El que Susurra en la Oscuridad
Whisperer

Albert Wilmarth es un individuo con unas inquietudes que le llevan a investigar la extraña aparición de seres deformes en una localidad afectada con graves inundaciones. Al contactar con un lugareño investigador de casos paranormales, descubrirá todo un cúmulo de datos que le llevarán a tomarse en serio las conclusiones a las que llega esta persona, acabando por descubrir un secreto de mayores proporciones que harán que abandone radicalmente lo descubierto.


Tened muy presente que en último término no presencie ningún horror visual. Decir que una -conmoción mental fue la causa de lo que deduje -aquella última gota que me hizo salir a escape de la solitaria granja de Akeley y lanzarme, en plena noche, por las desoladas montañas de Vermont en un vehículo requisado— , no es sino querer ignorar los hechos más palmarios de mi experiencia final. No obstante las cosas tan fascinantes que tuve ocasión de ver y oír y la imborrable huella que en mí dejaron, ni siquiera hoy puedo afirmar si estaba o no equivocado por lo que respecta a mi horrible deducción. Ya que, después de todo, la desaparición de Akeley no prueba nada. No se encontró nada anormal en su casa a pesar de las huellas de proyectiles que había dentro y fuera de ella. Daba la impresión de que hubiera salido a dar una vuelta por las montañas y, por algún motivo desconocido, no hubiese regresado. No habla la menor indicación de que alguien hubiera pasado por allí, ni de que aquellos horribles cilindros y máquinas hubiesen estado almacenados en el estudio. El hecho de que Akeley profesara un temor reverencial hacia las verdes y abigarradas montañas y los innumerables cursos de agua entre los que habla nacido y se habla criado, tampoco quería decir nada en absoluto, pues se cuentan por millares las personas sujetas a tan morbosas aprensiones. La extravagancia, además, podía contribuir a explicar los extraños actos y recelos en que incurrió hacia el final. Todo comenzó, por lo que a mí respecta, con las históricas, y hasta entonces jamás vistas,inundaciones de Vermont del 3 de noviembre de 1927. Por aquel entonces era yo, al igual que sigo siendo hoy, profesor de literatura en la Universidadde Miskatonic en Arkham, Massachusetts, y unentusiasta aficionado al estudio del folklore deNueva Inglaterra. Poco después de la inundación,entre los numerosos reportajes sobre calamidades,desgracias y auxilios organizados que llenaban laspáginas de los periódicos, aparecieron una serie deextrañas historias acerca de objetos que seencontraron flotando en algunos de los desbordadosríos. En ellas hallaron pie muchos de mis amigos para enfrascarse en curiosas polémicas, y acabaronrecurriendo a mi confiando de que podría aclararlesalgo al respecto. Me sentí halagado al comprobar enqué medida se tomaban en serio mis estudios sobreel folklore, e hice lo que pude por reducir a su justotérmino aquellas infundadas y confusas historias quetan genuina mente parecían tener su origen en lasantiguas supersticiones populares. Me divertíamucho encontrar personas cultas convencidas de quedebía haber algo de misterioso y perverso en elfondo de aquellos rumores.

Las leyendas que atrajeron mi atención. procedían en sumayor parte de lectores de periódicos, aunque una deaquellas increíbles historias tenía una fuente oral y a unamigo mío se la reprodujo su madre en una carta que le enviódesde Hardwick, Vermont. Lo que se describía en ellas era enesencia lo mismo, aunque parecía haber tres variantes: unaestaba relacionada con el río Winoski cerca de Montpelier,otra tenía que ver con el río West en el condado deWindham, allende Newfane, y una tercera se centraba en elPassumpsic, condado de Caledonia, al norte de Lyndonville.Desde luego, muchos de los artículos hacían referencia aotros ejemplos, pero en última instancia todos ellos parecíanreducirse a estos tres. En todos los casos los campesinosafirmaban haber visto uno o más objetos muy extraños ydesconcertantes en las agitadas aguas que bajaban de laspoco frecuentadas montañas, y había una acusada tendencia arelacionar aquellas visiones con un primitivo y semiolvidado ciclo de leyendas tradicionales que los ancianos revivían parael caso en cuestión.Lo que la gente creía ver eran formas orgánicas muy distintasde cualesquiera otras vistas con anterioridad. Naturalmente,en aquel trágico periodo, los ríos arrastraban muchoscadáveres de seres humanos. Ahora bien, quienes describíanaquellas extrañas formas estaban totalmente convencidos deque no se trataba de seres humanos, a pesar de algunasaparentes semejanzas en tamaño y aspecto general. Tampoco,decían los testigos, podían ser las de ningún animal conocidoen Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio delargo, con cuerpos revestid
a
s de un caparazón provisto degrandes aletas dorsales o alas membranosas y varios pares depatas articuladas, y con una especie de intrincada forma elip-soide, cubierta con infinidad de antenáculos, en el lugar enque normalmente se encontraría la cabeza. Resultabarealmente curioso hasta qué punto coincidían los relatos delas diferentes fuentes, aunque en parte se explicaba por elhecho de que las antiguas leyendas, difundidas en otrotiempo por toda la montañosa comarca, aportaban un cuadromorbosamente vivido que podía muy bien teñir laimaginaci6n de todos los testigos implicados. De lo quededuje que los testigos — todos ellos gentes sencillas eingenuas de comarcas escasamente pobladas habíanvislumbrado los destrozados y abotagados cadáveres de sereshumanos y animales domésticos en las turbulentas aguas, y elrecuerdo latente de las antiguas leyendas les habla llevado arevestir de atributos fantásticos a aquellos cadáveres dignosde la mayor compasión.Aquellas leyendas, aun cuando nebulosas, ambiguas y engran medida olvidadas por las actuales generaciones, teníanunos rasgos muy singulares y sin duda reflejaban ‘lainfluencia de primitivos relatos tradicionales indios. Era algoque, aunque jamás había estado en Vermont, conocía biengracias a la curiosísima monografía de E
n
Davenport, en laque se recopila material de la tradición oral recogido conanterioridad a 1839 entre las personas más ancianas delestado. Este material, por otro lado, coincide casi
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puntualmente con historias que he escuchado personal mentede boca de los ancianos campesinos de la región montañosade New Hampshire. Brevemente resumidas, hacían referenciaa una raza oculta de monstruosos seres que habitaban enalgún perdido lugar de las más remotas montañas, en losdensos bosques de las más altas cumbres y en los sombríosvalles bañados por cursos de agua de origen desconocido.
Rara vez eran avis
tados estos seres, pero habíatestimonios de su presencia, aportados por quienes se habíanadentrado más allá de lo normal en las vertientes dedeterminada montaña o aventurado en las profundidades dedeterminados barrancos que hasta los lobos rehuían.En el limo depositado a orillas de los arroyos y en losterrenos yermos había unas extrañas huellas, que no podíadecirse si eran de pies o de zarpas, y unos curiosos círculosde piedras, con la hierba arrancada a su alrededor, que noparecían haber sido colocados allí ni configurados por laacción de la naturaleza. Había también unas cuevas dedudosa profundidad en Jas laderas de las montañas, cuyasbocas de acceso estaban cerradas por grandes piedrasdispuestas de forma nada casual y con más extrañas huellasde lo normal, las cuales se encaminaban tanto hacia elinterior como hacia el exterior de la cueva… en el supuestode que su dirección pudiera determinarse exactamente. Y lopeor de todo era lo que algunas personas arriesgadas habíanvisto, ocasionalmente a la luz del crepúsculo, en los másremotos valles y en los frondosos y empinados bosques porencima de los límites normales de ascensión.Todo habría resultado menos alarmante si los relatos aisladosde tales acontecimientos no hubiesen coincidido en tal grado.En efecto, casi todos los rumores que circulaban tenían algoen común, ya que sostenían que aquellas criaturas eran unaespecie de grandes cangrejos de color rojizo, con muchospares de patas y dos grandes alas como de murciélago enmedio del lomo. Unas veces caminaban sobre todas sus patasy otras solamente sobre el par trasero, utilizando las restantespara transportar grandes objetos de naturaleza desconocida.En cierta ocasión fueron vistos en crecido número, al tiempo
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que un destacamento suyo vadeaba, de tres en línea en forma-ción prácticamente militar, una corriente de agua pocoprofunda que discurría entre frondosos bosques. En otraocasión, se vio una noche a uno de aquellos seres volando,tras arrojarse de la cima de una colina pelada y solitaria, ydesaparecer en el cielo después que sus grandes alas batientesreflejaron por un instante su silueta contra la luna llena.Aquellos seres no parecían tener, por lo general, la menorintención de atacar a los hombres, aunque a veces se les hizoresponsables de la desaparición de algún que otro osadoindividuo
—sobre
todo personas que levantaban casas demasiadocerca de ciertos valles o próximas a las cumbres dedeterminadas montañas. El asentamiento en muchos lugaresse hizo poco recomendable, perdurando esta creencia aunmucho después de olvidarse la causa. Un escalofrío seapoderaba de la gente al dirigir la mirada hacia algunosbarrancos próximos en las estribaciones de aquellos siniestrosy verdes centinelas, aun cuando no recordaran cuántoscolonos habían desaparecido y cuántas granjas habían ardidohasta reducirse a cenizas.Pero, mientras según las más antiguas leyendas aquellascriaturas sólo atacaban a quienes violaban su intimidad, habíarelatos posteriores que dejaban constancia de su curiosidadcon respecto a los hombres y de sus tentativas por estableceravanzadillas secretas en el mundo de los seres humanos.Circulaban historias de extrañas huellas de zarpas vistas enlas proximidades de las ventanas de alguna solitaria granja aldespuntar el dia, y de alguna que otra desaparición encomarcas alejadas de los núcleos que se hallaban,evidentemente bajo los efectos del hechizo. Historias, por lodemás, de susurrantes voces imitadoras del lenguaje humanoque hacían sorprendentes ofrecimientos a los solitariosviajeros que se aventuraban por caminos y senderos abiertosen los frondosos bosques y de niños aterrorizados por cosasvistas u oídas en los mismos linderos del bosque. En la etapafinal de. las leyendas — la etapa inmediatamente anterior aldeclinar de la superstición y al abandono de los temidoslugares—-, se encuentran sorprendentes referencias a ermi-
