Capitulo 2

II
MARAVILLAS EXTRAÑAS Y TERRIBLES (De los libros de notas de Henrí-Laurent de Marigny)

LLEVABA SEMANAS con esa extraña e inexplicable sensación -se trata de una aprehensión muy enraizada en mi mente, de un desasosiego de la psique-, y el esfuerzo acumulativo de esta atmósfera casi indefinible de histeria que se cierne sobre mi sistema nervioso, la absoluta tensión de mi estado usualmente ecuánime, era horrible y debilitaba mi espíritu. Por mi vida, que no logro descifrar de dónde proceden estos temores de cosas desconocidas, ni siquiera conjeturar la fuente de opresividad espantosa que hay en el aire y que parece pender con pesadez tangible sobre todas mis horas, ya sea cuando estoy despierto o dormido; sin embargo, la combinación de ambas ha sido más que suficiente para inducirme a partir de Londres en busca de refugio en el continente.
De forma ostensible, me dirigí a París con el fin de localizar ciertas antigüedades oRlentales en el Establecimiento de Fouche, mas, cuando descubrí que mi vuelo a aquella ciudad ancestral no concedió ningún descanso a mi enfermizo y predestinado estado de depresión, me sentí completamente perdido y no supe qué hacer.
Al final, después de una estancia de cuatro días y de realizar una o dos compras menores -supongo que sólo para Justificar mi viaje-, tomé la decisión de retornar a Inglaterra.
Desde el instante en que mi avión se posó en Londres, de algún modo sentí que había sido atraído de vuelta desde Francia, y reafirmé esta peculiar premonición cuando, al llegar a mi casa, encontré la nota de Titus Crow esperándome. Su carta permaneció sobre una mesa de mi estudio, dejada allí por mi ama de llaves, durante dos días; no obstante, y a pesar de lo críptica que era la nota, su mensaje me elevó instantáneamente el espíritu de esa lobreguez constante que se había apoderado de mí durante tantas semanas, y partí en el acto hacia la Casa Blowne.
Había caído la tarde cuando llegué al gran bungalow que Crow tenía en las afueras de la ciudad; en el momento en que el leonino ocultista me abrió la puerta, me sentí francamente sorprendido al ver las alteraciones que se habían producido en su semblante en los tres meses desde la última vez que le viera. Se hallaba más que extenuado, eso saltaba a la vista, y la cara se le veía chupada y cenicienta. Unas arrugas debidas a la concentración y a la preocupación se habían marcado con profundidad en su frente; los hombros anchos estaban encorvados sobre su complexión alta y usualmente vigorosa Todo su aspecto traicionaba los estudios extensos e insomnes a los que debía haberse sometido, haciendo que sus primeras palabras fueran casi innecesarias.
-¡De Marigny, recibió mi nota! ¡Gracias al cielo! Si alguna vez necesité una segunda cabeza, es ahora. Ya me resulta prácticamente imposible concentrarme. Una mente fresca, una aproximación nueva… ¡Por Dios, me alegro de verle!
Crow me hizo pasar y me condujo a su estudio; una vez allí, indicó que me sentara. En cambio, yo me quedé observando con incredulidad la estancia. Mi anfitrión me sirvió el acostumbrado brandy de bienvenida antes de dejarse caer cansinamente sobre el sillón que había detrás de su escritorio.
He dicho que miré con incredulidad a mi alrededor: bueno, comprendan que el estudio de Titus Crow (que incorpora su magnífica biblioteca sobre ocultismo), al tiempo que es su lugar favorito, a menudo es el escenario de una actividad mínima, siempre que mi amigo se ve involucrado en esas esferas de la investigación que son su especialidad; y quiero dejar claro que yo estaba más que acostumbrado a ver el cuarto en desorden… ¡Sin embargo, nunca antes había sido testigo del aparente caos que reinaba en esta ocasión!
