Día primero
Todo comenzó una noche. Me despertó un ruido ensordecedor, como el estallido de un trueno, que sacudió los cimientos de la casa. Me levanté para comprobar qué había pasado, temeroso ante la posibilidad de una explosión, y me asomé a la ventana sin acertar a distinguir más que oscuridad. Tras echarme una chaqueta sobre los hombros, salí afuera y me dirigí hacia donde se había producido el ruido.
La aldea estaba desierta. Solo se escuchaba el silencio —suponiendo que el silencio pueda escucharse— acentuado por el contraste con el estruendo anterior. No había luna y no corría una brizna de viento. Como yo, otros vecinos empezaron a aparecer por los alrededores. Muchos llevaban aperos de labranza —pues eran las armas que tenían más a mano—, otros, cuchillos de cocina; y, algunos, escopetas de caza. La superstición había hecho mella entre la gente y el fantasma de la guerra planeaba sobre nuestros peores presagios.
Me encaminé, integrándome en la siniestra procesión que había tomado la aldea, a la granja de Sisebuto, y allí, por un efecto óptico o nuestra propia sugestión, alcancé a entrever una columna de humo que emitía un tenue resplandor y ascendía verticalmente hacia el cielo. Me quedé parado, contemplando aquella visión sobrenatural y preguntándome qué clase de fenómeno la habría provocado, cuando el viejo Sisebuto surgió de entre las sombras, enfundado en un pijama rojo y con el rostro desencajado. Sus brazos, caídos a los costados, reflejaban su impotencia ante una fuerza que escapaba a su comprensión.
Entonces, los perros prorrumpieron en ladridos, rompiendo la quietud de la noche en mil pedazos. Alguien, aparte de un hacha que empuñaba en la mano, había traído consigo a sus perros, que gruñían y enseñaban los dientes con el pelaje erizado. Los canes se resistían a avanzar, pero su dueño tiraba de ellos. Cuando llegaron al trigal de Sisebuto, ladraron al aire hasta desgañitarse.
Algo, no sabíamos el qué, había caído en el campo de Sisebuto abriendo un enorme agujero. Este tenía el borde chamuscado, con las espigas de su contorno ennegrecidas, y emanaba un intenso olor a quemado. Inexplicablemente, tanto el propio agujero como los jirones de humo que desprendía, emitían una pálida fosforescencia.
A simple vista, no se veía nada dentro del agujero; ni con linternas pudimos hacernos una idea de su profundidad o de lo que lo había causado. Era noche cerrada, velada por un mar de nubes suspendido en el cielo, y el frescor de la madrugada quedaba paliado por el calor que irradiaba el agujero. Las consecuencias del impacto todavía eran perceptibles, aunque no tardarían en diluirse, dejando el cráter como único vestigio de lo sucedido.
Aquel fenómeno, aunque insólito, no podía decirse que fuera inverosímil. Yo, por mi parte, argüí que debía de tratarse de un meteorito, y como pocos tenían constancia de la existencia de la palabra meteorito o de su significado, se quedaron más tranquilos al comprender que podía explicarse racionalmente. A mí, sin embargo, aparte de su perfecta verticalidad, me extrañó que el agujero tuviera demasiada profundidad en relación con su anchura, pero me guardé de compartir mi apreciación.
Cuando los presentes se cansaron de especular sobre el origen del meteorito, pasada la sorpresa inicial y acuciados por el sueño que habían interrumpido, comenzaron a desfilar de vuelta a sus hogares, abrazándose a los trajes de noche y con su improvisado arsenal apuntando al suelo. A Sisebuto le costó un poco más ponerse en movimiento. El anciano, sumido en una especie de trance, se balanceaba atrás y adelante con la mirada perdida en el agujero. Le puse una mano en el hombro, sujetándolo con firmeza antes de decirle que era peligroso permanecer allí porque podía haber un desprendimiento de tierra.
Sisebuto detuvo su oscilación y retrocedió un paso, liberándose del influjo del agujero y recuperando la lucidez. Lo conduje hasta la puerta de su casa para que no cogiera frío, y él se dejó llevar dócilmente.
—¿Por qué ha caído en mi campo? —me preguntó el anciano, como si yo tuviera la respuesta.
—Ha sido una casualidad, podía haber caído en cualquier otra parte.
—Pero ha caído en mi campo —repuso, aludiendo a la fatalidad como causa del incidente.
