Capitulo 4

IV
TERRENO MALDITO (De los libros de notas de De Marigny)
PRONTO RESULTÓ OBVIO que el ocultista, a pesar de su negativa, se encontraba mucho más cansado de lo que había reconocido, ya que, de hecho, se quedó dormido, respirando profunda y rítmicamente en su sillón, mientras yo leía las cartas y la… ¿fantasía?… de Paul Wendy-Smith.
Francamente, reconozco que, cuando terminé con el documento, tenía la mente como un torbellino. Aparecían muchas referencias reales en la supuesta "ficción"; además, ¿por qué el autor habría elegido dar deliberadamente a los personajes su nombre, el de su tío y el de personas que habían vivido? Analizando las cartas que leí antes de ese documento perturbador, rápidamente creció en mí la convicción de que las aseveraciones de Crow -por lo menos, hasta ahora- habían quedado demostradas. Porque, aunque mi amigo no lo dijera de manera abierta, podía conjeturar que estaba convencido de que el manuscrito de Wendy-Smith no era otra cosa que la declaración de un hecho fantástico.
Una vez que hube acabado por completo mi lectura, y mientras comprobaba de nuevo cierto contenido de las cartas, Crow seguía dando cabezadas. Arreglé los papeles ruidosamente al colocarlos sobre su escritorio y tosí con educación. Esos sonidos repentinos hicieron que mi amigo recuperara la vigilia al instante.
Había muchas cosas que me hubiera gustado que me explicara; sin embargo, no pronuncié ningún comentario inmediato, sino que me quedé intensamente alerta y pensativo mientras Crow se movía para pasarme la caja que contenía… ¿qué? Me parecía que ya lo sabía.
Con cuidado, quité la tapa de cartón, cerciorándome de que mi suposición había sido correcta, y alcé una de las esferas lustrosamente hermosas que contenía.
-Los vastagos de Shudde-M'ell -comenté con voz tranquila, dejando la caja de nuevo sobre el escritorio y estudiando la esfera que tenía en la mano-. Los huevos de una de las deidades menos conocidas del mito del Ciclo de Cthulhu.. Asintió.
-Pero no había ninguna carta en la caja…, y me dio la impresión de que había sido envuelta con excesivas prisas o torpeza. Supongo que debí asustar bastante a Bentham…, o, por lo menos, ¡algo lo hizo!
Fruncí el ceño y sacudí la cabeza, con la duda inundando una vez más mi mente.
-Por diversas razones, todo resulta bastante difícil de creer, Titus.
-¡Bien! -replicó al instante-. Al cancelar su propia incredulidad, que es lo que pienso hacer, puedo permitir las pocas dudas que sobreviven y que yo mismo tengo. Es algo difícil de creer, Henri -lo he reconocido ya-, pero tampoco podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. En cualquier caso, ¿de qué razones hablaba al mencionar en voz alta su titubeo para aceptarlo tal como aparece?
-Bueno, primero -me recliné contra el respaldo del asiento-, ¿no podría todo este galimatías ser en realidad un truco de alguna clase? El mismo Wendy-Smith insinúa la posibilidad de semejante subterfugio en esa última frase, la del «informe policial».
-¡Ah! -exclamó-. Es un buen punto…, pero ya lo he comprobado, Henri, y no formaba parte del manuscrito original. Fue añadido por el editor del autor, un extracto inteligente de un informe policial verdadero redactado acerca de las desapariciones.
-Entonces, ¿qué hay de este tal Bentham? -Insistí-. ¿No podría haber leído la historia en alguna parte? ¿No puede haber añadido sus propias fantasías a lo que él considera un misterio desconcertante? Después de todo, ha reconocido tener cierto interés por el cine extraño y de ciencia ficción. ¡Quizá también se sienta atraído por la literatura macabra! Resulta posible, Titus. Como usted parece sospechar, quizá la narración de Wendy-Smith esté basada en algo real -quizá haya sido sacada de la vida misma, de un diario, como indica la continuada ausencia de Sir Amery y su sobrino a lo largo de estos años-, ¡pero ha sido publicada como una ficción!
Noté que analizaba mi exposición durante un momento; sin embargo, al rato preguntó:
-¿Conoce la historia del pastor que gritó ¡Qué viene el lobo!", Henri? Claro que sí. Bueno, tengo la impresión de que se trató al último manuscrito de Paúl Wendy-Smith con el mismo principio. Ha escrito una buena cantidad de historias macabras, y me temo que su agente -a pesar de algunas dudas, tal como indica el retraso en su publicación-, finalmente, vio este trabajo como otra ficción. De forma perturbadora, me recuerda el caso de Ambrose Bierce. Conoce las circunstancias a las que me refiero, ¿verdad?
-¿Hmm? -murmuré, frunciendo el ceño mientras me preguntaba adonde quería ir a parar-. ¿Bierce? Sí. ¿No era un maestro americano de lo macabro, que murió en 1914…?
-No "murió", Henri -me corrigió rápidamente-. Sencillamente, desapareció, y su desaparición resultó tan misteriosa como cualquiera de sus historias…, ¡tan defini tiva como la de los Wendy-Smith! -Se apoyó en manos y rodillas sobre el suelo y comenzó a recoger algunos de los libros y mapas-. Pero, en cualquier caso, amigo mío, o no me ha estado escuchando todo lo bien que debería o… -alzó la cara y me sonrió-… tiene muy poca fe en lo que he jurado que era verdad. Hablo de mis sueños, Henri…, ¡piense en mis sueños! Me dio tiempo para pensarlo; luego, continuó: -Ahora bien, supongamos que, por algo peculiar, esas pesadillas fueron una simple coincidencia; y, más aún, suponga que el señor Bentham, como usted sugiere, es un «timador». ¿Cómo explica esos huevos? ¿Piensa que quizá éste, que da la impresión de ser un norteño razonablemente pragmático, fue a su tienda y los sacó de un cubo corriente de crisolita y polvo de diamante? No, Henri, no encaja.
Además… -Se puso de pie y cogió una de las cosas de la caja, sopesándola con cuidado en la mano-…. los he comprobado. Hasta donde soy capaz de determinar, son verdaderos. De hecho, ¡sé que lo son! He dispuesto de algo de tiempo para ponerlos un poco a prueba tanto como me atrevería, cierto, pero una cosa es segura: ¡repelen los rayos X! Es muy extraño, en especial si consideramos que, a pesar de que no se puede negar que son pesados, no parecen estar recubiertos de plomo. Y una cosa más, algo mucho más definitivo…
Depositó el huevo en la caja, arregló los libros y papeles que había recogido antes del suelo y regresó a su sillón. Desde el centro de su escritorio, cogió un instrumento quirúrgico.
-Me lo prestó un vecino, el mismo amigo que intentó radiografiar los huevos para mí. ¿Por qué no escucha, De Marigny?