Mapas, gráficos y atlas yacían abiertos y, en algunos sitios, se superponían, cubRlendo el suelo de pared a pared, de forma que me vi obligado a pisar algunos con el fin de alcanzar la silla; varios archivos, muchos de los cuales se hallaban sujetos en puntos determinados o en portapapeles, se encontraban en un extremo del escritorio abarrotado y también sobre una pequeña mesita; por doquier había recortes numerados de periódicos, muchos de los cuales aparecían descoloridos y amarillos por el tiempo, aunque otros eran muy recientes; un gran libro de notas, sus páginas cubiertas con una escritura descuidada o apresurada, estaba abierto a mis pies, y, sin distinción alguna, había apilados desordenadamente en un rincón de la estancia, al pie del gran reloj que fuera del abuelo de Crow, unos tomos antiguos y nuevos que trataban sobre temas oscuros o poco conocidos de mitología, antropología y arqueología. El conjunto era una escena de absoluto caos, y se agudizó mi curiosidad hasta el punto de que mi primera exclamación de sorpresa surgió tan naturalmente de mis labios como lo haría cualquier pregunta corRlente en un entorno menos barroco:
-¡Titus! ¿Qué demonios…? Tiene el aspecto de alguien que no ha dormido en una semana… ¡Y el estado en que se encuentra este lugar!
De nuevo miré a mi alrededor, a la aparente disolución de toda normalidad anterior.
-Oh, he dormido, De Marigny -respondió Crow de manera poco convincente-, aunque debo reconocer que no tanto como de costumbre. No, me temo que este cansancio es tanto mental como físico. Pero, por el amor del cielo, ¡qué acertijo!'¡Y uno que ha de ser resuelto!
Agitó el brandy de su copa, el gesto agotado traicionando su momentánea manera enérgica y vehemente de expresión.
-¿Sabe? -comenté, satisfecho, de momento, de dejar que Crow me iluminara en el instante y forma que él eligiera-, tuve la impresión de que alguien necesitaba ayuda, quiero decir, incluso antes de recibir su nota. No sé qué está ocurRlendo, no tengo la mínima idea del "acertijo» del que habla, ¿usted sí? ¡Si es la primera vez en semanas que me siento con ganas de enfrascarme en algo! Me encontraba inmerso en una especie de nube negra, un estado anímico peculiar de desesperanza y extraña lasitud, y, justo entonces, recibí su mensaje.
Crow me observó con la cabeza ladeada y sonrió con desconsuelo.
-¿Oh? Entonces, lo siento, De Marigny, porque, a menos que me encuentre muy equivocado, su estado de ánimo se repetirá en breve tiempo. -La sonrisa desapareció de su rostro casi en el acto-. Pero no estoy metido en nada frivolo, Henri, ciertamente que no. -Los nudillos se le pusieron muy blancos cuando los cerró con fuerza sobre los apoyabrazos de su gran sillón y adelantó el torso hacia el escritorio-. De Marigny, si tengo razón en lo que sospecho, en este mismo instante el mundo se enfrenta a un horror impensable e increíble. Mas yo creo en él…, ¡y ha habido otros antes que también creyeron!
-¿Hubo otros, Titus? -Capté cierto énfasis en la palabra-. Entonces, ¿se encuentra solo ahora?
-Sí, por lo menos, es lo que pienso. Esos otros que le mencioné ya… ¡no cuentan! Trataré de explicárselo.
Mi amigo de aspecto enjuto se reclinó contra el sillón y se relajó visiblemente. Durante un segundo cerró los ojos y supe que estaba meditando la mejor manera de explicar su historia. Pasados unos momentos, con un tono de voz calmo y controlado, comenzó:
-De Marigny, me alegro de que seamos tan afines; qué me aspen si sé en quién podría confiar si no nos uniera una estrecha amistad. Cierto que hay otros que comparten este amor nuestro, esta fascinación por las cosas prohibidas, pero nadie a quien conozca tan bien como a usted, y nadie con quien haya compartido expeRlencias como las que hemos experimentado y que tanto nos atemorizaron. Desde que usted llegara a Londres siendo un niño, desde el instante en que bajó del barco que le traía de América, siempre ha existido este lazo entre nosotros. ¡Incluso nos une ese reloj, que una vez fue propiedad de su padre! -Indicó la monstruosidad cuyas agujas se movían de forma extraña-. Sí, es bueno que tengamos tantas afinidades, porque, de lo contrario, ¿cómo podría explicarle a un extraño las cosas fantásticas que debo exponer? Y aunque lograra hacerlo sin que me encerraran en una celda acolchada, ¿quién lo creería? Incluso a usted, amigo mío, quizá le resulte más allá de toda razón.