—Yo creo que has tenido suerte —traté de animarlo—. Por unos metros no te ha caído en casa. Podía haberte matado. Por el agujero no te preocupes; ya lo rellenaremos de tierra.
Me miró y esbozó una sonrisa, pero pronto su expresión se tiñó de incertidumbre. Yo sabía que era un hombre impresionable, pero no imaginaba que un fenómeno astronómico aislado pudiera afectarle tanto.
—¿Y por qué ladraban los perros? —quiso saber.
Yo dudé antes de responderle.
—Olerían algo —dije finalmente.
Sisebuto empujó la puerta, que había dejado entreabierta, y volvió a la seguridad de su hogar. Suponiendo que un techo y cuatro paredes pudieran protegerlo de algo realmente peligroso.
Cuando me quedé solo, envuelto por el silencio y la oscuridad, una profunda desolación se adueñó de mi persona. El universo era infinito, y pensar en sus misterios no hacía sino reafirmar la insignificancia humana. El agujero me atraía de un modo íntimo e inexplicable, y tuve que hacer un esfuerzo para no acercarme. En vez de asomarme al abismo, puse rumbo a casa, sintiendo un escalofrío cuando vislumbré el fulgor mortecino de las espigas.
Durante el breve trayecto que me llevó hasta casa, me giré continuamente, presa de una desagradable sensación. Pasé miedo, no me importa reconocerlo, y una parte de ese miedo se me metió tan dentro que arraigó en mi alma. Desprenderse del uno, significaría arrancar una parte de la otra.
Día segundo
Por la mañana, después de una noche en la que dormí poco o nada, fui a hacerle una visita a Sisebuto, para ver cómo estaba. Cuando llegué a su granja, había varios aldeanos charlando alrededor del agujero, y tuve que dar un rodeo para no cruzarme con ellos. Si lo hubiera hecho, les habría reprendido por pisar el trigo e invadir una propiedad privada; sin embargo, aunque yo soy el maestro, mi trabajo consiste en enseñar a los niños, no a sus mayores. Prefería, por lo tanto, pasar desapercibido, pues mi preocupación era el estado de Sisebuto y no la educación de sus paisanos.
Si queríamos volver a la normalidad, debíamos actuar con esa normalidad que demandábamos, pero en una aldea pequeña hasta un agujero en la tierra era un evento extraordinario. A plena luz del día, la oquedad no parecía brillar, al menos en la distancia.
Probablemente, su débil luminiscencia tenía un origen orgánico o había sido provocada por una reacción química. Lo cual, a decir verdad, era bastante común en la naturaleza.
Mientras los aldeanos mantenían una anodina conversación, yo llamé a la puerta de Sisebuto, quien me abrió con la ropa que solía llevar cuando se ocupaba de las labores del campo. Me interesé por su salud, le pregunté cómo había dormido y, antes de que pudiera decirle nada más, se asomó por encima de mi hombro y contempló largamente el trigal. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor: había visto algo.
El anciano me apartó con su nudosa mano, los ojos clavados en la amarillenta extensión vegetal, y echó a andar hacia el trigo. Yo lo seguí —¿qué otra cosa podía hacer?— y, tras llegar junto a él y observar de cerca las espigas, comprendí por qué las cogía en la mano con una pena infinita. Estaban secas, habían adquirido un tono grisáceo, y su grano se estaba desprendiendo.
Los aldeanos vinieron hacia nosotros y nos manifestaron lo que ya sabíamos, lo que Sisebuto había presentido antes de verlo: que la cosecha estaba enferma. Debatimos el asunto sin sacar nada en claro, ellos acogiéndose a la superstición y yo intentando racionalizarlo, mientras el principal afectado se mantenía en silencio, acariciando el fruto de su trabajo como si se tratara de un animal herido que pudiera sanar con paciencia y cariño. Pero aquello tenía peor remedio de lo que el anciano pensaba, pues no fue sino el primero de una serie de acontecimientos, a cada cual más funesto.
Los dejé allí, poco más podía hacer por ninguno de ellos, y no pude evitar aproximarme al agujero antes de marcharme del campo. El agujero…, el centro de la aldea desde que irrumpió por la fuerza en nuestras vidas, era una sima oscura como boca de lobo, insondable y siniestra. Su negrura parecía engullir los rayos del sol, absorbiendo la vitalidad de las espigas, y quién sabe si también la nuestra. Todas las esperanzas estaban agujereadas, todos los sueños. El abismo me devolvía la mirada.
