El Espejo De Nitocris

¡Salud a la reina!
Emparedada viva,

No maldigáis más su colmena
Levantada bajo la pirámide,

Allí donde la arena
Ocultó su secreto.
Enterrada con su espejo
Para que ella,

Pueda ver a la medianoche
Figuras procedentes de otras esferas;

Sola con ellas,
Sepultada, horrorizada
¡hasta la muerte!

JUSTIN GEOFFREY

¡El espejo de la reina Nitocris!
Había oído hablar de él, desde luego -¿acaso existe algún ocultista que no lo haya oído nombrar?-, e incluso había leído algo al respecto en el apasionante libro de Geoffrey La gente del monolito, y sabía que se susurraban cosas sobre él en ciertos círculos en los que mi presencia es detestada. Sabia que Alhazred había insinuado ya sus poderes en el prohibido Necronomicon, y que ciertas tribus del desierto siguen haciendo un signo pagano que, cuando se les pregunta por su origen, dicen que se remonta muchísimos siglos atrás.

De modo que, ¿cómo podía ser que un tonto subastador pudiera estar allí declarando que aquello era el espejo de Nitocris? ¿Cómo se atrevía?

No obstante, el espejo procedía de la colección de Bannister Brown-Farley, el explorador, cazador y arqueólogo que, hasta su reciente desaparición, era reputado como un gran conocedor de objetos de arte raros y oscuros. Por otro lado, el aspecto del espejo era tan outré como se podía esperar de un objeto con su leyenda. Y, finalmente, ¿no era éste el mismo subastador que uno o dos años antes me había vendido la pistola de plata del barón Kant? No es que existiera una sola prueba de que la pistola, o la singular munición que la acompañaba, hubiera pertenecido realmente al barón cazador de brujas, pues la «K» que adornaba la culata podía significar cualquier cosa.
A pesar de todo, pujé por el espejo, así como por el diario de Bannister Brown-Farley y obtuve ambas cosas.
-Vendido al señor…, el señor De Marigny, ¿no es así? ¡Eso es! Vendido al señor Henri-Laurent de Marigny por…
Por una suma abominable.

De regreso a la gran casa de piedra gris que había sido mi hogar desde que mi padre me envió fuera de Estados Unidos, no pude dejar de asombrarme por el romántico bobo que había en mí y que me impulsaba a gastar mi dinero en tonterías como aquellas. Evidentemente, era un rasgo heredado, junto con mi afición por los misterios oscuros y las maravillas antiguas, absorbido en mi personalidad a través de mi padre, el mundialmente célebre místico de Nueva Orleans, Etienne-Laurent de Marigny.

Pero si el espejo perteneció realmente a la terrible soberana… ¡Vaya! Qué maravilloso objeto que añadir a mi colección. Lo colgué entre las estanterías, junto a las obras de Geoffrey, Poe, D'Erlette y Prinn. Porque, desde luego, los mitos y leyendas que había oído y sobre los que había leído en relación con él no eran más que eso: mitos y leyendas, y nada más.
Teniendo en cuenta mi creciente conocimiento de los misterios extraños de la noche, tendría que haber sabido mucho mejor lo que me hacía.

Una vez en casa, permanecí sentado durante largo rato, dedicándome a admirar el espejo allí donde lo había colgado, estudiando con atención el marco de bronce pulimentado, con sus serpientes y demonios hermosamente moldeados. Era como una página sacada directamente de Las mil y una noches. Su superficie era tan perfecta que incluso los últimos rayos de la luz solar que penetraban por las ventanas no reflejaban ningún brillo, sino un haz de luz pura que iluminaba mi estudio con un fulgor capaz de suscitar la ensoñación.

