El Que Rasga Los Velos

Aquel que Rasga los Velos
J. Ramsey Campbell
Ilustrado por Nicole Claveloux
He who rips the veils, © by Arkham House. Traducción de Pedro Domingo en nueva dimensión 27, Ediciones Dronte, Diciembre de 1971.

Ramsey Campbell nació en Liverpool (Gran Bretaña) en 1946. Fanático de Lovecraft desde los diez años de edad, es, quizá, el más joven de los autores fantásticos que han sido atraídos por los mitos lovecraftianos, y sus cuentos constituyen una aportación de sangre nueva a una escuela que ya comenzaba a dar señales de senilidad.

El último autobús a Brichester había partido a medianoche. Llovía torrencialmente. Kevin Gillson pensó amargamente que lo mejor sería tal vez meterse de nuevo al abrigo del cine hasta la madru¬gada, pero el viento arrastraba a la llu¬via. Descendió lentamente la colina y se cruzó con un taxi. El conductor iba a re¬tiro, pero consintió en llevarle. En el momento en que subía al vehículo, un hombre llegó corriendo.
–¡Espere! –gritó–. ¿Me permite que comparta este taxi con usted? Si no, no sé como podré volver a casa.
–¿Dónde vive? –preguntó prudente¬mente Gillson.
El hombre respondió:
–En Tudor Drive.
–Está en mi camino –respondió Gill¬son.
En el taxi, Gillson, que era poco habla¬dor, abrió un libro que había adquiri¬do por la mañana: La brujería hoy.
Con una cierta incorrección, su compa¬ñero le interrogó:
–¿Cree usted en eso?
–En cierto modo –respondió Gillson con resignación–. Pienso que han habido gentes que creían que bailar desnudos y escupir a los crucifijos les haría bien. Era más bien infantil. Todos ellos eran psicópatas.
Hubo un silencio. Después, el hombre dijo:
–Pero, ¿sabe usted lo que había tras aquel culto de los brujos?
–¿Qué quiere usted decir? –preguntó Gillson.
–¿Ha oído hablar usted de los verda¬deros cultos? –prosiguió la voz–. No los servidores medievales de Satán, sino aque¬llos que adoran a los dioses que existen.
–Eso depende de lo que usted quiera dar a entender por «los dioses que exis¬ten» –respondió Gillson.
El hombre no pareció oír su observa¬ción.
–Fundaron ese culto porque buscaban algo. Quizá haya leído usted algunos de sus libros… no esos que se pueden encon¬trar en los kioscos.
–He ojeado efectivamente algunas obras en el British Museum.
–¿El Necronomicón, presumo? –dijo el otro con una voz un poco divertida–. ¿Y qué piensa usted de él?
–Me sentí bastante confundido –con¬fesó Gillson–. No lo comprendí total¬mente.
–Esto es un poco demasiado vago –di¬jo el otro–. Pero permítame que me pre¬sente. Mi nombre es Henry Fisher, y pue¬de usted llamarme «ocultista».
–Me interesa –dijo Gillson.
–¿Por qué? ¿Está buscando algo?
–Más o menos. Desde mi juventud, he estado convencido de que nada corres¬ponde a las apariencias. Si hubiera un medio de ver las cosas sin utilizar los ojos, todo sería distinto.
Fisher, con una voz donde la sorpresa se mezclaba con un cierto aire de triun¬fo, dijo:
–Es extraño que diga usted eso. Yo he tenido la misma idea durante bastante tiempo, y he hallado un medio de ver las cosas sin utilizar los ojos, pero es un me¬dio peligroso y que exige dos personas para obtener el relieve… Pero, dispense, ahí es donde he de bajar.
Habían llegado ante un inmueble.
–Aquí es donde vivo –dijo Fisher, y se dispuso a pagar el taxi.
–¡Espere un minuto! –dijo Gillson–. Su observación acerca de algunas expe¬riencias que permiten ver las cosas como son realmente… ¿es cierto?
–Cierto, pero peligroso –dijo Fisher.
–No me importa –dijo Gillson.
Y le siguió. Fisher vivía en el entresue¬lo. Un estudio moderno, con reproduccio¬nes de cuadros de Bosch, Clark Ashton Smith, y Dalí, y obras esotéricas. Y otros objetos más difíciles de definir. En el centro de la habitación, un objeto ovoide que emitía un silbido de vez en cuando. Algo extraño recubierto con una tela, sobre un pedestal, en un rincón.
–Siéntese mientras hago café –dijo Fisher–. Voy a explicárselo y, si usted me lo permite, conectaré un magnetófono.
Desapareció en la cocina y continuó ha¬blando:
