Luego me fue mostrado un profundo abismo entre columnas de fuego celeste, y vi en él columnas de fuego que descendían al fondo, y cuya altura y profundidad eran inconmensurables. Y, más allá de este abismo, vi un sitio sobre el cual no se extendía el firmamento […] allí vi siete estrellas, parecidas a grandes montañas que ardían y, cuando pregunté sobre esto, el ángel me dijo: […]Las estrellas que ruedan sobre el fuego son las que han transgredido el mandato del Señor […] y él se ha irritado contra ellas y las ha encadenado hasta el tiempo de la consumación de su culpa, para siempre, en el año del misterio.
El Libro de Enoc.
* * *
Soy Giordano Vitale, antropólogo y sociólogo. Escribo para dar a conocer mis últimas experiencias y lanzar, asimismo, una advertencia dirigida a todas aquellas personas que puedan estar leyendo esto. Para variar, no se trata de un artículo académico ni periodístico, aunque mi costumbre de redactar en tal formato puede que influya de algún modo en la forma en que se plantea este escrito. Pero, me gustaría insistir sobre un aspecto: que esto no es un estudio, sino una advertencia.
Mucha gente ha oído hablar de los grupos asociados con el movimiento hippie y yo, erróneamente, creí que con quienes me estaba mezclando procedían de dicho ámbito. Ese fallo garrafal sería el causante de todo lo que me sucedería allí, así como de los horrores que llegaría a contemplar. Me abstendré de hablar de algunos de ellos, con la finalidad de ayudar a preservar la estabilidad mental de aquellos a quienes pudiera llegar esta comunicación.
Como colofón para este preámbulo, decir que estoy sano y en pleno uso de mis facultades, tanto física como intelectualmente. Tras asistir a innumerables chequeos médicos y psicológicos, puedo asegurar que no encontraron nada extraño, salvando algunas marcas de quemaduras y un cierto estrés postraumático, debido al cual creo que nunca podré volver a acercarme a un volcán. Insisto en que esta afección es, teniendo en cuenta todo lo que viví, algo prácticamente anecdótico y que no debería restar credibilidad a mi discurso.
Será preferible que entre en esta materia, antes de que mis estimados lectores acaben por perder el interés que pudieran tener por aquello que siento el deber moral de transmitir. La cuestión es que llevaba un tiempo haciendo seguimiento de unos nómadas a los que, a falta de un nombre mejor, decidí denominar como «los visitadores de los volcanes». Eran un grupo de individuos que se reunían en torno a cavernas y conos volcánicos a lo largo de Europa y el noroeste asiático, montando campamentos, consumiendo sustancias y charlando alegremente a la luz de la hoguera. O, al menos, eso era lo que yo pensaba, en base a la escasa información que recibía al respecto. Pero yo, en mi arrogancia, creí saber más de lo que realmente sabía. Pues bien, me enteré de que los visitadores iban a acercarse por Italia, con la intención de acampar en Pompeya.
Me llamó la atención que, de algún modo, consiguieron los permisos para instalarse en el mismo sitio arqueológico, aunque supuse que se debía a que el gobierno italiano sabía que simplemente estarían unos días y después se largarían, con lo que habría decidido no buscarse problemas y hacer la vista gorda. No fui consciente de hasta qué punto eso era extraño y legalmente irregular, por no decir ilegal, tal como me señalaría a posteriori un estimado camarada tras ponerse en contacto con un jurista. Pero soy antropólogo, no abogado, así que, en un primer momento, esos tecnicismos legales se me pasaron por alto.
