El Abuelo

Bienvenido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo.
Bram Stoker, Drácula.

* * *

Jamás en la vida creí que vería lo que vi en aquel cochambroso caserío y, sin embargo, juro que es cierto. Esta es la primera vez que hablo públicamente de ello después de la fatídica noche, así que espero no ser tomado por loco. Necesito expresarme sobre ello, necesito contárselo a alguien, esperando que, con suerte, eso vuelva más sencillo lidiar con el recuerdo de aquellas aberrantes imágenes. Bueno, en realidad es una verdad a medias, ya que tendría que hablar de ello incluso aunque no quisiera, pues se podría decir que estoy contractualmente obligado a prestar esta «declaración», si es que se le puede llamar así.

Todo comenzó cuando recibí una oferta de trabajo en apariencia inocente. Primero de nada, yo soy guardia de seguridad. Durante un tiempo trabajé para una empresa privada, pero, cuando quebró, me vi en la calle, solo y con dos hijos. Soy padre divorciado y tengo la custodia de ambos, a la madre, de la cual preferiría hablar lo mínimo, le retiraron la custodia por tener problemas de adicciones. Ante todo, juro por mi vida que siempre he hecho lo que he creído mejor para ellos y he trabajado hasta la extenuación para que nunca les falte de nada.

Pero a lo que voy, la maldita oferta de trabajo. El cliente era un aristócrata algo… peculiar, digamos. Me recibió en un despacho repleto de tallas de madera y objetos exóticos. Por lo que me dijo, procedían de la colección privada de su abuelo. Y, hablando de su abuelo, el trabajo por el que iban a pagarme tenía que ver con él.

Al parecer, su abuelo vivía en una vieja mansión, alejada de los ojos de los curiosos, y había comenzado a temer por la posibilidad de ser asaltado mientras dormía por individuos de dudosas intenciones. Nunca antes le había preocupado aquello, pero, recientemente, unos vándalos se colaron en sus dominios y, arrojando un ladrillo, rompieron una ventana. Por fortuna, quedó en un susto, pero fue suficiente para que el anciano dejase de sentirse seguro y quisiese tomar medidas.

Mi cliente me indicó que tan solo necesitaba que vigilara la mansión durante la noche, ya que a lo largo del día solía estar por allí el personal del servicio, lo cual hacía que todo eso se encontrase muchísimo menos vacío y que el anciano estuviese más seguro. De hecho, cuando llegara allí, sería el último empleado del servicio en marcharse el que se encargaría personalmente de hacerme llegar las llaves. También incidió con vehemencia en una regla concreta, y era que, bajo ningún concepto, debía penetrar en la alcoba del anciano, que se encontraba en el ático. Cuando pregunté a qué se debía esto, se limitó a aclarar que el anciano tenía problemas de sueño y que, si le despertaba, no sería capaz de volver a dormir en toda la noche. Yo debía marcharme a las ocho de la mañana, tras entregar las llaves al criado que haría acto de presencia en torno a esa hora. Él se haría cargo de despertar al abuelo cuando hiciera falta y de darle su medicación. Pero yo no tenía que acercarme al anciano mientras estuviera allí, ni lo más mínimo, pasase lo que pasase. Traté de inquirir más, ante lo cual me dijo que me pagaría un plus si mantenía la boca cerrada y no hacía preguntas. Me dijo que el secretismo era necesario, dadas ciertas circunstancias particulares que podrían considerarse escandalosas si salieran a la luz. Creo que se me escapó una sonrisilla. Al escuchar el adjetivo «escandalosas» no pude evitar pensar que, probablemente, el anciano fuese alguna clase de ermitaño casanova que se encerraba en su habitación con señoritas agraciadas y, quizás, con alguna que otra modelo.

Accedí a no interesarme más por las particulares circunstancias que rodeaban a mi cliente y procedí a preguntar por mi sueldo, dispuesto a negociar si fuese necesario. He de decir que no fue el caso, ya que el pago iba a ser particularmente generoso. Todo era perfecto, demasiado tal vez, pero me abstuve de darle vueltas. Quise pensar que era cosa del karma, que por fin iba a pasarme algo bueno para compensarme por toda la mierda que había tragado. Así que, tremendamente satisfecho, estreché la mano a mi cliente y firmamos el contrato.

