¿Acaso se había vuelto loco tras haberse
visto reflejado en un espejo completamente
esférico? ¿O, lentamente, fue perdiendo el sano
juicio, tras el repentino descubrimiento de que
se hallaba atrapado dentro de un horrendo y
esférico ataúd de cristal, junto con ese reflejo?
—Edogawa Ranpo, El Infierno de los Espejos.
El viejo Shirotora se mesó el cabello, tratando de aguantar el estrés. Los malditos de Onigami1 seguían resistiéndose a que Byakko2 se hiciera con la hegemonía entre los círculos de ocultismo de la zona. Y, para colmo, mientras que Byakko era una organización respetable que trataba de preservar los principios del onmyōdō3, los perros de Onigami se dedicaban a corromper las nobles prácticas de la hechicería japonesa, introduciendo rezos y rituales de origen occidental. Estos, en opinión del viejo, solo podían ser clasificados como una perversión de las costumbres y de la tradición.
Todo comenzó con aquel maldito gaijin4 que se presentó ante Shirotora pidiéndole que le dejara acceder a Byakko. En un primer momento, Shirotora aceptó, al fin y al cabo, ¿qué peligro había en acoger a un hechicero extranjero? Pronto conocería las costumbres, los ritos y las regulaciones de Byakko; no había duda de que, sabría amoldarse. Lo que nadie se esperaba era que ese perro occidental comenzara a intentar difundir sus propias doctrinas dentro del grupo e, incluso, a desafiar abiertamente a Shirotora. ¡Era inadmisible! Cuestionarle a él fue el último error que cometería dentro de Byakko.
El joven gaijin fue castigado y expulsado del grupo. Con él fuera, no sería difícil reinstaurar el orden y la disciplina. O, al menos, eso pensaba Shirotora. No mucho después, ese condenado hechicero reapareció, ahora al mando de un grupo de hechicería al que llamó «Onigami». Y el gaijin, casi a modo de burla, se cambió el nombre por uno que hacía referencia al folklore japonés: «Amanojaku». Era llamativo el hecho de que hubiera escogido precisamente ese nombre, pues era sorprendentemente apropiado para una rata traicionera como él5.
El maldito Amanojaku no se contentó con crear Onigami, sino que, para echar más sal a la llaga, fomentó la discordia dentro de Byakko: mientras estuvo en el grupo de Shirotora, consiguió hacer algunos adeptos, que ahora se dedicaban a crear confrontación y a discutir a sus superiores. Algunos de ellos proponían fusionar el grupo con el de Amanojaku, mientras que otros, más audaces, llegaban a sugerir que lo mejor sería someterse y ser absorbidos por Onigami. La línea de actuación de Byakko era clara, tan siquiera plantear esas ideas discordantes era un desafío al líder. El viejo Shirotora tuvo que castigar a muchos de ellos;de hecho, habría llegado a deshacerse de algunos de los sublevados recurriendo a unas «maldiciones» que, con frecuencia, iban acompañadas por la inestimable ayuda de una bala de plomo. El anciano sonrió al pensar en ello. Cualquiera que estuviera investigando aquellas muertes creería que sufrieron un ataque de histeria y se dieron un tiro. Nadie sabría que detrás de ellas estaba el brazo ejecutor de Byakko.
Por desgracia, eso únicamente habría servido para atajar el problema interno, quedando muy lejos de resolver el conflicto con Onigami. Debían ser muy cautos, ya que Amanojaku era un maestro de la manipulación: si eran descubiertos recurriendo a medios más «humanos» que «mágicos», sin duda les acusaría de no confiar en su onmyōdō. Si, de este modo, conseguía probar que eran unos farsantes, ya habría demostrado objetivamente la superioridad de la magia sincrética de Onigami. El anciano maldijo y se mordió el labio.
¡Debería haber matado a ese sucio gaijin cuando tuvo oportunidad! ¡Debería haberlo mutilado más, azotado más! Cerdo ingrato, ¡debería sentirse honrado de que se le hubiera perdonado la vida!
Los de Onigami cada vez eran más audaces. Últimamente, habían comenzado a ofrecer sus servicios a algunos de los clientes habituales de Byakko. La fuente de ingresos del grupo peligraba, aquello era inadmisible. Si la cosa seguía así, esa perversión hibrida ideada por Amanojaku se impondría acabando con la ortodoxia que, por tantos años, Byakko llevaba protegiendo.
Alguien llamó a la puerta. Dos golpes. Silencio. Tres golpes. Cuatro golpes. Shirotora conocía bien esa forma de llamar a la puerta.
—Adelante —gruñó Shirotora.
La puerta se abrió y Aki, la joven ayudante de Shirotora, pasó a la estancia.
—Shirotora-san, necesito hablar con usted —dijo la joven.
