y las rocas me molían con crudeza. De algún modo, estaba en un sueño, pero había entrado en él en carne y hueso. Finalmente, mi consciencia se desvaneció al colisionar un peñasco contra mi nuca. Lo último que me vino a la cabeza antes de desfallecer fue el rostro, altivo e imponente, del aciago Ares Ludovisi, transmutado por el paso de los milenios en aquel que ahora se había presentado ante los mortales como Don Gradivus, alter ego del jeque turco Mr. Arslan.
II
Observé alcobas plagadas de hombres y mujeres semidesnudos, entregándose al deleite de la carne. Corredores interminables y largas escalinatas que daban a las habitaciones de innumerables trabajadores del sexo, dispuestos a satisfacer a la más variada clientela. Por ahí circulaba lo humano y lo inhumano, lo convencional y lo extraordinario; pero, aún así, todos encontraban a alguien capacitado para satisfacer sus más grotescos fetiches a cambio del pago de un precio justo. Volé hacia el exterior del gigantesco burdel y las alas de mi espíritu me condujeron a otro lugar.
Era una mansión, decorada con motivos acuáticos, destacando la gigantesca fuente con forma de concha venera que ocupaba el patio. Volé a través del jardín como si fuera un fantasma y atravesé la puerta. Fui recorriendo pasillos, por los que transitaban individuos, vestidos con una cierta elegancia y que ocultaban sus rostros tras máscaras venecianas. Una música refinada invadía las estancias y, al seguirla, me vi conducido a un amplio salón, al fondo del cual habían dispuesto un trono rococó, sobre el cual se sentaba la mujer con el cuerpo más hermoso que jamás había visto. Y hablo de su cuerpo porque no podía ver su rostro, cubierto por una versión ornamentada de la máscara del médico de la peste.
En un rincón de la sala había un espejo, cubierto por una cortina. Sentí que me estaba llamando avancé flotando hacia él. Pero, cuando me encontraba ya a punto de acariciar el velo, algo me agarró por la pierna. Y, al girarme, me topé con aquella mujer de hermosas formas. De algún modo, se había desplazado hasta mi en aquel breve lapso de tiempo, era casi como si se hubiera teletransportado. Y, ahora, me clavaba unos ojos del color del océano, que acechaban desde los agujeros de la máscara. «¿A dónde vas, pajarito?»
Me desperté, sobresaltado, y me vi en un lugar que jamás había visto. Se trataba de una pequeña estancia rodeada de sillones, con una pipeta de fumar en el centro. Las paredes estaban tapizadas de terciopelo verde y en el aire había un aroma a pachuli, mezclado con el de otras sustancias exóticas que no alcanzaba a identificar.
—Parece que te ha detectado —dijo un hombre de una cierta edad, con marcados rasgos asiáticos.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—Hace un rato estabas en un sueño dentro de un sueño —me dijo—. Ahora estás en un sueño, pero no estás soñando.
—No entiendo nada.
El hombre se rio con una cierta malicia y procedió a explicarme superficialmente que me encontraba en el reservado de El gabinete de la luz lunar y que él era Zhao, el boticario. Me había encontrado moribundo a los pies de la colina de Marte Gradivus y me había traído hasta aquí para sanarme. Al parecer, lo que había visto en mi sueño eran el inmenso prostíbulo conocido como «Casa de Venus» y, posteriormente, la mansión de la propietaria, Madamme Venus. Me estremecí al escuchar el nombre, que me hizo recordar las insinuaciones siniestras que solía realizar mi amiga Martina en relación con aquella diosa pagana. Tragué saliva y el hombre pareció percatarse, pues me sonrió.
—Supongo que desearas regresar a tu hogar, pobre descarriado, que has cruzado un espejo siguiendo la tentación de un conejo. ¿O fue tal vez un gato? —el asiático se rio tras hacer aquel comentario, que no pude sino interpretar como una broma de carácter sexual.
—Sí, por supuesto —respondí—. Pero, ¿cómo, si no sé ni dónde estoy?
Zhao le dio una calada a la pipeta y escupió una nube de humo, cuya forma comenzó a distorsionarse hasta parecer el espejo velado que había visto en mi sueño.
