Capitulo 5 Irem La De Las Mucha Torres Sus Maravillas Y Sus

CORREN relatos sobre una ciudad de altas torres y cúpulas relucientes, en las profundidades del Espacio Vacío, lejos de las rutas y de los asentamientos de los hombres. Fue en su tiempo un gran centro de humanidad, un jardín bien regado con el agua de cisternas grandes y hondas que no se secaban nunca, alimentadas constantemente por corrientes subterráneas. La ciudad se llamaba Irem, célebre en todo el mundo por su belleza y por su maldad. Sus prósperos habitantes, enriquecidos por el tráfico constante con las caravanas que pasaban en épocas antiguas por sus puertas, camino de lugares lejanos, daban rienda suelta a su amor por la sensualidad y el lujo. No había paño demasiado costoso para sus cortesanas enjoyadas, ni vino demasiado fuerte para sus gruesos mercaderes, ni droga demasiado venenosa para los gustos perversos de su monarca y de sus cortesanos.
Sin previo aviso ni advertencia, la ciudad quedó destruida por un gran cataclismo que derribó sus columnas y sus cúpulas y las cubrió de arena, matando a todos los habitantes. Dice la leyenda que fue un juicio de Dios por la maldad de sus gentes, pero pocos hombres conocen la causa verdadera de su caída. El secreto solo se puede descubrir yendo allí y observando, e Irem lleva perdida para el mundo desde una época a la que no alcanzan las historias de los hombres. Era uno de los lugares del mundo que llevaban habitados tanto tiempo, que sus moradores ya habían olvidado quién había sido su primer fundador. Ahora no es más que una extensión de montículos polvorientos y de columnas rotas dispersas, y el misterio de su destrucción es tan hondo como el secreto de su creación.
Los devoradores de los muertos conocen la situación de Irem, pero no quieren ir allí, y solo conducen al viajero hasta las laderas exteriores de las colinas que rodean el valle donde se encuentran sus ruinas. Con todo, la puede encontrar el hombre que posee el secreto de las arañas blancas de los hongos radiantes. Come tres y espera a que caiga la noche ante las colinas del valle de la ciudad de las muchas torres. Verás brillar en la oscuridad, entre las arenas, una antigua ruta de caravanas que no se percibe al sol con la vista normal. Se adentra en el valle, entre dos colinas. Síguela, y oirás levemente, entre la brisa, el ruido de los guijarros que ruedan movidos por las pezuñas de los camellos que caminan, el tintineo de los herrajes de plata y bronce de sus arreos, el crujido de las sogas de cáñamo y del cuero engrasado, y quizá el murmullo de las voces. Todos estos sonidos proceden del pasado lejano, y es preciso no hacer caso de ellos, pues son una trampa para la imaginación de los incautos. Los que les prestan demasiada atención van cayendo en un sueño, y se despiertan junto a los camellos de las caravanas, perdidos para siempre para su propia época.
La franja plateada de la ruta de las caravanas conduce hasta la puerta de la ciudad, que está hundida y de la que no queda ningún vestigio. Sin embargo, a veces se distingue a la luz de la luna llena un arco pálido de piedras translúcidas, que es la sombra de la puerta que se hundió hace tantos siglos. Entra por la puerta. Los capiteles de las columnas parecen piedras desgastadas, pues no asoman más que un codo por encima de la arena, y los vendavales los han desgastado y deformado hasta dejarlos irreconocibles. Hay fragmentos dispersos de cerámica y de vidrio, que se encuentran con facilidad, pues relucen a la luz de la luna para el que ha despertado su segunda vista.
Sigue adelante hasta dejar atrás una colina a la izquierda y llegarás a una hondonada poco profunda pero ancha, muy parecida a las hoyas que se producen donde se hunde la arena. Baja por su ladera y sitúate en el centro. Has de saber que estás en el centro de la ciudad caída, allí donde se levantaba el palacio del rey. En ese punto comenzó el temblor de tierra que derribó las torres y que hizo hundirse el palacio bajo la superficie, hasta que no quedó al descubierto ningún resto suyo. Pero quédate allí de pie y escucha. ¿Oyes un rumor de arena que cae? Es un sonido tenue, que se puede confundir fácilmente con el ruido de un escarabajo que camina por una duna. Busca el origen del sonido, y allí encontrarás, en un hoyo más profundo al que no alcanza la luz de la luna, una abertura pequeña que parece la madriguera de un animal.
Ahora debes decidir si optas por entrar, o por marcharte de la hondonada y abandonar las ruinas de la hundida Irem. La entrada es peligrosa, no solo para la carne sino para la razón. Es posible que solo un hombre que ya está loco pueda entrar en las cisternas que están bajo Irem y soportar el espectáculo de lo que reside en su oscuridad, sin buscar la muerte para huir de aquel horror. Solo puede entrar el que se hace uno con la serpiente, extendiendo los brazos hacia delante y reptando con el vientre, tampoco puede entrar un hombre gordo, sino el que ha vivido mucho tiempo comiendo poco. El pasadizo es como el canal del parto, y solo cede con dificultad, tras mucho esfuerzo.
Cuando hayas vencido en la lucha y hayas caído al interior, encontrarás una cueva, cuyo suelo, cubierto de arena, desciende en pendiente. Todo es oscuridad, pero en las rocas hay incrustadas conchas de minúsculas criaturas marinas que brillan al verse con la segunda vista y aportan la iluminación suficiente para avanzar. Cuanto más se desciende, más amplia y ancha se hace la cueva. Se oye a lo lejos el tenue rumor de un goteo de agua, y se huele claramente el agua, aunque no se encuentra agua alguna. La cueva desemboca por fin en un vasto espacio cuyos límites no se ven, pues el brillo de las conchas marinas de las paredes no tiene fuerza para iluminar a más de una docena de pasos de distancia.
Allí viven unas ratas poco comunes por su gran tamaño. Se los percibe por el suave crujido de sus colas desnudas y escamosas, al rozar unas con otras, y no temen al extranjero, sino que se adelantan con ansia para asestarle bocados en la carne que tiene al descubierto, pero conocen las costumbres del desierto y no tardan en reconocer al que es amante del Espacio Vacío, y a partir de entonces guardan una distancia cortés. Su carne es magra pero alimenticia, de buen sabor, y los ojos resultan particularmente suculentos.
El viajero que sigue la pared curva de la caverna oscura descubre pronto que esta se abre de trecho en trecho a otros lugares semejantes, que tienen a su vez sus diversas aperturas, de manera que se descubre que todo lo que hay por debajo de Irem no es roca y arena, sino que son espacios vacíos con bóvedas sujetas por pilares de roca natural. En realidad, fue el hundimiento de una de estas cavernas lo que hizo sumirse bajo la superficie el palacio del rey, y el temblor de tierra provocado por este hundimiento hizo caer las cúpulas y las torres de la ciudad. Todo esto se puede deducir reflexionando durante los días de oscuridad y del silencio roto solo por el rumor de las ratas y por el goteo del agua fantasma que no se encuentra nunca. La sangre de las ratas es dulce y es suficiente.

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