El Mangaka

Creí discernir objetos en el templo y me pareció escuchar de nuevo el irreal cántico que flotaba a mi alrededor al despertar. Y por encima de todo se alzaban pensamientos e imágenes centrados en el joven del mar y la imagen marfileña cuya talla se veía duplicada en los frisos y columnas del templo que tenía ante los ojos.
—Howard Phillips Lovecraft, El Templo.

* * *

Que mal… tengo que escribir, escribir y escribir. Hacer guiones, ilustraciones y sacarlo absolutamente todo adelante en un margen de tiempo mínimo, irreal, marcado por esos malditos sádicos de la editorial que no saben el tremendo esfuerzo que supone llevar a buen puerto un proyecto como este. Mis horarios de sueño empiezan a verse perjudicados. Pero ¡los fans! Todo sea por los fans.

Cuando me inicié en este trabajo, todo era ilusión y deseos de triunfar en el sector, de dar a conocer a mis personajes, mis historias. Al principio lo hacía sobre todo por el arte, el dinero para mí era algo que estaba en segundo plano. Fue en parte por eso por lo que aquellos avariciosos pronto vieron mi inexperiencia y decidieron exprimirme

20 Denominación genérica dada a los autores y artistas de manga (comic japonés).

como a un miserable cítrico. Mi salud mental fue decayendo, pero, al menos, conseguía cumplir los plazos. Y estoy convencido de que mi psicólogo supo agradecer mi generosidad a la hora de contribuir a sus ingresos. Aunque ¡joder! ¡Yo solo quería dar a conocer mis gustos, mis ideas, mi arte! ¡¿En qué momento acabé así?! A ratos siento que la muerte sería la salida más fácil.

Más o menos sobrevivía, aunque fuera malviviendo. Sin embargo, no hace mucho la cosa se me complicó. Ya no sabía ni qué escribir. Estaba en medio de un terrible bloqueo creativo y mis lectores comenzaban a notarlo. Las redes sociales se llenaban de comentarios hirientes sobre tal o cual escena e, incluso, llegué a recibir amenazas de muerte por haber puesto fin a la existencia de uno de mis personajes, cosa que hice de una forma que fue tachada de «anticlimática» por los aficionados. Pero ¿qué querían que hiciese? ¡No tienen ni idea de qué es lo que estoy experimentando! ¡No saben lo que es estar en mi cabeza, perturbada y al borde del colapso! ¡No entienden! ¡He tenido que delegar a una amistad la gestión de mis perfiles de redes sociales, porque solo leer los comentarios ya me provoca ansiedad!

En fin, esos párrafos anteriores los escribí hace unas semanas, ¡por favor, no les prestéis demasiada atención! No estoy aquí para victimizarme, sino para narrar una historia. Mi propia historia. Para hablar sobre mi descenso a la oscuridad y la locura. Al fondo de unas simas en las cuales la humanidad jamás debería penetrar. Pero ese descenso me permitió redescubrirme y conocer verdades que, de otro modo, jamás me habrían sido reveladas.

* * *

El comienzo de mi caída vino de la mano de las malas compañías. Unos amigos que resultaron ser, cuanto menos, cuestionables. Me propusieron que, con el fin de acabar con mi bloqueo creativo, recurriera al consumo de sustancias psicotrópicas. Aunque al principio me mostré reticente, no tardé en convertirme en un adicto al LSD y a otras tantas drogas. Unas las tomaba por inspiración, otras, para relajarme. Más de una vez acabé inconsciente y otras, incluso, tuvieron que llevarme al hospital.

Por culpa de esas mierdas, el manga entró varias veces en parón, lo cual, a la larga, incrementó mi ansiedad. Las drogas ya no ayudaban; al contrario: afectaban a mi rendimiento, no podía permitirme seguir con esa dinámica. Así que, con trabajo, fui dejándolas. Lo malo es que eso me dejó en una situación incluso peor a la inicial: ya no solo seguía teniendo que cumplir con unos plazos imposibles y la inspiración no acababa de llegar, sino que, también, tenía ahora que lidiar con el síndrome de abstinencia. Tuve que ir reduciendo progresivamente el consumo, pero a ratos recaía y volvía a meterme en el cuerpo una cantidad anormal de aquellas sustancias.

