El Bodhisattva

Desde el no-ser comprendemos su esencia y desde el ser solo vemos su apariencia. Ambas cosas, ser y no-ser, tienen el mismo origen, aunque distinto nombre. Su identidad es el misterio. Y en este misterio se halla la puerta de toda maravilla
Lao-Tse, Tao-Te-King.

* * *

Antes de nada, decir que mi situación es cuanto menos peculiar, por no decir anómala. Nadie sabe de dónde he salido, no hay registros sobre mí y, para colmo, mi amnesia me impedía aportar cualquier clase de información. Me encontraron en el interior de unas ruinas, atrapado entre los escombros. No podían saber muy bien cuánto tiempo llevaba allí o cómo podía seguir vivo, ya que la presencia de oxígeno allí era mínima, pues las ruinas se ubicaban en el interior de una caverna cuya entrada se halló completamente obstruida. Dado que, al no saber cómo me llamaba, era complicado referirse a mí, en un primer momento decidieron dirigirse a mí como «Don Anónimo».

Sin embargo, les pareció que sonaba poco respetuoso hacia mi persona, casi como una burla, con lo que me renombraron como «Señor Blanco», recordando que «Blanco» es un apellido que solía darse a aquellas personas cuyos progenitores se desconocían, lo cual en mi caso era particularmente apropiado, y más teniendo en cuenta que todos los documentos sobre mí se encontraban «en blanco». De hecho, y dado que no era posible saber dónde vivía ni de dónde venía, el propio hospital se tomó la molestia de poner a mi disposición un modesto piso donde, al menos, podría vivir mi día a día hasta que recuperara la memoria.

Pues bien, estuve mucho tiempo yendo a médicos y psicólogos, tratando de hallar una forma de recobrar mi memoria. Sin embargo, el éxito fue relativamente moderado. Lo único que yo podía hacer era contarles mis sueños, tratando de saber si podían sacar alguna lectura de ellos. En esos sueños, yo solía verme caminando por el desierto, hacia unas misteriosas ruinas, transitando entre arquitecturas extrañas y misteriosas. O, simplemente, bebiendo y comiendo con personas desconocidas, ataviadas con ropajes extraños en lo que parecía una taberna.

Pero, el sueño que más me impactó fue uno en el que me veía de rodillas mientras escuchaba unas extrañas voces en mi cabeza. Decían algo muy importante, trascendental me atrevería a decir, pero, en el momento que me despertaba, lo olvidaba todo, y solo me quedaba el recuerdo de aquella sensación. Cuando tenía ese sueño, solía despertar aterrado y con sudores fríos. De todas formas, el problema es que, cuando contaba estos sueños a los especialistas, solían considerarlos irrelevantes por ser demasiado fantasiosos. O eso, o daban explicaciones del tipo «Tus extraños sueños reflejan tu deseo de descubrir la verdad» o «Las ruinas representan tu visión del mundo, como algo misterioso e inexplorado».

En fin, que parecía que no iba a ninguna parte el tema hasta que, un día, cuando caminaba por la calle, una mujer de etnia gitana me detuvo. Me agarró del brazo y me miró de arriba abajo, diciendo que sentía algo diferente en mí, algo que, al mismo tiempo, era muy antiguo y muy novedoso. No estaba segura de que pudiera entender a lo que se refería, era algo difícil de explicar. Pensé que era una chalada y, ya me disponía a pedirle que me soltara, con la intención de irme, cuando me dijo que podía ver las nubes en mi mente y que sabía de alguien que podría ayudarme a recobrar la lucidez. Me entregó una tarjeta de visita y desapareció entre la multitud. Miré la tarjeta: Por la parte delantera únicamente aparecía un dibujo de la luna, de estética arabesca; y, por detrás, con letras blancas sobre fondo negro, un texto:

El Gabinete de la luz lunar.

Desentrañamos misterios y desfacemos entuertos. Atendemos de 21:00 a 3:00.

Disfrute de nuestro bar de copas mientras espera su turno.

Este texto enigmático aparecía justo sobre lo que parecía ser una dirección. Traté de ubicarla en el callejero, y pude averiguar que se encontraba en lo que parecía una calleja, bastante distante con respecto al centro urbano. Tomé nota de ello y me decidí a visitarlo esa misma noche. Total, no tenía nada que perder, aquella mujer había conseguido, al menos, despertar mi curiosidad. Aparte, tampoco es que tuviera nada mucho mejor que hacer.

Tras tomar una cena modesta en mi piso, me arreglé un poco y salí en dirección al misterioso Gabinete. Según me iba acercando allí, el ambiente iba alejándose del aire confortable de la ciudad y pasaba a mostrarse bastante más inhóspito. Me topé con las caras largas de los mendigos, que amontonaban basuras a modo de colchones y de mantas improvisadas, y tuve que esquivar las miradas lascivas de las prostitutas, que trataban de tentarme con los placeres de la carne. Las calles estaban sucias y pude observar zapatillas, colgando de los tendidos eléctricos. Según me informó uno de los médicos del hospital, durante una conversación casual que mantuvimos hace ya algún tiempo, esos calzados colgados servían para señalar aquellos lugares en los cuales se llevaban a cabo negocios de una índole cuestionable.

Tan entretenido estaba contemplando aquel lóbrego paraje que no me percaté de que, tres hombres, se habían acercado discretamente a mí. Cuando quise darme cuenta, ya me habían rodeado.

—Vaya, vaya —dijo uno de ellos, un calvo desdentado con el cuerpo repleto de tatuajes—, creo que alguien se ha perdido.

—Solo pasaba por aquí —respondí, tratando de aparentar tranquilidad, pese a que, en realidad, me sentía aterrado.

—Sí, sí, eso está claro, nadie vendría por propia voluntad… señor marqués, ¿le parece que le escoltemos fuera de aquí? Solo va a tener que dejar aquí sus cosas, que tiene pinta de que le están pesando mucho.

—No, gracias, creo que puedo salir yo solo.

—No has entendido —el hombre sacó una navaja, mientras sus dos compañeros me cerraban el paso—, deja aquí tus cosas y puede que te dejemos marchar.

Traté de retroceder, pero sus cómplices me agarraron de los brazos y me tiraron al suelo. Ya se disponían a arrebatarme mis pertenencias cuando apareció un hombre joven con gafas, ataviado con una chaqueta blanca.

—No deberíais hacer eso —dijo—. ¿Qué os he dicho de tocar a mis clientes?

—Espera, ¿es vuestro cliente? —respondió el terrible calvo, mostrando un cierto temor en su voz— L-lo lamento, no volverá a pasar.

Los tres brutos soltaron mis cosas y se dieron a la fuga. El chico de blanco me tendió la mano y me ayudó a levantarme.

—Lamento el trato tan desafortunado que le han dado nuestros… vulgares vecinos —me dijo—. Para compensarle, permítanos que, según llegue a nuestro establecimiento, le ofrezcamos ropa limpia, ya que la suya la han dejado en un estado deleznable.

—¿Vuestro establecimiento? ¿Quién diablos eres?

—Le estábamos esperando —me respondió—. Vengo a escoltarle hacia El Gabinete de la luz lunar. Espero que el sitio sea de su agrado.

A partir de ese momento, el misterioso individuo me acompañó por aquellas oscuras calles. Me llamó la atención comprobar el miedo que generaba: los vagabundos y maleantes se ocultaban al verlo pasar y, cuando este ponía sus ojos en alguno de ellos, estos trataban por todos los medios de evitar cruzar miradas con él. Finalmente, llegamos a un callejón donde se destacaba un edificio con un letrero de neón en la fachada. Parecía sorprendentemente lujoso para el lugar en el que se encontraba, aunque tenía un punto entre lo excesivo y lo hortera. Poseía, en definitiva, un aire particular que hacía que no estuviera claro si se trataba de un club elegante o de un prostíbulo. Lo que ponía en el cartel era «Luz de luna».

—Aquí es —dijo el hombre.

