Capitulo 3

III

ENTORNO DE CEMENTO (El manuscrito de Paúl Wendy-Smith)

NUNCA DEJARÁ de sorprenderme cómo algunos supuestos cristianos obtienen un placer perverso con las desgracias de otros. La veracidad de esta afirmación me fue impuesta por la serie absolutamente innecesaria de cotilleos y rumores que surgieron a razón del desastroso declive de mi pariente vivo más próximo. Hubo quienes llegaron a la conclusión de que así como la luna es la responsable de las mareas y, en parte, del leve movimiento de la corteza superior de la Tierra, también lo era del comportamiento de Sir Amery Wendy Smith a su regreso de África. Como prueba, indicaron la repentina fascinación de mi tío por la sismografía -el estudio de los terremotos-, un tema que le atrapó tanto, que se construyó su propio instrumento medidor, un modelo que no incorpora la base de cemento convencional, y que posee tal exactitud que incluso mide el más ínfimo temblor subterráneo de los que constantemente sacuden el mundo. Ese mismo aparato es el que tengo ahora ante mí y que rescaté de los escombros de la casa de campo, al cual, con creciente frecuencia, miro de forma penetrante y temerosa.
Antes de su desaparición, mi tío pasaba horas, en apariencia sin objetivo alguno, estudiando las oscilaciones fracciónales de la pluma sobre el gráfico.
En lo que a mí concierne, me resulta más que extraña la forma en la que, mientras permaneció en Londres después de su retorno, evitaba el metro y pagaba abusivos precios de taxis en vez de descender en lo que él llamaba "esos túneles negros". Ciertamente, es extraño, pero jamás lo tomé como un síntoma de locura.
No obstante, hasta sus amigos más íntimos parecían convencidos de su demencia, achacándola a su convivencia tan próxima con las civilizaciones muertas y casi olvidadas que tanto le fascinaban. Pero ¿cómo podría haber sido de otra manera? Mi tío era anticuario y arqueólogo. Sus extraños viajes hacia tierras extranjeras no se debían al anhelo de ninguna fama o beneficio personales. Más bien, los realizó por amor a la vida; ya que cualquier reconocimiento público que obtuvo -tal como sucedió a menudo- lo desviaba casi siempre hacia los ansiosos personajes que eran sus colegas.
Esos así llamados contemporáneos suyos le envidiaban, y habrían estado encantados de emular sus éxitos de haber tenido el singular don de su visión y mente penetrantes…, o, tal como he llegado a creer ahora, con los que había sido maldecido. Mi amargura hacia ellos nace de la forma en la que le destrozaron después de la terrible culminación de aquella última y fatal expedición. En años anteriores, muchos de ellos habían adquirido sus «nombres» gracias a los descubrimientos realizados por él, pero, en aquel viaje final, esos parásitos no fueron invitados, ya que habían perdido su favor, y no les ofreció la oportunidad de robar una gloria nueva. Creo que, en su mayor parte, las aseveraciones que hicieron acerca de su locura se debieron únicamente a la despreciable mezquindad de empañar su genio.
Ciertamente, ese último safari tuvo como resultado su final físico. Él, que antes había sido un hombre fuerte y erguido para su edad, con cabello negro y una sonrisa perenne, ahora caminaba con un encorvamiento de hombros pronunciado y había perdido mucho peso. Su pelo encaneció y su sonrisa se convirtió en algo raro y nervioso, mientras que la comisura de su boca había adquirido un tic notable.
Antes de que ese terrible deterioro hiciera posible que sus «amigos» le ridiculizaran, antes de la expedición, Sir Amery había descifrado o traducido (conozco poco sobre esas cosas) un puñado de trozos antiguos y casi descompuestos conocidos en los círculos arqueológicos como los Fragmentos G'harne. Aunque jamás discutía abiertamente sus descubrimientos, sé que lo hallado en ellos fue lo que le impulsó a emprender ese aciago viaje a África.
Junto con un pequeño grupo de amigos personales, todos caballeros instruidos, se aventuró al interior del continente en busca de una ciudad legendaria que Sir Amery creía se levantaba desde eones antes de que se establecieran las bases de las pirámides. En verdad que, de acuerdo con sus cálculos, los primigenios antepasados del Hombre aún no habían surgido cuando los enormes muros de Guarne alzaban sus monolíticas esculturas hacia aquellos cielos que aún no habían visto la aparición de nuestra especie. Ni siquiera la edad de ese lugar, si es que existía, podía desacreditar las declaraciones de mi tío; las nuevas pruebas realizadas en los Fragmentos G'harne los remontaban a un periodo anterior al triásico, y su misma existencia, en cualquier otra forma que no haya sido convertida en polvo por los siglos, era imposible de explicar.
Fue Sir Amery, solo y en terrible estado, quien dio con un campamento de salvajes cinco semanas después de haber partido del poblado donde la expedición tuvo el último contacto con la civilización. No cabe duda de que los violentos hombres que le encontraron se habrían deshecho de él allí mismo de no ser por sus supersticiones. Su aspecto desencajado y la lengua extraña en la que gritaba, sumado al hecho de que había salido de una zona que era tabú en sus leyendas tribales, frenaron sus manos. Con el tiempo, consiguieron que recuperara cierto semblante de salud y le llevaron a una región más civilizada, desde donde fue capaz de retornar al mundo exterior. A partir de ese momento, nada volvió a oírse o saberse de los otros miembros de la expedición. Únicamente yo conozco la historia, y gracias a una carta que me dejó mi tío, pero hablaré de ello más adelante…
Sir Amery .desarrolló esas excentricidades ya mencionadas una vez que volvió solo a Inglaterra, y la simple mención o especulación por parte de otros en referencia a la desaparición de sus colegas, bastaba para hacer que empezara a desvariar de forma espantosa sobre cosas inexplicables, como «una tierra subterránea donde Shudde-M'ell cavila y borbotea, tramando la destrucción
de la especie humana y la liberación de su prisión acuática del Gran Cthuihu…". Cuando se le requirió oficialmente que informara sobre sus compañeros desaparecidos, afirmó que habían muerto en un terremoto; y aunque, así se cree, se le pidió que aclarara su respuesta, él se negó a seguir hablando del tema.
De esa forma, al estar inseguro de cómo reaccionaría si le interrogaba sobre la expedición, me sentí reacio a cuestionarle. Sin embargo, en esas raras ocasiones en las que se mostraba propenso a hablar de ello sin que le obligaran, le escuchaba con avidez; porque, casi más que el resto de la gente, me encontraba ansioso por ver aclarado el misterio.