—Acercate —exigió el viejo.
—Pero, tengo que contarle…
—¡Acercate! ¡No estoy de buen humor!
Aki se aproximó sin protestar y se sentó junto al anciano. Los ojos de Shirotora brillaron con malicia mientras su mano exploraba el bonito cuerpo de la joven.
—¿Y bien? ¿Qué era lo que querías contarme? —preguntó el anciano, mientras sus dedos palpaban el pezón de la chica.
—Amanojaku ha propuesto una reunión con usted —dijo Aki, sin inmutarse—. No sabemos si es para darle un ultimátum o para negociar la tregua.
Aquello enfureció aún más a Shirotora. ¿Cómo tenía el descaro de proponer él una reunión? ¡Ese maldito advenedizo!
—Me está haciendo daño, Shirotora-san —dijo Aki.
Shirotora apartó su mano de la chica. Debido a la rabia, se había excedido, acabando por manosear a la chica con más violencia de la habitual. No… no podía dejar que el maldito Amanojaku sacase lo peor de él. Debía zanjar cuanto antes ese maldito feudo y deshacerse del usurpador.
—Necesito que reúnas al consejo de Byakko —sentenció Shirotora, recuperando la compostura. Debemos estudiar una forma de proceder.
—De acuerdo, pero antes, ¿necesita que le ayude a relajarse? —Aki puso la mano sobre la pierna del anciano.
Una sonrisa bobalicona apareció en el rostro del viejo. Sonrisa que, sin embargo, no tardó en desaparecer. No era momento para aquello. En cualquier otro momento hubiera aceptado con gusto; y es que, de hecho, muy habitualmente era él mismo quien le ordenaba que lo satisficiera de ese modo. Y, sin embargo, ahora no era el momento. Necesitaba mantener su determinación, su rabia; tenía que concentrar todos sus esfuerzos en purgar a a Onigami de la faz de Japón. Si era necesario, estaba dispuesto a mancharse de sangre en nombre de su disciplina, de la ortodoxia del onmyōdō.
* * *
Los miembros del consejo de Byakko se reunieron en el salón del Tigre, una hermosa y amplia estancia repleta de estatuas, sedas y pinturas, destinada tradicionalmente a servir como escenario para el nombramiento de los líderes. Que la convocatoria fuera allí ya de por sí auguraba que se trataba de una situación excepcional, en aquella estancia tan solo se organizaban reuniones en momentos en los que existía una amenaza existencial para el grupo.
Esto había sido así desde su fundación, allá en los tiempos de Abe no Seimei6.
—Caballeros —dijo Shirotora, poniéndose en pie—, supongo que ya les han llegado las noticias.
—Eso me temo —respondió Sugisawa, uno de los hechiceros más ancianos del grupo—. Esto comienza a recordarme a aquello con lo que tuvo que lidiar su antecesor, Kojō.
—Espero que no esté insinuando lo que creo que está insinuando —intervino Odajima.
—Kojō, el de la tragedia de Sapporo —rememoró Shirotora.
—En aquel entonces y según cuentan los archivos, hizo falta un esfuerzo monstruoso para destruir las pruebas y evitar que se filtrara al exterior la información sobre el suceso — constató Odajima—. Además, le costó la vida a Kojō y a todos los onmyōji que le ayudaron en la preparación del ritual.
—Es una apuesta arriesgada, sí —comentó Tsukimoto el archivero—. Pero debo decir que poner en práctica algo como eso sería interesante. Hablamos mucho sobre nuestros orígenes, sobre nuestro onmyōdō; y, sin embargo, últimamente nuestros métodos se parecen demasiado a los de unos vulgares yakuza. Nosotros no somos yakuza, sino onmyōji y nuestras herramientas no son el puño y la pistola, sino nuestra hechicería.
—Así es —volvió a intervenir Sugisawa—. Provocar un incidente comparable a la tragedia de Sapporo haría que la gente volviera a temer nuestro onmyōdō. Se darían cuenta de que no son solo trucos de magia baratos, sino que conocemos el funcionamiento del cosmos y los shikigami7 siguen nuestros designios.
—¿No sería hermoso si el gobierno restituyera la oficina de Onmyō y recuperásemos el prestigio que teníamos antaño? —fantaseó Amano, el de finanzas.
Shirotora se volvió a sentar, acariciándose el mentón.
—Pecas de ambicioso, Amano, pero comprendo eso que tanto tú como Sugisawa y los otros me estáis planteando.
—¡Pero es una locura! —interrumpió Toriyabe, uno de los más novatos— ¿No han escuchado lo que dijo Odajima?
—Sí, sí, lo he hecho —respondió Shirotora. He dicho que entiendo el punto, no que vaya a hacerles caso. Al fin y al cabo, no es una decisión sencilla y, si lo hago puede que incluso me cueste la vida.