Me acompañó hacia el interior del local. En la entrada había dos guardias de seguridad bastante corpulentos que, al ver a mi acompañante, lo recibieron con una leve inclinación de cabeza y, tras hacerme entrega de unas prendas de ropa perfectamente dobladas, nos abrieron las puertas. Al otro lado, me encontré ante lo que parecía un bar, en el que multitud de personas disfrutaban de sus consumiciones sentadas en sofás de aspecto cómodo. El mobiliario del sitio parecía caro, con mesas de madera y objetos de adorno que fácilmente podrían pertenecer al mobiliario de un palacio. Pero lo más singular era que, debido a la iluminación que utilizaban, todo el local se encontraba bañado en una luz verdosa y en el aire flotaba el humo de lo que parecían ser inciensos aromáticos.

—En cuanto sea su turno, vendremos a buscarle y le conduciremos ante la presidenta del Gabinete —me dijo el chico de blanco—. Aunque, por el momento y mientras espera, será mejor que tome sitio y disfrute, la primera consumición corre de nuestra cuenta.

Se despidió de mí y se dirigió hacia un ascensor situado al fondo del local. Yo me acerqué a la barra del bar, dispuesto a aceptar su oferta. Debo decir que el nombre de los cocteles y licores que ofrecían me llamó la atención: Mormo, Gorgo, Saturnalia, Hécate, Tsukuyomi, Kaguya, Hyakki Yagyo, Jonsu, Amduat, Lilith, Ixchel, Vesak, Raju… Cuando pregunté a la camarera, una chiquilla bastante atractiva vestida elegantemente, me comentó que esos nombres tenían que ver con los intereses peculiares de la presidenta del Gabinete. Acabé pidiendo un Vesak, un chupito de «bebida a base de hidromiel, acompañada por el delicado aroma de las más fragantes plantas, traídas del Himalaya». Me pareció que todo aquello sonaba innecesariamente pretencioso, pero reconozco que la bebida estaba bien.

Mientras bebía en la barra, se me acercó un individuo, un hombre de aspecto elegante, aunque cuya vestimenta parecía anticuada. Parecía salido de una de la sección de moda de los felices años veinte de aquella revista de historia que solía leer una de las enfermeras del hospital.

—¿Es tu primera vez aquí, chico? —me preguntó. Aunque algo me decía que ya sabía la respuesta.

—Sí —le respondí— ¿por qué lo pregunta?

—Oh, por nada, aún recuerdo con nostalgia la mía. El banco en el que guardaba todos mis ahorros quebró, y yo ya estaba pensando en el suicidio. Pero, entonces, me llegó aquella tarjeta de visita y dije ¿por qué no? He de decir, la presidenta me cambió la vida. Pude hablar con ella y la conexión que me hizo sentir fue algo especial. Desde entonces, no he dejado de venir, solo con estar aquí siento que la vida tiene sentido.

En ese momento entrecerró los ojos y me hizo una pregunta que me pilló con la guardia baja.

—Por cierto, chico, ¿en qué año estamos?

—Pues dos mil veintitrés, ¿no? ¿Por qué me lo pregunta?

—Oh, por nada —me respondió—. Aunque, en este lugar, si haces esa pregunta a los clientes, recibirás respuestas… singulares. Observa.

El hombre se dirigió hacia una chica de indumentaria moderna, que se encontraba sentada a su otro lado, y le preguntó lo mismo que a mí.

—Dos mil treinta y siete —fue la respuesta que dio ella, sin tan siquiera dirigirnos la mirada.

El individuo volvió a girarse hacia mí, con una sonrisa triunfal en su rostro.

—¿Has visto? —Me preguntó.

—¿Es alguna clase de broma?

—¿Quién sabe…? Por cierto, me llamo Adam Peterson. Y, ya que estamos, ¿puedes decirme en qué idioma te estoy hablando?

Lo miré con extrañeza.

—¿Español…?

—¿Y si le digo que yo no sé español? —Adam se echó a reír— Ya te acostumbraras, en este lugar hay… cosas que escapan a toda comprensión. Mira, como soy tu veterano en este mundillo, voy a darte un obsequio, espero que también te conviertas en un habitual por aquí. Espero que, algún día, este regalo tenga para ti tanta importancia como la tiene para mí.

Adam me entregó un colgante con una perla verde. Me disponía a darle las gracias cuando sentí que alguien me daba unos toquecitos en la espalda. Al girarme, me topé con el chico de blanco.

—Lamento interrumpir —intervino el joven de blanco—, pero me complace informarle de que ya ha llegado su turno de ser atendido. Sígame.

—Ya verás —me dijo Adam, guiñándome el ojo—. Esto, simplemente, es algo mágico.

Me despedí de Adam y me encaminé con mi misterioso guía al ascensor. Una vez dentro, el chico presionó el botón para subir a una de las plantas más elevadas.

—¿Qué le ha parecido el local? —me preguntó.

—Está bastante bien —respondí—, aunque es raro…

—Si lo dices por lo del tiempo, no le des muchas vueltas —el joven se encogió de hombros—. Para nosotros, es algo que carece de importancia, te diría incluso que carece de sentido hablar de ello. Al final, es poco más que una ilusión, ¿no te parece?

—¿Supongo? —respondí, mirándolo con extrañeza.

La puerta del ascensor se abrió y me vi en lo que parecía un piso de oficinas. Fui conducido hacia la que se encontraba al fondo. En la puerta, había un letrero que ponía: «despacho presidencial». El chico, tras invitarme a que «pasara adentro sin miedo», se retiró de allí, dejándome solo.

—Adelante —dijo una voz femenina, procedente del otro lado de la puerta.

Obedeciendo, entré. Y sí, digo «obedeciendo», ya que fue como si ese simple «adelante» penetrara en mi mismo ser e hiciera que mi cuerpo se moviera solo, sin poder dudar ni negarme a acatar esa orden. Al pasar dentro, me vi en el interior de un despacho diáfano y espacioso, escasamente decorado y alumbrado por una sencilla lámpara led colocada en el techo. A través de las ventanas penetraba la claridad de la luna llena. «Hoy no había luna llena» pensé. Pero mis pensamientos fueron interrumpidos cuando mi mirada se cruzó con la de la persona sentada detrás del escritorio. Se trataba de una mujer, en apariencia bastante joven, físicamente no daba la impresión de que tuviera mucho más de veinte años. Pero, sin embargo, era como si su mirada tuviera el peso de la historia, sus ojos parecían pozos de jade insondables, guardianes de los secretos del universo.

—Aquí pone que usted es el señor Blanco —dijo tomando unos documentos que tenía sobre la mesa, pero sin apartar ni por un momento sus ojos de los míos—. Aunque, usted sabe que ese no es su verdadero nombre, ¿verdad?

—Así es —respondí—. Me lo pusieron en el hospital, porque no sabían cómo me llamaba.

—Sí, eso es lo que me consta. Y, si no me equivoco, viene a hablarme de sus sueños.

Asentí y procedí a contarle de manera pormenorizada todos los detalles sobre ellos. Ella fue asintiendo y tomando notas de las cosas que le iba contando, tal como una psicóloga haría. Al finalizar, sonrió y me extendió una hoja de papel. Me dispuse a leerla y me llamó la atención que parecía una receta médica. Figuraba el nombre de un medicamento extraño, por cuyo nombre supuse que se trataba de alguno de los productos homeopáticos contra los que tanto me habían advertido en el hospital. En este caso concreto, debía ser medicina china, se llamaba «infusión Luotian Dajiao, con una dosis moderada de Liao».

—Busca en la planta baja a Zhao, el boticario, y pide que te prepare esto —me dijo—. Suele estar en el reservado del bar. Limítate a seguir todas sus instrucciones y tu problema se resolverá por sí solo.