Entré en contacto con los visitadores una semana antes del solsticio de verano. Cuando llegué a las ruinas de Pompeya, lo primero que me chocó fue la tecnología: no viajaban a pie o en viejas tartanas, como yo había supuesto, sino en furgonetas y camiones plagados de ordenadores, antenas y otros tantos artefactos que, dado mi relativo analfabetismo tecnológico, fui incapaz de identificar. En cuanto a los propios visitadores, se movían entre dos extremos: unos vestían simplemente con túnicas, mientras que otros llevaban algo que yo describiría como versiones más futuristas de la indumentaria de los primeros: eran trajes que, aun incorporando multitud de elementos tecnológicos y piezas de armadura, conservaban una serie de atributos que seguían evocando una imagen monacal, como serían la capucha y el faldón. Estos últimos compartían con los vehículos un patrón de colores muy característico, basado esencialmente en el uso de diversas tonalidades de rojo y blanco. Siendo sincero, era inquietante hasta qué punto recordaban más a una extraña secta high-tech que al colectivo New Age que yo creía que eran. De hecho, ya era raro que hablasen entre ellos un idioma que no era el inglés u otro idioma contemporáneo, sino una lengua extraña y primitiva que fui incapaz de reconocer.
La cuestión de la indumentaria fue uno de los primeros temas que abordé al interactuar con esta gente. Uno de ellos, que sabía hablar mi idioma y que se hacía llamar «Fuoco», se ocupó de explicarme que los que parecían sacados de una película de ciencia ficción pertenecían a la «rama científica» del Mordred, mientras que los otros eran de la «rama ritualista». Le pregunté qué era eso del Mordred, y me miró como si hubiera dicho una estupidez. Me pidió que esperara un momento, y volvió acompañado de una mujer de más de dos metros, vestida con una versión aún más recargada del traje-armadura que llevaban los de la división científica. Tenía una descuidada melena negra, ojos ambarinos y su rasgo más distintivo era que su rostro estaba surcado de cicatrices. Estimé que tendría unos treinta o cuarenta años, aunque era complicado determinar su edad exacta.
—Yo soy Svarog, quingentésima décimo novena líder de Mordred —declaró en un inglés relativamente bueno, aunque con un marcado acento ruso—. Nosotros somos Mordred.
—¿Mordred? ¿Como el caballero traidor?
—Caballero traidor… —Svarog me miró con un cierto desprecio—. Todo el mundo se queda con eso. Puede que parezca que no viene a cuento, pero ¿conoces el códice de Tchacos?
—El Evangelio de Judas —recordé.
—Así es. Mordred, Judas, Set. El mal necesario, La traición que se vuelve un requisito para acabar con el estancamiento, la figura prometeica que desafía al sistema. Y, al mismo tiempo, un personaje trágico atado a un destino que le hará ser recordado como el villano, aun siendo, al mismo tiempo, el héroe de su propia historia.
En eso se puede resumir mi primer encuentro con Svarog, y, he de decir, que tardaría bastante en volver a entrar en contacto con ella. Pues bien, cuando quise saber a qué se dedicaba Mordred y pregunté a Fuoco, el cual, al parecer, pertenecía a la división ritualista, la respuesta que recibí fue que «el objetivo de la organización era restituir una injusticia tramada en tiempos ignotos» y «volver a poner a la humanidad en el camino de la salvación y la iluminación». Sin embargo, se negaba a darme más información. Finalmente y después de mucho insistir, me confesó que no le estaba permitido aportar más información de la que ya me estaba dando, debido a que él pertenecía a un nivel relativamente bajo dentro de su división. Si quería informarme más, lo mejor era acudir a los ancianos.
Lo que sí pude conocer por Fuoco fue el sistema de organización interna de la organización o, al menos, una visión relativamente general del mismo, evitando tocar temas sensibles o confidenciales. Me hizo saber que las dos divisiones operaban por separado, únicamente reuniéndose en lo que llamaban «eventos», que tenían lugar en fechas clave del año. Los nuevos reclutas de Mordred entraban siempre desde la división ritualista, accediendo al nivel de neófito. Tras un tiempo en ese grado, tenían la opción de, o bien tomar los juramentos y pasar al grado de iniciado, al cual pertenecía Fuoco, o bien, si podían demostrar suficiente competencia en alguna disciplina relacionada con la ingeniería o la geología, existía la posibilidad de trasladarse a la rama científica, donde se tomaba el rango de ayudante.