-Oh, vamos, Titus -me sentí obligado a comentar-. ¡No podría plantear algo más inexplicable que aquel caso de la Piedra Vikinga al que me arrastró! ¿Y qué me dice del Espejo de Nitocris, que ya le mencione con anterioridad? ¡Vaya amenazas y horrores que pasamos entonces! No, amigo mío, es injusto dudar de la lealtad de un hombre en casos como éstos antes de haberle puesto a prueba.
-No dudo de su lealtad, Henri -todo lo contrario-. pero, aun así, esto con lo que me he topado… es ¿fantástico/Hay más cosas involucradas que lo oculto… siempre que ello tenga algo que ver en el asunto…, está el mito y la leyenda, el sueño y la fantasía, un temor espantoso y aterrador, bueno, ¿reliquias! -¿Reliquias?
-Sí, eso creo; pero deberá permitirme que se lo cuente a mi propia manera. A partir de ahora, ya no me interrumpa. Una vez que haya acabado, podrá interrogarme todo lo que desee. ¿De acuerdo? - A regañadientes, di mi consentimiento con un gesto de cabeza-. He dicho reliquias, sí -continuó-. Residuos de épocas oscuras e innombrables, de incontables ciclos temporales y de existencia. Mire, ¿ve este fósil? -Metió la mano en un cajón del escritorio y sostuvo una amonita de las playas del nordeste-. La criatura viviente que fue esto alguna vez vivió en mares cálidos Junto con los antepasados del hombre. ¡Se encontraba aquí incluso mucho antes de que el primer Adán antediluviano caminara, o se arrastrara, por tierra seca! Sin embargo, millones de años antes, posiblemente un antepasado de este mismo fósil, el Muensteroceras, una primigenia amonita, existió en los mares del último periodo carbonífero. Volvamos a las reliquias. El Muensteroceras poseía un contemporáneo con mayor movilidad y mucho más desarrollado en aquellos océanos pretéritos, un pez llamado celacanto… ¡pero, y a pesar de que se afirmaba que su especie llevaba extinta desde el comienzo del triásico, se atrapó uno vivo en las afueras de Madagascar en 1938! Además, aunque no me refiero específicamente a esa clase de cosas, tenemos el monstruo del lago Ness y los supuestos saurios gigantes del lago Tasek Bera en Malasia -y desconozco la razón de por qué semejantes criaturas no pueden existir en un mundo capaz de albergar animales seme-jantes como los mismos dragones Komodo, a pesar de que muchos los consideren simples mitos-, incluso el Yeti y el Wald-Schrecken de Alemania Federal. Y tam-bién existen formas menores, absolutamente genuinas, que han sobrevivido a través de las eras hasta hoy día sin haber sido alteradas por la evolución.
"Ahora bien, a cosas así, ya sean reales o imaginarias, es a lo que podríamos llamar "reliquias", De Marigny; sin embargo, ¡el celacanto, el "Nessie" y todos los demás sólo son niños geológicos comparados con las que yo imagino!"
Aquí, Crow hizo una pausa para incorporarse y atravesar el suelo atestado de libros y papeles, y servirme otra copa, momento en el que regresó a su escritorio y prosiguió con su narración:
«Por lo menos en un comienzo, fui consciente de estas reliquias a través del medio de los sueños; y ahora creo que dichos sueños han adquirido sustancia. Sé, desde hace muchos años, que soy un hombre con un elevado don psíquico; usted mismo lo sabe, ya que comparte poderes similares, aunque un poco menores.» (Esto, viniendo de Titus Crow, era una afirmación muy halagüeña.) «No obstante, sólo recientemente he llegado a reconocer el hecho de que estos "sentidos" despiertos siguen funcionando -incluso con más eficiencia- cuando duermo. Ahora bien, De Marigny, a diferencia de aquel fallecido amigo de su difunto padre, Randolph Carter, yo jamás he sido un gran soñador; además, mis sueños, usualmente, irregulares como son, resultan muy vagos, fragmentarios y surgen como resultado de cenas tardías. Sin embargo, algunos han sido… ¡distintos!
