El Libro Escarlata

Después de once años en París, Vicente Ayala regresó a su casa llevando consigo una maleta cargada de libros, un hatillo de ropa y cientos de recuerdos imborrables de una vida bohemia, impregnada del ambiente de la capital francesa. Ayala era escritor, y durante su larga estancia en París, alojado en un cuartucho ruinoso del Barrio Latino, había conocido a otros muchos jóvenes semejantes a él, viajeros o exiliados, que se llamaban a sí mismo artistas. Había llegado al poco tiempo de acabar la Gran Guerra, en busca de la inspiración que ya no encontraba en su país y que sabía que la urbe parisina ejercería sobre él, y no tardó en hacerse un pequeño nombre entre la colonia de españoles. Un día conoció a Picasso, y de su encuentro conservó un retrato propio al carboncillo. En la Closerie des Lilas del Boulevard Montparnasse conversó acerca de la pasada guerra con un joven Hemingway, con Scott Fitzgerald y con Pound. Visitó con frecuencia el café Les Deux Magats en Saint Germain des Pres, donde habló un par de veces con el irlandés Joyce, y una noche Gertrude Stein, en presencia de Hemingway, leyó el manuscrito de su relato Los viajeros. Durante años se jactó de haber pasado una larga noche de francachela con Hemingway y un catalán llamado Ferré, que escribía poesías con una pasión desbordante, como si el mundo se fuese a acabar antes del primer verso. Vivió plenamente aquellos once años parisinos, hizo muchas y valiosas amistades y, por encima de todo, publicó la mayor parte de sus relatos. Al principio, sus historias de terror-pues tal era el género por el que sentía predilección-no encontraron lectores en el público francés, pero poco a poco se convirtieron en cuentos de relativo éxito pero limitada circulación, y Ayala se pudo ganar la vida gracias a ellos. En París conoció a un par de escritores estadounidenses que cultivaban también el relato de miedo, y gracias a ellos mantuvo una breve pero intensa correspondencia con un tal Lovecraft, que le dio acertados consejos que le sirvieron mucho para sus posteriores trabajos. En esa época entabló amistad con un compatriota de mirada lánguida y aire distraído, un escritorzuelo llamado Dimas Carranza. Procedía de Cádiz y aseguraba haber combatido en el frente durante la Gran Guerra, llevado por su amor hacia su país de acogida. Había ejercido una infinidad de trabajos desde el armisticio y afirmaba que, gracias a Hemingway, decidió dedicarse al periodismo.

Cuando Ayala le conoció, Carranza escribía breves relatos para un diario parisino de pequeña tirada, y ambos ejercieron una mutua influencia entre sí. Después de varios años de colaboración y de una íntima amistad, Carranza regresó a España llamado por su familia, y aunque mantuvo su contacto con Ayala a través de cartas, no volvió a verle con vida.

Una mañana de junio de 1929 Vicente Ayala llegó en tren a Madrid, con una dirección anotada en un papel en la mano y la última y desesperada carta de su amigo en un bolsillo.

Era esta misiva, escrita un par de meses antes, la que había provocado el repentino regreso de Ayala a su ciudad de origen, muy a su pesar. Madrid en aquellos días le pareció la antítesis de París, y si Ayala encontraba en la capital francesa luminosidad y risas, poemas recitados entre humo de tabaco y música de Cole Porter, colores vivos, cuadros de Gauguin y Cézanne, el bullicio de los Campos Elíseos, el Louvre, la luna reflejada en el Sena, en Madrid, por el contrario, veía decadencia y frases vacías, airadas discusiones a favor y en contra de Primo de Rivera, mendigos en los portales, mítines republicanos, calles oscuras, la Gran Vía atestada de carruajes y vehículos a motor, un Manzanares sucio y triste, árboles deshojados en el Retiro. La capital de su patria se le antojó tan deprimente que deseó encontrar cuanto antes a Carranza para ayudarle, y regresar enseguida a su añorada París.

