El Obelisco Blanco

La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad.
George Eliot.

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No acostumbro a introducir de mi puño y letra mis publicaciones, mas, en este caso lo estimo pertinente. Primero de nada, aquellos que lleven ya un tiempo consumiendo ávidamente los contenidos de esta, mi revista, ya me conocerán. Soy Leopoldo Teja, editor, y llevo un tiempo siguiendo el rastro de las informaciones, a menudo contradictorias, sobre una supuesta entidad a la que los testigos llaman «Petra, la Madre de la Noche».

Mi obsesión comenzó cuando, un día, visitando los pueblos de la cuenca minera y siguiendo los rumores que me llegaron de un grupo de picadores, que ahogaban sus penas de bar en bar, acabé dando con lo que parecía una pequeña gruta natural. Por lo que me habían dado a entender, aquel era el refugio de un malhechor, que se había pasado la vida robando objetos de valor a lo largo y ancho de la península ibérica. Debo decir que no esperaba encontrar gran cosa, ya que, desde hacía tiempo, se sabía aproximadamente dónde se hallaba aquel depósito. Aunque la mayoría de la gente no se atrevía a acercarse por miedo a que el bandido retornase, sorprendiéndolos husmeando entre aquellas pertenencias que, con el sudor de su frente, el bribón se había tomado la molestia de usurpar, supuse que algunos de los aldeanos más osados ya habrían entrado allí para llevarse consigo todo cuanto pudiesen cargar en sus mochilas.

Debo decir que no me equivocaba, y es que, al entrar, apenas quedaban objetos de valor. Pero, sin embargo, las cosas que encontré superaron por mucho mis expectativas: Lo primero que hallé fue lo que parecía un obelisco blanco, arrancado de cuajo, de aproximadamente un metro y medio, lleno de escrituras en una lengua desconocida. Sin duda, permanecía allí porque los saqueadores habían considerado que no merecería la pena el esfuerzo de sacarlo, dado su gran peso. Adentrándome más en la cueva, descubrí que los temores que la gente tenía con respecto a la posibilidad de que el malhechor volviera eran del todo infundados. Y es que acabé dando con los restos óseos del pobre desafortunado, aplastados bajo un pedrusco. Lo más fascinante es que, en su mano, sujetaba firmemente una perla verde. Era tal la fuerza con la que, incluso después de muerto, se aferraba a ella, que, para arrebatársela, tuve que arrancarle varias falanges.

Hurgando entre sus pertenencias, que abarcaban desde piedras preciosas hasta efigies de la prehistórica Venus del hierro, pude dar con una hermosa ilustración de una joven de ojos verdes, que llevaba, a modo de pendiente, una perla idéntica a la que él sostenía. Sé que me costó mucho apartar la mirada de esa ilustración y que tan solo conseguí hacerlo porque sentí que alguien a mis espaldas estaba enroscando unos delicados brazos alrededor de mi cuello.

Me giré de golpe y no había nadie. Volví sobre la pintura de la chica, pero, esta vez, lo que hice fue darle rápidamente la vuelta, para comprobar si había algo por detrás. Y sí que lo había. Ponía «Oh, mi diosa Petra, Madre de la Noche, que invades mis sueños y me arrebatas la cordura. Déjame contemplar tus ojos al menos una vez más antes de morir». Aquello me provocó un escalofrío, pero, al mismo tiempo, me sentí muy intrigado. Me llevé a escondidas la perla y el misterioso retrato, que actualmente cuelga en el muro de mi estudio.

Lo del obelisco fue más complicado: tuve que sobornar a varios hombres jóvenes de un pueblo cercano para que me ayudaran a moverlo hasta mi vehículo. Encontrar alguien que lo tradujera supuso un esfuerzo inimaginable; pero, después de tanto tiempo y gracias a la colaboración de cierto antropólogo italiano, hemos conseguido dar con una interpretación aproximada de lo que puede querer decir.