¡El espejo de Nitocris!
Nitocris. Se pensara lo que se pensase de ella, era una mujer, o un monstruo. Fue una reina de la sexta dinastía que gobernó sobre sus súbditos por medio del terror, con una voluntad sobrenatural de hierro, desde la sede de su trono, en Gizeh, y que en cierta ocasión invitó a todos sus enemigos a un festín en un templo situado por debajo del nivel del Nilo, ahogándolos a todos al abrir las compuertas del río, y cuyo espejo le permitía contemplar las regiones inferiores, allí donde los engreídos Shoggoths y las criaturas de las esferas oscuras organizaban sus orgías, envueltos en una lujuria y depravación asesinas.

Y si aquél era efectivamente el espejo aborrecido que se colocó en su tumba antes de emparedarla viva, ¿dónde lo había encontrado Brown-Farley?
Antes de que llegara a saberlo, se hicieron las nueve, y la luz había disminuido tanto que el espejo ya no era más que un apagado resplandor dorado al otro lado de la estancia, entre las sombras de la pared. Encendí la luz del estudio con el propósito de leer el diario de Brown-Farley, y tras recoger el pequeño libro que pareció abrirse automáticamente por una página señalada, quedé embebido en la historia que empezó a desplegarse ante mis ojos. Al parecer, el escritor había sido un avaro, pues la escritura era muy apretada y ocupaba toda la página, sin dejar apenas ningún espacio entre líneas. ¿O quizás había escrito aquellas páginas de un modo apresurado, ahorrándose los segundos perdidos en volverlas?

La primera palabra que atrajo mi vista fue ¡Nitocris!
El diario contaba cómo Brown-Farley había oído hablar de ella a una viejo árabe, descubierto mientras vendía objetos de una fabulosa antigüedad en los mercados de El Cairo. El hombre fue encarcelado por negarse a decir a las autoridades de dónde procedían aquellos tesoros. Sin embargo, cada noche hizo caer cosas tan malignas sobre las cabezas de sus carceleros, que, atemorizados, finalmente le dejaron en libertad. ¡Y él les bendijo en nombre de Nitocris! Y, no obstante, Abu Ben Reis no era uno de esos hombres que juraban en vano. No era de Gizeh, ni siquiera era uno de los morenos hijos de El Cairo. Su tribu natal estaba compuesta por nómadas que se desplazaban por el este, más allá del gran desierto. Así pues, ¿dónde se había puesto en contacto con el nombre de Nitocris? ¿Quién le había enseñado su bendición…, o dónde había leído algo al respecto? Porque, gracias a una cierta educación, Abu Ben Reis poseía una habilidad poco común para las lenguas y dialectos.

Del mismo modo que treinta y cinco años antes las posesiones inexplicables de un cierto Mohammed Hamad habían atraído a arqueólogos tan importantes como Herbert E. Winlock hacia el descubrimiento final de la tumba de las esposas de Tutmosis III, el conocimiento oculto que poseía Abu Ben Reis sobre los enterramientos antiguos, y en particular sobre la tumba de la reina del horror, fueron suficientes para que Brown-Farley acudiera a El Cairo en busca de fortuna.
Al parecer, estaba bien informado. El diario aparecía lleno de comentarios sobre tradiciones locales y leyendas relacionadas con la antigua reina. Brown-Farley había copiado datos de la obra de Wardle Notas sobre Nitocris y, en particular, el párrafo en el que se hablaba de su «espejo mágico»:

…entregado a sus sacerdotes por los horribles dioses del interior de la Tierra antes de que surgieran las más antiguas civilizaciones del Nilo… Una «puerta» a esferas desconocidas y a mundos de horror infernal en la figura de un espejo. Fue venerado por los pre-Imer Niahitas en Ptatlia, en el albor de la dominación del hombre sobre la Tierra, y finalmente encerrado por Nefrén-Ka en una cripta negra y sin ventanas en los bancos de arena de Shibeli. Yacía, pues, junto al brillante Trapezohedrón, ¿y quién puede saber las cosas que se reflejaron en sus profundidades? ¡Incluso el Cazador de la Oscuridad debió de haber balbuceado y blasfemado ante él! Robado, permaneció oculto, sin que nadie lo viera durante siglos, en los laberintos cubiertos de murciélagos de Kith, antes de caer en las horribles garras de Nitocris. Fueron numerosos los enemigos a los que encerró con el espejo como única compañía, sabiendo perfectamente que, a la mañana siguiente, la celda de la muerte se encontraría vacía, a excepción del siniestro espejo sobre la pared. Fueron numerosas las viles insinuaciones que dio sobre los destinos de aquellos que lo miraban impúdicamente a medianoche, desde el otro lado de la puerta de bronce. Pero ni siquiera Nitocris estaba a salvo de los horrores encerrados en el espejo y, a medianoche, era lo bastante prudente como para mirarlo apenas fugazmente…

¡La medianoche! ¡Vaya! Y ya eran las diez. Normalmente, suelo acostarme a esa hora. Y, sin embargo, allí me encontraba ahora, tan absorbido en la lectura de aquel diario que ni siquiera presté mayor atención a la idea de acostarme. Quizá todo habría ido mejor si lo hubiera hecho…
Seguí leyendo. Brown-Farley terminó por encontrar el paradero de Abu Ben Reis, lo emborrachó con licor y opio, y finalmente se las arregló para obtener la información que las autoridades no habían conseguido. El viejo árabe descubrió su secreto, aunque el diario ocultaba que no había sido tan fácil lograrlo. A la mañana siguiente, Brown-Farley tomó una ruta camellera muy poco utilizada y se internó en las tierras yermas situadas más allá de las pirámides donde se encontraba la primera tumba de Nitocris.

Pero, a partir de aquí, había grandes lagunas en la escritura… Páginas enteras arrancadas, frases tachadas con trazos negros y gruesos, como si el escritor se hubiera dado cuenta de que estaba revelando demasiadas cosas… También había párrafos incoherentes en los que se divagaba sobre los misterios de la muerte y del más allá. De no haber sabido que el explorador era un anticuario fanático (su colección subastada tenía una variedad increíble de objetos), y de que, antes de su búsqueda de la segunda tumba de Nitocris, había investigado en lugares muy antiguos, hubiera podido pensar que el escritor se había vuelto loco, a la luz de las últimas páginas del diario. A pesar de ello, casi estaba convencido de que, en efecto, había perdido la razón.
Evidentemente, había descubierto la última tumba de Nitocris, pues las alusiones y sugerencias resultaban demasiado claras. Pero, al parecer, no quedaba nada de valor. Abu Ben Reis se lo había llevado todo, a excepción del terrible espejo, y sólo cuando Brown-Farley se apoderó de este último objeto hallado en la tumba comenzaron sus verdaderos problemas. Por lo que pude deducir a partir de la narración, ahora ya francamente mutilada, empezó a desarrollar una obsesión mórbóla por el espejo, hasta el punto de que, durante las noches, lo mantenía completamente envuelto.
Pero antes de que pudiera continuar con la lectura del diario, me vi impulsado a sacar mi copia de las Notas sobre el Necronomicon, de Feery. En el fondo de mi mente hormigueaba algo, un recuerdo, algo que debía saber, que Alhazred había conocido y sobre lo que había escrito. Cuando extraje el libro de Feery de la estantería, me encontré frente al espejo. La luz de mi estudio era brillante, y la noche bastante cálida, con ese aire pesadamente opresivo que siempre es el preludio de una tormenta violenta. Me estremecí de un modo extraño cuando vi mi rostro reflejado en el espejo. Por un momento, me pareció como si el espejo me mirara maliciosamente.
Me encogí de hombros, desechando aquella sensación de temor, y me dediqué a buscar la sección donde se hablaba del espejo. En alguna parte, un gran reloj anunció las once y un relámpago en la distancia iluminó el cielo hacia el oeste, al otro lado de las ventanas. Faltaba una hora para la medianoche.

