Autorretrato de un Cabo

-I-

Conocí al cabo en un bar algo sucio, a las afueras de Ikebukuro. Era un espacio amplio, con una barra en forma de herradura en la que los clientes pedían a los camareros los cócteles que les gustaban. Pero las banquetas estaban rotas, el papel de pared se había caído y la tarima apenas era visible, debido al deplorable estado en que se encontraba. Los miembros de la clientela, al igual que el bar, éramos gente deprimente. Escritores con pocas ventas, gente sin un trabajo estable, estudiantes empobrecidos… En resumen, gente de poco dinero.

Ese día había ido a beber con un amigo que escribía sobre ocultismo, pero decidió volver a la ciudad de Warabi tras emborracharse demasiado. Miré al reloj. Aún eran las 20:30. Demasiado pronto como para volver a casa. Estaba tomando un Salty Dog y pensando en lo qué hacer cuando escuché la voz de un hombre gritando.

—¡Imbécil! ¡Aquí no hacemos pagos aplazados!

A continuación, se escuchó un fuerte impacto. Todos en el local nos dimos la vuelta al mismo tiempo, buscando el origen de aquel estruendo. Un joven de pelo largo había sido derribado por un camarero.

—N-no hacía falta llegar a este punto —el joven habló con una voz temblorosa.

Tendría unos veinte años. Llevaba una camisa de algodón andrajoso, vaqueros y una boina negra dada de sí.

—¡Vamos! Agarra ese sucio lienzo y vete de aquí. Considérate afortunado de que no llamemos a la policía.

Cuando terminó de hablar, el camarero obligó al joven a levantarse y le expulsó del local. «No hacía falta tratar así a un desamparado estudiante de arte». Ese pensamiento, provocado por una ligera embriaguez, me hizo alejarme de la barra ticket en la mano, pagar la cuenta, y precipitarme fuera del bar, en busca de aquel joven.

Me preocupó la posibilidad de no encontrarlo, pero, por fortuna, di con él enseguida. Estaba recogiendo desesperadamente las herramientas de dibujo que el camarero lanzó a la calle. Me agaché para ayudarle a recoger los lápices, el cuaderno y demás materiales.

—Toma —al entregarle sus pertenencias aprecié una expresión nerviosa en su rostro.

—Gra… gracias. Perdone… las molestias.

Tras recibir temblando sus herramientas, las guardó en su maletín de dibujo. Me levanté, observando al chico. Se asemejaba a una comadreja o a un ratón, sus ojos temblaban de miedo, la piel de su cara estaba rojiza, llena de acné, y su pequeña barbilla tenía una barba marrón desaliñada. El cuello de la camisa de algodón estaba sucio y su pelo largo, que sobresalía de la boina, estaba grasiento, delatando que llevaba tiempo sin bañarse.

—¿Estudias artes en la Universidad? —pregunté.

—No. Es cierto que estoy asistiendo a una escuela de artes para luego matricularme en la Universidad de Bellas Artes, pero… —dijo, al mismo tiempo que terminaba de recoger sus pertenencias.

—¿Cómo te llamas?

—Cab… quiero decir, me llamo Hirata.

—Conque Hirata. Yo soy A—-. ¿Te apetece que te invite a tomar algo? Tengo ganas de volver a hablar sobre arte, hace tiempo que no lo hago.

El joven Hirata me miró con recelo, pero no tardó en darse cuenta de que ni yo era ni homosexual, ni vendía sustancias ilegales. Entonces se alegró ese rostro decaído, asintiendo con energía.

* * *

Aún algo borracho, pensé que, para tratar con un artista, había que llevarlo a un local acorde a su ocupación, sin importar que fuese un novato de entre los novatos. Llevé al joven Hirata a un bar de los suburbios de Ikebukuro, el «Venus», un oscuro local emplazado en el sótano de un viejo edificio residencial. Había abierto como un bar clandestino en el año 1970 y, desde entonces, había tenido decenas de dueños. A pesar de ello, la decoración interior no había cambiado nada.

La mitad de la clientela eran universitarios, el resto, actores de teatro, poetas autoproclamados, músicos de jazz, escritores, editores y un largo etcétera. En resumen, era un lugar donde se reunían individuos de pelo rapado o largo, con o sin barba poblada.

