El Que Invoca Se Equivoca

Es increíble lo caro que está el ojo de nutria. Por no hablar del higadillo de rata. ¡Ni que las alimentasen con caviar! Ya podría existir una receta que no llevase tanta casquería, pero me temo que, cuando se inventaron las artes oscuras, no había nigromantes veganos.

En fin, todo sea por lograr una invocación decente.

Solo me queda añadir el extracto de almas. Espero que sea suficiente con la masa que han elaborado mis ayudantes a partir de los carnets de afiliados del partido y orujo casero. Lo primero es la fiel representación de cómo unos desconocidos son capaces de regalarte su confianza y apoyo a cambio de una bandera de España pegada a un palo y un bocadillo de jamón. Lo segundo es lo único que tenía en casa para que macere.

Al final ha salido una cantidad decente. Menos mal que ignoré a López y deseché el caldero de hierro. Habría estado horas removiendo con el cucharón. En su lugar, el único esfuerzo por mi parte ha sido programar la velocidad de la cuchara de la Thermomix.

Mierda, ya me he manchado de sangre de rata el traje nuevo. Incluso creo que ha caído alguna gota en el pin con la bandera de España que me regaló el secretario general del partido. Las ratas deben atraerse.

Busco alrededor del robot de cocina. ¿Dónde he puesto el dichoso tapón transparente? Debí hacer caso a mi mujer y ponerme el delantal de casa, pero me entran los siete males solo de imaginar que algún progre perturbado pueda sacarme una foto y colgarla en Internet por llevar un delantal que diga «Las salchichas mejor gordas».

Creo que así es suficiente. Hay que ver la pinta tan asquerosa que tiene esto. Por suerte, no hay que beberlo, sino recitar unas palabras dentro del círculo de velas. De lo contrario me sé de dos ayudantes que iban a estar tragando mejunje hasta que no quedase ni una gota.

Miro a mi alrededor preguntándome dónde habré dejado el dichoso libro de hechizos. Juraría que lo había colocado encima de la mesa de la cocina. Menos mal que encargué a esos idiotas de Gómez y López que escribiesen una copia más manejable. No me extraña que solo quedase un ejemplar del Necronomicón. A ver quien narices iba a salvar un libro de medio metro de ancho y unos diez kilos de peso. Está como para echárselo bajo el brazo cuando te asaltan el castillo. Este ejemplar es mucho más manejable, aunque los merluzos de mis ayudantes hayan utilizado para la transcripción una libreta con una cubierta de unicornios. Que poco sentido de la teatralidad tienen.

Encuentro la libreta y el encendedor bajo una bolsa de limones que trajo ayer mi cuñado. Una docena de velas para delimitar el círculo de invocación. Tengo que reconocer que me gusta el detalle que ha tenido Gómez de comprar las velas rojas y amarillas para formar la bandera patria. Va a saber ese Cthulhu lo que es un español hecho y derecho.

Pruebo varias veces sin éxito a girar la piedra del mechero. Made in China tenía que ser, aunque admito que el toro de Osborne les ha quedado muy pintón con el traje de luces. Tras unos cuantos intentos y otros tantos comentarios racistas sobre cierto país asiático, consigo que todas las velas ardan a la vez.

Empieza lo importante.

Paso las hojas de la libreta hasta dar con el hechizo traducido por una I.A. a algo que pueda pronunciar sin necesidad de cortarme la lengua, tal y como sugería el prólogo del libro. Lo leo mentalmente varias veces y cojo aire cuando creo que estoy preparado.

Decían que estaba acabado, que el escándalo del tráfico de influencias y el desfalco había acabado con mi carrera política. No tienen ni idea de con quien están tratando. Yo siempre salgo a flote por muy jodida que se presente la situación. Incluso saco beneficio, aunque para ello necesite vender a mi propia madre.

