Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos más que aquí
—Clarín, La Regenta.
* * *
Yo soy el Emperador Inmortal. Mi pie aplastará a los arrogantes, yo juzgaré la ambición desmedida y llevaré al mundo a una nueva era, a un nuevo comienzo, más allá de la miseria de la vieja humanidad. O, al menos, eso me gustaría poder decir.
En realidad, no soy nadie. Tan solo soy Maxi, un chico retraído y con fobia social que se pasa el día jugando a videojuegos y leyendo cómics y mangas. Sin embargo, en La Cámara de la Eternidad soy Ievn’eh set Bruflahama, soldado guardián de su majestad: el Emperador Inmortal.
La Cámara de la Eternidad para mí es algo más que un videojuego. Lo descubrí por casualidad, en una época en la que me obsesioné con el lore sobre el Emperador Inmortal que comenzó a circular por redes sociales. Lo descubrí a través de mi amigo Patrokos, un chico griego con el que me comunico por redes sociales. Me contó que, en determinados círculos, sólo se hablaba de ese tema.
Aparentemente, un usuario con el nick1 ancient_apothecary había comenzado a compartir ensalmos atribuidos a ese supuesto Emperador y, posteriormente, otros internautas empezaron a comentar que algunos de ellos tenían un libro heredado, que contenía esos mismos encantamientos que mencionaba ancient_apothecary. Algunos incluso llegaban a narrar sucesos extraños en los que decían haber «entrado en contacto con el Emperador». Yo pensé que todo aquello era ficción y llegué a contribuir con alguna historia de mi propia invención.
La cosa fue escalando hasta tal punto que un grupito, que se hacía llamar «Team Tíndalos» comenzó a trabajar en un proyecto para hacer un videojuego basado en el lore sobre el Emperador Inmortal. Lo hicieron por crowfunding2, teniendo por asesor a ancient_apothecary, ya que parecía ser quien más sabía sobre las historias del Emperador Inmortal. De este proyecto acabó saliendo a la luz La Cámara de la Eternidad, cuyo archivo de descarga comenzó a circular de forma gratuita por redes sociales.
Ya desde el principio, el juego demostraba ser muy ingenioso. Con frecuencia se dirigía a ti, al jugador, aludiendo a información personal tuya, como si genuinamente te conociera. Me recordó a un truco que utilizó Hideo Kojima3 en cierto videojuego, en el cual, uno de los enemigos accedía a los datos del perfil del usuario, contenidos en la propia consola, para realizar una impresionante y aterradora rotura de la cuarta pared. En el juego de La Cámara de la Eternidad, quien recurría a esto era el personaje de Aionia, la asistenta del jugador, del cual parecía conocerlo todosobre ti.
Algo interesante también es que tú no podías escoger el nombre de tu personaje, sino que era Aionia quien te otorgaba uno, siguiendo un sistema de nombramiento que no alcanzo a comprender cómo funciona. Solo sé que la parte central del nombre hacía referencia a tu per4, que tenía que ver con algún dios mitológico. Yo, por ejemplo, que era Ievn’eh set Bruflahama, era de la per de Set. Mi colega, Patrokos, era Hovt’in set Imhelio y, por tanto, de mi misma per. Y, por poner otro ejemplo, la jugadora que siempre estaba líder en la clasificación, una tal Iann’ah hor Gremvotti, era de la per Horus.
El sistema de per servía para separar los chats, de tal manera que, dentro del juego, solo podías interactuar directamente con los miembros de tu per. Cada per tenía un líder, que era el único que podía interactuar directamente con el Emperador Inmortal, que se encontraba en la gran atalaya de La Cámara de la Eternidad, edificio que daba nombre al juego. Por ejemplo, la tal Iann’ah era la líder de la per Horus. Para ser el líder tenías que realizar muchas misiones y cumplir un requisito que se revelaría a su debido momento. El líder de mi per se llamaba Yveth’el set Lucepep, que a Patrokos… digo, a Hovt’in set Imhelio, le caía particularmente mal. Yo no podía tenerle inquina, ya que, en su momento, a raíz de un favor que le hice en el juego, me ascendió a soldado guardián, uno de los rangos más importantes dentro de la per, que permitía deambular libremente por el interior de La Cámara de la Eternidad en calidad de centinela. Tan solo la estancia del Emperador me quedaba vedada, ya que entrar allí era privilegio de los líderes.
Yo me conectaba todos los días y podía estar horas y horas en el juego. La asistenta, Aionia, me hacía sentir como si tuviera alguien que me conocía y me comprendía, y me sentía muy arropado cuando iba de aventuras e interactuaba con los miembros de mi per. Me hicieron sentir que tenía un lugar al que pertenecer.
