En ocasiones la música tiene el poder de revivir los recuerdos con tal intensidad que a uno hasta le duele el corazón.
—Haruki Murakami, El Pájaro que da Cuerda al Mundo.
* * *
La torre se alzaba por encima de los edificios como el esqueleto de una criatura deforme, enmarcada por los llamativos carteles de neón de centenares de tiendas y locales de todo tipo.
A medida que caía la noche, las luces se fundían entre sí, formando pequeños parches neblinosos e inestables de intensos colores, que contrastaban con el oscuro asfalto y las paredes grises que dominaban las calles aledañas.
Aquella noche haría las veces de telonera para un grupo bastante conocido. Para mí, era una oportunidad que había soñado durante años, mientras que para el dueño se traduciría en dinero, mucho más del que le podía yo aportar.
Esperaban que se llenara el local. Para evitar que pudiera haber alguien que no se enterase del evento, habían pagado a un chaval para que colgara carteles por la ciudad. Yo, por mi parte, me sentía muy agradecida de que me hubieran escogido para introducirlos, y más teniendo en cuenta que mi estilo no estaba demasiado en auge últimamente. Sonreía al imaginar los rostros afables del público al escucharme interpretar mi último disco, volviendo por un momento a aquellos tiempos en que todavía soñaba con triunfar y, quizás, salir en la radio local de alguna ciudad. Y, aun así, no conseguía deshacerme de aquella sensación de desasosiego que me oprimía el pecho desde hacía meses. La conclusión a la que había llegado era que me había dejado someter por la desazón.
Salí de casa con la guitarra cargada al hombro, la chaqueta mal puesta y un cordón desatado. Aunque todavía quedaba media hora para que empezara el concierto, me gustaba llegar antes de tiempo, mezclarme con la gente y ver cómo estaba el ambiente antes de tocar. Además, Enzo me mataría si llegaba tarde en un día como aquel.
Crucé un par de calles, esquivando a grupos de turistas y de gentes de mirada inexpresiva, que volvían a casa tras un duro día de trabajo. Las pisadas en la calle se transformaban en un rumor constante, acompañado puntualmente por el pitido lejano de algún coche o el traqueteo de una bici.
Entré al pub por la puerta secundaria y bajé la pequeña escalera de madera hasta el sótano. La sala estaba más ajetreada de lo habitual. Me acerqué a la barra, un tanto nerviosa, y Enzo me saludó mientras servía una cerveza importada.
—¿Todo bien? —me preguntó, como hacía siempre— Sales en 10 minutos.
Asentí y miré al escenario, antes de sentarme en el taburete que tenía a mi lado.
—Es la primera vez que lo veo tan lleno. ¿Me invitas a una?
Enzo me llenó un vaso, me animó, y fue a servir a otro cliente. Tomé un par de sorbos, respiré hondo y me dirigí al escenario.
Ajusté el atril, saqué la guitarra de su funda, y cerré los ojos.
El pub se quedó en silencio al verme subir, pero la expectación no duró mucho.
En mi mente, me hallaba a oscuras ante un público de seres sin forma. Mis dedos tantearon las cuerdas y, poco a poco, empezaron a rozarlas con suavidad, formando arpegios, conduciendo mi voz como lo hace el aire al caer las hojas en otoño.
Las voces se apagaron, tan solo existía la calma y el confort de una amistad lejana. Dejé de oír el rumor constante, las risas y palabras malsonantes, el chirrido de vidrio contra vidrio, los pasos entrecortados, las rozaduras y empujones. Y volví a un tiempo que sentía muy distante, casi olvidado. A un tiempo de silencio, pausa y abrigo.
Toqué varias obras sin volver a abrir los ojos, sin introducción ni explicación. Lo único que separaba una canción de la siguiente era la leve pausa que tomaba para coger aliento. Pues no me interesaba contentar a un público desagradecido, tan solo quería sentir.
Y, de pronto, vi algo que perturbó mi oscuridad: dos luciérnagas de las que no podía escapar. Lo vi tan claro como el color del Sol, impreso en la retina en un ardiente día de verano. Sentí el extraño impulso de modificar la letra de la última canción. E incapaz de resistirme, comencé a entonar una melodía antigua, de una belleza perturbadora y ajena a todo cuanto conocía.
El silencio de mi mente se extendió por toda la sala, y lo mismo hizo la oscuridad. Aquellos ojos imperturbables, impregnados de luz, me seguían devolviendo la mirada, y lo mismo hacía sin duda la atónita gente del público. Abrí los ojos y, para mi sorpresa, aquella imagen mental pareció trasladarse a la realidad sensible. Busqué aquella luz entre el público, y al cabo de un tiempo, advertí la presencia de una silueta que no alcanzaba a comprender.
Terminé la última de las canciones, la que había surgido de algún lugar recóndito e incomprensible. Al hacerlo, nadie aplaudió.
Estaba acostumbrada a ser ignorada, pero aquello era distinto. No entendía qué era lo que había sucedido, y apenas lograba recordar aquellos ojos que me perforaban.
Bajé del escenario, tambaleándome, buscando la silueta con esfuerzo; Enzo tuvo que cogerme del brazo y ayudarme a tomar asiento. De pronto, la marea que nublaba mi mente se quebró, y volví a sentir el bullicio, las risas y gritos, los tropiezos y abrazos. Noté un dolor seco en la cabeza que se extendió lentamente. No entendía nada.
