El Pueblo Aterrado

Tres días han transcurrido desde aquella pelea entre el grupo de supervivientes y el demonio. Están caminando por un frondoso bosque, bajo una noche negra y sin luna. Para ver, se sirven únicamente de la tenue claridad que emana de la armadura dorada del gigantesco Alkar, el Sol Sonriente, ya que una luz más intensa podría dejarlos expuestos ante las famélicas alimañas que pueblan el lugar. El dispar grupo recorre un largo camino, atento a su entorno, siempre con las armas al alcance de la mano y listos para hacer frente a cualquier altercado. En mente tienen un solo objetivo: acabar con Ulskars y sus allegados. Los tres caminan hasta casi perderse, pero es entonces que observan una luz en la lejanía.

Alkar toma la delantera y se dirige hacia allí, seguido de Tolker, el Ovidado, y Silxirr, la Lámpara Trampera. Al llegar, se topa con una fogata abandonada, junto a la que reposa un saco de piel.

—Debe haber alguien cerca. Nadie es tan descuidado como para abandonar de este modo sus pertenencias —comenta Silxirr.

—Yo también dudo que haya sido un desliz, y más teniendo en cuenta que se han dejado el fuego encendido —responde Alkar—. Bien seguro es que algo le llevó a huir. Manténgase a mi lado, hermanos.

No tardan en escuchar algo moverse entre las hojas. Como respuesta, adoptan una posición de batalla, esperando a quienquiera que esté allí. Los movimientos del acechador son increíblemente rápidos, tal como evidencian los sonidos del crepitar de las hojas. Tras unos instantes de incertidumbre, algo sale disparado contra Alkar. Aunque pone su brazo para defenderse, es derribado por el impacto. Tolker intenta moverse para atacar, pero también es abatido con prontitud.

Silxirr salta para atrás, pero de inmediato es golpeada por la espalda, cayendo de cabeza al suelo. Al prestar atención, se dan cuenta que los sonidos de las hojas no los causa alguien moviéndose: es más bien como si varias ramas hubieran cobrado vida, bamboleándose con aspavientos bruscos y extraños. Alkar se levanta rápidamente y, emitiendo un gran calor, abrasa ramas y árboles, revelando, oculto entre ellos, a un hombre que murmura algo. Es de muy baja estatura, apenas le llega a la pierna de Tolker; Sus ropajes consisten en múltiples trapos y vendas, viejas y ensangrentadas, que cubren una túnica con las faldas quemadas.

En lugar de su mano izquierda, porta un cuchillo con filo de sierra, aunque ya casi romo. Su barba, al igual que el resto de vello que puebla su cuerpo, es de un color blanco platino, sobre el que resaltan sus ojos, de un tono azul marino. La Lámpara Trampera se levanta y corre hacia la posición del enano, derribándolo de una patada. Colocándose sobre él, toma su daga para amenazarlo.

—¡¿Qué quieres, escoria?! —ruge Silxirr—¡Responde, o te haré sufrir!

Como única respuesta, el hechicero enano apuñala a Silxirr en la pierna, enterrando profundamente su cuchillo y retirándolo en medio de un torrente de sangre. La Lámpara Trampera vacila un instante a causa del dolor, circunstancia que el enano aprovecha para empujarla y quitársela de encima. Incorporándose, Tolker se levanta para ir a por aquel hombre pequeño. Este trata de frenarlo con una barrera mágica, pero resulta demasiado endeble para bloquear al Olvidado. Sin embargo, le permite ganar suficiente tiempo para conjurar un fuerte destello que logra aturdir a Tolker. De no ser por Alkar, que interviene y logra atrapar al enano, este habría logrado asestar una puñalada en el pecho del Olvidado.

—¿Cuál es tu objetivo, pequeño? —pregunta el Sol Sonriente, aferrando con tal fuerza al enano que sus huesos parecen a punto de quebrarse.

—¡Un monstruo y sus secuaces! ¡Un monstruo y sus secuaces! —grita con desesperación su cautivo.

—No servimos ni ayudamos a ningún monstruo. ¿Cuál es tu problema? —contesta Alkar, aflojando su agarre

—Un monstruo, un demonio, o no sé cómo describirlo, está atacando a mi aldea y a mi gente, junto a sus sirvientes. ¡Por Týr! ¡Qué suerte que ustedes no sean como esas cosas!

