De estas cosas, sin embargo, no descubrió nada; a pesar de que alguna vez pensó que cierto viejo mercader de ojos rasgados miraba de forma extrañamente inteligente cuando se hablaba del frío erial. Aquel hombre tenía fama de comerciar con los horribles pueblos de piedra que se hallan en la meseta del desierto gélido de Leng, que nadie en su sano juicio visita y cuyos fuegos malvados se divisan por la noche desde la lejanía.
—Howard Phillips Lovecraft, La Búsqueda Onírica de la Desconocida Kadath.
* * *
En la Fundación me llaman Sierra Papa. ¡La Fundación! ¡La misma Fundación que, cegada por su arrogancia, no pudo hacer nada por evitar que el Emperador Inmortal se alzase hace tantos años! No comprendo ni por qué dejé que me captaran. Por culpa de aquella pésima decisión, me he visto arrastrada a este viaje sin sentido, cuyo destino habrán de ser las fauces de Orcus, los abismos del Erebo.
De hecho y, dado que dudo que vaya a salir con vida de aquí, daré mi nombre real. No quiero ser simplemente recordada como otra perra anónima de la Fundación, que acaba perdiendo la vida por culpa de la falta de visión de nuestros superiores. Pues bien, soy Sylvia Porto y tengo veinticinco años. Soy hija de Amador y Karen; si esto llega a alguien, decidles que no me busquen. Todo esfuerzo sería en vano.
Y es que hemos alcanzado la Meseta de Leng. Lo logramos. Pero nadie de nosotros va a poder regresar. Partimos en aquella arriesgada misión tratando de encontrar a Zhao, aquel boticario al que algunos consideran la segunda venida del legendario alquimista Liao. Sí, lo sé, muchos dirán que es sencillo dar con él, pero pierden de vista una cuestión fundamental: es sencillo dar con él, pero solo cuando él desea que lo encuentren. Y es que, de no ser ese el caso, ese maldito chino se vuelve más escurridizo que una comadreja.
Será mejor que de contexto, ya que, de lo contrario, nadie podría alcanzar a comprender de qué es de lo que estoy hablando. Desde hace algún tiempo, sospechamos que hay alguna clase de correlación entre Zhao, la droga Liao, Tíndalos y el Emperador Inmortal. Estos cuatro elementos tienden a mostrarse vinculados entre sí, con lo que, naturalmente, deseábamos comprender cuál era la relación, intrínseca y esencial, que parecía entretejerse entre ellos. Habíamos experimentado con la Liao y otras sustancias similares en algunos de nuestros compañeros, pero todos habían acabado enloqueciendo o muriendo en extrañas circunstancias. Finalmente, los de arriba habían llegado a la conclusión de que no tendríamos nada hasta que no consiguiéramos contactar con el propio Zhao. ¿Y por qué en Leng? Lo cierto es que se determinó a raíz de algunos rumores e informaciones diversas que apuntaban a que allí podría tener su residencia. Suena disparatado y no parece lógico, pero ninguna de las circunstancias que rodean a ese personaje tiene, al menos en apariencia, una coherencia real.
Dado que nada de aquello tenía sentido, la decisión de los líderes no lo tuvo tampoco: optaron por mandar a un pequeño pelotón en busca de la Meseta de Leng, pese a que no había reportes fiables de nadie que hubiera ido allí y regresado. De hecho, ninguna persona había completado aquel viaje y vuelto al hogar sano y salvo, con lo que era ridículo que supusieran que nosotros, con el entrenamiento mediocre que habíamos recibido, pudiéramos sacar adelante semejante proeza hercúlea.
Ahora que lo pienso, es muy probable que nuestros jefes ya hubieran sucumbido a la locura y la desesperación por influencia del Emperador, pero ninguno de nosotros se percató a tiempo. O, al menos, no quisimos darnos cuenta. Queríamos creer que la Fundación todavía tenía algún valor, que podría hacer algo por cambiar las cosas, por salvar al mundo. Nos dieron esperanza. Y no hay cosa más puta que dar esperanza a alguien, ya que, tarde o temprano, esta se hará añicos, dejando una angustia y un vacío abrumadores. Así me siento yo ahora mismo, mientras escribo estos renglones, mientras, poco a poco, los suministros se me agotan y el fuego se apaga.