-¿Es un estetoscopio? -Cogí el aparato con curiosidad-. ¿Quiere decir…?
-Es algo que a Sir Amery se le pasó por alto -me cortó Crow-. Estuvo acertado con su detector de terremotos; de paso, he decidido traer un sismógrafo tan pronto como sea posible; no obstante, ¡bien podría haber intentado escuchar cosas pequeñas al tiempo que les prestaba atención a las grandes! No, estoy siendo injusto, porque hasta el final no supo lo que eran sus esferas nacaradas. Cuando se me ocurrió la idea del estetoscopio, sólo seguí el camino trazado por él a una escala menor. Bien, adelante -demandó de nuevo al verme titubear-. ¡Escúchelos!
Me llevé los auriculares a los oídos y, con cautela, pegué el sensor a uno de los huevos; entonces, lo apoyé con firmeza. Imagino que mi rápido cambio de expresión fue lo que hizo que Crow sonriera a su manera sombría. Ciertamente, en una situación menos seria, habría esperado que se riera. Primero quedé sorprendido; luego, ¡aterrado!
-¡Dios mío! -exclamé después de un rato, experimentando un escalofrío por la columna vertebral-. ¡Hay… movimientos!
-Sí -acordó mientras yo seguía sentado y aturdido-, los hay. Los primeros indicios de vida, Henri, una vida jamás soñada, salvo, quizá, por unos pocos desafortunados, que procede del otro lado de una niebla opaca, de detrás de milenios de mitos. Una raza de criaturas sin comparación alguna en la zoología o la literatura zoológica, completamente desconocida, a excepción de las referencias que aparecen en los tomos más oscuros y dudosos. Pero son reales, tanto como la conversación que mantenemos usted y yo.
Sentí una náusea repentina, y deposité rápidamente el huevo en la caja, apresurándome a limpiarme las manos con un pañuelo que saqué del bolsillo. Luego, tembloroso, le devolví a mi amigo el estetoscopio por la superficie de la mesa.
-Han de ser destruidos -mi voz se quebró al hablar-. ¡Y sin demora alguna!
-¿Oh? ¿Y cómo cree que Shudde-M'ell, sus hermanos y hermanas, si es que son bisexuales, reaccionarán ante ello? -inquirió despacio Crow.
-¿Qué? -Jadeé, a medida que las implicaciones de sus palabras se iluminaban en mi cabeza-. ¿Quiere decir que ya…?
-Oh, sí -anticipó mi pregunta-. Los padres saben dónde se encuentran sus huevos. Poseen un sistema de comunicación mejor que cualquier cosa que nosotros tengamos, Henri. Supongo que es telepatía. Ésa es la razón por la que consiguieron localizar a aquellos otros hasta la casa de campo en los marjales de Sir Amery; ¡ésa es la razón por la que fueron capaces de seguirle a través de unos seis mil kilómetros de túneles subterráneos! Piénselo, De Marigny. Qué tarea se impusieron -recuperar la posesión de los huevos robados-, ¡y, por Dios, que casi estuvieron a punto de cumplirla! No, no me atrevo a destruirlos. Sir Amery lo intentó, ¿lo recuerda? ¿Y qué le sucedió?
Después de una breve pausa, Crow prosiguió: -Pero, después de haber meditado mucho en la parte de Sir Amery de los papeles de Wendy-Smith, he llegado a la conclusión de que sólo acertó a medias en sus cálculos. Mírelo de esta forma: ciertamente, si, como Wendy-Smith dedujo, el sistema reproductor de Shudde-M'ell y su especie es tan lento y tedioso, las criaturas no podrían permitirse el lujo de perder a otros dos miembros futuros de su raza. Pero estoy convencido de que había algo más en su venida a Inglaterra. Quizá lo tenían planeado desde hacía mucho tiempo…, ¡tal vez durante siglos, incluso eones! Como yo lo veo, el robo de los huevos de G'harne, finalmente, avivó a los moradores subterráneos a anticipar su actividad. Ahora bien, sabemos que vinieron desde Africa -con el fin de recuperar los huevos, por venganza o lo que fuere-, ¡pero carecemos de pruebas de que retornaran alguna vez!
-Claro -susurré, adelantándome para apoyar los codos sobre el escritorio, mis ojos abriéndose en iluminada comprensión-. ¡De hecho, en este momento, toda la evidencia está a favor de lo contrario!
-Exactamente -acordó Crow-. Estas cosas se están moviendo, Henri, ¿y quién sabe cuántos nidos puede haber o dónde se encuentran? Sabemos que poseen una morada en las Tierras Centrales, por lo menos, es lo que sospecho; y otra en Harden, en el nordeste…, ¡pero podría haber docenas más! No olvide las palabras de Sir Amery: «… aguarda el momento en que pueda infestar todo el mundo con su asquerosidad…… ¡Y, por lo que sabemos, esa invasión de 1933 quizá no fue la primera! ¿Qué me dice de las notas de Sir Amery, de esas referencias a la Muralla de Adriano y de Avebury? ¿Más nidos, Henri?
Se detuvo; supuse que por una falta momentánea de palabras.
Por ese entonces, yo me había incorporado, recorriendo de un lado a otro la parte de la habitación que Crow había despejado. Pero todavía… De nuevo me hallaba desconcertado. Algo que había mencionado Crow… Mi mente aún no había dispuesto de tiempo para ajustarse a esas revelaciones.
-Titus -comenté finalmente-, ¿a qué se refiere con eso de «un nido en las Tierras Centrales»? Quiero decir, veo que existe algún horror en Harden, pero ¿qué le hace suponer que hay uno en las Tierras Centrales?
-¡Ah! Se le ha pasado por alto un punto -repuso-. Aunque es comprensible, ya que todavía no conoce todos los hechos. Escúcheme: Bentham cogió los huevos el diecisiete de mayo,.Henri, y más tarde, aquel mismo día, Coalville, situado a trescientos kilómetros de distancia, sufrió aquellas sacudidas lineales que iban en dirección sur-norte. Yo lo veo de esta forma: un cierto número de miembros del nido de las Tierras Centrales se había acercado bastante a la superficie -donde la tierra, al no estar tan apisonada, es, naturalmente, más fácil para ellos de navegar-, con el fin de investigar la perturbación aparecida en el nido de Harden. Si une Harden y Coalville en un mapa -como yo he hecho, una vez más, siguiendo las pautas del documento Wendy-Smith- verá que se encuentran casi directamente al norte y al sur. Pero todo esto, a su vez, nos revela algo más -se excitó-…, algo que yo mismo he pasado por alto hasta ahora… ¡No hay ningún adulto de la especie «residiendo» en Harden! Estos cuatro huevos iban a formar el núcleo de un nuevo cónclave.