Según me dijo eso, fue como si mi cuerpo nuevamente se moviera de forma automática. Salí del despacho, me introduje en el ascensor y descendí a la planta baja. Me puse en camino hacia el reservado, aunque no sé muy bien cómo sabía dónde estaba aquello. Era como si la presidenta hubiera introducido unas instrucciones precisas en mi cerebro, que yo seguía sin ser consciente siquiera de cuáles eran exactamente. Descorrí unas cortinas de seda y me encontré ante un hombre asiático, de avanzada edad, que se encontraba vapeando en compañía de un grupo de personas de aspecto distinguido. Todos ellos parecían pertenecer a etnias y nacionalidades diferentes, pero todos se entendían al hablar y, en mis oídos, era como si estuvieran empleando un perfecto español. Me dirigí al asiático, que no tardó en confirmarme que se trataba del boticario Zhao. A su lado, tenía un mueblecito de madera, del cual, según le mostré la receta, comenzó a sacar varias bolsitas y un par de frascos. Anotó en una pequeña hoja una serie de instrucciones y, después, introdujo todo lo que había sacado en una cajita de madera que me entregó.

—Sigue al pie de la letra la receta que acabo de dejar por escrito y asegúrate muy bien de no alterar en nada las proporciones de cada ingrediente. Bebe la infusión antes de acostarte, sólo la infusión, no debes ingerir, bajo ningún concepto, aquello que vas a usar para prepararla. Si necesitas más, ven a buscarme, aunque no debería ser necesario. Una sola ingesta suele bastar.

Asentí y, dándole las gracias, me dispuse a abandonar el local. Cuando pasé por delante de la barra, Adam me saludó alegremente.

—¿Qué? ¿Volverás? —me preguntó.

—Quien sabe… —fue mi respuesta.

Me despedí de él y me fui de allí. En cuanto llegué al exterior, me encontré con el chico de blanco. Y, tras él, había una limusina.

—Es peligroso caminar solo por aquí a estas horas, usted mismo lo ha comprobado. Suba, le dejaremos a las puertas de su bloque de apartamentos.

Agradecí el ofrecimiento y subí al vehículo. En no mucho tiempo, estaba nuevamente en mi apartamento. Serían cerca de las doce cuando llegué arriba, me duché, y me dispuse a irme a la cama. Pero, antes, decidí probar a tomarme la supuesta medicina que me había entregado el boticario Zhao. Sabía que eso no le hubiera parecido nada bien a cualquiera del personal del hospital, pero yo quería probar. Leí la información que indicaba cómo prepararlo y rellené una bolsita de té con la cantidad justa del contenido que había en los saquitos que me dio Zhao. Luego, eché en el agua unas gotitas de los líquidos que venían en los frascos y, una vez hecho esto, puse el agua a hervir e introduje en ella la bolsita. El agua tomó un color extraño o, mejor dicho, unos colores extraños, pero he de decir que la infusión olía sorprendentemente bien. Me acordé de lo que dijo Zhao sobre ingerir los componentes, así que, por precaución, filtré el líquido, utilizando un colador. Y, en cuanto se hubo enfriado un poco, me lo bebí. Al rato, comencé a sentirme mareado, así que, por miedo a caerme, me senté en la cama. Cada vez todo me daba más vueltas, sentía como si, en cualquier momento, fuera a salírseme el alma del cuerpo. Quise incorporarme e ir a coger el móvil, con la intención de llamar al hospital, pero caí para atrás y quedé tendido en la cama. La última imagen que recuerdo haber visto, antes de perder la conciencia, fue mi brazo extendido, tal vez de manera inconsciente, hacia el techo del dormitorio.

* * *

—¡Espabila, Lughai! —dijo una voz— Si apenas hemos empezado a beber, ¿desde cuando eres tan blando, chico?

Levanté la cabeza. Me encontraba en una taberna, rodeado por un grupo de personajes de lo más variopinto.

—¿Dónde estoy? —pregunté confundido.

—Pues, ¿dónde vas a estar? ¡En la taberna El beso de la lamia de Khazar-gha’el!

Me sentí estúpido. Rilar-Mao’on tenía razón, ¿dónde iba a estar si no? De pronto, me acordé de todo: yo era Lughai, cazador de bestias del gremio del Ojo Rojo. Nos hacíamos llamar «gremio», pero, en realidad, éramos más bien una modesta compañía errante que se dedicaba a viajar de ciudad en ciudad, buscando trabajillos con los que ganarse la vida. Desde que cayeron las viejas civilizaciones, ahora sepultadas bajo la arena, era habitual que, grupos como el nuestro, lucharan para defender los escasos territorios que habían sobrevivido en los márgenes del Gran Desierto. Aunque, he de decir, que no lo hacíamos por la humanidad, ni por ninguna causa noble, sino por nuestra propia supervivencia. Cada día era más complicado encontrar trabajos honrados, muchas de mis antiguas amistades actualmente se dedicaban al bandidaje. Varnathroa, una de mis mejores amigas y antigua amante, desapareció un día en el Desierto, con la intención de labrarse un futuro como salteadora de caravanas. Posiblemente, yo hubiera acabado igual, si no fuera porque Rilar-Mao’on me ofreció un puesto en su variopinto grupo. Cuando volvíamos a nuestro hogar de Khazar-gha’el, El beso de la lamia era una parada obligatoria. Allí bebíamos, reíamos y planeábamos nuestros futuros viajes y misiones.

Como digo, éramos un grupo modesto, así que, cuando nos reuníamos, solo llenábamos una mesa. A parte de mí, siempre estaban: nuestro estimado líder, Rilar-Mao’on, el artificiero, Gternaag, la descerrajadora, Minorae, de ágiles manos, y Philudar, el novato, al cual solíamos dejar a cargo de llevar el equipaje. Como viajábamos mucho, no teníamos vivienda fija, sino que solíamos pedir alojamiento en la misma taberna o acampar a las afueras de la ciudad. Y sí, pese a no tener una casa como tal, eso no impedía que, tal como he mencionado antes, la ciudad de Khazar-gha’el fuese para nosotros lo más parecido a un hogar. Si preguntáis donde está Khazar-gha’el, os diré que está aquí, aunque en otro tiempo. Lo que no sé con certeza es, si ese tiempo, es el pasado o el futuro. Sin embargo, tal como había sugerido aquel chico de blanco, puede que el tiempo fuese algo carente de importancia.

Otra cuestión a destacar, es que aquello no era exactamente un recuerdo. Era como si yo estuviese allí, en ese mismo momento. Me acordaba de todo lo que había vivido con el Ojo Rojo, pero también recordaba mi estancia en el hospital, lo que había sucedido en el Gabinete de la luz lunar y haberme desmayado en mi piso, después de haber tomado el potingue de Zhao, el boticario. De cualquier manera y, dado que no tenía muy claro lo que estaba pasando, decidí simplemente no darle muchas vueltas y continuar con mi vida allí, con mis camaradas del gremio.

—Llevamos mucho tiempo sin tomar un trabajo de los difíciles, de los bien pagados —comentó Minorae mientras jugaba con el cuchillo—. La recompensa por liquidar al ahrimasphaeinn, que se estaba cargando los convoyes que pasaban junto a la duna de Jium’eis, fue buena y nos ha permitido bajar el ritmo una temporada. Pero ya prácticamente nos la hemos fundido entera, y los ingresos por las últimas tareas facilillas que hemos hecho no nos llegarían para mantener nuestro ritmo de vida.

—Justo en eso había pensado —comenté, llevando la mano a mi riñonera de piel y sacando del interior un póster informativo—. Echad un ojo a esto.

El póster tenía una ilustración, representando a una silueta misteriosa caminando entre unas ruinas. La acompañaba el siguiente texto:

Notificamos que, finalmente, una avanzadilla de exploración ha alcanzado las ruinas de la vieja capital, atravesando la región de la duna de Krassir. Sin embargo, el lugar podría no ser seguro.

Se ha avistado a una criatura no identificada de gran tamaño y que no se corresponde con ninguna especie conocida. Se solicita la presencia en las ruinas de un pelotón de cazadores o mercenarios, para que, en caso de que sea hostil, expulsen a la criatura de la zona.

En caso de que no lo fuera, se deberá informar, presentando la documentación y las evidencias pertinentes.

Leí en voz alta la recompensa: nada más y nada menos que doscientos oros de Khyssi. A todos se les abrieron los ojos como platos.

—¡Por la madre de Geol y los cuernos de Basatan! —exclamó Gternaag— ¡¿De dónde diablos sale tanto dinero?!