Nos sentamos en una esquina decorada con pintadas fluorescentes en forma de calaveras y monstruos. Pedimos unos vasos con tequila y aperitivos. En este bar solo servían tequila, ginebra, vodka o un brandy barato.

—Soy originario de Fukushima. Mi padre era un funcionario de bajo rango de la oficina regional —dijo el joven Hirata mientras sorbía la bebida—. Falleció cuando yo tenía trece años y, desde entonces, me crio mi madre, ella sola. En secundaria soñaba con ser arquitecto, llegué a intentar el examen de ingreso de una escuela de bachillerato enfocada en estudios relacionados con la construcción, pero suspendí. No tuve otro remedio que asistir a una escuela nocturna mientras trabajaba de día.

Era una narración que me daba la sensación de haber oído antes. ¿Será que todas las anécdotas sobre jóvenes que pasan dificultades se parecen en algo? Aun así, la historia del joven Hirata me sonaba demasiado.

—Durante cuatro años, me lamenté constantemente por haberme alejado del camino del arquitecto, tanto que llegué a llenar treinta cuadernos con dibujos de edificios. A medida que pasaba el tiempo, empecé a pensar que se me daba mejor el dibujo en sí mismo.

—¿Por eso decidiste tratar de entrar a la Universidad de Bellas Artes?

—Efectivamente. Pero suspendí el examen de acceso dos veces. Si vuelvo a fallar en la primavera del año que viene, solo me quedará realizar trabajos físicos —dijo con una voz débil, tratando de aguantar las lágrimas que brotaban de sus ojos.

—¿Vives cerca de Ikebukuro?

—Hace tiempo que me echaron de mi apartamento por impago del alquiler. Con el poco dinero que gano dibujando retratos a veces me alojo en una posada.

—Y, ¿cuando no ganas dinero qué haces?

—Recurro a un alojamiento de socorro en el que se alojan personas procedentes del sudeste asiático. Algunos vinieron de Oriente Medio para ganar dinero. Otras veces, duermo en la entrada de la estación de Ikebukuro.

Fruncí el rostro. Soy bastante sensible a este tipo de historias. Cuanto era estudiante universitario, me gastaba el dinero que me enviaban para consagrar mi vida al alcohol y la lectura; es por ello que ahora sentí un profundo deseo de ayudar.

«Dejaré algo de dinero, lo suficiente como para no herir el orgullo del joven. En cuanto pague la cuenta… me iré». Pensando en ello, fingí mirar mi reloj, tratando de sacar un tema de conversación.

—Bueno…

En el mismo momento en que empecé a hablar, se empezaron a escuchar unas risas estruendosas, procedentes del cubículo que había a mis espaldas. A continuación, se empezó a oír una conversación en varios idiomas: japonés, inglés, incluso alguna palabra que parecía proceder de Oriente Medio.

—Salud.

—Cheers.

—Salam.

Al fijarme, me percaté de que eran unos jóvenes actores de teatro, clientes habituales de este establecimiento. Estaban brindando junto a otros jóvenes que parecían iraníes o iraquíes.

Apoyándose en el respaldo del asiento, Hirata se dio la vuelta, exhibiendo una expresión de molestia. Claramente, menosprecia a aquellos extranjeros que estaban a sus espaldas.

—La verdad es que Ikebukuro está lleno de basura —dijo en voz alta, volviéndose hacia mí; dio un sorbo al vaso de tequila y siguió hablando—. Aún tolero a los coreanos y los chinos, pero los tailandeses, vietnamitas, camboyanos, filipinos, indios, iraníes, iraquíes… cuando los veo es que no lo aguanto…

—Oye, eso es racista —lo intenté calmar, pero Hirata siguió hablando.

—Ellos vienen a Japón y se quedan con los trabajos que deberían ser para los estudiantes, llevándose a su país nuestros preciados yenes. ¡Y no solo eso! También ponen sus sucias manos sobre nuestras mujeres japonesas y mancillan la sangre pura del pueblo Yamato.

—Para. Te estás poniendo paranoico.

Pero Hirata no hizo sino alzar aún más la voz.

