El Que Rie

El viento arreciaba mientras cuatro hombres avanzaban por el bosque de camino a casa. De entre todos ellos, destacaba el que encabezaba la marcha, un individuo con barba, de larga cabellera castaña. Era un hombre fuerte y musculoso, que sobrepasaba los dos metros de altura. Un verdadero Titán. Y, sin embargo, no era eso lo más llamativo en él. Sobre sus hombros cargaba con el cuerpo de un tigre dientes de sable, sin heridas visibles, transportado como si de un simple tronco se tratase.

—Sigo sin saber cómo lo haces —comentó el hombre que iba por detrás y a su derecha, caracterizado por su piel pálida, pelo rubio y ojos del color del cielo— ¡lo has cazado como si fuera un conejo, partiéndole el cuello con tus propias manos!

—Lo que yo no entiendo es cómo los demás no podéis. ¡Si es muy fácil! Velocidad y precisión

—¿Has escuchado eso, Albo? —intervino el compañero de la izquierda, un hombre robusto de larga barba y cabellos cobrizos, dirigiéndose al rubio— Fácil dice. Supongo que con esos brazacos que tiene… ¡fijaos bien! Sólo uno de ellos ya es tan alto como Canto.

Todos rieron, incluido el aludido, un hombre bajo, regordete y completamente calvo.

—Cualquier canto es más duro que tu mollera, Taheño. ¡Más te vale no olvidarlo!

— ¿Buscas pelea, pequeñín? —Taheño se detuvo sonriente

Canto lo miró y alzó los puños, también radiante.

—Cuando y donde quieras.

Otra carcajada general estalló por todo el grupo.

—Ya pelearéis al llegar a la aldea, amigos —interrumpió Titám—. Todavía nos queda un buen trecho y pronto anochecerá. Hasta puede que os otorgue el honor de pelear contra mí.

—¿Honor? —Taheño abrió los ojos de par en par, pretendiendo indignación— Si participas tú ya no tiene gracia. ¡Nos ganas a todos fijo!

De nuevo, las risas de los amigos se oyeron por todo el bosque, mientras continuaban su camino a casa. Tardaron unas pocas horas en llegar, pero, cuando lo hicieron, fueron recibidos con vítores y alabanzas. Atravesaron la aldea, conformada por chozas de madera, hasta llegar a la del fondo, la más grande. En ella, un hombre corpulento y avejentado los esperaba con evidente orgullo. Era el jefe de la tribu, además de…

—¡Titán, hijo mío! —exclamó radiante— De nuevo enorgulleces a nuestros ancestros con tu talento para la caza.

Titán le agradeció a su padre por sus palabras. Este había recibido su nombre, «Airado», al cumplir su mayoría de edad, tal como sucedía con todos los miembros de la tribu. Era un nombre que venía de que, en su juventud, siempre había sido malhumorado y temperamental. Todos recibían el nombre debido a alguna característica predominante de su físico o personalidad. Sin embargo, el del jefe perdía sentido cada vez que veía a su hijo, al que siempre había adorado. Desde antes incluso de que empezara a traer gloria a su linaje y a su tribu.

El tigre dientes de sable era la pieza más valorada por la tribu. Su carne sería el plato principal de los festejos del solsticio de invierno, en el que daban las gracias a los Espíritus por las cosechas y hacían ofrendas para que les ayudaran a sobrevivir en la mitad oscura del año. Eso decía siempre la chamana, pero la verdad es que Titán nunca había creído demasiado en esas cosas.

Cuando el sol se puso, comenzaron los festejos. Danzas, cánticos y rituales a la luz de una hoguera se sucedieron bajo el abrigo de la noche. Titán bebía ya su tercer cuerno de licor cuando ocurrió. Una risa estridente y tétrica rompió la alegría de los festejos y amortiguó todo otro sonido en la aldea. Titán buscó con los ojos el origen de esas carcajadas hasta que halló la solitaria figura de un hombre. Era alto y enjuto, cubierto por una túnica con capa de piel negra. Pero su rasgo más marcado era su siniestra sonrisa. El jefe Airado se quedó mudo, pero su sorpresa rápidamente dio paso al rubor de la ira.

—¡Tú! —bramó, más iracundo de lo que cualquiera lo había visto nunca— ¿Cómo te atreves a volver aquí? ¡Te desterré! ¡Y en el solsticio de invierno nada menos! Insultas a toda la tribu con tu sola presencia. Y lo que es peor: ¡insultas a los espíritus!