—Al parecer, se debe a que, por lo que veo, quien emite el encargo no es otro que el sátrapa —indicó Rilar-Mao’on.

—Por mí como si se pudre el sátrapa —replicó Minorae—, aunque, he de decir, que la recompensa es jugosa.

—Se indica que, quien acepté el encargo, deberá dirigirse a la guarnición de El-Hor, al sur de la región de la duna de Krassir —comenté—. El capitán de la guarnición se hará cargo de dar la información y los suministros pertinentes.

—Y, ¡¿a qué estamos esperando?! —Rilar-Mao’on dio un golpe sobre la mesa— ¡Chicos, es hora de ir allí y forrarnos!

—Pero, esperaremos a mañana, ¿no? —preguntó Philudar— O sea, prácticamente acabamos de regresar, no iréis a hacerme volver a pegarme la paliza sin dejarme descansar antes.

—¡Venga ya, si está claro que lo que pasa es que quieres ver a tu amiga la puta! —espetó Minorae— ¡Dilo claramente!

—¡No la llames puta —respondió Philudar— ¡En cuanto consigamos suficiente dinero, pienso sacarla de allí!

—Pues no te preocupes, chaval, con lo que van a darnos por esta misión, vas a tener suficiente para eso. ¡Y todavía incluso te va a sobrar! —le animó Gternaag.

—Le haremos el favor al chico y hoy dormiremos en la taberna —sentenció Rilar-Mao’on.

—¡Me pido dormir con Lughiii! —exclamó Minorae.

—Cómo no, siempre él —masculló Gternaag.

Yo aparté la mirada, algo cohibido.

—Cuando Minorae marca su propiedad, ya no hay marcha atrás —Rilar-Mao’on se rio—. Lughai, prepárate que cualquier día te pone la soga al cuello.

—¡Oye que no soy tan mala!

La conversación prosiguió durante un rato en ese tono casi festivo. Al caer la noche, pagamos con unas monedas al dueño de la taberna y nos fuimos a las alcobas que ocupaban el piso superior. Minorae se metió en la habitación a la que yo iba, sin apenas preguntar, y se tendió sobre el lecho con actitud provocativa.

—Lughiii, sólo hay una cama… sabes lo que eso significa, ¿verdad?

—Antes de nada, me gustaría hablarte sobre algo —le dije—: ¿me creerías si te digo que, de algún modo, he viajado a otro tiempo? Una época en la que hay carros que se mueven solos y en el que las personas viven en grandes ciudades, sin tener que temer la expansión del Desierto y los ataques de sus criaturas.

—Me quieres tomar el pelo, ¿verdad? —Minorae sonrió— El Desierto siempre ha estado allí y siempre estará allí. Y, ¿qué es esa locura de viajar en el tiempo? ¿Te has metido en el cuerpo alguna cosa rara?

—Se podría decir que sí —dije, recordando la extraña infusión de Zhao.

Tras este breve intercambio, nos desvestimos y nos metimos en la cama. En ese momento, no era consciente de que aquella sería la última vez que dormiríamos juntos bajo aquel viejo techo de madera. Pues bien, a la mañana siguiente, nos levantamos. Y, una vez reunida nuestra pequeña compañía y habiendo tomado un desayuno contundente, partimos con rumbo a la guarnición.

A modo de contexto, decir que el mundo conocido se dividía en el Desierto Exterior, el Desierto Interior y la Región Inhóspita, también conocida como «las Arenas de la Muerte». Khazar-gha’el se encontraba en la parte más externa del Desierto Exterior, valga la redundancia, emplazándose, justamente, donde acababan las dunas y comenzaba el océano. Este carácter costero le había dado importancia, desde una perspectiva puramente económica, ya que facilitaba el comercio por mar. El sátrapa se había beneficiado mucho de esta situación, impulsando los intercambios con las islas y con otras ciudades costeras.

También decir que existía el rumor de que, más allá del océano, existían otros continentes lejos del Desierto, pero nadie que hubiera salido a buscarlos había regresado jamás.

En cuanto al Desierto Interior, era un lugar hostil, repleto de guaridas de monstruos que, de no mantenerse a raya, salían al Desierto Exterior y atacaban las ciudades humanas que se ubicaban en él. Es por ello que los sátrapas habían mandado construir guarniciones, como aquella a la que nos dirigíamos. En cuanto a la Región Inhóspita, se trataba de un entorno misterioso en el que yacían, semienterradas, las ruinas de la vieja capital. Nunca hasta ahora había conseguido nadie llegar allí, con lo que, aquella información que habíamos leído, sobre que una expedición había penetrado en ellas, era algo, ya no solo inusual, sino que se podría definir, incluso, como un hito histórico. No era de extrañar, por tanto, que la recompensa por la misión que íbamos a tomar fuese tan elevada.

Estaba meditando estas cuestiones cuando me vino a la cabeza cierto interrogante, cuya respuesta, hasta el momento, me había eludido.

—Oye, ¿alguna vez os habéis preguntado qué fue lo que pasó con la vieja capital?

—Uff, que cosas preguntas, chico —Rilar-Mao’on suspiró—. De eso, deben haber pasado siglos, ¡quizás incluso milenios! Cualquiera que pudiera responder a esa pregunta debe estar ya sepultado bajo las arenas desde hace mucho, mucho tiempo.

—Yo he escuchado varias teorías —comentó Philudar—. Una de ellas dice que trataron de convocar a un dios, pero que, el ritual salió mal, y un segundo dios, rabioso, los castigó arrasando con todo y creando las Arenas de la Muerte, como recordatorio de su cólera y para evitar que nadie volviera a acercarse a la vieja capital. Otra versión dice que fue obra de Guhe’tak, el devorador, un dhole descomunal con el poder aterrador de alimentarse de la energía vital de todo aquello que le rodea. Este, habría consumido las almas de los habitantes de la vieja capital y absorbido la vida de todo aquello que existía en torno a ella.

—¿Comer almas? —Minorae rio entre dientes— ¡Eso suena a cuento de vieja!

—Yo solo os he contado lo que he escuchado.

—Y te lo ha contado tu querida amiga, ¿verdad?

—…Puede —Philudar se ruborizó.

El viaje por el Desierto Exterior transcurrió con relativa calma. Acampamos un puñado de veces, ya que era una distancia bastante larga. Cuando pasamos junto a la ciudad de Sersoppeus, nos topamos con una caravana de mercaderes que avanzaba en la misma dirección que nosotros, así que les preguntamos si nos podían acercar allí, ofreciendo, a cambio, brindarles protección frente a criaturas y maleantes a un precio más bajo del que, en condiciones normales, solemos asignar a nuestros servicios. Accedieron a ello, sin dudarlo. Contar con protección en una travesía hacia una guarnición era un lujo que, siendo ofrecido a precio de ganga, pocos osarían rechazar. No se puede olvidar que las guarniciones se encontraban en pleno Desierto Interior, donde los bandidos hacían sus guaridas y, las bestias del desierto, sus madrigueras. Donde el canto de las aciagas lamias hacía presa los corazones de los transeúntes y los temidos ahrimasphaeinn descoyuntaban a sus monturas.

Como era de esperar, la cosa se fue poniendo más complicada según fuimos penetrando en el Desierto Interior. Ya el primer día dentro de sus fronteras, tuvimos que vérnoslas con un grupo de lagartos geositas hambrientos, que atacaron a los animales de carga que tiraban de los carromatos. Dado que no queríamos malgastar tiempo tratando de atravesar con nuestras cimitarras sus duras corazas, nos limitamos a ahuyentarlos con fuego. Más problemático fue la vez que, mientras descansábamos por la noche y Philudar montaba guardia, este fue sorprendido a traición por un grupo de gules. Cuando se dio cuenta y nos despertó, prácticamente los teníamos encima. Por suerte, los explosivos de Gternaag nos hicieron el trabajo sucio.