–Yo era un chiquillo extraño. Preten¬día que las gárgolas de las iglesias me perseguían en sueños. Los médicos me halla¬ban mórbido. En la escuela tuve una gran idea. En la clase de física. Estudiábamos la estructura del ojo y me puse a reflexio¬nar. Me pareció que lo que veíamos a tra¬vés de un sistema tan complicado: la cór¬nea, el cristalino y los humores, debía estar ciertamente deformado. Es muy ele¬gante decir que lo que se forma en la retina es simplemente una imagen como en un telescopio hecho de materia iner¬te, pero nadie lo ha verificado y esta afir-mación no me convence. No me atreví a contárselo al profesor, que se hubiera burlado de mí. Cuando fui a la universi¬dad, me confié a un estudiante llamado Taylor. Este me hizo entrar en una secta de brujos. No sus degenerados brujos, completamente desnudos, sino aquellos que habían aprendido a entrar en comu-nión con las fuerzas primarias. Aprendí un cierto número de cosas: por ejemplo, para qué sirven las partes no utilizadas del cerebro, y lo que se halla enterrado en un cementerio no lejos de aquí… Pero la secta fue descubierta, y todos aquellos que fueron cogidos fueron expul¬sados de la universidad. Afortunadamente para mí, yo no me hallaba en aquella reunión. Hecho aún más extraordinario, uno de los estudiantes expulsados aban¬donó la brujería y me cedió todos sus li¬bros. Entre ellos había las Revelaciones de Glaaki, y es allí donde descubrí el mé¬todo que vamos a emplear.
Entonces Fisher entró en la habitación, trayendo dos tazas y una cafetera en una bandeja. Las depositó sobre la mesa, y quitó la tela que recubría el objeto situado en un rincón, sobre el pedestal.
Kevin Gillson lo miró fijamente. El ob¬jeto era tan complejo que ninguna forma familiar era reconocible en él. Había he¬misferios de brillante metal y tubos de plástico mezclándose y rematando en una masa compuesta de cilindros. Sintió que era la imagen de algo vivo. Le pareció que la cosa se había dilatado y había llenado toda la habitación. Pero, mirándola desde más cerca, había vuelto a su dimensión original.
Fisher observó:
–¿Ha notado también usted ilusiones acerca de su volumen? Esto ocurre por¬que no es más que la proyección en tres dimensiones del verdadero objeto que, en su propio sistema dimensional, no se pa¬rece a nada.
–Pero, ¿qué es? –preguntó Gillson con una cierta impaciencia.
Y Fisher respondió:
–Es una imagen de Daoloth, Aquel que Rasga los Velos.
Pasó a Gillson una taza de café, y este observó:
–Será preciso que me explique eso. Pero tengo una objeción que hacer. Si es¬ta mesa no es una superficie plana rec¬tangular, ¿cómo es posible que sea una superficie plana rectangular si la toco ce¬rrando los ojos?
–Alucinación táctil –replicó Fisher–, pero pienso que si la mente pone en mar¬cha este complicado sistema de alucina¬ciones es porque la realidad oculta es sin duda terriblemente peligrosa de per¬cibir.
–No intente causarme miedo –dijo Gillson–, porque no lo conseguirá; por el contrario, esto se hace interesante.
Fisher dijo, en un tono de disculpa:
–Es preciso que me salga un poco por la tangente. He observado que arrojaba miradas furtivas hacia esta cosa amarilla y silbante, hacia la mesa en forma de huevo, desde que ha entrado en la habitación. Usted ha oído hablar de ello en el Necronomicón: los cristalizadores de sueños. Es uno de esos objetos que, cuando uno duerme, lo traslada a las otras dimen¬siones. Yo he ido así muy lejos y hubiera querido transmitirle las sensaciones que uno siente, cuando llega a ese último espacio, a ese último continuo donde solo existe el espacio y no la materia. No me pregunte dónde he obtenido este cristali¬zador de sueños: es peligroso hablar demasiado de ello porque su guardián po¬dría ser puesto así sobre la pista. Pero sigamos… Al leer en las Revelaciones de Glaaki que mi idea podía ser eventualmente pro¬bada, busqué y hallé un medio de lle¬gar a un cierto punto; y, finalmente, me encontré entre murallas y columnas tan altas que no podía ver dónde terminaban.