Cuando cayó la noche, los cadáveres de las espigas fueron envueltos por un resplandor amarillento.
Día tercero
Aquella mañana me despertaron unos gritos. Unos gritos que, aventuré, provenían de la granja de Sisebuto. Salí a ver qué estaba pasando y me apresuré, dada la intensidad que estaban adquiriendo. Cuando tuve la granja ante mis ojos, no pude creer lo que estaba viendo. Perillán, cuyo campo lindaba con el de Sisebuto, le estaba acusando de haberle contagiado la cosecha. Los ancianos intercambiaban improperios y agitaban sus garrotes en el aire, como si se hubieran puesto de acuerdo para batirse en duelo. Antes de que la discusión fuera a más, tanto yo como los otros espectadores corrimos a separarlos.
Unos se llevaron a Perillán, que maldecía a voz en grito a su vecino, con quien siempre había mantenido una relación cordial, y otros acompañamos a casa a Sisebuto, donde lo sentamos en un sillón para que se calmara. El pobre anciano, con la respiración agitada, no paraba de repetir que él no tenía la culpa, y aunque no le faltaba razón, sus ojos estaban completamente idos y le temblaba un párpado. Al poco, su discurso se convirtió en una jerigonza incomprensible, y alguien fue a buscar al médico ante la perspectiva de que hubiera sufrido un ataque.
Mientras esperábamos al médico, salí a comprobar el estado de la cosecha de Perillán; efectivamente, su trigo estaba aquejado de la misma enfermedad que había arruinado el de Sisebuto. Las espigas se habían secado y empezaban a agachar la cabeza; pese a haber brillado al sol el día anterior, ahora estaban cenicientas.
Cuando vi al médico llegar, volví adentro y asistí a las pruebas que le hizo a un anciano totalmente perturbado. Tras descartar cualquier tipo de ataque, llevamos a Sisebuto a la cama para que descansara y regresamos a nuestras obligaciones. Yo a mis clases, que estaba descuidando demasiado, y los aldeanos a sus quehaceres cotidianos.
No debimos, sin embargo, haber dejado solos a los ancianos. Algo había contagiado sus campos, pero también a ellos. Los demás no podíamos sino mirar impotentes cómo las tierras y sus propietarios adolecían, y cómo, cuando oscurecía, un sudario fosforescente amortajaba las espigas.
Día cuarto
La discusión de los ancianos fue el preludio a la tragedia. Aquella tarde me alertaron los gritos de Perillán y, al acudir a la granja de Sisebuto, contemplé horrorizado cómo los ancianos estaban enzarzados en una pelea. La escena era dantesca. Descargaban el garrote violentamente contra su vecino, sangrando profusamente y con los rostros destrozados. Antes de que pudiera llegar a separarlos, Sisebuto se desplomó, y Perillán, cubierto de sangre, se apoyó en sus rodillas hasta que recuperó el aliento. Luego, sencillamente, se marchó como si nada hubiera pasado. Y nos dejó un incómodo cadáver para que dispusiéramos de él como quisiéramos.
Aquella fue la gota que colmó el vaso. Los testigos del crimen, dada la magnitud del horror que acabábamos de presenciar, convocamos una reunión de urgencia antes de que la situación se nos fuera, aún más, de las manos. A los pocos minutos, más de la mitad de la aldea estaba reunida en la era.
Lo primero era informar a las autoridades del asesinato, o eso era lo que yo pensaba, puesto que muchos tenían una visión bien distinta del asunto. Yo daba por hecho que actuaríamos conforme a la legalidad, pero, para mi sorpresa, no todos eran de la misma opinión. Las voces más tradicionalistas querían arrojar el cadáver al agujero, y al final impusieron su criterio. Ni siquiera aceptaron someterlo a votación.
En ese momento perdí los nervios. Y el alcalde, viendo el cariz que estaban tomando los acontecimientos, me cogió del brazo y me llevó a un lado.
—Maestro, tú has llegado hace poco —me dijo—. Aquí no nos gusta la Guardia Civil, así que deja que lo solucionemos como toda la vida o saldrás malparado.
Su principal argumento era que si informábamos a las autoridades se armaría un escándalo. La familia de Sisebuto llevaba años sin venir por la aldea, y para cuando denunciaran su desaparición, su cuerpo ya se habría descompuesto. De todos modos, dudo que recuperaran el cadáver, pues ese agujero parecía no tener fondo. Era curioso que aquellos que habían ignorado a Sisebuto ahora tuvieran la potestad de decidir qué hacer con sus restos.
