Capitulo 4 Los Devoradores De Los Muertos

LAS caravanas que cruzan el Roba el Khaliyeh deben enterrar a sus muertos por el camino, pues los cadáveres no tardan en pudrirse con el calor del desierto, y al cabo de dos días nadie soportaría la presencia del cuerpo, y ninguna bestia de carga lo querría llevar a cuestas. La única excepción es cuando muere en el viaje alguna persona adinerada, pues entonces la familia tiene medios para hacer envolver el cadáver en trapos empapados de miel, que tiene la propiedad de inhibir la descomposición. Se usa la miel para taponar la boca, las narices, los oídos, los ojos y demás orificios del cuerpo, y si se cierran bien todos, la carne se puede conservar durante varias semanas tal como estaba en vida.
El hombre que está solo en el yermo aprende a seguir las huellas de los camellos y a reconocer las tumbas de los que han muerto por el camino. Los cadáveres de las bestias no sirven de alimento, pues las criaturas del desierto los despojan enseguida hasta dejar solo los huesos limpios, pero los cadáveres de los hombres están protegidos por la tierra y las piedras que se amontonan encima. El viajero hambriento aprende pronto a servirse de la nariz para encontrar su sustento, y la sombra brillante que está de pie sobre el lugar del enterramiento, visible con mucha claridad con la segunda vista, es señal segura de que no tardará en llenarse el vientre. El viajero debe darse prisa si quiere llegar a una tumba reciente antes de que la encuentren los devoradores de los muertos, que dominan bien este género de caza y no suelen dejar reposar un cuerpo en la tierra más de un día y una noche.
Los de nuestra raza no suelen ver a estos ghouls, que son casi desconocidos salvo en las consejas que se cuentan para asustar a los niños, pero en las regiones más remotas del desierto no temen tanto ser descubiertos, sobre todo cuando solo los observa un vagabundo solitario que tiene el mismo propósito que ellos. Son de corta estatura y tienen los brazos y las piernas delgados, pero sus cuerpos son redondeados, con vientres hinchados, y su piel desnuda es negra, de manera que resultan casi invisibles para la vista ordinaria. No alcanzan más altura que la del codo de un hombre, y a primera vista parecen una banda de niños, salvo que se mueven en silencio, encorvados y rozando la arena con las garras de sus manos, con los ojos negros y relucientes atentos al peligro y mostrando entre los labios entreabiertos los dientes amarillentos, como los de un perro, pues olisquean el aire por la nariz y por la boca abierta para captar el olor de la muerte.
El hombre que está libre de miedo puede defenderse fácilmente de cinco o seis de estas criaturas sin más arma que una piedra grande o una tibia, pero el ruido de la pelea los atrae y se reúnen rápidamente en gran número, de tal modo que resulta prudente retirarse y dejarlos que disfruten del botín. Jamás consumen la carne de los vivos, pero saben desenterrar los cadáveres y enterrarlos, y cuando matan a un hombre lo cubren de tierra y regresan al cabo de un día para celebrar su festín.
No solo deben disputarse las presas con los zorros del desierto y con otros carroñeros de la noche, sino también con los chaklah’i, que despojan el cadáver de su virtud nutriente si no se los ahuyenta. Los chaklah’i y los devoradores de los muertos son viejos rivales, muy acostumbrados a tratarse, y en general suelen guardar la cortesía de respetar el derecho de la primera de las dos razas que descubre la tumba, a veces, los ghouls dejan partes del cadáver para que se alimenten los chaklah’i, y estos, a su vez, no extraen la virtud nutricia de los huesos de los muertos, sino que la dejan en el tuétano para alimento de los ghouls.
Los ghouls del desierto son más pequeños de cuerpo que los que acechan por las afueras de las ciudades, cerca de los lugares de enterramiento. La falta de alimentos y la dureza de la tierra los deja escuálidos pero muy resistentes, de modo que son capaces de soportar penalidades que costarían la vida a sus parientes que viven cerca de los asentamientos de los hombres. A pesar de estas diferencias, son una misma raza, con una misma lengua y hasta con unas mismas tradiciones.