—La respuesta es que una entrada… ¡una entrada también puede ser una salida! —dijo—. Y creo que ya te acercaste a ella en tu sueño. Tu billete a casa se encuentra en la morada de aquella que rige sobre estas tierras, aquella que esclaviza por medio del placer y la embriaguez, la reina de toda sensualidad y engaño. Aquella que fue expulsada del Elíseo por su impiedad y que fundó su feudo donde antes regía Hypnos.
—¿Me llamaba? —se escuchó una voz, procedente del exterior de la estancia.
—Oh, no tan solo te estaba nombrando —respondió Zhao.
—Espero que no hable más de la cuenta, Zhao —dijo nuevamente la voz.
—Yo siempre hablo más de la cuenta —dijo el boticario.
Ya no hubo más intercambio con aquel misterioso interlocutor. Mi conversación con Zhao tampoco tardó ya en concluir. Me dijo que debía buscar una forma de infiltrarme en la mansión, pero que él no podía darme más información porque «si no, no tendría gracia».
Salí del reservado y me topé con un camarero o botones vestido de blanco, cuya voz creí identificar como la de aquel que estuvo antes hablando con Zhao. Este me condujo a través de lo que parecía una taberna iluminada con neón verde y me mostró la salida. Tras agradecérselo, abandoné el local.
En el exterior, me topé con la calle más sucia y oscura que había visto en mucho tiempo. En las esquinas, se amontonaban los cartones donde dormían los mendigos. También había dispuestos varios puestos de mercadillo, bastante sucios y destartalados, situados junto a locales que no parecían pasar por su mejor momento. Cuando iba a pasar por delante de uno de ellos, un puesto dedicado a la forja artesanal, Salió a mi encuentro su propietario, que parecía tener la intención de hablar conmigo. Era un hombre anciano y musculoso, aunque con múltiples deformidades, al parecer fruto de lesiones mal curadas. Llevaba unas gafas protectoras para evitar que las brasas lo cegaran.
—No sé qué negocios tienes con Zhao, pero yo no me fiaría de ese… ser —me advirtió.
—Apenas lo conozco —respondí—. Creo que me rescató y me ha dicho como salir de aquí.
—Nadie sale de aquí —me dijo—. Yo antes era un dios, era respetado y tenía la esposa más hermosa… pero, ¡mírame! Ya nadie se acuerda del viejo V’ulphaistos, señor de la forja, que ahora se dedica a fabricar cubertería de acero inoxidable en la calleja de Chrisahuel. La infame de mi exmujer me condenó a este foso infecto por deseo de su actual marido, el maldito de Gradivus. ¡Cómo se les ha subido el poder a la cabeza a esos mangantes! Y eso que literalmente reinan sobre el mayor estercolero de las Tierras del Sueño. Las tierras de Venus, en el País de Pnaklendorf… ¡es apropiado que esto lleve ahora su nombre, el de la más indigna de las mujeres!
—¿Eres Hefesto? —no pude evitar preguntarle.
—Así me han llamado alguna vez, pero ya no me agrada, pues es nombre de dios. Ahora solo soy el viejo V’ul o V’ulphaistos a secas.
—Zhao me dijo que podía volver a mi hogar si atravesaba un espejo de la mansión de Venus —le dije—. ¿Tú no podrías…?
—Es imposible —me cortó—. Madamme Venus tiene ojos y oídos por todas partes.
Vi que con su mano hacía un gesto casi imperceptible, que parecía invitarme a pasar.
—De acuerdo, dejaremos el tema. Aunque me gustaría que me enseñaras tu tienda.
V’ulphaistos sonrió, al observar que había entendido sus intenciones.
—En ese caso, sígueme. Me gustaría mostrarte unos productos particularmente exclusivos que tengo guardados en la trastienda.
Seguí al anciano por el interior de su negocio, avanzando dificultosamente entre los objetos y cajas que se amontonaban anárquicamente por el interior. Finalmente llegamos ante una cortina, que descorrió, revelando una puerta acorazada con tres cerraduras. La abrió y me invitó a pasar.
Accedimos a lo que parecía un trastero, que V’ulphaistos iluminó encendiendo unas velas. No necesitó mechero, fue como si el fuego hubiera surgido de entre sus propios dedos. Sacó un par de sillas y, tras despejar un poco la sala, cerró la puerta a nuestras espaldas.
—Aquí no debería ser posible que nos escuchen —dijo el anciano.
—Entonces, ¿sí puedes ayudarme? —pregunté.