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taños y solitarios colonos que en algún momento de su vidaparecieron experimentar un repulsivo cambio de actitudmental, por lo que se les rehuía y rumoreaba de ellos que sehabían vendido a aquellos extraños seres. En uno de loscondados del noreste parece que hacia 1800 estuvo de modaacusar a todas aquellas personas que llevaban una vidaretraída o excéntrica de ser aliados o representantes de lasdetestables criaturas.Por lo que se refiere a la naturaleza de aquellos seres, lasposibles explicaciones diferían sobremanera. Por lo generalse les designaba con el nombre de «aquéllos» o «losantiguos», aunque otras denominaciones tuvieron un usolocal y transitorio. Es muy posible que el grueso de loscolonos puritanos viese en ellos, lisa y llanamente, a laparentela del diablo, hasta el punto de hacer de aquellos seresel fundamento de una especulación teológica inspirada en elterror. Quienes tenían sangre celta en sus venas — sobre todoel elemento escocés-irlandés de New Hampshire y susdescendientes asentados en Vermont gracias a los privilegiosotorgados a los colonos en tiempos del gobernadorWentworth—- los relacionaban vagamente con los geniosmalignos y con los «faunos» que habitaban en las tierraspantanosas y en las fortificaciones orográficas, y se protegíande ellos por medio de fórmulas mágicas transmitidas degeneración en generación. Pero las teorías ‘más fantásticaseran, con gran diferencia, las de los indios. Si bien lasleyendas diferían según las tribus, habla una acusadatendencia a creer en ciertos rasgos característicos, estandounánimemente de acuerdo en que aquellas criaturas nopertenecían a este mundo.Los mitos de los pennacook, que por otro lado eran los máscoherentes y pintorescos, indicaban que los seres aladosprocedían de la celeste
Osa
Mayor y tenían minas en lasmontañas de la tierra de las que extraían una clase de piedraque no existía en ningún otro planeta. No vivían aquí,señalaban los mitos, sino que se limitaban a manteneravanzadillas y regresaban volando con grandes cargamentosde tierra a sus septentrionales estrellas. Sólo atacaban a los
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seres terrestres que se acercaban demasiado a ellos o lesespiaban. Los animales les rehuían debido a un temorinstintivo, y no por miedo a que intentaran cazarlos. Nopodían comer ni cosas ni animales terrestres, por lo que seveían forzados a traer sus víveres de las estrellas. Erapeligroso acercarse a aquellos seres, y a veces los jóvenescazadores que se aventuraban en sus montañas noregresaban. También era peligroso escuchar lo quesusurraban al caer la noche sobre el bosque con vocessemejantes a las de una abeja que tratara de imitar la vozhumana. Conocían las lenguas de todas las tribus— pennacooks, hurones, cinco naciones…—, pero no pa-recían tener ni necesitar una lengua propia. Hablaban con lacabeza, la cual experimentaba cambios de color conforme alo que quisieran expresar.Todas las leyendas, ya tuviesen su origen entre los blancos oentre los indios, se desvanecieron en el curso del siglo XIX, aexcepción de algún que otro atávico resurgir. El estado deVermont se fue poblando de colonos, y una vez levantadoslos habituales caminos y viviendas según un plan fijado deantemano, sus habitantes fueron olvidando poco a poco lostemores y prevenciones que les impulsaron a poner enmarcha aquel plan, e incluso que hubieran existido talestemores y prevenciones. Lo único que sabia la mayoría de lagente era que ciertas comarcas montañosas tenían fama deinsalubres, improductivas y, por lo general, que era pocoaconsejable vivir en ellas, y que cuanto más lejos se estuvierade ellas mejor marcharían las cosas. Con el transcurso deltiempo, los trillados caminos que imponían la costumbre ylos intereses económicos acabaron por arraigar tanto en loslugares en que se asentaron que no había por qué salir deellos, y así, más por accidente que por designio, las montañasfrecuentadas por aquellos seres permanecieron desiertas.Salvo durante alguna que otra rara calamidad local, sólo lasparlanchinas abuelitas y los meditabundos nonagenarioshablaban ocasionalmente en voz baja de seres que habitabanen aquellas montañas; e incluso en aquellos entrecortadossusurros reconocían que no había mucho que temer de ellos
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ahora que ya estaban acostumbrados a la presencia de casas ypoblados y que los seres humanos no les importunaban paranada en el territorio elegido por ellos.Hacía tiempo que sabia todo esto debido a mis lecturas y aciertas tradiciones populares recogidas en New Hampshirepor lo que cuando empezaron a correr los rumores sobre? laépoca de la gran inundación, pude fácilmente ‘deducir eltrasfondo imaginativo sobre el que se habían levantado. Meesforcé en explicárselo a mis amigos, y, a su vez, no pudemenos de divertirme cuando ciertos individuos de esos queles gusta llevar siempre la contraria siguieron insistiendo enla posibilidad de que hubiera algo de cierto en aquellosrumores. Tales personas trataban de poner de relieve que lasprimitivas leyendas tenían una persistencia y uniformidadsignificativas, y que la naturaleza de las montañas deVermont, prácticamente aún por explorar; no hacíaaconsejable mostrarse dogmático acerca de lo que pudierahabitar o no en ellas. Tampoco se acallaron cuando lesaseguré que todos los mitos tenían unos conocidos rasgoscaracterísticos en común con los de la mayor parte del génerohumano, ya que venían prefigurados por las fases iniciales dela experiencia imaginativa que siempre producía idéntico tipode ilusión.Fue inútil demostrarles a mis contrarios que los mitos deVermont apenas diferían en esencia de las leyendasuniversales sobre la personificación natural que llenaron elmundo antiguo de faunos, dríadas y sátiros, inspiraron los
kallikanzarai
de la Grecia moderna y confirieron a las tierrasincivilizadas como el País de Gales e Irlanda, esas sombríasalusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas ocultas detrogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil,igualmente, señalar la aún más sorprendente similitud queguardaban con la creencia común entre los habitantes de lastribus montañosas del Nepal en el temible
Mi-Go
o«abominable hombre de las nieves» que estáespeluznantemente al acecho entre las cimas de hielo y rocade las altas cumbres del Himalaya. Cuando saqué a colacióneste dato, mis contrarios lo volvieron contra mí, alegando que
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ello no hacía sino demostrar una cierta historicidad real de lasantiguas leyendas; y que era un argumento más a favor de laefectiva existencia de alguna extraña y primitiva razaterrestre, que se vio obligada a ocultarse tras la aparición ypredominio del género humano, y que era muy posible quehubiese logrado sobrevivir en número reducido hasta épocasrelativamente recientes… o incluso hasta nuestros mismosdías.Cuanto más me incitaban a la risa tales teorías, más seaferraban a ellas mis empecinados amigos, llegando a añadirque incluso sin la ascendencia de la leyenda los rumores quecorrían eran demasiado claros, coherentes, detallados ysensatamente prosaicos en su exposición, como para sercompletamente ignoradas. Dos o tres fanáticos extremistasllegaron al punto de querer encontrar posibles significados enlas antiguas leyendas indias, que atribuían un origenextraterrestre a los seres ocultos, al tiempo que citaban enapoyo de sus argumentos los increíbles libros de Charles Forten los que se pretende demostrar que viajeros de otrosmundos y del espacio exterior hacían frecuentes visitas a latierra. La mayoría de mis adversarios, no obstante, eransimples románticos que no hacían sino transferir a la vidareal las fantásticas tradiciones de «faunos» al acechopopularizadas por ese excelente autor de relatos de terror quees Arthur Machen.IIComo suele ser normal en tales circunstancias, esta apa-sionante discusión acabó viendo la letra impresa en forma decartas al
ArkharnAdvertiser,
y algunas de ellas fueronreproducidas en los periódicos de las comarcas de Vermontde donde provenían las historias sobre la inundación. El
RutlandHerald
publicó media página de extractos de lascartas de ambos bandos contendientes, mientras que el
BrattleboroReformer
reprodujo en extenso una de mis largasreseñas sobre historia y mitología, junto con unos
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comentarios aparecidos en la columna de pensamiento eideas de
ElDiletante
en apoyo y elogio de mis escépticasconclusiones. En la primavera de 1928 yo era ya una figurabastante conocida en Vermont, aun cuando jamás habíapuesto los pies en dicho estado. De aquellas fechas datan lasextraordinarias cartas de Henry Akeley que tanprofundamente me impresionaron y me llevaron, por primeray última vez, a aquella fascinante región atestada deprecipicios verdes y susurrantes arroyos que corrían entrefrondosos bosques.Casi todo lo que sé de Henry Wentworth Akeley procede dela correspondencia que mantuve con sus vecinos y con suúnico hijo, que vivía en California, a raíz de mi breveestancia en su solitaria granja. Akeley era, según descubrí, elúltimo representante en su suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores de buena posiciónmuy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familiahabía derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a lapura erudición, pues fue un excelente estudiante dematemáticas, astronomía, biología, antropología y folklore enla Universidad de Vermont. Hasta entonces jamás había oídohablar de él y apenas se deslizaban detalles autobiográficosen sus comunicaciones, pero desde el primer momento me diperfecta cuenta de que era un hombre educado, inteligente yde una gran personalidad, aunque fuese un recluso sin elmenor aire de hombre de mundo.A pesar de la inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar,en un primer momento, tomar los juicios de Akeley tan enserio como lo hacía con otros impugnadores de mis puntos devista. Por una parte, estaba muy cercano al fenómeno real—visible y tangible— sobre el que tan grotescamenteespeculaba; por otra, estaba asombrosamente dispuesto a dara sus conclusiones un carácter provisional, como haría unauténtico hombre de ciencia. No se dejaba llevar por susinclinaciones personales, guiándose siempre por lo queconsideraba datos contrastados. Desde luego, al principio creí que estaba equivocado, si bien le di cierto crédito por estimarinteligente su error, y en ningún momento se me ocurrió
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emular a unos amigos suyos que atribuían sus ideas a la lo-cura y el miedo que profesaba a las solitarias y verdescumbres. Pude advertir que era un hombre que hablaba conconocimiento de causa y comprobé que lo que decía debíaproceder, casi con toda seguridad, de extrañas circunstanciasque merecían consideración, aun cuando apenas tuvieran quever con las fantásticas causas a las cuales él las atribuía.Posteriormente, me remitió ciertas pruebas pertinentes quevenían a plantear la cuestión sobre bases algo distintas ysorprendentemente extrañas.Lo mejor será que transcriba íntegra, en cuanto sea posible, lalarga carta en que Akeley se me daba a conocer, y queconstituye un importante hito en mi vida intelectual. Ya no latengo en mi poder, pero mi memoria retiene casi palabra porpalabra su asombroso mensaje. Una vez más afirmo micreencia en la cordura del hombre que la escribió. Aquí estáel texto… un texto que me llegó en los ilegibles y arcaizantesgarrapatos de alguien que evidentemente no tuvo muchocontacto con el mundo durante su apacible vida de estudioso.R.F.D. n.0
2.
Townshend, Windhem Co., Vermont.
