—Si estuviera en peligro, ¿qué harías? —pregunta una mujer de piel oscura. Su rostro está desgarrado en el lado izquierdo, dejando un hueco oscuro donde alguna vez tuvo un ojo. De cabello corto y castaño, su único ojo restante, de iris negro con destellos azules, observa con intensidad. Espera desnuda ante quien responderá su duda
—Haría todo —responde un hombre de piel clara, no demasiado alto, de rostro igualmente destrozado y cuyo cráneo parece asomar alrededor de la cuenca de un ojo perdido. Desnudo, permanece firme frente a aquella cuya duda debe responder
—¿Qué harías si llorase?
—Lo haría todo.
—¿Qué harías si algún día muero?
—Lo haré todo, y si no vuelvo a estar contigo, te vengaré.
—Bien… ¿Temes a qué algo me llegase a pasar?
—Mucho más de lo que podría temerle a la muerte.
—Tolker… Si tuvieses que preguntarme lo mismo a mí, ¿Sabes qué te diría lo mismo a ti?
—Lo sé Renalcia, lo sé. Es por eso que te amo.
—Y es por eso que yo te amo a ti.
Renalcia coloca su mano en el pecho de Tolker y se abalanza sobre él, besándolo bajo el tenue resplandor de la fogata que iluminaba la noche y disipaba sus penas. En ese momento, ambos se entregan a un ritual que consumaría su amor, un acto que era tanto el primero como uno de profundo significado para ellos. Sin embargo, el alba llega, y Tolker despierta de aquel dulce sueño en el que volvía a tener a su amada entre sus brazos. El Olvidado se incorpora de la cama improvisada, hecha de las pieles y vísceras de todos los desafortunados y necios que osaron cruzarse en su camino, aquellos que se interpusieron entre él y su anhelo de reencontrarse con Renalcia.
Caminaba por un bosque muerto, sin vida, olvidado por toda mente cuerda, en un mundo desterrado de la razón y de los recuerdos. Allí avanzaba un hombre ignorado incluso por los dioses, en una larga y sangrienta búsqueda. Nada ni nadie lo detendría; daría hasta la última gota de sí mismo por seguir adelante, porque no le importaba perderlo todo si así lograba recuperarla, salvarla, protegerla.
Tolker, el Olvidado, vagaba por esos parajes sombríos, eliminando a cualquiera que se interpusiera en su camino con una espada oxidada y rota, y defendiéndose con un escudo arrancado de las manos de un soldado de un linaje extinto. Vestía con retazos de armaduras, saqueadas de los cuerpos abandonados en los pútridos paisajes de este mundo brutal; algunos de ellos asesinados por sus propias manos. Incluso su yelmo era una auténtica quimera, rematado por la punta de una lanza quebrada.
Continuando su travesía por aquellas tierras nauseabundas, Tolker divisa a lo lejos una gran luz. Es un resplandor gigantesco, tan cálido como el fuego de una fogata, como una llama suave que atempera y guía en la oscuridad, como un sol que, en las mañanas más hermosas de aquel aberrante mundo, exhibe una sonrisa radiante, repleta de amor y esperanza. Tolker corre en dirección a esa luz que, incluso, parece fertilizar la tierra. La vida brota a su alrededor: cientos de plantas hermosas, flores deslumbrantes y criaturas fantásticas surgen con cada destello de aquel resplandor. Sin embargo, el olvidado, temeroso de que aquello pueda ser un fenómeno maligno, se oculta entre los arbustos, observando el origen de aquella luz: un hombre de piel oscura como el carbón, robusto y gigantesco como el colmillo de un dragón. Su cabeza afeitada refleja la luz como la más pulida de las armaduras, y su armadura es dorada y brillante como el sol.
Aquel hombre se agacha y toma una flor, creada por su misma presencia. La huele con total tranquilidad, sin ninguna clase de temor, siendo capaz de sonreír incluso en medio de aquel bosque putrefacto. Tolker se acerca a mirarlo con más detenimiento, trata de ser cauteloso, pero acaba pisando una rama seca, cuyo crujir pone fin a su avance sigiloso. El gigante se percata de esto, levantándose y mirando al Olvidado, quien, de manera instintiva e impulsado por el miedo, saca su espada y apunta al hombre. Dada la baja estatura de Tolker, casi parece un gato confrontando a un elefante.
El gigante, al ver el arma empuñada y alzada frente a él, solo levanta su dedo, y lo coloca sobre ella, apartando con cuidado el amenazante filo que le apuntaba.
—Descuida, hermano. Yo no te haré daño.
Tolker mira a aquel hombre, sorprendido. En circunstancias normales, un coloso como aquel sería temible, un peligro. Y, sin embargo, parecía limitarse a disfrutar algo de ese pequeño y pútrido mundo.
—Perdón por haberte hecho reaccionar así, hermano —dijo el hombre, viendo que la reacción directa y rápida del Olvidado es simplemente guardar su espada y mirarlo a los ojos—. Mi nombre es Alkar, el Sol Sonriente, ¡Es un placer conocerte! ¿Cuál es el tuyo?
—Tolker.