A Perillán, por el contrario, no lo consideraron un peligro público. Como siempre había sido un anciano afable y voluntarioso, achacaron su homicidio a un trastorno producido por la enfermedad de su campo. Y esa conclusión propició la segunda decisión de la asamblea: alguien tenía que bajar al agujero para descubrir qué lo había provocado.
Se necesitaba un voluntario, y muchos de los hombres que antes sacaban pecho, ahora dieron un paso atrás y miraron al suelo. Y quien dio un paso adelante fue un pie muy pequeño. Una figura inesperada surgió de detrás de una tapia, donde había estado escuchándonos. Amelina, una de mis mejores alumnas, ágil y ligera como una ardilla, se presentó voluntaria con un valor con algo de inconsciencia que sonrojó a los adultos.
Los padres de Amelina se opusieron enérgicamente; pero, como sabían que su hija bajaría al agujero con o sin su permiso, prefirieron estar presentes cuando lo hiciera. Muchos dudaban de la capacidad de la niña para cumplir la misión que le habían encomendado, pero bajar a un hombre fornido hubiera resultado imposible por una cuestión de peso. Lo que a mí me preocupaba, sin embargo, era que la niña enloqueciera al exponerse directamente a las extrañas emanaciones del agujero.
Aunque, de todos modos, si algún mal moraba en el pozo, tarde o temprano todos acabaríamos padeciéndolo.
Una vez concluida la reunión, nos pusimos manos a la obra. Queríamos aprovechar las últimas horas de sol. Yo, huelga decirlo, no aprobaba lo que estaban haciendo, pero los acompañé por el bien de Amelina, por si podía ayudarla en algo. Mientras unos se fueron a buscar cuerdas y linternas, otros nos dirigimos al agujero, donde esperamos a los ausentes, embargados por un tenso silencio. Cuando llegaron con el material necesario, atamos a la niña de la cintura y los hombros, para que no se desequilibrara y pudiera maniobrar con brazos y piernas, y la aseguramos con un par de cuerdas por si la primera se rompía. Después, le dimos la linterna más potente y la descolgamos poco a poco. La pequeña desapareció tierra adentro. El haz de luz de su linterna fue engullido con ella.
El plan consistía en ir bajándola hasta que ella indicara lo contrario o tocara suelo, y así procedimos durante un tiempo. Cuatro personas sujetábamos la cuerda, y dejamos que fuera ella la que marcara el ritmo. Los padres de Amelina estaban en el borde del agujero para hablar con su hija, y las preguntas que le hacían eran respondidas por el eco de su voz, cada vez más lejano. Llegados un punto determinado, cuando la niña debía de estar a una profundidad considerable y su voz era apenas audible, decidimos izarla al resultarnos imposible la comunicación.
Lo que nos contó era lo que muchos ya sabíamos: que las paredes eran de roca, que no se veía el fondo, y que el agujero estaba iluminado por una luz «como de luciérnaga», según sus propias palabras. El posterior interrogatorio al que la sometieron no aportó nada nuevo. Liberaron a la niña de sus arreos y esperaron a que sus padres se la hubieran llevado. Acto seguido, cogieron el cadáver de Sisebuto entre varios vecinos y lo arrojaron al agujero. Se escucharon varios golpes blandos cuando su cuerpo inerte rebotó contra las paredes, y con aquel gesto, terminó la vida del anciano.
Sin pronunciar unas palabras, sin dedicarle una triste oración, nos dispersamos hacia nuestros hogares. Pensábamos que el nuevo día arrojaría alguna luz sobre el asunto, pero fue la noche la que arrojó oscuridad sobre todos nosotros.
