El Ídolo de la Ballena

El gran leviatán es la única criatura del mundo que inevitablemente debe quedar sin ser
pintada.

Herman Melville, Moby Dick.

* * *

Maldigo el día que nos mudamos a Combarro. Si hubiéramos seguido en la tranquilidad de nuestro hogar de Zamora, aquello no habría sucedido y yo no estaría aquí con estas esposas. Pero nada, que Rosa, mi mujer tenía muchas ganas de mudarse a ese pueblucho de mala muerte del que venía su familia. Esa maldita decisión es la causa de todo, nuestra familia, nuestra reputación… ¡todo se ha hecho añicos! Ese viejo decrépito tuvo lo que se mereció… cerdo hijo de puta… ¡psicópata! ¡Si no era yo, hubiera sido otro! Pero, de acuerdo, trataré de exponer ordenadamente lo que sucedió. Si alguno de vosotros es padre, supongo que entenderá por qué lo hice.

Me instalé con Rosa y con mi hijo Daniel cerca del puerto, en una vieja casa que había sido propiedad de la abuela de mi mujer. La anciana, recientemente se había ido de este mundo, dejándonos en herencia el inmueble y todo lo que había en su interior. Siempre había tenido una fama… peculiar. Y es que, en la zona, quien no la consideraba excéntrica, directamente la tachaba de bruja. Sin embargo, ni Rosa ni yo le dimos nunca demasiado crédito a aquellas calumnias.

Aun así, debo decir que, cuando llegamos al piso y nos pusimos a revisar las pertenencias de la difunta, pudimos comprender bien de dónde venían tales acusaciones: el despacho de la mujer estaba repleto de libros y objetos que bien podrían haber salido de la biblioteca de algún culto macabro. Sobre la mesa, tenía abierto un libro, escrito en un idioma incomprensible, aunque, por sus notas, pudimos determinar que se trataba de una edición casera de un texto prácticamente desconocido al que se refería como «Manuscrito de las Profundidades». Junto a él, había una extraña daga, un ídolo primitivo y un álbum repleto de fotos de un lugar llamado «Islas Chiscut», algunas de ellas bastante inquietantes. También tenía allí lo que parecía un libro de poesía muy extraño, que abrí por una página al azar.

Emana del océano cantinela de seducción.
que entona con ternura la hermosa sirena,
más esto es tan solo el velo de una ilusión,
que enmascara el rostro de funesta ballena.
Observa desde tu decadente navío,
como ante ti se muestran los cuerpos del cielo,
vagando todos juntos destino al vacío,
al que son atraídos por astral anhelo.
Cantamos al sol fallecido,
aunque por dentro estamos llorando.
Canta el corazón encendido,
cuya llama se está apagando.

Aunque aquellos versos llamaron mi atención, opté por dejar el libro en el lugar en el que se encontraba. No sabía muy bien por qué, pero me habían dejado mal cuerpo. Mire los demás tomos que tenía: Unaussprechlichen Kulten, De Vermis Mysteriis, Revelaciones del Emperador Inmortal, Meditaciones sobre la bóveda celeste, Alazife… todos aquellos volúmenes me dieron muy mala espina. Y no menos me incomodaron los objetos que compartían espacio con ellos. Le propuse a Rosa que nos deshiciéramos de todos, ante lo que ella accedió, aunque pidiendo que no los tirásemos a la basura, sino que se los donásemos a algún anticuario o a una biblioteca, ya que le apenaba pensar que las posesiones de la difunta acabarían en un vulgar vertedero. Por satisfacerla le dije que sí, aunque yo no tenía intención alguna de cumplir mi palabra.

Debo decir que tuve que pelearme con Daniel, mi hijo. Había cumplido los seis años no hacía mucho, teniendo los caprichos típicos de la edad. Y, digamos, que le llamó la atención demasiado uno de los polvorientos ídolos de la abuela. Se lo acabé arrebatando de las manos, ignorando sus quejas y sus llantos. Me incomodaba la idea de que mi chaval se pusieras a jugar con una estatuilla que, posiblemente, había recibido un uso cuanto menos cuestionable.