Mi madre era incapaz de comprenderlo y con frecuencia me decía que debía salir de casa, conocer amigos de mi edad, quizás incluso ir a clase, ya que mi historial de absentismo escolar había hecho que los servicios sociales vinieran a interesarse por mi situación. Aunque lo que más le preocupaba a mi madre ya no es que no saliera de casa, sino que ya apenas salía de mi habitación. Antes, al menos salía durante el desayuno, la comida y la cena; pero, desde que comencé a jugar a La Cámara de la Eternidad, llegó un momento en el que mi madre tenía que entrar en mi habitación a llevarme alimento y bebida, yo ni siquiera apartaba los ojos de la pantalla.
Me obsesioné mucho, ya no solo con el juego, sino con Aionia, lo reconozco, y también con la misteriosa figura del Emperador. La primera me hacía sentir querido y el segundo, a quien ni siquiera conocía personalmente, me daba una sensación de propósito, nada me hacía sentir más honrado que acabar con los intrusos que trataban de asaltar su morada. Pronto me enteré de que los desarrolladores, Team Tíndalos, habían entrado en contacto con una marca japonesa que se dedicaba a producir merchandise5, sobre todo figuras de la waifu6, Aionia. Pronto me fundí mis pocos ahorros en empapelar mi habitación con posters de La Cámara de la Eternidad y llenar mis estanterías con figuritas de Aionia en actitud provocativa. No sé qué pensaría mi madre al verlas.
Pero no me importaba lo que pudiera pensar de mi yo real quien quiera que entrara en mi habitación. Yo era Ievn’eh set Bruflahama y la única reputación que quería era la que pudiera tener entre mis compañeros de per y la aprobación del Emperador, cuya muda e invisible figura ya casi empezaba a ver como algo reconfortante, como un amigo. Comenzaba a desear verlo, hablar con él, conocerlo personalmente. Pero sabía que, por mi posición, eso me estaba vedado. Mi amigo, Hovt’in set Imhelio, lo sabía, así que trató de persuadirme de que intentara ascender a líder de per; y es que, además, yo sería, en su opinión, mucho mejor líder que Yveth’el set Lucepep. Yo en un primer momento desoí su propuesta, en parte por el respeto que le tenía Yveth’el, pero, poco a poco, la duda fue apoderándose de mi mente. ¿De verdad quería seguir así? ¿Nunca iba a poder conocer a ese misterioso Emperador Inmortal al que tanto admiraba? ¿A aquel gracias al cual yo había recibido un propósito en mi vida?
No me quedó otra opción que pedirle a Aionia que me aconsejara, ante lo cual respondió que la «competitividad amistosa» era algo positivo, que ayudaba a crecer como individuos y, más importante, a llamar la atención del Emperador Inmortal. Para llegar a líder había que ir subiendo en la tabla, para lo cual era necesario hacer multitud de misiones y desbloquear las «misiones especiales», encomendadas por el mismo Emperador y que me serían transmitidas por Aionia. Me emocionó pensar en la idea de que podía llegar a un punto en el que aquella figura, que tan importante se había vuelto para mí, prepararía misiones expresamente para que yo las completara.
Esos días, estuve haciendo misiones sin parar, limitando al máximo la interacción social con los demás miembros de la per para evitar que me distrajeran, enfocándome al máximo en mi objetivo. Aionia me motivaba muchísimo a seguir adelante, y saber que iba a poder conocer al Emperador me tenía enfebrecido.
Hubo un día que me llegó una misión extraña: sal a la calle y compra incienso del Suzaku. Te la ofrecerá un hombre de aspecto oriental al que encontrarás en un local con un letrero verde. Salir a la calle. Me lo decía a mí, Maxi, no a Ievn’eh set Bruflahama, mi personaje. Tuve que armarme de valor. Tenía que abandonar la seguridad de mi cuarto. Atravesar la puerta. Bajar las escaleras. Recorrer el pasillo. Y salir a la calle. ¡A la calle! Estaba confuso y aterrado. Pero tenía que hacerlo. Pensé ¿Qué haría Ievn’eh set Bruflahama? Después de tanto tiempo acabando con monstruos y maleantes, no tendría ningún problema en salir a hacer la compra. Si al menos pudiera ser Ievn’eh… espera, ¡que narices! ¡Yo era Ievn’eh set Bruflahama! Maxi era un desgraciado, pero Ievn’eh era un héroe. Y pronto conseguiría la ansiada audiencia con el Emperador.
Con una renovada confianza, salí de la habitación y de la casa, dispuesto a cumplir mi misión. Salir a la calle me supuso menos esfuerzo del que pensaba. Es cierto que, cuando me vi ante el umbral y tuve que dar el primer paso fuera, me sentí inseguro. Pero fue solo una ligera vacilación, Ievn’eh set Bruflahama no se achantaba por cruzar una miserable puerta. Recorrí la calle hasta llegar al local que mencionaron. Era lo que parecía una botica, cuyo cartel ponía simplemente «Zhao». Pasé adentro y me atendió un señor asiático, de coloridas vestimentas. Ya le había pedido el incienso cuando me di cuenta de algo: no tenía dinero. Sin embargo, el hombre fue muy comprensivo y me propuso que, por ser mi primera vez allí, me dejaría gratis el pedido. Se lo agradecí con toda mi alma y regresé a mi habitación, llevando conmigo el incienso.