Aquel hombre extraño lo miró con fingida lástima, como si la estupidez de su interlocutor lo conmoviera. Su sonrisa se ensanchó aún más, aunque cualquiera hubiera pensado que eso era imposible.

—Me importa muy poco cómo puedan sentirse tus espíritus inventados, hermano.

—¿Cómo te atreves a llamarme así! Yo no tengo ningún hermano. ¡No desde el día en que asesinaste a nuestra madre!

«¡Claro!» pensó Titán. Ya sabía quién era aquel extraño hombre. Ese hombre debía ser «El Que Ríe». Su madre le había hablado de él cuando Titán era niño, antes de que las fiebres se la llevaran. Por lo visto, Airado había tenido un hermano al principio de su vida. Aquel hermano había mostrado ciertas dotes espirituales, así que la chamana lo había instruido para convertirlo en su sucesor. Sin embargo, en algún momento, su tío se descarrió y entró en contacto con «espíritus malignos». Fue entonces cuando esa sonrisa apareció en su rostro y la vergüenza empezó a cernirse sobre la tribu. Comenzó a practicar la herejía y pronto, a cometer auténticos crímenes. El horror alcanzó su punto álgido cuando Airado encontró a su hermano realizando un ritual impío en el que había sacrificado a su propia madre, la abuela de Titán, a esos espíritus perniciosos que le habían devorado el seso. En aquel momento, Airado ya era el jefe de la tribu y, llegados a ese extremo, tuvo que expulsarlo de la tribu, so pena de muerte si se atrevía a volver.

El Que Ríe estalló en carcajadas mientras salía de la aldea. Para no regresar… o eso pensaban. Titán recordó haberle preguntado a su madre por qué padre no lo mató:

—Ese hombre mató a su madre, la madre de ambos. ¿Cómo pudo padre sólo expulsarle?

Su madre le respondió que, tras la muerte de su madre, El Que Ríe se había convertido en la única familia que le quedaba y que, probablemente, no tuvo fuerzas para acabar con su vida, a pesar de todo lo sucedido.

Titán regresó como pudo al presente, aun embriagado por la bebida. Su padre y su tío seguían enfrentados el uno al otro. Su padre estaba cada vez más furioso y su tío cada vez más eufórico.

—¿A qué has venido aquí, alimaña inmunda? ¿Te has cansado de vivir?

—Pues… —El Que Ríe hizo un ademán, como si tuviera que pensarlo— creo que venía a apoderarme de esta tribu, hermano

La cara de Airado se contorsionó aun más. Estaba levantándose, rojo de ira y dispuesto a cerrarle la boca a su hermano a base de golpes. Pero, para su sorpresa, tres hombres saltaron repentinamente para abalanzarse sobre él. La impresión le impidió a Titán reaccionar. Él conocía a esos hombres… ¡eran de la tribu! ¡Gente con la que Titán había crecido! Caramarcada, Matalobos y… ¡Taheño! Todos inmovilizaban a su padre, con sonrisas tan horribles como la de El Que Ríe en sus rostros. El Jefe intentó zafarse, pero eran demasiados y demasiado jóvenes y fuertes.

—Aunque, creo que en realidad tu tribu ya es mía —una risa estridente inundó el lugar y no llegó a ser sofocada por los gritos que nacían de algunos de los presentes. De algunos, pues muchos otros se limitaban a observar, sonrientes.

Titán se levantó rápidamente para liberar a su padre, pero sintió algo punzante atravesar su costado. Albo, su amigo de la infancia, con el que había vivido aventuras y realizado mil travesuras, sonreía ahora diabólicamente mientras apretaba el mango del cuchillo con el que acababa de apuñalarlo.

—¡No, amigo! —le dijo— No te metas. No querrás arruinar la diversión, ¿verdad?

Albo retorció el cuchillo en el interior del costado de Titán. El dolor fue grande, pero no tanto como lo era ver cómo aquellos hombres descuartizaban a su padre al son de las risas de su tío. Albo sacaba y metía el cuchillo en su carne, impidiéndole hacer nada. Así, Titán tuvo que limitarse a observar, impotente, mientras aquellos locos a los que alguna vez había llamado «amigos» apresaban a unos de los miembros de la tribu y asesinaban a otros. El pequeño Canto, el único de sus camaradas que no había perdido el juicio, fue uno de los caídos. Titán cayó al suelo, en el que yació inmóvil durante toda la revuelta, mientras la sangre se escapaba de su cuerpo. No habría sabido decir cuánto tiempo pasó exactamente hasta que todo el estruendo se apagó. Fue entonces cuando El Que Ríe se le acercó.