Algo que mencionó Fuoco es que, si ibas por la rama ritualista y tomabas el juramento, renunciabas a tu nombre y recibías un «nombre del fuego», que era, básicamente, la forma de decir fuego en tu propio idioma. De este modo todos los Mordred italianos se llamaban Fuoco, los ingleses Fire y los españoles Fuego. Al parecer, era una forma de dar a entender que renunciabas a tu individualidad y pasabas a ser fuego, pasabas a ser Mordred. Lo curioso es que esto no se aplicaba a la rama científica.
Pues bien, una vez que conseguías un cierto mérito como iniciado, podías promocionar a mago, donde recibías la posibilidad de acceder al «conocimiento arcano» de la orden, aunque dentro de una serie de limitaciones. Los magos que hacían contribuciones importantes a la orden acababan por ascender al grado de maestro y, de entre los maestros, doce miembros veteranos «más próximos a la Verdad que el resto» recibían el honor de ostentar el título de ancianos, tomando un «nombre de dios del fuego» en función de sus orígenes. Por encima de ellos solo estaba el líder, al menos teóricamente, ya que en la práctica más o menos ocuparían el mismo escalafón.
Por otro lado, la división científica tenía una organización más mundana, no habiendo nada que se pareciese al tema del juramento. Había ayudantes, especialistas y jefes de sección. Antiguamente en Mordred solo existía la rama ritualista y, cuando se instituyó la división científica, hubo discusiones y enfrentamientos de cara a determinar de cuál de las dos ramas debía proceder el líder de Mordred. Finalmente, se optó por una solución que, en mayor o menor medida, satisficiera a todos: el líder sería un jefe de sección de la división científica al cual elegirían los ancianos de la división ritualista. El jefe electo sí debería hacer el juramento, a diferencia de lo que ocurría con sus compañeros de la rama científica, siendo los ancianos quienes le adjudicarían un «nombre de dios del fuego», al igual que los que tomaban ellos. Por ejemplo, la actual líder se llamaba Svarog por ser de Europa del este. Fuoco me insistió en que, al menos teóricamente, los ancianos tenían el derecho a deponer y reemplazar al líder en caso de que considerasen que iba en contra de «la voluntad de Mordred». Sin embargo, eso nunca había pasado en la historia reciente de Mordred.
No sé cómo todo aquello no me echó atrás. Era evidente que aquella organización era tremendamente sospechosa, había que estar ciego para no percatarse de que se trataba de una secta o culto extraño. Creo que me traicionó la curiosidad. Sea como fuere, pronto me vi ante dos de los ancianos, un hombre nórdico conocido como «Logi» y un japonés al que vi que llamaban «Kagutsuchi». Fuoco vino también, para hacer las veces de intérprete, puesto que los ancianos preferían hablar usando el extraño dialecto de la organización. Cuando pregunté exactamente a qué se dedicaban, la explicación fue bastante más completa que la que había escuchado con anterioridad.
—¿Conoces el mito de Prometeo? —comenzó Logi—Lo cierto es que hay verdad en él. Prometeo en cierto modo se puede decir que existió, aunque la historia está deformada para que puedan entenderla las mentes no iniciadas. La historia habla sobre nuestro señor, Ab-T’bohugha, que fue traicionado y sellado, mientras sus enemigos le fustigan para que no pueda recobrar su poder. O, al menos, eso hacían, hasta que empezaron a enfrentarse entre sí y dejaron de perturbar el descanso de nuestro señor. La alianza de sus enemigos era demasiado frágil, el Leviatán y sus hijos fueron imprudentes confiando en la desertora de Elysia.
—¿El Leviatán? —pregunté.
