El Horror de Ho-Ho Kam

El primer indicio de que algo extraño pasaba con mi amigo Fulton Shirley lo tuve cuando vi a Jim Nube Roja cabalgando a su pinto a través de la polvorienta calle principal de Picacho.

Ya desde el principio me resultó peculiar, pues, como capataz de los trabajadores nativos del arqueólogo, se suponía que Jim Nube Roja debía estar en Superstition Mountain con el resto de la expedición. En la carta que me envió varias semanas antes, Shirley afirmaba que estaba completamente abastecido para poder pasar, en caso de que fuese necesario, tres meses en aquella dura e inaccesible montaña. Es por ello que me parecía cuanto menos improbable que el indio estuviese en la ciudad para comprar provisiones.

Una leve premonición hizo despertar en mí un brusco y exacerbado interés. Corrí tras el indio pima y lo atrapé por las riendas de su brida.

—¡Jim Nube Roja! —exclamé— ¿Qué estás haciendo aquí en la ciudad? Pensé que estarías con el señor Sirley, ¿ha pasado algo, acaso?

Contra su voluntad, el indio se detuvo. Sus ojos, pequeños y brillantes, humeaban con un fuego insondable.

—Ya no trabajo para Shirley, señor Forsythe —dijo, dubitativo— Yo… yo deserté hace días.

—Pero, ¿por qué?

Mi demanda fue enfatizada por un movimiento involuntario de la temblorosa boca de su caballo. Jim Nube Roja había acompañado a Shirley en todas y cada una de sus numerosas exploraciones por el suroeste americano.

Por un momento, un resplandor pareció arder en el interior de sus ojos oscuros. Balbució algo en voz baja y creí reconocer las palabras «mala medicina». Impaciente, trató de escabullirse, pero me aferré a su brida, dominado por una creciente sensación de aprensión. Algo en la expresión del Pima hizo que se apoderase de mí una inquietud indescriptible.

—Mira, Jim —insistí—. Resulta que sé que el señor Shirley planeaba permanecer en la montaña unos dos o tres meses. Y también resulta que sé que habías sido contratado para acompañarlo. Dime, ¿qué ha sucedido?

El indio se irguió, irritado. En ese preciso instante, su mirada reflejaba algo de ese desprecio que el hombre rojo siempre ha mostrado hacia el blanco usurpador.

—En el Monte del Cielo —siseó con furia— el hombre blanco es intruso. Yig-Satuti no da la bienvenida a visitantes que vienen a hurgar en sus secretos. Es mala medicina para aquellos que buscan perturbar la morada ancestral del dios.

Con esta críptica expresión, soltó las riendas de mi agarre y galopó por la calle. En unos pocos minutos, lo vi cabalgar fuera de la población, posiblemente hacia la reserva de los pima. Y, por el espacio que dura medio ciento de palpitaciones, me quedé paralizado, abrumado por la actitud del indio, mientras mi mente luchaba con una insidiosa sensación de amenaza. Algo, estaba convencido, amenazaba a Fulton Shirley.

Solo quedaba una cosa por hacer. Me dirigí a la oficina del sheriff Dawson. Por suerte, lo encontré dentro, hojeando un fajo de avisos de «se busca», mientras trataba de espantar, con hartazgo, una mosca verde botella inusualmente ágil. Me miró con cierta irritación, pero pronto su expresión se tornó en una tosca sonrisa, como si reconocerme hubiese bastado para iluminar su rostro severo.

—¡Mal rayo me parta si me equivoco, pero parece que tengo ante mí al amigo del expoliador! —saludó, extendiendo su enorme zarpa— ¿A qué necrófago tramas hacerle hoy el trabajo sucio, hijo?

Aquellas palabras me hicieron estremecer, pero acepté la mano que me ofrecía con entusiasmo y vertí mis dudas como un aguacero primaveral sobre su oído. El curtido agente de la ley, sabio por su experiencia con los indígenas desde la época en que Arizona era una de las Naciones, escuchó impasible. Ninguna expresión cruzó por sus facciones arrugadas y no me interrumpió ni una sola vez. Pero, cuando terminé lo que tenía que decir, apagó su cigarro en el tacón de una bota llena de marcas, se caló un gran Stetson en su pálida cabeza y se puso pesadamente de pie.

—Cabalgaremos hacia la montaña —suspiró—. Los últimos dos días he visto en la ciudad a varios de los pieles rojas de Shirley y eso me ha tenido pensativo. ¿Podemos salir a primera hora de la mañana?

Al alba del día siguiente, el sheriff y yo, junto con dos de sus ayudantes, cargamos un caballo y nos dirigimos hacia el norte, pasando por el deslumbrante desierto con rumbo a la lúgubre mole de Superstition Mountain. El día amenazaba con ser caluroso, pero el aire matutino impregnaba el aroma penetrante de los árboles de mezquite y chaparral. Mientras intentaba acostumbrarme al trepidante ritmo del potro de mustang que me habían prestado, repasé mentalmente los incidentes que condujeron el viaje de Shirley a esa extraña pero hermosa fortaleza natural, cuyos riscos y contrafuertes se alzaban en medio de una neblina púrpura a unas cincuenta millas de distancia de nosotros.

Fulton Shirley fue uno de los arqueólogos más destacados del suroeste. Últimamente, se mostraba intrigado por la idea de descubrir los orígenes de una raza muy antigua y misteriosa: los hohokam, llamados así por el término moderno pima que significa «pueblo desaparecido», que invadieron el valle del Bajo Gila hacía unos dos mil años. Sus grandes aldeas, comunales y amuralladas, se extendían por toda la mitad sur de lo que hoy es el estado de Arizona; pero, cuando en el siglo XVI Coronado avanzó con su filo de acero por el suroeste, las ciudades estaban en ruinas y sus habitantes habían desaparecido por completo.

Tal enigma étnico suponía un desafío directo para un hombre con el temperamento de Shirley, quien había pasado varios años excavando las ruinas menores que salpican los páramos de la cuenca del Gila. Y, entonces, una tarde, un buscador de oro itinerante entró en su campamento en los Dragoons, recogió una de las muchas piezas de cerámica rojo sobre beige que había por allí, y comentó que había visto un lugar plagado por piezas como aquella en las cumbres ocultas de Superstition Mountain. Era, explicó, una enorme aldea de murallas y torres derruidas. Los ojos de mi amigo brillaron. Había oído rumores de una ciudad perdida y, durante mucho tiempo, había albergado la esperanza de descubrir la capital de esta civilización prehistórica.

Después de esto, nada pudo quebrantar su determinación de explorar los legendarios pináculos. Sin embargo, transcurrió casi un año antes de que completara sus investigaciones en los Dragoons y pudiera emprender una nueva expedición. Mientras tanto, yo había sido llamado al este para estar allí por un tiempo indefinido.

En Nueva York recibí mi última carta del arqueólogo, antes de que se marchara de Picacho. En ella, como ya he comentado, mencionaba que estaba preparado para una estancia de tres meses. También relataba su conversación con Viento Abundante, el curandero pima, marchito y senil, a quien había entrevistado en su cabaña wickiup de la reserva.

—Quería media docena de hombres para excavar —escribió Shirley—. Jim Nube Roja los seleccionó y, siguiendo los formalismos, era necesario pedirle permiso al brujo. Pero, cuando supo adónde me dirigía, el viejo indio casi estalló en lágrimas. «¡Mala medicina!», dijo, expresión típica de los pieles rojas cuando sucumben a la superstición.