Pues bien, teníamos una ubicación aproximada del lugar en que debía encontrarse la inefable Meseta. No desvelaré aquí dicha información, ya que lo último que desearía es que sirviera para que otros osaran seguir nuestros pasos y acabaran corriendo nuestro mismo destino. No se ha perdido nada en este desierto gélido. Si existe salvación, que todo el mundo tenga presente que no se va a hallar en este aciago lugar.
Fuimos enviados al campamento Ruuh-Akh, desde el cual partiría nuestra misión. Allí nos presentaron a la persona a cargo, una mujer que iba por el seudónimo «Juliet Delta». Supuestamente, y digo supuestamente, sabía todo lo que había que saber sobre Leng y sobre el camino que habríamos de hacer. Había estudiado incluso las costumbres del pueblo tcho-tcho1, del cual se rumoreaba que podía seguir habitando en aquel altiplano olvidado.
Hubo varias reuniones, donde se trataron, fundamentalmente, cuestiones logísticas y de organización. De hecho, hubo más reuniones de las previstas, ya que no acababan de llegar los suministros que esperábamos y los de arriba se empeñaban en dar igualmente una imagen de profesionalidad. Querían aparentar que, incluso aunque estuviéramos en el campamento más tiempo del deseable, seguía siendo un tiempo bien invertido. Nada más lejos de la realidad: en aquellas reuniones llegó un momento en el que se limitaban a repetir una y otra vez las mismas órdenes del día. Ya aquello debía habernos dado pistas de, hasta qué punto, aquello estaba encaminado al fracaso.
El cargamento tardó días en llegar. Aparentemente habíamos sufrido sabotajes por parte de miembros del Círculo Táctico, el brazo armado del maldito Conglomerado Lindora. Estos habían destruido el puente por el que habían de pasar nuestros camiones y, sin duda, se encargarían de hacer que aquello quedase como un accidente. Ese era su modus operandi habitual, tirar la piedra y esconder la mano. Sin embargo, la verdadera pregunta era: ¿qué diablos pintaba allí el C.T. y cómo sabían ellos de nuestra expedición? Juliet nos dijo que no debíamos preocuparnos demasiado por aquello, que había sido un incidente aislado. Y puede que realmente lo fuera, pero nos dejó una sensación extraña en el cuerpo, como si se tratase de un anticipo de los percances que se nos venían encima.
Las veces que habíamos sabido sobre las acciones del C.T. solía ser inmediatamente antes de que sucediera algo nefasto. Aunque, a día de hoy, sigo sin comprender por qué retrasaron nuestra salida. ¿Tal vez deseaban que desistiéramos de nuestro objetivo? Viéndolo con perspectiva, puede que hubiera sido lo mejor. ¿Quizás ya sabían lo que íbamos a encontrar y lo hicieron por nuestro bien? ¿O habría sido simplemente algo hecho con hostilidad manifiesta? De cualquier forma, cuando se le pidió explicaciones, el líder del Conglomerado Lindora negó toda implicación, como era de esperar. De todas formas, el cruce de acusaciones entre nuestros líderes y su presidente aplazó aún más la salida de nuestro viaje.
* * *
El día que anunciaron nuestra partida, casi no podía ni creerlo. A estas alturas, ya daba por hecho que acabarían teniendo que cancelar el plan. No sé si me alegré. Yo ya me había resignado y, ahora, se me hacía raro saber que la cosa seguía adelante. No sé. No sé bien ni cómo me sentí. Pero lo cierto es que nuestra salida era ya algo inminente. Tomamos nuestros equipajes y comenzamos a caminar hacia nuestro primer destino, el último punto del mundo conocido que pisaríamos. Más allá del pequeño puesto de mando hacia el que nos encaminábamos tan solo quedaba lo salvaje y lo desconocido.