—Sí, Ghisguth, que se alió con la desertora de Elysia para confinar a nuestro señor. Los de Elysia no son de fiar, sus seguidores predican la falacia de que los Primordiales se rebelaron contra ellos y fueron derrotados. ¡Mentira! Fueron los de Elysia los que traicionaron a los Primordiales, porque ansiaban su trono, y provocaron aquella guerra sin sentido. Pero muchos Primordiales tampoco fueron inteligentes, algunos buscaron la derrota. La desertora es la madre de la noche y ha recibido muchos nombres: en el antiguo Egipto era Neftis, en Grecia Nyx, Metzli para los mayas y, en la actualidad, se pasea arrogante entre los mortales haciéndose llamar Petra. Ghisguth, en su soberbia, creyó que podía conseguir la obediencia de Petra. Y así fue durante un tiempo, ya que, con su ayuda, expulsaron de la superficie a nuestro señor, Ab-T’bohugha, destruyendo su forma física, de tal manera que su consciencia tuvo que huir a las profundidades de la tierra, donde aguarda su renacimiento. Pero ese aún no ha llegado, porque los seguidores de sus enemigos lo atacaron tenazmente cada vez que trató de recomponer su cuerpo. Nuestro señor no podía hacer nada. Pero ¡ja! Al final Ghisguth tuvo lo que se merecía, la madre de la noche se levantó contra él y ahora están en conflicto. Y, mientras ellos pelean, nuestro señor va sanando.
Era mucha información, traté de tomar nota de todo lo que pude y formulé la primera pregunta que me vino a la mente.
—Y, ¿de dónde habéis sacado esa información.
Kagutsuchi miró fijamente a Logi, que asintió con la cabeza. El japonés le dijo algo a Fuoco, al parecer ordenándole que se dirigiera hacia un rincón de la sala, donde se apreciaba una gran pila de libros. De allí, tomó uno de ellos y me lo entregó. En la portada aparecía representada la imagen de un volcán. Lo abrí y me percaté de que estaba en mi idioma.
—Es una versión del Evangelio del fuego y la roca —explicó Kagutsuchi—, el libro sagrado de la orden, escrito antes de que Mordred se llamara Mordred. Le fue revelado en sueños al gran fundador, el cual, al inhalar los gases de una erupción y desmayarse, entró en contacto con lo sagrado, logró conectarse con la conciencia de Ab-T’bohugha. Ab-T’bohugha le mostró la Verdad. Los miembros de la facción ritualista de Mordred no morimos, en el momento en el que hacemos el juramento, nos convertimos en uno con nuestro señor y, en el momento en el que nuestro aliento abandona el cuerpo, regresamos a él y él nos da uno nuevo.
—Aunque, ahora mismo, los cuerpos que nos puede ofrecer distan mucho de la perfección —apuntó Logi—. Pero, cuando regrese con todo su poder, nos hará reencarnar a todos en cuerpos divinos, forjados con piedra y magma, portadores tanto de la energía telúrica como de los poderes del cosmos. Todos seremos Ab-T’bohugha. Y, entonces, los que se opusieron a nuestro señor serán purgados por el fuego.
—¿Cómo es que el Evangelio del fuego y la roca está en mi idioma?
Kagutsuchi hizo un ademán apuntando hacia la pila de libros.
—En la actualidad, el Evangelio del fuego y la roca existe en todos los idiomas, nos hemos tomado esa molestia con el fin de facilitar su difusión. Todos los iniciados aprenden a hablar en la lengua de Ab-T’bohugha, pero, mientras terminan de dominarla, pueden acceder a la sabiduría en sus propios idiomas. Aunque se pierden matices.
—Además, muchos de la división científica no llegan a estudiar jamás la lengua —comentó Logi, haciendo un ademán de desprecio—. Valoramos el apoyo de la división científica, pero se apartan demasiado de las bondades de la ortodoxia. A menudo, es problemática la interpretación que hacen, su rechazo de la tradición siempre nos ha resultado… perturbadora. No obstante, jamás han recibido castigo alguno, así que supongo que nuestro señor está satisfecho con ellos. Mi ignorante lengua no osaría cuestionar la voluntad de nuestro señor.