—Los esclavos hacen su trabajo por un salario bajo, pero… ¿por qué es así? Los esclavos son pueblos que, desde sus orígenes, nacieron para ello. Son razas inferiores que solo sirven para hacer trabajos inferiores.

—He dicho que pares. Todo el mundo está mirando.

Mi advertencia no era exagerada. Desde hacía un buen rato, todos en el Venus, desde los clientes hasta el dueño y las camareras, nos estaban mirando. Aun con ello Hirata siguió proclamando a voces su discurso.

—El racismo es una ideología. Las personas vulnerables dirán que es algo malo, pero los fuertes lo saben: ¡el racismo es la única opción válida!

—¡Cierra el pico! —se escuchó gritar desde el cubículo de atrás.

—¿Tú quién te crees que eres?

—¡Si tanto odias a los iraníes vete de aquí!

En mis adentros, les di la razón.

—Estás borracho. Venga, vayámonos de aquí —le sugerí a Hirata.

Hirata le dio un gran sorbo al tequila, como dando a entender que quería seguir con su proclama, pero se levantó dando tumbos tras escuchar mis recomendaciones. Caisi nos echan a patadas del local.

Le di mi tarjeta de presentación antes de despedirnos, diciéndole que me llamase si pasaba algo.

Es muy probable que yo también estuviese muy borracho; y es que, al día siguiente, volví a mi trabajo habitual, olvidándome por completo de Hirata.

-II-

Tres meses después de que aquello sucediese y estando en el trabajo, recibí una llamada de Hirata.

—Ha pasado mucho tiempo. El otro día estaba leyendo Lemuria y me llevé una sorpresa. ¡Así que es cierto que usted es escritor! —dijo Hirata.

«Lemuria» era el nombre de una revista sobre ocultismo y terror que había publicado varias de mis obras. Al parecer, se había apresurado a llamarme tras verla en una librería y encontrar en ella mi nombre.

—¿Qué estás haciendo ahora? —pregunté, tras recordar el nombre del joven.

—Dejé completamente de lado la Universidad de Bellas Artes. Actualmente, dedico mis días a meditar.

—¿Meditar?

—Exacto. Aunque lo hago para encontrarme a mí mismo… he empezado a entenderlo. Ya no soy el mismo que hace tres meses. Si le interesa, ¿Podríamos volver a encontrarnos?

Aunque la idea no me entusiasmaba, decidí reunirme nuevamente con Hirata. Las noticias de ese día solo hablaban del caos en el partido gobernante, un iraní que había asesinado a una mujer, despidos masivos en las empresas y una recesión económica cada vez más grave… todo eran titulares deprimentes. Pensé que, si al menos me encontraba con alguien extraño ese día, tal vez lograría cambiar un poco mi ánimo.

-III-

La cafetería que eligió Hirata estaba a unos cinco minutos de la entrada oeste de Ikebukuro. Un local de interior lujoso en la vía principal no era un lugar al que un artista novato pudiera ir, y menos cuando un café cuesta 1000 yenes.

Cuando, dudando, pasé al interior, Hirata alzó la mano desde un cubículo que se encontraba al fondo del local. Había cambiado mucho en estos tres meses. Su pelo, antes bastante largo, había sido recortado y peinado hacia un lado, dejando caer un flequillo. Ya no vestía con aquella camisa de algodón ni con la boina, sino con una chaqueta vieja pero limpia, unos pantalones de vestir, una camisa y una bonita corbata.

—Has cambiado mucho —le dije, con un tono de elogio que encerraba un cierto aire de sorna.

—Mis antiguos compañeros dicen lo mismo. Que el cabo ha cambiado.

—¿Cabo? Cuando nos conocimos estuviste a punto de decirlo. ¿Ese es tu apodo?

—Desde que era pequeño. Me refería a mí mismo como «cabo», y todos empezaron a llamarme así.

—¿Desde hace tanto? Entiendo. Tu padre fue a la guerra, de ahí lo de cabo… —cuando estaba a media frase, Hirata sacudió la cabeza hacia los lados.

—Mi padre nació en 1975. nunca ha experimentado la guerra. Yo… bueno… aún conservo algunos recuerdos de mi vida pasada. Es ahí donde… en la guerra… recuerdo que me llamaban «cabo».