—Sí, aunque, si alguien se entera, puedo meterme en líos. Sigo siendo poderoso, ¡más que un ejército! Pero, si ellos se unieran contra mí, podrían expulsarme del País de Pnaklendorf. Quizás me obligaran a ir más allá del Río Skai, donde las huestes del Caos Reptante ejercen su dominio. Puede que lograse resistir un tiempo, hasta que alguna entidad primigenia pusiese sus ojos en mí y decidiese darme un destino peor que la muerte. Porque los dioses, que no conocemos la vida, tampoco conocemos la muerte. Aunque, a menudo, la muerte es algo que uno puede acabar implorando, sobre todo cuando el castigo se vuelve más atroz que el mismísimo oblivion.
—De acuerdo, no hablaré de ello.
—No me basta con que lo prometas —me dijo— necesito que te pongas esto.
V’ulphaistos me entregó un extraño anillo metálico, que me obligó a colocarme en el dedo índice.
—Mientras estés en el País de Pnaklendorf, no será posible que te quites este anillo. Y, si fueses a hablar más de la cuenta, del anillo saldrán unas agujas que se clavaran en tu piel e inyectaran un veneno que disolverá hasta tu misma esencia. Ahora te revelaré aquello que necesitas saber para regresar a casa.
El anciano extendió un mapa, que parecía mostrar los principales lugares de aquel rincón del País de Pnaklendorf que conocían coloquialmente como «Tierras de Venus». Pude reconocer tanto la villa de Gradivus y El gabinete de la luz lunar como el burdel y la mansión que pertenecían a la infame Madamme Venus. También aparecían señalados otros tantos «lugares de interés», referidos como «río Skai», «sede de Paradise Records», «sede de Medusa Creations», «centro comercial Via Principalis», «Arboleda de las negaciones» y «senda a la Tierra de los retazos, en los dominios de los Primordiales».
—Como supongo que no eres tan estúpido como para colarte en la mansión de Madamme Venus por la puerta principal, agradecerás saber que hay un puñado de entradas secretas, que yo llegué a conocer mientras aún estaba casado con esa fulana. Desafortunadamente, la gran mayoría de ellas están firmemente vigiladas, exceptuando dos.
V’ulphaistos señaló dos puntos en el mapa. El primero de ellos era el Centro Comercial Via Principalis y el segundo la Arboleda de las negaciones.
—Hay una razón por la que en esos sitios no hay vigilancia —me dijo—. En el centro comercial porque, desde que cerró, ya nadie pasa por allí, así que los esbirros de Venus bloquearon el pasaje con una cerradura especial y se fueron. En el bosque porque, cada vez que han apostado guardias, estos han desaparecido en extrañas circunstancias. El bosque es un lugar maldito y jamás deberías pisar allí, pues correrías el riesgo de perderte, y no solo físicamente. Puedes acabar fácilmente perdiéndote a ti mismo si él te engaña para que respondas a sus preguntas.
—En tal caso, ¿habría de ir por el centro comercial?
—Así es, pues, por fortuna para ti, yo puedo facilitarte una copia de la llave. Sin embargo, solo podrás usarla una vez, por precaución he introducido en ella un defecto que hará que se deforme una vez que abra la puerta. Lo hago por prudencia, es para evitar que puedan identificar que mi mano ha participado en la elaboración de la misma. Al fin y al cabo, ¿quién sospecharía que el dios de los artesanos ha fabricado una pieza de tan mala factura?
»Y, antes de que marches, he de darte algo más: un silbato de bronce dorado que, al igual que lo anterior, está pensado para tener un único uso. Sóplalo cuando te sientas en una situación desesperada y te ayudará a salir airoso. Te diría que espero que no tengas que recurrir a él, pero no soy un iluso y sé que lo más probable es que te haga falta. Un único uso, una única oportunidad; por tu bien, más te vale saber cuál es el momento adecuado para ello.
Con estas palabras y haciéndome entrega de un mapa y de los objetos acordados, V’ulphaistos se despidió de mí y me invitó a abandonar su tienda, recordándome una vez más que «Madamme Venus tiene ojos y oídos por todas partes».