He de reconocer que pudimos descifrarlo en base a sus similitudes con determinadas escrituras de Próximo Oriente, algunas de ellas muertas, como el sumerio y el acadio. Sin embargo, determinadas estructuras gramaticales eran más reminiscentes del aklo, un lenguaje, posiblemente artificial, utilizado en contextos rituales por ciertos individuos con los que, en alguna ocasión, he tenido el dudoso honor de entrevistarme.

A continuación, reproduzco todo lo que se ha podido traducir del obelisco. Debo señalar que no es un texto completo, ya que el comienzo de la narración no se ha podido recuperar. Esto se debe a que, desafortunadamente, la parte superior del mismo estaba muy deteriorada. Y debo confesar que hay fragmentos que se han reconstruido en base al contexto. Sea como fuere, ruego al lector que sea permisivo con las posibles inconsistencias y errores de traducción.

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Ascendí al salón del trono de nuestra madre. Su fría mirada me recibió, mas no la temí, pues estoy preparado para aceptar lo que caiga sobre mi humilde cabeza. Ella me lanzó una única pregunta, «¿qué te ha traído ante mí?», y yo le respondí «ansío saber qué son los humanos». Ella sonrió. Pero no era una sonrisa cualquiera. Era la sonrisa de nuestra madre, la sonrisa que podría hacer que los astros se detuvieran y los soles se apagaran. Sentí gran temor en mi alma cuando me dijo que tendría la ocasión de saberlo, pero que no tendría la oportunidad de volver al hogar hasta que no pudiera dar una respuesta a mi propia pregunta. «¿Qué son los humanos?».

Fui arrojado a través del espacio y del tiempo a un lugar que no me era familiar. Estaba lleno de lo que yo definiría con primates bípedos con alopecia. Conocí los primates en mi visita al mundo de eones pasados, pero nunca había visto unos como esos. Supe pronto que esos eran los humanos de los que tanto hablaban mis hermanos mayores. Quise interactuar con esos humanos, pero se alejaron de mí. Yo lloré, al sentirme tan lejos de mi madre y tan solo. Entonces se acercó a mí un humano pequeño. Pasó sus manos sobre mis lágrimas y me tomó la mano. Avancé junto al pequeño, pero nadie se acercaba a nosotros. No sabía si me odiaban o me tenían miedo. El niño me introdujo en una construcción, primitiva pero acogedora, que debía ser su residencia. Pero, cuando llegaron quienes intuí que eran sus progenitores, me gritaron y me tiraron piedras. Yo hui, sufriendo el rechazo.

Al caer la noche, acudí a un pequeño lago sobre el que se reflejaba la luna llena. Y le pedí llorando ayuda a mi madre. La luna brilló en un hermoso color verde y yo sentí cómo mi cuerpo se transformaba y se volvía más pequeño. Al verme en el agua, me di cuenta de que ahora era como los humanos, aunque de piel mucho más pálida e incluso más calvo. Mis ojos verdes resplandecían como los de nuestra madre. Y creí que así incluso yo, un retoño de la penumbra, podría llegar a entenderme con esos primates lampiños.

Volví a donde ellos se congregaban, a su aldea, y me miraron con extrañeza. No pude entenderlo, aunque mi color era diferente, esencialmente era igual que ellos. De repente, alguien me golpeó en la cabeza y caí al suelo. Me golpearon y me ataron, y me llevaron ante el que debía ser su jefe. Me habló, pero no lo entendí. Gesticuló, pero yo no sabía lo que significaban sus ademanes. Luego me volvieron a golpear. Llené el suelo de sangre y babas, y ellos se rieron. A la mañana siguiente, me sacaron a la calle atado, junto con otros humanos que también estaban inmovilizados. Había gente mirándonos y gritando cosas. A los que estaban conmigo les fueron mandando con la gente que gritaba cosas y, cuando me tocó a mí, conmigo hicieron lo mismo. Me mandaron con una familia que me trataba bastante bien. Me hacían limpiar su casa, pero me alimentaban bien, y me dejaban dormir. La hija mayor de la familia pareció interesarse por ayudarme, y empezó a enseñarme su dialecto. Todas las noches me enseñaba palabras y con el tiempo acabamos pudiendo tener conversaciones sencillas. Yo era muy mal estudiante, pero ella tenía mucha paciencia. Ella se llamaba Petra. Pasé con esa familia mucho tiempo, y empecé a sentir una fuerte conexión con la hija mayor. Un día me dijeron que ya no hacía falta que siguiera trabajando para ellos, que me había ganado mi libertad. Pero yo estaba muy a gusto con ellos, ya apenas pensaba en mi madre y mis hermanos.