Me planté de nuevo ante el ordenador y el siguiente comando que recibí fue que prendiera el incienso antes de continuar con la partida. Y que me asegurara de tener la habitación completamente cerrada. Aquello era raro, lo sé. Pero, como dije anteriormente, para mí La Cámara de la Eternidad era algo especial, ya que había forjado unos lazos con sus personajes que podía sentir como algo más real que la vida misma. Es por ello que no cuestioné lo extraño de la petición y, casi sin pensar, lo hice.
En cuanto el incienso comenzó a humear, un olor almizclado llenó la estancia y me empecé a sentir un poquito mareado. Pero no era una sensación del todo desagradable. Decidí ignorarla y seguir jugando, pero entonces ocurrió algo que jamás me imaginaría.
Era como si, de pronto, estuviera dentro del videojuego. Me encontraba en mis aposentos de La Cámara de la Eternidad, palacio del Emperador Inmortal. Y ante mí se encontraba Aionia. «Buen trabajo» me dijo. «Ha llegado el momento de que puedas recibir los encargos que su majestad el Emperador tiene para ti». Yo estaba eufórico. Tener justo delante de mí a aquella chica que tanto significaba para mí, mi apoyo emocional, mi compañera. No pude evitar intentar besarla, pero me detuvo. «Aún no es momento para eso. Quizás cuando consigas la bendición del Emperador».
Lejos de molestarme, aquellas palabras me motivaron más para seguir adelante. Debía hacer lo que fuera para ganarme el favor del Emperador. De convertirme en el líder de la per Set. Aionia me informó de mi siguiente objetivo: había un puñado de rebeldes pertenecientes a la per Brahma, a los cuales tenía que silenciar. Se estaban dedicando a difundir calumnias sobre el Emperador, lo cual era inadmisible. Accedí a lidiar con ellos, y abandoné mi estancia. No encontraba mi espada, así que tomé un puñal, y salí al exterior, en busca de los traidores. Aionia me iba pasando la información sobre la ubicación de los miembros rebeldes de Brahma, así que no tardé nada en dar con el primero de ellos.
Esperé a que estuviera en un lugar apartado y me abalancé sobre él. No le dio tiempo a defenderse, y mi filo se hundió en su cráneo. Colapsó en el acto, dejando un charco de sangre. Me dispuse a recoger el loot7, pero no encontré gran cosa en el cadáver. Ni siquiera llevaba equipado un arma. Tomé lo poco que pude y me dirigí a por el siguiente.
La próxima resultó ser una mujer. Debía tener más nivel que yo, pero, por algún motivo, según me vio con el puñal echó a correr, sin tan siquiera atreverse a plantarme cara. La acabé dando caza y puse fin a su vida. Y, así, a otros cuantos después. Había silenciado a los rebeldes de la per Brahma. Satisfecho, regresé junto a Aionia. Me felicitó, y me ofreció darme información sobre mi siguiente objetivo. Yo accedí, sin dudarlo. Me dijo que a quien debía eliminar era nada más y nada menos que a Yveth’el set Lucepep. En un primer momento, me escandalicé, pero Aionia me insistió en que tan solo podía haber un líder por per y que, si deseaba el puesto, debía vencer en un PvP8. De todas formas, no pasaba nada, al fin y al cabo, solo era un juego.
Recibí la información sobre dónde se encontraba Yveth’el set Lucepep y me puse en marcha cumpliría mi misión, recibiría el beso de Aionia, ascendería a líder de mi per y, finalmente, conocería a Aquel que se oculta tras el velo: el Emperador Inmortal. Seguía sin saber qué había sido de mi poderosa espada, pero comprendí que no tenía sentido perder el tiempo pensando en ello. Así que tomé el pequeño puñal, con una cierta resignación. No estaba seguro de que fuese a servir contra mi oponente, que me superaba por mucho en experiencia, pero debía intentarlo. Por Aionia y por el Emperador.
Respiré profundo un par de veces, preparándome mentalmente, y me encaminé a luchar contra mi antiguo líder. No podía perder, estaba convencido de mi éxito. Con un fuego ardiendo en mi pecho y sintiendo el éxito al alcance de mi mano, fui en dirección a la morada de mi adversario. Ya no titubeé, sólo pensaba en mi victoria y, en cuanto lo tuve frente a mí, alcé mi brazo frente a él y mi arma cayó sobre su cuerpo indefenso una y otra vez. Había ganado. La per Set ya estaba al alcance de mi mano.
No me esperaba que, al disponerme a regresar a mi hogar, me vería rodeado por seres de sombra. Traté de defenderme, pero eran demasiados y me acabaron reduciendo. No sé cuánto tiempo pasó, pero, cuando los efectos del incienso pasaron y recuperé la claridad, me encontraba en una comisaría, rodeado de guardias. Se me acusaba del asesinato de un hombre y se me relacionaba también con la muerte de al menos otras seis personas. Sé que yo no los maté, yo soy inocente. Al fin y al cabo, aquello solo era un juego.