El Centro Comercial abandonado se encontraba al noroeste, fuera de los principales barrios de las Tierras de Venus. Para llegar hasta él, tuve que recorrer calles sucias y atestadas de rateros y de individuos de dudosa ascendencia, muchos de los cuales parecían fruto de una relación adulterina entre hombre y animal. Muchos me miraban con recelo, como si se diesen cuenta de que yo no era de por allí. Creo que fue un milagro que ninguno me hiciera nada, en varios momentos temí por mi propia seguridad. Y, entre tantos ojos y oídos, no me percaté de que había unos de los que hubiera hecho mejor en guardarme, pues alguien me había estado siguiendo desde que salí de la tienda de V’ulphaistos.
Tras una larga caminata, llegué finalmente ante el viejo centro comercial, un auténtico cadáver urbanístico de dimensiones descomunales. La puerta estaba cerrada, pero era de cristal, así que, tras mirar a mi alrededor y asegurarme de que nadie me estuviera viendo, tomé un trozo de adoquín del suelo y rompí con él el vidrio, abriéndome una entrada improvisada. Pasé por el hueco y me vi en un amplio corredor, repleto de escaleras mecánicas que, sin duda, llevaban largo tiempo sin moverse un centímetro. Fui avanzando entre locales desocupados y carteles descoloridos, esquivando algunos fragmentos de techo que, debido a la falta de mantenimiento y problemas estructurales, se habían ido desprendiendo. Todo allí rezumaba un aire a muerte, a abandono.
En cierto momento, escuché un gruñido que me heló la sangre. No me había parado a pensar en la posibilidad de qué, aprovechando la ausencia de tránsito en el lugar, algún animal salvaje hubiera hecho allí su morada. Pronto se repitió el sonido y, al buscar su procedencia, observé, escondiéndome detrás de un montón de escombros, a una criatura de gran tamaño, semejante a un león. Y, tras él, había una inmensa puerta con una extraña cerradura. Maldije al darme cuenta de que aquel era el portón por el que debía de entrar, dándome cuenta de no tenía ninguna posibilidad de llegar hasta él mientras estuviera ahí delante aquel horror leonino.
Tras cavilar, se me ocurrió una idea, aunque no sabía si funcionaría: iría a la sala de energía del centro comercial y, desde allí, encendería la instalación eléctrica. Aquello podría servirme para generar una distracción o, tal vez incluso, para ahuyentar a la criatura. El problema que veía era que quizás ya no funcionase, ya que era posible que el circuito estuviese dañado.
Fuera como fuese, decidí jugármela con aquella idea. Busqué una ruta que me permitiese llegar a aquella sala lo más fácilmente posible, evitando pasar demasiado cerca de aquella criatura. Tras consultar un mapa del centro comercial que se seguía exhibiendo en relativamente buen estado, subí discretamente por las escaleras mecánicas, actualmente inmóviles. Me quedé petrificado al darme cuenta de que mi plan no tenía futuro, ya que la puerta de la sala a la que me dirigía estaba bloqueada con cadenas metálicas y un candado. Me senté a cavilar, tratando de averiguar cómo podía proceder, y fue entonces cuando escuché un estruendo en la planta baja, seguido de un rugido. Me asomé desde el piso en el que estaba y vi al descomunal felino desplazarse en busca de la fuente del ruido.
Vi aquello como mi única oportunidad para salir del atolladero. Descendí velozmente, aprovechando la repentina ausencia del monstruo, y me planté ante la puerta del pasadizo. Introduje rápidamente la llave de V’ulphaistos y abrí la cerradura. Ya comenzaba a ceder el portón cuando sentí algo afilado presionándome contra la espalda.
—Avanza, no te des la vuelta, no preguntes nada —dijo una voz masculina.
Quien quiera que fuese aquella persona, me había estado siguiendo. Debía haber sido él quien apartó a la criatura de la puerta, posiblemente con la intención de tenderme una trampa.
Temiendo por mi vida, atravesé el umbral, internándome en un pasadizo oscuro. La puerta se cerró a mis espaldas y, con ella, se fue todo rastro de luz.
—Sigue recto —me dijo la voz.
Una luz se encendió detrás de mí. El individuo debía llevar consigo un farol o algo similar. Quise girarme, pero nuevamente noté un pinchazo en la espalda. El otro debía de estar amenazándome con un puñal o una espada. No me quedaba otra que resignarme y seguir adelante, sin hacer preguntas. Tenía en el bolsillo el silbato, pero algo dentro de mí me decía que aún no era el momento de usarlo. No sabría explicar muy bien aquella sensación, se podría decir que fue una corazonada. De cualquier forma, opté por seguir adelante sumisamente y ver adonde me llevaba aquella situación.