Mi estudio es un lugar de lo más desconcertante, con todos esos libros antiguos en las estanterías, sus manoseados lomos de piel y marfil brillando apagadamente con el reflejo de la luz del estudio, y con esa cosa que utilizo como pisapapeles y que no tiene paralelo alguno en ningún ambiente sano y ordenado; y ahora con la presencia del espejo y del diario. Todo ello empezaba a producirme un desasosiego como no había experimentado jamás. Fue una sorpresa darme cuenta de lo incómodo que me sentía.
Hojeé la a menudo fantasiosa reconstrucción del Necronomicon hecha por Feery hasta encontrar lo que buscaba. Lo más probable era que Feery no hubiese alterado esta sección, excepto, quizá, para modernizar la fraseología antigua del árabe «loco». Desde luego, el texto parecía corresponder a Alhazred. Y nuevamente aparecía allí una alusión a los acontecimientos que ocurrían a medianoche:

…porque mientras la superficie del espejo permanece quieta -tan lisa como la Piscina de Cristal de Yith-Shesh, o como el Lago de Hali cuando los Nadadores no hacen espuma-, y mientras sus puertas permanecen cerradas todas las horas del día, en la Hora de las Brujas, aquel que sabe, e incluso aquel que supone, puede ver en él todas las sombras y las figuras de la Noche y del Abismo, con el rostro de aquellos que las vieron antes. Y aunque el espejo pueda permanecer olvidado eternamente, su poder no morirá, y deberá saberse que:

No está muerto lo que puede mentir eternamente,
Y que, con extraños eones, hasta la muerte puede morir…

Reflexioné largamente sobre aquel extraño pasaje y las dos estrofas que lo terminaban. Los minutos transcurrieron en un silencio solemne sin que yo me diera cuenta.
Fueron las distantes campanadas de la media hora las que me sacaron de mi ensimismamiento para continuar con la lectura del diario de Brown-Farley. Le di la espalda adrede al espejo, reclinado en mi sillón, hojeando pensativamente las páginas. Pero sólo quedaban una o dos páginas por leer y, por lo que puedo recordar, el resto de la deshilvanada narración decía lo siguiente:

10. Pesadillas en el London, en el viaje de Alejandría a Liverpool. Dios sabe lo mucho que me hubiera gustado volar. Ni una sola noche de sueño. Todo indica que las llamadas «leyendas» no son tan fantásticas como parecían. ¡O estoy perdiendo el control de mis nervios! Posiblemente sólo es el eco de una conciencia de culpabilidad. Si ese viejo tonto de Abu no se hubiera mostrado tan condenadamente reacio a hablar…, si se hubiera dado por satisfecho con el opio y el licor, en lugar de pedir dinero…, ¿y para qué?, me pregunto. No había ninguna necesidad de todo eso. Y aquella palabrería suya de que «sólo quiero protegerme». ¡Bobadas! Ese viejo truhán ya había dejado el lugar bien limpio, a excepción del espejo… ¡El condenado espejo! Debo hacer un esfuerzo por recuperarme. ¿En qué estado se hallarán mis nervios que hasta tengo que cubrirlo durante la noche? Quizás haya leído el Necronomicon demasiadas veces. No sería el primer bobo que cae víctima de la trampa de ese condenado libro. Alhazred tuvo que haber estado tan loco como la propia Nitocris. Supongo que todo se deberá a la simple imaginación. Hay drogas capaces de producir los mismos efectos, estoy seguro. ¿No podría ser que el espejo tuviera algún mecanismo oculto a través del cual expulsa alguna clase de polvos tóxicos a intervalos regulares? Pero ¿qué clase de mecanismo seguiría funcionando perfectamente después de los muchos siglos que ha debido conocer ese espejo? ¿Y por qué siempre a medianoche? ¡Es algo condenadamente extraño! ¡Y esos sueños! Hay una forma segura de descubrirlo, desde luego. Dejaré pasar unos cuantos días más, y si las cosas no mejoran, bueno… Habrá que esperar y ver.