Comprendiendo que tan solo ha sido otro malentendido, Alkar baja al enano, quien, dolorido, levanta su mano recitando un conjuro. Primero sana sus heridas. Después, las de Tolker y Silxirr. Esto no basta, sin embargo, para deshacer la ofensa.

—Por favor, ayúdenme, de verdad necesito su ayuda, mi pueblo les dará lo que sea a cambio —insiste el hombre pequeño.

La Lámpara Trampera cesa en su hostilidad, pero el Olvidado no lo hace, dando unos pasos con actitud amenazante hacía el enano. Silxirr lo detiene, agarrándolo por las cuerdas que sostienen su hombrera. El Sol Sonriente se arrodilla ante el pequeño, con una cara de preocupación.

—¿Dónde está tu pueblo, hermano?

El enano hace un gesto, invitando a que lo sigan, y se encamina hacia lo más profundo del bosque. El grupo le sigue el paso, manteniendo armas alzadas por si se tratase de una trampa. Tras una larga caminata, por fin llegan al pueblo. Los terrenos de aquel lugar no son extensos, y la mayoría de sus habitantes parecen pobres y enfermos. Las casas están destruidas y múltiples cadáveres de enanos de todos los géneros y edades se amontonan por el suelo.

—¡He traído a personas que nos ayudarán contra los monstruos! —grita con emoción el hechicero enano.

Al escuchar el grito, los supervivientes del pueblo empiezan a salir de sus hogares, observando al grupo variopinto que el pequeño trae. Al principio, parecen tenerles miedo. Pero, al cabo de un rato, la curiosidad vence al miedo, y varios se acercan para ver quiénes son aquellos que han acudido a su aldea. Alkar se arrodilla ante los enanos supervivientes.

—Hermanos, ¿Qué clase de criaturas les ha hecho esto?

Una mujer enana se aproxima, tomando la iniciativa.

—Lagartijas gigantes, personas como ustedes, criaturas que ni siquiera podríamos describir, incluso traidores, pero por encima de todos ellos está… está… Oh, Týr… —la mujer rompe a llorar— ¡Ese horrible monstruo!

—Hermana, no llores por favor, nosotros estamos aquí para ayudaros. Solo dinos, ¿Quién es ese monstruo? —Alkar, extiende su mano para alcanzar el rostro de la enana y secarle las lágrimas.

Por su parte, Tolker observa el caos que les rodea. La situación lo hace sentir un vacío que no ha experimentado en mucho tiempo. Ya se creía incapaz de sentir algo por nadie que no fuese Renalcia, ni siquiera por sus compañeros; sin embargo, al ver tal estado de miseria, tantos muertos y heridos inocentes, por primera vez en mucho tiempo siente tristeza. Sin embargo, es arrancado de sus pensamientos por algo que comienza a tirar de su pantalón. Al mirar abajo, se topa con un enano, que lleva de la mano a un niño tuerto.

—Por favor, señor alto, ayúdenos. Mi hija y muchos otros tantos niños han sido atrapados por esos malditos. Por favor, se lo suplico, ayúdenos y rescátelos, se lo suplico, señor alto…

El Olvidado los observa. El rostro del hombrecillo exhibe una expresión del más puro y horrible de los sufrimientos, con ojos enrojecidos de tanto llorar y nuevamente al borde de las lágrimas. Su infelicidad es tan manifiesta que resulta contagiosa. Tolker observa al único ojo del niño que lo acompaña; dolor, el niño solo expresa dolor, como si toda la inocencia que tuviese hubiera desaparecido, como si toda la felicidad que alguna vez pudo experimentar se hubiera desvanecido, como si el Infierno se lo hubiera arrebatado todo, dejándolo como un cascarón vacío.

Tolker se ve desbordado. Su pecho alberga un sentimiento de pena y melancolía imposibles, algo que nunca ha experimentado por nada ni por nadie. Pero todos esos sentimientos empiezan a desaparecer, dando paso a una rabia incontenible. Todos aquellos que sufrieron, todos aquellos que tuvieron miedo por los monstruos, todos aquellos que siguen padeciendo y desesperando… todos y cada uno de ellos seríán vengados, a cualquier precio y sin importar la brutalidad que ello conllevase.