—En resumen, parece que Superstition Mountain, el paraíso indio y criadero de serpientes de cascabel para las danzas sagradas, es una especie de santuario. Viento Abundante admitió conocer las ruinas de hohokam, pero él las describió como un lugar tabú, refiriéndose enigmáticamente a sus desaparecidos habitantes como el «pueblo de la Serpiente». Deduzco que la montaña es la sede de algún culto secreto, felizmente oculto al sacrílego hombre blanco. ¡Dios mío, Forsythe! ¡Quizás estoy tras la pista de algo importante!

Volví en mí bruscamente cuando nuestra pequeña caravana se adentró en la ladera algo empinada de un valle fluvial. Apenas hablamos, pues el sheriff y sus ayudantes eran hombres taciturnos. Seguimos adelante con buen ritmo y acampamos hasta bien entrada la segunda noche al pie sur de las escarpadas y desoladas laderas de Superstition Mountain. Y, mientras cenaba, agazapado junto a nuestra pequeña fogata, mis ojos se sintieron irresistiblemente atraídos hacia arriba, explorando con temerosas cavilaciones las sombrías alturas que se alzaban sobre nosotros.

Al amanecer, atamos nuestras monturas y emprendimos a pie la tediosa subida. Durante los primeros cientos de yardas, nos las arreglamos con bastante facilidad, serpenteando de un lado a otro por largos cañones que ascendían gradualmente. Luego, el camino se volvió más vertical, así que tuvimos que tantear en busca de la poca seguridad que nos brindaban ciertos asideros, viendo a menudo cómo la áspera pizarra cedía espantosamente bajo nuestro peso. Mientras tanto, estábamos muy atentos a las mortíferas serpientes de cascabel que, según se dice, infestan toda la montaña.

Inevitablemente, rozábamos las altas y orgánicas sacuaras, o palpábamos imprudentemente los grupos de cholla venenosa, lo que nos obligaba a detenernos de vez en cuando para extraemos una a una las dolorosas agujas. Liebres orejudas se apartaban de nuestro camino; sapos cornudos, escorpiones y un centenar de variedades de lagartos se escabullían velozmente de roca en roca, o nos observaban sin pestañear desde los mezquites y chaparrales.

Y entonces llegó: el vibrante y estremecedor zumbido de la serpiente de cascabel de espalda de diamante. Uno de los agentes brincó como un ciervo asustado, profiriendo una espeluznante maldición. Casi como si estuviese vivo, el revólver del sheriff Dawson saltó a su mano. Su cañón escupió llamas, y el alto arbusto de salvia que su hombre estaba a punto de pisar se sacudió violentamente. Una feroz cabeza plana, arrancada por la mitad del cuerpo, salió a la vista, seguida por metro y medio de cuerpo, repleto de espirales moteadas y agitadas.

—¡Cerca! —gruñó apáticamente el sheriff, guardando el arma en la funda.

Seguimos adelante, en fila india. Un buitre volaba en lo alto del cielo despejado, atraído desde su ignoto nido por la muerte que seguía nuestros pasos. Sentí una repentina e inefable exaltación al mirar a mi alrededor, al poder apreciar la extraña hermosura que cubría aquellas impresionantes laderas. Aquí, belleza y muerte tomaban forma. Y, en ese momento, yo formaba parte de ambas. Dondequiera que miráramos, abundaban las muestras de vida silvestre; y, también por todas partes, la muerte. En una quebrada rocosa que se abría a nuestra izquierda, un coyote sorprendido se alejó a paso veloz de un armadillo medio devorado, cuya armadura de escamas, herencia de tiempos prehistóricos, no le había servido de nada contra el carroñero. Las aves del chaparral revoloteaban de piedra a arbusto, piando con entusiasmo ante nuestro inexorable acercamiento.

Quizás había una subida más fácil que la que hicimos, pero tras otra hora de arduo ascenso, llegamos al borde de la última cima de la milenaria montaña. Contemplamos una meseta plana, bordeada a cada lado por escarpes almenados. Invisibles desde el desierto, se extendían ante nuestros ojos los muros desmoronados de una antigua ciudadela de piedra y adobe. No pude reprimir una exclamación de triunfo.

—¡La aldea perdida de los hohokam!

Pero el sheriff, tras una mirada penetrante y casi desinteresada a aquel cascarón vacío que un día fue una comunidad próspera, se detuvo en seco al borde de la meseta. Algo en su actitud, mientras miraba atentamente a su alrededor, atrajo toda nuestra atención. Nosotros también vacilamos, impresionados por su comportamiento.

Entonces, de repente, lo comprendí. A pesar de ser octubre, hacía calor en la cima de aquella montaña, bañada por un desértico sol rojizo. Una corazonada me asaltó. Había algo terrible allí, algo amenazante, algo muy maligno. Y, sin embargo, no vimos nada vivo mientras aguardábamos allí, bajo la luz cegadora de un mediodía sin nubes. ¡Pero ese era precisamente el problema! ¡No había rastro de vida!

Desde el momento en que trepamos por el borde de aquella última elevación y salimos a aquella meseta oculta, hubo un cese abrupto de la percepción de cualquier forma de vida consciente. Nada se movía. Incluso la atmósfera estaba quieta, no oíamos nada más que nuestra propia respiración agitada. El muro exterior de la ruina estaba a unas cincuenta yardas, y el espacio intermedio estaba cubierto por la típica flora del desierto. Pero la fauna simplemente no estaba allí. Ningún pequeño roedor huía de nuestros pies, ni una lagartija se asoleaba, las aves habían dejado de revolotear sobre nuestras cabezas, ni siquiera en el infinito azul del cielo había rastro de busardos o buitres.

Parecía que habíamos cruzado una frontera intangible para encontrarnos en tierra de nadie, en un oasis de olvido rodeado por todos sus costados por la multitud de criaturas veloces que habitan los áridos páramos del suroeste. Era como si estuviéramos en un lugar de muerte, engendrado por la ausencia de vida.

* * *

El sheriff Dawson fue el primero en romper aquel hechizo antinatural. Con su gruñido característico, comenzó a avanzar con dificultad. Y, al acercarnos a la gran ruina, pisando miles de tiestos y otros fragmentos de cerámica desechada, vislumbramos finalmente lo que buscábamos. Cerca del muro de contención sur de aquel recinto destrozado, se disponía una hilera de tiendas de campaña, con sus lonas desenrolladas e inmóviles en medio de aquella quietud absoluta. Había media docena de ellas, abiertas hacia la gran chimenea de piedra en torno a la cual se disponían. Bajo una cocina portátil reposaban las brasas ennegrecidas y sin humo de un fuego que debía haberse apagado hacía días.

Detrás de la chimenea había un bulto informe de tela rasgada, sabíamos que había sido la tienda de Fulton Shirley. Corrimos hacia ella, temerosos de lo que encontraríamos entre sus pliegues. Nunca había visto una lona de tal grosor tan enredada y destrozada. ¿La habría derribado un poderoso tornado, haciéndola trizas y enrollándola en sus postes rotos? Esta difícilmente podía ser la respuesta, pues las tiendas que albergaban a los trabajadores indígenas del científico seguían en pie, intactas.

Murmurando en voz baja, el sheriff señaló varios montículos bajo los obenques caídos. Sentí náuseas. Tenía miedo, un miedo terrible, de lo que pudiéramos encontrar bajo los escombros. Sin embargo, todos nos pusimos manos a la obra con férrea determinación. Cada uno agarrando un borde de la lona, la despegamos lentamente del suelo. El caos que dejábamos al descubierto era casi increíble. El mobiliario interior de la tienda de Shirley quedó destruido, casi parecía obra de un gigante maligno. Sillas de camping y una mesa plegable quedaron reducidas a astillas; una máquina de escribir portátil estaba como si le hubiera caído encima un pedrusco; el catre estaba casi irreconocible, salvo por la ropa de cama que colgaba de él en un montón flácido y andrajoso. Ropa, papeles, suministros médicos, una cámara: todo aquello que un hombre lleva consigo en un viaje lejos de la civilización se encontraba en un estado de caos y desorden.