Cuando, finalmente, llegamos a la guarnición de la duna de Krassir, estábamos extenuados. Lo primero que hicimos al llegar, de todas formas, fue ponernos en contacto con el capitán, un hombre de avanzada edad y aspecto incluso más cansado que el nuestro. Su piel estaba muy envejecida, sin duda a causa de haber sido castigada duramente por el sol del desierto. Nos recibió sin demasiado entusiasmo y, en cuanto le dijimos a lo que íbamos, procedió directamente a darnos las coordenadas del sitio al que habíamos de ir y los detalles de la misión. En parte, agradecimos que fuese tan al grano, ya que así pudimos irnos pronto a descansar. Pedimos permiso para estar unos días alojados en la guarnición, con el fin de recobrar fuerzas, y, por fortuna para nosotros, no mostraron ninguna reticencia a la hora de concedérnoslo. Gternaag volvió a indignarse cuando Minorae exigió compartir habitación conmigo, para poder «pasárselo bien». Pero esa es otra historia que no viene al caso y, con la cual, no tengo el más mínimo interés en entretenerme.

* * *

Una vez que hubimos repuesto las energías, tomamos los suministros que nos facilitó el capitán y nos dispusimos a partir.

—¿Creéis que nos toparemos con algún dhole? —preguntó Minorae.

—Esperemos que no, aunque, dado que nos dirigimos a las Arenas de la Muerte, ¡quién sabe! —Rilar-Mao’on se echó a reír.

—No tiene gracia —respondió Minorae—. Si nos topamos con uno de ellos, lo fácil es que no salgamos con vida.

—En la vieja capital veneraban a la Ballena —comentó Philudar.

—¿A qué ha venido ese comentario? —Minorae ladeó la cabeza.

—Solo estaba pensando en que, es extraño que en un lugar situado tan en el interior, se adorase a una deidad marina.

—Puede que, en otro tiempo, el mar llegase hasta allí -sugerí-. Puede que esto no siempre haya sido un desierto.

—¡Otra vez estás con esas cosas! —Minorae resopló— Si te pillaran los sacerdotes del Credo, te pondrían en una picota. El Desierto siempre ha estado aquí y siempre estará.

—Para lo rebelde que eres para otras cosas, parece que te tomas muy en serio lo que dice el Credo —murmuró Rilar-Mao’on.

—¡No! —exclamó ella— O sea, es que… puff, no sé. No es tanto por el Credo, ¿vale? Es que soy incapaz de imaginarme algo diferente a lo que conocemos.

—¿Sabes lo que pasó con el culto de la Ballena? —pregunté a Philudar.

—Lo cierto es que, según la primera versión de la historia de la destrucción de la vieja capital que conocí, fue la Ballena, de hecho, la que lanzó la maldición. ¿Has oído hablar del Evangelio del fuego y la roca?

—Me suena haber visto algún ejemplar circulando en mercadillos, pero según el Credo es pura superchería. Aunque lo diga el Credo ya es lo de menos, cualquiera con dos dedos de frente podría darse cuenta igualmente de que eso carece de rigor.

—Sí, bueno, puede ser, aunque eso aquí es lo de menos. El tema es que, al parecer, el culto de la Ballena entró en declive cuando el Evangelio comenzó a circular por la vieja capital, ya que la gente empezó a convertirse en masa a la religión de la Bestia del Volcán. Siguiendo los rituales descritos en el Evangelio, quisieron resucitar a la Bestia, pero eso ofendió a la Ballena, con lo que optó por condenarlos a todos.

—Con dioses así, ¿quién quiere demonios? —resoplé.

—¡Con los demonios vamos a ir al encuentro nosotros! —Rilar-Mao’on soltó una carcajada.

—No tiene gracia —masculló Minorae—, ¿por qué siempre tienes que ser tan gafe?

—Bueno, bueno, nunca nos ha pasado nada, ¿no?

—Oye, ¿qué es eso que se ve a lo lejos? —preguntó Gternaag.

—La torre de observación ruinosa de los riscos de Qwaldi-nhor — murmuró Rilar-Mao’on—. También llamados el «Cañón de las Ánimas».

—Se dice que Guhe’tak creó el Cañón, al mover la tierra con las sacudidas que genera al desplazarse por el subsuelo —agregó Philudar.

—Sabía que los dholes eran grandes —intervino Minorae—, pero, de ser eso cierto, solo puedo decir una cosa… ¡guau!

—Creo que sería conveniente acampar dentro de la torre, antes de proseguir hacia las Arenas de la Muerte —comenté—. Si bloqueamos los accesos, podríamos descansar relativamente tranquilos, sin preocuparnos demasiado por los monstruos del Desierto.

—Sí, es cierto, además, así esta vez no habrá riesgos de que nos ataquen las criaturas que se esconden bajo las arenas.

—¡No me recuerdes a esos malditos pholpos lestrygias! —dijo Gternaag—. Esos engendros traicioneros son lo peor. De no ser por ellos, Kitterghan todavía estaría entre nosotros.

Se hizo el silencio. Lo de Kitterghan era algo que nos había marcado mucho. Estábamos en una cacería en la región de Thisandon y, sin saberlo, acampamos en el territorio de unos pholpos lestrygias. Kitterghan era el que montaba guardia esa noche; dormíamos plácidamente cuando, un grito suyo, nos despertó. Lo que vimos, fue como uno de esos seres lo había atrapado entre sus tentáculos, disponiéndose a devorarlo. Cuando tratamos de atacar a la criatura para liberarlo, el pholpos lestrygias huyó bajo las arenas, arrastrando con él a nuestro compañero. No pudimos salvarlo.

—Lo de Kitterghan… no se repetirá —sentenció Rilar-Mao’on, rompiendo el silencio—. Ya no somos los mismos jóvenes inexpertos que éramos en aquel entonces.

Llegamos a la torre y, tal como habíamos planeado, obstruimos puertas y ventanas, utilizando los escombros que se encontraban esparcidos por el suelo. Subí a la atalaya y, desde allí, observé el paraje que se abría ante nosotros: el cañón era descomunal, apenas llegaba a ver dónde terminaba. Aunque, parte de la culpa de ese fenómeno, la tenía la arena en suspensión, cuya cantidad había ido aumentando día tras día, según íbamos acercándonos a nuestro destino. Me preocupaba que, cuando finalmente alcanzásemos las Arenas de la Muerte, la visibilidad fuera nula.

—¿Qué haces Lughiii? —Minorae me había seguido a la azotea de la torre.

—Disfrutar de las vistas —bromeé.

—¿Qué vistas dices, si no se ve nada? Solo hay polvo y más polvo por todos los lados, es un milagro que Gternaag consiguiera divisar esta torre.

—¿Crees que podríamos retirarnos después de esta misión? — pregunté.

—¡Qué va! —respondió Minorae— Puede que Philudar pudiera, porque es un chico sencillito. Y tal vez lo mismo pueda aplicarse a Gternaag. Pero a Rilar-Mao’on, a ti y a mí, nos gusta demasiado la buena vida. La recompensa nos va a dar para vivir bien un tiempo, pero, como nos descuidemos, en unos meses se nos quedará en nada, ¿no te parece? Tú y yo no estamos hechos para la vida de los pobretones.

Minorae acercó mucho su rostro al mío. Fue entonces cuando una imagen me asaltó la mente. La adorable cara de Minorae, a la que tan acostumbrado estaba… ¡también la había visto en otro lugar! O, para ser más correctos, en otro tiempo. Me aparté bruscamente. Me sentía mareado.

—¿Te pasa algo? —me preguntó.

—¿Te dice algo el año dos mil treinta y siete? —le dije.

—¿De qué hablas? —respondió, visiblemente confusa.

Sí, era idéntica. Idéntica a la chica de indumentaria moderna a la que había visto en el Gabinete de la luz lunar, sentada en la barra justo al lado de Adam Peterson. De pronto, se formó una segunda conexión en mi mente, ¡Adam Peterson tenía el mismo rostro y la misma voz que Rilar-Mao’on! Su complexión era diferente, Rilar-Mao’on era mucho más fornido. Pero, aún así, yo ahora mismo sentía como si, de algún modo, fueran la misma persona. La cabeza me daba vueltas, todo se estaba volviendo muy extraño. No era capaz de procesar la información y, mucho menos, de darle sentido. Minorae se acercó a mí, preocupada, y me dijo algo que no pude oír.

