Capitulo 2 El Arrebato Del Espacio Vacio

EL desierto llamado Roba el Khaliyeh ama a los muertos y odia a todos los seres que tienen vida. Las criaturas que viven en los yermos desiertos de este Espacio Vacío imitan a los muertos de todas las maneras posibles, y así roban la vida a la sequedad. ¿Cuáles son las cualidades de los muertos? Están fríos y yacen inmóviles dentro de la tierra, protegidos del sol ardiente, tienen la piel dura y negra, de noche, se levantan y rondan hasta muy lejos buscando alimentos para saciar su hambre y su sed incesantes. Así son también los seres vivos que se esfuerzan por conservar la vida en la tierra de los muertos. Durante el calor del día yacen bajo la tierra, en cuevas o cubiertos de arena, se mueven poco o nada para conservar los líquidos, tienen la piel dura y oscura, los ojos secos y como joyas que relucen, solo se atreven a salir de caza bajo la luz de la luna.
El hombre que quiera atravesar el desierto de piedra y arena debe emular a los muertos, tal como hacen las criaturas que viven en el yermo, pues solo podrá sobrevivir volviéndose como ellos. Cuando se ponga el sol, levántate y sal en busca de alimentos. El agua es más preciosa que la comida, por eso, ve siempre en pos del agua, y la comida te saldrá siempre al encuentro sin que tú tengas que buscarla. La vida del desierto es una búsqueda incesante de agua, ante la que pierden su sentido todas las demás búsquedas. Cuando el cielo se aclare por oriente, anunciando el amanecer, excava un hoyo en la arena y cubre tu cuerpo, o instálate en una hendidura entre rocas que esté siempre a la sombra. Tiéndete como muerto y pasa el día durmiendo.
Busca las profundidades más hondas entre las rocas, en los lugares más bajos del terreno, donde se han hundido las arenas, pues allí se encontrará humedad. Aunque esta sea tan leve que no sirva para saciar directamente las necesidades de la vida, es posible extraerla chupando el jugo de los seres que se arrastran y que concentran la humedad dentro de sus caparazones. Los cadáveres enterrados hace poco tiempo a lo largo de las rutas de las caravanas están henchidos de agua. El cerebro conserva la humedad durante semanas, como también la conservan los tuétanos de los huesos. La sangre del halcón cazador es buena, pero la sangre de las aves carroñeras puede portar enfermedades que dejan tullido o muerto al imprudente. Es más sana la carne de las serpientes y de los gusanos, que tiene buen sabor y sacia el vientre.
En las hoyas más profundas, donde el agua gotea y forma charcos, medra cierto hongo que puede reconocerse por su color, que es del verde amarillento del pus de una erupción recién sajada. Esta planta irradia un leve brillo que parece fuerte a los ojos acostumbrados a la oscuridad de las cuevas. Su longitud es la de medio dedo índice, pero arrancan de él tallos más largos que contienen vainas de esporas que, al tocarlas, se rompen con un leve ruido, como el crujido de un arbusto en una hoguera. Entre esta alfombra viviente que cubre las rocas, las paredes y los techos de las cavernas, viven unas arañas pequeñas, de color blanco purísimo. Al moverse entre los tallos, los rozan con sus patas y los hacen abrirse y difundir sus semillas por el aire húmedo, de tal modo que entre aquel silencio de las profundidades de la tierra hay un suave crujido constante que parece una risa contenida.
Consumiendo tres arañas blancas se transforma el poder de la vista, permitiendo ver claramente con los ojos a los demonios y las sombras de los muertos que vagan por el desierto tras ponerse el sol, y que, de otro modo, pasarían sin ser vistos. Deben comerse tres arañas, y no más de tres. Con dos no basta, cuatro provocan vómitos y náuseas que perduran durante varios días. Tres no provocan más que una cierta sensación de vértigo y mareo, que no es tan grave como para no poder andar. La segunda vista la producen las esporas de las vainas, que caen sobre las arañas. Las esporas no tienen efecto de por sí, pero adquieren esta virtud al mezclarse con las secreciones de los dorsos y las patas de las arañas.
Para la vista reforzada por este extraño alimento, las sombras del desierto resaltan entre las rocas y las dunas con la blancura de la cera de abejas. En las cercanías de los lugares de enterramiento de las caravanas de los beduinos se pueden ver lares que conservan su forma humana, aunque después de la muerte van desnudos. Son unos envoltorios sin mente que permanecen de pie sobre sus tumbas o que caminan vacilantes por la tierra que las rodea, trazando círculos o arcos, pero sin aventurarse nunca a más de una docena de pasos del montículo donde está enterrada su carne y donde se pudre. Solo sirven para una cosa: para localizar el lugar del enterramiento, cuando los nómadas del desierto han procurado ocultárselo a los ghouls y a los ladrones de tumbas. Por muy bien disimulada que esté la superficie de la tumba, allí está velándola el lar del cadáver.