—¡¿Acaso no está dispuesto a dar su vida por Byakko, como hicieron su antecesor y el antecesor de su antecesor?! —replicó Sugisawa.
—¡Lo estoy! —exclamó Shirotora— Daría mi vida… ¡lo daría todo por garantizar el futuro de Byakko! Pero ese es el punto, hay que pensar en el futuro. Acabaríamos con Amanojaku y restituiríamos nuestra dignidad, pero, si se repite lo de Kojō, las bajas van a ser abundantes.
—Mis disculpas, líder —respondió Sugisawa—. Creo que le malinterpreté, y mi tono no fue el adecuado.
—Disculpas aceptadas. Pero, ahora, tenemos que centrarnos en la citación de Onigami. Debemos decir que aceptamos, ya que, de lo contrario, parecería que lo tememos. Pero la reunión habrá de hacerse de acuerdo con nuestros términos. Ellos son los que desean reunirse, no nosotros, así que deberán acceder. Es por ello que seremos nosotros quienes fijemos la fecha y el lugar, eso no es negociable. Espero que hayáis tomado buena nota de lo que he dicho, porque ese ha de ser el mensaje que les ha de llegar.
El apoyo a la decisión del viejo Shirotora fue unánime, aunque sobre sus hombros habían dejado una decisión complicada, que implicaba la ruptura de un tabú. Tradicionalmente, los onmyōji invocaban y controlaban shikigami, algunos de los cuales cargaban con maldiciones poderosas, llegando a poner el riesgo el equilibrio cósmico. Es por ello que había que ser prudente y asegurarse de que las invocaciones no perturbasen a la naturaleza; de lo contrario, era posible que se volviesen contra el mismo invocador. Pero es que, si hacía lo que se había propuesto, lo que en su día había hecho Kojō… ahí la prudencia ya no tendría cabida. Aquello era como desafiar al universo mismo.
Antes de retirarse a sus aposentos, Shirotora decidió desviarse para visitar un lugar que tiempo hacía que no pisaba. Llegó ante una puerta con nueve cerraduras, que fue abriendo una a una. El portón cedió, dando paso a una pequeña escalera de cuatro peldaños que conducía al llamado «Corredor de las Prohibiciones». Tras asegurarse de que nadie lo seguía, cerró las puertas a sus espaldas y, con un sencillo encantamiento, hizo que las antorchas se encendieran. Aquel era el único lugar del templo de Byakko en el que no había luz eléctrica y también el único al que solo podía acceder el líder del grupo.
Las paredes del corredor estaban plagadas por ilustraciones de oni, antiguas y deterioradas, algunas de las cuales tendrían ya varios siglos. Aquella zona era la única que quedaba del templo original, manteniendo la función sagrada con la que fue levantada originalmente. Shirotora hizo una mueca al percatarse de la ironía de la situación.
Originalmente, el grupo de onmyōji de Byakko se había constituido con la finalidad de proteger el sello que se encontraba unos metros más adelante, sello que, ya en su día, Kojō había roto. Y, ahora, se le planteaba a él la posibilidad —y tal vez la necesidad— de quebrantarlo una vez más. Sin duda, los líderes de Byakko habían resultado ser los peores guardianes que podían existir, profanando una y otra vez aquello que juraron proteger.
A Shirotora le generaba un gran rechazo la idea de saltarse aquel tabú. Pero, al mismo tiempo, podía ser la mejor forma de proteger al grupo y de vengar su honor, mancillado por Amanojaku. El anciano apretó los puños al pensar en ello. Trataba de ser racional y prudente, pero era humano… y sus instintos con frecuencia le jugaban malas pasadas.
Shirotora alcanzó el final del pasillo y se vio ante una puerta cubierta por cortinas. En aquel corredor no podía estar nadie, a parte del líder. Y, sin embargo, en él siempre había alguien.
—¡Yoruhime8, maldita bruja! —exclamó el viejo— ¡Ven aquí!
—¿Qué modales son esos? —respondió una voz— ¿Así te diriges a la Gran emanación de Tsukuyomi9?
Las cortinas se descorrieron, revelando a una joven vestida como una miko10. Tenía los labios pintados de un color rojo intenso y sus cabellos oscuros enmarcaban unos ojos verdes.
Shirotora evitó mirarlos directamente, ya que se rumoreaba que aquellos ojos eran los mismos que habían enloquecido a Kojō, llevándolo a causar la infame tragedia de Sapporo.
Si él decidía hacer lo mismo, no deseaba que fuera debido a la hipnosis de una condenada bruja.
—Sé que sabes por lo que estoy aquí —dijo Shirotora.
—Sí, y también sé que me temes —respondió Yoruhime, acercándose a él y tomándolo por el brazo.