* * *

La situación comenzó a ponerse extraña prácticamente según llegué a la mansión. Fui allí alrededor de la media tarde, para que el mayordomo, Alex, me mostrase la zona antes de que comenzara el turno. Este me recibió a las puertas de la enorme verja que delimitaba los jardines del casoplón y, lo primero que me comentó, fue que no debía hacer caso a las habladurías. Dije que no había escuchado nada, ante lo cual él me respondió que era mejor así. Luego dimos una vuelta por los alrededores de la casa, y me fue enseñando los parterres y un puñado de puntos de interés. Primeramente, me mostró el vivero, en el que cuidaban variedades exóticas de plantas de nombre prácticamente impronunciable, al parecer reunidas por el abuelo en sus años mozos, durante sus viajes por el mundo. Cuando quise saber a qué se había dedicado exactamente durante su juventud, Alex me recordó que el trato que había hecho con mi cliente era que no haría preguntas. Me resultó extraño, ya que se trataba de una cuestión que, en mi cabeza, sonó inocente; pero, aún así, decidí que sería mejor hacer caso, al menos por ahora.

La siguiente parada fue el cobertizo en el que guardaban diversos útiles, como las tijeras de podar, las azadas o las mangueras que utilizaban en el riego. Me mostró que tenía varios pestillos para cerrar, dejándome caer que, en caso de problemas, ese era el mejor refugio que tenían para ponerse a cubierto. Asumí que se refería a un hipotético asalto o algo por el estilo. Finalmente me mostró una trampilla, pegando a la parte externa de la pared de la mansión y disimulada entre el césped del jardín. La abrió y me invitó a pasar. Al bajar, vi que lo que había allí era una amplia bodega, con multitud de barricas de vino. Alex me explicó que a aquel sótano también se podía acceder desde el interior de la casa y que la trampilla por la que habíamos accedido en realidad solía usarse más para carga y descarga de mercancías. Salimos por donde habíamos venido y, según alcanzamos el exterior, escuché unos golpes procedentes de la parte de arriba. Al buscar el origen de los mismos, me percaté de que la ventana del ático estaba entablonada. Me llamó la atención, ya que, si no recordaba mal, me habían dicho que esa era donde se encontraba la habitación del misterioso abuelo. Los golpes se repetían y pude percatarme de que los tablones se sacudían. Pregunté qué era lo que estaba pasando allí, ante lo cual el mayordomo se lo tuvo que pensar un rato. Finalmente dijo que, quizás, fuera algún perro que el anciano propietario hubiera introducido en su habitación.

Pensando en esto, me di cuenta de que aún no había visto al viejo, así que deduje que quizás llevara ya en su estancia desde la media tarde. Parecía algo un tanto peculiar, pero cosas más raras se han visto. Y, aparte, ¿qué esperar de un ricachón extravagante, sino extrañezas?

* * *

Del interior de la casa no hay demasiado que comentar. Al parecer, la vida se hacía en la planta baja, en la que se encontraban recibidor, salón, cocina, comedor y biblioteca. La planta alta constaba de un puñado de despachos y dormitorios, aparte de un pequeño salón secundario. Había un par de aseos en la planta baja y uno en el primer piso. En cuanto al famoso ático, constaba de un largo pasillo con dependencias laterales, principalmente almacenes, escoberos y unos aseos. El corredor se cortaba al llegar a una puerta cerrada con llave, que deduje acertadamente que sería la habitación del abuelo. El mayordomo me dijo que no recibiría llave de dicha puerta, ya que no había necesidad alguna de que la abriera y, de hecho, debía evitar hacerlo. Sería problemático despertar al anciano. Me resultó curiosa la elección de palabras, «problemático». Pero, sabía que, por mucho que le tirara de la lengua, no obtendría respuesta.