Agradecí la información que me habían brindado y, tomando el ejemplar del libro, me retiré a mi «puesto de mando», que no era otra cosa que una tienda de campaña situada a las afueras del campamento de los Mordred, a quienes tan inocentemente había llamado «visitadores de los volcanes». Como es habitual en mi oficio, había ido grabando las conversaciones, con lo que aproveché ese momento para transcribirlas en mi viejo portátil. Estaba tan concentrado que no me percaté de que había alguien a mis espaldas. Me llamó por mi nombre, y yo, instintivamente, cerré todo lo que estaba haciendo. Me di la vuelta, sobresaltado. Pero tan solo era Fuoco.
—Los demás me han dicho que te proponga que te traslades al interior de nuestro campamento —comentó—. Si planeas convivir con nosotros y ver lo que hacemos, resulta extraño que te hayas instalado tan lejos de todos.
En apariencia aquello era una muestra de generosidad, pero, por como lo dijo, no pude evitar detectar un cierto aire de amenaza. No se fiaban de mí, aquello era un hecho. Y, como es lógico, querían mantenerme vigilado. Sentí que no podía rechazar esa oferta, así que pronto me vi instalándome con los Mordred en las ruinas de Pompeya. Me habilitaron una de las casas que seguían en pie entre las ruinas de la ciudad, colocando en ella algunas piezas básicas de mobiliario que, según me contaron, desmontarían en el mismo momento en que se marcharan. De este modo, cuando se fueran, sería como si nunca hubieran estado allí, ya que aseguraban sentir un «profundo respeto» por el patrimonio. He de decir que me sorprendió el hecho de que entre ese «mobiliario básico» se incluía una cama que podría rivalizar con las de un hotel.
Los días siguientes participé más en la vida de Mordred. O, más bien, en la de los miembros de la rama ritualista. Era impresionante como volvieron a dar vida a las ruinas de la ciudad, si no fuera por la habitual presencia de vehículos modernos, casi podría decirse que era como volver a la época romana. La interacción con la rama científica era mínima, de hecho y si no fuera por la presencia excepcional de algún mensajero o del encargado de suministros, ni siquiera nos hubiéramos cruzado con ellos. Svarog, de vez en cuando, se paseaba por las ruinas, haciendo esto, según me dijo Fuoco, para asegurarse que todo estaba bajo control. Siempre la acompañaban dos personajes completamente acorazados, silenciosos y de movimientos casi espasmódicos.
Le pregunté a Fuoco por aquellas figuras, pero se negó a darme una respuesta clara. Solo logré sonsacarle que esos «individuos» representaban el resultado de los esfuerzos conjuntos de las dos facciones de Mordred. Cuando le pregunté si eran humanos, me dijo que no. O, al menos, que no eran lo que tradicionalmente se entiende por «humanos». La insinuación detrás de aquella críptica explicación me causó una cierta inquietud. ¿A qué se dedicaban exactamente en Mordred, al margen de lo estrictamente religioso? En ese momento fue cuando realmente me percaté de la extravagancia que suponía que tuviesen una división científica tan organizada y claramente jerarquizada. Cuando le pregunté a Fuoco cuál era el rol que desempeñaba esa facción, se encogió de hombros y se limitó a decir que a veces era mejor no saberlo.
Un día, estuve esperando a que Svarog pasase por la zona junto a sus guardias, tratando de observarlos más de cerca. Al hacerlo, pude percatarme de que, en ocasiones, una sustancia rosada goteaba a través de las grietas de la armadura de aquellos esbirros. No era exactamente líquido ni tampoco del todo sólido sino, más bien, como una pasta gomosa. No pude tomar ninguna muestra pues, al poco de separarse del cuerpo de la entidad, la sustancia parecía deshacerse o evaporarse. Pese a ello, pude constatar en ella propiedades corrosivas, ya que dejaba una huella de abrasión en los lugares donde aterrizaba. Decidí que, dada la dificultad y por mi propia integridad, sería preferible desistir en mi intención de conseguir un poco de ese material desconocido.