La mujer seca sus lágrimas, mirando a Alkar

—Era un hombre gigantesco, creo que incluso más grande que usted. Era gordo, demasiado para ser como ustedes. Tenía una boca gigantesca en su estómago, llena de dientes afilados, y que tragaba a la gente de un solo bocado, si es que tenían la suerte de no ser masticados. Siempre iba desnudo y parecía que su pene fue arrancado. Pero lo peor era lo que hacía… las horribles cosas que hacía… —la enana contiene una arcada— siempre que él y sus monstruos llegaban aquí, avisaban su llegada disparando una flecha a cualquiera que veían, gritando su nombre: Turyus, el Eunuco. Empezaban a destruir todo, matando y secuestrando a tantos de los nuestros como podían.

Aterrado por las descripciones, un niño trata de regresar junto a su madre, pero una repentina flecha cae sobre su cuello, clavando su cuerpo contra el suelo.

—¡Turyus, el Eunuco ha llegado! ¡Turyus, el Eunuco ha llegado a traer sufrimiento! —se escucha en la distancia, recitado por un coro cientos de voces proveniente del bosque.

Los enanos corren tan rápido como pueden hacía sus viviendas, o hacia cualquier escombro que pueda servirles con el refugio, dejando en manos del grupo la misión de proteger el pueblo. Un hombre sale de entre la espesura, cargando rápidamente contra de Tolker, como si fuese un animal salvaje. El Olvidado no tarda en reaccionar, golpeando la cabeza del hombre y partiéndola. Silxirr percibe algo más saliendo del bosque, apuntando y disparando su ballesta. La conmoción hace emerger a otro hombre, que lleva una cara despellejada y aún ensangrentada a modo de máscara. La repulsión hace que la Lámpara Trampera se estremezca.

Mientras todo esto ocurre, el niño enano yace en el suelo, desangrándose lentamente. Comienza a llorar, y sus lágrimas hablan sin palabras: suplican por su vida, claman que no quiere morir ahí, que no quiere dejar a su madre sumida en una tristeza eterna.

El hechicero enano, desesperado, intenta salvarlo. Busca con manos temblorosas algo que pueda ayudar, pero no tiene nada. La impotencia se apodera de él, y empieza a darlo por perdido.

Entonces, una luz amarilla comienza a brillar sobre el proyectil. La flecha, clavada en el cuello del niño, empieza a salir lentamente, mientras la herida se cierra por sí sola, sin dejar rastro de desgarro ni corte. El niño se incorpora, completamente curado. Con los ojos aún brillantes por las lágrimas, mira a su mayor.
—¡Gracias señor Fersir! ¡Muchísimas gracias! —dice el niño, con lágrimas de alegría en sus ojos, para luego darle un abrazo al enano.

—Pero yo no hice eso —replica el hechicero enano.

—Ve a casa, hijo. Nosotros nos encargamos —proclama el Sol Sonriente, avanzando al frente de la batalla.

Otros hombres y criaturas se dirigen directamente a por el grupo, con sonrisas maniacas plasmadas en unos rostros enfermos y despiadados. Avanzan, hasta que un fulgor llega a sus ojos, cegándolos y aturdiéndolos por un rato. Varias ramas crecen, atrapando a unos y empalando a otros; era obra del enano, Fersir, el Mago Gris. Pero la batalla acaba de comenzar: innumerables adversarios siguen abriéndose paso en medio de la espesura, como depredadores que le han echado el ojo a su presa.

Un pelotón de kobolds se lanza contra Tolker, pero este los biseca de un espadazo y, acto seguido, corre directamente hacia la multitud. La Lámpara Trampera dispara su ballesta y contra cabezas y torsos, mientras Fersir conjura una bola de llamas que abrasa a tres enanos traidores, dando un castigo, o tal vez liberación, a aquellos vendieron su alma por supervivencia.

Alkar camina al frente, golpeando y pateando a todos los monstruos que se interponen en su camino, pero se ve interrumpido por una vibración en de tierra. Todo el grupo se percata de esto, y también lo hacen los enfebrecidos invasores, que comienzan a aullar y reír febrilmente, anticipando la llegada de aquel que maleó sus perturbadas psiques. Una aciaga figura se abre paso entre los árboles, sus pisadas se sienten por todo el lugar, su hedor hace vomitar hasta a los estómagos más duros. La descripción que la enana hizo de él no alcanzaba a hacer justicia a aquel ser inmundo: Turyus, el Eunuco, hace acto de presencia.