Regresamos al salón y tomamos un café, mientras hablábamos de temas banales. Hubiese querido charlar sobre algo que me incumbiese más, pero el hombre apenas me respondía las preguntas relacionadas con la mansión o con mi nuevo trabajo. Al atardecer, me invitaron a cenar en el comedor. Lo raro es que no estaba allí ni el abuelo ni nadie de su familia, solamente se habían congregado allí los miembros del servicio. Me dijeron que el anciano no convivía en la mansión con ningún familiar, y que él mismo prefería que le llevaran la cena a la habitación. No pude evitar pensar que debía faltarle un tornillo, que estaba enfermo mental, aunque no me alarmó demasiado. Incluso aunque de pronto el abuelo sufriera un ataque de locura y me atacara, poco podría hacerme siendo un viejo decrépito. Aunque, lógicamente, evité comentar eso en voz alta. Lo último que querría sería ponerme en contra al servicio ya desde el primer día, me metería en problemas si le iban diciendo a mi cliente que llamaba «viejo senil» a su abuelo. Me hubieran echado. Aunque, visto lo visto, puede que hubiese sido lo mejor.

Acabé la cena, debo reconocer que fue buena y abundante, posiblemente el mejor recuerdo que tengo de todo el despropósito que viví allí. Tras despedirme de los miembros del servicio, recibí las llaves y me quedé solo. Lo primero que hice fue tomar una linterna y darme una vuelta por los jardines, tratando de asegurarme de que estaba todo cerrado. Estuve un rato dando vueltas por allí, hasta que un ruido atrajo mi atención hacia la casa. Parecía como si hubiera golpes en el interior de la planta baja. Entré en el edificio y comencé a pasearme por las estancias, tratando de hallar la fuente de semejante sonido.

Lo primero que hice fue registrar el recibidor, palmo a palmo. La luz de mi linterna alumbraba cada esquina, cada sombra sospechosa. Pero no había nada. Seguí hacia el ala oeste, donde se encontraban el comedor y la cocina. Debo reconocer que, a oscuras, tenía un cierto aire de película de terror, pero llevo tiempo dedicándome a esto, así que no me asusto fácilmente. De todas formas, en un primer momento no pude toparme con nada fuera de lo normal. Fue mientras paseaba por la cocina cuando volvieron a oírse golpes y, esta vez, me quedó claro que procedían del ala este, posiblemente de la biblioteca que quedaba adyacente al salón. Me dirigí hacia allí y, al poco, una percusión seca procedente del interior me hizo confirmar que, sin duda, la fuente del ruido se encontraba allí mismo.

Al entrar en la biblioteca me la encontré bastante alborotada, con varios libros y sillas tirados por el suelo. Deambulé entre los estantes, tratando de dar con el algo o alguien que había causado el revuelo. Noté un sutil movimiento junto a mí y, al enfocar con mi linterna, me pareció toparme con unos ojos. Todo fue demasiado rápido, antes de que pudiera identificar lo que estaba viendo, se abalanzó sobre mí para, acto seguido, salir corriendo de la estancia. Lo escuché bajar por las escaleras del sótano, y decidí salir en su persecución.

Según llegué a la bodega, lo primero que hice fue encender la luz en el interruptor, tratando de evitar que, quien quiera que fuese el asaltante, se ocultara en alguna sombra y me atacara a traición. Al iluminar la estancia, la impresión que me dio fue que esta se encontraba completamente desierta. Revisé bien, pero no había nadie; tampoco parecía que hubiese salido por la trampilla que daba al jardín, ya que estaba bien cerrada. No podía comprender cómo había escapado de allí, pero era innegable que ya no se encontraba por la zona.

Un nuevo sonido atrajo mi atención, en esta ocasión se trataba de un impacto que parecía proceder del exterior. Abrí la trampilla y me lancé afuera, apuntando con la linterna en todas direcciones. Pero, nuevamente, no conseguí ver nada. Sin embargo, sí hubo algo que me llamó la atención: la puerta del cobertizo estaba abierta de par en par. Me quedé cavilando un rato, ya que estaba convencido de que la había cerrado.

Fuera como fuese, decidí echar un vistazo al interior y, tras asegurarme de que no había nadie, atranqué la puerta con llave, cerciorándome bien esta vez de que no quedase entreabierta o, simplemente, mal cerrada. Volví a echar un vistazo con la linterna a través de las ventanas del cobertizo, tratando de ver si se me había pasado algo por alto. Lo curioso es que pronto confirmé que así había sido: algo metálico que había en el suelo reflejó la luz de la linterna, parecía una especie de argolla. Sin embargo, un nuevo movimiento llamó mi atención. Las ventanas del ático se habían cerrado de golpe. Eso me chocó, ya que no recuerdo haber visto en ningún momento que estuviesen abiertas. De hecho, no hace mucho estaban entablonadas, aunque ahora no había ni rastro de los maderos.