El corredor se me hizo eterno, y más por el hecho de que, cada poco, me topaba con largas series de peldaños ascendentes. Fue extenuante, y más teniendo en cuenta que mi acosador no me permitía ni detenerme para recuperar el aliento, bajo amenaza de hundir su filo en mi nuca. Cuando alcancé el final, apenas conservaba energías.
El corredor terminaba en una pequeña portezuela, que daba a lo que parecía un almacén. Fui empujado fuera del mismo y me encontré en medio de un pasillo, cubierto de lujosas alfombras rojas y decorado con vasijas griegas y esculturas, en su mayoría representando a la Venus-Afrodita. Pude reconocer aquel lugar por mi sueño: estaba ya en el interior de la mansión de Madamme Venus. Un individuo enmascarado, vestido ricamente, se acercó a nuestra posición e intercambió unas palabras con mi captor. Tras ello, se dirigió a mí para decirme que «la Madamme me estaba esperando».
Fui conducido por pasajes que me resultaban familiares para, finalmente, alcanzar las hermosas puertas de madera que daban al gran salón. Según se abrieron, sentí una bocanada de un aroma que a punto estuvo de nublarme la entendedera. Y, ante mis ojos, se mostró una sala que parecía encarnar el concepto mismo de lujo, plagada de oro y terciopelo. Estaba abarrotada de individuos enmascarados y, en el centro de todo, se encontraba la sensual y voluptuosa figura de Madamme Venus.
Máscaras de la peste. Todos llevaban máscaras de la peste. Y yo me comenzaba a sentir mareado, aturdido. Lo estaba cada vez más, la sensación se incrementaba con cada bocanada de aire que invadía mis pulmones. No tardé en darme cuenta de lo que aquello significaba: había algo extraño en el aire. Me estaban drogando.
—Bienvenido a las estancias de mi nada humilde morada, tú, que apestas con los aromas de aquel que acecha desde Tindalos —me dijo Madamme Venus—. ¿Te envía ese malnacido de Zhao?
—No sé de qué estás hablando —le respondí, mientras mis ojos vagaban por la estancia, buscando el espejo.
Aquello que buscaba estaba en el mismo rincón en que lo vi en mi sueño, cubierto por una cortinilla. Fue entonces cuando otro individuo se acercó a la anfitriona para susurrarle algo al oído. Tras unos breves instantes se apartó de ella y, tras hacer una reverencia, abandonó la sala.
—De acuerdo, ya sé quién eres —sentenció Madamme Venus— al parecer eres un niño travieso que se ha escapado. Se supone que ayer mi bomboncito iba a haberte enviado ante mí, pero decidiste hacer una diablura. Pero no temas, mami es piadosa y no te castigará demasiado, siempre y cuando seas un buen chico y respondas a lo que te pregunte. ¿Lo harás?
Pude sentir una cierta hostilidad en el aire: los esbirros de Madamme Venus se me habían ido acercando y parecían estar acechándome, dispuestos a abalanzarse sobre mí en el caso de que diera una mala contestación o tratase de escabullirme. Además, tenía la sensación de que, poco a poco, mi conciencia se iba desvaneciendo, sometida por la droga.
—De acuerdo —contesté dócilmente.
—Buen chico —Madamme Venus sonrió bajo su máscara— Empecemos pues, ¿está en ti el Emperador Inmortal?
—No sé qué es eso.
—Bien. En tal caso, ¿de qué conoces a Zhao, el boticario?
—Él me rescató —respondí.
—¿Solo eso? ¿No puedes decirme algo más sobre vuestro encuentro?
—Me llevó a un lugar llamado «El gabinete de la luz lunar» —dije, casi automáticamente—. Allí me advirtió sobre ti.
—Oh, ¿qué les pasa a todos? ¿Por qué ese interés por difamarme? No los escuches, ven aquí, te mostraré en quién debes confiar.
Me acerqué a Madamme Venus y ella me envolvió en sus brazos. Me hizo alzar la mirada y, levantando un poco su máscara, hizo que sus labios se fundieran con los míos, embriagándome con el beso más sensual que jamás había recibido. El beso de una diosa, capaz de quebrar el espíritu de cualquier hombre.