* * *

Me desperté, mareado. Y, al levantar la cabeza, me di un golpe. Estaba en mi piso, pero me había movido tanto en sueños que había acabado debajo de la cama. Aunque, ahora no estaba seguro de que aquello hubiera sido un sueño. Salí de debajo del lecho y traté de incorporarme, pero me fallaron las piernas. Logre evitar la caída, apoyándome sobre la mesita, y mi mano dio con un objeto redondo: era el colgante de perla verde que me había dado Rilar-Mao’on. Sacudí la cabeza. No, quien me lo había dado fue Adam. Aunque, en su día, Rilar-Mao’on me había dado una idéntica, de hecho, fue cuando nos conocimos. Según él, las perlas como esa tenían relación con una antigua diosa de la noche, de la cual su madre había sido sacerdotisa, antes de ser quemada por hereje por los seguidores del Credo.

Nuevamente, intenté ponerme en pie, aunque sintiendo unas nauseas tremendas. Avancé trabajosamente hasta llegar al baño; ya iba a alcanzar el inodoro cuando volví a perder el equilibrio y acabé tendido en el suelo bocabajo. Todo comenzó a tornarse borroso.

—¡Lughiii! ¡Lughiii! ¡Espabila Lughiii!

Abrí los ojos. Estaba en el interior de la torre, tumbado en una esterilla. Minorae me miraba con preocupación.

—¡Menos mal, ha abierto los ojos! —exclamó Minorae.

—Bienvenido a casa, chico —bromeó Rilar-Mao’on—. ¿Tu alma se fue de paseo por las esferas celestiales?

—Creo que he desfallecido por el cansancio —dije, restándole importancia.

—Bebe —me dijo Philudar, acercándome una cantimplora—. Muestras síntomas de deshidratación.

—¡Guau! ¿Desde cuándo eres médico? —bromeó Gternaag. Philudar se encogió de hombros.

—Oye, Rilar-Mao’on —dije.

—Dime.

—¿Te suena el nombre Adam Peterson? Rilar se quedó pensativo.

—No lo había oído nunca y, sin embargo, me resulta familiar — respondió.

—¡Venga ya! —saltó Minorae— ¡Ya bastante teníamos con que a mi Lughiii se le fuera la pinza y ahora vas tú y le sigues el juego!

—No, no es eso —respondió Rilar-Mao’on—. Creo que, en mis sueños, alguien me llamaba así.

—¿Tus sueños? —le pregunté— Nunca nos habías hablado sobre ellos.

—Ya, a ver, es que son muy extraños y siento que sonarían a locura. Pero estábamos todos allí, bebiendo y riendo en el Gabinete de la luz lunar. Primero llegaba yo, por casualidad. Luego llegaba Minorae, aunque allí se llama Mimi. Después ibas tú, Lughai, aunque allí eras el señor Blanco. Gternaag y Philudar se incorporaban más tarde; sus nombres eran Jean-Pierre y Albrecht. Aunque a Gternaag nadie le llamaba Jean-Pierre, para todos era «el gabacho».

—No puede ser —al escuchar eso, Minorae mostró una mezcla de sorpresa y terror— ¿cómo es eso posible? En mis sueños…

Pero no pudo terminar la frase. Un rugido atroz desgarró el aire. Gternaag subió a la atalaya y, al poco de que llegara arriba, le escuchamos gritar.

—¡Dholes! ¡Dholes! No… no son solo dholes normales… ¡es Guhe’tak! ¡El devorador, viene el devorador!

—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamo Rilar-Mao’on.

Destapamos la puerta y nos dispusimos a salir, pero la tormenta de arena nos azotó con una agresividad que nunca antes habíamos visto. El rugido se repitió y la tierra se sacudió.

—¡No tenemos tiempo! —exclamó Rilar-Mao’on— ¡Vamos!

Nos cubrimos bien y salimos al exterior, caminando en dirección contraria al cañón.

—¡¿Dónde está Gternaag?! —preguntó Philudar.

—¡¿No venía detrás?! —exclamé.

Casi como si de una respuesta se tratara, escuchamos una sacudida a nuestras espaldas y vimos la silueta de la torre hundirse en la arena. Sin embargo, la visibilidad era tan mala que no pudimos comprobar lo que había sucedido exactamente.

—¡Maldición! —exclamó Rilar-Mao’on sin detenerse.

—¡No podemos permitirnos dar la vuelta! —grito Minorae— ¡Moriríamos!

—¡No os separéis! —dije— ¡Si nos perdemos en la tormenta de arena, será nuestro fin! ¡Apenas os puedo ver!

—¡De acuerdo! —respondió Philudar— ¡Juntémonos!

Philudar se estaba acercando cuando algo gigantesco pasó a toda velocidad junto a nosotros y se lo llevó por delante.

—¡Philudar! —exclamó Minorae.

Recuerdo que Minorae me agarró la mano. La situación se tornó caótica y no tengo nada claro qué es lo que pasó después. Lo siguiente de lo que me acuerdo es de estar gritando y llorando, delante de un gusano monstruoso. Seguía agarrando la mano de Minorae; el problema es que solo tenía agarrada la mano. Todo su cuerpo, a partir del codo, había desaparecido. Y Rilar-Mao’on no estaba por ninguna parte. El gusano abrió la boca y, de entre sus fauces, observé emerger un ojo gigantesco. El ojo comenzó a brillar, y sentí cómo me abandonaban las fuerzas. «Pues va a ser cierto que Guhe’tak se alimenta del alma» fue lo último que pensé, antes de desmayarme.

* * *

—Es muy solitario esto de vivir aquí, yo sola, ¿sabes? —dijo una voz— Ya no hay humanos en esta parte del Desierto, nunca pensé que tendría que sobrevivir a base de zumo de cactus. Menos mal que has cambiado mi suerte. Y… va siendo hora de mi almuerzo. ¡Que aproveche!

Sentí un mordisco en el cuello y, después, el tacto húmedo de lo que deduje que era una lengua. Entreabrí los ojos y descubrí a una mujer, de ojos ambarinos y cabellos oscuros, echada sobre mí. Traté de moverme, pero me tenía firmemente aferrado, con unas garras que podrían rivalizar con las de un ave de presa. Al darse cuenta de que había reaccionado, se apartó ligeramente de mí, aunque sin soltarme.

—Oh, pensé que nunca te despertarías —me dijo.

—Eres una lamia —respondí, con voz cansada—. Suéltame.

—Te soltaré, pero solo si prometes que no vas a huir. No planeo matarte.

—De acuerdo —respondí.

—Bueno, en verdad, con lo agotado que estás, no es como si pudieses, ¡ni siquiera aunque quisieras! —respondió, mientras me liberaba de sus garras—. Espera aquí un momento.

La lamia se alejó, desapareciendo entre los escombros. Ruinas. Me encontraba en medio de unas ruinas. No sabía muy bien como había acabado allí, así que deduje que había sido la lamia la que me había traído. Y, hablando de ella, no tardó en regresar, sosteniendo entre sus garras un cactus cortado. Me ofreció el jugo que había en su interior.

—Llevo una larga temporada cuidando de ti —me dijo—. No creas que ha sido por piedad o misericordia, echaba de menos el sabor de la sangre, así que me he ido alimentando de la tuya de vez en cuando. Lo malo es que he tenido que esforzarme mucho por contenerme y no extraerte más de la cuenta, de lo contrario me hubiera quedado sin sustento.

—Comprendo —respondí, con voz monótona.

—Aunque —prosiguió—, debo reconocer que no ha sido solo por eso. Los dholes masacraron a mi clan, solo conseguí salvarme huyendo al interior de las ruinas. Tanto tiempo sola… ya había comenzado a afectarme. Si no hubiera llegado a encontrar a alguien, hubiera terminado ya de perder la cabeza y, quizás, puesto fin a mi vida.

—¿Dónde estamos exactamente? —pregunté.

—En unas ruinas, justo a las afueras de la vieja capital, en lo que llamáis las Arenas de la Muerte.