Apenas había retornado hacía unos pocos meses cuando, de repente, se marchó de Londres y me invitó a su aislada casa de campo de los Marjales de Yorkshire para hacerle compañía. Esa invitación era algo extraño en sí misma, ya que provenía de alguien que había pasado meses en soledad absoluta en diferentes lugares desolados y distantes, y le gustaba pensar que era algo parecido a un ermitaño. La acepté, ya que vi la oportunidad perfecta para obtener un poco de esa apacible quietud que me resulta particularmente beneficiosa para escribir.
2
Un día, poco después de instalarme en la casa, Sir Amery me mostró un par de extrañas y hermosas esferas nacaradas. Tenían unos diez centímetros de diámetro, y, aunque no había conseguido establecer con precisión el material del que estaban compuestas, fue capaz de comentar que parecían una combinación desconocida de calcio, crisolita y polvo de diamante. Cómo habían sido hechas, según sus propias palabras, «cualquiera lo sabía». Me contó que encontró las esferas en el emplazamiento de la muerta G'harne -la primera insinuación que me había ofrecido de que en realidad localizara el lugar-, enterradas debajo de la tierra de una caja de piedra sin tapa que tenía, sobre la superficie de sus lados de ángulos extraños, ciertas tallas terriblemente alienígenas. Sir Amery no se mostró nada explícito con respecto a esos trazos, simplemente aseveró que eran tan asquerosos en lo que sugerían, que no era apropiado describirlos demasiado a fondo. Finalmente, en respuesta a mis preguntas, me dijo que reflejaban sacrificios monstruosos de alguna impensable deidad subterránea. Se negó a explicar nada más, pero me recomendó, ya que parecía «tan malditamente ansioso», los trabajos de Commodus y de Caracalla.
También mencionó que encima de la caja, junto con los dibujos, había muchas líneas bien trazadas de unos caracteres similares a los esbozos cuneiformes y de puntos de los Fragmentos G'harne y que, en ciertos aspectos, poseían un parecido perturbador con el casi indescifrable Manuscrito Pnakotic. Era muy posible, continuó, que el contenedor hubiera sido un recipiente de juguetes de alguna clase, y que las esferas, con gran probabilidad, fueran en una ocasión las fruslerías de un niño de la ciudad antigua; ciertamente, los niños, o los jóvenes, eran mencionados en lo que él había conseguido descifrar de la extraña escritura de la caja.
Fue durante esta etapa de su narración cuando noté que los ojos de Sir Amery comenzaban a ponerse vidriosos y que su habla empezaba a titubear, como si un extraño bloqueo psíquico le afectara la memoria. Sin advertencia alguna, como un hombre que entrara en un súbito trance hipnótico, se puso a farfullar sobre Shudde-M'ell y Cthulhu, Yog-Sothoth y Yibb-TstIl -Dioses alienígenas que desafiaban toda descripción-, y lugares mitológicos que poseían nombres igualmente fantásticos: Sarnath e Hiperbórea, R'lyeh y Ephiroth, y muchos otros.
A pesar de lo impaciente que estaba por saber más acerca de esa trágica expedición, me temo que fui yo quien le frenó para seguir hablando. Sin importar mis esfuerzos, al escucharle balbucear de esa forma, no pude evitar que una expresión de pena y preocupación apareciera en mi cara; al verla, se disculpó apresuradamente y salió presto en busca de la intimidad de su estudio. Más tarde, cuando me asomé por la puerta, estaba enfrascado con su sismógrafo y parecía hallarse relacionando las líneas del gráfico con un atlas mundial que había sacado de la biblioteca. Me intranquilizó ver que discutía en voz baja consigo mismo.
Naturalmente, siendo como era y sintiendo un gran interés por los problemas étnicos peculiares, mi tío siempre había poseído, junto con sus libros de referencia históricos y arqueológicos, unos trabajos superficiales que trataban de las leyendas antiguas y de dudosas y primitivas religiones. Me refiero a obras tales como La rama dorada y El culto de las brujas, de la señorita Murray. Sin embargo, ¿qué debía pensar de esos otros libros que encontré en su biblioteca a los pocos días de mi llegada? En las estanterías había por lo menos nueve libros que sabía eran tan atroces en lo que sugerían, que habían sido mencionados a lo largo de los años por autoridades de diversos campos como literatura maldita, blasfema, aberrante, innombrable y lunática. Entre ellos se incluían el Cthaat Aquadingen, de autor desconocido, las Notas del Necronomicón, de Feery, el Líber Miraculorem, la Historia de la Magia, de Eliphas Levi, y una copia gastada y encuadernada en piel del espantoso Cultes des Goules. Quizá lo peor que vi fue un volumen delgado de Commodus que ese «Maníaco Sanguinario» había escrito en el 183 d. de C. y que estaba protegido con una sobrecubierta para evitar su posterior desgaste.
Además, como si dichos libros no fueran lo suficientemente desconcertantes y perturbadores, estaba esa otra cosa…
¿Qué hay de ese indescriptible cántico hipnótico que a menudo oía salir de la habitación de Sir Amery en medio de la noche? La primera vez sucedió durante la sexta noche que pasé con él, cuando me desperté de mi propio sueño inquieto por el acento mórbido de un lenguaje que parecía imposible para las cuerdas vocales de un ser humano. No obstante, mi tío se mostraba extrañamente fluido en su pronunciación, y yo logré escribir una frase-secuencia muy repetida en lo que consideré la aproximación más cercana de las palabras habladas que logré entender. Dichas palabras -o, por lo menos, sonidos- eran:
Ce'haiie ep-ngh fl'hur G'harne fhtagn, Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell. Hai G'harne orr'e ep fl'hur, Shudde-M'ell ican'icanicas fl'hur orr'e G'harne.
Aunque en esa época me fue imposible pronunciarlo tal como lo escuché, desde entonces, con cada día que pasaba, descubrí que los párrafos se hacían más fáciles…, como si, con la proximidad de algún horror obsceno, me volviera más capaz de expresarme en los propios términos de dicho horror. Tal vez se deba a que, últimamente, en mis sueños, he encontrado ocasiones de entonar las palabras, y, como todo resulta más sencillo en ellos, esa fluidez ha sido trasladada a mis horas despiertas.
Sin embargo, eso no explica los temblores…, los mismos temblores inexplicables que tanto aterrorizaban a mi tío. ¿Son las sacudidas que causan las perennes oscilaciones de la pluma del sismógrafo simplemente los rastros de algún vasto y subterráneo cataclismo que acontece a mil quinientos kilómetros de profundidad y a ocho mil de distancia…, o son producidas por otra cosa? Es algo tan chocante y pavoroso, que mi mente se queda congelada cuando intento estudiar el problema de cerca.