—¿Así que tú eres el heredero de mi hermano, eh? Lo siento, pero ahora yo soy el jefe y no necesito heredero alguno. ¡Mi Maestro es eterno y él le entregaré este insignificante mundo! —El Que Ríe se volvió hacia Albo y Taheño— Ahora, deshaceos de él.

Sin saber quién era ese «Maestro» del que su tío hablaba, ni realmente acabar de aceptar lo que había pasado, Titán fue arrastrado por sus antiguos amigos hasta el desfiladero que había unos kilómetros al oeste de la aldea. Una estruendosa risa fue la única despedida que le dedicaron antes de tirarlo al negro abismo.
Toda su vida, Titán había sido grande, fuerte y admirado. Sobretodo fuerte. Pero ahora se encontraba débil e impotente ante el destino que lo engullía. Ni siquiera era capaz de mantenerse consciente, pues notaba como su mente se iba sumiendo en la oscuridad ¿Era así como acabaría su historia? ¿Su leyenda?

No.

Despertó en lo que parecía ser una cueva. Podía notar todo su cuerpo dolorido y cubierto por vendajes. También notó que había algo caliente cerca de él. Cuando abrió los ojos, descubrió que una hoguera iluminaba la estancia. Y, junto a ella, a una mujer.

—¿Quién…? —su voz era un susurro, estaba cansado y malherido.

Ella lo miró e hizo un gesto con las manos, como para que no se levantara. Era la mujer más hermosa que Titán había visto nunca: piel blanca como la leche, cabello largo y rojizo cayendo sobre sus hombros y ojos tan marrones y profundos como el interior de la Tierra. Ella posó sus manos sobre su pecho e hizo que se tumbara, con un movimiento suave. Le explicó que le había encontrado y cuidado de él. Que no se explicaba cómo, pero que había sobrevivido a sus lesiones de milagro. Había pasado un mes entre los delirios y la inconsciencia. Ella había curado sus graves heridas, aunque le había costado un gran esfuerzo. Y, aun así, estaba sorprendida, pues cualquier otro hombre estaría muerto.

Cuando Titán volvió a interesarse por su identidad, la mujer dijo llamarse Llama. Al parecer, procedía de una aldea a varias leguas de allí. Un día, El Que Ríe había aparecido, exigiendo que todos lo adoraran a él y a su Maestro. Todos se negaron, pero, entonces, tocó a varios en la frente con sus dedos índice y corazón. Tras unos instantes de sufrimiento, volvían en sí enloquecidos y sonriendo. Estos «hombres sonrientes» asesinaron a los demás aldeanos. Sólo ella logró escapar. Tras un año, El Que Ríe se cansó de sus sirvientes e hizo que todos se suicidaran en un extraño y surrealista rito.

A Titán se le encogió el corazón en el pecho. ¿Era ese el destino que su tío le tenía reservado a su gente? ¿A cuántas tribus más les habría hecho lo mismo? El Que Ríe había pasado veinte años en el exilio. A Titán no le gustó lo que parecía indicar eso.

—¡No podemos permitir que El Que Ríe quede impune! —Titán estaba rabioso.

—¡Claro que no! —Llama sonrió— De hecho, creo que el destino te ha salvado por esa razón. Si nos asociamos, podremos matarlo a él y a sus seguidores.

Llama explicó que, aunque El Que Ríe decía estar respaldado por un Espíritu poderoso, él era sólo un hombre. Si podían acercarse lo suficiente, deberían ser capaces de asesinarlo. Pero tendrían que llegar hasta él. Allí entraba Llama, pues era una hábil arquera, la mejor cazadora de su extinta tribu. Si Titán y ella trabajaban juntos, pasar entre sus seguidores no debería ser muy complicado.

—Así que me ayudarás a atravesar el territorio de mi tribu y, a cambio, yo vengaré a nuestros muertos.

La joven asintió, pero su cara reflejaba tristeza. No le resultaba fácil lo que le iba a decir:

—Sin embargo, ten en cuenta que sus nuevos acólitos son tu gente. Podría entender que te resultara difícil…

Titán lo meditó. ¿Sería cierto? ¿Le resultaría difícil enfrentarse a sus antiguos amigos? Habían sido sus vecinos, sus hermanos, su gente. Pero entonces lo vio claro:

—Ellos ya no son nadie para mí. ¡Me traicionaron! Y a todos los demás. Todos los que murieron torturados aquel día era mi verdadera gente. Y serán vengados.
Llama asintió y envolvió las manos de Titán con las suyas, apretándolas con fuerza.