Dejó que su última frase penetrara en mi cerebro; luego, continuó:
-En cualquier caso, esta expedición de Coalville…, si quiere llamarla así, llegó a Harden aproximadamente sobre el veintiséis de ese mes, produciendo el derrumbamiento de la mina del que Bentham habló. Una vez allí, al descubrir que los huevos no estaban, que habían sido «secuestrados», supongo que puede decirse, las criaturas captaron el sendero mental que conducía hacia la casa de Bentham en Aiston.
Calló para coger un recorte de periódico que había en un pequeño montón sobre su escritorio, y me lo pasó para que lo inspeccionara.
-Como puede ver, Henri, hubo temblores en Stenhope, en el condado de Durham, el día veintiocho. ¿Necesito indicarle que Stenhope se encuentra directamente entre Harden y Aiston?
De nuevo me dejé caer en la silla y me serví un buen trago del brandy de Crow.
-¡Titus, está claro que no puede guardar los huevos aquí! -le advertí-. ¡Por todos los cielos, puede que incluso ahora -invisibles, silenciosos, a excepción, quizá, de unos profundos temblores registrados en el equipo de un científico- estos pulpos, estos vampiros subterráneos, vengan de camino hacia aquí, abriéndose Paso a fuego a través de las entrañas de la Tierra! ¡Se ha colocado en el mismo peligro que se encontraba Bentham antes de enviarle los huevos! -Entonces, súbitamente, se me ocurrió una idea. Me adelanté para dar un golpe sobre la mesa-. ¡El mar! -grité. Crow pareció sorprendido por mi exabrupto. -¿Eh? -preguntó-. ¿Qué quiere decir con eso de «el mar», De Marigny?
-¡Que es la solución! -Hundí el puño en la palma de mi mano-. No hace falta destruir los huevos y arries-garse a la venganza de las criaturas adultas… Sencillamente, ¡llévelos al mar y tírelos a las profundidades! ¿No comentó Sir Amery que le tenían miedo al agua? -Es una idea -replicó despacio Crow-, pero… -¿Bien?
-Bueno, tenía pensado emplear los huevos de forma diferente, Henri. Quiero decir, usarlos de forma más constructiva. -¿Usarlos?
-Tenemos que detener a Shudde-M'ell de una vez por todas, amigo mío, y disponemos de la clave aquí, en nuestras propias manos -tocó la caja con una uña-. Si tan sólo se me ocurriera un plan, un sistema que pudiera funcionar…, descubrir una manera de utilizar estas cosas. Pero necesito tiempo, lo cual significa quedarme con los huevos, lo cual, a su vez, significa…
-Titus, aguarde -le interrumpí con rudeza, alzando las manos. Había algo que me rondaba la mente, algo que requería mi concentración. Súbitamente, lo tuve claro y chasqueé los dedos-. ¡Claro! Sabía que algo me estaba inquietando. Ahora bien, corríjame si me equivoco, pero, ¿seguro que este Shudde-M'ell y su especie aparecen en el Ciclo de Cthulhu?
-Sí -mi amigo asintió, visiblemente desconcertado y tratando de decidir adonde quería ir a parar.
-Es asi de simple -dije-. ¿Cómo es que estas criaturas no fueron hechas prisioneras por los Dioses Mayores, igual que sus espantosos hermanos y primos en la mitología, hace incontables millones de años?
Obtuve un punto. Crow frunció el ceño y se alejó rápidamente del escritorio, atravesando la estancia para ir a una estantería a sacar su copia de Feery, Notas del Necronomicón.
-De momento, nos arreglaremos con ésta -indicó-, por lo menos, hasta que pueda hacer que compruebe por sí mismo el Necronomicón en el Museo Británico. Entonces, tendrá que leer ¡todo el libro! Sin embargo, es peligroso, Henri. Yo lo leí hace tiempo y me vi obligado a olvidar casi todo lo que descubrí… ¡Era eso o la locura! De hecho, creo que deberíamos limitar su investigación a porciones selectas de la traducción de Henrietta Montague. ¿Desea ayudarme?
-Por supuesto, Titus -respondí-. Sólo tiene que darme sus órdenes. Sabe que las cumpliré lo mejor que pueda.
-Bien, entonces ésa será su tarea especial en este asunto -me dijo-. Me ahorrará mucho tiempo si coteja y analiza todo el Ciclo de Cthuihu, con especial referencia al papel de Shudde-M'ell en la mitología. Más tarde le haré una lista de libros que considero que pueden serle de ayuda. Ahora mismo, veamos qué tiene que comentar Feery al respecto.
En ese momento nos era imposible saberlo, pero las cosas no saldrían tal como Crow las planeara, ya que los acontecimientos que aún estaban por venir seguro que habrían estropeado cualquier trama que él hubiera pensado. Sin embargo, no podíamos saberlo, de modo que mi extenuado amigo pasó las hojas de la a menudo fantasiosa reconstrucción de Feery del terrible libro de Alhazred hasta que localizó la página que buscaba.
-Aquí está -declaró-, el pasaje titulado: «El poder en la estrella de cinco puntas». Se acomodó en el sillón y comenzó a leer:
"La armadura contra las Brujas y Demonios, contra vosotros, Profundos, Dools, Vormais, Fantasmas, Valusianos, y todos los pueblos y seres que sirven a los Grandes Antiguos y sus Vastagos, yace dentro de la estrella de cinco puntas tallada en piedra gris de la antigua Mnar; que es menos fuerte contra vosotros, los mismos Grandes Antiguos. El poseedor de la piedra será capaz de comandar a todos los seres que se arrastran, nadan, reptan, caminan o vuelan, incluso desde la Fuente de la que no hay retorno. En Yhe como en la Gran R'lyeh, en Y'ha-nthlei como en Yoth, en Yuggoth como en Zothique, en N'kai como en Naa-Hk y K'n-yan, en Carcosa como en G'harne, en las ciudades gemelas de Ib y Lh-yib, en Kadath, en el Yermo Frío como en el lago de Hali tendrá Poder; pero, así como las estrellas se consumen y se vuelven frías, así como los soles mueren y los espacios entre las estrellas se ensanchan, así decrece el poder de todas las cosas…, de la estrella-piedra de cinco puntas como de los hechizos puestos sobre vosotros, Grandes Antiguos, por los benignos Dioses Mayores, y llegará ese Tiempo como una vez hubo Tiempo en el que se sabrá que:
No está muerto aquello que puede dormir toda la eternidad.
Y, con los extraños eones, tal vez hasta la propia Muerte perezca.
-En Carcosa como en G'harne -repetí cuando Crow finalizó-. ¡Bien, parece que ahí lo tenemos!
-Sí -respondió a secas, mirando el libro abierto con ceño fruncido-, pero estoy convencido de que ésta es una versión diferente de la copia del Necronomicón que hay en el Museo. ¡Por Dios, desearía que Feery todavía viviera! A menudo me he preguntado cuál era su conocimiento acerca del Necronomicón…, por no decir nada de muchos otros libros extraños. Sin embargo -señaló con la uña la página que mostraba ese pasaje relevante-…, por lo menos, ahí tiene parte de su respuesta.