5
de mayo de 1928.Mr. Albert N. Wilmarth.118 Saltonstall St.Arkham, Mass.Estimado señor:He leído con gran interés en el
BrattleboroReformer’s
del 23de abril su carta sobre las historias que circulan últimamenteacerca de extraños cuerpos que se han visto flotando ennuestros ríos durante las inundaciones del pasado otoño ysobre las curiosas tradiciones populares con las que tanperfectamente concuerdan. Es fácil comprender que unforastero adopte una postura como la suya, e incluso que
El Diletante
se muestre de acuerdo con usted. Tal es la actitud
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que suelen adoptar las personas educadas ya sean o no deVermont, y fue mi actitud de joven (ahora tengo
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años)antes de que mis estudios, tanto generales como del libro deDavanport, me indujeran a recorrer algunos rincones pocofrecuentados de las montañas de la comarca.Me vi impulsado a emprender tales estudios por las extrañashistorias que oía de boca de ancianos granjeros sin la menorformación, aunque lo mejor hubiera sido dejar las cosascomo estaban. Modestia aparte, diré que la antropología y lastradiciones populares no me son en absoluto desconocidas.Las estudié a fondo en la universidad, y estoy familiarizadocon la mayoría de las autoridades en la materia: Tylor,Lubbock, Frazer, Quatrefages, Murray, Osborn, Keith, Boule,G. Elliott Smith, etcétera. Para mí no es ninguna novedad quelas leyendas sobre razas ocultas son tan antiguas como lavida misma. He visto las reproducciones de sus cartas, y dequienes participan de su opinión, en el
Rutland Herald,
ycreo saber cuál es el estado actual de la polémica.Lo que intento decirle es que mucho me temo que susadversarios se hallen más cerca de la verdad que usted, auncuando la razón parezca estar de su parte. Están incluso máscerca de la verdad de lo que ellos mismos creen… pues sebasan únicamente en la teoría y, naturalmente, no puedensaber todo lo que yo sé. Si yo supiera tan poco como ellos,encontraría justificado creer como lo hacen. Estaríacompletamente de su parte, Mr. Wilmarth.Como puede ver, estoy dando un gran rodeo hasta llegar alobjeto de mi carta, probablemente porque temo llegar a él. Enresumidas cuentas,
tengo pruebas fidedignas de que unosseres monstruosos viven realmente en los bosques de lasaltas cumbres por las que no transita nadie.
No he visto aninguno de esos seres flotando en las aguas de los ríos, comose ha dicho,
pero he visto seres semejantes
en circunstanciasque casi no me atrevo a repetir. He visto huellas, últimamentelas he visto tan cerca de mi casa (vivo en la vieja casa de losAkeley, al sur de Townshend Village, en las estribaciones deDark Mountain) que no me atrevo siquiera a decírselo. Y he
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alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosquesque ni siquiera osaría describir sobre el papel.En cierto lugar oí las voces con tal claridad que me llevé unfonógrafo, junto con un dictáfono y un cilindro de cera paragrabar; ya veré la forma de arreglármelas para que pueda oírusted la grabación que conseguí. Se la hice escuchar aalgunos de los ancianos que habitan por estos contornos, yuna de las voces les impresionó tanto que parecían no salir desu estupor debido a su semejanza con cierta voz (esasusurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpontmenciona en su libro) de la que sus abuelas les habíanhablado, al tiempo que trataban de imitarla. Sé lo que lamayoría de la gente piensa de un hombre que dice «oírvoces».., pero antes de extraer conclusiones le pediría queescuchara la grabación y que preguntase a los ancianos dellugar lo que piensan al respecto. Si usted halla unaexplicación racional, tanto mejor. Pero, sin duda, debe haberalgo detrás de todo ello. Pues, como usted bien sabe,
exnihilo nihil fit.
Lo que me impulsa a escribirle no es el deseo de entablar unapolémica, sino proporcionarle una información que creo queun hombre de sus inquietudes encontrará del mayor interés.
Esto se lo digo en privado. En público estoy de su lado,
puesciertas cosas me han demostrado que no conviene que lagente sepa demasiado de este asunto. Mis estudios sonabsolutamente a título particular, y no pienso decir nada queatraiga la atención de la gente y les induzca a visitar loslugares que he explorado. Es cierto —terriblemente cierto—que en aquellos parajes hay
criaturas no humanas que nocesan de observarnos,
que cuentan con espías entre nosotroscon vistas a recabar información. Gran parte de miinformación proviene de un pobre desgraciado que, si estabaen su sano juicio (y a mi juicio lo estaba),
era uno de esos es-
pias. Aquel hombre acabó suicidándose, pero tengo fundadasrazones para creer que hay otros.
Los seres proceden de otro planeta, y pueden vivir en elespacio interestelar y volar en él
gracias a unas toscas ypotentes alas resistentes al éter pero que resultan demasiado
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ingobernables para pensar en utilizarlas cuando están en laTierra. Le hablaré de ello más adelante, si es que no me tomapor loco. Vienen aquí para extraer metales de unas minas quehay en las entrañas de los montes,
y creo que sé de dóndevienen.
No nos harán ningún daño si les dejamos en paz, peronadie puede predecir lo que ocurriría si les importunáramos.Desde luego, a un buen ejército no le costará nada arrasar sucolonia minera. Eso es justo lo que ellos temen. Pero sillegara a suceder, otros vendrían del
exterior..,
en número in-calculable. No les sería difícil conquistar la Tierra, pero hastael momento no lo han intentado porque no tienen ningunanecesidad de hacerlo. Prefieren dejar las cosas como están yevitarse complicaciones.Según tengo entendido, quieren desembarazarse de mí porque sé demasiadas cosas acerca de ellos. En los bosquesde Round Hill, al este de aquí, he encontrado una gran piedranegra con jeroglíficos indescifrables y a medio borrar. Puesbien, una vez que me la llevé a casa todo cambióradicalmente. Si creen que sé demasiado me matarán o
mellevarán consigo al planeta de donde proceden.
De cuandoen cuando les gusta llevarse hombres preparados para estar alcorriente de cómo marchan las cosas en el mundo de loshumanos.Esto me lleva a mí segundo propósito al escribirle esta carta,es decir, a rogarle que en lugar de añadir más leña a lapolémica, procure acallaría.
Debe mantenerse a la gentealejada de estas montañas,
y para lograrlo lo mejor es nodespertar más su curiosidad. Bien saben los cielos que ya esbastante el peligro que se corre con promotores y agentesinmobiliarios dispuestos a inundar Vermont con tropeles deveraneantes que infesten las zonas despobladas y cubran lasmontañas de casitas del peor gusto. Me agradaría muchoseguir en contacto con usted, y si quiere trataré de enviarlepor correo urgente la grabación fonográfica y la piedra negra(tan desgastada está que apenas podrá ver algo en lasfotografías). Y digo «trataré», porque creo que estas criaturasse las arreglan para enterarse de cuanto aquí sucede. En unagranja próxima al pueblo hay un tipo llamado Brown, de
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siniestra catadura y peor talante, que creo es un espía suyo.Poco a poco tratan de incomunicarme con el mundo porquesé demasiado acerca de ellos.Se sirven de los más increíbles medios para enterarse de todolo que hago. Es posible que ni siquiera esta carta llegue a susmanos. Creo que lo mejor sería que abandonara esta parte delpaís y me fuera a vivir en compañía de mi hijo a San Diego,en California, si las cosas se ponen peor, pero no es nadafácil abandonar el lugar en que uno ha nacido y donde havivido su familia durante seis generaciones. Y, además,difícilmente me atrevería a vender esta casa a nadie ahoraque esas
criaturas
se han fijado en ella. Al parecer, tratan derecuperar la piedra negra y destruir la grabación fonográfica,pero no lo conseguirán mientras yo pueda evitarlo. Demomento, mis perros policía los mantienen a raya, puestodavía son pocos y aún no se mueven bien por estos parajes.Como he dicho, sus alas no sirven de mucho cuando se tratade vuelos cortos sobre la tierra. Estoy a punto de descifrar lapiedra ——todo apunta a terribles revelaciones— y creo quecon los conocimientos que usted posee del folkloretradicional podría ayudarme a encontrar los eslabonesperdidos. Supongo que está perfectamente enterado de losespeluznantes mitos anteriores a la aparición del hombresobre la tierra —los ciclos de Yog-Sothoth y Cthulhu—— alos que se alude en el
Necronomicón.
En cierta ocasión tuveacceso a un ejemplar del libro, y según tengo entendido ustedposee otro y lo guarda encerrado bajo siete llaves en labiblioteca de su universidad.Para terminar, Mr. Wilmarth, creo que dados nuestrosestudios podemos sernos muy útiles el uno al otro. No quieroque usted corra ningún peligro, y creo estar en la obligaciónde advertirle que la posesión de la piedra y de la grabaciónentraña ciertos riesgos, pero estoy seguro de que usted nodudará en arrostrarlos en aras de la ciencia. Si me autoriza amandarle algo se lo acercaré en coche hasta Newfane oBrattleboro, pues confío más en las estafetas de correos deallí. Le diré que vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie ami servicio. No quieren quedarse debido a los seres que
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tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen que losperros no cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondadoen mis pesquisas mientras vivía mi mujer, pues se habríavuelto loca con todo esto.Confiando no haberle importunado en exceso y que usteddecida seguir en comunicación conmigo en lugar de arrojar lacarta a la papelera por creerla el desvarío de un loco,Queda atentamente suyo,Henry W. Akeley.P. D. Estoy sacando más copias de algunas fotografíashechas por mí y que creo pueden contribuir a demostrarvarios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos dellugar creen que se trata de algo tremendamente verídico. Selas enviaré inmediatamente si le parece bien.H.W.A.Seria difícil describir mis sentimientos tras la primera lecturade tan extraño testimonio. Lo normal habría sido que mehubiera reído más de tamañas incoherencias que de otrasteorías mucho más plausibles que movieron a la hilaridad,pero había algo en el tono de aquélla carta que me indujo aconsiderarla con paradójica seriedad. No es que creyera nipor un instante en la oculta raza procedente de las estrellas dela que hablaba mi corresponsal; pero lo cierto es que, despuésde algunas serias dudas en un primer momento, lleguésorprendentemente a convencerme de su cordura ysinceridad, inclinándome a creer que su autor se habíaenfrentado con algún fenómeno real, aunque singular yanormal, que no acertaba a explicar si no era recurriendo a laimaginación. Estaba seguro de que la verdad distaba muchode lo que me decía mi comunicante, pero por otro lado quizámereciera la pena investigar qué es lo que había detrás detodo aquello. Aquel hombre parecía tremendamente excitadoy alarmado por algo, pero resultaba difícil pensar que su acti-tud era injustificada. ) En ciertos aspectos, era tan puntual y