Pero de Shirley, o de su cuerpo, ¡no había rastro!

Nos quedamos mirándonos con impotencia. Finalmente, uno de los agentes empezó a explorar el exterior. Los demás nos pusimos a hurgar con desgana en el desastre que habíamos descubierto. En un instante, me incorporé y miré hacia las ruinas. Sus habitaciones vacías y paredes agrietadas parecieron devolverme la mirada como ojos hundidos y burlones.

El sheriff, que había estado rebuscando entre la ropa de cama enredada, gruñó y levantó algo. Era una pieza de cerámica antigua, un gran cuenco rojo sobre beige, evidentemente desenterrado del pueblo desierto. Pero no le presté mucha atención en ese momento, porque bajo los restos de la mesa de camping, mis dedos se habían cerrado sobre un cuaderno. En la tapa estaba estampada una sola palabra: «Diario». A punto de abrirlo, me distrajo el regreso del otro agente.

—Aquí hay algo curioso —anunció con un deje extraño—. He podido encontrar huellas donde los pimas dejaron el campamento, y puedo ver las de Shirley acercándose a esta tienda. Los indios usaban mocasines o zapatos con clavos, pero Shirley llevaba botas de montar. No veo nada que indique dónde ni cómo se fue. Y hay algo más que me tiene perdido…

El hombre se echó el sombrero hacia atrás y señaló con perplejidad el suelo cerca de la tienda caída.

—¿Ves esas zonas lisas como látigos? ¿Y ves dónde a veces rozan las huellas de Shirley? Bueno, si fueran una décima parte del tamaño, o menos, habría jurado que las dejó una serpiente. Pero…

Con más aprensión que miedo, me alejé de los demás y abrí el cuaderno de Shirley. Había varias fotografías de tamaño postal guardadas; dándome cuenta de que parecían ser registros de cerámicas, decidí pasarlas por alto, al menos por el momento. La primera fecha del diario revelaba que mi amigo había acampado aquí el siete de octubre, tres días después de dejar Picacho. A toda prisa, hojeé varias páginas de lo que resultó ser el relato más extraño que jamás haya salido de la pluma de un mortal; y, al comprender la verdadera magnitud de su horror, que se acumulaba lentamente, me di la vuelta para que los demás no pudieran ver mi expresión.

Enmudecido por la consternación que me causó aquello que leí, pasé a la última entrada, fechada el 14 de octubre. ¡Dios mío! ¡Y hoy solo era el decimoctavo! Sentí como si el corazón se me congelara mientras recorría con la vista esas líneas temblorosas, hasta donde la frenética última frase se dibujaba con dificultad, en mitad de un borrón de tinta. Me estremecí. Era demasiado irreal, parecían los delirios de un loco. ¿Habría sufrido Shirley algún accidente que le hubiera afectado el cerebro?

Lentamente, examiné cada una de las fotografías. Entonces me pregunté si no sería yo el que estaba loco. Por fin sabía qué le había pasado a mi amigo Fulton Shirley.

* * *

Durante un margen de tiempo que pareció interminable, me quedé allí, demasiado aturdido para moverme. Mi mirada se clavaba con una fascinación morbosa en las ruinas de la antigua fortaleza hohokam. ¿Qué terrible secreto se escondía tras esos muros silenciosos y bajo esos mudos suelos de adobe? Suelos que, durante quizás mil años, no conocieron la huella del pie humano.

Me recuperé y, al volver con mis compañeros, encontré al sheriff Dawson observando el cuenco de cerámica con una especie de curiosidad distante.

—La decoración más extraña que he visto en una vasija pagana —comentó, ofreciéndome el recipiente—. ¿Qué te parece?

La tomé. Contemplé la imagen pintada en ocre rojo oxidado sobre el fondo beige sin engobe, como una salpicadura de sangre seca sobre la piel correosa de una momia. Mi mente daba vueltas, aturdida por esta evidencia incontestable que sólo confirmaba lo que ya sabía. Me sentí mal, terriblemente mal. Pero no ofrecí ninguna explicación al tácito interrogante que se estaba formando en los ojos del sheriff.

Me sentí aliviado cuando, suspirando, comentó que creía que sería mejor que volviésemos a la ciudad antes del anochecer. Cuando llegamos a nuestro campamento, al pie de aquellas laderas espectrales, la oscuridad ya se cernía sobre nosotros como el asedio de un enemigo. Nos acostamos justo después de cenar y, a la mañana siguiente, regresamos a Picacho, mientras el sheriff se quejaba de no haber encontrado ni una sola pista sobre el destino de Fulton Shirley.

A menudo, desearía poder decir con sinceridad que no tengo ni idea de qué fue de mi amigo. Pero ese cuenco rojo sobre beige encontrado en su tienda de campaña destrozada, la evidencia de las fotografías y las oscuras pistas de su propio diario, forman una cadena inquebrantable que solo puede llevar a una conclusión.

A continuación, adjunto el extraordinario diario de Fulton Shirley, para que el lector saque sus propias conclusiones:

* * *

Diario de Fulton Shirley

7 de octubre.

¡Por fin lo he visto con mis propios ojos!

Acabamos de acampar aquí, en la cima de Superstition Mountain. Y, desde la entrada de mi tienda, puedo contemplar, bañadas por la luz plateada de la luna, las ruinas de lo que fue la antaño poderosa fortaleza de los hohokam.

Mañana comenzaré mis excavaciones, trazando entre los grandes montones de escombros una sección transversal que separe los fragmentos que contiene. Me pregunto si encontraré, bajo esas piedras silenciosas, la respuesta a una pregunta que me ha fascinado durante mucho tiempo: ¿quiénes y qué eran los hohokam? Y, ¿qué fue de ellos al final?

En cuanto a esta gran aldea abandonada, ¿qué les pasó a sus habitantes? ¿Fueron expulsados por enemigos? ¿O, tal vez, por alguna terrible plaga, similar a la Peste Negra que asoló la Europa Medieval? ¿O, como ha ocurrido una y otra vez en el árido suroeste, se les cortó el suministro de agua, obligándolos a buscar un nuevo hogar? Otro pensamiento, aún más sombrío, me invade, pues, sin duda, este lugar parece exudar un aura de malignidad acechante. ¿Acaso un horror aterrador e indescriptible se apoderó del pueblo? ¿Habrá algo extraño en este lugar? Me advirtieron que no viniera aquí. Por supuesto, no hice caso de las supersticiones de los indios, pero sí tomé precauciones contra las serpientes de cascabel que, según se dice, invaden la montaña. Durante todo el ascenso, dos hombres, con cargas ligeras, nos precedieron varias yardas. Llevaban palos largos para golpear la maleza a medida que avanzábamos.

Cumplieron con su trabajo fielmente. Pero, en cuanto cruzamos la cima del último acantilado y emergimos al borde de esta meseta, se detuvieron al instante. Cuando yo levanté las cejas con aire inquisitivo, Jim Nube Roja negó con la cabeza, con aire de tristeza.

—No hay vida alrededor del antiguo pueblo —dijo—. No hay necesidad de remover la maleza aquí.

¡Qué extraño! Estábamos todos sin aliento, pero, aun así, no se me escapó la sorprendente esterilidad de la llanura. Al subir, habíamos avistado una llamativa variedad de vida silvestre, incluyendo algunas serpientes de cascabel que se movían lentamente. Aquí, en cambio, no había nada. Es poético e inquietante.