No pude evitar que mi mente se formara una loca historia, según la cual el abuelo había bajado por las escaleras, se había paseado por la casa, de algún modo había acabado en el jardín y, finalmente, había regresado a su habitación, trepando por la ventana. Me eché a reír. Cuanto más pensaba en ello más ridículo me resultaba. Me convencí de que era posible que el cansancio hubiera distorsionado mi percepción de la realidad, de tal manera que mucho de lo que creía haber experimentado no habría ocurrido en verdad. O, simplemente, que mi mente lo habría exagerado. Decidí dejar para el día siguiente lo de analizar aquella argolla que había visto desde fuera, centrándome simplemente en colocar en su sitio las cosas de la biblioteca, no fueran a pensar que alguien había entrado a robar durante mi guardia. La idea de que me había topado con un extraño invasor ya había pasado a un segundo plano, hasta el punto de que lo racionalicé, atribuyendo aquella conmoción que había tenido lugar a las correrías de simples ratas. Quizás incluso aquello que me había derribado no era más que un roedor particularmente obeso y sorprendentemente ágil. Al fin y al cabo, a veces la naturaleza puede ser fascinante y perturbadora.

* * *

Para mi segunda jornada laboral allí, me limité a presentarme a la hora en que comenzaba mi turno. Alex me entregó las llaves y yo aproveché para contarle un poco resumidamente mi experiencia anterior, aunque restándole importancia a lo vivido. Él estuvo de acuerdo conmigo en que, casi sin lugar a dudas, había sido obra de las ratas. Me despedí de él y comencé a hacer el mismo recorrido que el otro día. Pero, cuando llegué frente al cobertizo, me acordé de lo de la argolla, así que me introduje dentro y, tras cerciorarme de que estaba solo, me agaché a echarla un vistazo. Me fijé en que estaba unida a una trampilla, disimulada en el suelo. Me dispuse a levantarla, aunque fui interrumpido por un extraño jadeo que me parecíó escuchar a mis espaldas. Me giré. No había nadie. Nuevamente achaqué aquello a mi imaginación y tiré de la argolla, abriendo aquella portezuela. Se mostraron ante mí unas escaleras, que descendían a un corredor pobremente iluminado. Bajé allí, con la ayuda de mi linterna, y acabé dando a una extraña habitación que me puso los pelos de punta. En el centro reposaba una mesa de tortura con grilletes oxidados, mientras que, en un lateral de la estancia, se emplazaban lo que parecían unas celdas abiertas. Al otro lado había unas estanterías y un escritorio, repletos de libros y objetos extraños.

Me acerqué al escritorio y comencé a analizar lo que había allí. Entre los objetos se encontraban una cajita blanca con una perla verde, un fragmento de una piedra negra y una pequeña colección de ídolos que supuse que pertenecían a diversas tribus africanas o de América. A parte, de la pared colgaba algo que, en un primer momento, creí que era un escudo tosco, pero, al observar más detenidamente, pude apreciar que en realidad se trataba de una escama gigantesca, cubierta por lo que parecía roca magmática.

Después, pasé a mirar los libros. La mayoría eran tomos sobre cuya existencia se murmuraba en los círculos de ocultismo, de los que había oído hablar por uno de mis hijos, al cual siempre le habían interesado esas cosas. Lo primero que me llamó la atención fue una supuesta edición del legendario Libro de Dzyan, pero es que los otros tomos que había junto a él eran igualmente extraordinarios, ya que pude observar Las Revelaciones del Emperador Inmortal, el Libro de Eibon, el Evangelio del fuego y la roca, el Unaussprechlichen Kulten, el Liber Veneris y otros tantos volúmenes cuya existencia siempre me había resultado cuanto menos dudosa, o de los cuales sabía que apenas existían ediciones en el mundo.