—Mirad que hay aquí, mascotas mías. Comida y diversión asegurada —dice el Eunuco, refiriéndose al grupo y mirando a Silxirr con una particular lascivia.

El Sol Sonriente observa con repulsión a la criatura que tiene en frente, sabe lo que hizo, sabe lo que quiere, y sabe que, mientras ese ser siga vivo, sus atrocidades no cesarán. Alkar junta sus manos y, al separarlas, materializan entre ellas una espada con la que procede a apuntar a Turyus.

—No dejaré rastro de ti en este, ni en ningún otro plano.

—Me gusta tu actitud, basura dorada, me gusta tu actitud. ¿Qué tal si también me llevo a estas criaturitas conmigo? —responde Turyus, abriendo la boca de su estómago y revelando en su interior a varios niños enanos, desnudos y aprisionados por una maraña de tentáculos que recorren sus cuerpos con singular vileza.
El grupo se da cuenta de lo problemático de la situación. Esos pequeños son, en esencia, sus rehenes. Las huestes del Eunuco aprovechan la vacilación para rodearlos, mientras su líder ríe descontroladamente. Tolker mira la boca gigante de Turyus, decidido a ponerse en riesgo por salvar a los pequeños. Sabe que solo tiene una oportunidad, ya que necesita el factor sorpresa.

El Olvidado corre directamente hacia el Eunuco, levantando su escudo y plantándose frente a él. La sonrisa de su enemigo se convierte en una mezcla de diversión y sorpresa cuando Tolker salta directamente al interior de su boca. Se lleva por delante algunos de los dientes, pero esto a Turyus no parece preocuparle demasiado.

—Fue estúpido pensar que eso sería una buena idea —se mofa el Eunuco—. No teman, lo recuperaran, aunque sea para enterrarlo… ya que estoy seguro de que este cabrón se me va a indigestar. Ya os avisaré cuando vaya a cagar.

El grupo se queda perplejo, pero no les da tiempo a pensar demasiado en lo que acaba de pasar. Siguen rodeados de bestias y dementes, Alkar observa a algunos de ellos yendo hacia las derruidas casas y los improvisados refugios de los enanos. Sabiendo lo que pasaría si logran entrar, el Sol Sonriente se abalanza sobre ellos, aprovechando su superioridad física y el implacable filo de su espada. Los pisa, los golpea e incluso los usa como proyectiles, lanzándolos a tal velocidad que el impacto los deja amorfos e irreconocibles.

Las huestes de Turyus concentran su atención en Alkar, que sigue adelante sin titubear, aunque se esté conteniendo en sobremanera. Teme desatar su poder, ya que eso traería consigo bajas civiles. Pero, al contenerse, no puede ayudar a todos al mismo tiempo, siendo una desventaja aprovechada por unos sirvientes de Turyus, que corren a algunas casas a hacer su aberrante y horrido trabajo, hasta que una luz de gran potencia los empieza a quemar hasta las cenizas, mientras se recitaban oraciones.

—¡Oh, Dios de las Lámparas! —recita Silxirr— ¡Permíteme acabar con estos seres horripilantes! ¡Permíteme purgar su putrefacción de este mundo y dar paz a las víctimas que dejaron en su perverso camino! ¡Oh, Dios de las Lámparas! ¡Ilumina la oscuridad, y cercena los hilos de su impureza! ¡Oh, Dios de las Lámparas…!
Sin embargo, es incapaz de concluir su encantamiento. Una fatal distracción permite que Turyus la alcance, sujetándola firmemente y alzándola en el aire.

—Bonito discurso, tu boquita es buena para eso. Pero, ¿sabes qué? Quiero ver en que más sabes hacer con ella.

Una lengua o tentáculo emerge de la boca de Turyus, cerniéndose sobre Silxirr. Pero, una bola de fuego, dirigida al costado del monstruo interrumpe la acción. Fersir suspira de alivio, dándose cuenta de que ha llegado a tiempo.

—¡Basura insolente! —ruge el eunuco— ¿¡No podías haberte largado de aquí!?

—¡No mientras sigas con vida! —replica Fersir, sacando una página de su túnica— ¡Suéltala y lárgate de aquí, o conjuro lo que hay en esta página!
Turyus observa la página que tiene Fersir en la mano, notando su material y algo de su tinta, para luego soltar una carcajada.

—Mago con cara empolvada, no creo que eso sea una buena idea para tus ojos, y tampoco creo que tan siquiera puedas leerlo.