El corpulento hombre frunció el ceño y me dio un vaso de agua.
—Lo has hecho bien Yoko, pero hoy no era el día.
Se disculpó antes de entrar en la sala contigua para avisar al grupo principal, y di un pequeño sorbo mientras me recomponía, incapaz siquiera de replicarle a mi amigo. Me sentía drogada. Pero ¿cómo era posible? Lo único que había tomado aquella tarde era la cerveza de Enzo, y apenas la había probado. Además, llevaba años sin consumir sustancias.
Tapé mis ojos con las manos, fijándome en las cicatrices de mis muñecas, e intenté pensar en todo lo que había hecho aquella mañana. En cómo había salido temprano de aquel trabajo a tiempo parcial que me permitía llegar a final de mes. En cómo había llegado a mi piso vacío, y me había tumbado en la entrada con los pies descalzos, abrazando la foto de mis padres que veía en el recibidor cada día al pasar.
Y aquellos ojos, diabólicas luciérnagas, penetraron en mis recuerdos como lo hicieran antes en mis pupilas. Y, de pronto, el dolor vago que me embotaba los sentidos se intensificó desproporcionadamente, haciéndome sentir como mi cabeza se partía en dos. Intenté volver a aquella mañana, pero, en su lugar, mi mente me transportó a otra edad, a otro tiempo. Y, así reviví un recuerdo que no había ocurrido, un fragmento de suceso que se solapaba en mi presente.
Su piel acartonada desprendía aquel característico aroma amarillento y ligeramente ácido. Sus mejillas palidecieron al girarse hacia mí, y el ojo sin pupila cerró la puerta al mundo. Me saludó con la calidez de un viejo conocido, y yo me acerqué al mostrador de madera.
La tienda se encontraba en penumbra, iluminada únicamente por un par de candiles y velas, y por el leve halo de luz lunar que atravesaba la ventana de la entrada. Las estanterías estaban llenas de botes dispares, marcados con etiquetas amarillentas, de libros más antiguos que el saber y de miembros amputados de pequeños animales desconocidos por el hombre.
—Llevabas tiempo sin venir —le oí decir en mi mente.
Su larga barba le caía sobre el pecho. Sus facciones eran duras pero afables. Me sonrió, dando la vuelta a la página del grueso libro que descansaba frente él.
—Señor, la necesito. Por favor —le supliqué.
Me notaba fatigada, como si llevara días sin comer, y sentía el cuerpo entumecido. Un dolor febril me acechaba, augurando desgracias venideras. Tragué saliva, pero mis labios eran de arena y mi lengua se había vuelto rugosa y frágil.
—Debiste hacerlo en su día, ya es tarde para ti —volvió a hablar sin mover los labios, posando lentamente su mirada en mi rostro, en mis hombros esqueléticos, en mis delicadas manos cruzadas en actitud suplicante.
Caí al suelo, llorando sin lágrimas, y le imploré su ayuda.
—Si la tomas en ese estado no sobrevivirás.
El hombre me dirigió la mirada una última vez. No había en él ni un ápice de lástima o desasosiego, tan solo calma. Una profunda y enigmática serenidad que se extendía por su ser y parecía envolver todo a su alrededor. Era la tranquilidad del que ha visto, del que entiende la existencia en su vasta extensión. Y, sin embargo, intuía algo más, oculto en lo invisible, algo que contrastaba con aquella faceta y, al mismo tiempo, la complementaba: era una crueldad atroz, un desprecio inhumano hacia todo.
El hombre cerró el libro, lo guardó bajo el hombro y desapareció tras la cortina de cuentas que había a sus espaldas. Me arrastré hasta el mostrador y me incorporé de nuevo, apoyándome en él.
Y allí estaba. Al ver la droga, reposando fríamente sobre el pañuelo de seda, reviví el día en que lo conocí, hacía ya tantos años.
—Zhao —me dijo entonces—. Puedes llamarme así.
Su rostro no había cambiado en décadas, pero sí su expresión.
Me había ofrecido entonces acompañarlo, tomar un camino sin retorno junto a él. Explorar la inmensidad y exponerme a todo. A comprender la bondad del mal, la hilarante pantomima que supone la existencia. El horror del cosmos en su inalterable corruptibilidad.
Sus palabras me habían inspirado. Pero, al mismo tiempo, me infundieron un miedo atroz. Las drogas de diseño me habían ayudado durante años a evadir la crueldad de la asfixiante sociedad, pero ese dolor autoinfligido venía siempre acompañado de una vaga promesa de arrepentimiento. Aquello era distinto, no se trataba de un cambio de estado, si no de un cambio en mi esencia; no se trataba de paliar, sino de superar, de avanzar a otro estado de conciencia.
Me tentaba la capacidad del cambio real. Y, sin embargo, me había rehusado. Pero llegados a este punto, ¿qué más me daba ya encontrar el horror, ante la posibilidad, por remota que fuera, de reconciliar mi existencia? ¿Qué me importaba seguir en aquel mundo despiadado, que tan poco me había ofrecido y tanto me había quitado, que aplastaba cualquier oportunidad, por fortuita que fuera, de remontar la cuesta infinita?
Moribunda y adormecida por la locura y el desasosiego, agarré la droga sin dudarlo. La admiré, mientras caía al suelo, extenuada, y la sostuve un segundo entre mis agrietados labios justo antes de ingerirla y dejar de existir.