Estaba durmiendo profundamente, agotado tras los últimos acontecimientos, cuando un intenso zumbido me despertó. Me asomé a la ventana y, como las vistas no me revelaron nada, me decidí a salir al exterior para averiguar qué estaba pasando. Esta vez cogí un cuchillo, porque tenía los nervios alterados y así me sentía más seguro. Abrí la puerta y me dispuse a cruzar el umbral, pero un mareo me hizo perder el conocimiento durante un instante; por fortuna, acerté a sujetarme de la pared antes de desplomarme. Me quedé allí, reflexionando sobre la pertinencia de seguir adelante; avanzar o retroceder. ¿Había sido una mera casualidad el haberme mareado justo en el umbral? ¿Era una señal que me instaba a quedarme en la seguridad de mi hogar? ¿Había, acaso, un Dios al que acogerse o un lugar en el que resguardarse? Avancé, cerré la puerta a mis espaldas, y me encaminé a la granja de Sisebuto. Ya no necesitaba seguir el ruido; sabía perfectamente de dónde venía…
El ruido era ensordecedor, pero también discontinuo. Un zumbido que crecía en intensidad hasta alcanzar su máxima cota, y disminuía hasta desaparecer por completo. Cuando enfilé hacia el campo de trigo, distinguí lo que estaba causando los zumbidos. ¿Me engañaban mis sentidos, o era presa de una alucinación fruto del cansancio o la exposición a las sustancias tóxicas que emanaban del agujero?
El trigal de Sisebuto, tenuemente iluminado por una insólita manifestación sobrenatural, estaba siendo escenario de un espectáculo blasfemo. De la boca del agujero estaban surgiendo, entre zumbidos de batir de alas frenéticos, unas criaturas que en la penumbra se antojaban enormes libélulas. Me quedé contemplando a aquellos seres, sin acertar a mover un músculo, y conté hasta un total de seis especímenes que se perdieron en la noche estrellada. Luego el ruido se apagó y un silencio sepulcral se adueñó del campo. Ni siquiera los grillos se atrevieron a cantar, suponiendo que quedara alguno vivo.
Día quinto
Hoy han venido dos guardias civiles. Se han paseado por la aldea, arriba y abajo, haciendo preguntas y yendo varias veces al agujero. Han venido a casa y han llamado a la puerta. Yo no les he abierto. Me he escondido por si la tiraban abajo, pero se han ido.
Después ha venido el alcalde a preguntarme por qué los había llamado. Me ha dicho que algunos querían lincharme, que ha tenido que pararlos. Sospecho que hay un episodio truculento relacionado con la Guardia Civil que nadie quiere contarme.
Relacionado con la guerra. De donde yo vengo las víctimas eran guardias civiles, asesinados en un bar por unos maquis. Debajo del uniforme todos son, somos personas. No importa el bando. Pero yo no he llamado a los guardias civiles. No recuerdo haberlo hecho. No he tenido tiempo, siempre he estado en la aldea, preocupándome por Sisebuto, por Amelina, por el agujero.
He expulsado al alcalde de mi casa. Que vengan a buscarme, que me cojan si pueden. Tengo cuchillos y mis propias manos. Podría, con ellas… podría matar. Si quisiera. O podría querer hacerlo, si fuera necesario. Amelina ha desaparecido. Eso me ha dicho el alcalde. Que si yo tenía algo que ver. Amelina… una de mis mejores alumnas. Que bajó al pozo. Y vio algo, pero se lo calla. Se lo callaba, porque ya no está. Quizá se haya ido volando.
Perillán no ha salido de casa desde que mató a Sisebuto. ¿Estará en casa o en el agujero? ¿Se habrá ido volando con Amelina? A mí no me engañan. Yo sé que me vigilan. Que no se fían de mí, que me miran raro. El maestro, dicen. Yo enseño a sus niños, los educo. He dejado a mi novia y a mi familia para venir aquí, y así me lo pagan. Acusándome de haber llamado a la Guardia Civil. De la desaparición de Amelina. Una de mis mejores alumnas.
No me encuentro muy bien, me duele la cabeza. Por eso no puedo salir a buscar a Perillán para ver si ha vuelto del planeta de las libélulas. Porque son de otro planeta. Ahora lo he entendido. Pero tengo que hacer un esfuerzo. Ir al agujero. Asomarme dentro. Saludar a Sisebuto.
Le he llamado, pero no me ha respondido. Tampoco he podido verle, porque ahí dentro está muy oscuro. Me he acostado en el borde, sobre las espigas muertas, y he metido el brazo. He tocado…, palpado. Ese es el verbo. He palpado las paredes de roca del agujero. Es piedra, no hay nada más. Pero brilla. Por la noche brilla el agujero, y también brilla el campo. Se extiende como una plaga. ¿Brillaré yo?