A lo largo de aquellas jornadas, estuve también ojeando la copia del Evangelio que me dieron. La primera parte era más estrictamente mitológica, contando las vivencias y revelaciones del fundador. La segunda parte incluía algunos ritos, aunque especificando que las principales magias y misterios no estaban contenidas allí, sino en otro volumen, destinado a los ya iniciados. Finalmente, la tercera parte comprendía una serie de normas, regulaciones y curiosidades sobre la orden. Me llamó la atención que prohibía terminantemente la entrada a personas con unos rasgos concretos: tenían vetado el acceso a las personas con ojos grandes, boca ancha y labios gruesos, pero también aquellas mujeres que, simplemente, tuvieran ojos con pigmentación verdosa. Por lo que leí, esa medida tenía que ver con el miedo de los miembros de la orden a acoger accidentalmente a algún esbirro de Ghisguth o a la mismísima Petra, la Madre de la Noche, con sus infames ojos verdes, capaces de atrapar el corazón de sus víctimas. Por lo que pude leer, ese temor estaba justificado, ya que en alguna ocasión se había dado esa fatídica circunstancia.
Debo comentar que una conclusión a la que pude llegar es que, obviamente, el Evangelio del fuego y la roca no había sido escrito de una vez, sino que se había ido ampliando con el tiempo. El problema venía de que era imposible saber cuánto de él era original y cuáles eran los añadidos posteriores. Aunque yo no soy historiador ni filólogo, con lo que eso no era en absoluto asunto mío.
Pues bien, iban pasando los días y, conforme se acercaba el solsticio, iba notando un creciente entusiasmo entre los miembros de Mordred. En cierto momento, pregunté por la razón de aquel ambiente festivo, ante lo que Fuoco me comentó que, según los ancianos, este evento podría ser «el decisivo».
—Puede que finalmente nuestro señor se consiga encarnar. Solamente queda bajar al altar y realizar los ritos.
—¿Bajar? —pregunté.
—Descender a las entrañas de la tierra, acercarnos al corazón de fuego del Vesubio. La gente del equipo científico ha preparado el túnel, bajaremos allí y haremos lo que se espera de nosotros. Ab-T’bohugha recibirá un cuerpo de roca y fuego y todos nosotros ascenderemos.
Creo que yo ya seguí el plan de los Mordred por pura inercia. A esas alturas, el poco sentido común que me quedaba había desaparecido. Pero a lo que voy, cuando llegó el solsticio, todos los miembros de la facción ritualista de Mordred se reunieron en la plaza de Pompeya, dirigidos por los doce ancianos y por Svarog, que dio una extensa arenga para levantar los ánimos. Después, la comitiva comenzó a avanzar. Salimos de las ruinas y fuimos caminando un largo trecho en dirección al Vesubio, hasta que, en cierto punto del camino, llegamos a lo que parecía un segundo campamento del Mordred, únicamente ocupado por miembros de la división científica y varios humanoides como los que acompañaban a Svarog.
Me resultó llamativo que aquí pude observar también una versión cuadrúpeda de estos, cuyas espaldas cargaban con lo que parecían lotes de suministros. Dos de las criaturas bípedas apartaron una piedra, revelando una abertura, mientras que uno de los cuadrúpedos pasó hacia el interior. Los que íbamos en la comitiva lo seguimos, exceptuando a Svarog, que se quedó en el exterior, con los de la facción científica. Al parecer, lo que tocaba hacer ahora era competencia en exclusiva de los ritualistas.
No sé por qué seguí adelante, viéndolo con perspectiva, debería haberme quedado arriba, a salvo, con Svarog y con los científicos. Como he dicho con anterioridad, creo que tiré por inercia. Sea como fuere, allí me vi, desfilando túnel abajo junto a cientos de encapuchados. El camino se iba estrechando cada vez más y el suelo estaba empinado, teniendo que hacer esfuerzos para evitar caer pendiente abajo. Finalmente, ante mí se abrió una inmensa sala, dominada por un imponente abismo. De allí procedía un calor agobiante, que se veía incrementado por la temperatura que desprendíamos nosotros mismos. Salvando las distancias, la sensación no era muy distinta a la de estar en una sauna.