Después de alquilar una habitación barata en un discreto hotel, atravesó la Puerta del Sol y recorrió la calle Méndez Núñez hasta dar con la dirección que llevaba anotada. Se detuvo ante la fachada gris, llena de desconchones, de un edificio antiguo, y subió unas escaleras desgastadas hasta una pensión que respondía al nombre de «Gómez». Llamó al timbre y abrió la puerta una mujer anciana, de rostro enjuto y ojos legañosos. Ayala preguntó por su amigo y la vieja frunció el ceño.

—¿El señor Carranza? Si es usted pariente o amigo, que sepa que me adeuda un mes de alquiler. Deberá pagarme antes de que le diga nada.

Ayala le abonó la cantidad de pesetas ante su insistencia y luego le preguntó por el paradero del escritor gaditano.

—El señor Carranza se largó hace un mes. Un mes justo. Una mañana se me acercó y me dijo que tenía cosas urgentes que hacer, qué sé yo. Yo no pregunto, ni meto las narices en asuntos ajenos. Me dijo que tenía que marcharse y que comería fuera, que volvería para la hora de la cena. Pero no volvió. Cuando pasaron unos días, recogí las cosas que había dejado en su habitación y las guardé en el trastero. Por otros clientes, ¿sabe usted? Esto es una pensión, aquí se aloja la gente y no es cuestión de dejar un cuarto sin ocupar solo por unas cuantas cosas. Pues nada, guardé las pertenencias de su amigo, pensando que volvería, pero no lo hizo. No, señor.

Ayala le hizo varias preguntas a la señora Gómez, pero no descubrió nada más. Merced a unas pocas pesetas, la dueña de la pensión le entregó al escritor las escasas posesiones de Carranza y con ellas regresó a su hotel. Se encerró en la habitación y examinó con tranquilidad los pocos objetos personales de su amigo. Además de varios utensilios de aseo, algunas prendas de ropa y un par de zapatos, Ayala encontró un cuaderno vacío, algunos libros de escaso interés, el borrador de una carta que Carranza jamás llegó a enviar, fechada dos días después de la que le mandó a su amigo de París, y un inquietante manuscrito que llevaba por título El Libro Escarlata. En primer lugar, Ayala echó un vistazo a la carta inacabada y que no difería sustancialmente de la otra que le había impulsado a viajar a España. Decía así:

Estimado amigo:

Necesito tu ayuda. Te he hablado en alguna ocasión de El Libro; no es asunto para tomarlo a broma. No es lo que imaginaba, no es nada de lo que jamás haya visto, ni remotamente parecido. Quirón me lo advirtió: «Tú no escribes El Libro; El Libro escribe tu destino, tu final. Con letras de sangre.» Ahora sé, demasiado tarde, a qué se refería. Por favor, necesito que vengas a verme y que arrojes al fuego el manuscrito; yo no tengo valor para hacerlo. Ni valor ni ánimos. Estoy aterrado y ya ni siquiera duermo por las noches. Tienes que venir,

Ayala; ven cuanto antes y, te lo ruego, no se te ocurra leer El Libro. Si no me encuentras en la pensión, ni en ningún otro sitio, quema todo lo que me haya pertenecido. Absolutamente todo. Has de saber…