Cargué con todos esos objetos perturbadores y bajé a la calle, dispuesto a tirarlos. Según salí, tuve la impresión de que un hombre anciano me iba siguiendo. Reconozco que me incomodó su presencia, así que me deshice rápidamente de las posesiones de la finada, arrojándolas a un contenedor, y me encaminé de vuelta a la vieja casa. Cuando estaba llegando, me di la vuelta para ver lo que había sido del viejo, y comprobé que estaba hurgando en la basura. Pero decidí no prestarle más atención. Abrí la puerta y me dispuse a olvidarme del tema.

Y digo «me dispuse» porque no tuve la oportunidad de hacerlo. Como es lógico, tuve que salir a hacer la compra y, según volví a pisar la calle, me topé de narices con el anciano.

—Primero de nada, disculpe mis modales —me dijo— y lamento si antes le hice sentir incómodo. Soy su vecino de enfrente.

—Oh, no se preocupe, no fue para tanto —respondí, tratando de mostrarme cortés.

—Me alegra oírlo. Me llamo Santiago López, aunque la gente me llama «Santi». Desde que lo vi, tuve interés en hablar con usted, ¿qué relación tiene con la antigua propietaria de esa casa? Porque sé que no le hubiera cedido su residencia a cualquiera.

—Jimena era la abuela de mi esposa.

—Debo decir entonces que su familia tiene una sangre muy especial… oh, discúlpeme, puede que esto que digo para usted no tenga demasiado sentido.

—Como le dije antes, no se preocupe —dije, tratando de disimular que estaba un poco hastiado, parecía que el hombre no terminaba de ir al grano.

—Oiga, espero que no le importe que haya recuperado aquellas cosas que arrojó a la basura. Para algunos de los vecinos de la difunta Jimena, tienen un valor espiritual. Por favor, no se piense que soy un raro o nada de eso. Solo soy un pobre viejo que pasa mucho tiempo solo y a veces se pone sentimental.

—No pasa nada, aunque, si me disculpa, debo ir a hacer unos recados.

—¡Oh, perdóneme, no era mi intención arrebatarle su precioso tiempo! ¡Que tenga un buen día y que la Ballena le de buena pesca!

—¿De qué habla?

—Oh, nada, es cosa de pescadores, la costumbre. Yo soy pescador, ¿sabe? Pero será mejor que no hable más, que me alargo y no paro. Ya nos iremos viendo, don…

—Daniel, me llamo Daniel —respondí—. Al igual que mi hijo.

—¡Oh tiene un hijo, cuan afortunado! Pues nos iremos viendo, don Daniel.

—De acuerdo, pero no me llame don. Adiós… tenga un buen día.

El anciano no insistió más y me dispuse a cumplir con la tarea que tenía entre manos. Confieso que, cuando estaba comprando, sentí una cierta culpabilidad. Solo era un pobre viejo que trataba de ser amable. Creí que, quizás, había sido demasiado borde con él, así que tomé la decisión de que, la próxima vez que nos encontrásemos, intentaría ser un buen vecino.

Regresé junto a mi familia, con las compras ya hechas. Y, bueno, decir que el día transcurrió con relativa normalidad. Mucho trabajo, porque tuvimos que limpiar y dejar habitable la casa, pero un día normal, al fin y al cabo. Al terminar la jornada, nos fuimos a dormir, sin tener ni idea de lo que se nos venía encima.

* * *

Por la noche, soñé con Jimena, la abuela de Rosa. Y es extraño, porque nunca la había visto, pero, de algún modo, sabía que era ella. Estaba junto al mar con mi hijo, hubiera parecido una escena inocente si no fuera porque estaban utilizando como juguete el inquietante ídolo que le arrebaté a Dani.

De todas formas, me desperté y no le di muchas vueltas. Tampoco le di mayor importancia a lo que me dijo el pequeño en el desayuno:

—Papá, ¿tú anoche escuchaste a la Ballena? Me decía que fuera a jugar con ella.

—Lo habrás soñado, yo anoche solo oía el sonido del mar —le respondí, mientras leía el periódico.