Los ritualistas formaron un corro en torno a los ancianos y yo, dado que ya empezaba a sentirme un poco como un intruso, sin tan siquiera saber muy bien qué era lo que se suponía que debía hacer, opté por permanecer cerca de la entrada. Vi a uno de los ancianos acercarse a la criatura cuadrúpeda y extraer de su equipaje varios objetos. No fui capaz de identificarlos todos, sólo sé que sacó un tomo del Evangelio, un cráneo humano y un incensario, entre muchas otras cosas. Después, comenzaron a recitar un encantamiento.
Al principio, no noté nada diferente, pero de pronto hubo una sacudida y la temperatura comenzó a subir salvajemente. Pronto vi a unas… cosas, reptando fuera del foso. No sabría describirlas: parecían hechas de lava, pero había algo indudablemente humano en ellas. Se arrastraron hasta donde se encontraban los miembros de Mordred y comenzaron a contorsionarse, mientras emitían un extraño silbido. Lo más inquietante es que el silbido seguía el mismo ritmo que los ensalmos de los ritualistas, era casi como si aquellas criaturas de lava estuvieran haciendo los coros. Y, entonces, del foso surgió algo inmenso. Creí que aquello era Ab-T’bohugha, pero pronto me di cuenta de que lo que estaba viendo apenas era una de sus garras. Al poco, comenzó a surgir su hocico, recubierto por una coraza pétrea, bajo la cual brotaban borbotones de lava… un hocico con unas fauces pesadillescas, de proporciones inconmensurables…
Pero entonces sucedió. Se escuchó un grito ahogado y, de pronto, vi a uno de los ancianos caer desplomado en un charco de sangre. Las criaturas de lava retrocedieron de vuelta al cráter y observé que, junto al cadáver, otro ritualista sostenía una daga ensangrentada. Dijo algo en voz alta y, como respuesta, otros tantos cultistas tomaron también sus puñales, lanzándose a por el resto con un frenesí homicida. Fuoco corrió hacia mí y me agarró de los hombros, mirándome con desesperación.
—¡Hemos subestimado a esa condenada ballena! ¡Lo ha hecho! ¡No sé cómo, pero lo ha hecho!
—¿De qué hablas? —le pregunté.
—¡Ghisguth! -respondió- ¡Gritan que han escuchado a La Voz y que La Voz les pide que maten! ¡Corre, ve a buscar a Svarog! ¡Necesitamos refuerzos aquí abajo, han arruinado el ritual y, como esto siga así, van a acabar también con toda la facción ritualista! ¡De prisa, no hay tiempo!
Lo siguiente que recuerdo es verme corriendo cuesta arriba, gritando el nombre de Svarog. Debía estar a medio camino cuando, al pisar, varias piedras se desprendieron del suelo, desestabilizándome. Traté de recuperar el equilibrio, pero algo se desprendió del techo, golpeándome violentamente en la cabeza y haciéndome perder la consciencia.
Me desperté en un hospital, sin saber muy bien cómo había llegado allí. Al lado de mi camilla me topé con una joven enfermera, de cabello castaño y hermosos ojos verdes, que estaba cambiando las flores que adornaban la mesita.
—Por fin te has despertado, pobre insensato — me dijo, sin tan siquiera prestarme apenas atención.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—En Nápoles —respondió—. Te trajeron tus amigos los visitadores de volcanes o, debería decir, la división científica de Mordred. Están todos bien, aunque no puede decirse lo mismo de los ritualistas.
—Espera, ¿cómo sabes eso?
Se giró hacia mí y me clavó la mirada. Sentí como si sus ojos verdes me perforaran el alma y como si se me formara una presión terrible en el pecho.