—¡Lo conjuraré! ¡Lo conjuraré, no me importa perder los ojos!

El Eunuco arroja a la Lámpara Trampera contra una casa, dejándola inconsciente, para luego tratar de pisar al enano como si de una hormiga se tratase. Alkar se interpone, empujando y alejando un poco al monstruo, que lo mira con desprecio.

—¿Tantas ganas tienes de salvar a esas ratas inmundas, basura dorada? ¿Quieres atacarme a mí, el gran Turyus?

En ese momento, algo se enciende en el interior de Alkar.

—No solo voy a atacarte. Primero te haré vomitar a todos los que retienes en tu interior, y luego, ¡te transformaré en una letrina! —clama el Sol Sonriente, corriendo directamente a por el Eunuco.

Mientras tanto, Tolker se encuentra dentro de las fauces de la monstruosidad. Parece otro mundo, una caverna roja repleta de protuberancias putrefactas, sangre y líquidos de todo tipo, todo acompañado por un hedor insufrible. Incluso a través de la armadura de sus pies, puede sentir el desagradable tacto de la carne siendo pisada. Se escucha un sollozar, un llanto tenue y lleno de dolor. Es una niña enana, cuyo cuerpo es aprisionado y maltratado por los tentáculos. El Olvidado se acerca, mirando de reojo a la pequeña.

—Duele… duele… —murmura.

Tolker ve las lágrimas de la niña, incapaz de comprender cómo puede permitir el mundo algo como aquello, como puede estar semejante sufrimiento reservado a alguien que jamás hizo nada para merecerlo. El Olvidado pasa su mano por la cara de la pequeña, tratando de calmarla, pero sin saber muy bien cómo hacerlo. De pronto, todo se sacude.

Y es que, en el exterior, el combate continúa. Turyus al encuentro de Alkar y se sumen en un forcejeo, Alkar logra hacerse con la ventaja y derriba a Turyus, sacudiendo también la cavidad de sus entrañas.

Tolker vuelve a mirar a la niña, esta vez desenvainando su espada, y empezando a cortar lo que la mantenía atrapada, librándola de ese despiadado maltrato. Mientras tanto, el Eunuco lanza un escupitajo a la cara del Sol Sonriente, intentando quemarlo con su baba ácida, pero Alkar ignora el daño y, tras cegar a Turyus con un destello, le propina un puñetazo en la cara, haciéndolo retroceder aún más. Cada golpe resuena en todo el estómago del monstruo, dificultando caminar o, tan siquiera, estar parado.

—Aún… aún me duele… —dice la pequeña, aferrándose a la espalda de Tolker.

El Olvidado ve incluso más niños en la distancia, recibiendo la misma tortura horrible que la pequeña. Esto le asquea aún más, pero sabe que no debe quedarse ahí, tiene que salvarlos. Otro golpe más se escucha en el exterior, todo comienza a temblar. Parece que, de alguna forma, aquel lugar se va a desmoronar sobre Tolker y los pequeños.

Alkar pelea arduamente con Turyus, intentando no dar ningún golpe al estómago de este, y alejándolo aún más del pueblo, evitando así que la horrible criatura haga más daño. El Eunuco se lanza en contra del Sol Sonriente, pero este extiende sus brazos y, aplaudiendo sobre la cabeza del monstruo, logra abrir una pequeña brecha a la altura de la frente.

Con un singular gesto, Alkar apunta su mano hacía la frente del obeso, que ya sangra por todos sus orificios faciales. Este trata de recuperar la iniciativa, pero sus movimientos se han vuelto torpes.

—¿Qué me has hecho? —ruge Turyus— ¡¡¿Qué me has hecho?!!

—No creo que tengas conocimiento de esto, o ni tan siquiera una idea de lo que te pasa, pero te lo puedo resumir: Tu cerebro está conmocionado; es por ello que sientes mareos y nauseas. Tu cuerpo no podrá aguantar nada de esto y, en algún momento, vomitarás.

Turyus en ese instante empieza a sufrir, pues sus oídos están sumbando de una manera tal que le duelen, y con cada sonido que hay, sufre aún más. Intentando calmar su rabia y dolor, se pone en posición directa contra Alkar.

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡¡¡Cállate!!!

La bestia corre directamente hacia Alkar. este, parándolo en seco con un ágil movimiento, acaba por atravesarle el torso con el brazo.