Fútbol, políticos corruptos, guerras en oriente próximo… el mundo seguía siendo una mierda, como siempre. Pero bueno, la vida sigue. Terminé mi café y me dispuse a comenzar a aprovechar el día. En mi trabajo, cuya naturaleza no voy a mencionar para preservar una necesaria privacidad, había conseguido que me trasladaran a Pontevedra. Ese día, ocuparía mi nuevo puesto, así que, tras despedirme de mi familia, tomé el coche y me dirigí a la ciudad.

Como digo, no tengo interés en hablar sobre mi trabajo. Por tanto, me limitaré a mencionar que hice mis horas por la mañana y volví a casa para comer. Cuando llegué al domicilio, me llevé un susto tremendo: mi hijo no estaba. Por suerte, Rosa me explicó que había quedado en el puerto, jugando con un pescador, así que me pidió que fuera a buscar al chaval para que viniera a comer. Debo decir que me enfadé con Rosa e incluso la grité; no me parecía bien que hubiera dejado que el niño se quedara con un desconocido. Pero paré pronto, al decidir que urgía más comprobar si Dani estaba bien, no fuera a ser que, por la imprudencia de Rosa, hubiera acabado sido víctima de un secuestro.

Por suerte, no fue así. Al dirigirme al puerto, pude comprobar que el pescador del que hablaba no era otro que Santi, el vecino.

—… Y, al final, la Ballena siempre regresa con sus pequeños —le decía el hombre a mi hijo.

—¿Qué le estás contando al chaval? —le pregunté.

—¡Oh buenas don Da…! Quiero decir, buenas, Daniel. Estaba contando al chico… un cuento. ¡Sí, eso! Solo era un cuento, un cuento infantil.

—¡Papá, quiero jugar con la Ballena! —me dijo mi niño.

—Sí, sí, no te preocupes, jugaremos con la Ballena. Oye, Santi, gracias por cuidar del crío, espero que no te haya dado mucha guerra.

—¿Qué menos iba a hacer por la familia de la vieja Jimena? —Santi me mostró una sonrisa desdentada.

Tomé a mi hijo de la mano y me lo llevé a comer. Mientras estuvimos en la mesa, no pasó nada particularmente reseñable, más allá de que Dani mencionó un puñado de veces a su amiga la Ballena. Como es lógico, yo pensé que era algo de críos, ya prácticamente estaba convencido de que se había hecho otro amigo imaginario. Y digo otro, porque no era el primero: el crío siempre había tenido mucha imaginación.

A la tarde, volví al trabajo y, bueno, hice allí mis horas. Debo decir que, cuando llegue a casa estaba reventado. Cené e iba a irme a la cama, pero me percaté de un detalle que a punto estuvo de escapárseme: en el mueble del pasillo, camuflado entre otros adornos, estaba el condenado ídolo. Juraría que lo había tirado a la basura, junto con toda la demás mierda ocultista de la abuela. Sospeché que Dani, de algún modo, lo había recuperado cuando se lo quité, habiéndolo escondido para que no me diera cuenta.

Confronté a mi hijo y le pregunté si era cosa suya, cosa que, lógicamente, él negó. De todas formas, cuando dije que volvería a intentar tirarlo, reaccionó con desesperación, diciendo que «no le hiciera eso a la Ballena». Esas palabras hicieron que me fijase mejor en el ídolo. En efecto, representaba a una ballena, aunque una monstruosa: parecía tener dos bocas, una de ellas abierta, revelando en su interior un ojo rojo, representado por un rubí. Tenía varias aletas y tentáculos y, de algún modo, daba la impresión de estar sentada. Fue entonces cuando recordé el interés que había mostrado Santi por aquello de lo que nos habíamos deshecho. Sí, sería bueno preguntarle por el tema.