»Una gran hendidura, como las causadas por los temblores de tierra, cortaba el suelo en dos. Aquella hendidura pareció de pronto agitarse ante mis ojos y algo salió de ella, el terrible original de lo que ha visto usted. Emprendí la huida y fui interceptado por un pequeño grupo de hom¬bres vestidos con ropas y capuchas de metal ligero. Llevaban pequeñas imáge¬nes de lo que había visto, y así compren¬dí que eran sus sacerdotes. Me pregunta¬ron por qué había ido a su mundo y les respondí que había ido a suplicar a Dao¬loth que rasgara los Velos por mí. Uno de ellos me dijo: «Tendrá usted necesidad de esto, es el lazo que no encontrará en su Mundo». Después, la imagen desapareció. Me desperté en mi cama, sujetando en la mano el objeto que ve usted ahí.
–Pero, ¿quién es Daoloth? –preguntó Gillson.
–Fue el dios de los astrólogos en la Atlántida. Si uno intenta mirarlo, se vuelve loco. Es preciso invocarlo en la obscuridad total, como vamos a hacer aho¬ra. En los planetas Yuggoth y Tond, sus sacerdotes lo conocen como Aquel que Rasga los Velos. No solo permite ver el pasado y el futuro, sino que permite ver las prolongaciones de los objetos en las demás dimensiones. Si tiene usted el va¬lor necesario, vamos a invocarlo.
–Lo tengo –dijo Gillson.
–Entonces, écheme una mano –dijo Fisher.
Pasó a Gillson un cierto número de ob¬jetos sacados de una vitrina, objetos de plástico que ensamblaron de modo que formara un pentágono. Dos velas negras de extraña forma, un objeto metálico re¬matado por un idolillo que no se parecía a nada, y un cráneo. El cráneo inquietó a Gillson. Mostraba dos orificios hechos pa¬ra sujetar las velas, pero, incluso tenien¬do en cuenta aquellos orificios, era visi¬ble que aquel cráneo no había sido jamás humano.
Como Fisher situara las velas en el crá¬neo, Gillson hizo una objeción:
–Creía que no debíamos tener ninguna fuente de luz en la habitación.
–Se apagarán cuando Daoloth compa¬rezca –dijo Fisher–. Pero facilitan la apertura de la puerta que separa los espa¬cios. Aparecerá en el pentágono y tomará un poco de sangre de cada uno de noso¬tros.
–¡Pero usted no me ha dicho nada de esto!
–No es grave –dijo Fisher–, no toma¬rá mucha.
Y apagó las luces. Aparte las dos velas negras, la obscuridad era total.
Fisher cantó:
–¡Ven, oh Tú que Rasgas los Velos y muestras la última realidad!
Las velas se apagaron, después brilla¬ron con una llama negra, una especie de fuego negativo. Y Fisher y Gillson su¬pieron que ya no estaban solos en la ha-bitación. Algo les tocó, algo que hacía un ruido de papel al ser frotado. La voz de Fisher sonó en las tinieblas:
–Has probado nuestra sangre y cono¬ces nuestras intenciones. Rasga los Velos, muéstranos la verdadera realidad, te lo suplicamos.
El inmueble tembló, después supieron que el ocupante del pentágono había par-tido. Fisher dijo:
–Cuando encienda la luz, veremos los objetos tal y como son. Está aún a tiem¬po de renunciar a ello: tengo aquí cinta adhesiva negra con la que puede taparse los ojos.
–No me asusta –dijo Gillson.
–Téngalo en cuenta una última vez –dijo Fisher–. Por lo que sé de la cues¬tión, las ilusiones táctiles ya no se ma¬nifiestan más para aquel que ha visto una vez. ¿Cree usted poder sobrevivir?
–¡Adelante!
–Está bien. Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡enciendo!

Un vecino histérico llamó a la Policía. Al llegar al apartamento de Tudor Drive, los policías encontraron a Kevin Gillson apuñalado y a Henry Fisher con la gar¬ganta seccionada por un fragmento de cristal. El magnetófono había continua¬do grabando y la última parte de la cinta desconcertó a la policía y a los expertos:
«Dios mío, ¿dónde estoy? ¿Y dónde está usted, Gillson? ¡Gillson, eso no puede ser usted! Mueva su brazo. Sí, pues sí, ese ser innombrable es usted. ¡No se acer¬que! ¡No me toque, le mataré si…!
Y se oían algunos sonidos inarticula¬dos. Era incomprensible el por qué aque¬llos dos hombres se habían matado mu¬tuamente; el examen de sus cuerpos no mostró ningún cambio. Una última ano¬malía: después de los gritos estrangula¬dos de las víctimas, el magnetófono ha¬bía registrado un ruido parecido al de un papel al ser frotado. Los expertos creye¬ron que se trataba de un defecto de la cinta.

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