El Jardin Botanico de Miskatonic

Hay un instante en que uno deja de ser humano. Puede deberse a diversos motivos, como por ejemplo ser testigo o tener un encuentro con algo de carácter sobrenatural. De eso es precisamente de lo que hablaremos esta vez. De un momento vivido cuando fui alumno de la Universidad de Miskatonic.

Entré a una cafetería a mediodía, haciendo sonar la campanilla de la puerta.

—¡Hola Shimasaki! ¡Cuánto hacía que no te veía! ¿Cómo has estado?

—¡Lo mismo me gustaría preguntarte!

Yo, Shimasaki, era un alumno de cuarto curso en la Universidad de Miskatonic. Hasta ese momento, había estado de intercambio en Estados Unidos, haciendo vida en el campus de la universidad. Mi vida allí era emocionante, me daba la oportunidad de convivir con infinidad de personas, animales y plantas, regocijándome enormemente cada vez que interactuaba con cualquiera de ellos.

—No he sabido nada de ti desde que volviste. ¿Ha pasado algo?

Me acerqué a mi amigo y me senté en su mesa.

—Algo así. Hay algo que me gustaría enseñarte —poniéndome las gafas, saqué un ordenador portátil de mi bolso, lo encendí y le mostré la pantalla.

—Esto es…

—Efectivamente. Información sobre un nuevo tipo de planta —lo que le enseñé era la imagen de una flor que parecía haber adoptado una forma estrellada—. Ha crecido a partir de una semilla que conseguí en la Antártida.

—¿Está bien que me lo enseñes? ¿No te han prohibido contractualmente hacerlo?

—Si es con Miskatonic no pasa nada. Esta universidad es así.

Desentendiéndose por completo de toda culpa, giró hacia sí la pantalla del ordenador y comenzó a observar la información.

—¿Qué significa este 22?

—Veo que te has dado cuenta. Eso es… bueno, mejor te lo comento después —hice una pausa para ponerme a fumar un cigarrillo electrónico—. ¿Te importa que hable primero de esta flor estrellada?

—Por supuesto —dijo, dando un mordisco a una tarta de chocolate.

—Todo comenzó en la sede principal de la universidad, cuando estaba investigando sobre esta flor…

* * *

Fue hace cerca de medio año. Era mediodía y las campanas repicaban.

—Disculpe profesor Levian. Respecto a la muestra B-313… parece mostrar altos índices de inteligencia —le dije al profesor, entregándole algunos de los documentos.

Nos encontrábamos en un solitario pasillo, camino al jardín botánico.

—Hmm… interesante. Parece que hice lo correcto dejándolo en tus manos.

—Entonces, ¿esta investigación se hará pública durante la próxima reunión?

—Bueno, respecto a eso… parece que no hemos conseguido financiación. Lo siento, pero, una vez que termines tus experimentos, habrá que deshacerse de todo.

Tardé unos segundos en asimilar lo que había dicho.

—Un momento… ¿qué pasará con toda la investigación que se ha hecho hasta ahora?

—No nos queda otra que resignarnos. Esta universidad está teniendo problemas financieros. En unos meses volverás a Japón, así que quédate con los créditos y olvídate de todo lo demás —pronunciando esas palabras, el profesor se dirigió hacia el jardín botánico.

Tras estar un rato solo en aquel pasillo, la ira comenzó a hervir en mi interior como si de magma se tratase. Es por eso que, como venganza, decidí plantarla.

Regresé al laboratorio y me senté en la mesa donde había estado organizando los documentos esa mañana. Entonces, me dirigí junto a aquella flor y me senté frente al ordenador.

—Hola Sally. Hoy también estás radiante.

—¿Ha pasado algo, Shimasaki? Hoy te veo desanimado. Pero, a pesar de eso, te amo — su voz digital se transmitía a través del ordenador.

Cuántas veces le habré oído decirme «te amo».

—Me han dicho que me deshaga de ti… Jaja, de verdad que lo lamento…

Me pareció verla temblar ligeramente.

—No te preocupes, estoy muy feliz de haberte conocido. Te amo —respondió ella.

Una música relajante empezó a resonar por el laboratorio.

—Escuché sobre tu historia, pero, ¿qué hay de cierto en ella?

—Todo. El que gobernábamos este mundo, la lucha contra aquellas despreciables criaturas que llegaron a al planeta después, el que aquellos que nos servían nos congelaron en aquel lugar que llamas Antártida… todo —sus estrellados pétalos azules se tiñeron de rojo.

Había otra cosa que quería preguntarle.

—Aquella criatura a la que llamaste «Cthulhu»… ¿regresará?

—Sí, eventualmente. Por eso quiero dejarlo en manos de alguien… Por favor Shimasaki, sálvame. Si lo haces, podré proteger también vuestro futuro —su voz, a pesar de ser digital, rezumaba sentimientos.