Los miembros del grupo tan solo nos conocíamos por nuestros nombres en clave y, para colmo, lo único que teníamos en común era, precisamente, que ninguno sabíamos por qué estábamos allí. Muchos de mis compañeros eran personas de escasa formación y algunos incluso acababan de entrar en la Fundación. He de decir, además, que interactuar entre nosotros con frecuencia se volvía innecesariamente confuso, y es que había varios expedicionarios utilizando el mismo nombre en clave. Por ejemplo, había como tres «Mike Foxtrot». Durante el trayecto hacia el puesto de mando, hubo un buen puñado de malentendidos, con lo que se hizo necesario establecer otras formas de diferenciarse. En el caso de los nombres duplicados, se optó por incluir un ordinal, de este modo teníamos «Mike Foxtrot primero», «Mike Foxtrot segundo» y «Mike Foxtrot» tercero. Era cutre, pero fue lo mejor que se nos pudo ocurrir en aquel momento.
Cuando llegamos al punto de control, lo que apareció ante nuestros ojos no fue una bien abastecida base militar, sino un puñado de camiones y de tiendas de campaña. No había mucha gente y, la verdad, era comprensible, pues el frío y la niebla hacían de él un sitio particularmente inhóspito. Nos detuvimos unas horas allí, mientras Juliet dialogaba con la persona a cargo del lugar. No pude escuchar lo que esta última le estaba diciendo, pero me percaté de que la información recibida hizo a Juliet palidecer. Cuando terminó aquel intercambio y Juliet se dirigió a nosotros, lo hizo tratando de transmitir tranquilidad y confianza, aunque fue inevitable que, algunos, en vista a todo lo vivido hasta el momento, comenzasen a cuestionar sus dotes de liderazgo. Era innegable que el viaje no había comenzado con buen pie.
Yo podía llegar a sentir lástima por Juliet. Al final, ella era una mandada y, seguramente, su nombramiento como cabecilla de la expedición habría sido algo bastante improvisado, al igual que lo era todo lo demás. Era evidente que ella trataba de hacerlo lo mejor que podía, aunque es difícil hacer un buen trabajo cuando todo lo demás hace aguas. Cuando los de arriba actúan como unos ineptos y la cadena de mando es un tremendo despropósito.
Una vez que estuvo todo listo, salimos de allí, internándonos en un nebuloso desfiladero. Aunque todavía nos encontrábamos bastante distantes de la Meseta de Leng, de la cual se rumoreaba que parecía algo surgido de otro mundo, en el aire ya parecía sentirse una atmósfera casi onírica, antinatural y ultraterrena. Tal vez era la esencia de aquel lugar mágico lo que emanaba hasta donde nos encontrábamos ahora.
Las cosas comenzaron a descarrilar definitivamente cuando Juliet nos hizo detenernos delante de una pared rocosa para volverse hacia nosotros con visible preocupación en su rostro. Aquello no debería estar allí, el terreno no se correspondía con los mapas ni con las indicaciones que se le habían dado. Era por ello que, aunque a regañadientes, decidimos que sería mejor dar la vuelta y regresar al lugar del que veníamos. Y digo a regañadientes, aunque, en el fondo, creo que muchos nos sentimos aliviados. Todo aquello estaba siendo muy extraño y nos incomodaba no saber cómo iba a acabar el viaje ni dónde estaba exactamente nuestro destino. Pero el alivio nos duró poco. Muy poco.
Cuando íbamos camino a la base, escuchamos un extraño y gutural graznido. Algo grande y desagradable venía a nuestro encuentro, envuelto en el manto de la niebla. Aunque apenas se distinguía su silueta, sí se podía apreciar que, aquella cosa, debía medir cerca de tres metros. Por inercia, le dimos la espalda y echamos a correr. De vez en cuando escuchábamos los graznidos de aquella criatura y el ruido de sus pisadas.