Shirotora quiso soltarse, pero no podía. Su cuerpo no respondía, era como si se hubiera quedado paralizado. Pero no pensaba dejar que aquello le superase, se concentraría en proteger su mente.
—Eso no te va a funcionar conmigo —sentenció el anciano—. Yo no soy como Kojō.
—Oh, claro que no —Yoruhime acercó aún más su cuerpo, Shirotora podía sentir su respiración, su aroma, la calidez de sus carnes—. Tú no eres como Kojō. De hecho, tú eres peor que Kojō. Detrás de esa fachada humana solo se esconde un depredador… ¿O acaso me equivoco?
La respiración del viejo estaba acelerada, la sangre le iba a tal velocidad que sentía comosi las venas le fuesen a estallar. Sin poder controlarse, pronto se vio abalanzándose como un vulgar animal sobre ella, para arrebatarle la ropa y hacerla suya. En menos de lo que dura un parpadeo, Yoruhime había desaparecido de allí, y el viejo se vio desollando a un zorro, arrancándole la piel con sus propias manos. Mientras, la bruja observaba desde lejos el espectáculo, una sonrisa traviesa dibujada en su rostro.
La escena cambió una vez más. Ahora, Yoruhime y Shirotora se encontraban en una sala con forma eneagonal, dominada por un ataúd de piedra, largo e inmenso como una mesa de comedor. La tapa estaba sellada por cuatro cadenas de bronce y por multitud de rollos de papel que portaban hechizos. Sobre el ataúd reposaba una caja de madera, albergando una serie de rollos manuscritos.
—Aquí yace el shikigami de Ashiya Dōman11 —murmuró Yoruhime—. Y, lo que ves sobre él, son vuestro mayor tesoro, los grimorios de Dōman, de los cuales no existen copias en el mundo. Si los usas y rompes el sello, podrás cumplir con tus deseos de castigar al usurpador.
—No dejaré que me convenzas, maldita bruja —respondió el anciano.
—Oh, no, yo no estoy aquí para convencerte, sino para sacar a la luz los deseos que hay en tu corazón.
Yoruhime se dirigió hacia una de las esquinas de la estancia y pareció desvanecerse entre las sombras. Por su parte, Shirotora tomó la caja con los grimorios. De momento los iría estudiando, analizándolos minuciosamente. Así, en caso de que optara por esa alternativa, podría tomarla conociendo todas las implicaciones, todas las consecuencias. Es posible que, en el fondo de su turbado corazón, el viejo Shirotora ya supiera lo que iba a hacer.
* * *
Shirotora salió de sus pensamientos al escuchar los gemidos de la joven Aki, provocados por el ímpetu con la que las caderas del anciano la embestían. Yoruhime tenía razón: no era mejor que un animal. El mundo podía estar derrumbándose a su alrededor y él, al final, en lo que siempre acababa pensando era en cómo utilizar a aquella y a otras tantas muchachas para satisfacer sus propios apetitos. En el fondo siempre lo había sabido. Pero, la forma en la que la maldita bruja se lo había restregado por la cara le hizo sentir pura rabia, odiarse a sí mismo.
El anciano apartó a Aki y se dispuso a vestirse. Siempre hablaba de su orgullo, pero, de seguir así, ¿qué orgullo iba a quedarle? Recordó las palabras de Sugisawa en la reunión. Se suponía que debía estar preparado para defender Byakko, pero, al final, siempre acababa comportándose como un vulgar hedonista.
—¿Qué sucede, Shirotora-san? —preguntó la joven, mirándole con confusión— ¿Hoy… no he sido de su agrado?
—Para nada, tú has estado perfecta, como siempre —respondió el anciano, abrochándose la chaqueta—. Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza.
La mirada de Shirotora vagó por la habitación, hasta toparse con la caja en la que se guardaban los grimorios de Dōman. Morir por Byakko… ¿eso limpiaría sus pecados? ¿Un pecado podría lavar otro?
—Vete de mi habitación —le dijo finalmente a Aki—. Necesito estar solo.
La chica asintió y, tras terminar de vestirse, se fue.
Vulgar, animal, salvaje, miserable, patético… «me odio a mí mismo», se dijo Shirotora.
Incapaz de aguantar más, fue al baño y vomitó. Llevaba años así, años arrastrando por el suelo su nombre y fingiendo que todo iba bien. No era la primera vez que tenía una crisis como aquella. «me odio a mí mismo». Se preguntó si los anteriores líderes habrían pasado por algo parecido. Si aquel Kojō habría sufrido lo mismo, antes de ponerle fin a todo al causar el fatídico incidente.
Pero no podía seguir así, no ahora. Debía mantenerse fuerte. Debía decidir qué hacer con el maldito Amanojaku, con los idiotas de Onigami. Había que preparar el banquete para la reunión.
