* * *
I
No conozco mucho del bien y el mal, aunque estoy completamente seguro de la existencia del Diablo. Me apena no poder decir lo mismo de Dios. Por boca de su madre, me he enterado de que Catalina se acaba de suicidar usando un cepillo de dientes, hecho que tuvo lugar ante la impotente mirada de los vigilantes del sanatorio en el que se encontraba recluida. Debo decir que recibir esta funesta noticia ha sido como reabrir una vieja herida.
Recuerdo bien cómo empezó todo, ya que, por aquel entonces, yo acababa de entrar a la Universidad Austral. Yo venía de uno de los pueblos de alrededores de Valdivia, de Nueva Baviera, siendo uno de mis vecinos el controvertido Eric Krause. Quiso la casualidad que ambos acabásemos estudiando juntos; es por eso que, para bien o para mal, él fue una de las personas de las que me rodeé en mis primeros años de universidad. De Eric solo puedo decir que es un cobarde que ahora se miente a sí mismo, refugiándose en sus ficciones, ignorando la realidad y guardando un silencio cómplice en relación con Los Otros.
Como digo, lo recuerdo bien. Ese día estábamos en mi departamento y acabábamos de salir de clase. Eric revisaba silenciosamente un cuaderno de notas, algo habitual en él. Sin duda debía estar relacionado con la basura esotérica que tanto le interesaba. Como era de esperar, no me equivocaba con mi deducción. El problema es que, tal como pronto vería, sus cavilaciones involucraban a la que quizás fue la única mujer a la que he amado.
—¿Qué es eso, Krause? —le pregunté, mientras abría una lata de cerveza— llevas todo el día ensimismado, anotando en ese cuaderno.
—No lo entenderías —dijo, aún sin prestarme demasiada atención— pero puede que llegue a necesitar tu ayuda.
No pude reprimir una carcajada.
—Si es una de esas mierdas esotéricas, mejor mantenme alejado —mascullé—. Ya hasta los conserjes nos miran raro por culpa de esa basura del «Conversatorio Aquelarre» que organizaste en el auditorio.
—Esto es diferente —dijo, cerrando el cuaderno de notas—, creo que vas a cambiar de idea cuando te diga que tiene que ver con Catalina Braun.
—¿Catalina? —pregunté— ¿qué tiene que ver Catalina con todo esto? ¿La estás embaucando?
Catalina era mi exnovia, con la que había roto hacía cerca de medio año.
—Cada cual puede creerse sus cuentos —dijo riendo Krause—. Pero no, no es el caso. Aunque he visto que tiene un buen culo, no tengo pensado mezclar lo profesional con lo personal.
Di un golpe sobre la mesa.
—¿En qué mierda está involucrada, Catalina? —pregunté tajante— ¿Qué sucedió para que tuviera que recurrir a un charlatán de segunda como tú?
—¿Y se supone que eres mi amigo? —Eric rio nuevamente— Pues verás, la estoy ayudando con «lo de su hermano».
—¿Podrías decirme qué es eso «de su hermano»? —insistí— me preocupa.
Eric miró de reojo. Me conocía bien, sabía que yo aún sentía cosas por Catalina. Abrió el cuaderno de notas y me mostró una de sus páginas. Parecía el cuaderno de dibujo de un enajenado, como un diario de vida plagado de frases incoherentes, escritas íntegramente en mayúsculas y con un pulso que denotaba nerviosismo. Las frases que más se repetían parecían gritos de ayuda, una de ellas decía: «no puedo correr, me está siguiendo». Y, al lado de esa frase, había dibujado una extraña criatura humanoide, alta y negra como el betún. Me llamó la atención aquella figura, ya que era una imagen recurrente en el diario, cuyo número de brazos iba variando. Con frecuencia lo acompañaba un ojo tachado, que a menudo era usado como sustituto de la letra “o” cuando escribía la palabra “NO”. Este fenómeno parecía particularmente habitual en los fragmentos que denotaban un mayor nivel de histeria.
Al ver todo esto, un escalofrío me recorrió el espinazo. ¿En qué podía estar metida Catalina?
—¿Qué es todo esto? —pregunté casi susurrando— ¿de quién es este diario?
—Ya te dije que era «lo de su hermano» —dijo mientras sacaba un cigarrillo—. Es de Cristobal, hermano de Catalina. Tenemos suerte de haber conseguido el diario, ya que ahora está interno en el Hospital Transitorio de Nueva Baviera.