Me llevé el ídolo a mi habitación, para tenerlo a la vista y que no se me olvidara mostrárselo al vecino en cuanto me levantara a la mañana siguiente. Creo que tener esa cosa en mi habitación, sumado a toda la obsesión de mi hijo con la Ballena me sugestionó, pues acabé soñando con ello. Volvía a estar Dani, jugando en la playa con la vieja Jimena, cuando una criatura inmensa emergía junto a la costa y, extendiendo un tentáculo, atrapaba al pequeño y lo arrastraba bajo las olas. Lo más inquietante es que él no gritaba, ni forcejeaba, ni nada. Al contrario: sonreía.

Me desperté con sudores fríos. Miré la hora, comprobando que no quedaba mucho para que tuviera que levantarme, así que determiné que no me merecía la pena tratar de volver a conciliar el sueño. Lo primero que hice fue ir a la habitación de mi hijo, ya que aquel sueño me había dejado inquieto y con la necesidad, casi irracional, de asegurarme de que el chico estaba bien. Pero nada, el chaval dormía a pierna suelta. «falsa alarma», pensé. Sí, obviamente estaba muy sugestionado, no tenía duda sobre ello. De todas formas, me di cuenta de que la estatuilla misteriosa se encontraba ahora en su mesita, en vez de en mis aposentos. Deduje que había entrado a mi habitación por la noche y se había hecho con ella. Desayuné y, tomando el ídolo, salí a la calle para dirigirme a la casa de enfrente, en la que Santi me había dicho que vivía. Al golpear la puerta escuché dentro la voz del hombre, diciendo que venía. Y, al rato, se oyó un estruendo. ¿Se habría caído por las escaleras? Finalmente, abrió la puerta.

—¿Se encuentra bien? —le pregunté.

—Oh, sí, sí… no se preocupe, los trastos, que tengo la casa llena de trastos. A veces cuesta caminar sin dar de bruces en el suelo -Santi rió, como para quitarle importancia, aunque se le notaba un poco agitado.

—Oye, ¿sabe lo que es esto?

Le mostré a Santi el ídolo. Al verlo, abrió los ojos como platos.

—Espere, ¿no había? —Santi se puso a escudriñar en sus bolsillos, y, después, miró a todos los lados— Deme un momento. Santi desapareció con un portazo. Se escucharon ruidos en el interior y, al rato, reapareció, abriendo de nuevo la puerta.

—Juraría que esa figurita estaba entre lo que recogí el otro día de la basura —me dijo, con perplejidad—. ¿Cómo ha…?

—No lo sé, la encontré en mi casa —respondí—. ¿La llevaba encima cuando jugaba con mi hijo? Puede que él se la quitase.

—No estoy seguro —el anciano se mesó las barbas —. Aunque, a mi edad, a veces olvido cosas y mi atención no es la que era, ¡quién sabe! De todas formas, puede que sea mejor que se la queden, siento que quiere estar con vosotros.

—¿Cómo va a sentir, si es un trozo de piedra?

—Cuando se trata de las cosas de Jimena, quién sabe… —Santi sonrió— esa mujer tenía una conexión muy intensa con aquello que habita en las profundidades.

—¿De qué hablas? —pregunté.

Santi se quedó un rato callado. Le temblaban un poco las manos, deduje que estaba bastante tenso. Quizás había dicho algo que no debía.

—Emm… ya sabe los rumores que corrían sobre Jimena — respondió con un cierto nerviosismo—. Pero, será mejor no hablar mucho sobre el tema. Soy un viejo supersticioso, ¿sabe?

—De acuerdo, de todas formas, le devuelvo el ídolo.

Le entregué a Santi la inquietante figura y volví a trabajar. Al mediodía, se repitió la escena del día anterior: al llegar a casa el chaval no estaba, había ido a jugar con Santi. Nuevamente, le estaba contando cuentos, aunque percibí algo inquietante en la fascinación con la que mi hijo atendía a esas historias. Cuando yo le había contado fábulas o anécdotas mostraba interés, sí, pero, es que ahora parecía más bien estar hipnotizado. Saludé a Santi y me llevé al niño a comer.

—Santi me ha dicho que mañana jugaremos con la Ballena.

—Vale, vale, pero no hagáis cosas raras —respondí.