"Bueno, aunque el reconocimiento de la extensión de mis poderes psíquicos incluso en sueños ha sido realizado hace poco, sí poseo una buena memoria y, afortunadamente -o quizá lamentablemente, depende de cómo termine todo-, mi memoria se ve ayudada por el hecho de que, hasta donde consigo recordar, he transcrito los sueños que he observado con algún contenido inusual o muy vivido; ¡no me pregunte por qué! Tengo entendido que escribir las cosas es un hábito de los ocultistas. Pero, sean cuales fueren las razones, parece que he apuntado casi todo aquello de importancia que alguna vez me haya sucedido. Y los sueños siempre me fascinaron." Agitó una mano, indicando el suelo atiborrado. «Debajo de algunos de esos mapas, encontrará libros de Freud, Schrach, Jung y otra media docena de hombres similares. Ahora bien, lo que últimamente me ha impresionado es lo siguiente: ¡que todos mis sueños más extravagantes, a lo largo de treinta o más años, han tenido lugar de forma simultánea con acontecimientos más serios y de importancia sucedidos en el mundo real!
"Permita que le dé algunos ejemplos." Cogió un diario delgado y viejo de una docena que tenía apilados en un rincón del escritorio y lo abrió en una hoja bastante manoseada. «En noviembre y diciembre de 1935, tuve una pesadilla recurrente que se centraba en diversas cosas horribles. Había animales alados y sin cara, parecidos a murciélagos, que me transportaban durante la noche por encima de cimas montañosas fantásticamente puntiagudas o en viajes interminables hacia alguna dimensión extraña que nunca llegaba a alcanzar. Se escuchaban cánticos peculiares y etéreos que, desde entonces, los he reconocido en el Cthaat Aquadingen y que creo pertenecen al Necronomicón; ¡un material terriblemente mortífero, De Marigny! Más allá de una selva alienígena, había un lugar infernal, un gran círculo escabroso de tierra descompuesta en cuyo centro una… una Cosa giraba sin cesar, recubierta con una capa de un verde bilioso, una capa con una monstruosa vida propia. ¡En el aire se respiraba una terrible locura y demencia! Todavía no he conseguido descifrar muchas de las secciones codificadas del Cthaat Aquadingen -¡y por Dios que no pienso hacerlo!-, pero esos cánticos que oí en sueños se encuentran delineados en él, y sólo el cielo conoce para qué invocación fueron planeados."
-¿Y en el mundo real? -me sentí obligado a preguntarle, aun recordando que se suponía que no debía en detalles dentro de un momento. Sin embargo, a finales de 1963, comenzando el diez de noviembre, mi sueño se vio invadido con fuerza una vez más, en esta ocasión con imágenes de una vasta fortaleza submarina habitada por cosas que no quiero ver nunca más, dentro o fuera de los sueños.
"Bueno, esas criaturas de la ciudadela del fondo del mar eran… no sé… horrores viscosos salidos de los mitos más terribles de la antigüedad, seres sin igual, salvo si se los compara con el Ciclo de Cthulhu y Yog-Sothoth. La mayoría estaban concentradas en oscuros preparativos mágicos -o, más bien, científicos-, asistidas en su quehacer acuático por blasfemias indescriptibles, más parecidas a montículos de cieno que a criaturas orgánicas…, asquerosamente similares a los Shoggoths del Necronomicón. Una vez más surgen los seres del mito del Ciclo de Cthulhu.
"Estas cosas-Shoggoth -he llegado a pensar en ellas como Shoggoths marinos- obviamente eran subordinadas de sus amos viscosos, pero, sin embargo, cierto número de ellas mantenía una guardia en torno a un miembro especial de ese ser antehumano. Tuve la loca impresión de que esa… esa Cosa Extraña, tal como era… ¡de hecho estaba formada por una mente humana atrapada en el cuerpo de uno de esos habitantes del mar!
»De nuevo, durante ese periodo en que sufrí los sueños, se produjeron acontecimientos de especial horror en el mundo real. Hubo sublevaciones terribles en los asilos para los perturbados mentales por todo el país, reuniones de cultos extraños en las Tierras Centrales y en el nordeste, espantosos suicidios entre muchos miembros de la "comunidad artística". Y todo llegó a su fin cuando Surtsey emergió del mar cerca de las islas Vestmann en el arrecife del Atlántico.