Hizo una pausa dramática mientras daba una calada al cigarro.
—El chico se intentó quitar la vida. Los médicos insisten en que es una psicosis o algo, pero Catalina cree que la cosa es más compleja. Es por ello que me pasó este diario.
Estaba molesto y aturdido. Había sido demasiada información de golpe.
—¿Por qué no me lo habías contado antes?
—Porque a ti no te interesa el esoterismo —dijo riendo—. Pero bueno, esta mierda es seria. Catalina logró esconder el diario mientras hacían los peritajes y me lo trajo, asumió que sabía algo al respecto.
—¿Y tienes idea de qué se supone que habla el cuaderno? —pregunté por curiosidad.
—Ni puta idea —dijo, apagando el cigarro— no reconozco ninguno de los garabatos, aunque siento que hay algo raro detrás de esto, ¿te fijaste en la figura? ¿la del hombre alto?— preguntó.
Asentí con la mirada, Eric sacó otro cigarrillo y me ofreció uno, se lo recibí a gusto.
—Me recuerda a una entidad muy conocida en el ámbito esotérico, o al menos eso me transmite, sobre todo en dibujos como este donde sale con varios brazos —dijo, mientras señalaba uno de esos dibujos.
—¿A qué entidad te refieres, si puede saberse? —pregunté.
Noté un repentino nerviosismo adueñarse de Eric. Dio una calada al cigarrillo tratando de disimularlo.
—No me gusta mencionarlo si no es necesario. Primero quiero estar seguro de no estar equivocándome con mi hipótesis.
—¿Cómo puedo ayudar? – pregunté.
—No deberías hacerlo —dijo tajante— Catalina me pidió explícitamente que no te involucrase, pese a que somos amigos.
—Déjate de tonterías, Eric —le dije con seriedad— sabes que aún siento cosas por ella. Y, además, tú mismo atrajiste mi atención sobre el tema, ¿qué hay de esa mierda de «creo que vas a cambiar de idea cuando te diga que tiene que ver con Catalina Braun»?
—He dicho que no «deberías» involucrarte —dijo mientras se ponía de pie y tomaba el cuaderno—. Pero lo cierto es que voy a necesitar tu ayuda de igual manera.
—¿Cómo? —le pregunté.
—Estoy seguro que hay más pistas en la casa de Catalina, a ti te conocen y, supongo que tu «ex-señora suegra» todavía confía en ti —dijo riendo— podrías decir que vas a saludar y…
—¿Y qué? —pregunté.
Eric se inclinó en la mesa con un dramatismo totalmente innecesario y dijo:
—Registras la casa, fotografías cualquier cosa sospechosa o, de paso, la robas. Si sientes que hay una energía rara o algo que no encaja, me lo comunicas. Presta atención sobre todo a la habitación del hermano.
Me quedé mirándolo con la misma cara con la que miraría a un neurótico.
—Tú… estás enfermo, Eric —le dije—. Lo que me pides es puro allanamiento de morada, eso no es normal…
—Para ti no es normal, por supuesto —dijo mientras se retiraba por la puerta—. Pero es la única forma en que puedes ayudar. Nos vemos mañana en la Universidad.
Eric se retiró de mi departamento, dejándome con más preguntas que respuestas. Vi la hora, eran las cinco de la tarde, así que asumí que podría ir a hacer una visita a la casa. No sabía si presentarme así como así sería buena idea, y mucho menos si lo que decía Eric sobre el intento de suicidio de Cristobal era cierto.
Tomé mi portátil y me metí al Messenger para dejarle un mensaje a Catalina preguntando si estaba bien. Ella replicó a los minutos con un «Eric te lo contó, ¿verdad?». Comenzamos a charlar y, aunque no me dio muchos detalles, sí accedió a que nos viésemos. Me dijo que estaba sola en casa, ya que su madre y su padre se encontraban en Nueva Baviera por el tema de su hermano. Esto me resultó grato: Eric pensaba que los padres de Catalina estaban en Valdivia con ella, pero no, ella le había mentido. Sin duda le ocultó información porque, de lo contrario, él ya hubiera ido a inspeccionar la casa por sí solo. Era evidente que no confiaba tanto en él como confiaba en mí. Me puse mi abrigo y cogí un taxi en dirección a la villa donde vive Catalina y, al llegar, vi que me estaba esperando en la puerta. En cuanto abandoné el auto, ella salió a mi encuentro a abrazarme.