3
Después de llevar con él varias semanas, llegó el momento en que resultó claro que Sir Amery se estaba recuperando con rapidez. Cierto que aún mantenía su encorvamiento, aunque ya no me parecía tan pronunciado, junto con sus así llamadas «excentricidades»; sin embargo, en otros aspectos, cada vez mostraba más su antigua personalidad. El tic nervioso le había desaparecido por completo, y las mejillas habían recuperado parte de su tonalidad anterior. Supuse que su mejoría tenía mucho que ver con el constante estudio que hacía en el sismógrafo, porque para ese entonces ya había establecido una conexión definitiva entre las medidas que daba ese aparato y la enfermedad de mi tío. No obstante, me resultaba imposible comprender por qué los movimientos internos de la Tierra determinaban tanto el estado de sus nervios. Fue después de ir a su habitación para observar la máquina cuando él me contó más acerca de la muerta G'harne. Era un tema del que debí intentar apartarle.
-Los fragmentos -señaló- indicaban el emplazamiento de una ciudad cuyo nombre, G'harne, sólo es conocido en la leyenda y que en el pasado llegó a comparársela con la Atlántida, Mu y R'lyeh. Sólo un mito, y nada más. Sin embargo, si a un mito le proporcionas un emplazamiento determinado, de alguna forma, le confieres más vigor…, y si éste contiene reliquias antiguas de una civilización perdida durante eones, entonces se convierte en historia. De hecho, te sorprendería saber cuánta de la historia del mundo fue construida de esa forma.
»Era mi esperanza, bien podrías llamarla una intuición, que G'harne hubiera sido real; y, al descifrar los fragmentos, descubrí que estaba a mi alcance el poder demostrar, de una u otra manera, la vieja existencia de G'harne. He ido a lugares muy extraños, Paúl, e incluso he escuchado narraciones más extrañas aún. En una ocasión viví con una tribu africana cuya gente declaraba conocer los secretos de la ciudad perdida, y sus narradores me hablaron de una tierra donde el sol nunca brilla, donde Shudde-M'ell, oculto en su profunda y apanalada morada, trama la diseminación del mal y la locura por todo el mundo, al tiempo que planea la resurrección de otras abominaciones todavía peores.
»Se esconde bajo tierra y aguarda el momento en que la configuración de las estrellas sea la correcta, cuando sea suficiente el número de sus espantosas hordas y pueda infestar todo el planeta con sus asquerosidades y, así, logre el retorno de esas otras viscosidades aún más espantosas.
»Me contaron historias de fabulosas criaturas nacidas en las estrellas que habitaron la Tierra millones de años antes de que apareciera el Hombre, que aún seguían aquí, ocultas en ciertos lugares lóbregos, y fue ahí donde, con el tiempo, él evolucionó hasta cobrar vida. Te lo aseguro, Paúl…», levantó la voz, «… ¡ahora mismo están aquí…, en lugares que no somos capaces ni siquiera de imaginar! Me hablaron de sacrificios realizados a Yog-Sothoth y Yibb-TstIl que te helarían la sangre, y de ritos espantosos practicados bajo un cielo prehistórico antes de que el Viejo Khem hubiera nacido. Todo lo que oí hace que las obras de Alberto Magno y Grobert parezcan inofensivas; el mismo De Sade se habría puesto pálido al escucharlas.»
La voz de mi tío había ido acelerándose de forma progresiva con cada frase pronunciada, pero en ese momento se detuvo para tomar aliento, y, con tono más normal y pausado, continuó:
«Mi primer pensamiento al descifrar los fragmentos fue el de una expedición. Puedo afirmarte que descubrí algunas cosas que hubiera conseguido desterrar aquí en Inglaterra-te sorprendería lo que acecha debajo de hi superficie de algunas de esas apacibles colinas de Costwold-; sin embargo, ello habría alertado a toda una cohorte de "expertos" y aficionados; de modo que decidí centrarme en G'harne. La primera vez que se lo mencioné a Kyle, Gordon y a los otros, seguro que debí exponer un planteamiento muy convincente, ya que todos insistieron en acompañarme. No obstante, estoy seguro de que algunos debieron considerar que se iban a meter en algo descabellado y sin sentido. Tal como te he explicado, G'harne se encuentra en el mismo reino de Mu o Ephiroth -por lo menos, así era-, por lo que sin duda se imaginaron que irían a la búsqueda de la Lámpara de Aladino o algo semejante; pero, a pesar de todo, vinieron. No podrían haberse permitido el lujo de no hacerlo, porque, si era real…, ¡vaya! ¡Piensa en esa gloria perdida! Jamás se lo habrían perdonado. Y ésa es la razón por la que yo no puedo perdonármelo a mí mismo. Si no hubiera hurgado en los Fragmentos G'harne, ahora todos estarían vivos; Dios los tenga en su gloria…"
De nuevo, la voz de Sir Amery había cobrado una terrible excitación, y, como enfebrecido, prosiguió:
"¡Por todos los cielos, este lugar me pone enfermo! No lo soportaré mucho tiempo más. Toda esta hierba y tierra. Lo que necesito es un entorno de cemento…, ¡y, cuanto más grueso sea, mejor! Sin embargo, incluso las ciudades tienen sus inconvenientes…, el metro y todas esas cosas. ¿Has visto alguna vez el accidente de metro de Pickman, Paúl? ¡Por Dios, qué cuadro! Y aquella noche…, ¡aquella noche!
»Si los hubieras visto… ¡saliendo de las excavaciones! Si hubieras sentido los temblores… ¡La misma tierra osciló a medida que se levantaban! Los habíamos perturbado, ¿lo ves? Puede que hasta pensaran que estaban siendo atacados; así que decidieron salir a la superficie. ¡Dios mío! ¿Qué habrá provocado semejante ferocidad? Sólo unas horas antes, yo me felicitaba por el hallazgo de las esferas, y, entonces…, entonces…»
Ahora jadeaba, y sus ojos, igual que antes, en parte se veían vidriosos; también su voz había experimentado un extraño cambio de timbre, y sus acentos parecían vacilantes y alienígenas.
»Ce'haiie, ce'haiie… Quizá la ciudad se encuentre enterrada, pero quienquiera que la haya bautizado G'harne la muerta no tiene ni idea de lo que sucede. ¡Estaban vivos! Llevan millones de años vivos; ¡quizá les sea imposible morir…! ¿Y por qué no habría de ser factible? Son como una especie de dioses, ¿verdad? Emergieron a la noche…» -¡Tío, por favor! -le interrumpí. -No tienes por qué mirarme de esa forma, Paúl -restalló-, ni pensar lo que estás pensando. Créeme, acontecieron cosas aún más extrañas ¡Maldita sea, Wilmarth, De Miskatonic; podría contarte unas cuantas historias! ¡Y no has leído lo que escribió Johansen! ¡Santo cielo, lee la obra de Johansen!