"Usted ya conoce, claro está, De Marigny, cuál es el tema básico del mito del Ciclo de Cthulhu, que habla sobre una época futura en la que el señor Cthulhu se alzará de su cenagoso trono en la profunda R'lyeh, en el mar, para reclamar sus dominios de tierra firme. Bueno, todo el asunto resultó espantosamente aterrador, y, morbosamente, durante mucho tiempo me dediqué a coleccionar recortes y artículos que hablaran del acontecimiento de Surtsey. Sin embargo, no sucedió nada más, y, con el tiempo, éste se enfrio de su estado volcánico, convirtiéndose en una isla nueva, vacía de vida, aunque todavía enigmática. Tengo la impresión, Henri, de que Surtsey sólo fue el primer paso, de que esas cosas viscosas de mis sueños son, de hecho, reales y que planearon hacer salir a la superficie una cadena completa de islas y de ciudades procedentes de extrañas dimensiones -tierras hundidas en las vagas nieblas de la antigüedad de la Tierra-, en el inicio de un ataque planeado a la cordura universal…, un ataque dirigido por el asqueroso señor Cthulhu, sus "hermanos" y esbirros, que en el pasado reinaron donde ahora lo hace el hombre."
A medida que mi amigo hablaba, y desde que mencionara por primera vez el mito del Ciclo de Cthulhu, me dediqué a emplear una rara habilidad que poseo: el poder de la concentración simultánea en muchas direcciones. Una parte de mi mente la había dedicado a absorber todo lo que Crow me estaba diciendo; otra siguió senderos diferentes. Porque conocía mucho más del Ciclo de Cthulhu de lo que mi enjuto y extenuado amigo sospechaba. Ciertamente, desde que padecí ciertas expeRlencias cuando, durante un breve periodo de tiempo, tuve el maldito Espejo de la Reina Nitocris, había pasado gran parte de mi tiempo cotejando las leyendas de los mitos antehumanos que rodeaban a Cthulhu y a sus contemporáneos en los registros grabados desde eras inmemoriales.
Entre semejantes libros «prohibidos», leí las partes no suprimidas de la fotocopia que poseía el Museo Británico del Manuscrito Pnakotic, que se suponía era un informe fragmentario de una «Gran Raza- perdida, prehistórica incluso en la prehistoria; páginas reproducidas de forma similar del Texto de R'lyeh, supuestamente escritas por ciertos esbirros del gran Cthuihu en persona; el ünaussprechiichen Kulten, de Von Junzt, y mi propia copia del De Vermis Mysteriis, de Ludwig Prinn, ambas ediciones muy incompletas; el Cuites des Goules, del conde D'Erlette, y el a menudo fantasioso Notas sohre el Necronomicón, de Feery, y esas secciones descifradas de la inapreciable copia de Titus Crow del Cthuat Aquadingen.
Con cierto escepticismo, había descubierto a las fuerzas o deidades de la impensable mitología antigua; a los benignos Dioses Mayores, que moraban apaciblemente en Orion y que siempre estaban al tanto de la lucha que se libraba entre las razas de la Tierra y las Fuerzas del Mal; a esas mismas deidades malignas, los Grandes Antiguos, que eran gobernados (¿también creados?) por Azathoth, el dios ciego e idiota, «el Surtidor del Cubo», una plaga amorfa de la más baja confusión nuclear, de la cual irradia todo el infinito; a Yog-Sothoth, «el todo-en-uno y el uno-en-todo», coexistente con todo el tiempo y colindante con todo el espacio; a Nyarlathotep, el Mensajero; al gran Cthuihu, "morador de las Profundidades», en su mansión de R'lyeh; a Hastur, el Varios sellos, signos y barreras mágicos mantuvieron a los Grandes Antiguos prisioneros desde tiempos inmemoriales (una vez más, esto representa un tópico inadecuado), y los libros, en particular el Necronomicón, del árabe loco, Abdul Alhazred, advertían contra la eliminación de dichos signos y de posibles intentos por mortales engañados o «poseídos» de reinstaurar a los Grandes Antiguos como señores de sus pretéritos dominios. En su totalidad, la leyenda resultaba algo fascinante; pero, tal como sucedía con las otras fantasías grandes y primarias del mundo, sólo podía ser considerada como un mito, capaz únicamente de impresionar a las almas más ingenuas con la posible realidad de sus premisas y conjeturas. Eso es lo que yo aún creía, a pesar de algunas cosas que Crow me dijera en el pasado y otras que había descubierto yo mismo.