He venido a casa corriendo. Para que no me cogieran por sorpresa. Pero antes he visitado a Perillán. Me ha abierto la puerta. No brillaba, creo. Fingía ser el de siempre, pero yo sé que no. Está conspirando con las libélulas. Y es posible que tengan a Amelina. Ella jamás se aliaría con unos insectos. Ni aunque fueran gigantes.
El alcalde no ha vuelto por aquí. No se atreve. Sabe que estoy preparado. Que me he dado cuenta de su juego. Quiere hacerme creer que me comprende, que está de mi lado. Pero solo ha venido para ver las armas que tengo. Ellos tienen escopetas, pero yo tengo mis manos.
Día sexto
Hoy ha venido el ejército. Soldados uniformados han tomado la aldea. Estos no han hecho preguntas. Han mandado a todos a casa. Yo me he asomado por la ventana, y un soldado me ha dicho que me metiera dentro y lo cerrara todo. Después de una hora se ha escuchado una explosión. Creo que ha sido el agujero. Sí, tiene que haber sido el agujero. Eso significa que ya no hay agujero. Las libélulas no pueden salir, ni tampoco entrar. Y Sisebuto está atrapado, pero no creo que le importe, porque está muerto. Yo quiero ir a verlo con mis ojos, con mis propios ojos. Pero tengo que esperarme, porque todo el mundo querrá ver el agujero, que ya no es un agujero. Ahora es tierra, o a lo mejor, un agujero más grande. No sé si la explosión lo tapará o lo agrandará. Lo comprobaré.
Los militares han estado todo el día en la aldea, haciendo guardia en la granja de Sisebuto. Pero, cuando se ha hecho de noche, se han marchado, y yo he conseguido salir de casa sin que nadie me viera. He reptado hasta el campo y he llegado al agujero, que ya no existe. El trigal tampoco. Ahora es una extensión desigual de tierra. Una hondonada de poca profundidad. Adiós, Sisebuto.
He buscado a Amelina por todas partes, pero no la he encontrado. Si las libélulas se la han llevado a su planeta, no podrá regresar porque ya no hay agujero. Espero que sea feliz allá donde esté. Una de mis mejores alumnas.
Yo voy a encerrarme en casa como me ordenaron los soldados. Debería dormir un poco, pero si entran cuando estoy durmiendo pueden cogerme desprevenido. Pero no lo harán. Porque soy más listo que ellos. Voy a poner muebles en la puerta. Eso haré. Y a tapiar las ventanas. Bloquearé todas las entradas y luego dormiré un poco. Solo un poco.
No puedo dormir. No puedo. Hay algo que se arrastra por debajo de la casa, y zumba y rasca y roe y gime como un ratón demasiado grande, o un demonio del inframundo.
Día séptimo
El alcalde ha estado llamando a mi puerta. Pobre idiota. Se creía que iba a estar abierta para él, o que yo iba a abrírsela. Tengo que escapar de aquí. No puedo quedarme cuando todos me odian, pero ¿yo qué les he hecho? Me ha dicho que han encontrado a Amelina. Que estaba vagando por el monte. Que ha enloquecido. ¿Y quién no está loco, quién puede soportar los agujeros de su vida? Lo siento por ella, lo siento tanto por ella. Hubiera sido feliz en el planeta de las libélulas, volando por el espacio, tocando el infinito con la punta de los dedos. Pero ahora tiene los pies anclados a la tierra y la llaman loca porque es diferente al resto. Pero ¿cómo no va a ser diferente si ha bajado a los abismos? Yo solo metí un brazo y no me encuentro entre tanto pensamiento. Y lloraría, o gritaría, o saldría corriendo, pero ¿de qué serviría eso?
Huir de uno mismo. Toda la vida. Es un círculo. Empieza donde acaba y acaba donde empieza. Y volver a empezar o a acabar, que es lo mismo. Así una y otra vez. Amelina, una de mis mejores alumnas. Y el viejo Sisebuto, ya olvidado. Y todo porque algo cayó del cielo y no supimos entenderlo. Y las libélulas revolotean en nuestras cabezas y nos vuelven locos para los que creen estar cuerdos. Le atamos una cuerda y ha perdido la cordura. Pero yo la sujetaba. Para que no se cayera. Una de mis mejores alumnas.
Arriba hay luz y abajo está oscuro, pero, cuando arriba oscurece, es mejor entregarse a la oscuridad familiar que exponerse a la desconocida.
He visto a Perillán, de pie en mitad de su campo. Quieto. Brillando. Se comporta de forma extraña. Tengo que matarlo.