»Hai, epfl'hur… Wilmarth… el secreto… ¿Qué sabe que no quiere revelar? Por qué se ha acallado lo que se encontró en aquellas Montañas de la Locura, ¿eh? ¿Qué extrajo de la tierra el equipo de Pabodie? ¡Si puedes, dímelo! Ja, ja, ja! Ce'baiie, ce'baiie… G'barne icanicas…»
Aullando y con los ojos como cristales, se incorporó, gesticulando frenéticamente en el aire. No creo que me viera, ni a mí ni a nada…, a excepción de una espantosa repetición mental de lo que imaginaba que había acaecido. Le cogí del brazo con el fin de calmarlo, pero me apartó la mano con un movimiento brusco, aparentemente sin saber lo que hacía.
-Esas cosas correosas suben a la superficie… Adiós, Gordon… No grites así… El sonido me enloquece…, pero sólo se trata de un sueño. Una pesadilla como las otras que he tenido últimamente. Es un sueño, ¿verdad? Adiós, Scott, Kyle, Leslie… -De repente, con los ojos desorbitados, comenzó a dar vueltas salvajemente-. ¡La tierra se abre! Hay tantos… ¡Caigo!'No es un sueño… ¡Santo Dios! ¡No es un sueño! ¡No! No os acerquéis, ¿me oís? ¡Aghhh! El limo… ¡Debo huir! ¡Huir! Lejos de esas… ¿voces?…, lejos de los sonidos de succión y del cántico…Sin advertencia previa, súbitamente, él mismo se puso a entonar un cántico, y el terrible sonido, que ya no estaba distorsionado por la lejanía o el espesor de una puerta robusta, habría hecho que alguien más apocado se desmayara. Se asemejaba al que había escuchado en la noche, y las palabras no parecen tan malignas sobre el papel; de hecho, casi son ridiculas; pero oírlas salir de la boca de alguien de mi propia carne y sangre…, y con tal fluidez antinatural:
Ep, ep-eeth, fl'hur G'harne G'harne
fhtagn Shudde M'ell hyas Negg'h.
Mientras pronunciaba esos increíbles desvarios, los pies de Sir Amery habían comenzado a subir y bajar en una grotesca parodia de una huida a toda carrera. De repente, volvió a gritar y, con sorprendente brusquedad dio un salto que le llevó más allá de mí y chocó de lleno contra la pared. El impacto le hizo perder el equilibrio y caer al suelo.
Me preocupó que mis atenciones elementales no fueran las adecuadas, pero, para mi gran alivio, recuperó el conocimiento unos minutos después. Aturdido, me aseguró que «se encontraba bien, sólo un poco atontado", y apoyado en mi brazo, se retiró a su dormitorio.
Aquella noche me resultó imposible conciliar el sueño. A cambio, me arrebujé en una manta y me sentí ante la entrada de la habitación de mi tío, por si me necesitaba durante su inquieto dormir. Sin embargo pasó una noche tranquila y, paradójicamente, por 1a mañana dio la impresión de haber desterrado eso de su sistema, y se le vio decididamente mejorado.
Los médicos modernos han sabido durante mucho tiempo que, en ciertas condiciones mentales, se puede obtener una cura incitando al paciente a revivir los acontecimientos que causaron su enfermedad. Quizá el exabrupto de mi tío había servido para ello…, o, por lo menos, es lo que pensé, ya que por entonces elucubré ideas nuevas concernientes a su comportamiento anormal, Razoné que, si había estado padeciendo pesadillas recurrentes y se hallaba en medio de una en aquella fatídica noche del terremoto, cuando sus amigos y colegas murieron, era natural que, de forma temporal -incluso permanente-, hubiera perdido la cordura al despertar y ver toda aquella carnicería. Y, si mi teoría era correcta, también explicaba sus obsesiones sísmicas…
4
Una semana más tarde surgió otro sombrío recordatorio de la condición de Sir Amery. Parecía estar tan mejorado, aunque, en ocasiones, aún hablaba en sueños, que había salido al jardín «a cuidarlo un poco». Nos encontrábamos casi a finales de septiembre y hacía frío. pero el sol brillaba, y se pasó toda la mañana trabajando con un rastrillo y unas tijeras. Nos hallábamos solos en la casa, y yo comenzaba a pensar en preparar el almuerzo, cuando sucedió algo singular. Con claridad sentí que la tierra se movía un poco bajo mis pies y oí un retumbar bajo.
Estaba sentado en el salón cuando ocurrió; al instante, la puerta que daba al jardín se abrió de golpe y mi tío entró corriendo. Tenía la cara de un blanco mortal y los ojos le sobresalían espantosamente al pasar a mi lado camino de su habitación. Me quedé tan perplejo por su aspecto desencajado, que apenas me había movido de mi sillón cuando regresó tembloroso al salón. A duras penas se dejó caer en una mecedora.
-Fue la tierra… Durante un segundo pensé que…-musitó, más para sí mismo que para mí, sacudiéndose visiblemente desde la cabeza a los pies por el efecto residual del susto que le dominó. Entonces, vio la preocupación en mi rostro e intentó calmarse-. La tierra, Paúl, estaba seguro de que había experimentado un temblor…, pero me equivoqué. Todo este espacio abierto. Los marjales. Me temo que deberé esforzarme para marcharme de aquí. ¡Hay demasiada tierra y poco cemento! Lo importante son los entornos de cemento…
Estuve a punto de corroborar que yo también lo había notado, pero, al ver que creía haberse equivocado, guardé silencio. No deseaba añadir inútilmente más síntomas a sus desórdenes mentales ya considerables.
Aquella noche, después de que Sir Amery se retirara a dormir, entré en su estudio -un cuarto que, aunque nunca lo había expresado en voz alta, sabía que consideraba inviolable- para echar un vistazo al sismógrafo. Sin embargo, antes de inspeccionar el aparato, vi las notas desplegadas sobre la mesa. Una ojeada bastó para decirme que estaban cubiertas con la pesada escritura de mi tío, y, cuando me acerqué, me sentí enfermo al descubrir que se trataba de una serie de desvarios aparentemente disociados -aunque, por su aspecto, relacionados-, que tenían algo que ver con sus extrañas ilusiones. Desde entonces, las notas me fueron entregadas para ser mantenidas en mi posesión; eran tal como se reproducen aquí:

MURALLA DE ADRIANO
122-128 d. de C. Ribera de Caliza. (¿Gn'yah de los Fragmentos Guarne?) Los temblores de tierra interrumpieron las excavaciones, razón por la que los bloques de basalto cortados fueron abandonados en la zanja incompleta con los agujeros en forma de cuña dispuestos a ser partidos en dos.