En ese momento, Shirotora sintió una revelación. Nadie había hablado de un banquete, pero era una idea genuinamente buena. Pensamientos retorcidos pasaron por su cabeza. No iba a envenenar la comida, eso sería ir a lo fácil. Iba a hacer algo peor, algo más perverso.
Ya de cometer una profanación, que aquella profanación se hiciese por todo lo grande, que quedara como una estampa para el recuerdo. El mensaje que iba a mandar sería recordado por generaciones. Y, además, por cómo y dónde habría de hacerlo, podría limitar la extensión del área sobre la que se desencadenaría la catástrofe.
Los ojos del anciano volvieron sobre los grimorios, a los cuales lanzó una mirada enfebrecida. Iba a ser divertido, sí… ya solo podía pensar en la cara que se les quedaría a Amanojaku y a sus perros cuando se desvelara el truco, cuando el onmyōji realizase su último gran ritual.
Shirotora echó a lavar su ropa, cubierta de bilis, y se metió en su bañera, un enorme pilón de madera en el que solía echar sales aromáticas cuando necesitaba relajarse. Tomó un frasquito con esencia de tusilago y lo derramó en el agua. En el lenguaje de las flores, el tusilago significa una necesidad apremiante de hacer justicia. El anciano no pudo reprimir una risotada atronadora. Tomó uno de los rollos de los grimorios y se puso a leerlo mientras se bañaba, teniendo mucho cuidado de no mojarlo.
El anciano sonrió. «La receta del éxito». Una broma macabra que se desvelaría a su debido momento. Mientras limpiaba su envejecido pero vigoroso cuerpo, Shirotora no pudo evitar pensar en Aki. A esa pobre chica le había arrebatado muchos años de su vida. Aunque había algo positivo en aquello: esa jovencita ya sabía más que nadie sobre el funcionamiento de Byakko, había estado junto a él mientras tomaba las decisiones más difíciles y mientras preparaba los encantamientos más complejos. Además, ella sabía tocar la flauta de Izumo.
Esa chica… ¡sería la siguiente líder de Byakko! Era lo menos que podía hacer por ella.
Además, hacía mucho que el grupo estaba liderado por viejos, puede que un poco de sangre nueva le viniera bien.
Además, Aki había crecido estudiando y comprendiendo las máximas de Byakko. Sin duda, guardaría bien la ortodoxia, y probablemente se guardaría de caer en los innumerables errores que, tanto él como los demás viejos, sedientos de venganza y cegados por el honor, habían cometido e iban a cometer. Y hablando de esos errores, La pobre chica tendría que comenzar por solucionar el entuerto en el que iban a meter a todos. Debería hacerlo una vez que ya no quedara ni rastro de los perros de Onigami, eso por supuesto. Era una tarea compleja, pero ella tenía la flauta y, una vez que arreglara todo aquello, ya nadie se atrevería a disputar su derecho al liderazgo.
Shirotora sonrió, mientras seguía ojeando los manuscritos. Sin duda, Ashiya Dōman era un genio retorcido, ideando aquel ritual. Tomar a una fuerza de la naturaleza y pervertirla de aquella forma… cualquier practicante respetable de alguna forma de misticismo oriental se habría horrorizado. El anciano tomo un puro y lo encendió. Entonces, se paró en seco y se echó a reír de nuevo. «¿Desde cuándo fumo?» Ni siquiera sabía de dónde había salido aquel puro. Tal vez alguna de las chicas a las que solía llamar a su estancia lo llevaba encima, se lo habría dejado olvidado en el baño. Quizás incluso estaba usado, pero a Shirotora eso ya nole importaba. «Hedonista hasta el final» pensó. «A veces es complicado mudar las formas,cuando se llega a esta etapa de la vida».
Estas cosas y otras pensaba cuando se llevó el puro a los labios. Pero, falto de costumbre, se atragantó con el humo. El puro se le escapó de las manos y se precipitó al interior de la bañera. «Pues sí que es complicado lo de mudar las formas… casi tanto como aprender cosas nuevas» se dijo, viendo como el puro desaparecía entre la espuma. Definitivamente, Aki era la indicada. Ella no estaba lastrada por los achaques de la vejez. Aunque puede que en el fondo eso fuera lo de menos. Shirotora sentía que había contraído una deuda con ella y, de algún modo, deseaba saldarla.
En cuanto saliera de la bañera, debía llamar a Aki y exponerle su plan. Debía informarle sobre la responsabilidad que pronto recaería sobre ella. Al pensar en aquello, el anciano se sintió bien. Esto iba a ser, posiblemente, una de las pocas cosas buenas que habría hecho en su vida. De hecho, después de lo que iba a desencadenar, seguramente sería recordado como un terrorista, pues sobre él caerían todas las responsabilidades. Si querían garantizar el futuro de Byakko, Aki se tendría que asegurar de ello
Se paró a pensar, ¿debía avisar a los demás miembros de la cúpula de lo que iba a hacer?