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lógico… Y, después de todo, su historia encajabaincre
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blemente bien con ciertos mitos antiguos… incluso conlas más inverosímiles leyendas indias.Que hubiese realmente alcanzado a oír voces nada tran-quilizadoras en las montañas y que hubiese en verdad en-contrado la piedra negra de la que hablaba, entraba dentro 4elo posible a pesar de sus descabelladas elucubraciones..,elucubraciones que le debió sugerir el hombre del que sedecía era un espía de aquellos serés extraterrestres y que,posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir que estehombre debía estar loco de atar, pero probablemente lequedara una yeta de perversa lógica aparente que hizo que elingenuo de Akeley — ya de por si predispuesto a tales cosaspor sus estudios sobre el folklore—— creyera aquellahistoria. En cuanto a los últimos acontecimientos, enconcreto a la imposibilidad de tener a nadie a su servicio,parecía que los modestos y sencillos vecinos de Akeleyestaban tan convencidos como él de que su casa era asediadapor algo siniestro durante la noche. Que los perros ladrabanera algo que no podía ponerse en duda.Y luego estaba la cuestión de la grabación fonográfica, queno pude sino creer que la había obtenido tal como dijo. Teníaque tratarse de algo, pero no sabría decir qué:o ruidos animales que engañosamente recordaban el lenguajehumano, o el habla de algún ser humano oculto y al acecho alcaer la noche, postrado en un estado no muy por encima delde los animales inferiores. De la grabación mi pensamientopasó a los jeroglíficos de la piedra negra y a especular acercade cuál podría ser su posible significado. Y, por otro lado,estaban las fotografías que Akeley hablaba de enviarme y quetan convincentemente los ancianos del lugar encontrabanespeluznantes.Mientras releía aquella ilegible carta, pensé m4s que nuncaque mis crédulos adversarios podían estar más en lo cierto delo que yo había admitido en un primer momento. Después detodo, aquellas montañas por las que se rehuía el paso podíanser el reducto de seres extraños y quizá con deformidadeshereditarias, aun cuando no hubiese ninguna raza de
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monst
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uos nacidos en estrellas tal como pretendía latradición. En tal supuesto, no resultaría del todo descabelladala presencia de cuerpos extraños en los ríos desbordados.¿Acaso era excesivamente descabellado suponer que tanto lasantiguas leyendas como los recientes relatos descansabansobre un fundamento real? Pero incluso albergando talesdudas me sentí avergonzado de que tan grotesca muestra deincoherencia como era la increíble carta de Henry Akeleyhubiera podido suscitarías.Al final, contesté la carta de Akeley, adoptando un tono decordial interés y solicitando información más detallada. Surespuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en ella incluía,tal como me había prometido, una serie de instantáneas deescenas y objetos ilustrativos de lo que tenía que contarme.Eché una mirada a las fotografías al tiempo de sacarlas delsobre y experimenté la extraña sensación de espanto que sesiente ante la inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de loborrosas que estaban la mayoría de ellas, poseían unendiablado poder de sugestión, intensificado además por elhecho de tratarse de auténticas fotografías: verdaderoseslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto de unproceso de transmisión impersonal sin sombra alguna deprejuicios, falibilidad ni falsedad.Cuanto más las miraba, más me convencía de que no mehabía equivocado al tomar en serio a Akeley y su historia.Desde luego, aquellas fotografías aportaban pruebasconcluyentes de que en las montañas de Vermont había algoque, cuando menos, estaba fuera del alcance de nuestrosconocimientos y creencias. Lo peor de todo eran las huellasde pisadas: una instantánea tomada en un lugar donde relucíael sol, en un sendero totalmente enfangado en medio de unadesierta altiplanicie. Una sola mirada me bastó paracerciorarme de que allí no había trucaje alguno, pues losguijarros y briznas de hierba nítidamente perfilados que seapreciaban en el campo de visión eran la mejor garantía de lacorrección de la escala y hac
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a
n
imposible cualquier intentode doble exposición trucada. Por darle un nombre lo califiquéde «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de
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zarpa». Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y loúnico que puedo decir es que era algo horrible, de rasgossimilares a los cangrejos, y que no sabría precisar q
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édirección seguía. No era una huella muy profunda ni reciente,pero su tamaño era aproximadamente el del pie de un hombrede estatura normal. A partir de un rastro central, seproyectaban en direcciones opuestas varios pares de pinzasdentadas; algo de todo punto desconcertante, si es que, comoparecía, aquello era exclusivamente un órgano delocomoción.Otra de las fotografías —-sin duda una instantánea tomadacon muy poca luz—— mostraba la boca de una cueva en unterreno muy frondoso, con una piedra esférica obstruyendo laabertura. En la superficie pelada que había justo delantepodía distinguirse perfectamente una densa red de extrañashuellas, y al examinar la fotografía con una lupa comprobécon cierto desasosiego que eran similares a las de la otrainstantánea. Una tercera fotografía mostraba un circulo deestilo druídico de piedras levantadas en las cumbres de unadesolada montaña. En torno al cr
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ptico circulo la hierbaestaba muy aplastada y arrancada, si bien no pude detectarninguna pisada, m siquiera con ayuda de la lente. Se advertíafácilmente que se trataba de un lugar perdido en el auténticomar de deshabitadas montañas que se divisaba en segundoplano y se perdían en un horizonte neblinoso.Pero si la más espeluznante de todas las fotografías eraaquella en que se veía la pisada, la más sugerente sin dudaera la de la gran piedra negra encontrada en los bosques deRound Hill. Akeley la había fotografiado desde lo que debíaser su mesa de trabajo, pues podían verse hileras de libros yun busto de Milton en segundo término. A lo que parecía, lacámara había enfocado verticalmente la imagen con unasuperficie algo curvado e irregular de uno por dos pies, perodecir algo más preciso sobre aquella superficie, o sobre elaspecto general de la piedra entera, casi excede los límitesdel lenguaje. Ni siquiera podía imaginar los rarísimosprincipios geométricos en que se habían inspirado para sucorte — pues no cabía duda de que se trataba de un corte
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artificial—, ya que jamás había visto nada tan extraño einequívocamente ajeno a este mundo. Apenas pude distinguiralguno de los jeroglíficos esculpidos en la superficie, perouno o dos de los que vi me dejaron atónito. Claro que muybien podía tratarse de una falsificación, pues yo no era laúnica persona que había leído el monstruoso y abominable
Necromonicón
del árabe loco Abdul Alhazred. Con todo, mehizo estremecerme al reconocer ciertos ideogramas que misestudios me habían enseñado a poner en relación con losmisterios más espeluznantes e implacables de seres quehabían tenido una semiexistencia descabellada antes deformarse la tierra y los otros planetas del sistema solar.De las cinco fotografías restantes, tres eran de terrenospantanosos y montañosos que parecían evidenciar huellas deocultos y perniciosos moradores. En otra se veía una extrañahuella en el suelo, muy cerca de la casa de Akeley, que,según decía éste, había fotografiado de mañana tras unanoche en que los perros habían ladrado con mayor intensidadque de costumbre. Estaba muy borrosa, y difícilmente podíanextraerse conclusiones de ella, pero tenía un detestableparecido con aquella otra huella de pie o zarpa fotografiadaen la desierta altiplanicie. En la última fotografía se veía lacasa de Akeley; una preciosa casa de blanca fachada con dospisos y una buhardilla, construida haría algo más de un siglo,y con un césped bien cuidado y una vereda bordeada depiedras que conducía a una puerta de estilo georgiano labradacon exquisito gusto. En el césped había varios perros policíade gran tamaño, tendidos junto a un hombre de aspectoagradable con una barba gris recién cortada que debía ser elpropio Akeley —fotógrafo de sí mismo a juzgar por la perillaconectada a un tubo que empuñaba en su mano derecha.De las fotografías pasé a la extensa y apretujada carta,sumiéndome durante las tres horas siguientes en un abismode inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hechosino esbozar someramente en su anterior carta, lo describíaahora con todo lujo de detalles, ofreciendo largastranscripciones de palabras oídas en los bosques durante lanoche, largas descripciones de monstruosas formas rosáceas
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avistadas en medio de la frondosa espesura al caer la nochesobre las montañas, y una terrible narración cósmica derivadade la aplicación de una profunda y diversificada erudición alos interminables discursos de antaño del demente y fingidoespía que acabó suicidándose. Me encontré ante nombres yvoces que había oído en otros lugares relacionados con losmás espantosos que cabe imaginar —Yuggoth, GranCthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep,Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora, laSeñal Amarilla, L’mur-Kathulos, Bran y el MagnumInnominandum—, y me vi transportado a través de infinitoseones e inconcebibles dimensiones a mundos antiguos y exte-riores que el demente autor del
Necronomicón
no había sinoempezado a intuir. Allí se me hablaba de los pozos de vidaprimigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y,finalmente, del riachuelo que, procedente de uno de aquellosríos, se había fundido inextricable-mente con los destinos denuestro planeta.Mi cerebro era un torbellino que no cesaba de dar vueltas, ysi antes había intentado encontrar una explicación a las cosas,ahora empezaba a creer en los más anormales y fantásticosprodigios. Las pruebas eran abrumadoras y aplastantes, y lafría y científica actitud de Akeley —una actitud que distabasiglos de lo demencial, fanático, histérico y hasta de logratuitamente especulativo—, tuvo un tremendo impactosobre mis facultades críticas. Cuando acabé de leer aquellaespantosa carta pude comprender los temores que Akeleyhabía llegado a albergar, y me dispuse a hacer lo queestuviera en mis manos para mantener alejada a la gente deaquellas despobladas y encantadas montañas. Incluso hoy,cuando el transcurso del tiempo ha mitigado la impresiónexperimentada y me ha hecho replantearme mis acciones yhorribles dudas, hay cosas de aquella carta de Akeley que nome atrevería a mencionar, ni siquiera expresándolas enpalabras sobre el papel. Casi me alegro de que hayandesaparecido la carta, la grabación y las fotografías… y sólodeseo, por razones que no. tardaré en explicar, que no lleguea descubrirse el nuevo planeta allende Neptuno.