Wnyal Shash. (¿MITRA?)
Los romanos tenían sus propias deidades…, ¡pero no era a Mitra a quien los discípulos de Commodus, el Maníaco Sanguinario, le hacían sacrificios en la Ribera de Caliza! Y ese fue el mismo lugar donde, cincuenta años antes, se desenterró un gran bloque de piedra, descubriéndose que estaba todo cubierto con ¡inscripciones y dibujos tallados! Silvano, el centurión, lo mutiló y volvió a enterrarlo. Un esqueleto, definitivamente identificado como el de Silvano por el anillo de sello en uno de sus dedos, se ha encontrado recientemente bajo tierra (a mucha profundidad), donde en una ocasión se alzara una taberna en la zona amurallada de las casas… ¡Pero desconocemos cómo desapareció! Ni tampoco los seguidores de Commodus fueron demasiado cuidadosos. Según Atulo y Caracalla, también ellos se desvanecieron de la noche a la mañana… ¡durante un terremoto!

AVEBURY
(¿¿¿El A'byy neolítico de los Fragmentos de G'harney del Manuscrito Pnakotic??) Hay una referencia en el libro de Stukeley, Un templo para los druidas
británicos… ¡Increíble! ¡Druidas! Sin embargo, Stukeley se acercó bastante a la verdad al mencionar la adoración de la serpiente. ¡Con más precisión, gusanos!

CONCILIO DE NANTES (sigloIX) El Concilio no sabía lo que hacía cuando ordenó: «Que también las piedras que, engañados por el escarnio de los demonios, ellos adoraban entre las ruinas y en los lugares boscosos, donde establecían sus juramentos y entregaban sus ofrendas, sean arrancadas de cuajo y arrojadas a unos lugares donde sus devotos nunca más sean capaces de encontrarlas…» ¡He leído esta frase tantas veces, que ha quedado grabada en mi memoria! ¡Sólo Dios sabe lo que les sucedió a los pobres diablos que intentaron cumplirlas órdenes del Concilio…! LA DESTRUCCIÓN DE GRANDES PIEDRAS En los siglos XIII y XIV, la Iglesia también trató de quitar ciertas piedras de Avebury debido a supersticiones locales que hacían que los habitantes del lugar tomaran parte en adoraciones paganas y en brujería a su alrededor. De hecho, algunas de las piedras fueron destruidas -con fuego y agua-, «por las tallas que había en ellas».
INCIDENTE
1320-25. ¿Por qué se realizó un gran esfuerzo para enterrar una de las grandes piedras en Avebury? Un temblor de tierra hizo que ésta resbalara y atrapara a un trabajador. ¡No parece que se hiciera ningún intento por liberarle…! ¡El «accidente» sucedió al anochecer, y otros dos hombres murieron de miedo! ¿Por qué? ¿Y por qué los otros cavadores huyeron del lugar? ¿Y qué fue esa Cosa titánica que uno de ellos vio culebreando por el suelo? Supuestamente, en la atmósfera reinaba un olor… Por su OLOR los conoceréis… ¿Se trataba de otro nido de los demonios intemporales?
EL OBELISCO
¿Por qué el así llamado Obelisco de Stukeley fue destruido en pedazos? Las piezas fueron enterradas a principios del siglo XVIII, pero, en 1833, Henry Browne descubrió sacrificios calcinados en el emplazamiento…, y cerca, en Silbury Hill… ¡Dios mío! ¡Ese montículo diabólico! Hay algunas cosas, incluso entre estos horrores, en las que no se puede pensar…. ¡y, mientras esté cuerdo, que Silbury Hill sea una de ellas!
AMÉRICA: INNSMOUTH
1928. ¿Qué sucedió realmente y por qué el gobierno federal lanzó cargas de profundidad cerca del Arrecife del Diablo, en la costa del Atlántico, justo en las afueras de Innsmouth? ¿Por qué la mitad de sus habitantes fueron desterrados…, y adonde? ¿Qué conexión había con la Polinesia y qué es lo que también yace enterrado en las tierras debajo del mar?
EL CAMINANTE DEL VIENTO
(El Caminante de la Muerte, Ithaqua, Wendigo, etc.) He aquí otro horror…, ¡aunque de una clase diferente! ¡Semejante evidencia! Supuestos sacrificios humanos en Manitoba. ¡Circunstancias increíbles alrededor del Caso Norris! Spencer, de la Universidad de Quebec, afirmó literalmente la validez del caso… y en…
Las notas acaban aquí, lo cual me alegró la primera vez que las leí.
De inmediato quedó patente que mi tío se hallaba lejos de encontrarse en sus cabales. Por supuesto, siempre existía la posibilidad de que las hubiera escrito antes de su aparente mejoría, en cuyo caso su situación no era necesariamente tan mala como parecía.
Dejando las notas tal como las encontré, me concentré en el sismógrafo. La línea del gráfico era completamente recta, y, cuando desmantelé el carrete e inspeccioné los trazos, vi que había seguido esa dirección inamovible y casi antinatural durante los últimos doce días. Como ya he dicho, el aparato y la condición de mi tío se hallaban directamente relacionados, y esa prueba de la tranquilidad imperante en la Tierra era, sin duda, la causa de su comparativo bienestar reciente. Sin embargo, aquí se planteaba otra peculiaridad: francamente, me encontraba perplejo por mis hallazgos, ya que estaba seguro de que había sentido un temblor -ciertamente, había oído un retumbar bajo- y me parecía imposible que tanto Sir Amery como yo experimentáramos las mismas ilusiones sensoriales simultáneamente.
Rebobiné el carrete y, entonces, al volverme para salir de la estancia, noté lo que mi tío había pasado por alto. Se trataba de un pequeño tornillo de latón que yacía en el suelo. De nuevo giré el carrete para encontrar la muesca opuesta que había visto antes y que mi mente descartó como carente de importancia. En ese momento conjeturé que se trataba del agujero del tornillo. Soy un lego en cuestiones de mecánica, y desconocía qué parte desempeñaba ese pequeño componente en el funcionamiento del aparato; sin embargo, lo coloqué en su sitio y una vez más dejé el instrumento tal como estaba. Entonces, durante unos instantes, me quedé para verificar que todo funcionara de manera correcta, y, durante unos pocos segundos, no percibí nada anormal. Mis oídos fueron los primeros en advertirme del cambio. Antes había sonado un zumbido bajo, acompañado de un rasgar continuo y agudo, Lo primero aún se escuchaba, pero, en lugar de lo segundo, había aparecido un deslizar espasmódico que atrajo mis ojos fascinados a la pluma.