—¿De veras crees aquello que dicen de mí? ¿Verdad que no? Abandónate a mi abrazo, el abrazo de la diosa del amor.
Tan solo fui capaz de balbucir, enajenado como estaba.
—Es una lástima que algunos, como mi exmarido, vayan por ahí tratándome como si fuera un monstruo. ¿Tú conoces a mi marido, ese desgraciado de V’ulphaistos?
Ya me disponía a responder con un «sí» cuando mis ojos se posaron en el anillo maldito que el dios de los herreros me había hecho ponerme. Me zafé instintivamente del abrazo de Madamme Venus y retrocedí tambaleándome. Los guardias no tardaron en volver a disponerse en torno a mí, amenazándome con los más diversos tipos de armas.
—Oh, ¿qué sucede, mi niño? ¿El nombre de V’ulphaistos te dice algo, acaso?
No podía decir nada. Una palabra de más supondría que el veneno del anillo pusiese fin a mi vida, mientras que un movimiento en falso haría que fuesen los esbirros de la diosa los que me trajesen la aniquilación. En ese momento lo supe: era ahora cuando debía de usar el silbato, pues no tendría otra oportunidad para salvarme.
Antes de que les diera tiempo a reaccionar, me llevé el silbato a los labios y lo hice sonar. De él emanó un sonido terrible, tan atroz que hizo que todos los guardias soltaran las armas y cayeran al suelo, encogiéndose de dolor. Madamme Venus comenzó a mirar hacia todos los lados, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo, así que aproveché la oportunidad para, con las pocas energías y claridad de mente que me quedaban, lanzarme contra el espejo.
Mis dedos ya casi acariciaban la tela que cubría el marco cuando alguien me aferró firmemente del brazo. Al girarme, al igual que en mi sueño, vi los azules ojos de Madamme Venus, clavados en los mío.
—Mami no está demasiado enfadada. Si te detienes ahora, aún estoy dispuesta a perdonarte. Solo debes ser un buen chico y hacer todo lo que te diga. Solo debes amarme hasta el final de tus días y someterte a mis besos y mis caricias.
Aquellas palabras almibaradas acariciaron mis oídos y me hicieron titubear. Esos labios y ese cuerpo me ofrecían un placer ultraterreno vedado al común de los mortales. Pero no. Aquella rosa tenía espinas y someterme a ella supondría renunciar a mi voluntad. Sería casi como estar muerto.
Ese pensamiento inquietante me dio las fuerzas necesarias para alargar la mano y descorrer el velo. Madamme Venus retrocedió, soltándome y profiriendo un grito de pánico. Y es que, en el espejo, no se apreciaba aquella joven sensual de cuerpo perfecto y piel marmórea, sino una cosa humanoide similar a una mujer obesa, cuyo vientre, negro como el ébano, contrastaba con un busto pálido y lechoso, tan blanco que parecía el de un cadáver. Al apartar la mirada del espejo y volver mi rostro hacia ella, ya no pude apreciar aquella belleza ultraterrena de la que solía hacer gala, sino que había comenzado a mostrar aquel aspecto enfermizo, horrido y amorfo. Era casi como si se hubiese vuelto el reflejo de su reflejo.
Pero su transformación no acabó allí, sino que siguió hinchándose y deformándose, con tentáculos emergiendo por doquier de su piel y un ojo se abriéndose en su vientre. Un ojo que no solo era solo un ojo, sino también unas fauces y unos genitales femeninos. Soy incapaz de explicarlo, pero era como si, al dirigir la mirada hacia aquel órgano bizarro, estuviera observando a la vez las tres cosas, superponiéndose como si de un espejismo se tratara. Sentía como si aquel inefable orificio me estuviera susurrando las más depravadas obscenidades, que se clavaban como alfileres en mi cerebro. No puedo explicarlo, era como si, de algún modo, aquel horror rezumase erotismo, apelando a lo más básico, lo más primitivo. Pude comprender que pretendía aplastar mi mente y someterme, volviéndome poco más que un esclavo de mis impulsos.
Es por ello que tuve que forzarme a apartar la mirada y saltar directamente hacia el espejo, esperando escapar de aquel aberrante País de las Maravillas, en el cual había acabado por seguir a un conejo. ¿O fue tal vez a un gato?