—Ay, me alegra que hayas venido.
—¿Estás bien? —le pregunté— bueno, sé que no, pero…
—Tranquilo —dijo cabizbaja— en parte siento algo de culpa por no habértelo contado desde un inicio.
Entramos a la casa y nos dirigimos a la sala de estar, Catalina me ofreció algo de beber, pero no tenía ganas. Pese a que en ese entonces yo no me dejaba llevar por supersticiones, debo decir que la casa de por si me transmitía una «mala vibra». Se sentía fría y carente de vida, como si se tratara de una nevera llena de frutas podridas. Catalina se sentó a mi lado y comenzó la conversación. Pronto me di cuenta de que lo más prudente sería confiar esta vez en la «intuición esotérica» de Eric.
—¿Qué le pasa a tu hermano exactamente? —le pregunté— Eric me mostró el cuaderno…
Noté como contenía sus ganas de llorar.
—Fue bastante raro… —dijo, con un nudo en la garganta— llegaba de la escuela y no hablaba con nadie, no comía, solo escribía en ese cuaderno. Llegué a pensar que le hacían bullying o algo, así que fui a conversar con él al respecto.
—¿Y qué te dijo? —pregunté.
Catalina estalló en lágrimas, se acercó a mí y la abracé, tratando de calmarla, mientras entre jadeos y sollozos me decía:
—Cristobal… dice que… el diablo lo perseguía y… yo no lo creí… pensé que era una estupidez… si se lo hubiera comentado a alguien quizá… ¡quizá no se habría intentado colgar!
Intenté consolarla, pero yo también me sentía nervioso. La mención de que Cristobal estaba siendo perseguido por el diablo me resultó perturbadora, sobre todo porque el crio no ha de tener más de trece años. Hubo un instinto en mi que, en lugar de ser el paño de lágrimas de Catalina, me dijo que le hiciera caso a Eric.
Aparté con cuidado a Catalina de mi y me aseguré de que estuviera más calmada.
—Catalina —le dije, mi rostro aún cerca del suyo— ¿por qué recurriste a Eric?
Secándose las lágrimas con la manga, dijo:
—Porque él siempre está hablando de estas cosas ocultistas y de magia y… no puedo evitar pensar que mi hermanito dice la verdad. Ven, te mostraré.
Se puso de pie y la seguí. Subimos unas escaleras que llevaban a un pasillo y ella se quedó quieta frente a la puerta cerrada de la habitación de Cristobal.
—Asumo que Eric quería que vieras esto, ¿no? —dijo, tratando de sonreír entre lágrimas.
—En parte sí… —susurré.
Catalina se persignó.
—Espero que sirva de algo… te espero abajo.
Catalina retrocedió en dirección a las escaleras, dejándome en aquel pasillo tenuemente iluminado por la luz de la ventana. Frente a mi estaba la puerta que llevaba al cuarto de su hermano, es por ello que no pude evitar sentirme nervioso. No ayudaba nada esa «mala vibra» que se sentía, tal como comenté en un principio. Aunque yo no sabía mucho sobre estas cosas y el sentido común me decía que saliese de allí, yo quería hacer esto por ella. Así que, sin darle más vueltas, abrí la puerta.
Al hacerlo, sentí un ligero dolor de cabeza y mareos. Sin embargo fue algo breve, así que no le di a aquello la importancia que debería haberle dado. La habitación que se mostraba ante mí contaba con una cama individual, perfectamente ordenada, con un escritorio con un portátil cerrado y con un estante con algunos libros. No parecía haber nada particularmente raro. Observé, sin embargo, que las dos ventanas de la estancia estaban cubiertas con papel de periódicos, como si no quisiera que entrase la luz por ningún medio. O, tal vez, como si no desease ser visto desde fuera…
Recorrí con cuidado la habitación y me dirigí al estante, ya que no parecía haber nada fuera de lo común en el resto de la sala. Tenía mucha literatura de terror, de editoriales como EDAF. Abundaban, de hecho, las obras de H.P. Lovecraft. Y, sin embargo, más allá de la mera ficción no pude encontrar nada más. Sin embargo, noté como, en medio de unos tomos, parecía asomar sutilmente un pequeño panfleto. Lo saqué con cuidado: era un librillo negro con un símbolo que no logré reconocer, sobre el que resaltaba con elegantes letras blancas su título, «El Libro Negro de Alsophocus, edición del hermano Simeón». Solo con verlo experimenté un escalofrío. No quise ver lo que había dentro, aquello había sido suficiente. Lo guardé dentro de mi chaqueta con cuidado, dispuesto a enseñarselo a Eric y, quizás, leerlo en compañía suya.
