Hola, Nuria.
Te escribo por correo a tu cuenta profesional porque creo que me tienes bloqueado en todas partes. No te lo recrimino, razones no te faltan. Sé que prometí no volver a hablarte nunca, pero lee esto hasta el final, por favor.
He hecho algo horrible. ¿Recuerdas que, cuando aún estábamos juntos, empecé a coleccionar plantas? Después de la ruptura me volqué más en ello. El caso es que, hará cosa de dos o tres semanas, conseguí por internet semillas de una planta exótica de la que no había oído hablar en mi vida: «rumores del sueño». La busqué, pero no encontré nada sobre ella. Las semillas las regalaba en un foro alguien que se hacía llamar «El_hombre_enredado». Creo que mencionando ese nombre sí querrás seguir leyendo.
Las semillas venían junto a unas instrucciones extrañas. Ponía que la maceta debía estar en el dormitorio y que no necesitaba agua, solo contarle tus secretos, que eso ayudaría a forjar un vínculo de confianza con la planta y, así, ella revelaría los suyos. No me pareció más que una nota hippie, pero igualmente la puse en mi mesita de noche y le hablé de ti. No es la primera vez que hablo con una planta, ya lo sabes. Pero fue… distinto. No sé bien por qué lo hice, aunque tampoco tenía motivos para no hacerlo. Supongo que, en el fondo, sabía que me vendría bien verbalizarte; desde que te marchaste, no he querido hablar con nadie sobre ti. Al principio me sentí estúpido, ¿sabes? Pero, cuanto más lo hacía, más natural me resultaba. La planta creció rápidamente, en pocos días ya debía medir unos cinco centímetros. Era de un verde intenso con motas moradas, era fascinante. El día que las manchas comenzaron a convertirse en espinas, soñé con ella por primera vez.
Ayer me encontré con tu hermano. Fue incómodo al principio, pero creo que todavía me aprecia un poco. Estuvimos bebiendo. Me dijo que no te encuentras muy bien. La conversación que tuvimos es la razón que me ha llevado a ponerme en contacto contigo.
En el sueño aparecías tú. Íbamos en coche, de excursión a no sé dónde. Era un camino de tierra que atravesaba un monte. Se te veía feliz, me gustó ver de nuevo tu sonrisa. Hablábamos, no recuerdo de qué, pero los dos nos llevábamos bien, como antes de que yo lo jodiera todo. El camino daba a un claro en el que había una casa de piedra. Bueno, creo que era de piedra, porque toda la fachada estaba cubierta de enredaderas, incluso el techo. Lo extraño era que esas enredaderas no tenían hojas. No quedaba un solo centímetro de los muros a la vista, era una imagen realmente bonita. Señalaste la casa, creo que estabas a punto de decirme algo, pero el sueño se acabó en ese momento. Cuando desperté me sentí aturdido y triste, echándote de menos como nunca, y me sorprendió ver que la planta, durante la noche, había crecido el doble de su tamaño. Me di cuenta de que no tenía ni una sola hoja, que era solo un tallo con espinas, como las del sueño. No me pareció raro haber soñado con ella; era la novedad más reseñable de mi vida desde hacía mucho tiempo. Se lo conté todo, le dije cómo me sentía, y eso me hizo bien. Pero a la noche el sueño se repitió de nuevo, volvía a estar contigo en aquel claro, frente a la casa de las enredaderas sin hojas. En ese segundo sueño llegamos a entrar. Tú parecías emocionada por hacerlo, casi tirando de mí. Descubrimos que no había puerta, tan solo un hueco por el que podíamos pasar. Estando ya tan cerca de los muros, pude ver que los tallos estaban cubiertos de espinas moradas. Recuerdo un salón con muebles antiguos. Sus estanterías estaban llenas de unos libros tan viejos que podrían deshacerse con solo mirarlos. Algunas raíces y tallos recorrían el suelo, las paredes y el techo.
Comenzamos a explorar. Tú querías que lo hiciésemos por separado y yo te obedecí. Avancé por diversas habitaciones, todas semejantes, y en cada una de ellas había más estantes con libros antiguos, acompañados por las omnipresentes raíces. Pude ojear algunos volúmenes; parecían tratados sobre herbología, pero muy extraños. Me recordaron al Manuscrito Voynich, no sé si te suena.
Entonces escuché tu risa. Te busqué, pero fui incapaz de encontrarte. Intenté dar contigo durante horas por el interior de aquella casa, pero solo podía oírte reír.
Desperté con una sensación horrible, comparable a una mala resaca. Sentí muchas ganas de escribirte, pero me contuve. La planta era más grande y se había dividido en unos cuatro o cinco tallos, que se desbordaban de la maceta hasta casi tocar la mesita de noche.
Los demás sueños fueron prácticamente iguales. Volvía a estar contigo en el interior de aquella casa; solo que ya no parecías la misma de antes: ahora estabas enfadada todo el tiempo, más fiel a lo último que recuerdo de tu «auténtico yo». Te sentía tan real en esos últimos sueños… En todos ellos tratábamos de encontrar la salida, pero resultaba imposible. El interior de la casa se había convertido en una sucesión infinita de pasillos y habitaciones sin ventanas. Antes he dicho que esos sueños eran iguales, pero no es completamente cierto; cada noche, las plantas verdes de espinas moradas invadían más y más los muros internos de la casa, y la arquitectura iba perdiendo toda lógica. Resultaba angustioso, yo cada día me despertaba peor, y cada mañana la planta se hacía más grande y con más tallos, hasta llegar a abrazar por completo la mesita de noche. Pese a todo, creo que lo peor era tu constante mirada de asco y decepción.