-Da la impresión de que Shudde-M'ell fue apresado en G'harne -me quedé pensativo-. Lo que significa que, de algún modo, ¡consiguió escapar! ¿Cómo?
-Es algo que tal vez jamás averigüemos, Henri, a menos que… -los ojos de Crow se abrieron mucho, y la cara se le puso pálida. -¿Sí, de qué se trata, Titus?
-Bueno -repuso despacio-. Tengo mucha fe en Alhazred, incluso en la versión de Feery. Es un pensamiento monstruoso, lo sé, pero. a pesar de ello, es posible que la respuesta se encuentre en lo que acabo de leer: «… así decrece el poder de todas las cosas… de la estrella-piedra de cinco puntas como de los hechizos puestos…».
-¡Titus! -le interrumpí-. Lo que está diciendo es que los hechizos de los Dioses Mayores, el poder del pentáculo, ha desaparecido…, y si es verdad…
-Lo sé -contestó-. ¡Lo sé! También significa que Cthulhu y los otros se encuentran libres para moverse y matar -se sacudió, como si se soltara de alguna telaraña monstruosa, y logró esbozar una débil sonrisa-… Pero no, no puede ser… No, sabríamos si Cthulhu, Yog-Sothoth, Yibb-TstIl y los demás estuvieran libres. Lo habríamos sabido hace mucho tiempo. Todo el mundo… -Entonces, ¿cómo explica…? -No intentaré explicar nada, Henri -replicó con brusquedad-. Sólo puedo ofrecer conjeturas. Me da la impresión de que hace algunos años, hasta un siglo o más atrás, los hechizos o las piedras-estrellas -sea cual fuere el que se aplique al caso de Shudde-M'ell- hubieran sido eliminados de G'harne por algún medio. Quizá por accidente, o quizá adrede…, ¡por personas sometidas al poder de los Grandes Antiguos!
-Por maldad o inadvertidamente…, por personas bajo el poder de los Grandes Antiguos…, es algo que puedo comprender -comenté-, pero ¿accidentalmente? ¿Cómo, Titus?
-¡Existe la posibilidad de todo tipo de accidentes naturales, Henri! Deslizamientos de tierra, inundaciones, erupciones volcánicas, terremotos -me refiero a temblores naturales-; y cualquiera que tuviera lugar en el sitio adecuado, sería capaz de arrastrar las piedras-estrella que mantenían a uno o más de estos variados monstruos prisioneros. Todo ello, claro está, siempre que, en el caso de Shudde-M'ell, los únicos métodos de confinamiento fueran las piedras-estrellas.
Al escuchar al ocultista, mi mente comenzó a girar repentinamente como un torbellino. Durante un momento, me sentí enfermo de verdad.
-¡Titus, aguarde! Es… demasiado rápido para mí… ¡Demasiado rápido! -Hice un esfuerzo consciente para calmarme-. Mire, Titus, el concepto que tengo de las cosas, de todo, se ha vuelto del revés en una sola tarde. Quiero decir que siempre he sentido interés en lo oculto,
lo extraño, lo macabro, cualquier cosa fuera de lo corriente, y, en ciertos momentos, ha sido peligroso. A lo largo de los años, los dos hemos experimentado peligros espantosos… ¡Pero esto! Si reconozco la existencia de Shudde-M'ell…, una deidad menor en una mitología que siempre creí que jamás podría ejercer sobre mí algo que no fuera un interés pasajero…, y que ahora -observé con asqueada fascinación la caja que había sobre la mesa-… parece que debo reconocer…, entonces, ¡también debo creer en la existencia de todos los otros horrores con los que está relacionado! Titus, hasta hoy, el mito del Ciclo de Cthulhu, y acepto que lo he estudiado con gran profundidad, era, simplemente, un mito; fascinante y, sí, incluso peligroso…, ¡pero únicamente en la manera que todos los estudios ocultistas lo son! Ahora…
-Henri -me cortó Crow-. Henri, si siente que se trata de algo que no puede aceptar, la puerta está abierta. Todavía no se ha involucrado, y no existe nada que pueda impedirle mantenerse al margen. Pero, si decide que desea entrar en esto, bienvenido será… ¡Sin embargo, ha de saber ahora que tal vez resulte más peligroso que cualquier otra cosa con la que se ha enfrentado antes!
-No es que tenga miedo, Titus; no me malinterprete -le aseveré-. ¡Sólo se trata del tamaño del concepto! Sé que hay acontecimientos extramundanos, y yo mismo he probado unas cuantas experiencias que únicamente pueden ser explicadas como «sobrenaturales», pero siempre han sido la excepción. Lo que me pide que crea es que el mito del Ciclo de Cthulhu es nada menos que un hecho prehistórico…, ¡lo que significa que las mismas bases de nuestra esfera de existencia están construidas sobre una magia alienígena! Si ése fuera el caso, entonces lo "oculto» es normal, y el Bien salió del Mal, ¡en oposición a la mitología cristiana!
-Me niego a ser arrastrado a una discusión teológica, Henri -respondió-. Sin embargo, sí, ése es mi concepto básico de las cosas. No obstante, aclaremos uno o dos puntos, amigo mío. En primer lugar, por «Magia» lea "Ciencia". -No le sigo.
-¡Un lavado de cerebro, Henri! Los Dioses Mayores sabían que no podían esperar mantener prisioneros para siempre a unos seres tan poderosos como las deidades del Ciclo de Cthulhu detrás de unas simples barras físicas. Hicieron que las prisiones fueran las mentes de los mismos Grandes Antiguos…, ¡quizá incluso sus cuerpos! Implantaron bloqueos mentales y genéticos en las psiques y seres de las fuerzas del mal y de todos sus secuaces, de modo que ante la visión de -o al sentir la presencia de- ciertos símbolos, o al oír dichos símbolos reproducidos como sonidos, las fuerzas del mal eran inmovilizadas, ¡impotentes! Ello explica por qué unos aparatos relativamente simples, como las piedras-estrella de Mnar, son efectivos, y por qué, ante la posibilidad de que las piedras fueran sacadas de sus emplazamientos de confinamiento, ciertos cánticos o símbolos escritos son capaces de conseguir que los poderes liberados deban retroceder.
Durante un momento, la explicación me dejó más perdido que antes; pero, luego, con suspicacia, pregunté:
-Titus, ¿conoce esto desde hace tiempo, o es algo que se acaba de inventar?