Cuando se abre una tumba, la sombra que está ligada a ella se esfuerza por matar al violador arrojándosela a la garganta o al corazón con las uñas, o a veces con los dientes, mientras emite un leve aullido de dolor que se confunde fácilmente con el suspiro de la brisa nocturna. Como estos lares carecen de fuerza material, se puede hacer caso omiso de ellos sin daño alguno. Desaparecen en cuanto se retira del cadáver el cerebro, el corazón o el hígado, aunque no basta con cortar la carne muerta ni partes menores del cuerpo para disipar su presencia. Lo mejor es aplastar el cráneo con una piedra en cuanto queda al descubierto el cadáver, una vez vencida la sombra molesta, se pueden manipular el resto de las vísceras y órganos sin sufrir distracciones.
Existe otro tipo de espíritu, común en las colinas rocosas, que parece un murciélago grande sin alas, pero tiene ancas y patas traseras de perro salvaje. Tiene la boca desproporcionadamente grande, llena de dientes blancos y curvos, como espinas de pescado, y sus patas traseras son delgadas y desprovistas de pelo, y no parecen sino las manos gráciles de una bailarina, aunque son de color de ébano y tienen las uñas largas. Estas criaturas, que en su propia lengua se llaman a sí mismas chaklah’i, se desplazan con gran rapidez trotando por la arena, y cazan en manadas a cualquier ser viviente que encuentren solo y desprotegido en el yermo por la noche. Su sistema de atacar es rodear tan estrechamente a su presa que sus cuerpos insustanciales ocupan el lugar del aire mismo, de manera que la presa, sin entenderlo, se ahoga poco a poco hasta morir. Solo entonces pueden consumir sus esencias vitales, pues comen a los muertos y no soportan las esencias de los vivos. Consumen el espíritu de la carne y no la carne misma, pero, después de haber comido ellos, la carne que dejan no tiene alimento para los vivos.
El hombre dotado del poder de la segunda vista por haber consumido las arañas de los hongos puede hacer un pacto con los chaklah’i, que prefieren con mucho alimentarse de cadáveres que llevan muertos varios días a comer los cuerpos recién muertos. Estos demonios no tienen fuerza física para mover la tierra que protege los cuerpos que se han enterrado, pero si un hombre les hace el servicio de retirar las piedras y la arena y les permite comer sin estorbarlos, ellos le revelan a cambio lugares secretos donde se ocultan tesoros de varias clases, o le comunican conocimientos perdidos para el mundo desde hace mucho tiempo. Si sucede que intentan asesinar a aquel con el que han establecido un pacto, como suele pasar, basta con pronunciar el nombre del custodio de las puertas en la lengua de los Primordiales para que se dispersen como las hojas secas empujadas por el viento. No representan ningún peligro para el hombre que posee el poder de este nombre, y pueden resultar útiles como guías en el Espacio Vacío.
Estos seres no hablan como hablan los hombres, hiriendo el aire con el aliento, sino interiormente, como un pensamiento que resuena en la mente. Su intelecto es débil, pero recuerdan todo lo que han visto u oído, y viven mucho más que los hombres. No soportan la luz, ni los campamentos ni las poblaciones de nuestra raza. La voz humana les hace daño y huyen del sonido de la risa.
Con la facultad de la segunda vista se pueden ver con claridad, por las arenas, cosas que no han tenido nunca vida propia pero que han contenido o transmitido la vida. Las rutas de las caravanas resaltan como cintas de plata, y se alzan sobre el horizonte estrellado las cúpulas y las torres de poblaciones que hace mucho que se hundieron y cayeron en el olvido. Estas estructuras espectrales brillan con más fuerza bajo los rayos energéticos de la luna, pero están difusas cuando la luna está en su fase oscura o no ha salido todavía. Se ven con gran claridad a lo lejos, pero al acercase a ellas tiemblan y se difuminan, hasta acabar por desvanecerse del todo cuando se adelanta el pie para cruzar sus umbrales. Por medio de estas sombras se pueden estudiar los desplazamientos de las razas antiguas y conocerse sus asentamientos.
En el desierto abierto hay pórticos que tienen la forma de columnas arremolinadas de polvo irisado. De día parecen pilares que danzan, y de noche, torres puntiagudas que relucen. Solo se pueden abrir en determinados momentos, cuando los rayos de los cuerpos errantes de los cielos y de las estrellas mayores se conciertan para abrirlos. Se abren por medio de frases que se entonan en una lengua no humana, cuyas palabras tienen formas geométricas en el espacio, con longitud, anchura y profundidad. Los chaklah’i conocen las palabras pero no entienden su significado ni su aplicación. Se les puede hacer que las repitan regalándoles a cambio algo de carne ennegrecida y en putrefacción.
Estas son las diversas bellezas del Roba el Khaliyeh, que es la muerte para el hombre mientras siga vivo, pero que, cuando se ha vuelto como los muertos, emulando las costumbres de los muertos, lo cuida y lo nutre con amor, como una joven madre a su primer hijo. Tampoco es posible residir en el yermo sin aprender sus costumbres, pues el conocimiento recibe su recompensa, pero la ignorancia se castiga con severidad, y los que sobreviven a la enseñanza se vuelven sabios.

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