—Bien. Ahora descansa, debes recuperar fuerzas para cuando nos enfrentemos a ese brujo.

Pasaron tres semanas hasta que Titán se recuperó del todo. A la vez que su cuerpo sanaba, procuró entrenarse. Recuperar la habilidad que pudiera haber perdido. Junto a él, Llama practicaba con el arco: no le había mentido al decir que era una gran arquera. No sólo nunca la vio fallar un disparo, sino que la joven recargaba a una velocidad inigualable. Titán nunca había visto nada igual. En su tribu no había nadie a su altura.

Tal vez fuera por eso, o tal vez por la forzada convivencia, pero los dos jóvenes, de edad similar, se fueron acercando cada vez más. Titán empezaba a sentir algo por esa joven. Algo que no había sentido nunca por ninguna otra persona, más allá de la estima y la simple amistad. Algunas miradas y acciones de Llama le hacían pensar que era correspondido. Desgraciadamente ninguno de los dos dio nunca el paso. El Que Ríe era su única prioridad.

Tras esas semanas, por fin estuvieron listos. Titán estaba totalmente recuperado de sus heridas, y su determinación de asesinar a El Que Ríe le hacía sentirse más fuerte que nunca. Llama y él salieron de la cueva y atravesaron el bosque, cobijados por la oscuridad de la noche. Llegaron rápidamente a la entrada de la aldea, comprobando en el acto que no había hombres custodiándola, lo cual les sorprendió sobremanera. Se acercaron con cautela y vieron algo espeluznante: colgando de la empalizada que delimitaba el perímetro, había varios cuerpos desmembrados. Gente del poblado, los que no habían sido hechizados por su tío. La mirada de Titán los recorrió uno a uno, pero se detuvo en los restos del que había sido un hombre corpulento y avejentado, repartidos ahora por varios puntos de la empalizada.

—Oh no… padre…

Llama le miró consternada. Ambos sabían que no podían hacer nada en aquel momento, así que continuaron. Pero Titán se prometió volver y darles un entierro digno cuando todo hubiera acabado.

Atravesaron la empalizada y entraron en la aldea, que durante tantos años había sido el hogar de Titán. ¡Qué extraño le resultaba ahora entrar como un invasor!

La aldea, otrora cálida y acogedora, le era ahora fría e indiferente. La mayoría de las chozas estaban desocupadas, fruto sin duda del divertimento de los «hombres sonrientes». Titán ya estaba harto. Era hora de terminar con todo aquello.

Llama y Titán se movieron raudos, pero sigilosos. Buscaron entre las cabañas aquellas todavía ocupadas y, entrando, fueron acabando sigilosamente con sus habitantes. Ella usaba sus flechas, pero Titán se bastaba con sus manos desnudas. Uno a uno, los «hombres sonrientes» iban cayendo. Entonces titán llegó a la casa de un viejo amigo: Taheño. Él había sido uno de los hombres que habían inmovilizado y desmembrado a su padre. Una ira homicida se apoderó de Titán mientras abría la puerta. Tan concentrado estaba que por poco no es capaz de esquivar la lanza que se dirigió casi instantáneamente contra su rostro. Taheño lo miraba sonriente.

—¡Titán! Estás vivo. ¡Cuánto me alegro! No todos los días tiene uno la oportunidad de matar a un amigo por segunda vez.

—¡Tú y yo no somos amigos! Y esta vez no me pillarás con la guardia baja…

Taheño rió con ganas, absorto en sus propios pensamientos.

—Esto tenemos que celebrarlo todos. ¡Eh, amigos! ¡Titán ha vuelto! ¡Podemos matarlo de nuev…

Titán apartó la lanza del pelirrojo de un manotazo, agarró su cabeza y, con un rápido movimiento, le rompió el cuello. Pero no fue lo bastante rápido. De entre las viviendas empezaron a emerger unas risas espantosas. Eran relativamente suaves al principio, pero pronto se volvieron estridentes. Ese loco había despertado a toda la aldea o, al menos, a los que aun vivían. Multitud de pasos comenzaron a acercarse. Titán se volvió hacia ellos y vio a una veintena de hombres que lo rodeaban. Menos de los que esperaba. Uno de ellos llamó su atención, la blancura de sus rasgos era inconfundible.