Evidentemente, ese pequeño tornillo había marcado toda la diferencia. No me extrañaba que la sacudida que habíamos experimentado por la tarde, y que no perturbara a mi tío, pasara sin ser grabada. En ese momento, el aparato no había funcionado de manera correcta… ¡Pero ahora sí!
Con claridad se veía que, cada pocos minutos, la tierra se agitaba con unos temblores que, aunque no eran tan duros como para sentirlos, sí resultaban lo suficientemente fuertes como para hacer que la pluma se moviera frenéticamente sobre la superficie del papel de los gráficos…
Cuando por fin me retiré aquella noche, me encontraba en un estado mucho más agitado que el de la tierra. No obstante, no me resultó fácil decidir a qué se debía la causa de mi nerviosismo. ¿Por qué debía sentirme tan aprehensivo acerca de mi descubrimiento? Cierto es que sabía que el aparato que ahora funcionaba -¿correctamente?-, probablemente tendría sobre mi tío un efecto desagradable, y, quizá, incluso le provocara otra de sus «explosiones»; pero ¿ese conocimiento bastaba para perturbarme a mí? Al reflexionar en ello, no vi razón alguna para que una zona determinada del campo recibiera más de su cuota habitual de temblores de tierra.
Pasado un rato, llegué a la conclusión de que el sismógrafo o se hallaba completamente estropeado o era demasiado sensible -tal vez el tornillo de latón necesitaba un ajuste-, y, finalmente, me metí en la cama asegurándome de que la fuerte sacudida que habíamos sentido sólo fue una coincidencia con la condición de mi tío. No obstante, antes de quedarme dormido, noté que el mismo aire parecía cargado con una extraña tensión, y que la ligera brisa que había agitado las hojas de los árboles durante el día se había desvanecido por completo, dejando a su paso una quietud absoluta en la cual, durante mi sueño, imaginé toda la noche que la tierra temblaba bajo mi lecho…
Al día siguiente me levanté temprano. Me quedaba poco material de escritura y había decidido tomar el solitario autobús de la mañana hacia Radcar. Salí de la casa antes de que Sir Amery despertara y, en el trayecto, medité sobre los acontecimientos del día anterior y llegué a la determinación de llevar a cabo algunas investigaciones mientras me encontrara en el pueblo. Una vez allí, desayuné antes de dirigirme a las oficinas del Radcar Mirror, donde un tal Sr. McKinnen, el subdirector, me fue de gran utilidad. Se pasó cierto tiempo haciendo averiguaciones para mí a través de las líneas internas del periódico. Al rato, me informó que durante casi todo un año no hubo ningún temblor de importancia en Inglaterra, algo que, seguro, le hubiera cuestionado de no haber continuado con su información. Descubrí que sí hubo sacudidas menores ocurridas en lugares tan próximos como Goole, a sólo unos pocos kilómetros de distancia (en las últimas cuarenta y ocho horas), y tan lejos como en Tenterden, cerca de Dover. También Ramsey, en Huntingdonshire, sufrió una muy pequeña. Le di las gracias por su ayuda, y me habría marchado en ese momento, pero, como algo adicional, me preguntó si querría que comprobara los archivos internacionales del periódico. Gustoso, acepté la sugerencia y me quedé solo inspeccionando una gran cantidad de traducciones interesantes. Claro está, tal como había esperado, la mayoría de la información era inútil para mi caso, pero no me llevó mucho tiempo separar lo que buscaba.
En un principio me fue difícil creer en la evidencia que veían mis propios ojos. Leí que en agosto hubo unas sacudidas de tal severidad en Aisne, que una o dos casas se habían derrumbado y cierto número de personas resultaron heridas. Dichas sacudidas habían sido comparadas con las que experimentaron en Agen unas semanas atrás, ya que parecían causadas más por un ajuste del terreno que por temblores verdaderos. A principios de junio, también hubo sacudidas en Calahorra, Chinchón y Ronda, en España. El trayecto era recto como el vuelo de una flecha y pasaba -o, más bien, iba por debajo- por el estrecho de Gibraltar hasta Xauen, en el Marruecos español, donde todo un vecindario de casas se había desmoronado. Y todavía continuaba hasta… Pero ya había tenido más que suficiente; no me atreví a seguir mirando; no quería saber…, ni siquiera remotamente…, el paradero de la muerta G'harne.
¡Oh! Había visto más que suficiente como para hacerme olvidar lo que me trajo al pueblo. Mi libro podía esperar, ya que ahora había cosas más importantes que hacer. Mi siguiente visita fue la biblioteca pública, donde cogí el Atlas Mundial de Nicheljohn, abriéndolo en la página donde estaba el gran mapa doblado de las Islas Británicas. Mi geografía y el conocimiento de los condados son pasables, y me había dado cuenta de lo que consideraba una peculiaridad en los lugares aparentemente no relacionados donde Inglaterra había experimentado esas "sacudidas leves". No me equivocaba.Utilizando otro libro como regla, uní Goole, en Yorkshire, con Tenterden, en la costa sur, y vi, con un hormigueo de monstruosa premonición, que la línea pasaba muy cerca, por no decir justo abajo, de Ramsey, en Huntingdonshire. Con temerosa curiosidad, la seguí hacia el norte y, a través de unos ojos repentinamente enfebrecidos, observé que seguía ¡a sólo unos dos kilómetros de la casa de campo de los marjales!
Con dedos insensibles y correosos, pasé más páginas hasta que encontré la que mostraba a Francia. Me detuve durante un largo rato… Luego, con vacilación, localicé España y, finalmente, África. Me quedé allí sentado unos minutos en silencio, pasmado, ocasionalmente saltando hojas, comprobando de forma mecánica los nombres y emplazamientos.
Mi mente bullía como un remolino cuando por fin me fui de la biblioteca; podía sentir, en la columna vertebral, los pies helados y en movimiento de algún pavor abismal surgido de un tiempo primigenio. Mi sistema nervioso, que siempre había sido ecuánime, comenzó a resquebrajarse.
Durante el viaje de regreso a través de los marjales en el autobús de la noche, el zumbido del motor me sumió en una especie de sopor en el que otra vez oí algo que Sir Amery había dicho…, algo que había murmurado mientras dormía y, presumiblemente, soñaba: "No les gusta el agua… Inglaterra se encuentra a salvo… Deben ir muy profundo».
El recuerdo de esas palabras me despertó bruscamente y me inundó con un frío aún más intenso que penetró hasta la misma médula de mis huesos. Y estas terribles premoniciones tampoco resultaron equivocadas, porque en la casa de campo me esperaba aquello que terminó de destruir mis nervios.