—El horripilante sabor de tu propio brebaje recorre tu asquerosa garganta, ¿No te gusta, desperdicio? —le susurra al oído el gigante dorado, antes de arrancarle las costillas.

El Eunuco retrocede, dolorido y aferrándose a la vida, pero Alkar de inmediato lo toma desprevenido, metiendo todo su brazo en la gran boca del estómago de la bestia. Usando como cuchillo la costilla arrancada, desgarra sus entrañas. Cada golpe provoca un temblor aún más grande, más fuerte, su estómago parece al borde del colapso. Tolker sigue liberando a los niños, aunque, al cargar con ellos, su peso comienza a fatigar al Olvidado. Este trata de ignorarlo, no cejando en su empeño. Tras tomar a los últimos pequeños y sintiendo sus rodillas al borde del colapso, comienza a buscar a duras penas la salida.

Turyus, dañado y desesperado, vuelve a mirar a Alkar. Los ojos del eunuco están inyectados en sangre, la grieta en su cabeza sangra a borbotones, sus oídos chirrían y ya solo pensar le hace sufrir. En un último esfuerzo por acabar con su oponente, carga descontroladamente contra el Sol Sonriente. Tan solo un puñetazo del gigante basta ahora para mandarlo a volar. Las náuseas son ya insufribles y, con la caída, acaba por vomitarlo todo. Tolker sale de ahí, cubierto de bilis y hiel, cargando con todos los niños enanos que rescató del estómago del monstruo.

Cuando todos los pequeños se desprenden del Olvidado, miran a sus dos salvadores y lloran de felicidad, conscientes de haberse librado de esas horribles fauces. El Eunuco intenta levantarse de nuevo, pero Alkar lo patea, evitando que se ponga de pie.

—Los cuervos recordarán esto, basura dorada —dice Turyus, antes de que Alkar se arrodille ante él—. ¿Qué? ¿Ahora vas a cerrarme los ojos por un poco de compasión?

—Te dije que te volvería un inodoro, basura infecta —proclama el Sol Sonriente, clavando sus dedos en los ojos del Eunuco y destrozando con ellos su cerebro.
Una de las mujeres enanas sale de su casa, viendo la masacre que ocurrió en el lugar y a Fersir tratando de curar las heridas de Silxirr.

—Mago Gris, ¿Dónde están los otros dos hombres grandes? —pregunta la mujer.

—Alejaron al monstruo. No sé cómo están ahora, solo espero que lo hayan logrado matar.

Del bosque emerge una luz dorada. La mujer no puede creer lo que está viendo, pues Alkar y Tolker llegan, cargando a varios de los niños de la aldea de enanos. Entre ellos, observa a una pequeña niña que viaja en los brazos del Olvidado.

—¿Hija…? ¡Mi niña! —grita la mujer con lágrimas en los ojos, al ver a su pequeña.

—¡Mami! —responde la pequeña, bajándose de los brazos de Tolker, y corriendo a los brazos de la mujer.

Y, al son de los gritos de alegría de ese reencuentro, varios enanos salen a ver a todos los niños que se perdieron en las invasiones. Cada abrazo, cada reencuentro, cada sonrisa… sin duda, todo había valido la pena. Tolker está agotado, parece que va a desmayarse; pero, el mismo enano que al comienzo le imploró ayuda, ahora le sostiene de la mano con una alegría infinita.

—¡Gracias, señor alto! ¡Muchas, muchas, muchas, gracias!

El niño pequeño de un solo ojo también procede a abrazar a Tolker, junto a su hermana. En este instante, el Olvidado siente algo que no había experimentado desde que Renalcia fue apartada de su lado: alegría. Una sonrisa se dibuja en su rostro, cubierto por su casco. Sin embargo, la alegría se desmoronó al son de la agónica tos de uno de los enanos heridos. Se había recuperado a los niños, pero no la salud.

—Perdimos a tantos médicos, a tantos magos… perdimos tantos de los recursos que nos daban una forma de vivir. No creo que podamos salir ya adelante —gime una de las enanas, dirigiendo una furtiva mirada a los moribundos.

Alkar observa esta situación, sintiéndose contagiado por el dolor de esta gente, por todo lo que han tenido que perder, y por como estos iban a terminar. Al son de todo esto, el Sol Sonriente alza sus manos, que empiezan a brillar.