En cierto momento nos dividimos. No fue una decisión consciente, sino consecuencia de lo caótico de la situación y de la escasa visibilidad. Solo sé que, pasado un rato, me percaté de que ya no se escuchaba a la criatura viniendo tras nosotros. Y de que varios miembros del grupo habían desaparecido. Pronto, Juliet constató lo que ya todos nos temíamos: cuando huíamos, no habíamos ido en línea recta y, con aquella niebla, era difícil determinar qué rumbo habíamos tomado exactamente. Ahora sí que estábamos, definitivamente, perdidos.
Dentro del grupo hubo respuestas airadas. De entre los detractores de Juliet, comenzó a asumir un cierto liderazgo un tal Víctor, que se negó a seguir acatando las directivas de la líder. Juliet hizo lo que pudo por tratar de mantener el orden y, aunque con dificultad, consiguió sofocar las protestas, aunque fuera solo algo temporal.
Lo único en lo que conseguimos ponernos todos de acuerdo fue en el hecho de que debíamos permanecer en movimiento. No sabíamos dónde se habría metido aquella criatura, pero, si daba con nosotros, estaríamos muertos. Nos pusimos en marcha, aunque sin saber a dónde íbamos y con la única intención de salvar nuestras vidas.
Pronto nos percatamos de que debía de haber cerca una charca, pues escuchábamos el croar de las ranas. A falta de una idea mejor, nos encaminamos hacia allí. El croar cada vez se hacía más intenso hasta que, finalmente, llegamos al lugar de procedencia. Se trataba de un pequeño humedal, situado en pleno desfiladero. Sin embargo, aquello que oíamos no eran ranas o, al menos, no ranas convencionales. Los pequeños anfibios que allí nos encontramos solo podían ser descritos como seres quiméricos, compuestos por partes de multitud de animales diferentes, con seis extremidades y una cabeza cubierta por una especie de exoesqueleto, del que salían un par de antenas, comparables con los de una polilla. Eran unas entidades cuanto menos desconcertantes.
Mientras contemplábamos a aquellos seres, que parecían hechos de retazos, escuchamos de nuevo el terrible graznido que habíamos oído con anterioridad. Cerca de donde nos encontrábamos había una pequeña gruta a la que, instintivamente, corrimos a refugiarnos. Aquella cosa estaba ahí fuera.
Lo primero que hicimos, una vez que pudimos analizar detenidamente nuestra situación, fue tratar de averiguar si había alguna otra salida de la caverna, además de la principal. El esfuerzo fue en vano y no nos quedó más remedio que asumir que nos habíamos quedado encerrados. Nos sentamos en el suelo, abatidos y sin saber muy bien qué hacer. Pasaron los minutos, pasaron las horas. Víctor finalmente se hartó y dijo que no pensaba seguir allí, esperando la llegada de una muerte segura. Juliet pidió que esperasen algún tiempo más, remarcando que era probable que la criatura todavía siguiera allí. Víctor y los suyos se negaron a escucharle y se fueron. Nunca supimos lo que fue del pequeño grupo que seguía a Víctor; y es que, cuando finalmente salimos al exterior, no nos topamos ya con la criatura, pero tampoco hallamos rastro de nuestros compañeros. Puede que hubieran conseguido ponerse a salvo. Puede que fuesen devorados por aquella aberración. Si hay alguien allí arriba, solo él sabrá cuál fue su desenlace.
Lo cierto es que cada vez éramos menos. Y aquello no dejaba de resultar preocupante. Con cada persona que se caía del grupo, disminuían nuestras esperanzas de supervivencia. Y, sin duda, Juliet lo sabía. Aunque obviamente le incomodaba pensar en ello, en su papel de líder no podía demostrar públicamente ese malestar.