La primera carta, aquella que llegó a manos de Ayala, hablaba de lo mismo, de un misterioso libro que Carranza había mencionado en otras ocasiones de manera distinta- la Obra, el Relato, la Historia-, pero siempre de forma imprecisa y con temor reverente. Y fue ese temor, aunque velado, que Ayala detectó en la misiva, junto al encarecido ruego de su amigo para que acudiera a Madrid para ayudarle a destruir un libro, lo que le llevó a tomar un tren y regresar a casa. Pensaba que Carranza necesitaba su ayuda de manera urgente, aunque no sabía qué relación tenía con ese enigmático libro, y ahora, al leer aquel borrador, se daba cuenta de cómo le había afectado a su amigo una narración de la que no sabía nada, El Libro Escarlata, si era en verdad aquel tomo de tapas duras, encuadernado en piel, que tenía ante sí, en la soledad de su habitación. Comenzó a imaginarse a Carranza, un hombre ya de por sí dado a las fabulaciones y a las ideas extravagantes, obsesionándose con aquel libro, y sintiéndose días tras día más atado a él. En la carta inconclusa mencionaba a un tal Quirón y la advertencia de éste para que no terminase el libro. ¿Se trataba acaso de una historia que otro u otros comenzaron en el pasado, quién sabe hace cuantos años y que Carranza, llevado por su espíritu inquieto, quiso concluir, sin saber lo que podía ocurrir? Ayala arrugó el ceño y sacudió la cabeza, incrédulo. No concebía la idea de que un relato incompleto pudiese acarrear desgracias a aquel que se atreviera a terminarlo. Lo que había ocurrido, según su opinión, es que Carranza, con la mente ya ofuscada por otros problemas e inquietudes, se obsesionó con un libro que, fuese él o no su autor, no dejaba de ser un libro, y que por ello abandonó Madrid de forma precipitada. Ayala conocía bien a su amigo como para suponer que, como en ocasiones anteriores, una idea en apariencia absurda le había llevado a un estado de desesperación rayano en la locura, y le había impulsado a cometer una estupidez, como la de escapar de Madrid perseguido por un temor sin motivo.

Ayala observó el libro en octavo mayor con tapas rojas que descansaba sobre la cama. El Libro Escarlata. Carranza le había reiterado, tanto en la carta enviada como en el borrador que acababa de leer, que no se le ocurriera léelo. Pero, ¿qué había de malo en leer un libro?

En el pasado se había matado por determinados libros o ideas contenidas en libros, pero estaban en pleno siglo XX. Seguía habiendo guerras y crímenes, pero no por culpa de libros y novelas. Una persona normal no mataba por un libro o se obsesionaba de un modo que le trastornara la cabeza y le llevara a temer un objeto inofensivo. Aunque, ¿era Carranza una persona normal? En París, Ayala recordaba algunos aspectos de su personalidad que ahora consideraba de manera diferente. Quizá su aire ausente revelaba un carácter débil y paranoico. Ayala lo había conocido durante varios años, pero nunca se conoce verdaderamente a una persona.

Cogió el libro con cautela y pasó las manos por la cubierta. No podía imaginar que ese objeto hubiese provocado tal miedo en Carranza y su huida de la ciudad sin avisar a nadie.

Ayala se detuvo a pensar en ello: hasta el momento, nadie le había asegurado que su amigo no siguiese en la capital. Antes de hojear el libro, decidió averiguar el paradero de Dimas Carranza.

Con una de las fotografías de su amigo en la mano, visitó los bares y restaurantes del barrio donde estaba la pensión Gómez, y solo en uno de ellos un camarero recordaba haberle visto un mes atrás, una noche en que Carranza entró visiblemente agitado, pidió una copa de cazalla y se marchó sin ni siquiera probarla. Ayala visitó los hospitales, pero sin éxito: en ninguno habían ingresado recientemente a un paciente que respondiera a la descripción del gaditano. En la policía no le fue mejor; consultaron sus archivos de desaparecidos y asesinados, pero Carranza no figuraba en ninguno de ellos. Ayala aprovechó para cursar la denuncia de su desaparición y regresó al hotel con el ánimo abatido. Sabía lo mismo que antes de empezar sus pesquisas. Para pasar el resto de la tarde, se dirigió a una hemeroteca y allí consultó los números del último mes de varios periódicos madrileños para buscar noticias relacionadas con la desaparición de su buen amigo. Durante horas hojeó las páginas de decenas de periódicos de la capital, sin encontrar nada que le interesara. Por casualidad, cogió varios números de los meses anteriores y en uno de ellos, correspondiente al día 12 de marzo de 1929, leyó una breve noticia que le dejó atónito:

LA TERTULIA DEL CAFÉ CORONA RINDE UN HOMENAJE AL DESAPARECIDO

ÁLVARO QUIRÓN

Ayer, en el primer aniversario de la desaparición del escritor madrileño Álvaro Quirón, la tertulia literaria del Café Corona, de la que el autor de La caja de música era miembro desde hacía años, celebró un homenaje en su memoria. El acto consistió en la declamación de varios panegíricos que ponderaban la calidad humana y artística de Quirón, seguido de un recital de poesías a cargo del señor Lucena, y la lectura de fragmentos escogidos de su obra más conocida, la novela Hijos de Caín. Al evento asistieron, entre otros personajes del ambiente literario de la capital, el señor Muñoz Seca, el señor Pérez de Ayala y la viuda del señor Quirón. El escritor, como se recordará, desapareció el 11 de marzo del pasado año en circunstancias todavía no aclaradas, y su paradero sigue siendo un absoluto misterio.

Ayala sintió un inexplicable temor cuando terminó de leer la escueta noticia y recordó la advertencia mencionada por Carranza en su carta: se la expresó Quirón, el mismo Álvaro Quirón que, de ser cierta la información del diario, había desaparecido misteriosamente más de un año antes. Como su amigo Carranza. Excitado por su descubrimiento, sin percatarse de que se acercaba la hora de cierre de la hemeroteca, Ayala rebuscó en números del año 1928, hasta que encontró una breve reseña acerca de la desaparición de Quirón. Sólo se decía que su esposa había denunciado ante la policía el caso, después de que una noche el escritor no acudiera a su casa, ni en los días siguientes. Al parecer, no se le volvió a ver jamás, ni se halló su cuerpo, ni pista alguna que revelase su paradero. Su caso, observó Ayala con aprensión, tenía demasiadas coincidencias con el de Carranza.

En cuanto salió de la hemeroteca, y antes de que se pusiera el sol, Ayala se dirigió al café Corona, situado en la calle Bravo Murillo. Su asombro se trocó en temor cuando se detuvo ante la puerta acristalada del local. Estaba cerrado, con un cartel colgando desde el interior en penumbra que decía «Cerrado por cese de negocio». El aire deprimente y desolado del restaurante, antaño opulento lugar de tertulia de escritores, poetas y periodistas, le llenó de una tristeza inmensa, como si se viera arrastrado por un frío mar a las costas grises de una isla perdida. Miró a su alrededor y al primer viandante con el que se cruzó, un hombre con gabardina y sombrero, le preguntó acerca del café. El desconocido le miró con curiosidad y dijo:

—¿De veras no sabe lo que ocurrió? Hace poco más de un mes su dueño fue asesinado por un pistolero. Un ajuste de cuentas entre rivales políticos, se comentó. La policía nunca atrapó al culpable. El Corona no tardó en quebrar y los escritores se marcharon a otras tertulias. ¿Sabía usted que uno de ellos, un tal Quirón, desapareció sin dejar rastro? Todo muy misterioso, francamente.

Ayala regresó a casa y tal vez por azar, sumido en sus pensamientos, pasó por la misma calle que había visitado esa misma mañana, justo donde se encontraba la pensión Gómez. Le llamó la atención un grupo de curiosos arremolinado en torno a la decrépita fachada del edificio que él ya conocía. Un súbito temor le asaltó al percibir un penetrante olor a humo y madera quemada, y ver un par de bomberos entre los vecinos. Se acercó a uno de estos y le preguntó qué ocurría.

—Ha habido un incendio. Parece que la pensión del segundo primera se ha quemado por completo y ha muerto la dueña…

Ayala dio media vuelta y regresó a su hotel aturdido, como si vagase en un sueño profundo e incómodo, y tras encerrarse en su habitación, arrojó el libro de tapas rojas bajo la cama y trató de dormir sin éxito. Se vio asaltado por pesadillas sombrías y miedos que provenían de distancias inconmensurables; caminó a tientas por un mundo plagada de tinieblas, y percibió la siniestra presencia de seres incorpóreos que le llenaron el alma de un horror inconcebible.