-La teoría ha sido mi opinión personal desde hace bastante, Henri, y explica muchas cosas hasta ahora «inexplicables». También creo que se alude a ella en un pasaje bastante críptico del Cthaat Aquadingen. Como usted sabe, el libro tiene un capítulo corto dedicado a "¡Entrar en contacto con Cthulhu en sueños!" Piadosamente, los medios reales para realizar esta proeza monstruosamente peligrosa sólo se dan en clave -en números prácticamente imposibles- y están relacionados de alguna forma desconocida con Nyarlathotep. No obstante, en ese mismo capítulo, el autor hace una declaración muy relevante para probar mis propias creencias en referencia a los Dioses Mayores en su papel de científicos. Por aquí tengo una nota que copié para tener como una referencia fácil. -Buscó sobre la atestada superficie de la mesa-. ¡Ah! Aquí está. Posee paralelismos definitivos con cosas que se conocen mucho mejor en el Ciclo de Cthulhu, y, ciertamente, parece adaptarse bien a la más reciente mitología cristiana. Escuche:
"La ciencia, tal como la practica la Mayoría de los Mejores, fue, es y siempre será la del Sendero de la Luz,
infinitamente reconocido a través de todo el Tiempo, el Espacio y los Ángulos como beneficiosa para la
Continuación del Gran Todo. Sin embargo, algunos de vuestros Dioses, de Naturaleza rebelde, eligieron ignorar
las Sentencias de vuestra Mayoría, y en la Penumbra constante del Sendero Oscuro renunciaron a su Libertad
inmortal en el Infinito y fueron desterrados a Lugares adecuados en el Espacio y el Tiempo. Pero, incluso en
su Destierro, los Dioses Oscuros se alzaron contra los Mejores, de modo que los Seguidores del Sendero de la
Luz se vieron obligados a aislarlos en el Exterior de todo Conocimiento, imponiendo sobre sus Mentes algunas
Trabas y el temor de los Modos del Sendero de la Luz, y marcando en sus Cuerpos un Estigma que desafía las
Generaciones, para que los Pecados de vuestros Padres puedan ser purgados por toda la Eternidad y ser visitados
por vuestros Hijos y los Hijos de vuestros Hijos para siempre, o hasta que el Tiempo se unifique como en otra ocasión,
cuando todas las Barreras se desmoronen, y las Estrellas y sus Moradores, y el Espacio entre las Estrellas y sus Moradores,
y todo el Tiempo, los Ángulos y sus Moradores sean guiados en falsedad hacia la Noche definitiva del Sendero Oscuro…
Hasta que el Gran Todo se cierre y se convierta en Uno, y Azathoth venga con su Gloria Dorada y el Infinito comience
una vez más…
Crow se detuvo al final de su lectura antes de decir: -Por supuesto, hay bastantes cosas que resultan irrelevantes, pero en conjunto creo que…
-¿Por qué no me lo contó todo apenas llegué? -le interrumpí.
-No estaba preparado, amigo mío -esbozó una sonrisa melancólica-. ¡Y apenas lo está ahora! Medité sus palabras un instante. -Si no lo comprendo mal, ¿lo que asevera es que no existe nada parecido a lo sobrenatural? -¡Exacto!
-Pero usted ha empleado la palabra muy a menudo; y, recientemente, en su contexto reconocido.
-Por puro hábito, Henri, y porque su concepto de la existencia aún acepta su uso…, y lo seguirá haciendo durante un tiempo, igual que el mío, hasta que nos acostumbremos a la idea. Me quedé pensativo.
-La magia de los Dioses Mayores era una especie de ciencia psiquiátrica -musité-. ¿Sabe, Titus? Me resulta mucho más fácil enfrentarme a un concepto alienígena que a uno sobrenatural. ¡Vaya! Todo se reduce simplemente a esto: las fuerzas combinadas del mal, los Grandes Antiguos, no son nada más que seres alienígenas o fuerzas contra las cuales será necesario emplear armas alienígenas.
-Bueno, básicamente, sí. Deberemos luchar contra esas cosas con las armas que dejaron los Dioses Mayores. Con cánticos y encantaciones…, bloqueos mentales y genéticos implantados científicamente…, con el poder del pentáculo, pero, en gran parte, con el conocimiento de que no se trata de fuerzas sobrenaturales, sino, sencillamente, de fuerzas exteriores.
-Aguarde. ¿Qué me dice de los acontecimientos «sobrenaturales", en todas sus diversas formas, que hemos encontrado en el pasado? ¿También surgieron de…?
-Sí, Henri, he de creer que así es. Todos esos acontecimientos tienen sus raíces en la antigua ciencia de los Dioses Mayores, procedentes de un tiempo anterior al tiempo. Y ahora, ¿qué me contesta, De Marigny…? ¿Está conmigo o…? -Sí -respondí sin más titubeos. Me incorporé para estrechar con firmeza su mano extendida sobre el gran escritorio.

v
LA MENTE MALIGNA (De los libros de notas de De Marígny)
NO ME MARCHÉ de la Casa Blowne hasta bien entrada la noche, pero, por lo menos, tenía una idea (por alguna razón, todavía algo más que vaga) de lo que me aguardaba. Crow no me había impuesto una tarea ligera; por el contrario, siempre había sido duro con sus asignaciones; sin embargo, sabía que, en esta ocasión, había cargado sobre sus hombros con la mayor parte del trabajo. Tal como sucedió, nunca llegué a comenzarla; por lo tanto, no tendría sentido que la detallara.
Entonces, dejando de lado esto, trazamos un sistema, aparentemente infalible en su sencillez, en el que a Shudde-M'ell (o cualquiera de su especie que abandonara los nidos ingleses) le costaría -de hecho, le resultaría imposible- recuperar los huevos de Harden. Crow había escrito tres cartas a amigos de toda su confianza.
Una iba dirigida a un viejo y excéntrico recluso que vivía en Stornoway, en las Hébridas; otra, a un antiguo conocido por correspondencia americano con el que a lo largo de los años había intercambiado muchas cartas, el muy erudito Wingate Peaslee, hasta hace poco profesor de psicología en la Universidad de Miskatonic, en Massachusetts; y, finalmente, la tercera fue a una médium charlatana, conocida y apreciada por él desde tiempo atrás, una tal madre Quarry de Marshfíeld, cerca de Bristol.
El plan era el siguiente: sin aguardar respuesta a las cartas, enviaríamos los huevos primero al profesor Peaslee, en América. Éste, por supuesto, recibiría la carta aérea un poco antes que el paquete conteniendo los huevos. Tifus tenía suficiente confianza en su amigo como para quedar satisfecho de que sus instrucciones serían seguidas al pie de la letra. Éstas eran sencillas: mandar los huevos en las primeras veinticuatro horas a Rossiter McDonaId, en Stornoway. De forma similar, éste recibiría órdenes de despacharlos sin mucha demora a la madre Quarry, y, eventualmente, de esta mujer de "talento» regresarían de nuevo a mí. Digo «de nuevo» porque, al marcharme de la Casa Blowne, me llevé la caja conmigo, bien empaquetada y dispuesta a salir por correo. Yo iba a ser el primer eslabón en la cadena postal. También deposité las cartas camino de mi hogar.