Shirotora sonrió. No. Se los llevaría con él, era mejor así. Desaparecerían junto con los altos mandos de Onigami. Allí, todo giraba en torno a la figura de Amanojaku, así que, al cortar la cabeza, la serpiente dejaría de morder. Pero, en el caso de Byakko, incluso decapitado, conseguiría resurgir. Ya lo habían hecho más veces, cuando ocurrió hace tanto tiempo la tragedia de Sapporo, el grupo también había quedado totalmente desestructurado. Pero renació de sus cenizas. «Más que Byakko deberíamos llamarnos Suzaku12» bromeó Shirotora para sus adentros.
No era solo era legar el cargo a Aki, debía dejar atado cómo iba a componerse el nuevo núcleo duro del grupo. No. Eso no debía hacerlo él. Debía confiar en Aki, ella sabría rodearse de gente de fiar. Seguramente lo acabaría haciendo mejor de lo que él lo habría hecho.
Shirotora salió de la bañera, se secó y se puso ropa limpia. Era irónico, nunca romper un tabú se había presentado como una opción tan apetecible. Aunque llevaba toda su vida siendo un hipócrita. Aquello solo sería el colofón a su trayectoria, un colofón apropiado y coherente.
El anciano hizo llamar a Aki. Esta vez no habría nada sexual. No volvería a profanar ese hermoso cuerpo juvenil. A partir de ahora, esa joven era dueña de su destino, en ella iba a recaer el futuro de Byakko. Ya ahora solo quedaba fijar una fecha para aquella reunión, para aquel banquete. La bajada del telón y el comienzo de una nueva obra, una obra que superaríaa aquella tragicomedia que Shirotora llevaba toda su vida representando como el más mediocre de los actores.
* * *
Al llegar el día acordado, los líderes de Byakko y de Onigami se reunieron a la entrada del templo de Byakko. A Shirotora le resultó nauseabunda la actitud altiva de Amanojaku, pero trato de aparentar normalidad y guardar la compostura. Aun así, no debió ser capaz de reprimir por completo el gesto de desagrado, ya que el maldito gaijin esbozó una sonrisa con aire de burla. Debía estar regodeándose al pensar en que ahora podía mirar a su anterior líder cara a cara y de igual a igual. En caso de que a Shirotora le quedase alguna duda, aquel comportamiento soberbio que exhibía su oponente hizo que toda posible vacilación se evaporara. Ahora era personal, pronto le arrancaría esa mueca sardónica del rostro. Todo el mundo del onmyōdō recordaría el día en el que el tigre le hincó el diente al demonio extranjero.
Era, irónicamente, la soberbia de Amanojaku el principal garante de que el plan iba a salir bien. Todos los asistentes serían conducidos al lugar del banquete y, por motivos de seguridad y confidencialidad, habrían de tener los ojos vendados, no pudiendo retirarse la venda hasta haber llegado al lugar del convite. Cualquier persona en su sano juicio hubiera desconfiado y, muy comprensiblemente, se habría negado en rotundo. Sin embargo, Amanojaku no era como cualquier persona. Se creía intocable, invencible. Y puede que, en circunstancias normales, lo fuera. Pero la situación que Shirotora iba a forzar… no habría cosa más apartada de la normalidad que aquello.
Como corderos dirigidos al matadero, Amanojaku y los cabecillas de ambas facciones fueron conducidos por Shirotora hacia una puerta con nueve cerrojos y una escalera de cuatro peldaños. «Esta vez, esos tales Azathoth, Magnum Innominandum y los demás dioses falsos a los que adoran los de Onigami no podrán estar allí para salvarlos» pensó el anciano, sonriendo con malicia. Todos desfilaban ciegos por el Corredor de las Prohibiciones, como un Hyakki Yagyo funesto, en el que el único que conservaba la vista, el único que conocía el destino, era Shirotora. El anciano se regodeaba, consciente del sino que les esperaba y percatándose de lo poético de la situación. Todos, cegados por sus inquinas, por su ambición, habían cerrado sus ojos a la Verdad. Y, ahora, él era el único que los tenía abiertos. Le recordó a aquellos ensalmos del Emperador Inmortal que había leído en su momento y que criticaban la vanidad humana. Sí… aquella panda de vanidosos pronto iba a recibir aquello que les correspondía.