Cuando llevábamos un rato caminando fuimos sorprendidos por un pequeño grupo de, lo que parecían, nativos. Aunque no entendían nuestro idioma, trataron de transmitirnos en su dialecto que tenían buenas intenciones. Uno de los nuestros consiguió comunicarse con ellos por lenguaje de signos. Gracias a aquello nos enteramos de que, al parecer, estaban dispuestos a guiarnos un tramo, a cambio de que compartiésemos parte de nuestros suministros. Dejaron claro, eso sí, que no entrarían, bajo ningún concepto, en la propia meseta. Les preguntamos si temían a los tcho-tcho, ante lo cual respondieron que ya no quedaban tcho-tcho en Leng, que habían sido expulsados por los «seres de retazos».
Describimos a aquellas ranas extrañas y preguntamos si eso eran los seres de retazos. Dijeron que sí; o, al menos, que eran un tipo de seres de retazos. Al parecer, lo que nos había estado acosando era un adulto de aquella especie, a la que llamaban «ryl’eghal», y que era parte de la «prole de Nul’eh, Padre de retazos». Este adulto era territorial, insaciable y muy venenoso, con lo que habíamos hecho lo correcto alejándonos de él. Solo con que se hubiera acercado a nosotros podría habernos aniquilado con su aliento tóxico.
Agradecimos que nos dieran aquella información y ellos se comprometieron a llevarnos por una ruta más segura que la que habíamos estado siguiendo hasta el momento. Salvo que ocurriera algún imprevisto, podían garantizar que llegaríamos sin mayores incidentes, aunque el regreso ya sería cosa nuestra. No teníamos otra alternativa, así que decidimos aceptar el trato y confiar en su palabra. A esas alturas, no teníamos nada que perder y mucho menos teníamos una opción mejor.
* * *
Tras una larga caminata, llegamos ante una vieja estructura de madera que me recordó a las puertas torii2 japonesas. No sé muy bien cómo explicarlo, pero algo dentro de mí se revolvió al contemplar semejante arquitectura, que parecía proferir una silenciosa amenaza. Los indígenas parecieron sentir igual, pues se detuvieron ante ella, negándose a seguir adelante. Al parecer, allí comenzaba el territorio de Leng y, tanto por miedo como por cuestiones ideológicas, no se atrevían a pisarlo. Pude comprender su temor, y es que no era extraño negarse a penetrar en aquel altiplano infame, del que se decía que estaba endemoniado.
Entregamos parte de nuestros suministros, cumpliendo con nuestra parte del trato. Y, tras despedirnos de nuestros benefactores, entramos en aquella tierra impía.
Acabamos llegando ante un portón tallado en la roca y flanqueado por estatuas de leones o quimeras. No puedo decir con seguridad lo que eran exactamente, ya que habían sufrido un profundo deterioro. En cuanto a la puerta, estaba entreabierta, dejando suficiente espacio para que pasara un hombre adulto. Lo inquietante era la impenetrable oscuridad que acechaba al otro lado, aunque, por suerte, íbamos lo suficientemente bien preparados para aquella eventualidad. Otras cosas no teníamos, pero linternas nos sobraban.
Nos adentramos en lo que parecía un túnel artificial o, en su defecto, una caverna, cuyas paredes habían sido talladas e igualadas para lograr un aspecto simétrico y pulido. De cualquier manera, allí había tenido que intervenir la mano de algún diestrísimo cantero, fuese humano o de alguna raza incluso más antigua; y, en las paredes, se sucedían innumerables bajorrelieves que mostraban escenas del pueblo tcho-tcho: sus rituales, su macabra alimentación, su estilo de vida… no pude sino sentir un cierto rechazo al pensar en que tal vez aquellas aberraciones habían tenido lugar sobre el suelo que ahora pisábamos. Además, aquellas imágenes tenían un aire inquietante, era como si las diversas faces esculpidas nos miraran y nos juzgasen sin romper su milenario silencio. Como unos fiscales mudos dispuestos a forzar una sentencia de muerte.