La primera palabra de la invocación se me atraganta como bola de pelo en gato. El resto sale del tirón, casi sin leerlo. Una voz que no es la mía se encarga de rellenar las partes que no sé pronunciar. La lengua me duele por el contorsionismo al que la someto, los labios se agrietan y la garganta se me seca, pero soy incapaz de parar. El conjuro continúa y, a cada palabra, noto cómo se me cierra el esófago, cómo aprieto los dedos de las manos hasta que los nudillos adquieren el mismo blanco que mis ojos, ahora casi vueltos hacia atrás. Me invade un olor a muerte y escucho mi piel agrietarse con los efluvios del contenido del recipiente Varoma, que ha empezado a hervir aun con la máquina apagada. Mis músculos se tensan y apuesto conmigo mismo cuál de ellos va a desgarrarse primero.

De pronto, todo acaba. Trago una bocanada de aire con un silbido y abro los ojos, mientras un escalofrío me recorre el cuello, anticipando el horror cósmico al que voy a enfrentarme.

El primer pensamiento es fulminante. Menuda birria de bicho. ¿Esta es la deidad a la que todo el mundo teme? ¿Ante la que el universo debe postrarse? No puede ser, algo tiene que estar mal. Tomo la libreta de unicornios y repaso de nuevo, hoja por hoja, hasta detenerme en el listado de ingredientes. Señalo con el dedo la que creo que es la línea causante de mi error. Estoy convencido de que las quince almas y media que se necesitaban según Gómez, eran, en realidad, quince mil quinientas. No tiene ningún sentido que el autor añadiese un punto para separar los decimales. Nadie usa «cero coma cinco almas» para una invocación.

Miro al ente con la decepción arrugándome el entrecejo. Parece un Funko Bitty Pop de los que colecciona mi sobrino. Más que caer en un pozo de agonía por culpa del horror inabarcable que provoca, dan ganas de coserle un trajecito a medida y darle achuchones.

Creo que quiere comunicarse, esa manera de agitar los tentáculos tiene que significar algo. Acerco el cucharón a la Thermomix y lo rescato como si fuese una patata cocida. El bicho sigue agitándose y un zumbido sale de su boca. Su color cambia del verde, propio del musgo macilento, a un tono más rojizo, como si se estuviese oxidando. Lo llamaré «Cthulhin colorado».

Me descojono en su cara de mi propia ocurrencia y el bicho se enfurece aún más. De pronto, salta del cucharón y empieza a subir por mi brazo. Cada contacto de sus minúsculas patas a través de la ropa es una tenaza cerrándose sobre mi piel. Intento atraparlo como quien intenta cazar una mosca al vuelo y obtengo el mismo resultado nefasto. Previendo su trayectoria, doy un manotazo en mi hombro izquierdo, con tan mala suerte que el pequeño dios primigenio salta un instante antes al bolsillo de mi chaqueta. Mucho poder divino, pero poca sesera. No tiene escapatoria.

Estiro el bolsillo e intento adivinar sus intenciones antes de meter la mano para atraparlo. Justo en ese instante salta del interior. Solo me da tiempo a ver un destello dorado. ¿Qué narices ha sido eso? Haciendo uso de sus tentáculos, observo boquiabierto como efectúa una aeróbica pirueta en la que acaba enganchado del pin con la bandera de España que luzco en la solapa. Es en ese momento cuando entiendo que el objeto dorado es la tuerca que lo mantenía unido al traje.

De un tirón, el escurridizo ser saca el pin y trepa por la corbata hasta mi hombro derecho, ayudándose de la pendiente que le proporciona mi barriga. Por el camino, esquiva mis manos varias veces. Giro la cabeza para enfrentarme a su mirada. Unos ojos diminutos como lentejas, pero con la profundidad de un agujero negro, me observan, me absorben. No pestañean y me percato de que yo tampoco, que ni siquiera respiro. El tiempo se detiene mientras contemplo la maldad del universo concentrada en un dedal.

El ser alza el pin por encima de su cabeza sin mudar su expresión y, con la rapidez de un latigazo, me clava la púa. El dolor me saca del trance y, por instinto, suelto un manotazo hacia el origen del daño. Cuando retiro la mano ya no hay nada. Solo un eco doloroso y el calor propio de un pequeño hilo de sangre que brota de la herida. A un par de palmos de donde se encontraba, distingo al insidioso ser instantes antes de que vuelva a apuñalarme. Otro grito y otro manotazo. Y otra vez que se me escurre entre los dedos. La maniobra se repite hasta que noto la camisa empapada en sudor y sangre y el cuerpo dolorido.