Bueno, estoy completamente agotado por haber tenido que subir nuestro equipo por esas cuestas tan difíciles. Un cuerpo cansado significa una mente cansada, llena de todo tipo de alocadas conjeturas. Me voy a dormir.

* * *

8 de octubre.

Justo después del desayuno, empezamos a excavar zanjas en los basureros de la cocina y en los montones de basura que se encuentran fuera del muro del recinto. Jim Nube Roja está familiarizado con este tipo de trabajo, así que lo dejé a cargo mientras yo hacía un reconocimiento de todo el yacimiento. Calculo que hay unas ciento cincuenta habitaciones, incluyendo algunas torres que, incluso en su estado actual de deterioro, conservan cuatro o cinco pisos. ¡Qué ciudadela natural es esta aldea! La muralla del recinto tenía originalmente unos diez pies de altura y, desde las elevadas torres de vigilancia, los antiguos centinelas indígenas habrían podido controlar el desierto por varias millas a la redonda.

Dentro del muro exterior, a tiro de piedra del campamento, hay un amplio espacio abierto, con una peculiar depresión en forma de cuenco en el centro. Las casas colindantes dan a él, como si fuera una especie de plaza pública. Desde fuera, recuerda mucho a una kiva poblana. Cuando mis hombres hayan terminado de excavar en los basureros, creo que les pediré que también caven allí.

* * *

9 de octubre.

Esta mañana, cuando comencé a excavar una zanja en la profunda depresión de la plaza, percibí un ambiente de… ¿nerviosismo, supongo? No cuestionaron abiertamente mi orden, pero se mostraban malhumorados. Los dejé trabajando y volví a mi tienda a estudiar los fragmentos recogidos en las operaciones de ayer. La preponderancia de cerámica roja sobre beige indica que esta aldea floreció durante el período colonial tardío de la cultura hohokam, la época de mayor desarrollo. Por lo tanto, su historia comienza hace más de mil años.

Después de almorzar, Jim Nube Roja me llamó al lugar de la excavación. Los trabajadores estaban reunidos en un pequeño grupo cuando me acerqué, hablando animadamente. En sus rostros morenos se apreciaba fácilmente la presencia de un supersticioso temor.

—Kiva —dijo lacónicamente Jim Nube Roja, mientras señalaba el final de la zanja.

Tenía razón. Por un fortuito accidente, las palas de los hombres se habían metido de lleno en la boca del túnel de la antigua cámara ceremonial. Podía ver la pared circular curvarse a cada lado. Mentalmente, me felicité por aquel golpe de suerte, que me había permitido dar con el corazón de aquel santuario religioso, la piedra angular, cultural y estética, de cualquier asentamiento primitivo. Las «kivas» son los santuarios subterráneos de los brujos tribales y son tabú para los laicos. Aquí, los curanderos realizan sus extraños rituales, siendo también donde suelen guardarse los horribles ídolos o fetiches a los que dicen servir.

Impaciente por ver qué había dentro, ordené a los hombres que despejaran las toneladas de tierra caída del pozo de entrada.

Más tarde (en torno a las 10), estaba terminando mis notas sobre el trabajo diario cuando Jim Nube Roja entró con una pieza de cerámica bajo el brazo.

Sin mediar palabra, la dispuso sobre mi mesa de campamento. Era un cuenco rojo sobre beige, de aproximadamente ocho pulgadas de diámetro, típico de la fase sedentaria temprana de la cerámica hohokam. Como es de esperarse, me sentí eufórico al contemplar tan extraordinaria muestra de la habilidad artística que demostraron los pueblos primitivos que habitaron esta región.

Pero algo en la actitud de mi capataz me impactó. El pima permanecía de pie, con los brazos cruzados, observándome con unos ojos de ónice cuya inexpresividad me inquietaba. No pronunció palabra, y, tras un incómodo silencio, me dispuse a examinar el cuenco con más atención.

En mi profesión, uno aprende a adoptar una perspectiva práctica frente a cualquier eventualidad que pueda surgir durante el desarrollo de una investigación científica. No obstante, no pude evitar que la emoción me embargara al contemplar las dos decoraciones pintadas en la superficie de esta antigua pieza de arcilla moldeada.

A un lado, contemplé la representación más espantosa de una serpiente de cascabel que la mente humana pudiera imaginar. La criatura ya era lo bastante repulsiva por sí sola, pero lo que la hacía aún más aterradora eran un par de alas membranosas que emergían de su lomo escamoso, algo más abajo de su feroz cabeza. Aquellos apéndices óseos, semejantes a los de un pterodáctilo, se alzaban como si el reptil estuviera a punto de emprender el vuelo en una cacería letal.

¿Qué estaba buscando? Eso fue lo que me pregunté mientras giraba distraídamente la olla entre mis manos. Entonces lo vi. Al otro lado, justo enfrente de la serpiente alada, se distinguía la figura de un hombre en plena huida. Ninguna palabra puede captar con precisión el horror latente de aquellas imágenes macabras, pintadas sobre la loza cocida en un tono tan rojizo como la sangre. Solo puedo decir que, al comprender el significado de aquella escena, sentí la boca súbitamente seca: ¡la serpiente voraz perseguía a la figura humana, que escapaba presa del pánico!

—¡Dios mío, Jim! —exclamé— ¿De dónde demonios la sacaste?

El indio me observó por un momento con sus ojos insondables.

—Estaba enterrada en la boca de la kiva. Nos ordenaste limpiar el relleno. A los hombres no les gusta. Dicen…

Lo miré casi con aprensión.

—Sí —pregunté—. ¿Qué dicen?

—Dicen que es mala medicina, señor Shirley. Esta montaña es de Yig-Satuti, y solo aquellos sacerdotes purificados por la lluvia zuñi y hopi tienen permitido venir. Toman prestadas las serpientes sagradas para sus danzas, y, cuando terminan los ritos, las liberan para que encuentren el camino de regreso. Pero ni siquiera ellas pueden reptar tan alto como se encuentra esta meseta.

—¿Y qué sugieres, Jim?

—Los hombres quieren volver a enterrar el cuenco ancestral. Es algo sagrado. Y creen que deberíamos irnos.

—¡No seas ridículo, Jim! —espeté, furioso— No eres un niño supersticioso. Fuiste a las mismas escuelas que el hombre blanco. Y has estado conmigo mucho tiempo. Dime, ¿qué o quién es este Yig-Satuti?

El pima se estremeció ante mis palabras, como si expresaran una condenable blasfemia. En las profundidades ardientes de sus ojos, las enseñanzas modernas parecían luchar contra la antigua sabiduría de sus salvajes antepasados.

—Hay cosas que las escuelas del hombre blanco no enseñan —susurró, casi con miedo—. Hay cosas que desconocen. Yig-Satuti es el dios de los indios, y está por encima de todos los demás dioses. No es bueno pronunciar su nombre, pues es celoso con su secretismo. Quienes lo saben, lo adoran en lugares ocultos, lugares que el hombre blanco desconoce. Es mejor así. Yig-Satuti es más antiguo que la tierra misma, toda la sabiduría es su herencia. Aquí, en sus montañas, somos intrusos. Mucho mal nos espera si no nos vamos.

En ese momento, y sin atender mis deseos de obtener más información, Jim Nube Roja dio media vuelta y me dejó solo, observando aquella extraña y antigua cerámica con la mente turbada. Sus vagamente veladas alusiones a un gran dios serpiente, el más antiguo y aborrecible de todos los cultos místicos de la humanidad, han despertado en mí ideas aterradoras.