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Tras la lectura de aquella carta, puse fin definitivamente amis polémicas sobre los horrores de Vermont. Lasargumentaciones de mis contrarios quedaron sin respuesta opostergadas tras algunas disculpas, y con el tiempo lacontroversia cayó en el olvido. Durante los últimos días demayo y a todo lo largo de junio mantuve una correspondenciaininterrumpida con Akeley, si bien, debido a que de vez encuando se extraviaba una carta, teníamos que volver sobrenuestros pasos y efectuar una ingente labor de reproducción.Lo que hacíamos, en términos generales, era compararnuestras notas en los puntos oscuros de la mitología con el finde llegar a establecer una precisa correlación de los horroresde Vermont con el
corpus
general de leyendas primitivas detodo el universo.De entrada, acordamos prácticamente que aquellas mor-bosidades y el infernal
Mi-Go
de las cumbres de Himalayapertenecían a la misma categoría de monstruosidadesencarnadas. Hicimos también interesantísimas conjeturas decarácter zoológico que me habría gustado consultar a micolega universitario, el profesor Dexter, de no mediar latajante orden de Akeley de no hacer partícipe a nadie, fuerade nosotros, de lo que sucedía. Si desobedezco ahora esaorden, es porque creo que en el actual estado de cosas unaadvertencia acerca de aquellas remotas montañas de Vermont-——y de aquellas cumbres del Himalaya que algunosintrépidos exploradores cada vez están más empeñados enescalar.— puede favorecer más a la seguridad pública que elguardar silencio. Algo concreto que estábamos a punto dedesentrañar era el desciframiento> de lhs jeroglíficos deaquella ignominiosa piedra negra: algo que muy bien podríahacernos entrar en posesión de secretos más arcanos y másasombrosos que cualesquiera otros hasta entonces conocidospor el hombre.III
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Hacia finales de junio llegó la grabación fonográfica, re-mitida desde Brattleboro, pues Akeley no confiaba en laseguridad que pudiera ofrecer el ramal que discurría al nortede dicha ciudad. Empezaba a tener cada vez más sospechasde que era espiado, sensación ésta que se agravó debido a lapérdida de algunas cartas, y hablaba continuamente acerca delas insidias de ciertas personas a las que considerabainstrumentos y agentes de los seres ocultos. De quien mássospechas albergaba era del desabrido granjero WalterBrown, que vivía solo en una ruinosa vivienda de la laderaque daba a los frondosos bosques y que era visto a menudoharaganeando por las esquinas de Brattleboro, Bellows Falls,Newfane y South Londonderry, del modo más inexplicable ysin razón aparente alguna. Akeley estaba convencido de quela voz de Brown era una de las que en cierta ocasión oyó enel curso de una horripilante conversación; además, en otromomento vio una huella de pisada o de zarpa en los aledañosde la casa de Brown, lo que juzgó un siniestro presagio.Curiosamente, cerca de ella había huellas de pisadas deBrown… pisadas enderezadas hacia la casa.Así pues, la grabación fue echada al correo en Brattleboro, adonde la llevó Akeley tras conducir su Ford a lo largo de lassolitarias carreteras secundarias de Vermont. En la nota queacompañaba a la grabación, confesaba que empezaba a tenermiedo de aquellas carreteras, y que ni siquiera se atrevía a ira Townshend a hacer compras si no era a plena luz del día.Era peligroso, repetía una y otra vez, saber demasiado, amenos que uno se encontrara a remota distancia de aquellassilenciosas y siniestras montañas. Pensaba trasladarse loantes posible a California a vivir con su hijo, por muy duroque resultara abandonar el lugar donde se centraban todos susrecuerdos y sentimientos ancestrales.Antes de poner la grabación en el aparato que pedí prestadoal Rectorado de la Universidad, repasé cuidadosamente todaslas explicaciones aparecidas en las diversas cartas de Akeley.La grabación, decía, fue obtenida hacia la una de la mañanadel 1 de mayo de 1915, cerca de la boca cerrada de una grutaen la frondosa vertiente occidental de Dark Mountain, justo
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encima de los terrenos pantanosos de Lee. De siempre, ellugar había estado extrañamente plagado de curiosas voces,siendo éste el motivo de que hubiese llevado hasta allí elfonógrafo, el dictáfono y unos cilindros para grabar en esperade obtener resultados positivos. Anteriores experiencias lehabían inducido a confiar en que la Víspera de Mayo —lahorrible noche del Sabbat de las leyendas esotéricaseuropeas— sería con toda probabilidad una fecha mucho másfructífera que cualquier otra… y, efectivamente, no quedódecepcionado de su elección. Ahora bien, era de destacar queen adelante jamás volvió a oft voces en aquel lugar.Al contrario que la mayoría de las voces oídas en el bosque,la sustancia de la grabación era casi ritual y contenía una vozinnegablemente humana, si bien Akeley no lograbaidentificarla. Desde luego, no era la de Brown; más bienparecía corresponder a un hombre con mayor nivel deeducación. La segunda voz, empero, constituía un auténticoenigma, pues se trataba de un maldito
susurro
que noguardaba la menor semejanza con el lenguaje humano, apesar de expresarse con palabras que denotaban un excelenteinglés y un acento académico.El fonógrafo y el dictáfono no debieron funcionar por igual alo largo de toda la grabación, y naturalmente ellorepresentaba un gran inconveniente debido a la le- jana y encubierta naturaleza del ritual, por lo que el registrode las voces era en realidad muy fragmentario. Akeley mehabía facilitado una transcripción de lo que él creía eran las>palabras pronunciadas, y volví a repasaría mientras medisponía a escuchar el aparato. El texto tenía más detenebroso y enigmático que de decididamente horrible,aunque el conocimiento de su origen y procedimiento dereproducción le infundía un halo de horror superior acualquier palabra que pudiera pronunciarse. Trataré dereproducirlo aquí en su integridad en la medida que lorecuerde, aun cuando estoy convencido de que me lo sé dememoria, no sólo por la lectura de la transcripción, sino porhaber escuchado la grabación infinidad de veces. ¡No es algoque uno pueda olvidar fácilmente!
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(Sonidos irreconocibles.)(Una voz humana, masculina, culta.)
…es el Señor de los Bosques, incluso para… y los presentesde los hombres de Leng… por lo que desde los abismos de lanoche hasta las vorágines del espacio, y desde las voráginesdel espacio hasta los abismos de la noche, siempre lasalabanzas al Gran Cthulhu, a Tsathoggua y a Aquel que nopuede ser Nombrado. Siempre Sus alabanzas, y abundanciapara el Chivo Negro de los Bosques. ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath!¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!
(
U
na imitación susurrante del lenguaje humano.)¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!(Voz humana.)
Y he aquí que el Señor de los Bosques, siendo… siete ynueve, descendió los peldaños del ónix… le (tri) buta a El enla Vorágine, Azathoth, Aquel de Quien Tú nos has enseñadomarav (illas)… sobre las alas de la noche muy lejos delespacio, muy lejos del… a Aquel de quien Yuggoth es elbenjamín, girando solo en el negro éter del círculo exterior…
(Voz susurrante.)
… ir entre los hombres y encontrar las formas de hacerlo, queAquel que está en la Vorágine debe conocer. A Nyarlathotep,Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y Eltomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera yla indumentaria que oculta, y descenderá del mundo de losSiete Soles para burlar…
(Voz humana.)
(Nyarl) athotep, Gran Mensajero, portador de singular alegríaa Yuggoth a través del vacío, Padre del Millón dePrivilegiados, Cazador al Acecho entre…
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(Interrupción del diálogo por llegarse al final de la gra-bación.)
Tales fueron las palabras que me preparé a escuchar cuandopuse en marcha el fonógrafo. Confieso que un cierto temor yrenuncia me embargaban cuando apreté la palanca y oi elrasgar de la punta de zafiro en los primeros surcos, peroexperimenté una sensación de alivio al comprobar que lasprimeras débiles y fragmentarías palabras procedían de unavoz humana: una voz suave y educada, con un ligero acentobostoniano, y que en cualquier caso no era de nadie queprocediese de la región montañosa de Vermont. Mientrasescuchaba aquellas exasperantes y tenues voces, el diálogome pareció no diferir en nada de la transcripción que tanescrupulosamente había hecho Akeley. Y aquella suave vozbostoniana salmodiaba… « ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El Ca-brón Negro de las Mil Crías! …Y entonces oí la otra voz. Aún hoy siento un estremecimientoretrospectivo cuando pienso en la tremenda impresión queme causó, aun cuando ya estaba sobre aviso por lo que mehabía dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente hedescrito la grabación afirman no hallar en ella sino una burdapatraña o la mejor prueba de un estado de locura, pero estoyconvencido de que pensarían de forma diferente
si hubieranoído la maldita grabación
o leído el grueso de lacorrespondencia de Akeley (sobre todo, esa terrible yenciclopédica segunda carta). Después de todo, es unaverdadera lástima que no me atreviera a desobedecer aAkeley y les dejara escuchar la grabación a otros… y nomenos lástima es, asimismo, que todas sus cartas seperdieran. A mí, que tenía una impresión de primera mano delos sonidos reales y que era conocedor del trasfondo y de lascircunstancias en que se efectuó la grabación, aquella voz mepareció algo monstruoso. Siguió inmediatamente a la vozhumana en ritual respuesta, pero tuve la sensación de que eraun morboso eco que se reproducía a través de insondablesabismos en inimaginables infiernos exteriores. Hace ya más
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de dos años que escuché por última vez aquel espeluznantecilindro de cera, pero aún hoy, y estoy convencido de que encualquier otro momento, puedo percibir en mis oídos aqueltenue y diabólico susurro, tal como alcancé a escucharlo porvez primera:
«¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!»
Pero aunque aquella voz no abandona mis oídos, no helogrado aún analizarla lo suficientemente bien como para daruna descripción gráfica de ella. Era como el zumbido dealgún repugnante y gigantesco insecto transformadotediosamente en el lenguaje articulado de una rara especie, yestoy plenamente convencido de que los órganos que loproducían no guardaban la menor semejanza con los órganosvocales del hombre, ni incluso con ninguno de los mamíferosconocidos. Tenía ciertas peculiaridades de timbre, duración yarmonía que hacían de este fenómeno algo totalmente ajeno alo propiamente humano y a la vida terrenal misma. Nada máscaptarlo mis oídos aquella primera vez casi quedé aturdido,por lo que el resto de la grabación la oí sumido en una es-pecie de inconsciente letargo. Al llegar el párrafo más largode la voz susurrante, se intensificó en extremo aquellasensación de implacable infinitud que tanto me chocó al oírel precedente y más breve párrafo. Al final, la grabaciónterminaba bruscamente, en el momento en que se oía condesacostumbrada claridad la voz humana de acentobostoniano… pero yo seguí sentado con la miradaabsurdamente perdida hasta mucho después de detenerseautomáticamente el aparato.Huelga decir que escuché muchas más veces aquellaincreíble grabación, y que hice exhaustivos intentos paraanalizarla y comentarla tras comparar mis notas con las deAkeley. Sería inútil y alarmista repetir aquí todo lo quesacamos en conclusión, pero puedo adelantar que creíamoshaber dado con una pista del origen de algunas de las másgenuinas y repulsivas costumbres de las antiguas y crípticasreligiones de la humanidad. Nos parecía, asimismo, evidente
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que había vínculos antiguos y complejos entre aquellosmisteriosos seres extraterrestres y determinadosrepresentantes de la raza humana. Hasta dónde llegaban estosvínculos y hasta qué punto puede compararse su actualestado con el de épocas anteriores, no nos atrevíamos aconjeturar, pero en cualquier caso daban pie a un sinfín deescalofriantes especulaciones. Parecía haber una horrorosa einmemorial relación en determinados períodos entre elhombre y el infinito desconocido. Todo indicaba que losespantosos seres que aparecieron sobre la tierra procedían delmisterioso planeta Yuggoth, en los confines del sistema solar,pero no eran sino la vanguardia de una espantosa razaextraterrestre cuyo origen último debe radicar incluso muchomás allá del continuo espacio-tiempo einste
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iano o mayorcosmos conocido.Entretanto, seguíamos hablando de la piedra negra y de cuálseria la mejor forma de enviarla a Arkham, pues Akeley noestimaba aconsejable que fuera yo a visitarle al escenariomismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u otrarazón, temía que fuera transportada siguiendo una rutaordinaria o convencional. Finalmente, decidió que lo mejorsería llevarla campo a través hasta Bellows Falís, y allí enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a través deKeene, Winchendon y Fitchburg, aunque ello significabatener que conducir por caminos de montaña más solitarios ymás rodeados de bosques que la carretera principal queconducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombremerodeando por la oficina de correos de Brattleboro cuandoenvió la grabación fonográfica, cuyo aspecto y movimientosno eran nada tranquilizadores. Aquel hombre parecía tener ungran interés en hablar con los empleados de correos, y tomóel tren en que iba la grabación. Akeley confesó que no sehabía sentido del todo tranquilo hasta que no recibió noticiasmías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.Por aquellos días —-corría la segunda semana de julio— seextravió otra carta mía, según me enteré por unacomunicación de Akeley que evidenciaba cierto desasosiego.A raíz de aquello, me dijo que no volviera a escribirle a
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Townshend y que enviase todas mis cartas a la Lista deCorreos de Brattleboro, adonde hacía frecuentes visitas bienen su coche o en un autobús de la línea regular que se habíahecho cargo últimamente del servicio de transporte deviajeros que venía prestando el lento ramal de ferrocarril. Medi perfecta cuenta de que su ansiedad iba en aumento, puesentraba en pormenorizado detalle al hablar sobre los ladridoscada vez mayores de los perros en las noches sin luna y lasfrescas huellas de zarpas que a veces encontraba al amaneceren el camino y en el barro que se formaba en la parteposterior del corral. En cierta ocasión me habló de todo unejército de pisadas de perros, y para demostrarlo me enviabauna repulsiva e inquietante instantánea kodak. La foto fuetomada a raíz de una noche en que los perros se habíansuperado a sí mismos en sus aullidos y ladridos.La mañana del miércoles, 18 de julio, recibí un telegrama deBellows Falls, en el que Akeley me comunicaba el envío dela piedra negra en el tren núm.