—¡Cuánto tiempo, Titán! —exclamó Albo— ¿Has disfrutado del reencuentro familiar? Nos hemos esmerado mucho para que tu padre estuviera presentable.

Todos se rieron.

Titán ni siquiera respondió. Sólo se lanzó a por ellos. Los «hombres sonrientes» iban armados con cuchillos, lanzas y espadas. Pero no le importó. El encuentro que convirtió rápidamente en una carnicería. Todos intentaban herir a Titán, pero nadie conseguía darle antes de que él los atacara brutalmente.

Pronto, los cuerpos ya se amontonaban en el suelo. A pesar de sus risas, a Titán le parecía evidente que tenían miedo. Y no únicamente de él. Desde la ventana de una choza cercana, una lluvia de flechas había empezado a caer, todas ellas clavándose en sus objetivos. Llama nunca fallaba.

De repente, Albo echó a correr hacia la choza más grande de todas, la que había pertenecido a su padre. Titán lo tuvo claro: El Que Ríe. Miró fugazmente a Llama y esta le gritó que fuera tras él. Que ella se ocuparía de los demás. Titán asintió y echó a correr hacia su antiguo amigo, mientras recordaba las punzantes puñaladas que Albo le había dado a traición en la noche del Solsticio.

Albo corría a gran velocidad, pero no era rival para la extraordinaria forma física de Titán, quien lo alcanzó cuando casi había alcanzado la puerta. Albo gritó a pleno pulmón, pidiendo la ayuda de El Que Ríe.

—Así que quieres llamar a tu señor, ¿no es así? —dijo Titán, disfrutando de cada palabra— ¡Qué descortés eres! ¿Nadie te ha enseñado que debes tocar a la puerta en vez de ponerte a gritar como un loco?

Titán enderezó a Albo, a quien había derribado para frenar su avance. Y, agarrándolo de la rubia cabellera, aplastó su cabeza contra la puerta de la gran choza. Una, dos y hasta tres veces, hasta que notó la puerta ceder. Entonces, Titán pateó el cuerpo sin vida de Albo y derribó por completo la puerta. No se molestó en volver a dirigir su mirada a ninguna de aquellas dos cosas, pasando por encima de ambas para entrar en su antigua casa.

Y, frente a él, encontró finalmente al objeto de su odio. El Que Ríe.

Su tío hacía honor a su nombre, mientras miraba alternativamente a Titán y al cadáver de su subordinado.

—Vaya… Hola, sobrino. Veo que mis fieles no exageraban cuando me hablaban de tu fuerza.

Titán no se lo pensó y se lanzó contra él. Sin embargo, no llegó a tocarle. Algo que Titán sintió como manos invisibles lo tiró contra el suelo y lo inmovilizó. Tras esto, lo fueron arrastrando dolorosamente hasta la pared más alejada de El Que Ríe y lo estamparon contra ella, inmovilizándolo de nuevo.

—Pobre sobrino. ¿De verdad pensabas que mi Maestro me dejaría a merced de un bruto ignorante como tú? Él siempre me cuida…

—¡No me importáis nada ni tú, ni tu impío maestro! Os destruiré a ambos.

El Que Ríe emitió una estruendosa carcajada.

—Eres tan estúpido como tu padre, Titán. Y, si conocieras el poder del Maestro, no sólo no te enemistarías conmigo, sino que te unirías a mí.

¿Qué se uniría a él? El solo hecho de que su tío creyera eso era una prueba más de su locura.

—¡Jamás me uniré a ti! ¡Eres un asesino! Has matado a mi gente. A mi padre. Incluso a tu propia madre. ¡Malnacido!

La risa de su tío volvió a llenar la estancia.

—Tu apego por ellos es una muestra de debilidad, sobrino. Eres tan débil como tu padre.

Titán luchó contra aquello que le mantenía preso.

—¡Suéltame y veremos quién es el débil!

—¡Je! Débil y estúpido —El Que Ríe se encogió de hombros—. En fin, ahora haré que los heraldos del Maestro te desmiembren y luego iré a por quién sea que haya venido contigo.