Sin embargo, y aunque traté de echarlos un vistazo, aprovechando que los tenía delante, lo cierto es que no conseguí sacar en limpio gran cosa. Remarco que, como he dicho, todo lo que sé sobre este tipo de temáticas es, o bien por habérselo escuchado a mi hijo, o bien a Iker Jimenez en los programas de televisión sobre esoterismo y misterio que a veces veo a las tantas de la noche. Por tanto, estaría faltando gravemente a la verdad si me las diera de entendido. He de decir, eso sí, que, aun no sabiendo cuál podía ser la magnitud real de mi hallazgo, yo era consciente de que algo allí no iba bien. Volví a escuchar un jadeo a mi espalda, pero esta vez no me dio tiempo a girarme. Sentí un golpe en la nuca y quedé aturdido.

Al volver en mí, me encontré tumbado sobre la gran mesa del centro. Cerca, escuchaba a alguien mascullar, sumado esto al ruido de algo arrastrándose pesadamente por el suelo. Intenté levantarme, pero fui incapaz: habían cerrado los grilletes de la mesa. No obstante, pude percatarme de que habían cedido un poco al moverme, con lo que deduje que el tiempo no los había tratado precisamente bien y, con un poco de esfuerzo, conseguiría que se soltaran. Di una fuerte sacudida y uno de los grilletes se dio de sí, abriéndose y quedando definitivamente inservible. Escuché un extraño gruñido y me pareció distinguir un extraño bulto acercándose a mí. Me apresuré a terminar de quitarme el resto de grilletes y vi que la extraña figura retrocedía apresuradamente hacia un rincón y, sin parar de recitar extraños ensalmos, se introducía por un pasaje.

Creo que fue el hecho de que la criatura huyera lo que hizo que mi curiosidad y mi deseo de hacer bien mi trabajo superasen a la inquietud y al miedo. Al fin y al cabo, si aquella cosa había optado por escapar era porque temía la confrontación directa conmigo. Además, cuando me atacó, lo hizo a traición: eso me dejaba claro que, sin lugar a dudas, aquí era yo quien tenía la superioridad física. De este modo, no tardé en verme persiguiendo a aquella entidad a través de un túnel. No fue una persecución particularmente larga, ya que, al doblar una esquina, la cosa había desaparecido, terminando el camino abruptamente al llegar ante una pared de piedra. No pude evitar pensar que aquello no tenía ningún sentido, y me vinieron a la cabeza aquellas películas en las que el protagonista encuentra puertas ocultas en los sótanos de algún castillo tenebroso. Con esa imagen mental presente, quise comprobar si había alguna clase de resorte o mecanismo que sirviera para desplazar aquel muro. ¡Bingo! Al meter la mano en la hendidura entre dos bloques, di con una pequeña palanquita que pude accionar con el dedo. Al hacerlo, la pared se retiró, revelando que aquel pasaje conectaba directamente con la bodega del sótano. Até cabos: esto explicaba cómo la cosa de la biblioteca había logrado escapar ayer sin dejar rastro. Y me confirmaba que, fuera lo que fuese, era demasiado grande e inteligente para ser una rata.

Mis sospechas volvieron sobre el abuelo, ya que él y yo éramos los únicos que estábamos aquí, al menos en teoría. Pero, en mi cabeza, aquello no tenía sentido, ya que era demasiado ágil para tratarse de una persona mayor. Escuché algo desplazándose apresuradamente por las escaleras, así que corrí detrás. Una parte de mí sabía hacia dónde me iba a llevar aquella persecución, pero la otra se seguía aferrando a que era imposible que fuera cierto.