Quienes me vieran en aquellos momentos sin duda podrán dar fe de que yo estaba irreconocible: perdí mucho peso y el cabello se me caía en abundancia, hasta el punto de que temí quedarme calvo. Mi novia me dejó, y me acabé aislando de muchas de mis amistades, aunque, en algunos casos, creo que fue para mejor. Como ya he dicho, a ratos deseaba la muerte, poder escapar de aquella miseria.

Aún con ello y con mucho esfuerzo, fui lidiando con el síndrome de abstinencia. Pero necesitaba una forma de salir del atolladero, de alumbrar un producto de calidad, satisfacer a mis fans y a la editorial. Un día, curioseando por diversos foros, me topé con un tal ancient_apothecary, que me puso en contacto con un grupo de artistas, todos ellos bastante exitosos. Habían formado una especie de sociedad y, al parecer, la inmensa mayoría de ellos había pasado por lo mismo que yo, pero todos habían encontrado una manera de salir y reflotar su carrera. Pensé que podrían hacer lo mismo con la mía.

Me reuní con ellos un día en un pequeño antro de Shinjuku1, pensando que iba a ser un encuentro normal y corriente de escritores de manga. Sin embargo, en cuanto empezó a correr el sake2, la conversación comenzó a encaminarse por unos derroteros inesperados.

—¿Habéis hecho ya todos el pacto con la Babosa de la Atlántida? —dijo uno de los más veteranos.

—La semana que viene. —respondió otro— Me toca la semana que viene.

—Joder, ya estás tardando mucho. No sé a qué esperas, ¿a que tus ventas se vayan a pique?

—Relaja, ¿no me has escuchado? He dicho que me toca la semana que viene. Ya sabes que a los del culto no les gusta que les metan prisa.

—¡Me la suda lo que piensen los del culto! Voy a hablar con ellos y mañana mismo te hacemos la iniciación. No se atreverían a llevarme la contraria.

—Te lo agradezco enormemente.

Yo, que llevaba un rato siguiendo la conversación, pero sin acabar de entender nada, me decidí a intervenir.

—Disculpad, ¿qué es todo eso de lo que estáis hablando?

—Oh, es cierto —respondió el veterano—, prácticamente acabas de llegar, todo esto carecerá de sentido para ti. ¿Alguna vez has escuchado hablar sobre Guronu, Babosa de la Atlántida y Maestro del Templo3?

—En absoluto —reconocí.

—Siempre pasa lo mismo con los nuevos. Guronu era el antiguo dios de la Atlántida, que se manifestaba como un joven hermoso y andrógino que colmaba de prosperidad a su pueblo. Pero, no solo eso…

—¿No solo eso? —pregunté.

—¡No me interrumpas! Iba a decir que eso de la prosperidad y tal no es lo que aquí nos interesa. Lo que de verdad tiene relevancia para nosotros es que Guronu era también patrono de los artistas, a los cuales inspiraba. En la Atlántida abundaban las efigies erigidas en honor a Guronu, que los escultores hacían para agradecerle los dones de los que les colmaba. ¡En verdad era un pueblo muy agradecido!

—Sí —intervino otro—, pero, un día, el pueblo se olvidó de seguir agradeciendo a Guronu por los dones que les daba.

—Y, por ello, la Atlántida se hundió —retomó el hilo el veterano.

—De acuerdo, sí, pero… ¿qué tiene Guronu que ver con nosotros? —Pregunté— Por lo que yo sé, todo el tema de la Atlántida es más bien una cuestión tocante al mundo occidental, poco o nada tiene que ver con nosotros.

—Ahí te equivocas, novato —me respondió— ¿alguna vez has oído hablar del Sazaeoni4?

—¿El yōkai caracola que se camufla como una mujer joven y hermosa?

—Exactamente. La leyenda habla de que surge cuando una mujer celosa se ahoga en el mar. Pero es metafórico. La mujer que se ahoga representa a la Atlántida. El yōkai nació cuando, al hundirse la Atlántida, Guronu huyó a nuestras costas, donde los antiguos japoneses le llamaron «Sazaeoni». Guronu y Sazaeoni son uno y lo mismo.

—Espera, espera —yo trataba de procesar la información— ¿No decías que Guronu se manifestaba como un varón? Sazaeoni se muestra como una mujer.
El veterano se rio y me dio un golpe en la espalda.