—Interesante —agarré un cigarro de tabaco y lo coloqué en mi boca; como escritor de temática ocultista, aquello me llamaba la atención.

—Desde que me encontré con usted aquel día me pasaron varias cosas. Me echaron de un refugio para extranjeros sin hogar cuando descubrieron que era japonés, un grupo de chinos me dieron una paliza en un callejón…

—Y, gracias a eso, te has calmado.

Hirata ignoró mis palabras y me enseñó un folleto que sacó del bolsillo de la chaqueta. En él había dibujado una serpiente que se enrosca en una rosacruz y debajo de ello las letras OSW, «Order of Starry Wisdom».

—En esa situación, cuando había tocado fondo y me encontraba en la miseria, ellos fueron quienes me ayudaron. ¿Conoce la OSW?

—Un poco, sí —contesté con desgana.

Se trataba de una nueva secta que había surgido en Chicago, Estados Unidos. Su objetivo era hacer resurgir a un dios del antiguo Egipto, utilizando magia en sus rituales. A los fieles les daban información que prácticamente les lavaba el cerebro y les exigían todos sus ahorros. Tanto en Estados Unidos como en Japón estaban trayendo problemas.

—Pero, no estoy de acuerdo con estas cosas —le digo.

—Tampoco es que yo crea en verdad en ello. Simplemente quería ver si podía encontrar a mi verdadero yo utilizando sus enseñanzas.

—¿Tu verdadero yo?

—Correcto. Lo he estado pensando desde que nos despedimos aquella noche. Un estudiante de artes pobre no es mi verdadero yo. En el pasado yo era un héroe, era llamado cabo por mis compañeros de guerra. No paro de verlo en sueños. Me enfrentaba yo solo a más de una decena de enemigos, atrincherados en un edificio en ruinas, y los hacía prisioneros de guerra.

«¿Será este un nuevo tipo de trastorno?» pensé.

En la década de 1980, se extendió entre los jóvenes de secundaria y bachillerato un trastorno que les hacía pensar que su identidad mundana no era su verdadero yo, sino que, en realidad, eran guerreros elegidos que luchaban por la paz en la tierra, por el orden cósmico, mandando señales a sus compañeros guerreros mediante sueños. Probablemente, Hirata fuese un guerrero que llegó tarde.

—No me cree, ¿verdad? —preguntó Hirata.

—No, sí te creo. Es simplemente que las experiencias paranormales son subjetivas. Dejar conforme a alguien que no cree en esas cosas es difícil. Por supuesto, yo te creo porque soy un escritor de temática ocultista.

—Conque subjetivo… —Hirata soltó esas palabras al mismo tiempo que me miraba con desprecio; pero, enseguida, borró esa expresión para mirarme fijamente— los sacerdotes de la OSW me dijeron que los recuerdos de mi vida pasada son muy precisos. Me enseñaron un método para hacer aún más claros esos recuerdos, un método que dura 60 días. Hoy es el día número 60. Señor A—-, ¿podría venir conmigo hasta mi piso y estar presente durante el final del proceso?

—Como escritor, me interesa mucho. Pero ¿ese proceso no consistirá en algo similar al yoga?

—Tiene más que ver con la magia —dijo Hirata tras inspirar aire.

-IV-

El edificio donde vivía Hirata, situado en un barrio en la entrada este de Ikebukuro, era viejo y tenía cuatro plantas. Su casa se encontraba en un semisótano, con un tamaño de unos 13m3, siendo este el único apartamento ocupado del edificio. Hirata explicó que, en medio año, tenían planeado derribar el edificio, de ahí que la renta fuese tan barata, además de que él era el único inquilino.

Al abrir la puerta, se filtró un extraño olor. La pintura al óleo, el incienso y un olor desconocido que causaba un cierto malestar.

—Ruego que me perdone, no he ventilado lo suficiente —se disculpó, invitándome a entrar.

Pese a ser por la tarde, la habitación estaba muy oscura. Lo único remotamente similar a una ventana estaba en un lugar elevado, mirando hacia el este. A través del rugoso cristal, tan solo se veían los pies de los transeúntes que caminaban por la calle.

—Es como cuando en un drama bélico unos guerrilleros se refugian en una trinchera —dije, estremeciéndome.