Con un grito de rabia que sale de lo más hondo de mi pecho, logro capturar a la endiablada deidad cuando descendía por mi muslo. La aprieto con fuerza, para impedir que vuelva a escabullirse, sin importarme que me esté clavando el pin en la palma de la mano o la desagradable sensación producida por el deslizamiento de su escamoso cuerpo intentando liberarse.

Decido que la invocación ha llegado a su fin.

Levanto la mano hasta que nuestras miradas vuelven a cruzarse. Solo asoma de mi puño su minúscula cabeza y alguno de los tentáculos que, como babosas, reptan por mi piel impregnándola de un líquido amarillento.

Por mucho que necesite de su ayuda divina para volver a tomar las riendas de mi partido y el puesto de poder que me corresponde, no pienso tolerar que se subleve. Los seres invocados existen para ser sometidos, no libres. Y si tengo que conjurarlo cien veces y destruirlo otras cien para que reconozca mi dominio sobre él, que así sea.

Cthulhu parece entrever mis intenciones mientras sus tentáculos siguen palpando mi dedo índice hasta que deciden detenerse en un lugar concreto. Es entonces cuando la bestia abre sus fauces y las entierra en mi piel.

Siento como si una veintena de alfileres se hundieran a la vez y un nuevo grito escapa de mi garganta sin que pueda impedirlo. Solo el miedo a ser masacrado a base de minúsculas puñaladas mantiene mi mano férreamente apretada para impedir que escape. Las lágrimas resbalan por mis mejillas y se mezclan con el sudor que se cuela en la papada. Caigo hacia atrás esperando encontrar el abrazo de una silla plegable y es entonces cuando todo a mi alrededor cambia.

Una ciudad de piedra y formas imposibles se extienden ante mis ojos. Donde antes estaba la mesa de la cocina, ahora hay una cúpula cubierta de fango palpitante. El hedor a muerte y los susurros de sonidos impronunciables condensan la atmósfera volviéndola opresiva. Duele al respirarla.

Desvío la vista hacia mi mano y la deidad sigue observándome, impertérrita, con los colmillos aun anclados en mi piel y enraizados hasta mi alma.

El paisaje vibra y cambia ante mis ojos. Ahora, un Cthulhu como el subconsciente dibujaba en mis pesadillas se alza sobre una ciudad derruida. No es una ciudad cualquiera, es la ciudad en la que vivo, a la que he jurado representar. A sus pies, los cadáveres de mi familia, de mis amigos, de mis vecinos, de mis compañeros de partido se retuercen de dolor aun en la muerte.

El Cthulhu de la pesadilla y el que tengo en mi mano me observan. En sus ojos solo capto regocijo ante mi desesperación. Es entonces cuando lo comprendo y más lágrimas se amontonan en mi rostro.

Aunque lo invoque cien veces y cien veces lo destruya, aunque las invocaciones sean tan chapuceras que reduzcan su materialización en nuestro mundo a una caricatura de su auténtico ser. Pase lo que pase, tarde o temprano, él vendrá y arrasará con todo. Y con todos. Sin que nada o nadie pueda impedirlo.

Caigo al suelo de rodillas, con el ser aún en mi mano, y golpeo con mi otro puño el asiento de la silla. La agonía que rezumo por cada uno de mis poros convierte el sufrimiento físico en alivio. Mi dolor queda enmarcado por la melodía de finalización de la Thermomix. Turururú. Turururú. Parece que corease: «Ya terminé», en una muda anticipación del destino de la humanidad. No se puede someter a una entidad cósmica.

Lo miro, buscando una piedad que sé que no existe, y un destello de luz en forma de idea atraviesa la oscuridad de mis sentimientos. Tal vez, sí que pueda hacer algo. Lo que siempre hago. Sobrevivir y sacar beneficio de la situación. Aunque esta vez voy a tener que vender a bastante más gente que a mi madre.

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