El último sueño ha sido esta noche. Pasando a través de toda la maraña retorcida de plantas, pasillos y habitaciones, llegamos a los pies de una escalera ascendente. Como era la primera variación notable en aquel intrincado laberinto, decidimos subir por ellas, esperando dar con alguna salida.
Lo que encontramos, sin embargo, fue una sala muy diferente a todo lo anterior. Libres de plantas, sus paredes estaban cubiertas por un papel amarillo algo envejecido. Era un espacio diáfano y grande, vacío salvo por la inquietante decoración de los muros: cabezas de animales, expuestas como trofeos de caza. Todos tenían alguna clase de deformidad o mutación que los hacía parecer irreales: un jabalí con cinco ojos asimétricos, un ciervo con dientes similares a los de un cocodrilo… Ya sabes a lo que me refiero. Los dos queríamos irnos de allí, estábamos desesperados, pero solo podíamos seguir avanzando por una puerta que se encontraba al otro extremo de la habitación. Había una frase tallada sobre esa puerta, la recuerdo: «venerad al hombre enredado».
Entramos a una amplia buhardilla plagada de trastos, baúles y muebles como los de las demás habitaciones de la casa, pero todo parecía normal. Una rotura en el tejado servía como tragaluz, y verla bastó para alegrarnos. Incluso sonreíste y me abrazaste. Aún puedo sentir ese abrazo.
La apertura del techo quedaba al fondo de la buhardilla y, para llegar, teníamos que atravesar un laberinto de objetos apilados y mamotretos varios. Tuvimos la idea de hacer una montaña con los trastos bajo la rotura para salir de allí, pero, al llegar hasta allí, nos encontramos con él. Vimos al hombre enredado.
Estaba sentado en una mesa larga de madera oscura. Frente a él tenía un libro abierto, muy parecido a los que había ojeado en el otro sueño. Puedo recordar perfectamente su cuerpo momificado, correoso. Y que su esqueleto, visible donde le faltaba piel, estaba cubierto de líquenes.
Pero lo más aterrador eran las plantas. Las plantas, idénticas a las que invadían toda la casa, a la que tenía en mi habitación, le crecían desde dentro y se abrían paso hacia el exterior a través de ojos, piel y boca. Sus brazos colgaban a ambos lados del cuerpo, y los tallos que salían de ellos… era como si fuesen sus propias venas queriendo abandonar el cuerpo. Caían en cascada al suelo y reptaban, llegando hasta las paredes y el techo. Desaparecían por la misma abertura que pretendíamos utilizar nosotros para escapar.
Si has llegado hasta aquí, con los detalles que he dado, ya no te debería quedar ninguna duda de que estoy hablando en serio. Tu hermano me dijo que habías estado durmiendo mal, que habías tenido pesadillas relacionadas con una casa extraña llena de plantas en la que estaba yo también. Que te despertabas cansada y con malestar.
Se me hace raro preguntarte esto, pero ¿te acuerdas del susto que nos pegamos cuando las plantas que salían de los brazos del hombre enredado se tensaron, alzándolo como si fuese una marioneta?
Eres la única persona con la que puedo hablar de esto. No me quito de la cabeza la imagen de las plantas tirando de ese cuerpo maltrecho como flagelos violentos, zarandeándolo igual que harían unos niños peleándose por algún juguete. O, quizás, era él quien las movía, no sabría decirlo con certeza. Te he dicho antes que aún puedo sentir el abrazo que me diste en el sueño. Bueno, pues no es lo único. Supongo que te debe pasar lo mismo, que todavía notas las plantas creciendo alrededor de nuestros cuerpos, apresándonos al mismo tiempo que el hombre enredado se sacudía en el aire. Vi que te sucedía lo mismo que a mí, que las plantas abrían tu mano y te clavaban una espina en la palma. Las plantas desgarraron al hombre enredado y todo se llenó de unos látigos verdes y morados que salieron de su interior. Y ahí me desperté. ¿Despertaste tú también en ese momento?
La mano me escocía, realmente tenía una herida. La planta había crecido tanto que uno de los tallos ya llegaba hasta la cama. Supuse que debí darle un manotazo mientras dormía y que esa sensación interfirió en el sueño, provocándome la pesadilla. Quise engañarme de esa manera, pero no tardé en oír las voces. ¿Tú las oyes? ¿Tienes también una herida en la mano? Imagino que sí. Me quema, y va a peor. El ardor se extiende por todo el cuerpo, incluso mientras te escribo esto. La única manera de amortiguar las voces es con ruido blanco, no soporto lo que me dicen todo el rato: «ahora tú eres el hombre enredado». Pero el dolor es implacable, creo que ya lo sabes. ¿Notas, al igual que yo, cómo algo crece desde tus tripas y se enrosca bajo tu piel? Es tan desagradable. Tendría que haberme deshecho de la planta después de ver a tu hermano, pero no fui capaz de hacerlo, hay una conexión demasiado fuerte entre nosotros. Siento muchísimo haberle hablado de ti. Por mi culpa te has visto metida en esto, Nuria, de verdad que lo siento.
No sé qué va a ser de mí, de nosotros. No quiero pasar solo por esta situación. Ven, por favor, te lo suplico. Y perdóname.
PD: Me estoy mirando la herida de la mano. Parece que dentro hay algo muy pequeño que empieza a crecer, algo verde.