Román Dalca nació en 1962 en la modesta población rumana de Pisculet, en la región de Oltenia. Aunque no lo supo hasta que se hizo mayor nació como un varkolac, es decir, un hombre lobo.
Durante su infancia Román tuvo una vida normal y tranquila. Vivió en un entorno rural y en el seno de una familia obrera y modesta. Cerca de Pisculet fluye el río Danubio, frontera natural y meridional con Bulgaria, y en una zona boscosa en la que disponían de una vivienda acudía todos los veranos con su familia para la cita estival de cada año con tíos y tíos abuelos por parte de madre. Una gran cabaña donde pasaron los mejores veranos que Román pueda recordar.
Estamos en 1974. Román cuenta ya con doce años y una de esas noches de verano, el chico desapareció. Lo encontraron deambulando, desorientado y perdido en el bosque, manchado de sangre y desnudo. Pero la sangre no era suya, y el muchacho no recordaba cómo llegó hasta allí.
El padre de Román quiso avisar a las autoridades. Le aterrorizaba la idea de que algún maníaco descerebrado se hubiese aprovechado de su hijo, pero una de las tías abuelas indicó a la madre de Román que tranquilizara a su marido y volvieran a la casa en la que se recogía toda la familia.
Desde ese día el padre de Román supo que su mujer y todo su linaje provenía de los varkolac originales. Fue en una reunión donde el hombre tembló como un crío, donde le tranquilizaron y desmintieron muchos mitos de terror en torno a esa raza de licántropos. Le explicaron que la sangre que bañaba a su hijo pertenecía a una perdiz que ellos mismos encontraron y ocultaron hasta poder hablar con tranquilidad.
Si bien existe un obvio instinto lupino, el hombre lobo tiene un gran control sobre su naturaleza y no es un asesino despiadado. De hecho, la tía abuela de Román le hizo entender al padre del chico que quizá hay más nobleza en la parte de lobo que en la humana.
Le aclaró que esa condición no se contagia por sobrevivir al ataque de un hombre lobo ni cosas similares. Las balas de plata y la plata en general les hace un daño especial. Se curan con rapidez, pero si la herida proviene de la plata, la herida tarda más en curar.
Eso aclaraba el misterio de por qué a veces su hijo se había rascado las rodillas jugando, y al día siguiente las tenía ya curadas. Pero obviamente la madre de Román siempre tuvo cuidado de tranquilizar a su marido al respecto y restar importancia para que no se hiciera tantas preguntas.
El efecto de la luna llena existe en los hombres lobo. No los transforma, pero sí que afecta a su estado de ánimo. En el caso de que un licántropo haya pasado por un momento de especial estrés o por alguna enfermedad que baje sus defensas, la luna puede nublar el raciocinio con facilidad, inundar de adrenalina el torrente sanguíneo, inducir un estado febril y, en definitiva, incrementar un estado de rabia y locura.
Pocos son los casos que se dan, si bien Román vivió algún episodio de esa índole ya como adulto. Si lo comparamos con los casos de crisis nerviosa en humanos, se puede decir que se da en los mismos porcentajes. Claro que no es lo mismo un humano desencadenado que un hombre lobo en su estado de fiera.
Román era un chico bastante aplicado, pero más decidido a empezar a trabajar que no a seguir los estudios, tal como le sugería siempre su padre. También destacaba su éxito en balonmano que le llevó a jugar en juveniles a un alto nivel, aunque decidió dejar ese deporte a los diecisiete años tras lesionar de gravedad a un adversario. Tal como le advirtieron sus padres, su naturaleza debía permanecer en secreto y tenía ciertos riesgos intentar despuntar en algo como el deporte.
La pobreza durante los años ochenta empujó a Román a ingresar en el ejército. A finales de esa década, con la guerra civil destrozando la nación y la fuerte influencia de una Unión Soviética a punto de su disolución, le hicieron emigrar de su país en 1990, cuando contaba con 28 años.
Emigró a Italia, donde se enroló como marino, algo que nunca fue de su agrado por su natural animadversión al mar. Soñaba con poder reunir dinero suficiente y volver a su tierra para vivir de nuevo cerca de los bosques.
Una vez llegó el siglo XXI, Román residía en Andorra, donde encontró un lugar tranquilo y amable para vivir. Alternaba trabajos de hostelería con los de monitor en estaciones es esquí. Y todo fue bien hasta el día en que empezaron a llegar noticias de ciertas muertes en la montaña en circunstancias extrañas. Aunque se hablaba de lobos, él sabía que aquellas muertes tenían un tinte extraño. Un licántropo andaba por la zona, y por los ensañamientos con sus víctimas, debía ser uno de esos casos que a los propios integrantes de su raza no interesa que sucedan, pues amenazan a su anonimato.
Conocedor de aquellas montañas, realizó los rastreos pertinentes hasta encontrarlo. No hubo posibilidad de razonar y se dencadenó un enfrentamiento a muerte, en el que estuvo a punto de morir si no llega a ser por la intervención de un equipo del Departamento de Amenazas Sobrenaturales donde Jorge Caballero era uno de sus integrantes. Y fue precisamente Jorge quien le salvó la vida en un último segundo providencial.
Román fue capturado y pasó a formar parte del departamento, pero lo trataban como a un animal de presa al que intentaban adiestrar para sus fines.
En aquella operación de Andorra, Jorge asistió a Román. Vio en él a una persona noble, de principios, en la que su naturaleza de licántropo no lo convertía en monstruo.
Por ello, cuando llegó el momento, Jorge Caballero decidió liberarlo justo antes de abandonar al Departamento. Nunca se pudo probar su participación en la huida de Román, si bien su antiguo jefe siempre tiene esa sospecha en mente.
Román deambuló por montes y fue de pueblo en pueblo por los Pirineos. Sabía que no podía quedarse nunca en una misma población, así que realizaba trabajos y marchaba al poco tiempo, antes de que pudieran encontrarle. Jorge Caballero consiguió localizarlo y le explicó su nueva situación ya fuera del Departamento.
Le ofreció protección y le pidió que se uniera a su causa, pues había mucha gente en sus mismas circunstancias, obligadas a vivir en el anonimato y con la continua sensación de vivir como presas de una caza eterna.
Aunque renuente, aquel encuentro coincidió con el salvamento de una de esas personas. La ayuda de Román fue determinante, y a pesar de su negativa inicial, aceptó a acompañar a Jorge “por el momento”. No quiso comprometerse en firme, aunque según fue pasando el tiempo el vínculo entre el grupo y él se afianzó hasta el punto de empezar a parecerse a una nueva familia.
En cualquier caso, su carácter de lobo solitario le lleva a ausentarse del grupo en ocasiones, muy a pesar del parecer de Jorge, mucho más alerta siempre ante el hecho de saber que su antiguo departamento nunca dejará de buscar a Román, un licántropo en busca y captura.