Titán escuchó el ruido de las flechas impactando, así como los gritos de los hombres sonrientes. Al menos sabía que seguía viva. Por ahora. El Que Ríe continuó:

—Después… bueno, supongo que cogeré a los supervivientes y conquistaré otra tribu para mi Maestro. O puede que los sacrifique a todos en su nombre. Decisiones, decisiones…

Su repugnante sonrisa no se borraba en ningún momento. Sólo se ensanchaba más y más. Mientras, Titán no podía dejar de pensar en que esas manos invisibles que le sujetaban le estaban tocando. Al principio supuso que eran espíritus malignos y, sin embargo, los sentía demasiado físicos. Aprovechó que una de esas manos lo agarraba por su muñeca y alargó los dedos, intentando tocar el lugar donde debería estar el brazo que la acompañaba. Su sorpresa fue mayúscula al notar que, en efecto, allí estaba. Un brazo invisible sí. Pero material, pues podía tocarlo.

Forcejeó con más ímpetu que antes, hasta que logró soltar uno de sus miembros y golpeó, al fin, a la entidad que le sujetaba. Lo hizo con todas sus fuerzas y, una vez que fue libre, corrió hacia su tío. Aquellas criaturas invisibles trataron de detenerlo, pero se fue zafando de ellas una y otra vez. Incluso llegó a levantar a una de ellas y a lanzarla contra la otra. Y, pese a no poder verla, acertó de lleno.

Titán agarró a su tío por el cuello y lo levantó varios centímetros por encima del suelo.

—Esto es por mi padre. Y por todos aquellos a los que has destruido.

Titán comenzó a apretar lentamente, pero con fuerza. Sintió cómo las entidades corrieron hacia él y empezaron a golpearle y arañarle desesperadamente. Pero, pese a todo, Titán no aflojó ni un ápice. Simplemente siguió cerrando las manos en torno a la garganta del hombre que tanto sufrimiento le había provocado.

Si bien el bastardo seguía sonriendo, los gruñidos que emitía no transmitían que sintiera ningún tipo de placer. Complacido, Titán terminó de cerrar el agarre, rompiendo el cuello de El Que Ríe de una vez por todas. Ahí fue cuando ese monstruo murió y todo habría terminado con eso… de no ser porque, justo antes de exhalar su último aliento, El Que Ríe levantó rápidamente un mano y tocó la frente de su sobrino con los dedos índice y corazón.

Titán le soltó y su cadáver se precipitó contra el suelo, pero el gigante no lo notó. Su mente ya no estaba en la choza. Su conciencia viajó por lo que parecía el cielo nocturno, oscuro y plagado de estrellas pero interminable, como si no fuera una simple capa que cubriera la Tierra. Él no lo sabía, pero estaba viendo el espacio exterior. Atravesó leguas y leguas de distancia, contemplando una infinitud de esferas colosales de diversos colores. Titán se precipitó hacia una de ellas y entró en un mundo extraño, perdido en esa inmensidad cósmica. El cielo allí era violeta, la tierra roja y, los mares que se divisaban en el horizonte, amarillos. Pero Titán apenas los vio antes de percatarse de que, frente a él, se alzaba una figura que formas antinaturales, que no habría podido describir ni como humana, ni como animal.

No se parecía a nada que Titán hubiese visto jamás, pero estaba seguro de que era algo vivo y también, algo pensante. Y entonces esa cosa le habló…

Cuando Titán volvió junto al cuerpo inerte de su tío, ya no era el mismo hombre que se había ido. Sabía que sólo habían transcurrido unos escasos segundos, pero para él habían sido milenios. ¡Y cuánto había aprendido en esos milenios! El maestro no era ningún espíritu maligno. ¡Era un dios! Uno generoso y compasivo, que les daba a todos sus adeptos la oportunidad de entender la insignificancia de la realidad y, liberados ya de ideales y creencias vanas, disfrutar de una existencia disoluta, venerándolo de las formas más creativas que unas criaturas tan inferiores como los humanos eran capaces de concebir. Titán siempre recordaría cómo corrió eufórico a explicarle estas verdades otrora ocultas a Llama. ¡Ah! Su querida Llama… esa mujer nunca supo cuanto la amaba, de la misma forma que jamás pudo entender ni una sola de las revelaciones de su Maestro. Ni siquiera cuando tuvo que matarla, quebrando su cuello como lo había hecho con el de su tío, desapareció el desconcierto de aquellos ojos marrones como el interior de la Tierra. Pero Titán no lo lamentó. ¡No tenía tiempo! Su Maestro le había encargado una tarea muy importante. Y lo único que él podía hacer era reírse.

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