Ya me disponía a abandonar la habitación cuando se me nubló la vista y un pitido asaltó mis oídos. Casi por instinto, recorrí el pasillo y bajé las escaleras. Fue casi como un acto reflejo. Volví en mí al llegar abajo, me restregué las manos por el rostro y vi a Catalina, de pie frente a mí.
—¿La viste? —me preguntó.
—¿El qué? —respondí confundido.
—La habitación —dijo.
—Ah, sí… —traté de mantener la compostura— ¿por qué puso esos periódicos en las ventanas?
Catalina suspiró.
—Asumo que por la creencia esa de que el diablo lo perseguía… pero los médicos dicen que solo está psicótico, aunque yo sé que debe haber algo más… ¿a ti qué te parece, desde tu punto de vista?
Asumí que Catalina no tenía idea de la existencia del libro que había encontrado.
—Sí, sí, la verdad no sé muy bien que opinar, así que se lo comentaré a Eric.
Catalina se me acercó y me dio un abrazo. Se despidió gentilmente, aunque noté que la preocupación seguía latente en ella. Le dije que, ante cualquier cosa, no dudara en escribirme, propuesta ante la que ella accedió casi sin pensarlo. Salí entonces de la casa y comencé a caminar por la villa, el sol ya se estaba poniendo y el crepúsculo me transmitía mucha inseguridad. Por un momento sentí miedo, así que me apresuré a llegar a casa. Luego llamaría a Eric para comentarle lo que había encontrado.
II
"Nyarlathotep reina en Sharnoth, más allá del espacio y del tiempo; sumido en las sombras de su palacio de ébano espera su segundo advenimiento y, en compañía de sus siervos Y acólitos, celebra impíos festines en lo más profundo de la noche.
Que nadie se interponga con conjuros y encantamientos que le conciernen, pues quedaría atrapado sin remedio. Que cuide el ignorante, lo dice el Libro Negro, pues terrible es en verdad la ira de Nyarlathotep”.
* * *
Con un texto puesto como “advertencia preliminar” abría el libro que encontré. No sé cuantas horas habrían pasado desde que llegué a casa. Recuerdo que al llegar lo primero que hice fue avisar a Eric de lo que encontré pero, tras eso, me invadió la curiosidad. Acompañado por una botella de bourbon, me dispuse a leer el libro.
El libro estaba plagado de letanías y de frases similares a la de la advertencia preliminar, haciendo alusión a Nyarlathotep, de quien ya había oído suficiente. Además, incluía una serie de símbolos que habrían sido añadidos en esta edición por quien decía ser «El hermano Simeón», sumado a ciertos ritos con instrucciones especiales que habrían sido puestos en práctica por el mismo Simeón. Todo esto me parecía desagradable, rayando en lo morboso y lo obsceno. Di un último trago al whisky, percatándome de que había pasado demasiado tiempo. Eric aun no llegaba y el sueño ya me invadía. Me dirigí entonces a la ventana para ver a la calle, había un par de personas caminando. Lo recuerdo bien, una noche normal en la ciudad de Valdivia. Pero, cuando dirigí mi vista a un árbol, iluminado por la fría luz de un farol… sentí el mismo aturdimiento que ya había experimentado previamente en la casa de Catalina.
Intenté enfocar la vista, algo raro había ahí, me lo decía mi intuición, mi pulso estaba acelerado. Y sí, entonces lo vi: no tenía rostro; no sé si es que estaba demasiado oculto pero los peatones parecían ignorar su presencia. Alto, delgado, vistiendo una suerte de traje negro. Aparté la mirada asustado y cerré las cortinas. Me pegue a la pared, mi corazón latía con fuerza, ¿quién o qué era él? Nervioso me reincorporé y tomé un sorbo de whisky de la botella, tratando de acallar la ansiedad. Casi lo escupo del susto al sentir como alguien golpeaba la puerta. Por suerte, el sobresalto se me pasó al escuchar la voz de Eric. Le abrí la puerta y volví junto a mi whisky, no quería saber nada. Sin duda, Eric debió notar que se me veía hecho mierda.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Lo estuve leyendo —le dije— está ahí.
