El Llanto de la Biwa

Señor, espere. No me lo diga. Si se trata de aquel extraño bonzo, si habla de él con la gente, perderá la vida. No debe hablar de ello. Salga pronto de mi casa. Pase esta noche en algún otro lado. Por favor, regrese a Edo. Ya me lo han dicho todo. Le pido que se marche cuanto antes.
—Tanaka Kōtarō, La cara dentro de la hornilla.

* * *

Desde mi humilde choza de madera, asentada al límite del arrozal, se escucha, insistentemente, el llanto de la biwa1. Tal vez algún bonzo2 extraviado, recitando sus ensalmos. O, puede que —tal como insinúan las voces que me acompañan en mis momentos más esquizofrénicos— se trate de algo más sobrenatural e inquietante. Algo extraño y ultraterreno. Al fin y al cabo, tan solo yo vivía en aquel siniestro y mortecino humedal.

No sé cuantos meses llevo aquí… meses, años, ¡décadas quizás! Pero sigue allí, incansable:

La biwa, con su tañer melancólico.

Esos cantos, entonados por una voz anciana y quebrada, glorificando al Emperador Inmortal y a un Buda inhumano y siniestro.

La mención del nombre de Ab-T’bohugha, acompañada de ensalmos budistas y referencias sintoístas.

Aquella continua blasfemia, símil de una liturgia sincrética e indescriptible.

Sí… eran los cánticos de un loco invisible, que me perturbaban la mente y me hacían imaginar fantasías grotescas. ¿De dónde procedían? ¿Por qué alguien cantaba aquello? ¿Era esto realidad o simple ilusión?

A veces viajo al pueblo para abastecerme. No con frecuencia, ya que me avergüenza mi pasado, que me hace temer las miradas acusadoras de mis congéneres. Soy indigno, miserable, mi autoimpuesto exilio es insuficiente para lavar la mancha de culpabilidad que pesa sobre mi cabeza. Tras la traición que cometí, motivado por el brillo del oro y por la seducción de palabras halagüeñas, debería haber restituido mi honor y el de mi familia, ¡debería haber perdido la vida por mi propia mano! Pero, fui cobarde y, ahora, mi sangre carga con la lacra de la vergüenza. ¡Justificarme! ¡Justificarme es lo único que trato de hacer una y otra vez! ¡Miserable de mí! Debería matarme, pero temo demasiado a la muerte. Y, ahora, día tras día, estoy solo, con la única compañía del llanto de la biwa.

Oh, ¿qué iba a decir? Es cierto, que a veces visito el pueblo, aquel lugar al que ya no puedo pertenecer. Y en ocasiones, algún alma que se apiada de mi soledad, decide darme conversación. Hubo una vez que me atreví a dar voz a mis temores, mencionando aquello que día tras día profanaba mis oídos. Sí, lo hice mientras hablaba con una mujer en el mercado. Ella, al oírme mencionar el dueto siniestro de la biwa y el cántico, me instó a que fuese a hablar con un hombre.

Fue una sugerencia hecha entre susurros, ya que el hombre tenía fama de charlatán y de hechicero, estando al frente de una asociación que bien podría estar vinculada con la yakuza. El hombre era conocido como «Tigre Blanco del Oeste» o, simplemente, como «el viejo Shirotora3», aunque era evidente que aquello no era su nombre real. Accedí a mostrarme ante él y, nada más entrar en su presencia, pude sentir el profundo desprecio que albergaba su mirada. Tal vez Shirotora supiera quien era yo, de allí que me menospreciara de ese modo. O, tal vez, que fuese la arrogancia un rasgo definitorio de su persona. Fuera como fuese, yo no lo conocía lo suficiente para determinar a ciencia cierta qué era lo que se ocultaba tras ese aire de superioridad, impropio del «sabio veterano» que debía ser él.

Cuando le expliqué a aquel hombre qué era lo que me aquejaba, pude atisbar en su rostro una mueca de hastío. Me respondió que aquello no parecía un suceso paranormal, y es que él estaba convencido de conocer al responsable de la inquietante cantinela que llegaba a mi chabola. En sus palabras, se trataba de «un viejo bonzo ciego con fama de haber perdido el juicio, que hace años se internó en el humedal para no regresar». Sin duda aquel viejo perturbado seguía viviendo allí, en las inmediaciones de mi morada, siendo pura casualidad que jamás me hubiera topado cara a cara con él.