—Por supuesto. Te voy a liberar para, así, poder salvar este mundo —tomada la decisión, me dispuse a hacer los preparativos—. De todas formas, me dijeron que me deshiciese de todo. No les importará que haga esto.

Diciendo esto, agarré su tiesto y salí silenciosamente del laboratorio, moviéndome por pasillos vacíos para evitar ser descubierto.

Al atardecer, llegué a un rincón discreto y apartado del jardín botánico. Con una pala, cavé un hoyo, trasplanté la flor y salí corriendo de allí. Sus «te amo» resonaban en mi cabeza.

—¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! ¡Realmente lo conseguí! He salvado al mundo.

Dos meses después, coloqué una cámara junto a ella con la que la observaba en vivo desde mi casa. La planta creció en un abrir y cerrar de ojos, alcanzando el tamaño de un niño.

Con el tiempo, comenzó a desarrollar patrones de conducta interesantes, como devorar personas. De la misma forma que una mariposa se siente cautivada por una planta carnívora y es atrapada, así las personas sucumbían a ella y eran tragadas.

En lugar de experimentar terror ante ese espectáculo, me sentía como si estuviera dentro de una película. Estaba orgulloso de haber criado a Sally.

Decidí ir a verla el día antes de volver a Japón, pero creí que me devoraría al igual que a los demás. Por eso que me limité a regresar a mi país sin poder decírselo a nadie.

* * *

La luz del sol se filtraba en la cafetería, sonando de fondo el tintineo de esa campanilla que anuncia la salida por la puerta de un cliente.

Tras terminar de hablar, mi amigo me dirigió una mirada de extrañeza. Pero me conocía desde que éramos pequeños. Sabía qué tipo de persona era yo.

—Entonces, ¿qué ha sido de esa planta?

—Ni lo sé, ni me importa —contesté sin pensar.

—Típico de ti —reaccionó en tono jocoso a mis palabras—. Este 22…

—Efectivamente, es el número de personas que se ha comido.

—Lo suponía.

Los dos nos reímos. Pero, al momento, me vino a la cabeza un pensamiento.

—Ni se te ocurra decírselo a nadie. Este número en realidad solo hace referencia a las víctimas de Japón.

Por unos instantes, pareció que el tiempo se hubiera detenido.

—¡Jajaja! ¡Es demencial! ¡No perdamos el tiempo y vayamos a verlo!

—¡Por supuesto!

Salimos de la cafetería, dirigiéndonos hacia el lugar donde se encontraba la flor, un espacio frondoso en la parte trasera de la universidad.

—Así que se trata de esta… impresionante.

Mi amigo se sorprendió. Comenzó a aproximarse a ella, sintiéndose atraído por ese color morado y esa forma estrellada, propios de una flor exótica.

—Oye Shimasaki. ¿Estás seguro de que esta flor devoró a 22 personas?

—Correcto. ¿Qué opinas?

—Bueno, es una planta grande, sí, pero no parece capaz de comerse a nadie. Además… ¿dónde está su boca? —se acercó aún más y tocó la planta.

—Esta flor no deja de crecer.

—Y, ¿cuánto más va a hacerlo? —dijo, arrimando su rostro.

—Lo suficiente como para ser capaz de tragarse un barril de cerveza pequeño.

—¿De verdad? Si es así, ¿no se descubrirá enseguida? Saldría incluso en las noticias.

Me alejé caminando, aprovechando que estaba totalmente distraído con la planta.

—¡Ahora! —le grité a alguien.

—¿Qué te ocurre? Estoy investigando. No es fácil ver una planta tan ra…

De repente, la tierra se levantó.

—Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo.

Un gran número de tentáculos emergieron del suelo y cubrieron su boca. Los ojos de mi amigo derramaron lágrimas de terror, implorando auxilio desesperadamente. Su cuerpo se vio envuelto en raíces y fue finalmente devorado por una gran boca que surgió de la tierra.

Cuando todo se calmó, un dulce olor inundó el aire. Al terminar su comida, la boca y los tentáculos se escondieron de nuevo bajo el suelo y, como por arte de magia, la vegetación volvió a crecer. La calma y la normalidad habían regresado al lugar.

—Ja, ja… ¡ja, ja, ja, ja! Qué estúpido…

Le entregué a mi amigo a la flor. Era mi única amistad, pero no me arrepiento. Ya se me han secado las lágrimas. Tengo que proteger al mundo de la amenaza inminente de Cthulhu.

Es mi deber, tal y como me enseñó ella.

La flor se hará más grande.

Cuando todo termine, construiremos una gran casa.

Nos volveremos una gran familia, con muchos hijos.

Te amaré siempre.

Mi diosa.

Te amo, te amo, te amo.

Desde la sombra, fueron apareciendo personas vestidas con túnicas blancas. Y, juntos, empezamos a orar.

—¡Serä! ¡Serä! ¡Kereigyura!

—¡Serä! ¡Serä! ¡Kereigyura

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