Eric entró, no decía palabra alguna, tomó el libro y se sentó en el sofá. Yo le daba unos sorbos al whisky y le pregunté:
—¿Por qué te demoraste tanto?
Eric me miró confundido.
—¿De qué hablas? —preguntó.
—Te demoraste casi tres horas —le reproché.
Eric rió.
—Qué débil de mente eres… veo que el libro ya está afectando tu percepción de las cosas —casi parecía regodearse—. Me telefoneaste a las siete y media.
—¿Y? —pregunté.
—Son apenas las ocho con tres minutos —dijo, mostrando la hora en su celular.
Suspiré y me hice a un lado, con la mano cubriéndome el rostro. Era verdad, lo que yo sentí como tres horas había sido menos de media hora.
—Este libro lo conozco, sobre todo esta edición —dijo Eric— este es un facsímil que circula entre los miembros de la Orden y Proceso de la Estrella de Plata… ¿dices que estaba en el cuarto del hermano de Catalina?
Asentí con la cabeza.
—Es curioso los conceptos que este libro usa al definir a Nyarlathotep —dijo mientras lo hojeaba— el hermano Simeón decidió estudiarlo, tras notar ciertos paralelismos con el morador de las tinieblas venerado por la Iglesia de la Sabiduría de las Estrellas…
Hizo una pausa.
—Solo que, para este, no hace falta el uso del trapezoedro resplandeciente como foco de scrying o de contemplación, sino que basta con observar este símbolo —dijo mientras me mostraba el ojo tachado con la cruz— parece burdo, pero supongo que ha de tener efecto.
—Eric… —dije nervioso— no tengo ni puta idea que es el morador de las tinieblas, ni me interesa nada de lo que estás hablando, pero creo que lo vi…
Eric cerró el libro y me miró.
—Pues sí, te ves hecho mierda, ¿lo viste a Él? —se puso de pie— ¿Qué aspecto tenía?
No quise contestar.
—Bueno, ¿cómo hiciste para entrar a la habitación? —preguntó— ¿no te dijo nada la madre de Catalina?
Suspiré.
—Los padres de Catalina están en Nueva Baviera. Catalina está sola, cuidando la casa.
—Ah…—dijo Eric, sorprendido —a mí no me dijo.
—Y no me sorprende —le dije— las chicas te tienen miedo.
Pude notar que se sintió ofendido, aunque trató de ocultarlo.
—¿Catalina sabe de este libro?
Negué con la cabeza.
—Iremos a casa de Catalina —dijo con firmeza— tendrá que “rendir cuentas” por ocultar información antes de pedir la consultoría…algo no cuadra aquí y estando en la casa de los hechos será más fácil operar.
—¿Operar? —exclamé— ¿qué mierda pretendes Eric? No es normal ir a la casa de alguien para hacer un ritual. Porque eso vas a hacer, ¿no?
Eric rió y guardó el libro en su chaqueta. Yo, casi por reflejo, me le acerqué y le tomé del brazo.
—Yo guardo el libro —le dije.
Eric sonreía con cierta malicia. Me entregó el libro, me puse el abrigo y bajamos a la calle para dirigirnos a la casa de Catalina.
Mientras caminábamos por la urbe, las luces me transmitían una cierta tranquilidad, pese a que no dejaba de pensar en aquella figura delgada, que suponía que debía de estar relacionada con todo esto. La Orden y Proceso de la Estrella de Plata es una rama de una orden más antigua, cuyo nombre desconozco. Solo sé que este es el nombre que recibe en Chile. También sé que Eric y su familia pertenecen a esa orden desde la llegada de los colonos alemanes a Corral en el siglo XIX.
—Entonces, ¿este libro atrae a Nyarlathotep? —le pregunté, mientras caminábamos.