Mas, entregado al bienestar mundano, olvidé algo importante, y es que la vida de los seres terrenales es frágil. Y los humanos son capaces de mucho bien, pero también de un gran mal, tal como había descubierto al llegar a este lugar y tiempo. Un día, sin previo aviso, llegaron humanos armados con hierros afilados. Uno de ellos tiró al suelo la cabeza del que era el jefe de la aldea, para después atacar indiscriminadamente a todos los hombres jóvenes y asaltar a las mujeres. Me cortaron la cabeza, ignorando que por mi naturaleza aquello no me podía matar, pero sí me dejó un tiempo incapacitado. Suficiente tiempo para verlos arrasar con la casa de la amable familia con la que vivía. Se me encogió el corazón en el pecho cuando vi cómo arrastraban a Petra e intentaban abusar de ella. La chica se resistió hasta el punto de que, viéndose incapaces de yacer con ella, no vieron otra alternativa que arrebatarle la vida.

Yo grité, acordándome de mi madre e implorando a ella. Fue entonces cuando el cuerpo de Petra se levantó, animado por una fuerza sobrenatural. Sus ojos refulgían como esmeraldas y pude sentir en ellos la presencia de mi madre. Tan solo tuvo que hacer un gesto con el brazo, un único gesto, y todos los invasores tomaron sus propias armas y se atravesaron con ellas el cráneo. En ese momento, la que antaño era Petra, hija mayor de mis anfitriones, tomó mi cabeza y volvió a colocarla sobre mis hombros. Y entonces me hizo la pregunta: «¿Qué son los humanos?» La respuesta que se formó en mi cabeza fue algo lapidario: «Seres débiles, crueles y miserables».

Mi madre me tomó de la mano y volamos a la morada eterna. ¡Que este testimonio quede en su mundo, sobreviva a los eones y permanezca en la tierra como testimonio de la barbarie de sus moradores!

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El texto anterior apareció publicado en el número 47 de la revista sensacionalista Shangri-La 93. Pese a que no da su nombre, se ha podido saber que el arqueólogo italiano al que hace referencia no es otro que el polémico Giordano Vitale, que llevó a un congreso científico una disparatada historia sobre su estancia con los miembros de una secta a la que hace llamar «Mordred». Poco después de la publicación del presente texto de Teja, Vitale apareció muerto en su residencia de Florencia. Fue encontrado en la bañera, en la cual parece ser que se suicidó arrojando un secador enchufado. Sobre la tapa del inodoro dejó lo que parecía ser una extraña carta de suicidio, en la que dejaba por escrito lo siguiente: «Cuando yo ya no esté, que todas mis posesiones le sean entregadas a Leopoldo Teja. Hay una pequeña caja blanca con una perla verde en su interior, por lo que más queráis, no la miréis más de quince segundos.

Se ha investigado a Leopoldo Teja por su posible conexión con la muerte de Vitale. Sin embargo, debido a la escasez de pruebas y a que todas las teorías que se formularon se basaban en meras conjeturas, no ha habido más opción que archivar la investigación, dando por buena la hipótesis del suicidio. Cumpliendo con la última voluntad del finado, todos sus bienes pasaron a posesión del editor de la revista Shangri-La 93. Al recibirlos, Teja mostró particular interés por la cajita blanca que mencionaba Vitale, pero también por una carpeta repleta de apuntes e ilustraciones. Muchas de ellas representaban a la hermosa joven de ojos verdes que tanto obsesiona a Teja.

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