Mostré mi total acuerdo con mi inteligente amigo de que los huevos debían estar fuera de la Casa Blowne aquella noche -de hecho, había insistido en ello-, porque ya llevaban bastante tiempo bajo su techo, y, visiblemente, Crow había comenzado a notar la tensión de su presencia. Me reconoció que se sobresaltaba, nervioso, con el más leve crujido del parqué, y, por primera vez desde que fuera a su peculiar bungalow de atmósfera cargada, había comenzado a asustarse con los gemidos de un árbol especialmente sonoro que tenía en el jardín.
Pero, sabiendo lo que sabía y creyendo lo que creía - no creíamos-, su nerviosismo resultaba natural. En realidad, y por encima de todo, la presencia de esos huevos en su casa, aparte del excesivo trabajo al que se había sometido recientemente, era responsable del rápido deterioro de su bienestar general desde la última vez que le viera. ¡Tenía la convicción de que no habría requerido mucho tiempo para que comenzara a deslizarse por el mismo sendero degenerativo tomado por Sir Amery Wendy-Smith!
Debe ser fácil comprender por qué apenas pegué ojo aquella noche; sin embargo, yací en la cama de mi casa de piedras grises dándole vueltas en la cabeza a la enomidad del nuevo concepto que se me había pedido que aceptara. De hecho, lo había aceptado, pero todavía necesitaba meditar en sus detalles, aunque no fuera más que con el fin de aclarar el cuadro global y pulir cualquier irregularidad de sus bordes. Para ser franco, mi mente parecía más que abotargada, como si estuviera padeciendo una especie de resaca. Sin embargo, existía otra razón más inmediata para justificar mi insomnio… ¡La caja con las esferas lustrosas se hallaba sobre la mesita de noche al lado de la cama!
Arreglando nervioso la almohada (algo que hacía más o menos cada media hora), le di vueltas en la cabeza a! asunto una docena de veces, buscando grietas sin encontrar ninguna: ni en el plan inmediato de Crow para Pedir que los moradores subterráneos recuperaran la posesión de los huevos, ni en las premisas de su increíble temor; sin embargo, ¡sabía que había algo básicamente equivocado! Lo sabía. El error se encontraba ahí, sumergido en un rincón de mi mente, sin querer salir a la superficie.
Si tan sólo desapareciera la niebla que inundaba mi cabeza… Cierto es que mi estado de ánimo de aplastante depresión había desaparecido, ¡pero ahora estaba esa maldita niebla que me obnubilaba todo!
Claro que yo no conocía personalmente a los viejos amigos de Crow a los que les había enviado las cartas; no obstante, él tenía una fe tremenda en ellos, especialmente en Peaslee. En la misiva al profesor, Crow había perfilado el boceto de toda esa fantástica amenaza contra la Tierra -hipotéticamente, pero con suficiente claridad como para insinuar su relación personal en el asunto-, y, en mi opinión, dejándome como un hombre de vasta inteligencia, Crow había puesto en peligro todo el caso. Después de escuchar la carta escrita con prisas, le señalé sin ambages que Peaslee podría verla como el desvarío de una mente trastocada. Como él mismo había dicho: «Maldita sea si sé en quién puedo confiar..». Sin embargo, únicamente se rió entre dientes ante mi sugerencia, comentando que le parecía improbable, y que, en cualquier caso, aunque no fuera más que por su vieja amistad, Peaslee llevaría a cabo lo que le pedía con respecto a la caja de huevos.
Había calculado un periodo máximo de tres semanas para el recorrido circular que seguirían los huevos, aunque se había tomado la molestia de pedir que le enviaran cartas de confirmación referentes a su envío. Medité en ello y… ¡Ahí estaba de nuevo!
¿Qué era ese hormigueo que recorría mi mente cada vez que pensaba en el trayecto que seguirían los huevos por la mañana?
Pero, no, cada vez que intentaba cogerlo, se desvanecía, perdiéndose en la niebla de mi cabeza. Ya había experimentado con anterioridad esta sensación frustrante, y sabía cuál era la solución insatisfactoria: sencillamente, ignorarla y dejar que se solucionara por sí sola con el tiempo. No obstante, resultaba irritante…, y, en estas circunstancias, más que preocupante.
Entonces, dando vuelta en la cama, posaba los ojos sobre la caja de contenido enigmático y me los imaginaba, apenas luminosos con esa pátina nacarada que los recubría en la oscuridad de su féretro de cartón. Ello me lanzaba tangencialmente hacia otra pesquisa mental.
Le había preguntado a Crow acerca de aquella otra caja, la «incubadora», descubierta por Wendy-Smith en el emplazamiento de la muerta G'harne. ¿Por qué, quise saber, no se había descubierto un receptáculo similar en el túnel-cueva de Harden? Pero el extenuado ocultista (¿o debo llamarlo «científico»?) tampoco lo sabía. Finalmente, después de pensarlo un poco, había conjeturado que, posiblemente, las condiciones reinantes en aquel profundo y oscuro lugar se habían aproximado mas a la perfección para incubar los huevos que aquel criadero próximo a la superficie que era G'harne. Pero ¿y las tallas de la caja?, insistí… Momento en el que mi instruido amigo experimentó un escalofrío, contestándome que lo único que podía hacer era recomendarme, tal como en su día hiciera Sir Amery con su sobrino, los trabajos de Commodus y del hechicero Caracalla. Las imágenes de sus sueños habían sido más que suficientes como para que quisiera detenerse en los horrores que otros habían conocido, ya que en sus pesadillas habían aparecido más cosas que simples cefalópodos ciegos y obscenos. Igualmente, creía que los dibujos encontrados por Bentham en la cueva habían contenido mucho más de lo que el hombre se atrevió a mencionar…, ¡y quizá con toda razón! Ello avivó mi curiosidad, así que presioné a Crow hasta que, por fin, conseguí que se rindiera y me describiera con toda claridad algunas de las imágenes de sus sueños.
Me contó que en algunos hubo un intento simbólico por salir a la superficie, un estiramiento grupal de espantosos tentáculos; en otros, había claras escenas abiertas, opuestas a las subterráneas… ¡Y en éstas todo había sido un horror espantoso!
Recuerdo vividamente el modo de expresión de Crow, el vacío agrietado de su voz al decir: «En un fragmento de sueño había cuatro de ellos, De Marigny, alzándose como si fueran tractores de oruga sobre sus cuartos traseros, las bocas abiertas… Y allí había una mujer a la que estaban desmembrando y despedazando mientras la sangre manaba en torrentes…».
«Pero», insistí morbosamente, mi voz un susurro, «¿cómo unas criaturas sin cabeza podían tener… bocas?».
Incluso al tiempo de formular la pregunta, supe que no me gustaría la respuesta.