—No exactamente —dijo, deteniéndose y mirando a su alrededor, en busca de un taxi— pero sirve para atraer la presencia de una de las muchas facetas de Nyarlathotep en nuestro plano… es algo así como los avatares de los dioses del hinduismo, solo que estos son más conocidos por sus epítetos.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—En el caso de La Iglesia de la Sabiduría de las Estrellas, al aspecto que ellos invocaban haciendo uso de un objeto de scrying era llamado «El morador de las tinieblas», en el caso de Alsophocus, sobre todo la versión del hermano Simeón, lo llaman «El hombre delgado» o «Der Grossmann», como dirían nuestros abuelos. No hace falta darle otro nombre, pues de todas formas sabemos que responden a la misma deidad, que no es otra que Nyarlathotep.
En eso llega un taxi y subimos, indicamos la dirección de Catalina. Eric fue hablando entre murmullos dentro del taxi.
—Asumía que la figura del diario de Cristobal era Nyarlathotep, no tenía duda, pero, no por nada, dicen que tiene «mil máscaras» —afirmó—. Aun así, la de El hombre delgado es la que más macabra me resulta, me retuerzo al pensar que esa presencia estuvo acechando a un niño.
—¿Qué hace exactamente? —le pregunté.
—Te acecha y te acosa, en sueños, en tu día a día. Te persigue con la única intención de volverte un sirviente de la nobilísima causa de los Antiguos.
—¿Nobilísima causa? —le pregunté riendo— ¿tú adoras a esos «Antiguos» acaso?
—No estaría en la Orden si fuera al revés —afirmó— hago esto por el dinero que me ofreció Catalina, tras eso me llevaré el facsímil para asegurarme de que no caiga en malas manos… El hombre delgado ya ha causado suficiente daño, no deseo que regrese a un país pacifico como lo es el nuestro.
—¿Qué clase de daño? —le pregunté.
El taxi llegó a la casa de Catalina, Eric pagó y nos bajamos. Antes de entrar, Eric respondió mi pregunta.
—Con todo este fenómeno de los creepypastas, toda esta información es de acceso mucho más fácil. La gente la hace circular, creyendo que es un simple juego. Pero no es así. En Estados Unidos se han cometido múltiples asesinatos, principalmente por parte de adolescentes que afirman que fueron guiados por El hombre delgado. Apuñalamientos, tiroteos en institutos… nada bueno puede salir de esa entidad.
En ese momento, Eric siguió hablando, pero no lo oía, mi vista comenzaba a desenfocarse. Lo sentía cerca, pero no podía dejar que me dominase. Me acomodé el abrigo y me reincorporé, para luego dirigirnos a la entrada de la casa de Catalina. Al golpear la puerta, ella salió a recibirnos.
—¿Qué haces aquí? —exclamó, pues evidentemente no esperaba que llegáramos.
—Nos has estado ocultando cosas, mujer —dijo Eric entrando, abruptamente en la casa—. Primeramente, pudiste haberme dicho que estabas sola en casa, así hubiera podido venir a ver la habitación de tu hermano. En segundo lugar, por el hecho de que no nos contaste algo, ¿verdad?.
—Lo del libro negro —respondí.
—¿De qué hablas? ¿Qué libro negro? —dijo confundida.
—Muéstrale —me dijo Eric.
Entré a la casa, Catalina cerró la puerta con cuidado y saqué el libro de mi chaqueta. Se lo entregué a Catalina para que lo hojeara, Eric se encargaba de ponerla al tanto de la situación.
—Tu hermano estaba siendo acechado por El hombre delgado —dijo prepotentemente— un avatar de un dios del que poco te incumbe. Todo eso lo provocó ese libro.
—¿Y qué hay que hacer? —preguntó Catalina.
Eric sonrió.
—Haremos un ritual…en el cuarto de tu hermano —dijo— quizá así podamos enfrentar «de cara» las cosas.
—¿Qué ritual pretendes hacer? —pregunté— ¿tratas de invocar al delgado?
Catalina parecía asustada, me tomó de la mano.
—No exactamente, pero al menos sentir su presencia podrá ayudarnos a comprender el egregor —dijo tajante— háganme caso.