Me sentí abochornado. No era «pura casualidad» el hecho de no haberlo visto nunca… el miedo y la superstición me empujaban a alejarme cada vez que sentía próxima la melodía de la biwa y la voz quebrada del viejo bonzo. Se podría decir, de hecho, que los había estado evitando activamente. Si tan solo hubiera dado un paso al frente en vez de acongojarme habría conocido tiempo ha a mi vecino, lo cual habría puesto fin a mis preocupaciones irracionales. Y es que no había ningún fantasma ni entidad sobrenatural rondando mi choza, tan solo un humilde ciego.

Shirotora me expulsó airado de su presencia, alegando que había abusado de su preciado tiempo. Y yo no pude sino comprender su rabia. Por un lado, me sentía ahora más tranquilo, pero, por el otro, sentía que mi miseria y mi cobardía nuevamente habían quedado expuestas. La sensación de haber hecho el ridículo, sumada a que ahora volvía a sentirme más seguro en mi aislada casa, me llevaron a tomar la decisión de volver cuanto antes a mi morada y desaparecer por una temporada. Y me refiero a una temporada más larga de lo habitual. Es por ello que me abastecí en el pueblo todo lo que pude y, una vez más, salí huyendo. Parece que eso es lo único que se me da bien hacer.

Cuando llegué a la cabaña, lloré. Eran lágrimas de rabia, pero también de alivio. Yo era miserable. Pero allí, en ese mismo humedal, había alguien igual de miserable que yo. Al escuchar una vez más el familiar tañido de su biwa, sentí alivio; incluso el cántico inquietante y quejumbroso ahora sonaba almibarado en mis oídos. Quise salir en busca de aquel que lo entonaba, pero el sonido cesó de pronto y perdí todo rastro. Así que no me quedo otra que renunciar, al menos por el momento, y volver a mis quehaceres.

Cuando me acerque a la charca, dispuesto a lavar la ropa, un gentil velo de niebla se levantaba sobre ella. Podía oír el croar de las ranas y el chapotear de los peces. Y me hizo sentir mal. Se suponía que mi exilio era una penitencia, pero lo cierto es que aquella vida, rodeado de naturaleza, era casi un privilegio. No tenía derecho a sentir aquella felicidad, aquella calma. Consumido por la rabia, grité… y a mi rugido le respondió una risa cascada, acompañada por el gemir de las cuerdas de la biwa.

—Ante el abrazo de la niebla, se diluye la frontera entre el hombre y la bestia —recitó la voz de un anciano.

Al girarme, vi sentada junto a las aguas, la figura caduca y encorvada de un bonzo. Estaba a una cierta distancia de mí, de tal manera que la niebla ensombrecía sus facciones.

—¿Eres ciego? —le pregunté.

—Extraña pregunta para hacerle a alguien a quien acabas de conocer —respondió el anciano, tañendo su biwa—. Ciego no soy, pues veo más de lo que tus ojos alcanzan a vislumbrar. Yo, que he sido iluminado.

—¿Iluminado?

—¡Oh tú, que en la soledad encuentras consuelo! Crees que no mereces estar aquí, más tu alma lo necesita. Lejos del mundo, lejos de los hombres, se alcanza la pureza del alma.

El bonzo hizo sonar la biwa, como una forma de dar más peso a sus palabras.

—Puede que tengas razón —le respondí—. Tal vez, dado que no soy capaz de reparar mi reputación, la salvación de mi alma pase por poner mi vida al servicio de Buda.

—Buda… —la voz del anciano pareció titubear.

—¿Qué sucede? —respondí.

—¡Glorioso sea Buda Maitreya Ab-T’bohugha! —el anciano comenzó a tocar su instrumento a un ritmo frenético— ¡Por la revelación del Emperador Inmortal, que me hizo venir a este apartado lugar, logré dar con su bodhisattva y recibir su revelación! ¡Aun siendo indigno, pues él es misericordioso!

Indigno. ¡Cuan dolorosa palabra! El adjetivo que, como marcado a fuego en mi alma, no dejaba de perseguirme. Creo que fue el hecho de que se refiriese a sí mismo como indigno lo que me impidió alejarme de él en aquel preciso momento, pese al cariz inquietante que estaba tomando su monólogo.

—Él se acercó a mí —prosiguió—. Pero, en aquel momento, mi ceguera me impidió ver su luz. Y no hablo solo de la ceguera de los ojos del cuerpo, sino también la de los del alma… y, sin embargo, él sí veía la luz en mí. Me elogió por mi vida desapegada y me dijo que, en mi ceguera, veía más que aquellos que podían contemplar el mundo con sus propios ojos. Me sentí indigno de sus halagos, pero feliz… no sabía quién era él, solo que era especial. Y ese alguien especial me decía que yo iba por el buen camino. Para él, mi ceguera no era un impedimento, sino un don.