—¡Deberías aprender a leer entre líneas! Dije «un joven andrógino». O sea, que su género es ambiguo. El género significa poco para una deidad. Puede ser hombre, o mujer, o las dos cosas. ¡De hecho, si lo desea, puede aparecer incluso convertido en dragón! Pero su forma original es la Babosa, o la Caracola, si lo prefieres. Aunque tampoco tiene mucho sentido hablar de forma original. Guronu es antiguo y puede ser lo que desee. Puede ser yo, puede ser tú, puede ser todos nosotros. Puede ser el mundo. Y, algún día, lo será. Y, entonces, nosotros accederemos a la belleza suprema, Guronu nos iluminará.

—No sé de qué estás hablando —respondí.

—Platón, novato. Deberías leer a Platón. La Verdad, el Mundo de las Ideas, las continuas referencias a la Atlántida. Platón en realidad siempre estuvo hablando sobre cosas que le fueron reveladas por Guronu. Platón fue el primero de los nuestros, el primer sabio iluminado.

—Lo siento, es que no estoy muy al tanto de la filosofía occidental —reconocí.

—No temas, pronto lo estarás —me respondió el veterano, poniéndome la mano en la cabeza—. Tendrás todo lo que necesitas saber aquí dentro. Guronu hará el milagro, pero no pienses demasiado en ello, lo entenderás a su debido momento. De hecho, ¿te gustaría iniciarte tan pronto como sea posible?

Dudé unos instantes, pero finalmente asentí. Creo que, en parte, fue cosa del alcohol. El veterano sonrió de oreja a oreja. Me explicó que el ritual se celebraba en el lago Tazawako5, al cual podía llegar tomando la línea Akita del Shinkansen6. Cuando me dijo esto, me acordé de que había una leyenda en la zona sobre una joven que se había transformado en el dragón protector del lago, recordando que, precisamente, el veterano había aludido a que Guronu se podía convertir en dragón. Cuando lo mencioné en voz alta, el veterano sonrió y me dijo que a eso se refería precisamente cuando me dijo que leyera entre líneas.

Acordamos que, al día siguiente a determinada hora, nos veríamos todos junto al lago. Me dijeron que no hacía falta que llevara nada, ya que se encargarían de facilitármelo ellos.

* * *

Regresé a casa y reconozco que la noche me la pasé inquieto. No sabía en lo que me estaba metiendo, pero algo dentro de mí me decía que ya no podía echarme atrás. Quería alcanzar mi salvación, romper con aquellas cadenas que me lastraban y me hacían sentir miserable. Si Sazaeoni, Guronu o como lo quisieran llamar, era capaz de darme lo que necesitaba, ¡bienvenido fuera! Yo estaba dispuesto a pagar el precio que tuviera que pagar, y todo me parecía poco con tal de poder volver a ser una persona funcional y estable que, además, pudiera llegar a los demás con su arte.

Cuando conseguí dormirme, los sueños fueron extraños. Ciudades sumergidas, estatuas de deidades occidentales, gasterópodos de toda clase reptando sobre mi piel, sin que yo pudiera hacer nada por apartarlos, y un largo etcétera de ensoñaciones bizarras, algunas rozando lo pesadillesco. No quise pararme a pensar mucho en ello. De hecho, llevo ya años viviendo con continuas pesadillas, que me asaltan durante las escasas horas que consigo dormir. Así que, para mí, no era nada nuevo, nada fuera de lo normal, tan solo un recordatorio de mi pobre estado psicológico.

Casi agradecí cuando sonó el despertador y me dispuse a reunirme con los miembros de aquel extraño círculo de mangakas. Puesto que me habían dicho que no llevara nada, me limité a prepararme con mi ropa de abrigo y tomé el Shinkansen con el rumbo que me habían indicado.

Llegué al Tazawako en unas tres horas y me dirigí caminando hacia el lugar que me habían indicado. No daré demasiadas indicaciones sobre dónde era exactamente, para proteger un poco la privacidad del círculo.

Solo diré que no tardé demasiado en alcanzar el punto, donde me esperaban el veterano, el otro miembro al que iban a iniciar y un grupo de ancianos con máscaras hechas de lo que parecía ser mármol. Eran unas máscaras extrañas, parecidas a las máscaras de teatro griegas. Puedo decir con seguridad es que no eran algo típico de aquí.

Cuando llegué me hicieron vestirme con un manto y me dijeron que, para el ritual debía permitir que me ataran pies y manos. Me pareció algo extraño, pero el otro que se iba a iniciar me dijo que no me preocupara, que él ya había visto a otros recibir el ritual y que «no iba a pasar nada malo». Decidí hacerle caso y permití que me amarraran.