Catalina me miró, como si estuviera preguntándome con la mirada si debíamos hacerlo. Asentí con la cabeza. Nos dirigimos, pues, a la habitación. Subimos las escaleras, Eric me pidió el libro, dijo que lo iba a necesitar para esto, se lo entregué y comenzaron las indicaciones
—Siéntense en el suelo —dijo Eric, señalándolo— ¡Jesús! ¡Este chico dejó el lugar perfecto para el ritual! Me encanta la decoración en las ventanas
Eric hacía gala de un jubilo casi perturbador. Una vez sentados y con las luces apagadas, se puso de pie y comenzó a recitar, con voz vibrante, una de las letanías del libro negro:
—¡Mufulgab pyú fatagen getyaf englý igbyá! ¡Oh poderoso Nyarlathotep, faraón negro, tormento del Elysia! ¡Invocamos vuestra caótica presencia en el nombre del Ojo de Koth! ¡Mufulgab pyú fatagen getyaf englý igbyá!
Eric repetía la letanía constantemente, nada pasaba.
—Eric…esto es ridículo —le dije.
Me hizo callar y continuó.
—¡Mufulgab pyú fatagen getyaf englý igbyá! ¡Faraón negro! ¡Emisario del Sultán Sin Nombre! ¡Toma este cuerpo profano y manifiéstate bajo el Ojo de Koth respondiendo al nombre de AL-SO-PHO-CUS! ¡Mufulgab pyú fatagen getyaf englý igbyá!
En ese momento Eric se calló, un silencio incómodo invadió la habitación.
—¡NO! ¡NO! —comenzó a exclamar Catalina, quien se comenzó a arrastrar para apegarse a la pared.
Yo no entendía nada y Catalina no paraba de gritar. Al ver a Eric, pude apreciar que se estaba contorsionando, no decía palabra alguna, sus cuencas se volvieron vacías y comenzó a apretar la boca hasta el punto de parecer que se le hubiesen cosido. La falta de luz no ayudaba a percibir claramente lo que estaba pasando. La escena se tornó ominosa cuando una neblina comenzó a cubrir el lugar y unos tentáculos etéreos, casi irreales, comenzaron a emerger de la espalda de Eric.
Eric palpó su rostro, ese rostro vacío y sin vida, mientras de su boca suturada salía una carcajada, acompañada del sonido de la estática. Ruido blanco…
Se acercó lentamente a mi. Su rostro había desaparecido, sus facciones eran irreconocibles. La forma en que sus extremidades se desplazaban por la habitación era anormal, como si pudiese estirarlas. Yo estaba paralizado, pero había algo en mi que me hacía desear adorarlo.
—¡Tonto! —dijo, su voz acompañada por ese ruido estático y distorsionado— ¡Los humanos me han resultado curiosos desde siempre, pero más me sorprende su escasa comprensión del cosmos y sus sentidos!
Parecía que solo podía oír su voz en mi mente, Catalina yacía asustada en una esquina, sin entender lo que estaba pasando.
—¿Qué quieres? —le pregunté, con actitud sumisa.
Rio y comenzó a desplazarse por la habitación, en dirección a Catalina. Intenté seguirlo, pero mis movimientos eran torpes y erráticos, apenas podía sujetar mi cuerpo. El ruido blanco invadía mis oídos y mi visión se nublaba aún más. Entonces, como en una imagen congelada, vi a Catalina, aterrada, clavando una tijera en mi pecho. Debió hacerlo múltiples veces, aunque el recuerdo es difuso. Caí al suelo, mientras Catalina lloraba desconsolada en una esquina. Perdí la consciencia, sin comprender muy bien lo que acababa de pasar.
III
Al despertar, me vi en una habitación de hospital. Junto a mí se encontraban unos detectives de la Policía de Investigaciones de Chile.
—Ya despertó —dijo uno de ellos.
Otro que se encontraba frente a mí me chasqueó los dedos y me dijo:
—Campeón, ¿todo bien?
—¿Dónde estoy? —pregunté.
El detective rio.
—Te tenemos que tomar una declaración, entendemos que quizá estés confundido. Ya nos dijo el doctor que es normal por el shock.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Tu novia te apuñaló —dijo un detective—. Te dio siete puñaladas profundas con una tijera.
Vi entonces mi pecho, dándome cuenta que me lo habían tenido que suturar. La forma en que me habían cosido se notaba algo torpe, casi apresurada, con lo que deduje que la intervención había sido realizada de urgencia y sin tener demasiado tiempo para pensar. Mis miembros estaban pálidos, no tenía duda de que debía haber perdido mucha sangre.