» Ese alguien vino a verme con asiduidad y, en cada visita, me revelaba los secretos del universo. Yo lo escuchaba con humildad y recogimiento, atesorando sus palabras como la más valiosa de las posesiones. Él me proponía interrogantes y, al día siguiente, me preguntaba por mis reflexiones. En realidad, él no necesitaba preguntarme aquello, ya que podía leer en mi alma. Pero, aun así, deseaba oírlo de mis vetustos labios.

»Todos nuestros encuentros habían de llevar inevitablemente a aquello, a aquella gran pregunta. Me interrogó sobre los grandes misterios del universo. Y yo, habiendo entrado en contacto con su esencia y recibido sus verdades, le respondí aquello que deseaba oír. El bodhisattva estaba complacido conmigo, que había desentrañado el secreto, así que me ofreció satisfacer uno de mis deseos. ¿Qué crees que le pedí?

—No lo sé —le respondí.

—¡Ver! —exclamó el bonzo— ¡Le pedí que deseaba ver! Al fin y al cabo, la razón por la que había buscado el favor del gran Buda fue porque el Emperador me dijo que así recobraría «aquello que nunca tuve», ¡que podría ver el mundo con mis propios ojos! Cuando entoné mi petición, pude sentir una cierta decepción en la voz del bodhisattva, pero accedió a concederme aquello, ya que no deseaba incumplir su palabra. Aunque, de todas formas, no comprendo por qué se mostró decepcionado, si él podía ver los deseos de mi alma.

—¿Tal vez te estaba probando? —pregunté.

—¡Arrogante! —me respondió, tocando la biwa con furia— ¿Cómo puedes insinuar que comprendes cómo piensa alguien como aquel? ¡Ni siquiera yo, que tanto me acerque a la verdad, puedo entender los designios de aquel que tan por encima está de lo material! No importa, debo decir una cosa más… él me devolvió la vista, pero me dijo que, bajo ningún concepto, debía mirar mi reflejo, pues mi rostro revelaría la naturaleza de mi alma.

El bonzo se incorporó, apoyándose en su bastón, y comenzó a acercarse lentamente a mí.

—Pero, ¿por qué habría de temer observar mi rostro? Mi rostro… mi rostro… ¿acaso has visto alguna vez cosa más hermosa que mi rostro?

Ya estaba muy próximo a mí. Sus facciones… ¡oh cielos! ¿Cómo podía alguien en su sano juicio decir que aquello era hermoso? Retrocedí instintivamente al contemplar aquella visión, que parecía surgida de las profundidades del averno.

—¿Por qué te alejas? —el bonzo soltó una carcajada atronadora— ¿Acaso mi belleza te ha sobrecogido? No… puedo ver en tus ojos la repulsión… ¡¿por qué también me rechazas?! Creí que tú eras diferente… que tú también veías lo que yo veía… ¡odioso, vulgar, miserable! ¡No eres mejor que el resto! ¿Huyes? ¿Por qué huyes? No… es inútil. No habrá salvación para ti, pues me has hecho sentir insultado.

Aquel ser abyecto siguió balbuciendo maldiciones, mientras yo corría entre los arrozales, con dirección a mi choza. Al llegar, observé aquella katana, la misma con la que había puesto fin a la vida de mi señor, el recordatorio de mi pecado. ¿Cuándo pasó aquello? ¿Cuánto llevo vivo? A lo lejos, volvía a escucharse el llanto de la biwa. Miré el filo, aún marcado por la sangre seca, y tomé una determinación. Cerca había un papel y una pluma, que servirían para dar fe de mi destino.

No, no estoy hablando del suicidio. Sería cobarde suicidarme sabiendo que esa cosa está ahí fuera y que, tarde o temprano, podría acabar acercándose al pueblo. ¿Quién sabe la clase de maldades que desataría sobre él? Es por eso que voy a usar el arma de mi indignidad para protegerlos a todos. No sé si podré vencer y, mucho menos, espero salir con vida de esta.

Quien quiera que lea esto, que sepa que no espero poder volver a esta cabaña. Lo que observé junto a la charca no era humano. Dejo aquí esta nota con el fin de que, quien pueda encontrarla, sepa que el rōnin4 Kinoshita Nobutoshi, como último y único acto de valentía de su vida, falleció luchando heroicamente contra el abyecto oni que, vestido como hombre, se esconde entre las brumas del humedal.

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