El Olvidado se aleja del lugar, pero Alkar lo sigue, intrigado por él. Dándose cuenta de que el Sol Sonriente avanza tras él y sospechando que podría representar un peligro, Tolker, instintivamente, coloca una mano sobre la empuñadura de su espada, aún envainada. Sin embargo, al notar que Alkar no muestra intenciones hostiles, retira la mano y continúa su camino. Juntos recorren el hermoso sendero lleno de flores e insectos que el Sol Sonriente ha creado, hasta que, de repente, se encuentran con tres hombres heridos que claman por ayuda.
Tolker, sin mostrar interés, sigue avanzando, mientras Alkar intenta persuadirlo para detenerse y prestar auxilio, aunque en vano. Ante la inutilidad de sus esfuerzos, Alkar decide intervenir por su cuenta; se arrodilla y examina las heridas de los hombres para evaluar su gravedad.
De pronto, sin previo aviso, una lluvia de lanzas cae sobre la espalda del Sol Sonriente. Los tres hombres heridos se levantan ágilmente, desenfundando cuchillos afilados que parecen cortar el mismo aire. Pronto, otros atacantes emergen de entre los árboles: un variopinto grupo de hombres y mujeres, acompañados por un enorme ser similar a un oso, mucho más grande que el propio Alkar.
—Interesante, el idiota no parece tener la intención de contraatacar —dice uno de los hombres.
—A este paso conseguir la recompensa será mucho más fácil de lo que creíamos —responde una de las tantas mujeres que daba caza al gigante.
—Tal vez nos den una recompensa adicional si les damos la cabeza del imbécil que lo acompañaba.
Algunos de los asaltantes se lanzan contra Tolker, quien sige ignorando la amenaza, restándole importancia a pesar de estar rodeado por varios hombres. Sin embargo, una mujer toma repentinamente su muñeca y le susurra:
—Tal vez si te entregamos a Ulskars consigamos un poco más de dinero para el invierno.
La sola mención de ese nombre provoca al fin una reacción en Tolker. Con el escudo en mano, golpea brutalmente el rostro de la mujer, desfigurándolo y lanzándola contra un tronco cercano. Uno de los hombres levanta su maza en señal de ataque, pero es atravesado de inmediato por la espada del Olvidado, que lo alza y, con un movimiento feroz, lo parte en dos.
Tolker avanza hacia donde se encontraba Alkar, arremetiendo contra los demás cazadores de recompensas con una rabia inhumana. Uno de ellos es empalado con su espada y lanzado con tal fuerza que queda atrapado entre las filosas ramas de un árbol seco.
—¡Id a por el enano! —exclaman algunos de ellos.
Alkar aprovecha la distracción para contraatacar, destrozando a varios de ellos con sus puños, haciendo que algunos vuelen por los aires, vueltos en simples trozos de vísceras y carne, mientras que otros quedan estampados contra el suelo. Mientras el Sol Sonriente mataba a algunos, Tolker hacía lo propio por su lado, terminando con la vida de varios hombres que intentaban abalanzarse sobre él como si fuesen animales, solo para acabar con sus cuellos atravesados por la espada del Olvidado.
La espada de Tolker se queda atascada en la cabeza de una mujer, lo que brinda la oportunidad a uno de los hombres de lanzarse contra él. Sin embargo, en ese instante, Tolker reacciona y le golpea con su escudo en la mandíbula, deformándola de manera inhumana. El hombre se tambalea, y el Olvidado arranca sus intestinos con la mano desnuda, utilizándolos como una soga para estrangular a su víctima, apretando con tal fuerza que, debido a la presión, su cabeza acaba explotando.
Este reacciona al instante, apresando al hombre y usándolo como escudo humano frente al hacha de la mujer, que, incapaz de detenerse a tiempo, acaba con la vida de su propio aliado. La mujer observa con terror el espantoso resultado de sus acciones, pero su reacción se ve interrumpida por la punta de lanza que adorna el casco de Tolker, que rebana de manera violenta y salvaje su cuello, separando la cabeza del cuerpo.
Por su parte, Alkar ha derrotado a los demás, mostrando una habilidad para el combate que desafía toda comprensión. En ese momento, el imponente úrsido gigante aparece y, con un simple movimiento de su mandíbula, devora al Sol Sonriente.
Al presenciar la escena, Tolker intenta atacar a la abominación. Pero, antes de que pueda alcanzarla, la criatura empieza a vomitar sangre. Solo unos instantes después, Alkar emerge de sus fauces en una explosión de fuego y luz tan intensa como el sol. Con un movimiento poderoso, Alkar junta sus enormes manos y las separa, materializando una gigantesca espada dorada con la que decapita al monstruoso oso.
Creen haber acabado ya con todos los cazarrecompensas, pero logran divisar a un hombre que, en un patético intento por sobrevivir, se arrastra lentamente. Tolker se acerca, lo toma del cabello y lo levanta del suelo.
—Ulskars, ¡¿Dónde está!?—pregunta Tolker, sosteniendo su escudo a escasos metros de la cabeza del hombre.
—¡No lo sé, por favor, apiádense de mí! —suplica el hombre.