"Intente pensar en términos menos rutinarios, Henri", me había aconsejado con calma Crow. «Sin embargo, haga lo que haga, no lo medite demasiado, o con excesiva atención a los detalles. Estas cosas… son tan… alienígenas».
El recuerdo de las palabras de Crow y la forma en que las pronunció me hicieron incorporar con movimiento convulsivo para encender la luz. No pude evitarlo pero una linea de los Pensamientos, crípticos y antiguos, de Ibn Schacabao vino a mi cabeza, una frase que sabía que Alhazred había repetido en el Necronomicón: «¡Maligna es la mente que no está contenida en una cabeza!". ¡Por todos los dioses! ¡Mentes y bocas sin cabezas!
Normalmente, no soy una persona nerviosa -Dios sabe que, si ése fuera el caso, hace tiempo que hubiera abandonado algunos de mis intereses más extravagantes-, pero con los huevos en su caja al lado de mi cama, y con el conocimiento de que en alguna parte, muy lejos o, quizá, no tanto, en la profundidad de la Tierra, incluso ahora, unos moradores monstruosos ardían y bullían…, bueno, ¿quién podría afirmar que el simple hecho de iluminar mi dormitorio era un acto de cobardía?
Pero, de cualquier forma, aun con la luz encendida, no logré desterrar mi aprehensión. Las sombras danzaban donde antes no había ninguna -proyectadas por mi bata que colgaba de la puerta-, de modo que, antes de darme cuenta, me encontré calculando cuánto tiempo me llevaría salir de la cama y por la ventana en el caso de…
De nuevo alargué el brazo para apagar la luz, dándole adrede la espalda a la caja de cartón en un intento por quitarme su contenido de la cabeza…
Quizá me quedara dormido un rato, ya que recuerdo la unión de mis propios pensamientos somnolientos con las descripciones que hiciera Crow de algunos de sus sueños tal como yo rememoré su narración; y, cuando esto me despertó sudoroso, también recordé la explicaión que me dio de la primera vez que se percató de la existencia de esta amenaza subterránea.
¡G'harne! Al pensar en la expedición de Wendy-Smith en busca de aquel lugar, y en parte de sus desastrosos resultados, y al relacionar ciertos contenidos recientes de su voluminoso archivo de recortes y los detalles de las pesadillas subterráneas, Crow había sido conducido al documento de Wendy-Smith. Ese documento, junto con la carta de explicación recibida de Raymond Bentham, había relacionado el asunto en su cabeza. El resto, sencillamente, fue parte de su lógica inteligentemente aplicada, aunque estuviera inspirada por cosas muy extrañas.
También habíamos hablado del avance de Shudde-M'ell y su especie, pensando con más detenimiento en la liberación de aquel horror de la prisión de los Dioses Mayores. Crow se inclinaba a creer que esa deidad había escapado gracias a un cataclismo natural, y a mí no se me ocurría ninguna explicación mejor; sin embargo, ¿cuánto tiempo hacía que había tenido lugar esa convulsión de la Tierra…, y, desde entonces, cuánto se había extendido aquel cáncer? Wendy-Smith parecía haber estado preocupado por el mismo problema; no obstante, a Crow le habían parecido ridiculas las sugerencias de Sir Amery para combatir a esas criaturas.
-Piense en ello, De Marigny -me había dicho-. ¡Sólo piense en tratar de destruir a seres como Shudde-M'ell con lanzallamas! ¡Si esas mismas criaturas son de naturaleza volcánica! ¡Deben serlo! ¡Piense en las temperaturas y presiones necesarias para fusionar el carbón, la crisolita y lo que fuere en la composición de polvo de diamante de esas cascaras de huevos! Y en la habilidad que poseen para abrirse paso a través de la roca sólida.¿Lanzallamas? Ja! ¡Celebrarían una fiesta en el corazón de ese fuego! Sin embargo, de verdad me sorprenden los cambios que deben experimentar esos seres en su paso de la infancia a la edad adulta. Aunque ¿es sorprendente realmente? Supongo que los seres humanos sufren unas alteraciones igual de fantásticas: infancia, pubertad, menopausia, senilidad… ¿Y qué me dice de los anfibios, de las ranas, los sapos… y del ciclo del lepidóptero? Sí, me creo a la perfección que Sir Amery quemara a esos dos «infantes» con su cigarro… ¡Pero, por Dios, hará falta algo más para liquidar a un adulto!
Y Crow tenia sus propias ideas acerca de la proliferación secreta y subterránea de los horrores desde que sucediera ese tremendo desacierto de la naturaleza que él creía los había liberado.
-¡Desastres, Henri! Observe la lista de desastres causados por las llamadas sacudidas sísmicas «naturales», en particular durante los últimos cien años. Oh, ya sé que no podemos culpar a Shudde-M'ell de todos los temblores -si él, o eso, aún sigue vivo como jefe de su raza-, ¡pero, por todos los cielos, ciertamente que podemos atribuirle alguno! Ya disponemos de la lista que estableció Paúl Wendy-Smith; no se trata de gran cosa, pero ha costado algunas vidas. Chinchón, Calahorra, Agen, Aisne, y así sucesivamente. ¿Y Agadir? Dios mío, ¿no fue eso un espanto? Además, Agadir no se encuentra demasiado apartada de la ruta que tomaron para venir a Inglaterra allá en 1933. Mire el tamaño de Africa, Henri. Si hubieran partido en la dirección opuesta, esas cosas ya se habrían diseminado por todo el continente…, ¡incluso por todo el Oriente Medio! Depende de cuantos hubieran sido originalmente. Sin embargo, no debían ser muchos, a pesar de las «hordas» que menciona Wendy-Smith. No, no creo que los Dioses Mayores lo hubieran permitido. Pero ¿quién sabe cuántos huevos se habrán abierto desde entonces, o cuántos más aguardan el momento de romper el cascarón en algún refugio desconocido bajo la roca? A medida que pienso en ello, más espantosa me parece la amenaza.
Finalmente, antes de marcharme, y con gesto cansado, Crow me había apuntado una serie de libros que creía que yo debía investigar. Por supuesto, el primero de la lista era el Necronomicón, ya que la relación de aquel libro con el mito del Ciclo de Cthulhu era legendaria. Mi amigo me había recomendado la traducción resumida del manuscrito (que únicamente existía en una edición estrictamente limitada sólo para estudios académicos) que había realizado Henrietta Montague y que tenía el Museo Británico. Había conocido en persona a la señorita Montague, se hallaba a su lado cuando murió a causa de una enfermedad desconocida unas semanas después de haber completado su trabajo en el Necronomicón para las autoridades del museo. Yo sabía que mi amigo culpaba a esa tarea de su muerte; lo cual era uno de los motivos por los que una y otra vez me había advertido de no realizar un estudio demasiado penetrante del contenido del libro. Por lo tanto, quedaba claro que únicamente debía analizar las partes directamente relacionadas con Shudde-M'ell y seres como él, y cuidarme mucho de no involucrarme demasiado con el libro en su totalidad. El mismo Crow se encargaría de que tuviera una copia a mi disposición del trabajo erudito de la señorita Montague.