Me siento un poco débil. El frío parece filtrarse en mi tienda. Las cálidas mantas de mi cama son ahora mismo una tentación demasiado fuerte para resistirme a ella.

* * *

10 de octubre.

Hacía frío cuando me desperté esta mañana. Me habría quedado un rato en la cama, pero lo primero que vi fue ese cuenco rojo sobre beige que estaba en mi mesa de camping. Me recordó a la kiva y al trabajo del día anterior. Pero había algo más. Sentí un cosquilleo en la nuca. Algo en esa vieja olla me pareció extraño; su aspecto no era el mismo que la noche anterior.

No podía descifrar qué era exactamente lo que había cambiado, y pronto fui consciente de que no podía quedarme allí parado mirándola. Me apresuré a vestirme y salí a desayunar. Mientras Jim Nube Roja me servía, vi a los hombres de pie a unos pasos de distancia, en un grupo que transmitía un aire de incomodidad. Parecían hoscos, tensos. Es por eso que me apresuré a comer y me acerqué a ellos.

—¡Miren, muchachos! —comencé bruscamente— No sé de qué tienen miedo, pero nos quedaremos aquí. Quiero que despejen la entrada a esa kiva hoy mismo, y les doy el doble de sueldo para que lo hagan rápido. ¡Ahora, a trabajar!

Murmurando con cierta timidez, recogieron sus herramientas y se marcharon. Regresé a mi tienda para terminar de clasificar los fragmentos. Hubo algunas identificaciones de objetos descontextualizados que me mantuvieron ocupado todo el día.

Después de cenar, Jim Nube Roja pasó a informarme sobre el progreso de la excavación. Su mirada se posó en el antiguo cuenco que estaba sobre mi mesa, y pude ver claramente cómo se quedaba boquiabierto. Una extraña agitación invadió su cuerpo; luego se giró de golpe y a punto estuvo de salir corriendo. Clavé en él la mirada, asombrado por su comportamiento.

Sin duda, hay algo que va mal, definitivamente hay algo que ha cambiado. Pero juro por mi vida que no sé el qué. Además, he descubierto que mirar el cuenco durante más de unos minutos seguidos me produce un efecto perceptible. Es difícil de explicar. Es bien sabido que, cuando se mira fijamente un objeto en la sombra, tarde o temprano parece moverse. Mirar el cuenco me produce la misma ilusión, pero la sensación que noto es de mareo extremo.

He estado intentando sumergirme en la lectura de uno de los últimos folletos de Gladwyn sobre la arquitectura del Bajo Gila, pero no soy capaz, debo de estar inquieto. Todo parece tan tranquilo, tan silencioso, tan inanimado; en mi tienda, en el campamento mismo y, sobre todo, en esas ruinas melancólicas que se alzan más allá. No hay rastro de humo, ni la familiar presencia de los insectos; tampoco se aprecia ninguna de las leves pero comunes señales de la naturaleza que habrían de romper la monotonía del absoluto silencio en el que este lugar parece estar envuelto.

Todos los hombres se han acostado. Bueno, parece que, al menos, puedo seguir su ejemplo.

* * *

11 de octubre.

Al levantarme esta mañana, evité deliberadamente mirar al cuenco hohokam. Me vestí sin prisa y salí a desayunar. Pero, cuando pasé por la puerta de la tienda, no pude resistirme a echar una rápida mirada hacia atrás. Ahí estaba, reposando sobre mi mesa de acampada. Nuevamente, sentí un calambre en la nuca, experimentando repentinamente el deseo de dar la vuelta y examinarlo más minuciosamente. No hay duda de que ha habido un cambio de apariencia, pero es uno que soy incapaz de discernir.

Cuando terminé de comer Jim Nube Roja me informo reluctante de que el último montón de escombros había sido retirado de la boca de la kiva.

—En ese caso —indiqué— quiero que ordenes a los hombres buscar un estrato de suelo en la torre de vigilancia del muro norte. Pero, primero, tráeme una linterna de la tienda de suministros.

Después de que los pima enviaran a los trabajadores a sus nuevos quehaceres, me dirigí a la cámara ceremonial que acabábamos de abrir. Agachado, contemplé la entrada, que se cernía cual boca bostezante. Aquí estaba el santuario donde los hohokam habían adorado a esos dioses fantásticos en los que creían. Aquí debería estar el fetiche tribal que le fue confiado al brujo de la aldea. ¿Qué secretos, santificados por el paso de los años, se abrían ahora ante mí?

Aquel escondrijo, semejante a la madriguera de un conejo, descendía con brusquedad en un ángulo de cuarenta grados, y su interior era tan oscuro que me resultaba imposible distinguir nada. Vacilé por unos instantes, contemplando los muros derruidos a mi alrededor y dejando que la cálida luz del sol acariciara mi piel. Los hombres ya habían desaparecido tras una esquina de las ruinas, aunque aún podía oír el golpeteo rítmico de sus picos y palas. De hecho, ese era el único sonido que rompía el silencio, aparte de mi propia respiración agitada.

Inhalando profundamente, como un buscador de perlas a punto de explorar profundidades desconocidas, encendí la linterna y me adentré a gatas en el inclinado túnel. Se extendía sólo unas pocas yardas, y calculé que la kiva estaba originalmente excavada a una profundidad de más de cincuenta pies. En un instante, pude incorporarme, a pesar de las dificultades ocasionadas por la presencia de un techo peligrosamente hundido. Mi linterna proyectaba un punto brillante sobre el muro de contención que se curvaba a cada lado, pero no era lo suficientemente potente como para iluminar el borde opuesto de esta cripta circular.

Del pozo de atrás llegaba un tenue haz de luz diurna, pero penetraba tan solo unos pies y no bastaba para disipar la tenebrosa penumbra en que me encontraba. El silencio era sepulcral. Había un olor acre, a osario, en el lugar; podía sentirse la presencia de algo muy antiguo y maligno. A nadie se le podía culpar si, en mi situación, hubiese dado media vuelta y huido del lugar, cuya atmósfera evocaba sugestiones inefables.

Soltando una risa forzada, me encogí de hombros con nerviosismo y alumbré el oscuro interior con la luz. Enormes vigas de enebro sin corteza, carbonizadas y astilladas por algún antiguo holocausto, asían firmemente un techo semiderruido. Hacia el centro de la estancia, en mitad de un suelo polvoriento, se observaban otros grandes maderos, aplastados por un techo que se había hundido por el peso de los siglos. Un techo ruinoso, pero no lo suficiente como para dejar entrar algún rayo de luz del exterior, por tenue que fuese. Rocas revocadas de adobe habían cedido por doquier, haciendo añicos varias ollas corrugadas, situadas en torno a un brasero de barro.

Cerca de la pared de mi derecha, había un agujero redondo en el suelo, cubierto con una losa perforada de arenisca. Era el sipapu, el lugar del fetiche, considerado la parte más sagrada de la kiva. Pero estaba vacío. A lo largo de la pared curva, a intervalos, había nichos tallados, algunos con pequeños cuencos llenos de cuentas de turquesa, otros tenían silbatos y flautas de hueso, y un último estaba ocupado por bastones de oración.