Despertó antes del alba bañado en sudor y se sentó sobre la cama, sin atreverse a mirar bajo la misma. El mero hecho de saber que allí debajo estaba el libro- no un libro, sino ese libro le hacía sentir una rara e inequívoca inquietud, de la que le costaba desembarazarse. Su mente racional le decía que ese Libro Escarlata no tenía nada de peligroso, que era un relato como otro cualquiera, páginas de papel y palabras, miles de ellas escritas con tinta. Nada más. O
quizás sí…

Ayala salió a la calle al despuntar el día, desayunó en una taberna cercana y se dirigió a la comisaría de policía que había visitado la mañana anterior. Indagó acerca de la desaparición de Álvaro Quirón y volvió a salir con unos pocos datos más que en nada aclaraban la situación. Según las investigaciones policiales, Quirón había estado trabajando en un relato que le mantuvo ocupado los días previos a su desaparición, pero de ese manuscrito, nada se sabía; su esposa falleció en un accidente pocos meses después- se llegó a barajar la posibilidad de un suicidio, aunque tampoco había pruebas que lo corroborasen-,y gran parte de los papeles fueron a parar a manos de sus dos o tres amigos más íntimos. Entre ellos, Ayala ya lo sospechaba, estaba Dimas Carranza. Antes de marcharse, el comisario que le había proporcionado esta información, le preguntó acerca de su interés por Quirón, al que no había conocido personalmente. Ayala se deshizo en una incoherente explicación que en apariencia convenció al oficial de policía y se marchó a la calle, consciente de que podía convertirse en sospechoso de dos posibles crímenes. Quirón había desaparecido sin dejar ni rastro, legando un libro de tapas rojas que pasó a manos de Carranza y ahora éste se había desvanecido también y el dichoso relato estaba en poder de Ayala. Si la policía descubría la existencia del Libro Escarlata, su inocencia podría quedar en entredicho, aunque no existiesen pruebas de que Quirón y Carranza habían muerto. A no ser que un avispado comisario relacionase la insólita cadena de infortunios que parecía rodear a todos los que tuviesen algo que ver con el libro o con la persona que lo poseía. O con aquel que lo había leído, intentando acabarlo. ¿No le había dicho Carranza que no leyese el libro, que no intentara de ningún modo hacerlo?

Esa tarde Vicente Ayala vagó sin rumbo por las céntricas calles de Madrid; entre tanto, no dejaba de reflexionar acerca de los hechos en los que se había visto envuelto y del misterioso Libro Escarlata. ¿Quién era su autor, o quiénes? ¿Qué terrible historia, qué ocultos secretos podían contener sus páginas para provocar tantos males, si en verdad las desgracias ocurridas desde hacía un año podían considerarse concatenadas con el simple hecho de poseer un libro?

Dos escritores que lo tuvieron y llegaron a leerlo, habían desaparecido; la esposa de uno de ellos estaba muerta; el café Corona, otrora prestigioso lugar de tertulia habitual de Quirón y sus compañeros, cerrado y en ruinas, y su dueño asesinado; la humilde pensión en la que Carranza se alojó acababa de arder por los cuatro costados y la propietaria, la mujer con la que el propio Ayala había hablado un día antes, también había fallecido. De los otros amigos de Quirón, Ayala no sabía si seguían con vida, así que pospuso su propósito de abandonar la capital y regresar a París, para olvidarse de ese turbio asunto, y trató de buscar un modo de llevar a cabo sus averiguaciones sin levantar las sospechas de la policía. Hacía años que no visitaba Madrid y no recordaba con claridad el domicilio de un viejo amigo policía; no le sería difícil dar con él, pero prefirió no involucrarlo en unos sucesos que parecían envueltos en el misterio, y finalmente, acudió a un detective privado que encontró en un anuncio de un periódico. Se presentó en su despacho, situado en la buhardilla de un edificio centenario, y le explicó que necesitaba encontrar a tres compañeros de un amigo fallecido, sin entrar en detalles ni mencionar el Libro Escarlata en absoluto. El investigador, un veterano llamado Moreno, le aseguró que al día siguiente tendría la información, y Ayala volvió al hotel, sin atreverse a mirar bajo la cama. Apenas durmió un par de horas, y tras tomar un baño, fue a desayunar a un restaurante sencillo. Luego, a la hora convenida, subió al despacho de Moreno. Llamó a la puerta y cuando entró, el detective, un hombre de edad madura, de bigote espeso y ojos penetrantes, le miró con una expresión de incierta perplejidad en su rostro. Le entregó a Ayala un detallado informe escrito a máquina y dijo:

—Me temo que los amigos de su conocido, señor Ayala, están muertos. Los tres. Y no por causas naturales. Ahí tiene los detalles escabrosos; he visto cosas terribles, se lo puedo asegurar. Yo estuve en Marruecos y en Cuba, ¿sabe? Hay hechos en la vida de uno que se graban a fuego en la memoria y jamás se olvidan. Pero lo de esos hombres…Sus muertes se escondieron al público y ahora lo entiendo. Prefiero no hablar de ello. Le rogaría que me abonase mis honorarios ahora mismo, señor Ayala.

El escritor le pagó a Moreno la cantidad estipulada y volvió rápidamente a su hotel. Las palabras del detective le habían llenado de temor, un pavor más grande que el experimentado hasta entonces por culpa de los acontecimientos que giraban alrededor del Libro Escarlata.

Una vez en su cuarto, se acercó a la ventana y leyó el informe con avidez. Moreno tenía razón. Arrojó los papeles al suelo y tras un instante de vacilación, los rasgó con rabia, los redujo a pedacitos que metió en una caja de cartón, junto a los objetos personales de Carranza y el Libro Escarlata. Sus manos temblaron al tocar la superficie del libro y se sintió invadido por un irrefrenable terror. Al mirar la cubierta de cuero rojo le vinieron a la mente las imágenes espantosas de los tres amigos fallecidos de Quirón: el poeta Lucena, atropellado por un tren cerca de Atocha, sin que ni un solo testigo lo viera arrojarse a las vías; Gómez de Prada, el dramaturgo, al que encontraron muerto en su propia cama, con las visibles huellas de unas manos en su cuello que le habían estrangulado, a pesar de que vivía solo y ni puertas ni ventanas estaban forzadas ni se hallaron pruebas de que hubiese entrado alguien en la vivienda; y por último, Araujo, el escritor de relatos breves, al que encontraron en el fondo de un pozo, a cientos de metros de su domicilio, y nuevamente, sin testigos del accidente.

Tres muertes horribles y sin explicación, que obligaron a la policía a hacerlas pasar como meros accidentes ante la opinión pública. Ayala sacudió la cabeza y se restregó los ojos. El Libro Escarlata ejercía un extraño influjo sobre él, y ahora que había vuelto a tocarlo, no podía dejar de mirarlo. Con un movimiento instintivo, abrió la portada y comenzó a leerlo.

Nadie sabe lo que ocurrió durante aquellas horas en la habitación del hotel. Las posteriores investigaciones policiales demostraron que Vicente Ayala, excitado y con aspecto desaliñado, abandonó el hotel, cogió un tranvía y llegó al Parque del Retiro. Una vez allí, según los numerosos testigos, mientras farfullaba frases incoherentes, sacó un libro de tapas rojas y un puñado de papeles arrugados y los quemó con unas cerillas en presencia de varias personas, que alertaron de inmediato a la policía. No tardaron en presentarse cuatro agentes del orden, que procedieron a arrestar a Ayala, en la tarde del 25 de junio de 1929, pero, en un momento dado, el detenido arrebató la pistola Astra 400 a uno de los policías y se disparó en la sien, falleciendo en el acto sin que nadie pudiera impedirlo. En un bolsillo de su chaqueta se encontró una nota absurda que no hizo sino envolver el caso todavía más en el misterio y que decía así:

Quirón primero, y Carranza después, encontraron el secreto del Libro Escarlata. Ya saben lo que es el dolor. En otro mundo, en otro espacio viven más allá de lo conocido, y sufren y mueren cada día. Yo no puedo, no tengo valor para afrontar el viaje. Por suerte, sólo he leído el libro y no pretendí, como ellos, escribir su conclusión.

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