Se me escapó una risa histérica. Después de todo el esfuerzo, de todas las catástrofes, había acabado llegando a nuestro destino. Pero solo quedaba yo. Todos los demás habían encontrado la muerte entre las arenas. Para no caer en la desesperación, decidí aferrarme a un objetivo: ya que había llegado hasta allí, yo mismo completaría la misión, de tal manera que el sacrificio de mis camaradas no hubiera sido en vano.

Le conté mis intenciones a la lamia y, aunque a regañadientes, aceptó dejarme ir allí, con dos condiciones: la primera, que esperase unos días a recobrarme del todo. Y, la segunda, que le permitiera que me acompañase, ya que no quería volver a la soledad. Acepté sin dudarlo, ya que se me presentaba como una muy buena oportunidad. La lamia, físicamente, era más fuerte que cualquier humano, así que su presencia allí haría las cosas más sencillas.

No voy a detenerme a narrar cómo transcurrieron esos días de rehabilitación, ya que siento que interrumpiría, innecesariamente, mi narración. Solo mencionar que accedí a seguir compartiendo con ella una cantidad pequeña de mi sangre, como «pago» por haberme tratado tan bien, pese a que, en condiciones normales, las criaturas como ella serían uno de nuestros depredadores naturales. En cierto momento, no pude evitar confundirla con una de las enfermeras del hospital, ante lo cual me respondió con una risilla.

Tardé unas semanas en volver a sentirme lo suficientemente preparado para reanudar la misión. La lamia me mostró un pasaje secreto, oculto entre las ruinas, que conducía directamente al interior de la vieja capital, en concreto, a lo que había sido el palacio.

—Antaño, este túnel servía para que la familia real pudiera escapar en caso de emergencia, como podría ser, por ejemplo, una invasión —me dijo.

—¿Cómo sabes eso? —le pregunté.

—Soy más antigua de lo que podrías imaginar —me respondió.

No pude evitar percatarme de que había utilizado el adjetivo «antigua» en lugar de «mayor» o «vieja».

—Yo ya estaba allí en los tiempos en los que aún había vida en la vieja capital. Por aquel entonces, mis hermanas y yo nos mimetizábamos entre sus habitantes y, de vez en cuando, éramos responsables de una desaparición, ¡o de un puñado de ellas! Pero, con tantos humanos como había, quedaba en algo anecdótico. Además, nadie se preocupa si desaparece algún mendigo o maleante. De ese modo, conseguimos infiltrarnos en la sociedad sin dificultad, pero manteniéndonos saciadas. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el maldito cataclismo…

—¿Qué pasó exactamente? —pregunté.

—Prefiero no hablar de ello —fue su respuesta.

Decidí no insistir. Avanzando por los túneles, observé que en las paredes había pintadas que representaban a varios grupos de individuos postrándose ante una ballena y ofreciendo lo que parecían ser sacrificios humanos.

—¿Por qué han puesto esto aquí? —pregunté— ¿No se suponía que estos túneles eran de evacuación?

—Se rumorea que, en estos túneles, en la época en que se practicaba el culto de la Ballena, se realizaron aquellos rituales que, por sus… características, era mejor realizarlos lejos de los ojos del pueblo.

—Comprendo. Y, por cierto, ¿recuerdas que te comenté que iba buscando a una criatura? —dije, cambiando de tema.

—Claro —me respondió.

—Y, ¿tú la has visto merodear por las ruinas?

—Sí pero no. La he «visto», pero no la he «visto merodear».

—¿A qué te refieres?

—Desde que llegó, nunca se ha movido. Aunque no estoy segura de que sea correcto decir que «llegó», ya que, en cierto modo, es como si siempre hubiera estado allí.

—¿Incluso antes de la caída de la vieja capital? —pregunté confuso.

—No, no estaba —la lamia entrecerró los ojos—. No te lo sabría explicar, es algo demasiado confuso para que pueda comprenderlo la mente humana. Lo único, hay algo que sí debo decirte.

—¿Qué?

—Es posible que, cuando nos acerquemos a donde se encuentra la criatura, tenga que esperarte a una cierta distancia de la estancia. Y, eso si tan siquiera eres capaz de aproximarte allí.

—¿A qué te refieres? —quise saber.

—La criatura está en la antigua sala del trono, y es como si generase una extraña presión, que me impide avanzar. De todas formas, ¿no sería mejor, ya que ya te he dicho que no se mueve, que des media vuelta y regreses con esa información a los territorios de los hombres? Queda claro que no tiene actitud hostil.

—No —respondí con decisión—. Si regresara sin pruebas de que he llegado hasta aquí, podrían acusarme de mentir. Seguramente ya alguien haya salido a dar una vuelta unos días por el Desierto Exterior y haya regresado, diciendo que ha venido hasta aquí. La recompensa es muy jugosa, sin duda habrá muchos charlatanes y embusteros que habrán tratado de embaucar al cliente para cobrarla, sin tener que jugarse la vida.

—En eso tienes razón —asintió la lamia—. Tal vez sea conveniente que le arranques un fragmento de escama o de uña, para poder llevarla luego ante el cliente. Y, si es necesario, daré también mi testimonio.

—Pero, si haces eso, es posible que intenten matarte al saber que eres una lamia. Las lamias son temidas y odiadas por los míos.

—¡Que lo intenten!

Tras un largo caminar, alcanzamos el final del túnel. Salimos a una habitación semiderruida.

—Antaño, esto era la cocina de palacio —dijo la lamia—. Sígueme, no estamos lejos de nuestro destino.

Fuimos avanzando entre las ruinas del castillo y, pronto, comencé a sentir una extraña pesadez en mis miembros.

—¿Tú también lo notas? —me dijo.

—Sí, es como si moverme me costara un poco más de lo normal.

—¿Un poco? —la lamia se rio— ¡Yo casi ya no puedo ni moverme! Oye, tengo una teoría. Mira a tu alrededor, ¿ves a alguna criatura?

—No he visto ninguna desde que estoy contigo en las ruinas — expuse—. Únicamente a ti y, como mucho, a algún animal pequeño.

—Exactamente. Sospecho que la bestia ha creado una barrera que actúa como un mecanismo de defensa adaptativo, digamos. La barrera afecta a las criaturas en función de su fuerza y agresividad, es posible que eso sea lo que está alejando a los dholes y a otros monstruos de la capital. Las lamias no somos criaturas particularmente fuertes, si nos comparamos, por ejemplo, con los ahrimasphaeinn. Es por eso que, aunque me genera una gran molestia, soy capaz de acercarme bastante a la criatura, antes de que la presión se vuelva insoportable para mí.

—Comprendo. Por eso en mí tiene incluso menos efecto.

—Exacto. Es posible que, para la criatura, apenas supongas una amenaza.

—Creo que esto confirmaría que la criatura no es hostil —murmuré.

—¿A qué te refieres?

—Es como si estuviera tratando, a toda costa, de evitar la confrontación. Teniendo el poder para crear una barrera capaz de repeler incluso a los dholes y posiblemente al mismísimo Guhe’tak, ¿qué le impide utilizar ese mismo poder para acabar con ellos?

—No deberías saltar tan rápido a conclusiones, joven humano. Aún nos falta mucho por saber sobre la criatura, de hecho, incluso yo apenas tengo información sobre ella. Simplemente, es como si fuera algo que existe.

—¿Cómo si su mismo objetivo fuese simplemente existir?

En mi cabeza, la pregunta sonó estúpida, pero la lamia me miró como si hubiera dicho algo sorprendentemente inteligente.

—Es muy posible —dijo—. Suena extraño, pero más extraño sería proyectar nuestros valores y anhelos en un ser trascendental.

— ¿Trascendental?

—Lo entenderás pronto.

Al rato, la lamia se detuvo.

—He llegado a mi límite —dijo—. En el próximo desvío, gira a la izquierda y continúa todo recto. Encontrarás las puertas de la sala del trono.