Prácticamente se confirmó mi corazonada cuando acabé siendo conducido hacia el ático. Cuando llegué arriba, el extraño merodeador ya debía haberse introducido en alguna estancia, así que decidí echar un vistazo a todas ellas para tratar de dar con él, antes de que se volviera a escabullir. Lo primero que hice fue abrir un pequeño escobero y, tras asegurarme de que no había nadie dentro, saqué varios trastos y los dejé tirados en medio del pasillo. De este modo, pretendía dificultar el escape a la entidad, colocando obstáculos en su posible ruta de huida. Fui revisando hasta llegar a uno de los almacenes. Estaba repleto de objetos apilados, cubiertos de sábanas y plásticos para que no se depositara sobre ellos el polvo. Encendí la luz y, según lo hice, escuché un gruñido en un rincón. La luz le había molestado. Tomé de un estante lo que parecía una daga grabada, tratando de tener a mano algún arma por si tuviera la necesidad de defenderme. Fue una gran idea por mi parte, ya que, según me acerqué a donde se encontraba la cosa, esta saltó a por mí con agresividad. Instintivamente levanté el cuchillo, sintiendo, casi en el acto, como se clavaba en algo blando. A la criatura se le escapó un grito ahogado. La sangre me salpicó los ojos y me cegó durante unos instantes, suficientes para que mi atacante aprovechase la distracción y, librándose de la daga, se arrastrase fuera de la estancia. Pero la herida había sido profunda y posiblemente letal. De hecho, en su huida, el ser había dejado un abundante rastro de sangre.

Guardé el cuchillo y salí en su búsqueda. La criatura estaba cerca, junto a la puerta cerrada de la habitación del abuelo, tratando desesperadamente de abrirla. Pero estaba ya agonizante y, antes de que lograra desplazar la puerta, las fuerzas abandonaron su cuerpo y la vida se le escapó inexorablemente. Me acerqué al cadaver y traté de identificar lo que era, pero mi cerebro era incapaz de procesar lo que veía: su rostro era indudablemente humano y también lo eran sus brazos y su busto, semejante al de una mujer, mientras que todo el resto de su anatomía era una amalgama de protuberancias, tentáculos, pústulas, extremidades de artrópodo de aspecto casi vestigial y de otros tantos horrores que me siento incapaz de describir con palabras. Solo puedo decir que sentí unas náuseas incontrolables.

Retrocedí de golpe al sentir un impacto contra aquella puerta misteriosa. Procedía del interior. Y fue sucedido por un grito atroz, a medio camino entre lo humano y lo bestial. Le siguieron otros tres o cuatro golpes y, acto seguido se hizo la calma. Ya creía que todo había pasado cuando el ruido de unos cristales rotos y de algo pesado golpeando el suelo quebrantó el silencio. Y, con él, la valentía que me quedaba. No sé muy bien por qué, pero tenía muy claro lo que estaba pasando: Fuera lo que fuera que había en esa habitación, se había dado cuenta de que no podía salir por la puerta, así que había destrozado la ventana y saltado al jardín. Y estaba seguro de que venía a por mí, no tenía dudas de que iba a dar un rodeo para entrar en la mansión, con la intención de arrinconarme en el lugar en el que me encontraba.

Tenía que salir de allí, pero corría el riesgo de encontrarme cara a cara con la criatura, de tal manera que esta me cortaría el paso. Me di cuenta, con horror, de que los pisos superiores de la mansión eran prácticamente una ratonera, ya que únicamente había una escalera que descendiera del ático a la primera planta y, desde allí, al bajo solo se podía llegar pasando al recibidor. Escapé apresuradamente del ático y ya me dirigía hacia las escaleras que daban al bajo cuando distinguí, dirigiéndose hacia mí, a una figura inmensa y grotesca. La enfoqué con la linterna y prácticamente me arrepentí en el acto. La visión de aquella abominación hizo que el pavor me invadiera, tan pronto como pude di la espalda a aquella monstruosidad y salí corriendo en sentido contrario, tratando de no pensar en que, muy probablemente, me estaba metiendo en una encerrona. La otra alternativa hubiera sido dirigirme hacia aquella criatura atroz, pero solo Dios sabe qué es lo que me hubiera hecho en caso de caer en sus garras.

Me encerré en la primera habitación que encontré abierta y empujé un armario para bloquear la puerta. La monstruosidad comenzó a dar golpes desde el otro lado. Estaba aterrado, no sabía qué hacer. Miré a mi alrededor, tratando de encontrar algo, lo que fuera, sin saber muy bien qué era lo que esperaba hallar exactamente. Finalmente, mi vista fue a parar a la ventana. Me asomé a ella: estaba en una primera planta, pero, dada la elevada altura a la que estaba situado el techo del piso inferior, la caída era igualmente considerable. No pude calcular cuánto, pero en mi mente parecía una barbaridad. Escuchaba los golpes en la puerta.