Los del desierto cuentan entre ellos el relato de Noureddín Hassán, cabeza de una noble familia de Basora, que hizo un pacto con un ghoul de dicha ciudad, llamado en su propia lengua G’nar’ka, en el sentido de que, a cambio de que dejaran descansar en su tumba a su amada esposa sin molestarla, el hombre se comprometía a asesinar a ocho desconocidos en ocho noches sucesivas para entregar al ghoul sus cadáveres. Cuando Hassán había matado a siete conciudadanos suyos, se descubrieron los asesinatos, y el desventurado se quitó la vida para cumplir así su juramento. Este relato no es desconocido por nuestros contadores de cuentos, pero para los devoradores de los muertos tiene un significado especial, pues respetan por encima de cualquier otro vínculo la santidad de un trato, y cuando han acordado prestar un servicio, lo cumplen sin falta.
Cuentan otro relato acerca de este mismo ghoul de la ciudad, de cómo robaron sigilosamente una tumba sagrada, bajo una mezquita, durante el ayuno del Ramadán, y de cómo la gula del ghoul lo enfrentó con los fieles, pero es demasiado largo para referirlo aquí. G’nar’ka es una especie de héroe para su raza y sus hazañas sirven de argumento de muchos relatos.
Es recomendable que el viajero establezca buenas relaciones con los devoradores de los muertos ofreciéndoles la mayor parte de cualquier cadáver que desentierre a lo largo de las rutas de las caravanas. Esto no representa gran sacrificio, pues la carne muerta no tarda en estropearse en el desierto, y ningún hombre, por mucha hambre que tenga, sería capaz de consumir más que una parte pequeña del cadáver antes de que este se vuelva demasiado repugnante para mantenerlo en el estómago. A cambio de este acto de buena voluntad, las criaturas dejarán de atacarle, pues no son belicosas por naturaleza, y solo riñen por la comida, que siempre es escasa en los yermos.
Hablan con susurros roncos en su propia lengua, que es desconocida para los ajenos a su raza, pero a fuerza de escuchar las conversaciones junto a los fuegos de campamento de las caravanas han aprendido de la nuestra lo que les basta para darse a entender. Su conocimiento de los lugares antiguos del desierto es absoluto. Llevan incontables generaciones buscando su alimento entre las arenas, y han extraído de debajo de las piedras cosas más extrañas que los cadáveres. Lo que no saben los chaklah’i, los ghouls lo recuerdan, y lo que no se pueda descubrir interrogando a los de una raza, se podrá averiguar preguntando a los de la otra. A ninguna de las dos les sirven de nada las tumbas ocultas, ni las ciudades antiguas, ni el oro y la plata enterrados, y están dispuestos a ofrecer estos conocimientos a cambio de carne.
Cierto viajero adquirió en una ocasión de los devoradores de cadáveres la situación del valle de la ciudad perdida de Irem, la de las muchas columnas, pagándoles el precio extraordinario del cadáver de una hermosa doncella de buena familia que había sido envuelta en miel, después de haber sucumbido víctima de la mordedura de una serpiente. Los ghouls temen acercarse a los fuegos de campamento de las caravanas, por miedo a que los abatan los centinelas con sus flechas, pero se habían enterado de aquella muerte por haber oído hablar de ello casualmente a los familiares de la difunta, y el viajero, que tenía tratos con los ghouls, tuvo el valor y la maña suficientes para entrar a hurtadillas en el campamento, poco antes del alba, y llevarse el cadáver, que desprendía dulces gotas, mientras todos dormían, pero cuando aquellos a los que se había contratado para que lo custodiaran durante la noche ya se habían retirado a sus mantas.
El cuerpo no se consumió aquella noche, pues estaba demasiado fresco, conservado como estaba con miel, y la hora era tardía, pero el viajero hizo el mismo servicio de los custodios, velando el cadáver mientras este se pudría al sol y lo visitaban los escarabajos y las moscas, tras haberlo desenvuelto cuidadosamente y haberle limpiado la piel de su sudor dorado y pegajoso. A la noche siguiente fue devorado con deleite y se desveló el secreto del valle de Irem.

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