—¡¡¡¿Dónde está?!!! —sigue insistiendo el Olvidado.
El hombre llora y grita por su vida, implorando piedad, pero sus súplicas no conmueven al Olvidado. Al percatarse de la inutilidad de interrogarlo, este alza su escudo y lo descarga repetidamente contra la cabeza de su víctima, aplastándola hasta volverla irreconocible. Tras varios golpes más, el cuerpo finalmente cae al suelo, mientras Tolker levanta el cuero cabelludo recién arrancado. Si aún quedaba un último aliento en él, sin duda se extinguió con el impacto final.
—¿Por qué dijiste ese nombre, hermano? —dice Alkar, acercándose a Tolker
—¿Ulskars? Bien, te diré por qué. Él tiene a mi amada en sus manos, ¡me la arrebató! Ese malnacido la retiene en algún lugar de este infierno, pero yo la sacaré de ahí. Y, cuando me encuentre con Ulskars, lo mataré. ¡Lo mataré de la forma más horrible que me sea posible!
—Hermano mío, eso que has decidido es una de las ideas más temerarias que he escuchado en mi larga vida. Ulskars, el Terrible, es una fuerza imparable, capaz de aplastar ejércitos por sí solo. Su cuerpo mismo es un arma viviente, bendecido por criaturas cuya naturaleza trasciende todo entendimiento y lógica —dice el Sol Sonriente—. Él te supera en todos los aspectos, y su ejército es tan temible que incluso seres como yo serían retenidos ante su poder. Tan solo imaginar desafiarlo es una insensatez.
Tolker mira a Alkar, con una mirada que, aun estando ensombrecida por la oscuridad de su casco, transmite una ira reverenda e incontenible. Finalmente y tras exhalar un suspiro, decide mirar a otro lado y, simplemente, irse. Tolker camina sin rumbo fijo hasta que, finalmente, es abatido por el cansancio y cae al suelo, profundamente dormido. Alkar lo alcanza y tomándolo entre sus brazos, lo mete dentro de un saco de dormir que el gigante carga a sus espaldas.
—Sé que esto es peligroso, pero si he de ayudarte, si he de ayudar a todos mis hermanos en este y en cualquier mundo matando a aquel ser aberrante, lo haré. No estás solo —dice Alkar.
Sin embargo, en otro lugar, hay alguien que no tuvo la misma suerte que ellos dos.
En otro oscuro rincón de este aciago mundo, Renalcia, Aquella que no olvida, yace en el interior de una jaula, en posición fetal. Se encuentra en una sala que parece extenderse hacia el infinito, repleta de escaleras ubicadas en ángulos y posiciones incomprensibles y surrealistas. De todas partes cuelgan jaulas, en las que se amontonan cautivos de todos los sexos y edades.
De repente, se escuchan pasos. Aquella que no olvida se levanta, furiosa, aguardando la llegada de quienquiera que sea el recién llegado. Un hombre de armadura negra, cuyo rostro afeminado y pútrido se atisba bajo la celada de su yelmo, se adentra en la sala, ascendiendo por una de las muchas escaleras retorcidas del lugar. Algunas mujeres gritan aterrorizadas y muchos niños lloran ante su presencia, mientras los guerreros más valientes guardan un silencio abrumador, tensos en un pánico que en cualquier momento podría dar paso a los gritos. Renalcia, en cambio, lo observa con rabia y, en un arrebato de ira y odio, golpea los barrotes de su jaula con tal violencia que su puño casi se quiebra con el impacto.
—¡Oh, pequeña recordadora! ¿Te lastimaste la mano otra vez? —dice el hombre.
—Maldito seas, Ulskars. Maldito seas tú y todo tu ejército —replica Renalcia, sus ojos encendidos como ascuas ardientes.
Ulskars, riendo, hace girar la jaula colgante de Renalcia, que a punto está de marearse.
—Pequeña recordadora, ¡nunca olvidas tu odio! —exclama, parando en seco la rotación de la jaula— ¡Eso me gusta! ¡Que me odien, que me teman, que deseen desafiarme! Pero, para tu desgracia, solo sientes odio, solo temes. Quizás quieras pelear, pero no puedes. No representas un verdadero peligro para mí. O, dime..
El Terrible agarra su propio rostro, abriéndolo en dos y haciendo emerger de él una aberración inefable y vomitiva, compuesta por lo que parecen ser cartílagos y huesos mal unidos. Renalcia se obliga a contener un grito.
—¿…De verdad crees que podrías pelear contra esto? —Ulskars se gira hacia el resto de los cautivos— ¿Y entre todos ustedes? ¿Hay aquí algún valiente?
La única respuesta que recibe son gritos de pánico y llantos. Ulskars vuelve a ocultar la abominación en el interior de su rostro, aun burlándose de todos. Finalmente, abandona la estancia, habiendo ya sembrado el pánico en los corazones de los cautivos.
—Tolker… ¿Dónde estás? Tengo miedo… —dice Renalcia, incapaz de contener ya las lágrimas.
El eco de sus palabras resuena en la oscuridad, como un lamento que se pierde entre las sombras…