Avancé lentamente, pero me detuve de repente al rozar con el pie algo de tacto quebradizo. Al agacharme, vi que se trataba de un esqueleto. Por las vejigas secas, los tubos de hueso y las plumas de extrañas pinturas que yacían cerca, supuse que eran los restos de un curandero. Pero el estado de los huesos me desconcertó: los brazos y las piernas estaban horriblemente fracturados, la columna vertebral agrietada y las costillas rotas en pequeños pedazos. Algo había ejercido una presión terrible sobre este pobre diablo; ni una trituradora habría podido hacerle tanto daño. Había otros huesos más pequeños, esparcidos por el suelo. Contra la pared más alejada, se alzaba un gran disco de piedra, de dos o tres pies de diámetro, que cerraba a medias una especie de abertura. Evidentemente, formaba una puerta que podía abrirse o cerrarse. Y, mientras me preguntaba qué habría al otro lado, percibí un siniestro susurro que parecía emanar de detrás de la tosca abertura.

Por todo un minuto, permanecí en silencio, inmóvil, con un escalofrío desconcertante recorriéndome la espalda. ¿Había sido el sonido de un leve rasgueo lo que acompañaba a ese primer susurro?

Solté una risa entrecortada. Casi al instante se me ocurrió una explicación. Había sido un grupo de ratas monteras, estaba claro. Todas las antiguas ruinas del suroeste estaban plagadas por ellas. Armándome de valor, me acerqué a ese respiradero parcialmente obstruido. Aunque había olvidado contar los pasos, deduje que la kiva tendría unos cincuenta pies de diámetro. Y ahora tenía algo más de qué preocuparme.

Quizás por un descuido de Jim Nube Roja o por alguna otra razón, las pilas de mi linterna no estaban precisamente nuevas. Y, justo en ese momento, empezaron a fallar. El desalentado haz que enfocaba hacia delante comenzó a debilitarse rápidamente. Y, como si mi valor dependiera por completo de ese tenue rayo eléctrico, sentí cómo también este comenzaba a apagarse.

Aun así, mi curiosidad me impulsó a tratar de examinar ese extraño respiradero en la pared. Quería determinar si era un conducto de aire o alguna salida de la fortaleza del chamán. En mi prisa, tropecé con un montón de dardos emplumados y, al intentar recuperar el equilibrio aferrándome a uno de los soportes del techo, se me cayó la linterna. De inmediato, la oscuridad me envolvió por completo. De la negra hendidura que se abría ante mí, surgió un zumbido repentino y escalofriante. Era como el sonido de guijarros al chocar en una calabaza, sólo que infinitamente amplificado. Y, mientras permanecía inmóvil en el suelo, petrificado por el miedo, el zumbido se intensificó. Un siseo, como una fuga de vapor, me removió el pelo húmedo. Y fue seguido, nuevamente, por ese crujido seco y chirriante.

* * *

Con un grito ronco, rompí las cadenas de aquella parálisis momentánea. Rebusqué en mi bolsillo y extraje varias cerillas. Sollozando por la desesperación y el miedo a lo desconocido, las froté contra la viga del techo. Las llamas se elevaron como una lanza, revelando la horrible sombra que se cernía sobre mí. Y, en medio del resplandor cegador, pude ver que no era solo una sombra.

Como una monstruosidad de pesadilla surgida de esferas ancestrales, una enorme cabeza cuneiforme se alzaba sobre mí. Era blanca y escamosa. En su parte posterior, se agitaba un cuerpo ondulante, enroscándose y retorciéndose en tramos de pálidas manchas que desaparecían en las profundidades insondables de aquel orificio de la pared. Y, de las abiertas mandíbulas de aquella increíble cabeza, brotaba una lengua bífida de un pie de largo, enmarcada por colmillos como cimitarras. Fétidas sibilancias emergían de su garganta, tan gruesa como el cuerpo de un hombre, mientras el horrible cráneo se balanceaba sin rumbo de un lado a otro, buscando… buscando.

Un sudor frío brotó en mi frente y mis ojos quedaron hechizados mientras retrocedía lentamente. Tenía miedo de darme la vuelta y correr, pues, de algún modo, presentía que solo la tenue lengua de fuego en mi mano mantenía más o menos a raya a la criatura. Mi mirada estaba clavada en esos orbes opacos y mercuriales. De alguna manera oscura comprendí que la luz los hería. La criatura era ciega, o casi, y el resplandor intermitente de los fósforos torturaba sus sobre estimulados nervios ópticos.

Retrocediendo de puntillas, recé con fervor para no tropezar con los escombros del suelo. A tientas, busqué más fósforos, mientras cumplía mi papel en la más lenta de todas las carreras contra el tiempo. Esas endebles astillas de madera no iban a arder para siempre. Y, mientras el cuerpo fétido se desenrollaba y aplanaba para deslizarse deliberadamente hacia mí, vi con una punzada de horror como un par de alas atrofiadas y membranosas brotaban de aquel tronco de color mortecino.

El fuego que sostenía con mi mano temblorosa se consumía por momentos; aunque la sostenía con terquedad, podía ya sentir la llama moribunda quemándome las yemas de los dedos. Aquella cabeza feral, de ojos sin párpados ni pupilas, se acercaba reptando. La lengua bífida se proyectaba con hambre, y, de esos colmillos, curvados hacia adentro, goteaba una baba ponzoñosa. Aquel traqueteo frenético aumentaba por momentos, vibrando contra mis tímpanos como castañuelas gigantes en una danza de muerte. Y, en el único bolsillo que podía alcanzar, no quedaban más fósforos.

Con la sangre escarchada, vi cómo la última tenue brasa que ardía en mi mano se apagaba. Dándome la vuelta y gritando salvajemente, mientras la oscuridad se cernía sobre mí en forma de alas de murciélago, me lancé frenéticamente hacia el tenue resplandor del pozo de entrada. Se oyó un golpe sordo en el lugar en el que había estado hacía tan solo unos instantes y un impacto sacudió los cimientos de la antigua kiva, haciendo que el techo de la cueva se hundiera aún más. Mientras trepaba por el inclinado túnel, tratando de alcanzar la bendita luz del sol, oí un horrible sonido rasposo. Pero, si fue causado por mis botas resbalando en los escombros, o por otra cosa, nunca lo sabré.

Más tarde (en torno a la medianoche). Poner por escrito el relato de la horrible experiencia que viví esta mañana me ha hecho recordarla con demasiada nitidez. Sé que en las incontables pesadillas que están por venir habré de revivir una y otra vez esa loca carrera hacia el mundo exterior. Por suerte, ninguno de los hombres me vio emerger, pálido y conmocionado, de aquel funesto lugar. Me tambaleé hasta mi tienda, me serví un buen trago de brandy y me dejé caer débilmente sobre una silla de camping. Luego, hundí la cara sudorosa en las palmas de las manos e intenté razonar.

Sigo intentándolo. No me cabe duda de lo que vi. Era una serpiente, y una colosal. No exagero al afirmar que, a su lado, una pitón de treinta pies parecería una culebra. Sin embargo, el temible traqueteo que acompañó su furioso ataque parece denotar una ascendencia crotálica. Aunque pareció una eternidad, todo el episodio no pudo durar más que unos segundos. Pero al escribir estas palabras, vuelvo a ver esos horribles ojos, opacos y muertos; ojos del color de una película fotográfica sin revelar, una película en la que se concentra toda la sabiduría despiadada del universo.

¿Es posible que una serpiente de cascabel común, encerrada en una cripta, enterrada y rodeada de rocas, pudiera alcanzar un tamaño tan increíble? Escondida bajo tierra durante quién sabe cuántos siglos; no me extraña que se hubiera blanqueado hasta adquirir ese color apagado. De una cosa estoy seguro: le tiene un miedo mortal a la luz, o me habría seguido al descubierto. Sin duda, el sol tiene un efecto doloroso en sus ojos cegados y en su piel viscosa.