—Por esta vez te has librado. Pero no deberías jugar con aquello que desconoces y que no puedes controlar. Puede que la próxima vez no tengas tanta suerte.
La extraña enfermera tomó un libro que reposaba en la repisa de la ventana, y procedió a mostrármelo. Era el ejemplar que me habían regalado del Evangelio del fuego y la roca. Después, recogiendo un bolso que tenía en el suelo, introdujo el libro en él, y se marchó. No volví a saber nada ni de ella, ni de mi libro.
Los días siguientes fui atendido por otra enfermera, una chica muy amable llamada Nicola, y no tardaron en darme el alta. Cuando pregunté por la enfermera de ojos verdes del primer día, me dijeron que me lo tenía que haber imaginado, ya que, ese día, la única enfermera que había entrado en mi habitación era una mujer norteafricana que poco o nada encajaba con la descripción de la que había visto. Y no solo eso: Las cámaras de seguridad me mostraban hablando solo, pues, en el momento en el que desperté, en la sala no había nadie. Cuando les dije que yo había sabido por ella que me encontraba en Nápoles y que, si no, era imposible que yo hubiera sabido dónde estaba, me dijeron que, seguramente, me lo habría dicho Nicola, la enfermera que vino después. O que, si no fuera ese el caso, tal vez lo habría deducido por la proximidad geográfica. O, incluso, que lo habría escuchado estando semi-inconsciente. Me dieron una muy larga explicación sobre cómo, a veces, las personas en coma son capaces de enterarse de lo que está sucediendo a su alrededor, aunque no estimo conveniente reproducirla aquí por escrito.
Debo decir que tuve la suerte de que el miembro de Mordred que me dejó en el hospital tuvo la decencia de depositar mis pertenencias en la recepción. Así que, tomando mis cosas, me marché para casa. En cuanto estuve en mi habitación, me percaté de algo: recordaba en qué parte de mi equipaje había guardado el Evangelio del fuego y la roca. Si lo de la chica de ojos verdes había sido una alucinación, entonces el libro debería seguir allí. Pero, tal como adelante con anterioridad, no volví a ver el libro: en su lugar, tan solo pude encontrar una pequeña cajita de marfil que contenía una hermosa esfera, de color esmeralda.
Estimado D. Leopoldo Teja Suarez.
Primero de nada, permítame saludarle y disculparme de antemano. Espero que mis palabras no le resulten rudas, pero espero que comprenda la gravedad de la situación.
Recientemente, uno de sus asociados entró en contacto con nosotros y la información que se ha divulgado puede ser comprometedora y, hasta cierto punto, problemática. Sé que su papel en este desafortunado incidente ha sido anecdótico, mas soy consciente de que el destino que corrió su amigo y las declaraciones que hizo han hecho que usted decida interesarse por nuestras acciones y nuestras costumbres. Se lo diré sin rodeos: desista en su propósito antes de que la situación se le vaya de las manos.
En el caso de que usted decidiera no cejar en su propósito y seguir adelante con sus pesquisas no lo detendremos, al menos no en primera instancia. Pero, en el caso de que su involucración pudiera llegar a suponer un perjuicio para nuestra Orden, es muy posible que me vea obligada a recurrir a medidas que usted bien podría tachar de drásticas. Más, dadas mis responsabilidades como actual líder de Mordred, no me quedaría otra alternativa, dado que mi objetivo principal es proteger la integridad y el buen funcionamiento de la Orden, con lo que cualquiera que pudiere perjudicar a nuestra estabilidad o revelar públicamente nuestros secretos, pasaría a estar automáticamente en mi punto de mira.
Ruego su comprensión y que comprenda que no tengo nada personal contra usted. De hecho, he leído algunas de sus publicaciones y han conseguido captar mi interés. Es por ello que también espero que tenga presente que esto no es una amenaza, sino una advertencia. Por el bien de ambos, espero que no haga oídos sordos de ella.
Tenga un cordial saludo. Atentamente,
Svarog de Mordred.