Repasé mentalmente cuáles eran mis opciones: me planteé tirar afuera el colchón de una de las camas para que, al saltar, me amortiguase la caída, pero no cabía por la ventana; o, tal vez, hacer una cuerda con las sábanas para bajar, pero me di cuenta rápido de que no aguantaría mi peso. Solo me quedaba una posibilidad: tratar de pasar de ventana en ventana e intentar burlar a la criatura, saliendo por alguna de las habitaciones próximas a las escaleras, que quedarían a espaldas de aquel ser del averno.

Cuidadosamente, me encaramé a la repisa y salí por ella. Al poco, escuche el crepitar de la madera rota. La criatura debía de haber derribado la puerta. Me precipité todo lo rápido que pude al interior de una estancia situada dos o tres ventanas más allá de aquella de la que había salido yo, atravesándola cual alma que lleva el diablo. Salí rápidamente al pasillo, dirigiéndome hacia las escaleras que daban al recibidor. La bestia debió percatarse de que la había engañado para darle esquinazo y, por lo que deduje en base al crujir del suelo a mis espaldas, había reanudado mi persecución. Ya estaba a punto de alcanzar la puerta de salida cuando sentí que algo se enganchaba a mi pantalón. No me lo pensé dos veces: me lo desabroché y lo dejé atrás. Cerré la puerta a mis espaldas y la bloqueé con la llave, tratando de ganar tiempo. Después, corrí hacia las verjas del patio, que estaban cerradas. Busqué apresuradamente la llave, pero me di cuenta de que no tenía el llavero. Miré atrás: se me habían caído momentos antes, cuando cerré la puerta de la mansión.

Iba a correr a buscar el llavero, pero la puerta saltó por los aires y vi emerger una extremidad, abominablemente larga y esquelética, que me evocó la imagen de la pata de una araña descomunal. Viendo que retroceder hacia allí sería como lanzarme hacia las fauces de la muerte, opté por trepar. Sentí el frío tacto del acero de la valla en mis piernas desnudas y, al alcanzar la parte superior, me desgarré el muslo con la punta afilada de uno de los barrotes. Ahogué un grito y procedí a bajar al otro lado todo lo rápido que pude. No miré atrás. Subí a mi coche y me dispuse a no regresar jamás a aquel sitio infernal.

* * *

Como digo, ha pasado un tiempo desde que padecí esa aciaga experiencia. Y lo cierto es que, ni siquiera a día de hoy, estoy convencido de qué fue lo que viví exactamente.

Me he mudado, junto con mis hijos, a un lugar situado bastante lejos de mi anterior residencia, tratando de poner toda la distancia posible con el fin de reducir al mínimo los riesgos de que traten de silenciarme. Primero de nada, debo de agradecerle a Leopoldo Teja, ya que me ha facilitado hogar y trabajo con la única condición de que le hiciese entrega del misterioso cuchillo que encontré en el ático y de que, a poder ser, algún día diese a conocer mi historia. Y tal parece que ese día ha llegado. Como digo, ruego que no se me tome por loco, aunque remarco que ni siquiera estoy convencido de qué fue lo que vi en aquella mansión. Es por ello que recomiendo que, quien quiera que lea esto, tome mis declaraciones con prudencia y, quizás incluso, con un cierto escepticismo.

* * *

Estas declaraciones fueron publicadas en el número 51 de la revista de ocultismo y misterio Shangri-La 93. El editor, Leopoldo Teja, decidió no incluir ningún dato personal sobre el autor, con la finalidad de proteger su identidad. Por seguridad, se ha guardado con el más alto secreto su ubicación actual, así como toda información tocante a dónde se encontraba la mansión en la que tuvo lugar el suceso y la familia a la que pertenece. Sin embargo, Teja se aseguró de dejar claro que se trata de una familia española de sobra conocida y con presencia habitual en los medios de comunicación del país, inclusive la prensa rosa. Si se hiciera pública su aparente vinculación con determinadas sectas peligrosas, sería sin duda un escándalo de índole nacional, pero Teja ha decidido abstenerse de divulgar esta información por miedo a que ello le pusiera en el punto de mira de estos peligrosos individuos.

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