5.508
de la compañía B.
&
M., que salía de Bellows Falís a las
12,15
y tenía anunciadasu llegada a la estación del Norte de Boston a las 16,12.Calculé que llegaría a Arkham para las 12 de la mañana deldía siguiente, por lo que permanecí allí toda la mañana del jueves hasta que llegara. Pero viendo que daban las 12 y nollegaba nada, llamé por teléfono a la oficina de correos dondeme informaron que no se había recibido ningún envío a minombre. A renglón seguido, y en medio de una crecientealarma, puse una conferencia al factor de correos de laestación del Norte de Boston… y apenas me sorprendióenterarme de que no aparecía ningún envío a mi nombre. Eltren núm.
5.508
había llegado con sólo
35
minutos de retrasoel día anterior, pero en él no había ningún paquete para mí.Con todo, el factor me prometió realizar una investigaciónpara ver si aparecía. El día concluyó con una carta que leenvié a Akeley por la noche en la que le daba cuenta delestado de la situación.A la tarde siguiente llegó, con encomiable prontitud, uninforme de la oficina de Boston; el factor me telefoneó encuanto se informó al respecto. Al parecer, el empleado de
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servicio en el tren núm.
5.508
recordaba un incidente que talvez tuviera que ver con la pérdida de mi paquete: unadiscusión con un hombre de voz muy extraña, aspectocampesino, de contextura delgada y con el pelo de colorarena, mientras el tren estaba estacionado en Keene, NewHampshire, poco después de la una de la tarde.El hombre en cuestión, siguió diciendo el empleado, sehallaba muy excitado a propósito de una pesada caja queaguardaba, pero que no estaba en el tren ni figuraba en loslibros de la compañía. Decía llamarse Stanley Adams, y teníaun tono de voz tan extrañamente pastoso y monótono que elempleado se quedó aturdido y adormecido mientras laescuchaba. El empleado no podía recordar el final de laconversación, aunque sí que se despertó al tiempo que el trenvolvía a ponerse en marcha. El factor de Boston añadió queaquel empleado era un joven de una probidad y confianza atoda prueba, de buenos antecedentes y con mucho tiempo deservicio en la compañía.Aquella misma tarde me fui a Boston a entrevistarme con elempleado en cuestión, tras obtener su nombre y dirección enla oficina. Era un tipo abierto y simpático, pero no tardé encomprender que nada nuevo podía añadir a lo ya dicho. Porraro que parezca, ni siquiera estaba seguro de poderidentificar al extraño que le hizo la pregunta. Tras darmecuenta de que no tenía más que decir, regresé a Arkham y mepasé la noche entera escribiendo cartas a Akeley, a lacompañía de transportes, a la comisaría de policía y al factorde la estación de Keene. A mi juicio, ese hombre de singularvoz que tan extrañamente había afectado al empleado debíadesempeñar un papel fundamental en todo aqueldesagradable asunto, y esperaba que los empleados de laestación de Keene y los archivos de la oficina de telégrafospudieran decirme algo acerca de su persona y de los motivosque le impulsaron a preguntar cuando y donde lo hizo.Debo admitir, empero, que todas mis investigacionesresultaron infructuosas. Al hombre de la voz rara se le habíavisto efectivamente en las inmediaciones de la estación de
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Keene a primeras horas de la tarde del 18 de julio, y unviajero le asociaba vagamente con una pesada caja, pero eraalguien completamente desconocido para él y no había vueltoa verle desde entonces.
El descono
cido no había pasado porla oficina de telégrafos ni recibido ningún mensaje, y a laoficina no había llegado ningún telegrama que pudierarelacionarse con la presencia de la piedra negra en el trennúm.
5.508.
Naturalmente, Akeley colaboró conmigo en lasinvestigaciones, y hasta se desplazó a Keene para interrogaral personal de servicio en la estación, pero su actitud era másfatalista que la mía. Para él, la pérdida de la caja era elsíntoma inconfundible de algo portentoso y amenazador quenada bueno presagiaba, y no tenía la menor esperanza derecuperarla. Hablaba de los indudables poderes telepáticos ehipnóticos de los seres de las montañas y de sus inter-mediarios, y en una carta expresaba su convencimiento deque la piedra no se encontraba ya en nuestro planeta. Por mí parte, estaba enfurecido y con razón, pues me había hecho ala idea de que al menos se me presentaba una oportunidadpara enterarme de cosas profundas y sorprendentes sobre losantiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me habríadejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque lascartas que seguía recibiendo de Akeley hicieron que elhorrible problema de la montaña entrara en una nueva faseque acaparó inmediatamente toda mi atención.IVLos seres desconocidos, me escribía Akeley con unacaligrafía cada vez más temblorosa, habían empezado amontar un cerco en torno a él con una determinacióntotalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perroscuando no había luna o apenas brillaba se habían vueltoespantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle enlas solitarias carreteras por las que transitaba durante el día.El 2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, seencontró un tronco de árbol en medio del camino en un lugar
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en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda;los furiosos ladridos de los dos grandes perros que leacompañaban le indicaron muy a las claras que alguno deaquellos seres debía estar merodeando por allí. No quería nipensar lo que hubiese sucedido de no ser por los perros…, así que en lo sucesivo no se atrevió a salir más sin dosejemplares cuando menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvootros incidentes en la carretera los días
5
y 6 del mismo mes.En una ocasión un proyectil le pasó rozando el coche, y enotra los ladridos de los perros le advirtieron de peligros ocul-tos en el bosque.El 15 de agosto recibí una desesperada carta que meintranquilizó mucho, hasta el punto de hacerme desear queAkeley dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habíanproducido unos espantosos hechos:se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres delos doce grandes perros fueron encontrados muertos a lamañana siguiente. Por minadas se contaban las huellas dezarpas que había en el camino, y entre ellas podían verse lashuellas humanas de Walter Brown. Akeley intentó telefoneara Brattleboro para que le enviasen más perros, pero lacomunicación se cortó al poco de empezar a hablar.Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en donde seenteró de que los instaladores de l
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neas telefónicas habíanencontrado el cable principal cortado con suma limpieza enun lugar de las despobladas montañas al norte de Newfane.Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevosy excelentes perros y varias cajas de munición para su riflede repetición de gran calibre. La carta, escrita en la oficina decorreos de Brattleboro, llegó a mis manos sin ningún retraso.Mi actitud respecto a todo aquello había pasado en pocotiempo de un interés científico a otro personal y alarmista.Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e inclusoalbergaba temores por mi mismo a causa de todo lo que sabíaen relación con el extraño caso de la montaña. Aquellotrascendía toda lógica. ¿Acabaría también por absorberme yengullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a
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que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él podríaintentarlo yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont enpersona a pesar de sus deseos en contra, y de ayudarle aexplicar el caso a las autoridades competentes. Por todacontestación, empero, recibí un telegrama expedido enBellows Falls y que decía así:AGRADEZCO SU ATENCION PERO NO PUEDOHACER NADA. NO HAGA NADA PUESPODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPEREEXPLICACION. HENRY AKELY.Pero el asunto se complicaba cada vez más. Tras contestar altelegrama, recibí una temblorosa nota de Akeley con lasorprendente noticia de que no sólo no había enviado eltelegrama, sino que no le había llegado mi carta a la queaquél daba contestación. Tras apresuradas indagaciones enBellows Falís se comprobó que el telegrama fue cursado porun extraño individuo de cabello color terroso y vozcuriosamente pastosa y susurrante, y eso fue prácticamentetodo lo que Akeley pudo sacar en claro. El funcionario detelégrafos le enseñó el texto original garrapateado a lápiz porel remitente, pero la caligrafía resultaba completamentedesconocida. Se apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y,sin la segunda E. Ciertas conjeturas eran, inevitables a partirde ahí, pero la crisis le había afectado de tal forma que no separó a meditar al respecto.Hablaba de la muerte de más perros, de la compra de otrosnuevos, y del cruce de disparos que había acabado siendo unanota peculiar de las noches sin luna. Las huellas de Brown yde al menos uno o dos seres humanos más, que ibancalzados, podían verse casi siempre entre las huellas dezarpas que había en el camino y en la parte trasera de lagranja. La situación, reconocía Akeley, se había vueltoinsoportable, y lo más probable es que muy pronto se
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archara a vivir a California con su hijo, vendiera o no lavieja casa. Pero no resultaba nada fácil abandonar el únicolugar que uno podía considerar realmente su hogar. Trataría
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de seguir allí algo más. Tal vez consiguiera ahuyentar a losintrusos.., sobre todo si abandonaba de una vez por todascualquier intento de profundizar en sus secretos.Contesté inmediatamente a Akeley, renovándole misofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de visitarle yayudarle a convencer a las autoridades del extremo peligroque corría. En su respuesta parecía menos predispuestocontra el plan de lo que su anterior actitud habría hechosuponer, aunque dijo que le gustaría aplazar su salida unosdías más… justo el tiempo suficiente para poner en orden suscosas y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casimorbosamente querido suelo natal. La gente albergabasospechas sobre sus estudios e investigaciones, y lo mejorsería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos nique empezaran a circular rumores sobre su salud mental.Habla pasado mucho, afirmaba, pero querría marcharse de unmodo digno a ser posible.La carta llegó a mis manos el 28 de agosto, e inmediatamentele escribí y eché al correo una carta de contestaciónanimándole en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabrasde ánimo surtieron efecto, pues Akeley parecía más tranquilocuando contestó mi nota. No obstante, no se hacía muchasilusiones pues creía que lo único que retenía a aquellascriaturas era que habla luna llena. Confiaba que no hubiesemuchas noches nubladas, y de pasada hablaba de irse a vivira una pensión a Brattleboro cuando la luna empezara amenguar. Volví a escribirle en tono animoso, pero el
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deseptiembre me llegó una carta que sin duda debió cruzarsecon la mía en el correo… y esta vez sí que me fue imposibledarle ninguna respuesta alentadora. En vista de suimportancia creo que lo mejor será transcribirla íntegramente,todo lo mejor que mi memoria me permita recordar aquellatemblorosa letra. Poco más o menos, decía así:
Lunes
Querido Wilmarth:
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Una postdata harto desoladora a mi última carta. Anoche elcielo estaba plagado de nubes — aunque no llovió— y no seveía luz procedente de la luna. La situación empeorótremendamente, y mucho me temo que se acerque el final, encontra de todo lo que esperábamos. Pasada la medianochealgo se posó en el tejado de la casa y los perros seprecipitaron fuera a ver qué pasaba. Les oi ladrar y aullar, yseguidamente uno consiguió encaramarse al tejado saltandodesde un cobertizo bajo. Se entabló una feroz lucha allí arriba, y oí un espantoso susurro que jamás olvidaré. Y luegollegó hasta mí un tufo irresistible. Casi al mismo tiempo unosproyectiles atravesaron la ventana y a punto estuvieron dealcanzarme. En mi opinión, una avanzadilla de las criaturasde la montaña se acercaron a la casa mientras los perrosestaban entretenidos con lo que sucedía en el tejado. Ignoroqué pasaría allí, pero me temo que esos seres están apren-diendo a gobernar mejor sus alas espaciales. Apagué la luz yutilicé las ventanas a modo de troneras, y barrí toda la casacon fuego de rifle apuntando alto a fin de no herir a losperros, tras lo cual se puso fin a la contienda. Pero, a lamañana siguiente, descubrí grandes charcos de sangre en elpatio, además de otros de una sustancia verde y viscosa quedespedían el olor más nauseabundo que mi memoriarecuerda. Me encaramé al tejado en donde encontré másrestos de aquella sustancia viscosa. Cinco perros habíancaído muertos… me temo que a uno lo maté yo por apuntarmuy alto, pues tenía un tiro en el lomo. Ahora estoycambiando los cristales que se rompieron a causa de losdisparos, y dentro de unos momentos salgo para Brattleboroen busca de más perros. Los hombres de las perreras debencreer que estoy loco. Le pondré otra nota a la vuelta. Esperopoder mudarme dentro de una o dos semanas, aunque casi memata sólo pensar en ello.Apresuradamente, Akeley.Pero ésta no fue la única carta de Akeley que se cruzó con lamía. A la mañana siguiente — -6 de septiembre— recibí otra.