—Fuiste a su casa, ¿verdad? —me preguntó el detective— ella dice que llegaste borracho, afirmando que la ayudarías con lo de su hermano, que se encuentra en el loquero. ¿Qué maneras de coquetear son esas? Rayaste en el acoso.
—No tengo idea de lo que hablan… solo recuerdo que Eric y yo…
Fui interrumpido por el detective a mi lado.
—¿Eric y tú? —dijo asombrado— Tu novia dijo que llegaste solo.
Me sobresalté.
—No, ¡claro que no! —exclamé— yo fui acompañado por Eric Krause, nos disponíamos a ayudarla con su hermano y…
—Mira, todo ese cuento del hermano ya lo sabemos. El tema es que fuiste tú solo.
—Con este libro —intervino el otro detective, mostrando El Libro Negro.
—¡Dejenlo! —interrumpió el médico, entrando en la sala— ¿No véis que todavía está aturdido por el shock?
Uno de los detectives se rio.
—No se preocupe, ya tenemos suficiente. Los tíos como este siempre alegan demencia legal. Un par de controles psiquiátricos y su historial delictivo va a quedar más limpio que una patena.
—Le hiciste un gran daño a esa pobre chica, hijo —dijo el otro detective poniéndose de pie y marchando.
Y eso fue lo que pasó. Las horas transcurrieron, yo no entendía nada pese a intentar comprender lo sucedido. Mis recuerdos eran vagos. Recibí visitas de mis padres, que estaban más preocupados que molestos. Y, tras ellos, vino Eric. Al verlo, una parte de mí quería golpearlo, pero había otra parte de mí que me decía que, con todo lo que estaba pasando, quizás yo no estaba en pleno uso de mis facultades.
—Traté de llegar a tu departamento lo más rápido posible —dijo Eric—. Pero, cuando llegué, el conserje me dijo que ya habías salido. ¡Dios…! ¡Por favor dime que no has leído el libro!
Lo miré confundido.
—Tu estuviste conmigo en mi departamento, fuimos a…
En ese momento tuve una revelación. Recuerdo haber estado esperando a Eric, sí, recuerdo que sentí que pasaron horas. Y, sin embargo, Eric no estuvo conmigo en el departamento, ni mucho menos me habló sobre el trasfondo del libro cuando íbamos camino a la casa de Catalina. ¿Quién podría haber sido entonces? Pues lo cierto es que era obvio, no cabía duda de que yo mismo había sido manipulado por Der Grossman.
—Te costará recuperarte —dijo Eric— estas cosas pegan fuerte, es como cuando me disocio. Solo que tu caso es más cercano a una doble personalidad.
Creo que comencé a llorar.
—O sea que…
—Sí —dijo Eric, interrumpiéndome— ese libro hace que… bueno, tu ya sabes, que él tome control de ti y… bueno, ahora me siento culpable de haberte involucrado en esto. Creo que la he cagado.
Eric se despidió con sutileza, pese a que la sombra de la culpa se cernía sobre él. Me dio unas palmadas y nunca más lo vi. También debo decir que mi vida nunca más fue la misma.
Durante el juicio, la versión de los hechos narrada por Catalina era igual o quizá más errática que la mía, pero algo estaba claro: ambos lo vimos. Ambos vimos a Nyarlathotep, solo que ella lo vio en mí, es por eso que intentó defenderse. Catalina fue internada en una clínica en Puerto Montt, puesto que parecía más afectada que yo y fue diagnosticada de un caso bastante severo de psicosis y estrés post traumático que, según la versión oficial, sin duda habría sido desencadenado por el intento de suicidio de su hermano. En mi caso, únicamente tuve que asistir a controles psiquiátricos y, dada la situación, no pude seguir asistiendo a la Universidad. Mi mente no dejaba de pensar en él, en su rostro, vacío como mi alma.
Ahora que Catalina se ha «suicidado», me gustaría preguntarle a su santidad… ¿Cuándo será el momento en el que volvamos a caminar juntos? Mi vida carece de propósito, el propósito de mi vida mismo fue arrebatado esa fatídica noche y nunca volví a ser el mismo, ¿Cuándo volveré a ser tu receptáculo, O gran amo y señor Nyarlathotep? O mejor dicho aun, ¿te parezco un cuerpo útil para la empresa? ¿o es tiempo de que vaya poniéndome fecha de expiración? ¡Ja! que se haga tu voluntad, señor.