Otra incógnita me viene a la cabeza: ¿de qué se alimenta? Pero al formular la pregunta, creo encontrar la respuesta en la esterilidad de la zona que rodea toda la ruina. Con un instinto más agudo que el del hombre, los animales salvajes de la región han aprendido a evitar la meseta. Es probable que esa área crezca constantemente. Porque, ya sea un desarrollo antinatural de la existencia herpetológica ordinaria, o una monstruosidad longeva traída de la inexplorada Sonora por los antiguos sacerdotes hohokam, hay un horror reptante en Superstition Mountain.

* * *

12 de octubre.

Era tarde cuando abrí los ojos esta mañana, y la luz del sol entraba a raudales en mi tienda. ¡Es extraño cómo la luz del sol puede levantar tanto el ánimo! Anoche era un miserable cobarde, asaltado por dudas y miedos irracionales. Pero hoy era una persona nueva. Incluso empezaba a sentirme algo entusiasmado por el valor científico de mis descubrimientos.

Jim Nube Roja entró con café, tostadas y huevos con tocino. Esa expresión hosca de miedo mal disimulado aún estaba grabada en sus rasgos aguileños, y respondió con una cierta aspereza a mi saludo. Llevó la comida a la mesa de campamento. Observándolo inadvertidamente, vi cómo de repente se ponía rígido. Su rostro cobrizo palideció. Como un halcón, se abalanzó por el cuenco rojo sobre beige y lo alzó con manos temblorosas.

—¡Yig… Yig-Satuti! —exclamó con voz temblorosa, sus ojos negros girando con miedo— ¡Mira! —gritó, señalando con un dedo como una garra las imágenes pintadas—. ¡La Gran Serpiente se ha movido!

—¿Qué? —exclamé, poniéndome de pie de un salto.

Con brusquedad, le quité el cuenco. ¡Dios mío! ¡Ahora sabía qué le pasaba a esa maldita cosa que me había tenido inquieto los últimos días! La distancia entre la figura de la serpiente de cascabel alada y la del humano que huía parecía haberse acortado. Parecía como si el reptil que lo perseguía le hubiera ganado terreno al aterrado individuo.

Me temblaban las manos, y lo mismo le sucedía a Jim Nube Roja. Pero intenté controlarme. Debía de haber un error. Tal vez mis ojos me engañaban.

—¡Tonterías, Jim! —dije, con un tono innecesariamente violento—. Te estás volviendo una vieja chocha, con tus locas supersticiones sobre esta montaña y tu Yig-Satuti. ¡Y, ahora, sobre este viejo cuenco!

Por un instante, el miedo del pima desapareció y se irguió con una dignidad de la que ni siquiera era consciente.

—La Gran Serpiente se ha acercado sigilosamente al hombre —insistió con firmeza—. Te advertí que venir a este lugar era mala medicina. Solo intentas engañarte a ti mismo, señor Shirley. Pronto la serpiente se tragará al hombre que huye. Y luego… —Su voz se fue apagando, lo cual me resultó terriblemente sugerente.

—¡Estás loco! —repliqué con impaciencia—. Arreglaré esto de una vez por todas.

De un montón de lonas, saqué una cámara. El indio me observó, impasible, mientras la cargaba. Con su ayuda, saqué la mesa de camping a la luz del sol y dispuse el cuenco de modo que ambas figuras fueran visibles en el objetivo. Retrocedí unos pasos y miré por el reflector para enfocar bien. Una sensación de frío me invadió como una mortaja húmeda. En el visor pude ver tanto al reptil retorciéndose como al hombre corriendo. Y recordé claramente haber notado, cuando Jim Nube Roja trajo el objeto a mi tienda, que las imágenes estaban en lados opuestos de aquel recipiente redondo.

Mis dedos hicieron clic en el obturador. Con una cierta sensación de confusión e irrealidad, tomé cuatro o cinco fotografías más, mientras el pima aguardaba estoicamente a mi lado.

—Ahora —dije, cerrando la cámara—. Estas fotografías serán de un cuarto del tamaño real. Sin duda, aclararán cualquier duda sobre la distancia entre ellas.
El indio no dijo nada, pero pude percibir la duda en sus ojos mientras se alejaba a grandes zancadas, con la intención de reanudar el trabajo en la torre norte. Volví a mi tienda y terminé de desayunar. Luego, ajustándome un pesado revolver del 45 a la cadera, caminé hacia la entrada de la kiva. La observé un rato, a salvo bajo el sol del desierto. Si hubiera tenido dinamita, sé bien lo qué habría hecho con ella.

Después de reflexionar unos minutos, continué hacia la torre para observar el progreso de la excavación. Jim Nube Roja estaba a gatas, siguiendo con una paleta un estrato de adobe compactado que parecía pertenecer a un suelo. Uno o dos hombres estaban tirando la tierra que él había desprendido, pero los demás permanecían inactivos. Su mal humor no los había abandonado, y noté un brillo en sus ojos al posarse sobre el arma a mi lado.

Haciendo señas a los trabajadores para que me siguieran, regresé a la abertura que descendía hacia la kiva.

—Llenadla —ordené.

Por un momento, se quedaron mirando, como si no hubieran oído. Luego, se pusieron a trabajar con entusiasmo.
(
Más tarde.) Esta noche, después de cenar, revelé el paquete de película de la cámara. Antes de acostarme, colgaré los negativos para que se sequen.

* * *

13 de octubre.

Naturalmente, lo primero que vi al despertar esta mañana fue el cuenco rojo sobre beige. Sus inquietantes imágenes han cobrado una importancia crucial desde mi aventura en la kiva. La sensación primitiva de un miedo incontenible me invadió. Me escocían los ojos, como si estuvieran sufriendo una punzada física tan solo por transmitir la increíble evidencia a mi cerebro.

¡Dios mío, esas imágenes están más cerca! No cabe duda. Lenta pero segura, la serpiente se acerca sigilosamente a la figura humana.

Permanecí un momento temblando entre las mantas, presa de una terrible repulsión. ¿Qué significa todo esto? ¿Me estoy volviendo loco?

Finalmente, me obligué a levantarme y examinar los negativos que colgaban de la cumbrera. Estaban secos, sostenidos a contraluz. Pero, en todo caso, solo demuestran que, o me estoy volviendo loco, o algo anda terrible e increíblemente mal.

Teniendo en cuenta la diferencia de tamaño entre el original y las fotografías, es evidente que la distancia entre las imágenes pintadas en el cuenco y las que aparecen en la película no es la misma. En la cerámica, el espacio intermedio se ha reducido a la mitad de lo que era ayer.

En ese momento, Jim Nube Roja entró a preguntarme si estaba desayunando en la fogata o en mi tienda. Antes de que pudiera responder, su mirada se posó en el cuenco. Un sonido grave y lastimero salió de sus labios, como el extraño canto fúnebre de un guerrero capturado en una hoguera enemiga. Su boca se movía como si formara sílabas indecibles. Luego, agarrando la cerámica, giró bruscamente y salió disparado.

Por un instante me quedé atónito. Luego me enfadé. Esto ya había ido demasiado lejos. Mecánicamente, me puse la ropa. Luego caminé hacia las ruinas.

Los encontré en la torre de vigilancia. Jim Nube Roja era el centro de un excitado grupo de rostros delgados y bronceados. Los exhortaba en su propia lengua, sosteniendo en alto el cuenco rojo sobre beige para que todos pudieran verlo. Un inabarcable y supersticioso pavor distorsionaba cada uno de sus oscuros semblantes. Un gran macho comenzó a cantar una canción tribal de fantasmas; otro hizo marcas cabalísticas en el polvo con una ramita.

—Dame esa cosa —exigí con ira, arrebatándole el cuenco de las manos a Jim Nube Roja—. Ahora, a trabajar, todos. ¿Para qué creen que les pago?