* * *

Después de comer, marché nuevamente a Pontevedra. Debo decir que, entre que ya estaba alterado y que las cosas que hacemos en mi trabajo no suelen ser particularmente «agradables», cuando volví a casa no estaba precisamente de buen humor. ¡Y va Rosa y me dice que ha dejado que nuestro hijo vaya a jugar a la casa de Santi! Creo que a mi mujer se le pegó la tara de su abuela; ¿cómo diablos se le ocurre mandar al chaval a la casa de un tío al que tan solo conocemos desde hace un par de días? Y que, encima, no parece ser la persona más estable del mundo.

Pues nada, que, después de tener movida en casa, me dirigí a la morada de Santi, bastante cabreado y dispuesto a decirle cuatro cosas si era necesario. Si era necesario… era cierto, solo debía hacerlo si era necesario. Es por ello que traté de tranquilizarme, el viejo no tenía culpa. Si mi esposa era una irresponsable, no era culpa de nadie, salvo de ella misma. Quizás, incluso debiera agradecerle a Santi por cuidar de mi hijo.

Sin embargo, la actitud positiva me duró poco. Al llegar y llamar a la puerta, nadie respondió. Estuve insistiendo un rato, sin ningún éxito. Aquello me daba muy mala espina, así que, tal vez impulsivamente, decidí que no me quedaba otra que entrar por las malas. Sospechaba que la puerta, además de la cerradura, tenía pestillo, con lo que lo más sencillo sería entrar por una ventana. Forcé una de ellas y pasé al interior. Me encontraba en el despacho del vecino.

Se trataba de una estancia de moderado tamaño, con un viejo ordenador en la mesa y estantes plagados de libros. Pude reconocer sobre la mesa algunos de los libros de los que me había deshecho. El suelo estaba casi intransitable, repleto de tomos y de cajas con objetos diversos, casi era como si la estancia gritara «síndrome de Diógenes». Me abrí paso como pude, para, con un cierto esfuerzo, acabar llegando al hall. Tal como sospechaba, la puerta de entrada estaba cerrada con un grueso pestillo. Miré a mi alrededor: había varias estancias, una escalera ascendente y otra que daba a un sótano. Y, del sótano, brotaba un fulgor rojizo. Presté atención: se escuchaba algo allí abajo.

Descendí por las escaleras y me topé con una puerta entreabierta, de la cual brotaba el resplandor bermellón. Dentro, Santi parecía estar recitando ensalmos. Empujé la puerta discretamente tratando de contemplar la escena en su totalidad. La luz procedía de la boca abierta del ídolo y ante él, Santi, junto a Dani, estaba… y había… ¡Dios! ¡No soy capaz ni de describir lo que vi! ¡¿Cómo se le ocurría hacer a mi hijo participar en aquel ritual macabro?!

Irrumpí en la estancia y le llamé de todo al anciano. Que estaba loco. Que no se volviera a acercar a mi familia. Grité, blasfemé. Agarré a mi hijo por el brazo y me lo llevé a rastras de allí. Quité el pestillo y, esta vez sí, forcé la puerta. Mi hijo lloraba y decía que quería quedarse. Al final, le di un sopapo, y le dije que cerrara la boca, que ya hablaríamos.

Al llegar a casa, le conté lo que había visto a Rosa. Rosa se dispuso a echar la bronca a nuestro hijo, aunque lo cierto es que yo estaba incluso más enfadado con ella. Discutimos. Le dije de todo al chaval. Al final quedamos en que Dani no volvería a salir de casa solo, y, mucho menos, a verse con el viejo Santi. Castigamos al chico sin cenar y nos fuimos a la cama.