Las paredes y el techo eran de hormigón, sobre el suelo había una triste alfombra que apenas cubría nada y en los alrededores se amontonaba una serie de libros sobre ocultismo que parecían haber salido de algún basurero, junto a folletos de la OSW y un lienzo al que habían dado la vuelta.

—Así que aún pintas —dije, acercando mi mano derecha a aquel lienzo.

—¡No! —Hirata me detuvo enseguida, pero, al momento, puso la expresión propia de alguien que maldice por haber hecho algo que no debía— No… no quiero que mire, me da vergüenza. Todos son autorretratos, pero… no tengo talento. Ya dejé el dibujo y la arquitectura de lado.

Bufé. Si el autor no quería que lo viese, no podía forzarlo. Retiré mi mano derecha y coloqué la izquierda a la altura de mi cintura.

—Y bien, ¿a qué te dedicas ahora?

—Eso lo sabré en cuanto descubra mi verdadero yo —me contestó, mientras se agachaba.

Le dio la vuelta a la alfombra y reveló un cuadrado mágico, dibujado sobre el concreto con tinta negra.

1

—Es del Abramelín… —susurré.

El Abramelín es un tipo de magia que, según se dice, fue transmitido en el siglo XV a Abraham de Worms por un mago que vivía a orillas del río Nilo. Muchos han intentado dominar este arte, pero todos acabaron perdiendo la cordura; algunos, incluso, llegaron a quitarse la vida.

—Como cabría de esperar de un escritor de ocultismo, conoce esta técnica. Exacto, este es el cuadrado mágico del Abramelín. Una magia que conoce todo el pasado. Para activarlo…

—¡Detente! ¡Es muy peligroso! Si fallas…

—Me volveré loco o me suicidaré. Conozco los riesgos. Prefiero elegir la locura o la muerte antes de vivir como un estudiante pobre y sin hogar —mientras hablaba, Hirata colocaba unas velas en la esquina del cuadrado y las encendía.

No pude hacer nada en esa situación. Para ser más exactos, pude haberlo parado en cualquier momento; pero, como escritor de ocultismo, quería ver con mis propios ojos la magia Abramelín. Es por ello que decidí no hacer nada. Empecé a observar el ritual que estaba realizando Hirata.

—¡Shaddai! ¡El Chai! —Hirata gritó unos hechizos dirigiéndose al cuadrado mágico. Más que un grito era como una vibración. Después, puso los brazos sobre el pecho formando una cruz.

Ángel guardián mío,

enséñame,

mi verdadera forma,

mi verdadero nombre.

En nombre de Belial y Asmodeus,

en nombre de Azathoth y Yoth-Tlaggon.

De repente, la estancia empezó a brillar. Del suelo comenzó a filtrar una neblina blanca que enfriaba el ambiente, enroscándose como si fuese una serpiente. El cuadrado mágico empezó a emitir un resplandor, como una luz de neón que brillaba en la noche.

Abrí los ojos todo lo que pude. El ruido del tráfico que se filtraba desde la ventana a mis espaldas hacía ya rato que se había dejado de escuchar. En lugar de eso, lo que se podía oír eran unos sonidos de pisadas, junto a los lamentos de miles de hombres y mujeres que empezaban a resonar en la lejanía. «Mátalos». «Destiérralos».

Un cristal que se rompe, el llanto de un niño, los llantos de mujeres y ancianos, otra vez un cristal rompiéndose, una risa desagradable, insultos, Las ruedas de un tanque, el sonido de unos bombardeos y el sonido de algo que cae, dando paso a una gran explosión. Sacudí la cabeza mientras todos esos sonidos resonaban, obligándome a fijar la mirada en Hirata.

El delgado cuerpo del joven había sido completamente envuelto por la oscuridad. Donde deberían estar sus ojos, ahora brillaban de forma siniestra dos luces rojas.

—Estamos presenciando el final de la era de la razón. Las voluntades que comenzaron a caminar por sí solas se han convertido en enfermedades que corroen el cuerpo —la voz, similar a la de Hirata y, al mismo tiempo, completamente distinta, era profunda, arrogante y segura—. Se avecina una nueva era, en la que el mundo será comprendido a través de la magia. ¡Será la voluntad, y no el conocimiento, la que guíe el entendimiento!