Tuve que sacudir la cabeza para apartar aquellos pensamientos intrusivos, decidiendo centrarme únicamente en nuestra travesía. Aparté mi atención de las paredes de la galería, y no tardé en percatarme de que ahora comenzaba a ascender por el interior de la montaña. Al principio era una pendiente ligera, casi imperceptible, pero pronto ganó la suficiente inclinación para entorpecer nuestro caminar.
Tras un rato avanzando a duras penas por aquella enigmática gruta, alcanzamos lo que parecía el interior de un pozo, por el que ascendía una escalera de caracol. Fuimos subiendo con mucho cuidado de no caernos, ya que algunos peldaños faltaban y otros estaban en muy mal estado. Al llegar arriba, nos vimos en una sala circular, repleta de braseros apagados. En un rincón se abría un pasillo, cuyo acceso estaba cubierto por un velo raído, repleto de parches, mientras que, en el otro, se erigía un viejo trono de piedra, sobre el que se sentaba lo que parecía un cadáver momificado. Por encima tenía una especie de sudario, repleto de remedos.
Aquella momia no era Zhao, y eso era cuanto necesitábamos saber sobre ella. Dejándola de lado y sin darle mayor importancia, abandonamos la estancia a través del corredor de los velos. Y digo «velos» en plural porque había más de uno. De hecho, todo el pasillo estaba plagado de tejidos, que colgaban desde el techo y que tenían en común su aire vetusto y que estaban hechos a base de retazos. Retazos. Me acordé de lo que dijeron los indígenas sobre los seres de retazos. Para empezar, ¿de dónde habían salido aquellas cosas? No recordaba ninguna historia sobre Leng que mencionara a aquellas entidades. ¿Qué había sido de los tcho-tcho, tan infames y de los que tanto se hablaba? Expulsados, dijeron los nativos. Exiliados de su hogar por unas criaturas sobre las que no había ningún registro.
Cuanto más avanzábamos por el interior de aquella estructura, más conscientes éramos de lo poco que conocíamos realmente sobre aquel lugar y sobre su historia reciente. Y de nuestra propia insignificancia. Aquellas paredes llevaban en pie desde tiempos inmemoriales, nuestras vidas palidecían en comparación con semejante antigüedad, eran algo insignificante, un breve suspiro. Y mucho más aún si osábamos contraponerlas a la eternidad del Cosmos. Me estremecí. Por mucho que trataba de mantenerme con los pies en la tierra, las evocaciones de aquel lugar ancestral no me ayudaban en mi propósito. Cada vez me resultaba más complejo lidiar con los pensamientos intrusivos que me asediaban y que me hacían temer a aquella amenaza sobrenatural e invisible que parecía acechar desde cada esquina, desde cada rincón.
Llegamos al exterior y se abrió ante nuestros ojos lo que parecía un poblado primitivo. Sin embargo, lo más llamativo eran aquellas telas, repletas de parches, que se observaban por doquier: en los tejados, por el suelo, cubriendo puertas y ventanas e incluso a modo de banderolas. Sin embargo, no había rastro de vida inteligente, ¿quién habría colocado aquello allí? ¿Algún ser de retazos más inteligente que las monstruosas ranas que habíamos encontrado?
Avanzábamos entre casetas y viejos edificios de piedra. Las telas que pendían sobre nuestras cabezas hacían que aquello asemejase a un mercadillo oriental, aunque sin rastros de vida ni de objetos a la venta. No pudimos evitar curiosear en algunas de las destartaladas casas. Parecía haber signos de lucha, como si sus habitantes hubieran sido sorprendidos dentro de ellas por sus atacantes. Habían quedado atrás muchos objetos de valor, lo cual parecía indicar que, en el caso de que realmente hubieran huido, no les había dado tiempo a cargar con sus pertenencias.