Otra vez tuve aquellos malditos sueños en los que veía a Jimena. Aunque este era distinto, ahora no se mostraba como la anciana a la que ya había visto anteriormente, sino que su aspecto era extraño. Tenía la piel escamosa y sus brazos parecían terminar en pinzas. Al coger de la mano de Dani, este empezó a presentar la misma mutación y, juntos, caminaron hacia el interior del océano. Entonces, escuché algo a mis espaldas. Me giré y me topé con una gigantesca y aterradora figura. Parecía un cetáceo, aunque, al mismo tiempo, era como si sintetizase en sí a todos los animales del mar. Era, al mismo tiempo, imponente y aterradora, pude reconocer en ella a la deidad que representaba el ídolo. Escuché su nombre, coreado por voces incorpóreas. Ghisguth. la Ballena. Voz de las Profundidades. Sus tentáculos se cernían sobre mí, amenazantes, y un gigantesco ojo rojo refulgía en el interior de sus fauces

Me desperté. Mi habitación estaba bañada en una luz roja. Era el puto ídolo, estaba acechándome desde la mesita que había justo en frente de mi cama. Y el ojo su boca resplandecía, al igual que había ocurrido cuando Santi hizo ante él aquel extraño ritual. Pero, lo que más me perturbó, fue el hecho de que ahora daba la impresión de que la figura se había vuelto más grande y que respiraba. Era un movimiento casi imperceptible, una ligera palpitación, pero yo estaba convencido de que el ídolo estaba vivo.

Emana del océano cantinela de seducción.
que entona con ternura la hermosa sirena,
más esto es tan solo el velo de una ilusión,
que enmascara el rostro de funesta ballena.
Observa desde tu decadente navío,
como ante ti se muestran los cuerpos del cielo,
vagando todos juntos destino al vacío,
al que son atraídos por astral anhelo.
Cantamos al sol fallecido,
aunque por dentro estamos llorando.
Canta el corazón encendido,
cuya llama se está apagando.

Esa maldita cantinela se había metido en mi cabeza. O, más bien, era como si emanara de todos los rincones de la habitación. Una risa burlona… ¡Dios! ¡Era el puto ídolo! ¡Se reía de mí, de mi miseria! Abrí la ventana y, con rabia, lo arrojé fuera. La silueta del dios primitivo desapareció entre las nieblas de Combarro. Fui corriendo a la habitación de mi hijo. No estaba. Ni siquiera perdí el tiempo avisando a Rosa, ya que mi intuición me decía a dónde se lo habían llevado.

Fui corriendo en dirección al puerto, al lugar donde solía jugar con Santi. Y, hablando de ese viejo loco, allí estaba. Pero a Dani no lo veía por ningún lado.

—¡Desgraciado! ¡¿Qué has hecho con mi hijo?!

El viejo sonrió.

—Se ha ido a jugar con La Ballena.

Entendí al instante a lo que se refería ese hijo de puta. Me acordé de mis sueños. Miré al mar. Luego miré al viejo. Su sonrisa bobalicona… su boca desdentada… su mirada perdida y enfebrecida. Sentí repugnancia y un odio visceral e incontenible. Y, lo que pasó después… ya lo sabéis. Es por ello que estoy aquí. De todas formas, os aseguro que no voy a estar mucho tiempo. Mandad una carta a la dirección que os indico, dejando por escrito que Delta Romeo necesita asistencia. Lo digo por vuestro bien, ya que, si no notifico pronto de mi situación a la centralita, todos los que estamos en esta sala tendremos serios problemas. Y os aseguro que no va a ser bonito.

* * *

Este texto, en apariencia una declaración, fue hallado entre los papeles que Leopoldo Teja conservaba en su despacho. Se ha tratado de identificar de dónde pudo sacarla, ya que todos los documentos tocantes al caso Daniel Rodriguez se quemaron en un incendio. Es más, las copias digitales desaparecieron a raíz de un ciberataque, lo cual hace bastante evidente que todo aquello formó parte de un esfuerzo deliberado para cubrir las huellas del detenido, actualmente fugado y en busca y captura.

Se está tratando de buscar una posible correlación entre Teja y el grupo de hackers. Sin embargo, hasta ahora no ha sido posible encontrar nada que pueda resultar vinculante. No se ha conseguido, ni siquiera, demostrar que consiguiera acceder a la confesión por medios ilegítimos, ya que puede que el texto que se ha encontrado ni siquiera sea una copia real de la declaración. Bien podría ser una ficción que al hombre se le ocurrió tras haber conocido la noticia, con lo que no tendría nada que ver con la declaración real, desaparecida y aparentemente irrecuperable.

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