—No más muerte. Ya he visto suficientes veces esto, lo he sentido hasta en el fondo de mis huesos, y no dejaré que nada como eso le pase a nadie más. No dejaré que pasen por este infierno. No más muerte.

Surge un destello, acompañado por miles de plantas e insectos. Los enanos y el grupo en sí empiezan a notar un cambio: sus heridas y enfermedades desaparecen, sus sufrimientos cesan y su paz renace.

—No sabemos cómo agradecerle, señor gigante. De verdad, usted es una bendición, ni siquiera entendemos cómo es que puede usted hacer todo esto.
Alkar hace un gesto, indicando que lo sigan hacia el cadáver de Turyus.

—Podéis profanarlo y masacrarlo tanto como queráis, hasta que sintáis que todo el daño que os ha hecho haya regresado a él. ¿Veis sus ojos? Tal como prometí, podéis usarlos como letrina.—proclama el Sol Sonriente, caminando de nuevo hacia el pueblo para recoger a sus compañeros.

Cuando el grupo ya está a punto de a irse, es interceptado por el Mago Gris.

—¡Oigan! Mi pueblo necesita ayuda y no creo que yo solo pueda protegerlo, por favor, ¡quédense un rato más!

Alkar mira a Tolker, creyendo que éste va a marcharse de inmediato; pero antes de que siquiera pase por su mente, El Olvidado cae al suelo, porque aún se siente agotado. Al despertar unas horas después, nota que está dentro de lo que parece una tienda para dormir: la cabeza apoyada en un colchón pequeño que parece más bien una almohada, y a unos centímetros duerme Silxirr. Tolker sale de la tienda y vuelve a encontrarse en la aldea enana; sin embargo, en lugar de las vistas lúgubres y horripilantes, ve a los enanos que han quedado, recogiendo los cadáveres de amigos, familiares y seres queridos, y dándoles un entierro digno.

—Logramos darles un momento de tranquilidad —dice Alkar.

Éste mira a la gente del lugar con una expresión que resulta casi imposible para los ojos ajenos: una pequeña sonrisa. ¿De qué es? ¿Felicidad? ¿Orgullo? ¿Paz? No importa: aquel pueblo por fin deja de estar aterrado por las bestias que lo invaden.

—Hermoso, ¿no lo crees?

—Sí… —responde Tolker, observando a lo lejos, antes de que se oiga un grito dentro de la tienda.

Los dos miran y ven que Silxirr y Fersir están despiertos y se pelean entre sí.

—¡Maldito, casi me matas! —exclama la Lámpara Trampera, apartándose del enano.

—¡No sabía que estabas ahí! ¡Siempre me despertáis así! —responde el Mago Gris.

—¡Tú decidiste dormirte a mi lado, deberías saberlo! —replica Silxirr.

Tolker se limita a entrar para recoger su casco, mientras Alkar contempla la riña; entonces mira hacia afuera y advierte un cuervo en lo alto de un árbol, que los observa con atención. Tolker lo mira fijamente y piensa que tal vez, sólo tal vez, no es más que un cuervo cualquiera.

En otro lugar de este oscuro mundo se oyen miles de pasos al unísono: armaduras que crujen sin cesar, espadas y lanzas que se afilan, monstruos equipando sus cuerpos con placas metálicas. Una figura esbelta y blanca se desliza entre cada soldado, aguzando lo que parecen garras. Todos se detienen al oír el andar de una figura encapuchada, que sostiene una mandíbula metálica en la única mano que asoma desde su túnica. Se acerca a la posición en que se encuentran un monstruo negro y un pequeño, que lo mira con cierto desdén.

—Esta vez no nos falles, Kamog. Cuando ataquemos, no quiero verte cerca de mí ni de ninguno de tus superiores, ¿me entiendes? —dice la figura, encajando la mandíbula en el rostro hueco del Orco Oscuro.

El orco la mueve, probando si funciona, y luego esboza una sonrisa macabra que hiela incluso a los huesos más fuertes.

—Y recuerda: cuando te encuentres con ese guerrero olvidado que porta un filo de lanza en su casco, búrlate ante él de la perra con la que yaces —ordena la presencia encapuchada, mientras se aleja junto a la figura blanca—. Asegúrate de que le duela.

Pero Kamog ya no les presta atención. Tan solo piensa en cuánto tardará en acostarse con esa morena, imaginando el rostro que pondrá cuando pueda contarle cómo acabó con su amada.

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License