A medida que el autobús tomaba la última curva que ocultaba la casa… ¡lo vi! ¡El lugar se había desmoronado! Sencillamente, no conseguí asimilarlo. Incluso con todo el conocimiento que poseía -con toda la evidencia que había acumulado lentamente-, era demasiado para que mi torturada mente lograra comprenderlo. Bajé del autobus y esperé hasta que se abrió paso entre los coches de policía allí aparcados y los observadores curiosos antes de cruzar el camino. Habían derribado una porción de la valla de la casa para dejar que una ambulancia se detuviera en el jardín ahora extrañamente inclinado. Habían emplazado unos focos, ya que casi había oscurecido por completo, y un equipo de rescate se afanaba con frenesí entre las increíbles ruinas. Mientras me hallaba allí de pie, espantado, se me acercó un oficial. Después de identificarme con balbuceos, me relató la siguiente historia.
Un motorista que pasaba por allí había visto el derrumbamiento; los temblores fueron sentidos en la cercana Marske. El hombre, al darse cuenta de que no había nada que él pudiera hacer, se dirigió a Marske a toda velocidad para informar del suceso y solicitar ayuda. Supuestamente, la casa se vino abajo como un mazo de cartas. La policía y la ambulancia llegaron a la escena a los pocos minutos, y las operaciones de rescate comenzaron al instante. Hasta ahora, parecía que mi tío se encontraba fuera en el momento del colapso, ya que todavía no habían hallado ni rastro de él. Percibieron un olor extraño y venenoso por la zona, pero se desvaneció tan pronto como el equipo de rescate se puso a trabajar. Ya se habían limpiado los suelos de todas las habitaciones salvo el del estudio, y, durante el tiempo que le llevó al oficial ponerme al tanto de los acontecimientos, se sacaron aún más escombros.
De repente, las excitadas voces se acallaron. Vi que los sudorosos trabajadores se detenían de pie entre las ruinas, formando un grupo que miraba algo. Mi corazón dio un vuelco y me abrí paso entre los escombros para ver qué habían encontrado.
Allí, donde antes estuviera el suelo del estudio, se hallaba lo que yo temía y casi esperaba. Se trataba, sencillamente, de un agujero…, pero, según los ángulos de las tablas de madera, y por la forma en que estaban dispersas, parecía como si el terreno, en vez de hundirse, hubiera sido empujado desde abajo…
6
A partir de ese instante, no se supo nada más de Sir Amery Wendy-Smith, y, aunque se le tiene por desaparecido, sé que, sin duda, está muerto. Ha partido hacia mundos de antiguas maravillas, y mi único ruego es que su alma vague por nuestro lado del umbral. Porque, en nuestra ignorancia, hemos cometido una gran injusticia con él, yo y todos los que pensamos que se hallaba fuera de sus cabales…, todos nosotros. Ahora comprendo todas y cada una de sus costumbres peculiares, pero dicho entendimiento ha sido duro de adquirir y me costará un precio muy alto. No, no estaba loco. Cometió esos actos por puro instinto de supervivencia, y, a pesar de que sus precauciones al final no sirvieron para nada, éstas nacieron de su temor a un mal innombrable y no a la locura.
Sin embargo, lo peor aún queda por venir. A mí mismo me aguarda un final similar. Lo sé, porque, sin importar lo que haga, los temblores me acosan. ¿O sólo pertenecen a mi imaginación? No, mi mente está bien. Puede que haya perdido los nervios, pero tengo la cordura intacta, ¡ Sé demasiado! Ellos me han visitado en sueños, como creo que hicieron con mi tío, y lo que han leído en mi mente les ha advertido del peligro que corren. No se atreven a dejarme investigar más, ya que algo así es lo que, tal vez, algún día revele su total existencia a los hombres…, ¡antes de que estén preparados!
¡Dios! ¿Por qué ese estúpido investigador de leyendas, Wilmarth, de Miskatonic, no ha respondido a mis telegramas? ¡Debe haber una salida! Incluso ahora están cavando… esos moradores de la oscuridad…
Pero no…, ¡esto no conduce a ninguna parte! Debo controlarme y terminar mi narración. No he dispuesto de tiempo para contar a las autoridades la verdad, pero, aunque lo hubiera tenido, conozco cuál habría sido el resultado. «Hay algo que no va bien con todos los Wendy-Smith», dirían. No obstante, este manuscrito narrará la historia por mí y también servirá como advertencia para los demás. Quizá cuando vean el parecido de mi fin con el de Sir Amery, la gente sentirá curiosidad; con este manuscrito como guía, tal vez los hombres emprendan la búsqueda y destruyan la primigenia locura de la Tierra antes de que ésta los aniquile…
Unos pocos días después del derrumbamiento de la casa de los marjales, me establecí en esta casa emplazada en las afueras de Marske, para encontrarme cerca -a pesar de que apenas albergaba alguna esperanza- en caso de que mi tío apareciera. Pero, ahora, un poder terrible me mantiene aquí. No puedo huir… Al principio, su poder no era tan fuerte, pero ahora… ni siquiera soy capaz de abandonar el escritorio ante el que me siento, y ya sé que el final debe estar próximo. ¡Me encuentro anclado a la silla como si hubiera crecido sobre ella, y apenas consigo teclear!
Pero debo… debo… Los movimientos de tierra son mucho más fuertes. ¡Esa pluma infernal, maldita y burlona…, saltando frenéticamente sobre el papel!
Llevaba aquí sólo dos días cuando la policía me trajo un sobre sucio y manchado de tierra. Había sido hallado entre las ruinas de la casa de campo -cerca del borde de aquel peculiar agujero- e iba dirigido a mí. Contenía aquellas notas que ya había leído y una carta de Sir Amery que, si su terrible final indica algo, debió haber acabado de escribir cuando el horror fue en su busca. Al meditar sobre ello, no resulta tan sorprendente que el sobre haya sobrevivido al colapso; no debían saber qué era; por lo tanto, no les interesó. No parece haber nada en la casa dañado de manera premeditada -esto es, nada inanimado-, y, hasta donde yo he podido descubrir, los únicos artículos que faltan son esas terribles esferas, ¿o lo que quedaba de ellas!
Pero he de darme prisa. Me es imposible escapar, y, con cada minuto que pasa, los temblores aumentan en fuerza y frecuencia. ¡No! No dispondré de tiempo. No podré escribir todo lo que pretendía contar. Las sacudidas son muy pesadas… muy pesadas. Int erfier en con mi e ser itura. Lo terminar é d e 1 a única manera que me qu e da y graparé la car ta de S ir Amer y al man use rito ahor a.