Mientras explorábamos el poblado, nos llamó la atención un aroma a hierbas exóticas que el aire nos traía desde algún punto indeterminado. Era el típico olor de una botica o farmacia tradicional, lo cual nos hizo pensar que, quizás, procediera del hogar de Zhao. Debo señalar que lo cierto es que seguía inquietándome el hecho de no ver a nadie por la zona. En mi fuero interno, sentía que había algo que no encajaba. ¿Daríamos con el boticario? ¿Habría sido él quien había colocado allí aquellas sedas? ¿O estaríamos metiéndonos de cabeza en una trampa? Lo cierto es que ya era tarde para echarse atrás. Me consolé pensando que, tal vez, hallaríamos las respuestas que buscábamos si seguíamos el olor.
Llegamos ante un edificio relativamente grande, del cual emanaba aquella fragancia herbal. Más que una mera farmacia, parecía una suerte de palacio. Cuando nos dispusimos a retirar las cortinas y pasar al interior, sentí como si alguien nos observara desde algún lugar, tal vez oculto entre las casas que habíamos dejado atrás. Sin embargo, por mucho que miré no vi a nadie, con lo que, por salud mental, opté por considerar que había sido una alucinación y por no darle al asunto más vueltas de las convenientes.
Una vez dentro, nos vimos en un recibidor, que daba a una amplia estancia circular. El olor a hierbas procedía de unos incensarios que habían encendido dentro del edificio. Aún no se habían consumido, lo cual evidenciaba que los habían puesto allí hacía relativamente poco, tal vez como un señuelo para atraernos hacia aquel lugar. Lo comenté en voz alta y, según lo hice, una voz cavernosa resonó en respuesta. «Lo que dices es cierto; de hecho, habéis venido directamente a mi pequeño convite». Una figura apareció en el fondo de la estancia. Y también apareció alrededor nuestro. Estaba delante, estaba detrás, estaba a nuestros lados y, en definitiva, estaba por todas partes. Aquello sin duda era alguna clase de truco de humo y espejos.
En cuanto a la figura, llevaba una armadura y, sobre ella, ricos ropajes. Sin embargo, lo más característico era su máscara carmesí. «¡Bienvenidos al espectáculo del único e inimitable Emperador Inmortal! ¡Tomad asiento, ya que habéis seguido un largo camino para estar hoy aquí, sobre las heladas planicies de Leng!».
Las reacciones en el grupo fueron dispares, pero la figura continuaba con su monólogo. «Habéis venido aquí a que os entretenga, mas… tengo una mala noticia. Habéis de ser vosotros quienes me entretengáis, pues yo soy Emperador y vosotros bufones. Los hijos de Nul’eh, Esencia del Cosmos Entrelazado, han tomado la Meseta de Leng y hoy habéis de morir todos a sus manos. Vuestra sangre me alimentará, como la de tantos antes de vosotros, y la de tantos que vendrán después vuestro. No necesariamente a este lugar ancestral, sino a cualquier parte, pues todo el mundo es mi santuario, todo el mundo es mi altar».
De pronto, se escuchó un disparo y todas las figuras se desplomaron. Juliet había dado con la ubicación del real y le había dado un tiro. Nos acercamos a él, con la intención de desenmascarar al Emperador Inmortal. Esperábamos encontrar tras su máscara el rostro de aquel infame Zhao… pero, lo que descubrimos al retirar el disfraz, fue el cadáver de Víctor. ¿Cómo había llegado él allí? ¿Era acaso él el verdadero Emperador Inmortal?
No. Aquello ya había pasado más veces. Era como si el Emperador Inmortal pudiera no solo provocar la locura, sino también apoderarse de los cuerpos de aquellas personas que sucumbían a su influencia. Y ahora había utilizado a Víctor para conducirnos a una trampa. Varios espejos estallaron y, de detrás, emergieron criaturas abyectas y deformes, que no cesaban de recitar una palabra: «Nul’eh». Algunas tenían un aspecto más orgánico. Otras eran mecánicas. Y, muchas de ellas, se encontraban en un punto medio entre ambos extremos.