13. Ya está bien. Esta noche lo dejaré destapado. ¿De qué me sirve que un buen psiquiatra insista en que estoy perfectamente cuando yo sé que estoy enfermo? ¡Ese espejo está detrás de todo lo que me pasa! «Enfréntese a sus problemas», me dijo el tonto, «y si lo hace, dejarán de preocuparle». Así pues, eso será lo que haré esta misma noche.

13. Por la noche. Permanezco sentado y ya son las once y media. Esperaré a las campanadas de la medianoche y entonces le quitaré la funda al espejo y veré lo que hay que ver. ¡Dios! ¡Que un hombre como yo sufra tal crispación! ¿Quién creería que hace apenas unos pocos meses me sentía tan fuerte como una roca? Y todo por un maldito espejo. Fumaré y tomaré una copa. Eso está mejor. Sólo faltan veinte minutos. Se acerca el momento. Quizás esta noche pueda dormir por fin un poco. Todo el lugar parece haber quedado repentinamente en silencio, como si toda la casa estuviera esperando que ocurra algo. Me alegro de haber despedido a Johnson. No valía la pena permitir que me viera así. ¡En qué terrible estado me encuentro! Sólo faltan cinco minutos y siento la tentación de quitarle la funda al espejo ahora mismo. Ya está…, ¡es la medianoche! ¡ Ahora lo sabré!

¡Y eso era todo!
Volví a leer de nuevo las últimas frases, lentamente, preguntándome qué había en ellas capaz de alarmarme tanto. Y, ¡qué coincidencia!, cuando terminaba de leerlas por segunda vez un reloj distante, asordinado por la niebla de la ciudad, empezó a tocar las campanadas de la medianoche.
Doy gracias a Dios por haberme permitido escucharlas. Estoy seguro de que sólo un acto de la Providencia me impulsó a echar un vistazo a mi alrededor al escucharlas. Porque aquel espejo inerte, aquel espejo tan liso como la piscina de cristal de Yith-Shesh durante todas las horas del día… ¡ya no estaba allí!

Una cosa, una figura horrorosamente burbujeante procedente de las pesadillas más demoniacas de los peores locos, descendía su palpitante pulposidad del marco del espejo, penetrando en mi estudio…, y tenía un rostro allí donde no debía haber rostro alguno.
No recuerdo haberme movido -para abrir el cajón de mi mesa y extraer lo que había en él- y, sin embargo, tuve que haberlo hecho. Unicamente recuerdo los ensordecedores estampidos del revólver de plata que sostenía en mi temblorosa mano y, por encima de los truenos de una tormenta repentina, los quejidos de los fragmentos de cristal cuando aquel marco de bronce forjado en el infierno se torció y cayó de la pared.

También recuerdo que recogí las balas de plata extrañamente retorcidas esparcidas por mi alfombra de Bukhara. Y después me desmayé.

A la mañana siguiente, recogí los fragmentos de vidrio y los arrojé por encima de la borda del ferry del Támesis. En cuanto al marco, lo fundí, convirtiéndolo en una sólida pelota que enterré en mi jardín, a gran profundidad. Quemé el diario y esparcí sus cenizas al viento. Finalmente, acudí a mi médico y le pedí que me recetara algo para dormir. Sabía que iba a necesitarlo.
He dicho que aquella cosa tenía un rostro.

En efecto, en la parte superior de aquella masa brillante y burbujeante, habitante del infierno, había un rostro. Se trataba de un rostro compuesto en el que ninguna de las dos mitades se correspondía con la otra. Porque una pertenecía al rostro inmaculadamente cruel de una antigua reina de Egipto, mientras que la otra pude reconocerla con facilidad gracias a las fotografías que había visto publicadas en los periódicos… ¡Eran los rasgos ahora angustiados y lunáticos de un cierto explorador desaparecido últimamente!

Fin

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