Querido Paúl:
En caso de que esta carta llegue alguna vez a tus manos, hay ciertas cosas que tengo que pedirte que hagas por la seguridad y cordura del mundo. Es absolutamente necesario que se exploren estas cosas y se acabe con ellas…, aunque no sé decirte cómo. Era mi intención, por mi propia cordura, olvidar lo que había acontecido en G'harne. Me equivoqué al tratar de ocultarlo. En este mismo instante hay hombres que cavan en lugares extraños y prohibidos…, y ¿quién sabe lo que pueden llegar a desenterrar? Ciertamente, todos estos horrores deben ser encontrados y aniquilados…, pero no por simples aficionados. Han de ser hombres preparados para el definitivo terror y espanto cósmicos. Hombres armados. Quizá sirvan lanzallamas… Sin duda, será necesario poseer un conocimiento científico de la guerra… Se pueden emplear aparatos que sirvan para localizar al enemigo… Me refiero a instrumentos sismológicos especializados. Si tuviera tiempo, redactaría un informe, detallado y explícito, pero da la impresión de que esta carta deberá bastar como guía para los cazadores de horrores del mañana.
Verás, tengo la certeza de que me persiguen…, ¡y no hay nada que pueda hacer al respecto! ¡Es demasiado tarde! En un principio, incluso yo, como tantos otros, creí estar un poco loco. ¡Me negué a reconocer que lo que había visto suceder hubiera pasado alguna vez! Admitirlo era reconocer una locura completa…, pero fue real, sí, y sucedió… ¡y ocurrirá de nuevo!
Sólo el cielo sabe dónde estuvo la avería en mi sismógrafo, ¡pero la maldita cosa me falló de la peor forma posible! Oh, me habrían atrapado de todas maneras; sin embargo, quizá hubiera dispuesto del tiempo necesario para preparar una advertencia adecuada.
Te pido que medites, Paúl…, que medites sobre lo que sucedió en la casa de campo… Puedo escribir como si ya hubiera acontecido…, ¡porque sé que así será! ¡Sí! Se trata de Shudde-M'ell, que viene por sus esferas…
Paúl, piensa en la forma de mi muerte, porque, si estás leyendo esta carta, he muerto o he desaparecido…, lo cual viene a ser lo mismo. Te ruego que leas con sumo cuidado las notas que te adjunto. Carezco de tiempo para ser más explícito, pero las notas te serán de ayuda. Si tan sólo eres la mitad de inquisitivo de lo que supongo, seguro que reconocerás un horror fantástico que, te repito, hay que hacer que todo el mundo crea… El terreno ahora se sacude de verdad, pero, sabiendo que es el fin, me mantengo firme en mi terror… Aunque no espero que mi estado de tranquilidad dure. Creo que, para el momento en que de verdad vengan a buscarme, habré perdido la cordura por completo. Me lo imagino. El suelo astillándose, abriéndose para dejarles entrar. Incluso, al pensar en ello, mis sentidos retroceden ante el espanto que me provoca. Habrá un olor asqueroso, un limo, un cántico, unas contorsiones gigantescas y… y, entonces…
Milagrosamente, al quedar la luna oculta por unas nubes pasajeras, se ha roto el efecto hipnótico. Luego, aullando y llorando, terriblemente deshecho, temporalmente loco, salí corriendo, oyendo a mi espalda el monótono y demoníaco cántico de Shudde-M'ell y sus hordas.
En mi descuido, y sin saberlo, me llevé conmigo esas esferas infernales… Anoche soñé con ellas. Y en los sueños volví a ver las inscripciones de aquella caja de piedra. Además, ¡podía leerlas!
¡Allí logré descubrir los temores y ambiciones de esas cosas infernales, con tanta claridad como el encabezamiento de un periódico! No sé si son «Dioses», pero de una cosa estoy seguro: su gran obstáculo para los planes de conquista de la Tierra ¡es su extremadamente largo y complicado ciclo de reproducción! Cada mil años, sólo nace un puñado de jóvenes; no obstante, el tiempo se acerca más al día en que su número sea suficiente. Naturalmente, este tedioso incremento de su especie les hace odiar incluso el perder a un miembro de sus asquerosos vastagos… ¡Y la razón por la que han abierto estos miles de kilómetros de túneles, incluso bajo la profundidad de los océanos, es la de recuperar las esferas!
Me he preguntado por qué me estaban siguiendo… Y ya lo sé. ¡También sé cómo! ¿No adivinas cómo saben dónde me encuentro, Paúl, o por qué vienen a buscarme? Las esferas son como una baliza para ellos; el canto de una sirena. /Y, al igual que lo baria cualquier otro padre -aunque más por una ambición terrible, me temo, que por algún tipo de emoción que podamos comprender—, simplemente, están contestando la llamada de sús hijos! ¡Pero llegan demasiado tarde! ¡Hace unos minutos, justo antes de comenzar esta carta, las cosas salieron del cascarón! ¿Quién habría pensado que eran huevos…, o que el contenedor en el que los hallé era una incubadora No puedo culparme por desconocerlo; incluso en una ocasión traté de someterlos a rayos X, malditos sean, ¡pero los reflejaron! ¡Y eran tan duros! No obstante, en el momento de romperse, se astillaron en fragmentos pequeños. Las criaturas del interior no eran más grandes que nueces. Tomando en cuenta el gigantesco tamaño de un adulto, deben tener una proporción de crecimiento fantástica. ¡Pero esos dos nunca se desarrollarán! Los quemé con un cigarro… ¡Tendrías que haber oído los gritos mentales que emitieron los de abajo!
Si tan sólo hubiera sabido antes que no se trataba de locura…, entonces, quizá, habría dispuesto de una forma para escapar de este horror. Ahora es inútil. Mis notas…, léelas, Paúl, y haz lo que debí hacer yo. Completa un informe detallado y preséntaselo a las autoridades. Tal vez Wilmarth te sea de ayuda, y puede que Spencer, de la Universidad de Quebec. No me queda mucho tiempo. El techo se agrieta.
Esa última sacudida… El techo se cae en pedazos… El suelo… ¡sube! Que el cielo me ayude, están subiendo. Los siento hurgar en mi mente a medida que avanzan…
Señor:
En referencia al manuscrito encontrado en las ruinas del 17 de la calle Anwick, Marske, Yorkshire, después de los temblores de tierra acaecidos en septiembre de este año, se cree que se trata de una «fantasía" que el escritor Paúl Wendy-Smith terminó de redactar para su publicación. Es más que posible que las asi llamadas desapariciones de Sir Amery Wendy-Smith y su sobrino, el escritor, no hayan sido otra cosa que un ardid publicitario para promocionar esta historia; es bien sabido que Sir Amery está/estaba interesado en la sismografía, y, quizá, gracias a los dos temblores anteriores, éstos le sugirieran a su sobrino la inspiración para su narración. La investigación continúa. Sargento J. Williams Policía del Condado de York 2 de octubre de 1933

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