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Esta vez eran unos mal trazados garrapatos que medesconcertaron por completo y que me dejaron sin saber quédecir o hacer. Una vez más, lo mejor será que reproduzca eltexto de la carta lo más fielmente que la memoria me lopermita.
Martes
No se abrió ningún claro entre las nubes de modo quetampoco hubo luna, la cual, por otro lado, está en fase decuarto menguante. Si no fuera porque sé que cortarían loscables una y otra vez que los arreglaran llevaría electricidadhasta la casa e instalaría un foco.Creo que voy a volverme loco. Es posible que todo lo que lehe escrito no sea más que un sueño o simple locura. Yaestaban mal las cosas antes, pero esta vez sobrepasan todo loimaginable. Anoche hablaron conmigo… me hablaron enaquella horrible y susurrante yoz para decirme cosas que nome atrevo a repetir aquí. Les oí con toda nitidez a pesar delos ladridos de los perros., y en un momento determinado enque empezaba a no oírse les, se oyó una voz humana quevino en su ayuda. No se meta en esto, Wilmarth… es muchopeor de lo que sospechábamos. Ahora no quieren dejarme ir aCali
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ornia: quieren llevarme con ellos vivo, o lo que teórica ymentalmente equivale a vivo.., y que les acompañe no sólo aYuggoth, sino mucho más allá… lejos de la galaxia, yposiblemente más allá del último círculo de anillo espacial.Les dije que no les seguiría a donde ellos quieren que vaya,
nimedejaríallevardelmodotanterriblequeellos proponen,
pero temo que todo sea inútil. Mi casa está tanapartada que dentro de poco podrán presentarse lo mismo dedía que de noche. Seis perros más han muerto, y cuando hoyme dirigía a Brattleboro sentía que me observaban desde losbosques que bordean el camino.Fue un error por mi parte tratar de enviarle la grabaciónfonográfica y la piedra negra.
Será mejor que des
truya lagrabación antes de que sea demasiado tarde. Le pondré unasl
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neas mañana, si es que sigo aquí todavía. Me gustaría poder
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llevarme a Brattleboro mis libros y otras pertenencias yalojarme en alguna pensión. Si pudiera echaría a correr ahoramismo y lo dejaría todo detrás, pero hay algo dentro de mí que me lo impide. Podría escaparme a Brattleboro, dondeestaría a salvo, pero tengo la impresión de que allí me sentirlatan prisionero como en mi casa. Y, a mi juicio, no creo quepudiera ir mucho más lejos, ni aunque lo dejara todo y lointentara. Es realmente horrible.., no se mezcle en todo esto.Atentamente, Akeley.Después de leer esta horrible carta no dormí en toda la noche.No sabía qué decir acerca del estado de salud mental deAkeley. El contenido de la carta era totalmente demencial,pero la forma de expresarlo — habida cuenta de todo loacontecido hasta entonces— resultaba sombría ytremendamente convincente. Decidí no contestarla, pensandoque sería mejor aguardar hasta que Akeley dispusiera detiempo para responder a mi última carta. Como era deesperar, la respuesta llegó al día siguiente, aunque lasnoticias frescas que se recogían en ella eclipsaronprácticamente las cuestiones que se planteaban en la carta ala que en teoría respondía. A continuación reproduzco lo querecuerdo de su texto, garrapateado y lleno de tachadurascomo si hubiese sido escrito en el curso de un frenético yapresurado impulso.
Miércoles
W…
Recibí su carta, pero es inútil seguir hablando sobre el tema.Estoy completamente resignado. Me sorprende que aún mequeden fuerzas para rechazarlos. No podría escapar ni aun enel caso de que estuviera dispuesto a abandonarlo todo y salircorriendo. Me atraparían.
Ayerrecibíunacartadeellos..,
me la entregó un tipo denombre R. F. D. en Brattleboro Estaba mecanografiada y
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llevaba matasellos de Bellows Falís. En ella se dice lo quequieren hacer conmigo… No me atrevo a repetirlo. ¡Tengacuidado Wilmarth! Destruya la grabación. Quisiera decidirmey pedir ayuda — tal vez ello me haría recobrar mi fuerza devoluntad—, pero quienquiera que viniese en ayuda míapensaría que estoy loco, a no ser que le presentara pruebasconcluyentes. No puedo pedir ayuda a la gente si no tengo unbuen motivo… No tengo ni he tenido el menor contacto connadie en muchos años.Pero aún no le he contado lo peor, Wilmarth. Prepárese paraleer lo que sigue, pues se va a llevar un sobresaltomayúsculo. Pero no hago más que decirle la pura verdad.Prepárese, pues, como le digo:
hevistoytocadoaunodelosseres,
o menos parte de uno de los seres. Fue algo horrible,¡Dios mío! Estaba muerto, naturalmente. Esta mañana me loencontré junto a la perrera:¡uno de los perros lo tenía entre sus garras! Traté deesconderlo en la leñera para así poder mostrárselo y con-vencer a mis vecinos, pero en unas horas se evaporó. Noquedó ni el menor rastro de él. Como usted bien sabe, sólo laprimera mañana tras la inundación se vieron aque- -los seresflotando en los ríos. Y aquí viene lo peor. Traté defotografiarlo para mostrárselo luego, pero cuando revelé lapelícula
enellanoseveíamásquelaleñera.
¿De qué podíaestar hecho ese ser? Al menos, puedo decir que vi y palpéuno, y que todos ellos dejan huellas de pisadas. Sin dudaestaba hecho de materia, pero ¿qué clase de materia? Nosabría cómo describir su forma. Era un enorme cangrejo, conun montón de anillos piramidales carnosos o ligamentos deuna sustancia espesa y viscosa, cubierto de tentáculos en ellugar donde el hombre tiene la cabeza. Aquella sustanciaverde y pringosa era su sangre o jugo. Y a cada momento quepasa crece su número sobre la tierra.Walter Brown ha desaparecido. No se le ha visto últi-mamente merodeando por ninguna de las esquinas que solíafrecuentar en los pueblos de los alrededores. Uno de misdisparos debió alcanzarle, aunque aquellas criaturas se llevansiempre consigo sus muertos y heridos.
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Esta tarde acudí a la ciudad y no tuve el menor contratiempo,pero temo que comiencen a retraerse porque ya me conocenmuy bien. Escribo esta carta en la oficina de correos deBrattleboro. Tal vez sea una despedida. En tal caso, escriba ami hijo, George Goodenough Akeley, 176 Pleasant St., SanDiego, California,
peronovengaaquíporloquemásquiera.