Las imágenes que adornaban la pared, aunque mudas, eran los únicos testigos de aquel desfile que habría de dar paso un banquete funerario que, según creía la mayoría de los asistentes, no habría de ser más que un tenso encuentro social, en el que, como mucho habrían de rodar una o dos cabezas, si la cosa se complicaba. Shirotora se deleitaba cavilando ytratando de averiguar qué podría ser lo que a sus compañeros y adversarios se les estaba pasando por la cabeza en aquel preciso momento. Seguramente alguno de los de Onigami, quizás el mismo Amanojaku se creyera que el objetivo de aquel largo recorrido ciego era desconcertarlos y desequilibrarlos. Y puede que, en verdad, así fuera.
Finalmente, llegaron ante unas cortinas, a través de las cuales el anciano hizo pasar a todo el séquito. Y, una vez dentro, permitió que se quitaran los vendajes de sus ojos. Se encontraban en una sala eneagonal, muy espaciosa, con una inmensa mesa de banquetes en medio. Estaba cubierta con un mantel aterciopelado, sobre el que Shirotora había colocado personalmente la mejor cubertería y la vajilla más delicada. Amanojaku no pudo evitar que su rostro exteriorizase una ligera sorpresa, aunque logró disimularla rápido. En su cabeza, aquello era un campo de batalla. Y Shirotora lo sabía.
Muy astutamente, Shirotora hizo sentar a Amanojaku justo a su lado. El efecto psicológico que se produce cuando dos intermediarios se encuentran cara a cara es de confrontación, mientras que, al estar al lado, la sensación es de equiparación entre ambos, de mayor distensión. En realidad, no importaba como fluyera la conversación. Nada importaba en realidad. Aquello era ya poco más que una pantomima. Pero Shirotora quería mantener ese aire de planificador minucioso y casi paranoico que tanto le caracterizaba; de este modo, ni Amanojaku ni nadie podría ni tan siquiera intuir sus verdaderas intenciones.
Los invitados se sentaron y pronto una mujer comenzó a servir el vino. Era una chica de ojos verdes a la que tan solo Shirotora conocía. La cómplice sobrenatural y necesaria de aquel número de magia infernal. Para sorpresa de nadie, antes de que las personas de mayor importancia probaran el vino, se lo dieron para catar a otros. Fue una vez que comprobaron que no había veneno ni ninguna otra clase de truco cuando todos comenzaron a beber y brindar con normalidad.
—Jamás pensé que podrías ser tan buen anfitrión —dijo Amanojaku, llevándose la copa a los labios—. Aunque, ¿sabes qué? Echo en falta a tu favorita, esa chiquilla… esto… ¿cómo se llamaba?
—Aki —respondió secamente el anciano—. No te hagas ilusiones, no va a venir.
—Qué sorpresa. Supongo que no querías que estuviera aquí mientras hablan los mayores ¿verdad?
—Es posible —Shirotora sonrió enigmáticamente—. Pero, por ahora, disfrutemos del convite. Las conversaciones de negocios pueden esperar al postre.
Amanojaku se encogió de hombros. No fue mucho después cuando la misteriosa camarera regresó para traer las cartas con el menú. A todos se les hacía la boca agua tan solo de ver lo que prometían: mezclaban lo mejor de la comida kaiseki con lo más exótico y variado de la occidental. Era el menú perfecto, planificado al milímetro, preparado para contentar a cualquier paladar. Hubo incluso personas de Onigami que no pudieron sino felicitar a Shirotora por preparar semejante selección de alimentos.
Pero lo más importante de todo: estaban tan ensimismados leyendo pormenorizadamente cada ingrediente, cada especia que llevaban los platos, que no prestaron atención a lo singulares que eran los nombres de los platos. Nombres cuya elección no había sido en absoluto aleatoria.
—Sé que no vas a responderme a esta pregunta —dijo Amanojaku— pero, ¿es posible que en realidad este lugar esté dentro del templo de Byakko?
—Puede —respondió crípticamente Shirotora.
—Me lo tomaré como un sí —respondió el gaijin.
Shirotora mostró una sonrisa dentada. Amanojaku no pudo evitar sentir un escalofrío, era la sonrisa de un depredador. Y, en los pequeños y amarillentos ojos del anciano, refulgía la locura.
—Pues, tomándolo como un sí, habrías acertado —dijo el viejo—. Pero no estamos en cualquier parte del templo, oh, no. Esta es una sala muy «especial».
En otro lado de la mesa, la camarera se disponía a apuntar los pedidos.
—Póngame uno de Que la luna contemple nuestros lamentos.
—Y a mí uno de Y los lobos laman nuestras llagas.
Amanojaku miró a Shirotora.
—No sé qué estás tramando, pero esto no te va a salir bien.
—¿Ah sí? —Shirotora miró a su alrededor, sonriendo— Es tarde para eso. Ya ha empezado.
La camarera seguía tomando nota.
—Para mí una de Que la larga noche nos arrastre a la tiniebla.
—Y se haga la voluntad de aquel monarca escarlata.