Aquellas palabras resonaban como si fueran transmitidas por un viejo micrófono, distorsionadas, pero con una fuerza tan abrumadora que parecía capaz de romperle los tímpanos a cualquiera.

—¡Vale, Hirata! ¡Lo entiendo! ¡Ahora cálmate! —grité, mientras un escalofrío me recorría la espalda; tenía la piel de gallina, pero, al mismo tiempo, no paraba de sudar.

—Los cielos me han designado como el libertador de la humanidad

—¡Para! ¡Tienes que parar!

Fue cuando grité. Una luz carmesí empezó a brillar repentinamente en aquella habitación, atravesando el cuerpo de Hirata, que se encontraba de pie, y mostrando los huesos de su cuerpo.

—¡Dije que parases, maldita sea!

Salté hacia Hirata, la ira apoderándose de mí, y lo tumbé en el suelo. Me puse sobre él y le propiné un puñetazo en la mejilla con todas mis fuerzas. Después, me levanté y empecé a borrar las esquinas del cuadrado mágico, frotando el suelo con mis zapatos.

* * *

Para cuando me di cuenta, aquella oscuridad tan densa había desaparecido como si hubiese sido purificada, dejando frente a mí poco más que una simple habitación de hormigón.

—¿Ya está satisfecho? —al escuchar aquella calmada voz me di la vuelta, encontrándome a Hirata de pie, dándole la espalda a la pared y con los brazos cruzados.

—Bu… bueno, lo siento mucho… Te detuve durante el ritual… —me disculpé.

—No pasa nada. Me he dado cuenta de que depender del ocultismo es síntoma de debilidad. También, he descubierto quién soy —las palabras de Hirata eran poderosas y estaban llenas de convicción.

Solo podía observar su rostro en silencio. Aquel joven que estaba de pie frente a mí seguía teniendo una complexión pequeña, pero algo en él lo hacía parecer gigante. Su cara ya no se parecía ni a un ratón ni a una comadreja: ahora se asemejaba más a un lobo o a un águila.

—Señor A—-. La próxima vez que nos encontremos, seré una persona mucho más importante —dijo, mientras se daba la vuelta.

—Espera, ¿a dónde vas? ¡Hirata!

Intenté llamarlo, pero él ignoró mis palabras. Salió del semisótano en el que estábamos dando grandes zancadas, como si fuese el caminar de un alienígena.

Me quedé quieto un buen rato en aquella habitación, solo. Fue entonces cuando, poseído por una corazonada, corrí hacia el retrato del cabo que se apoyaba sobre la pared, y le di la vuelta.

Quien estaba ahí retratado no era Hirata. La persona del cuadro era alguien que nació en Austria, que se enfocó en un inicio en ser arquitecto, pero fracasó. Más tarde, para intentar ser estudiante de arte, se mudó a Viena, fracasando de nuevo. Se alistó al ejército en la Primera Guerra Mundial y consiguió la hazaña de tomar él solo a más de diez soldados franceses como rehenes. Empezó a tener contacto con sociedades ocultistas, se involucró con movimientos nacionalistas… y, en 1933 ascendió a lo más alto de la política de Alemania.

El nombre del «cabo» que se convirtió en el líder del Tercer Reich… era Adolf Hitler. Esa era la verdad que tanto buscaba Hirata, la verdad sobre su vida anterior.

-V-

No me he encontrado con Hirata desde entonces. Tampoco ha habido por su parte un intento de ponerse en contacto conmigo. Pero no es tan complicado ver su cara. La ciudad está llena de carteles con su rostro y, si enciendes la televisión, puedes verlo debatiendo de forma acalorada con tertulianos políticos.

El controvertido joven del Partido por el Verdadero Japón. Mientras observo aquel sobrenombre en los carteles, tengo la sensación de que se acerca una terrible pesadilla. La sensación de que, cuando me convoquen a la Sede Principal del Gobierno Imperial Japonés, un pequeño hombre de aspecto frágil me extienda su mano derecha y me diga con una sonrisa:

—Un placer volver a verle, Señor A—-. Quiero agradecerle por su apoyo en aquella ocasión. Soy Hirata.

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