El siguiente en la lista era Pensamientos, de Ibn Schacabao, también en el Museo Británico, pero guardado en un gabinete de cristal debido al deterioro al que estaba sometido. Aunque el museo había adoptado las precauciones naturales -se le había aplicado un tratamiento químico, se habían sacado fotocopias (una de las cuales dispondría para mi lectura, que debería ser más exhaustiva de la que había realizado hacía algunos años)-, el venerable tomo se estaba descomponiendo.
La lista continuaba con dos conocidos pequeños volúmenes de Commodus y Caracalla respectivamente, y sólo porque sus autores habían sido mencionados por Wendy-Smith; y, justo después de éstos, venían las secciones traducidas del casi indescifrable Manuscrito Pnakotic, también por la misma razón. De forma similar se incluía la Historia de la. Magia, de Eliphas Levi, y, finalmente, esta vez sacado de la biblioteca de Crow (lo había protegido con sumo cuidado), su copia del infame Cultes des Goules. Él mismo lo había estudiado tan a menudo, que temía pasar por alto algo en otra inspección personal. No obstante, cuando se lo pregunté, me contestó que planeaba brindarle su atención al Cthaat Aquadingen, había mucho en ese libro espantoso -paticularmente en los dos capítulos centrales, que Crow hacía tiempo había encuadernado por separado- que bien podía aplicarse al caso. Tal como antes he declarado, la mayoría de estos escritos ya los había leído, pero sin otro propósito que la curiosidad ocultista y macabra.
Imagino que podría suponerse que mi programa debería incluir también los Fragmentos G'harne, y, por supuesto, así habría sido si esos restos delicados se hubieran encontrado en alguno de los cuatro idiomas con los que estoy familiarizado. En principio, sólo habían existido dos autoridades sobre los fragmentos: Sir Amery Wendy-Smith, que al morir no dejó nada de las interpretaciones realizadas por él, y el profesor Gordon Walmsley, de Goole, cuyas «notas chapuceras" contenían lo que daban a entender eran capítulos enteros de traducciones de la numerología críptica de los Fragmentos G'harne, pero que habían sido descartadas como una falsificación absurda por muchas autoridades de renombre. Por estas razones, Crow había omitido los fragmentos de su lista.
Estos y otros pensamientos pasaron por mi abotargada cabeza hasta que, eventualmente, volví a quedarme dormido.
Lo siguiente que recuerdo fue escuchar, aparentemente muy cerca, el terrible sonido y zumbido de voces monstruosamente alienígenas…; sin embargo, no fue hasta que me vi saltar de la cama con piernas espantosamente temblorosas, el cabello erizado, que me di cuenta de que únicamente había estado soñando. El sol ya había salido y llenaba el exterior con su luz.
A pesar de ello, e incluso entonces, esas palabras de horror seguían resonando asquerosa y monótonamente en mis oídos. Eran las mismas que aparecían en el documento de Wendy Smith:
Ce'haiie ep-ngh flhur G'arne fhtagn, Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell. Hai G'harne orr'e ep fThur, Shudde-M'ell ican-icanicas fThur orr'e G'harne.
Finalmente, cuando se fueron desvaneciendo para desaparecer por completo, sacudí la cabeza y, torpemente, me acerqué a la mesita de noche con el fin de cogerla caja de cartón y sopesarla. La examiné superficialmente, todavía medio dormido. Sinceramente, no sabía qué esperaba encontrar, pero no descubrí nada. Todo seguía igual que la noche anterior. Me aseé y me vestí, y apenas acababa de regresar de mandarle la caja de los huevos al profesor Peaslee en una oficina de correos local -todo de forma aletargada - cuando sonó el teléfono. Fue insistente, como enloquecido, pero, por alguna razón, dudé antes de cogerlo y llevarme el receptor al oído.
-¿De Marigny? Soy Crow. -La voz de mi amigo era urgente, eléctrica-. Escuche. ¿Ha facturado ya los huevos?
-Sí… He llegado a tiempo para el envío de la mañana. -¡Oh, no! -gimió; entonces, prosiguió- Henri, ¿tiene todavía la casa flotante en Henley?
-Claro. De hecho, la han usado hasta hace poco unos amigos míos. Les dije que podían habitarla durante una semana antes de marcharme a Francia. Ya se han ido; recibí la llave por correo anoche. ¿Por qué? -A pesar de la pregunta, me sentía extrañamente apático, cada vez más desinteresado.
-Guarde algunas cosas en una maleta, Henri, las suficientes como para unas mudas decentes durante uno o dos días. Iré a recogerle antes de una hora con el Mercedes. Ahora mismo estoy cogiendo algo de ropa.
-¿Eh? -inquirí, absolutamente perdido, sin desear saberlo-. ¿Ropa? -La niebla era densa en mi cabeza-. Titus… -me escuchaba como a cien kilómetros de distancia-… ¿qué sucede?
-¡Todo, Henri, y, en particular, mi razonamiento! ¿No ha oído las noticias de la mañana o leído los periódicos?
-No -respondí a través de un muro cada vez más espeso-. Acabo de levantarme. Dormí mal.
-¡Bentham ha muerto, De Marigny! El pobre diablo… Hubo un hundimiento en Aiston. Tendremos que Avisar de manera drástica nuestros pensamientos. La casa flotante es un regalo del cielo.
-¿Eh?¿Qué?
-¡La casa flotante, Henri! ¡Es un regalo del cielo! Tal como dijera Sir Amery: «No les gusta el agua». Le veré en una hora.
-Titus -comenté con tiento, apenas consiguiendo que me escuchara antes de colgar-, ¡por el amor de Dios, hoy no! Yo… de verdad que no me siento predispuesto a ello. Quiero decir… es una maldita molestia…
-Henri… -titubeó, con un tono de voz sorprendido; luego, con una comprensión extraña, añadió-: Así que se han dirigido a usted, ¿verdad? -Entonces, sonó pausado y tranquilo-. Bueno, no hay de qué preocuparse. Hasta luego. -Y cortó.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que escuché la infernal llamada a mi puerta, Junto con el timbre, pero durante mucho rato, sencillamente, la ignoré. Entonces, a pesar del deseo de cerrar los ojos y volver a quedarme dormido, me erguí en el sillón y logré ponerme de pie e ir a la entrada. Bostezando, la abrí… y casi fui derribado cuando una frenética figura vestida de negro entró.
Era Titus Crow, claro…; sin embargo, sus ojos centelleaban con una extraña y salvaje pasión, completamente ajena a su carácter, tal como yo lo había conocido.

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