El ritual no tardó en comenzar. Los ancianos comenzaron a recitar unos ensalmos y vi cómo, casi respondiendo a ellos, el cielo comenzaba a nublarse. Sopló un viento huracanado, que hizo que aquellas nubes girasen en círculos sobre un punto del lago. Si no fuera porque estaba bien amarrado, muy posiblemente mi manto hubiera salido volando.

Al rato, el agua que se encontraba en el ojo de aquel vendaval comenzó a contorsionarse y, ante mis perplejos ojos, vi aparecer lo que parecía una figura humana gigantesca. Sin embargo, el contraluz que provocaba el amanecer hacía imposible diferenciar los rasgos. Al caminar hacia la costa, su figura se comenzó a distorsionar y, poco a poco, fue dejándose caer sobre sus brazos, hasta adoptar una posición cuadrúpeda. Y, cuando ya se encontraba cerca de nosotros, se levantó del suelo y comenzó a volar lenta y majestuosamente sobre nuestras cabezas. Parecía ahora una figura alargada, casi serpentina. Yo apenas supe cómo reaccionar, estaba congelado en un estado entre la incredulidad y el pánico. Me esperaba que sucediese algo, pero lo que estaba presenciando superaba todas mis expectativas.

Empezó a llover, o, al menos, eso es lo que creí en un primer momento: no era lluvia, eran pequeñas babosas negras y amarillas que se estaban desprendiendo del cuerpo de la criatura y comenzaron a reptar por el suelo. En ese momento, el veterano colocó una venda sobre los ojos del otro iniciado y, tras tumbarlo en el suelo, soltó un silbido agudo. Todas las pequeñas babosas se giraron hacia él y comenzaron a desplazarse en esa dirección.

Sentí náuseas al acordarme de mi sueño y darme cuenta de que ya sabía lo que iba a pasar. Las babosas se arremolinaron en torno a mi acompañante y comenzaron a trepar por su cuerpo. El hombre no pudo evitar contorsionarse cuando aquellos repugnantes gasterópodos comenzaron a introducirse por todos los orificios de su cuerpo.

Entré en pánico. Yo era el siguiente. Traté de soltarme, pero estaba fuertemente amarrado. Grité e imploré ayuda, pero lo único que recibí fueron palabras condescendientes. «Sé valiente» me decía uno; «solo será un momento» añadía otro. Lamenté haberme dejado atar tan a la ligera, mientras contemplaba, entre gemidos y forcejeos, los rostros enfebrecidos de mis acompañantes. Fue entonces cuando vislumbré mi salvación: entre tanta contorsión y movimiento, sentí que mis ataduras comenzaban a aflojarse.

Ya estaba a punto, el nudo se había aflojado mucho y ya prácticamente era capaz de liberar mis brazos. Es una lástima que la esperanza sea algo frágil y efímero, pues mi gozo se desvaneció en el mismo momento en que los sacerdotes se percataron de mis intenciones, abalanzándose sobre mí y derribándome. Cerca de donde yo estaba, el otro ya había dejado de moverse. Después de un breve lapso de tiempo, se puso en pie, como si nada hubiera pasado. Se retiró la ropa y se lanzó al lago a bañarse, en lo que intuí que era una especie de acto de purificación. Entonces escuché unos pasos y oí un silbido a mis espaldas. Había llegado mi turno, no había escapatoria.

* * *

Quien haya leído esto, sin duda se preguntará por qué lo he escrito. Debo decir que mi objetivo simplemente es decir que no hay que temer. El ritual concluyó pronto y los beneficios superaron con creces lo traumático de la situación. Mi mente se abrió a nuevos horizontes, pude conocer lo que Él conoce y mi arte alcanzó unas cotas que incluso los maestros del Renacimiento, de los cuales antes ni siquiera sabía, habrían envidiado. Comprendí el significado de lo sublime.
Mis historias ya no son algo vacuo y banal, sino que encierran Su mensaje, oculto en el fondo, más allá de la vista de los ignorantes, pero al alcance de aquellos a quien debe llegar. Seguid mi ejemplo, aceptadlo en vuestros corazones, en vuestro cuerpo. Dejad que su retoño se aloje en el interior de vuestro cráneo y os permita un contacto directo con lo sagrado, un contacto directo con Él.

Ahora soy parte de Guronu y Guronu es parte de mí.

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