Un vacilante arrastrar de pies siguió a mi arrebato. Ante la hostilidad manifiesta que se apoderó de esos rasgos oscuros, mi mano bajó hacia mi arma.

—No, no habrá más trabajo.

No estaba seguro de cuál de los hombres pronunció esas palabras, cargadas de firmeza, pero me volví de nuevo hacia el capataz.

—Lo siento, señor Shirley —murmuró, bajando la mirada—. Los hombres se niegan a continuar. Dicen que hemos violado el santuario del Ser Ancestral. Temen su venganza. Otros han venido a este lugar antes, y nunca más han vuelto a ser vistos por hombres vivos.

—¿Qué santuario ni qué narices? —resoplé, con más vehemencia que elegancia— Vosotros, los pimas, no tenéis ningún parentesco con el pueblo perdido que construyó este lugar. ¿Os dais cuenta de que este es el mayor descubrimiento científico desde Pueblo Bonito? Nos hará famosos a todos. Ahora, tomad vuestras palas y volved al trabajo.

Sin esperar a ver el resultado de mis palabras, me alejé furioso. No volví a acercarme a la torre durante el resto del día. Creo que consideran mi presencia aquí una blasfemia mayor que la suya. Quizás, si los dejo reflexionar, continúen con el trabajo.

Después de cenar esta noche, hice varias impresiones de los negativos del cuenco rojo sobre beige. Los extendí para que se secaran y me senté a tomar notas. Si las líneas parecen borrosas es porque no puedo controlar una parálisis inexplicable que domina mis manos. Me palpita la cabeza y parece que va a estallar. No puedo escribir más esta noche. Pero, al fin y al cabo, ¿qué queda por escribir?

* * *

14 de octubre.

De alguna manera, siento que el día de hoy marca un punto álgido en mi vida. Si me pidieran que lo explique, no sabría decir por qué.

Todo se encontraba sumido en un extraño silencio cuando desperté. Me quedé tumbado unos instantes, observando el brillante rayo de sol que se filtraba por la solapa de mi tienda. De manera inconsciente, mis oídos amplificaban los sonidos que habitualmente se escuchaban en el campamento por la mañana: el bullicio de Jim Nube Roja preparando el desayuno, el tintineo de los utensilios de cocina, las voces apagadas de hombres hambrientos y el pisar de las pesadas botas. Pero ninguno de estos sonidos familiares lograba alcanzarme, pues presentía que algo andaba mal.

Salté de la cama y comencé a vestirme. Y, mientras me vestía con dificultad, mis ojos buscaron el cuenco rojo sobre beige en mi mesa de acampada. De repente, el calor del sol se desvaneció, y a la quietud del campamento se sumó una inquietante sensación de aprensión. ¡Sobre la superficie beige y opaca de la vieja cerámica, la Gran Serpiente casi había alcanzado al hombre que huía! Había menos de una pulgada de espacio entre las dos imágenes.

—¡Tim! —grité con voz ronca—. ¡Tim Nube Roja!

No hubo respuesta. Salí corriendo y miré a mi alrededor con desesperación. No había un alma a la vista. Tampoco oía el sonido de los utensilios que salían de las ruinas. Bajo la cocina, las cenizas estaban frías y muertas. Asaltado por una premonición agobiante, corrí hacia las tiendas y las miré una por una. Todas estaban vacías.

Poco a poco, la verdad fue haciéndose patente. Los hombres se habían marchado, habían desertado en masa, acompañados por Jim Nube Roja, mi capataz de confianza. No faltaba nada más: ni víveres, ni armas. Ni siquiera se habían detenido a reclamar los salarios que ya se les debían.

Una terrible sensación de fatalidad inminente se apoderó de mí. Estaba solo, atrapado en esta montaña siniestra, abandonado a merced del horror que acechaba entre las ruinas de una aldea olvidada.

Reí con amargura. De pronto, una determinación sombría se apoderó de mí. ¿Iba a abandonar el proyecto más importante de mi carrera por culpa de una superstición primitiva? Esta era mi oportunidad de inmortalizar mi nombre en los anales de la ciencia. Apreté la mandíbula con obstinación. Y aquí, decidí, era donde me quedaría.

(Cerca de la medianoche). Estaba oscureciendo cuando regresé al campamento esta noche. He recorrido todas las ruinas, colocando estacas numeradas antes de inspeccionar el sitio con cinta métrica y una estación total. Al acceder, rodeé la entrada cerrada de la kiva, apresurándome inconscientemente. ¿Habrían sospechado algo los hombres sobre su temible morador?

Después de preparar la cena, me retiré a mi tienda para tomar estas notas. Aquí, bajo la lona, el ambiente debería resultar reconfortante. Gracias al resplandor constante de la lámpara de gasolina, no hay sombras como las que reptan por el campamento desierto. Sin embargo, no logro tranquilizarme. Ignoro la causa de esta inquietud. Será un gran alivio cuando mi amigo Forsythe finalmente se reúna conmigo.

Esperaba que escribir estas líneas me distrajera de otras cosas. ¿Por qué debería sentirme inquieto? Al fin y al cabo, la entrada a la kiva ya está tapiada.

Justo ahora, he notado que la luz de la lámpara parece un poco más débil. Supongo que se está quedando sin gasolina. La tienda con suministros está al otro lado del campamento. Está bastante oscuro afuera. Quizás quede suficiente combustible para el resto de la noche. La noche… ¡cuán cobarde es la criatura en que se convierte el hombre cuando se pone el sol! ¡La ineludible herencia de un pasado troglodita!

¡Dios mío! [Aquí la página está salpicada por una gran mancha de tinta y algunas palabras son casi ilegibles, como si el escritor hubiera sufrido una conmoción repentina.] Solo miré el cuenco rojo sobre beige. ¡Por Dios, la serpiente ha clavado sus colmillos en el talón del hombre que huye!

Yo p… [Hay varias palabras tachadas en este punto, como si el escritor hubiera cometido sucesivos errores. El texto del diario continúa algo más adelante, ocupando unas pocas líneas.]

Tuve que detenerme un momento para servirme un poco de brandy. Pero es cierto… es cierto, a menos que esté completamente loco. Cada vez es más difícil ver aquí dentro. Ese maldito pima… ¿cuánto tiempo hace que no me rellena la lámpara? Solo queda un tenue resplandor.

Bueno, puedo irme a la cama. A la cama.

¿De qué tengo tanto miedo? ¿No está cerrada la kiva? Ay, Dios, pero ¿lo está? ¿Y ese respiradero en la pared detrás del disco de piedra a medio enrollar? ¿Y la zona mortal en la que está este campamento?

[Aquí la frenética escritura se difumina, algunas palabras se vuelven ilegibles.]

…¿no puede salir de noche? Yig… miedo a la luz. La luz… ahí… va. Fósforos… ¿dónde están… fósforos? ¿Qué… ese extraño raspado… fuera de… tienda? ¡Dios mío, protége…! ¡Yig! Yig-Satu…

* * *

Aquí concluye el diario de Shirley. La última palabra, incompleta y apenas legible, queda garabateada a mitad de página. Y así, con estas líneas finales, se cierra el enigma del caso de Fulton Shirley. El extraño cuenco rojo sobre fondo beige descansa ahora sobre el escritorio, frente a mí. Pero en su superficie ya solo permanece una imagen: la misma que el sheriff Dawson contempló al desenterrarlo de la tienda destrozada del arqueólogo, hace más de un año. Es la figura abultada de una enorme serpiente de cascabel alada, con las fauces abiertas. Y entre esos colmillos horrendos cuelga, inerte, un brazo humano.

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