Juliet trató de ganar tiempo, disparando a matar contra aquellos seres. Sin embargo, los duros cuerpos de muchos de ellos hacían rebotar las balas y, en el caso de los que sí caían abatidos, pronto eran reemplazados por otros. Era una lucha desesperada, con lo que Juliet dijo que no nos quedáramos a ayudarla, que aprovecháramos y saliéramos de ahí, que huyéramos sin ella. Eso hicimos, ¿qué íbamos a hacer, si no nos quedaba otra? Aunque, debo decir que la culpabilidad que sentí fue horrorosa.
Cuando salimos al exterior, lo que antes estaba desierto ahora estaba plagado por aquellos horrores. Lo teníamos claro: debíamos tratar de volver por donde habíamos venido, aquella era nuestra mejor alternativa, si no la única. Tratamos de intentar evitar los callejones estrechos, para reducir al máximo el riesgo de vernos en alguna emboscada. Tomamos todas las precauciones que pudimos, pero, aun así, cuando llegamos a aquel corredor de las sedas por el que habíamos venido, ya habíamos perdido a mucha gente por el camino. No sé muy bien cómo logré llegar yo sana y salva.
Los pocos que quedábamos alcanzamos aquella escalera de caracol y descendimos a los túneles. Las criaturas nos persiguieron a través de ellos, hallando alguno de mis compañeros su horrible final en aquellas oscuras cavidades. Además, dada la prisa con la que íbamos, unos dejaron atrás sus linternas y a otros no les dio tiempo ni a sacarlas. Un golpe sordo por aquí, un grito agónico por allá.
Tan solo me atreví una vez a mirar para atrás y debo decir que pronto me arrepentí de haberlo hecho, pues siento que la visión que contemplé me perseguirá hasta que exhale mi último aliento. La gigantesca garra aplastándole las costillas… los afilados dientes desgarrando sus tejidos blandos… las vísceras de aquel pobre desafortunado desparramándose por el suelo… no sé si se me escapó un grito o una risa nerviosa, pero lo cierto es que tuve que hacer un esfuerzo hercúleo para evitar sucumbir a la histeria y seguir corriendo. Fue angustioso, confuso e interminable. Finalmente, los pocos supervivientes salimos a través de aquellas puertas de piedra y llegamos a la estructura de madera que marcaba la frontera de los territorios de Leng.
Creímos que ya no continuarían con su persecución más allá de ese punto. Y, de hecho, por un momento pareció que así había sido, lo cual hizo que nos confiáramos. Nos equivocábamos. Una criatura de aspecto aviar salió a toda velocidad del interior de la cueva y atrapó entre sus garras para llevárselo en volandas. El ave ascendió a las alturas y, desde allí, lo dejó caer. El hombre se estrelló a escasos metros de mí, dejando bajo su maltrecho cuerpo un inmenso charco escarlata.
Durante un rato nos quedamos paralizados por la impresión, pero un estruendo nos sacó de la enajenación. Innumerables criaturas acababan de emerger de entre las tinieblas del túnel y se dirigían hacia nosotros. La persecución estaba lejos de concluir.
Desde que empezamos a huir de ellos, no han cejado en su empeño por alcanzarnos. Las veces que creíamos que habíamos logrado sacarles ventaja, no tardábamos en descubrir con espanto que, en realidad, estaban más cerca de nosotros de lo que pensábamos.
No hace mucho, logré refugiarme en una cueva en la que, por algún motivo, no se atreven a entrar. Parece una cavidad bastante profunda, aunque, hasta ahora, no me he atrevido a adentrarme mucho, ya que no sé lo que podría encontrar y, para colmo, a mi linterna le queda poca batería. Sin embargo, ya apenas me queda sustento, con lo que, de seguir así, no sobreviviré mucho tiempo. Es por ello que me adentraré en esas oscuridades ignotas, que se ofrecen ante mí como la única posibilidad de salvación, por remota que esta sea. Pero, antes, voy a atar este escrito a un pequeño globo de helio, con la esperanza de que pueda llegar a alguien, más allá de estas abyectas montañas.
Mi mensaje es claro: no os acerquéis a Leng, pues lo único que encontraréis será la muerte.