—El brujo antiguo verá cumplido su cometido.
—Cuando el lazo encarnado afloje su abrazo.
De pronto, algo se movió bajo el mantel. Hubo un estallido y una cadena salió lanzada desde debajo, con tal violencia que decapitó a Tsukimoto, el archivero, así como a un miembro de Onigami que se sentaba a su lado. Sin embargo, nadie pareció inmutarse, sino que siguieron pronunciando aquellos extraños «pedidos».
La bestia se sacude, ya no quiere dormir.
Confinada por voluntad de hombres impíos.
Que se alce aquello que no merece ya existir.
Otra cadena salió despedida, llevándose por delante a más gente. Allí llegaba a su fin la vida de Sugisawa, miembro de la facción más conservadora de Byakko.
—¡¿Qué es todo esto?! —rugió Amanojaku, aunque sin moverse y con la atención puesta en la mesa, temiendo que algo más saliera de debajo.
—¿Has oído hablar de los grimorios de Dōman? —Shirotora parecía presa de un fervor demoniaco— Al leer la carta, en realidad han caído en la trampa del onmyōji renegado. Es como si estuvieran leyendo el mismo grimorio y preparando la liberación de aquella criatura. ¿No es maravilloso? Aquí, todos juntos vamos a romper un tabú.
—¡¿De qué estás hablando?!
El demonio ya mira al cielo, enrabiado.
La madre luna bendice su colera.
Sus garras rasgarán los cielos,
no le retendrá tumba
—Del shikigami de Dōman —respondió Shirotora—. En realidad, no es un shikigami convencional. En cierto modo es un desafío a las leyes de la vida y de la muerte. Dōman no quería morir, así que vinculó su alma a un ser inmortal. Así, teóricamente, el no moriría. Teóricamente.
La rabia, el fuego, bailaran sobre la tierra
El monarca lo verá desde su palacio
El ojo de la luna observa desde el cielo
La fiera famélica ruge desde la tierra
—…Y digo teóricamente porque lo que ocurrió es que, como todo ser vivo, cuando llegó su hora Dōman dejó de vivir. Pero, al mismo tiempo, no murió. Y, la criatura, con la que compartía alma, experimentó el mismo destino. Ahora, su misma existencia es una contradicción.
Una tercera cadena estalló, con sus eslabones saliendo propulsando en varias direcciones e hiriendo a varios de los presentes.
—La criatura estaba viva y muerta al mismo tiempo. Y, también al mismo tiempo, aquella criatura era y no era Ashiya Dōman. Es como si el shikigami hubiera sido herido a nivel conceptual, su esencia había sido contaminada y entraba en contradicción con la naturaleza misma de la realidad, que lo rechazaba. Nadie puede comprender el dolor que debe estar experimentando.
Levántate, sello, abre el camino,
Al aborto del Jigoku,
al exiliado del Paraíso.
Atado con cadenas de llama y carne.
—Pero, ¿sabes qué? Hay una cosa que hace que el dolor amaine: la sangre humana. El problema es que es un alivio pasajero y pronto necesita más. La triste ironía es que, por mucha sangre que consuma, su sufrimiento no terminará. Es poco más que un placebo.
—¡Estás loco! —rugió Amanojaku— ¡Nos vas a condenar a todos!
—No, a todos no —respondió Shirotora con una tranquilidad pasmosa—. Fuera del templo está esperando Aki. Ella tiene la flauta, sé que podrá detenerlo. Aunque tiene órdenes de no intervenir hasta que la criatura salga de esta sala. Luego volverá a sellarlo, aunque no sin antes permitir que arrase una población o un par de ellas. Que la gente se sienta impotente.
Y entonces llegará ella, como una heroína, y los salvará a todos. ¿No te parece un guion magistral?
—¡¿Qué coño te ha pasado en la cabeza?! —Amanojaku se mostraba desesperado, sintiendo como algo se sacudía cada vez más debajo de la mesa— ¡¿Por qué estás haciendo esto?!
Shirotora se llevó la mano al cabello, acariciándoselo una última vez.
—No lo sé —respondió—. Aunque, he de decir, que se me ocurre una pregunta mejor: ¿Cuánto tardará el shikigami de Dōman en sacarnos a nosotros, actores miserables, fuera de este escenario en el que ya no merecemos estar? Y, ¿será de su agrado el festín?
Amanojaku se disponía a replicar algo, pero fue en ese momento cuando, para su espanto, la cuarta y última cadena se hizo añicos. La pesada losa de piedra que había servido como mesa saltó por los aires, al tiempo que un bramido iracundo e inefable hacía retumbar la estancia. Los cubiertos ahora estaban por el suelo y la valiosa vajilla se había hecho añicos.
Pero ya nada de eso importaba. Pues ahora comenzaba el verdadero banquete.