Todos estos pensamientos recorrieron rápidamente mi mente, pero, gracias a mi habilidad para concentrarme en muchas cosas simultáneamente, no me perdí ni una palabra de la narración de Titus Crow acerca de sus sueños acaecidos en los últimos treinta años y las implicaciones que tenían con sucesos ocurridos en el mundo real. Había abarcado algunos sueños monstruosos de unos años atrás, cuando sus pesadillas se vieron reflejadas en la vida por varias pérdidas desastrosas de petroleros y plataformas perforadoras situadas en el océano, y ahora estaba a punto de relatar los detalles de otras pesadillas aún más espantosas que sólo experimentara hacía unas pocas semanas.
-Sin embargo, primero retornaremos a aquellos sueños que me salté antes -comentó mientras yo desterraba todas las demás imágenes de mi cabeza-. La razón de que lo hiciera se debe a que no quería aburrirle con la repetición. Verá, se me aparecieron por primera vez en agosto cíe 1933, y, aunque no estaban muy detallados, eran, más o menos, como mis últimas y recurrentes pesadillas. Sí, esos mismos sueños, hasta hace poco, se han producido por la noche, y, si describo uno, entonces habré descrito la mayoría de ellos. ¡Pero algunos han sido diferentes!
"Para resumir, Henri, he soñado con seres subterráneos, cosas parecidas a pulpos en apariencia sin cabeza ni ojos, criaturas capaces de realizar una perforación orgánica a través de las rocas más profundas con la misma facilidad que un cuchillo caliente cortaría mantequilla. Todavía no sé con certeza qué son estos moradores subterráneos; aunque estoy bastante seguro de que pertenecen a una especie hasta ahora desconocida, opuestos a las criaturas de las así llamadas "sobrenaturales", supervivientes de un tiempo anterior al tiempo en vez de ser seres de dimensiones ocultas. No, sólo puedo conjeturarlo, pero considero que representan un terror impío. Y, si tengo razón, entonces, como ya he dicho, ¡el mundo entero se encuentra en un peligro infernal!»
Crow cerró los ojos, se reclinó en su sillón y se llevó las yemas de los dedos a la frente arrugada. Estaba claro que ya había comentado todo lo que pensaba revelar sin que le instara a continuar. Sin embargo, ya no me encontraba tan ansioso de cuestionarle. Sin duda alguna, éste era un Titus Crow distinto al hombre que yo había conocido con anterioridad. Me encontraba al tanto de la extensión de sus estudios en asuntos extraños, y sabía que, a lo largo de los años, su investigación en rincones oscuros de diversas ciencias había sido prodigiosa, pero, finalmente, ¿su trabajo había resultado demasiado para él?
Preocupado, seguí observándole con aprehensión y simpatía cuando abrió los ojos. Antes de poder ocultar mi expresión, la vio en mi cara y sonrió como si tratara de cubrir mi embarazo. -Yo… lo siento, Titus…
-¿Qué fue lo que comentó, De Marigny? -me cortó-. ¿Algo acerca de dudar de un hombre antes de darle la oportunidad de probarse? Le aseguré que sería algo difícil de digerir, pero, en realidad, no le culpo por las dudas que pueda albergar. No obstante, poseo ciertas pruebas…
-Titus, perdóneme, por favor -repuse con pesar-.Lo que sucede es que usted parece bastante cansado y extenuado. Pero, vamos…, ¡pruebas! ¿A qué tipo de pruebas se refiere?
Volvió a abrir el cajón de su escritorio, y en esta ocasión extrajo un fajo de cartas, un manuscrito y una caja cuadrada de cartón.
-Primero las cartas -anunció, pasándome el fino fajo-; luego, el manuscrito. Léalos, De Marigny, mientras yo dormito algo, y, cuando le enseñe lo que hay en la caja, será capaz de juzgar por sí mismo. Entonces, también podrá comprenderlo mejor. ¿De acuerdo?
Asentí, bebí un buen trago de brandy y comencé a leer. Las cartas las terminé enseguida; de su contenido se sacaban pocas conclusiones. Después, cogí el manuscrito.

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