Asentí y, prometiendo que regresaría, fui en la dirección que me indicó. Al girar a la izquierda, me vi en un pasillo, cuya arquitectura se encontraba sorprendentemente bien conservada. No tenía ventanas, con lo que la oscuridad era absoluta. Fui avanzando con cuidado de no tropezar con nada. La presión cada vez se iba volviendo más agobiante, pero yo no estaba dispuesto a echarme atrás. En cierto momento, me apoyé en la pared, y palpé algo que, por su forma y tacto, deduje que debía ser un brasero metálico. Quiso la fortuna que aún hubiera restos de carbón dentro. Aprovechando esto, me detuve y, usando algunas lascas de piedra que tomé del suelo, conseguí hacer fuego y encender el brasero. Pero, según se hizo la luz, me llevé un sobresalto: a los lados del corredor se amontonaban innumerables restos óseos, no sabía lo que habría pasado allí, pero, sin duda, había sido una carnicería. Mas no podía dejarme intimidar. Arranqué el brasero de la pared y me propuse utilizarlo como antorcha, dispuesto a alcanzar mi objetivo.

En las paredes, había decoración pictórica, aunque, en este caso, su tema distaba del carácter ritual de las que había visto el pasaje subterráneo. En lugar de eso, las que ahora tenía ante mí, representaban escenas domésticas de la vida en palacio, reflejando el inmenso lujo del que en su día gozó la familia real. Y, contrastando con esas pinturas, la multitud de esqueletos reflejaban la fatalidad, a la cual había dado paso aquella placentera existencia. De lo que antaño fue grande, ahora solo quedaba arena y polvo.

El corredor terminaba ante una puerta gigantesca, de piedra, cerrada a cal y canto. Traté de empujarla, pero no cedía ni un centímetro. Lejos de rendirme, me detuve a pensar. Normalmente, este tipo de puertas se abrían accionando un mecanismo. Era posible que, después de tanto tiempo en desuso, ya ni siquiera funcionase, pero no perdía nada por jugármela a esa alternativa.

Miré a mi alrededor, y no tardé en dar con una palanca oxidada sin accionar. Traté de bajar la palanca, pero tampoco se movía. O eso me pareció, porque, cuando la solté, y ya me disponía a probar otra cosa, me fijé mejor, dándome cuenta de que se había movido unos centímetros. No era mucho, pero me dio esperanza. Volví a tirar de la palanca. Acabó cediendo. Y no solo bajó de golpe, sino que también se partió, quedándome con ella en la mano. Pero, como digo, había bajado, y eso era lo que importaba. Con un ruido atronador, el mecanismo que movía la puerta se activó una última vez, antes de descansar para siempre. Tan solo se abrió un poco, pero lo suficiente para que una persona pasara.

Después, se hizo el silencio. Del interior de la sala, emanó un haz de luz, que iluminó todo el pasillo. Pasé al interior, quedándome sobrecogido ante la visión que se me mostraba. Aunque el techo se había desprendido, la sala del trono conservaba parte de la magnificencia que debió tener en su día. Y más sobrecogedora aún era la entidad que se encontraba al fondo de la estancia. Era inmensa, de hecho, sobresalía más allá de donde antaño se encontraban las paredes y el techo. Tenía cuatro brazos y se encontraba sentada, completamente inmóvil, como si estuviera meditando. Todo su cuerpo estaba cubierto por una armadura, de lo que parecía ser magma endurecido. En su conjunto, me evocó la imagen de una estatua gigantesca de Buda, similar a aquellas que alguna vez pude ver en las revistas del hospital.

Traté de acercarme, pero la presión se volvió salvaje. Dar un solo paso me costaba un mundo. Pero me forcé a seguir, a llegar hasta la criatura.

—Te estaba esperando, hijo del hombre —resonó una voz en mi cabeza.

El suelo comenzó a temblar, y caí de rodillas. La criatura se estaba moviendo. Alcé la mirada hacia el ser, y fui testigo de la metamorfosis más impresionante que uno se podría imaginar: La roca se fue desprendiendo de su cuerpo, revelando un torso protegido por escamas doradas y blancas, que resplandecían como el sol. De su espalda desplegó dos alas, de una envergadura impresionante, y su boca se abrió como los pétalos de una flor. Tentáculos de energía salieron de su cuerpo, extendiéndose por la sala. Era una visión tan majestuosa como sobrenatural y aterradora.

—Mi regreso era inevitable, aunque siempre he estado aquí. He resucitado, pero nunca he estado muerto. Tras innumerables vidas, hoy estoy en este lugar, y, al mismo tiempo, no estoy. Yo soy Sol. Yo soy Svarog. Yo soy Ra. Yo soy Ab-T’bohugha, el primer iluminado, el Bodhisattva. Soy dios y hombre. Soy Cosmos y Caos. Soy Primigenio. Mis semejantes me temen, porque mi luz expone su mentira. Ante mi Verdad, sus conflictos carecen de sentido. Ghisguth me traicionó y me confinó, más no le guardo inquina. Pues, aunque me selló en eras pasadas, el tiempo carece de sentido. Siempre estoy, he estado y estaré. Este momento es eterno. Tú y yo siempre estaremos aquí, en este instante concreto. El universo nos tiene reservado este momento. El tiempo carece de relevancia, tan solo existe la eternidad. He visto Tíndalos. He conocido el Tao. He experimentado innumerables veces el comienzo y el final del universo. Siempre he observado, siempre observo y siempre observaré. Y, siempre, nos encontraremos tú y yo, en este momento, en este lugar.

Noté algo en mis piernas y, al mirar hacia ellas, me percaté de que uno de los tentáculos del Bodhisattva se había enroscado en torno a ella. En ese momento, mi mente comenzó a ser bombardeada por imágenes, recuerdos, memorias de otras vidas, de otras existencias. Aunque, tal vez no sea correcto hablar de memorias, más bien lo estaba experimentando todo a la vez. Conocí a los grandes Primigenios, a los temibles Azathoth y Yog Sothoth, descubrí la manipulación de la historia urdida por Nodens y sus esbirros, escuché La Voz de las Profundidades. Y, finalmente, todo confluyó en una sola existencia, en un solo momento.

* * *

Me levanté del suelo y me bañé para limpiarme el vómito. Se habían disipado las nubes en mi cabeza, pude asimilar la Verdad. No me importó que el suelo del baño estuviera manchado de bilis. Tampoco me importó haber dejado la cama destrozada. No quise perder tiempo con ello, pues no regresaría, pese a que, inevitablemente, habría un yo que, por siempre, existiría en ese piso, en esos días pasados, viviendo aquel contacto fatídico con el universo. Al salir del bloque de apartamentos, me encontré con aquel chico de gafas y vestido de blanco. Blanco. Yo ya no era el señor Blanco. Nunca lo había sido, las páginas de mi libro jamás estuvieron vacías.

El chico de blanco me subió a una limusina para conducirme hacia aquel lugar mágico, el Gabinete de la luz lunar. Pasé al interior y Adam Peterson me sonrió.

—Mimi, ya no hace falta que te contengas —dijo.

La chica que estaba sentada a su lado se giró hacia mí, con lágrimas en los ojos.

—Bienvenido a casa, Lughiii.

Y, así, una vez más, los tres bebimos, comimos y celebramos, como siempre habíamos hecho y como siempre haríamos. Un día, nuestros otros dos compañeros volverían a estar con nosotros. Aunque, al mismo tiempo, es como si nunca nos hubieran dejado. Y, así, vivimos en paz con la infinidad, por siempre y para siempre, con la bendición de los innumerables soles y lunas que nutren de vida al universo. Tengo este diario en mi posesión, pero, al mismo tiempo, será encontrado en 2023, en mi piso. Sé que esta Verdad llegará a más de uno, y más de uno la tachará de fantasía. Pero, habrá uno; uno que, a la vez, es muchos. Para Ti, este texto tendrá un significado especial. Porque Tú serás Sol. Tú serás Svarog. Tú serás Ra. Tú serás Ab-T’bohugha, el primer iluminado, el Bodhisattva.

* * *

Este diario fue encontrado durante la investigación que se condujo en el despacho de Leopoldo Teja, editor de la revista Shangri-La 93. Se desconoce si es real y cómo acabó en su posesión.

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