Escríbale a mi hijo si no vuelve a saber de mí dentro de unasemana… y esté atento a las noticias de los periódicos.- Voy a jugarme las dos últimas cartas que me quedan… si esque aún tengo arrestos. La primera es tratarenvenenar con gas a esos seres (tengo los productos químicosnecesarios, y me he fabricado máscaras para mí y para losperros), y si veo que no- da resultado iré a contárselo alsheri
f
f. Es posible que me encierren en un manicomio, peroen cualquier caso será siempre preferible a lo que las otrascriaturas harían conmigo. Tal vez pueda conseguir quepresten atención a las huellas que hay en torno a la casa: sonborrosas, pero puedo verlas todas las mañanas. Puede sucedertambién que la policía diga que trato de engañarles, pues lagente opina de mí que soy un personaje muy extraño.Lo mejor sería que un policía pasara una noche aquí y loviera todo con sus propios ojos… aunque lo más probable esque las criaturas se enteraran y no aparecieran. Me cortan loscables del teléfono cuando intento telefonear de noche; losempleados de la compañía tele fónica creen que es algo muyextraño, quizá puedan testimoniar en favor mío… si es que nollegan a creer que yo mismo corto los hilos. Hace ya más deuna semana que están sin reparar.Podría asimismo hacer que algún campesino de los aledañosatestiguara en mi nombre la realidad de los horrores, perotodo el mundo se ríe de lo que dicen esas gentes sencillas, y,por otro lado, hace ya tanto que no vienen por aquí que nosaben nada de lo - que está pasando. Ni uno solo de esospobres granjeros se acercaría a menos de una milla dedistancia de mi casa, ni por todo el oro del mundo. El carteroles oye hablar y luego viene a contármelo en tono jocoso…¡Dios mio! Si me atreviera a decirle que no es sino la puraverdad. Creo que lo mejor sería llevarle a ver las huellas,
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pero siempre viene por la tarde y para entonces, por logeneral, ya están borradas. ¿Y si tratara de conservar- una po-niendo encima una caja o una cazuela?… - ¡Bah! Entoncescreería casi con toda seguridad que se trataba de una patrañao una broma.Ojalá no llevara una vida tan solitaria; pues la gente ya nopasa a yerme como solía. Nunca me - be atrevido a mostrar lapiedra negra o las fotografías kodak ni dejar escuchar lagrabación, pues, salvo los sencillos aldeanos, los demáshabrían creído que no era más que una farsa y se habríanechado a reír. Pero aún puedo tratar de enseñarles - lasfotografías. En ellas pueden apreciarse bien las pisadas, auncuando no aparezcan los seres que las produjeron. ¡Quélástima que nadie viese aquel ser esta mañana, antes de quese desvaneciera en el aire!Pero no sé por qué me preocupo. Después de todo lo que hepasado, tan bueno es un manicomio como cualquier otrolugar. Los médicos me ayudarán a olvidar los malosmomentos que he pasado en esta - casa; sólo eso podrásalvarme. - Escriba a mi hijo Geo
rge si no tiene prontonoticias
mías. Destruya la grabación y no se meta para nadaen esto.Atentamente, AkeleyEsta carta me sumió en un terror abismal. No sabía quéresponder, así que me limité a garrapatear unas incoherentespalabras de consejo y aliento, enviándoselas a micorresponsal por correo certificado. Recuerdo que en aquellacarta le instaba a Akeley a que se trasladara inmediatamentea Brattleboro y se pusiera bajo la protección de lasautoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con lagrabación fonográfica y le ayudaría a convencer a los juecesde su cordura. Creo que le decía también que había llegado elmomento de alertar a la gente de la presencia de tales seres.Conviene señalar que en aquellos momentos de extrematensión creía prácticamente en todo lo que decía Akeley,aunque pensaba que si no pudo hacer una fotografía - del
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monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algúnfenómeno de la Naturaleza.VEl sábado 8 de septiembre por la tarde, tras cruzarse alparecer con mis incoherentes líneas, recibí una extraña ytranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud enuna máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en laque trataba de tranquilizarme y me hacía una invitación; enella se operaba una prodigiosa transición en el curso delalucinante drama de las solitarias montañas. De nuevo echomano de la memoria para reproduciría, y en esta ocasión, pormotivos especiales, trataré de atenerme con la mayorfidelidad posible al estilo. Llevaba matasellos de BellowsPalis, y tanto el texto de la carta como la firma estaban a má-quina, como suele ser corriente entre quienes aprendenmecanografía. El texto, sin embargo, mostraba una granprecisión para tratarse de un aprendiz, de lo que deduje queAkeley debió escribir a máquina en algún momento de suvida… quizá en sus años de estudiante. Si bien es cierto quela carta me tranquilizó bastante, bajo aquel alivio se ocultabauna sensación de desasosiego. Si Akeley estaba en su sano juicio cuando experimentaba terror, ¿lo estaba también ahoraen la nueva situación? Y esas «mejores relaciones» a que serefería, ¿qué era exactamente? Aquello suponía un cambioradical en la actitud que hasta entonces había mantenidoAkeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto,minuciosamente transcrito gracias a una memoria de la que,modestamente, me enorgullezco.Townshend, Vermont.Jueves, 6 de septiembre de 1928.Mi querido Wilmarth:Es para mí un gran placer poder tranquilizarle respecto atodas las tonterías de que le he estado escribiendo. Digo
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«tonterías», aunque lo que trato con ello es de referirme mása mi actitud asustadiza que a mis descripciones de ciertosfenómenos. Tales fenómenos son auténticos y, sin duda, muyimportantes. Mi error ha radicado en la anómala actitud quehe mantenido respecto a ellos.Creo haberle dicho que mis extraños visitantes habíanempezado a comunicarse conmigo, y a intentar estableceruna comunicación. Anoche se materializó el diálogo. Enrespuesta a ciertas señales que me hicieron dejé entrar encasa a un mensajero de los del exterior… un ser humano, meapresuraré a decir. Me contó cosas que ni usted ni yo noshabríamos atrevido siquiera a imaginar, y me demostró bien alas claras que nuestros juicios y conjeturas sobre la razón demantener el secreto acerca de la colonia que los Exterioreshan establecido en nuestro planeta estaban totalmentedescaminadas.Al parecer, las malignas leyendas sobre lo queofrecen a los hombres y esperan obtener de la tierra,son el resultado de una interpretación errónea y -superficial del lenguaje alegórico. Un lenguaje, bienentendido, moldeado por tradiciones culturales yhábitos mentales muy distintos de los nuestros. Mispropias conjeturas, debo reconocerlo, eran tanerróneas como podrían serlo los barruntos decualquier campesino analfabeto o de un indiosalvaje. Lo que en un principio había juzgadomorboso, vergonzoso e ignominioso es en realidadalgo sorprendente, algo que ensancha los limites dela imaginación y resulta hasta glorioso. El juicio queme merecían antes no era sino una fase de la eternatendencia humana a odiar, temer y rehuir loradicalmente distinto.Ahora lamento el daño que he infligido a esos extraños eincreíbles seres en el curso de nuestras escaramuzasnocturnas. ¡Si no hubiera puesto reparos a hablar pacífica yrazonablemente con ellos desde un primer momento! Pero nome guardan el menor rencor pues sus movimientos se rigenpor un código muy diferente del nuestro. La desgracia suya
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ha sido que sus agentes humanos en Vermont eran tipos debaja calaña, como el difunto Walter Brown por ejemplo. Porculpa de Brown he albergado grandes prejuicios contra ellos.Pero lo cierto es que nunca han causado, conscientemente almenos, daño a los hombres, si bien algunos congéneresnuestros les han espiado y juzgado cruelmente. Hay todo unculto secreto practicado por hombres perversos (un hombrecon su erudición mitológica me entenderá perfectamentecuando lo relaciono con Hastur y la Señal Amarilla) cuyafinalidad es seguirles la pista e injuriarles en nombre deabominables poderes procedentes de-otras galaxias. Las drásticas medidas de precaución que hanadoptado los Exteriores van precisamente dirigidas contratales agresores, y no contra la especie humana en general. Atítulo incidental, me he enterado de que muchas de nuestrascartas perdidas fueron - robadas no por los Exteriores sinopor los emisarios del maligno culto de que le hablo.Lo único que los Exteriores desean del hombre es paz, nosufrir molestias y unas relaciones a nivel intelectual cada vezmayores. Esto último les es absolutamente imprescindible enestos momentos en que nuestras invenciones y máquinasensanchan los limites de nuestro conocimiento y acciones, yhacen que cada vez sea más difícil la existencia secreta de lasnecesarias avanzadillas de los Exteriores en este planeta. Loque estos extraños seres buscan es tener un conocimientomás profundo del hombre y que los principales filósofos ycientíficos de la humanidad lleguen a conocerles mejor. Consemejante intercambio de conocimientos desapareceríantodas las amenazas y podría establecerse un
modusvivendi
que satisficiera a todos. La sola idea de pensar en la posibi-lidad de
esclavizar
o
degradar
a la especie humana resulta detodo punto ridícula.Para iniciar estas nuevas relaciones, los Exteriores handecidido elegirme a mí por el ya más que considerableconocimiento que de ellos tengo— como su primer intérpreteen la tierra. Anoche me revelaron muchas cosas —hechos dela más sorprendente naturaleza, que abren insospechadasperspectivas—, y mucho más se me dará a conocer en lo
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sucesivo, tanto de palabra como por escrito. Por el momentono se me pedirá que haga ningún viaje al exterior, aunqueprobablemente desearé hacerlo con el tiempo; en talsupuesto, habré de emplear medios especiales y trascendertodo lo que hasta aquí estamos acostumbrados a considerarcomo experiencia humana. En lo sucesivo no volverán aasediar más mi casa. Todo ha vuelto a la normalidad y losperros no tendrán en qué ocuparse. En lugar de terror se meofrece un presente rico en conocimientos y con la perspectivade una aventura intelectual que pocos mortales han podidodisfrutar hasta ahora.Los Exteriores son quizá los seres orgánicos más mara-villosos que existen en o allende el espacio y el tiempo;integrantes de una raza cósmica de la que el resto de- lasformas con vida no son sino meras variantes degradadas. Sonmás vegetales que animales, si es que tales términos puedenaplicarse a la materia de que están formados, y tienen unaspecto un tanto fungiforme, aunque la presencia de unasustancia semejante a la clorofila y un sistema nutritivo muypeculiar les distingue de los auténticos hongos cormofíticos.En realidad, están formados de una materia totalmente ajenaal sector del espacio en que habitamos, con electrones quecuentan con un número de vibraciones absolutamentedistinto. De ahí que estos seres no puedan fotografiarse conlos films y placas ordinarios del universo conocido, auncuando puedan verlos nuestros ojos. No obstante, cualquierbuen profesional de la química que tuviera los conocimientosrequeridos podría hacer una emulsión fotográfica que repro-dujera sus imágenes.Los Exteriores tienen una extraordinaria capacidad paraatravesar en plena forma corpórea el vacío interestelar, en elque no hay aire ni calor, en tanto que algunas variantes suyas- no pueden hacerlo si no es gracias a una ayuda mecánica oa curiosos transplantes quirúrgicos. Sólo unas cuantasespecies poseen las alas resistentes al éter características dela variedad de Vermont. Las que habitan en ciertas cumbresremotas de Europa llegaron por otros procedimientos. Susemejanza externa con la vida animal, y con la modalidad de
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estructura que consideramos material, es una cuestión deevolución paralela más que de estrecho parentesco. Sucapacidad cerebral sobrepasa a la de cualquier otra forma devida existente, aunque las especies aladas de nuestramontañosa región distan mucho de ser las de mayordesarrollo. La telepatía es su medio habitual decomunicación, aunque poseen unos órganos vocalesrudimentarios que, tras una ligera operación (pues la cirugíaha alcanzado un tremendo desarrollo entre ellos), puedenfacultarles para duplicar el habla de aquellos tipos deorganismo que todavía hacen uso del habla.Su principal morada
inmediata
es un planeta todavía pordescubrir y casi sin luz situado en el confín mismo de nuestrosistema solar: más allá de Neptuno y el noveno a partir delsol. Es, como suponíamos, el objeto al que en- ciertosantiguos y prohibidos escritos se denomina místicamente«Yuggoth», y pronto será el escenario de una extrañaproyección de la mente sobre nuestro mundo con el fin defacilitar las relaciones intelectuales. No me sorprendería quelos astrónomos se mostraran lo suficientemente sensibles aestas corrientes mentales y descubrieran Yuggoth cuando alos Exteriores les parezca oportuno. Pero Yuggoth, porsupuesto, es sólo el principio. El grueso de los seres habita enabismos dotados de una extraña organización fuera delalcance de toda imaginación humana. El glóbulo espacio-tiempo que reconocemos como la totalidad de toda entidadcósmica no es sino un átomo de la verdadera infinidad en queestán insertos, Y
a mí se me va a mostrar todo lo que elcerebro humano puede abarcar de esa infinidad, algo quesólo se ha hecho con no más de cincuenta hombres desde loscomienzos de la especie humana.
Es posible que al principio todo esto le parezca un desvarío,Wilmarth, pero con el tiempo se dará perfecta cuenta de laincreíble oportunidad que se me presenta. Mi deseo es queusted comparta conmigo al máximo posible esta experiencia,y a tal fin tengo que contarle miles de cosas que no puedoreproducir sobre el papel. Hasta hoy le había aconsejado queno viniera a yerme. Pero ahora que todo va bien, sería para
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mí un gran placer que olvidara mi advertencia y aceptase sermi huésped.¿No podría usted darse una vuelta por aquí antes de iniciarseel curso en la Universidad? Sería realmente maravilloso sipudiera hacerlo. Traiga la grabación fonográfica y todas lascartas que le he escrito para utilizarlas como elemento deconsulta: las necesitaremos para reconstruir toda estaimpresionante historia. Le agradecería que trajese también lasfotografías, pues con la excitación de estos días parece que heextraviado los negativos y mis fotografías. Pero no seimagina la cantidad de datos que voy a añadir a todo estetentador y sugestivo material ¡y
muchomenoselsensacional plan que he ideado para complementar mis aportaciones!
No lo dude. Nadie me espía ahora, y tampoco encontraráusted nada anormal o que pueda perturbarle. Venga e iré abuscarle en mi coche a la estación de Brattleboro.Dispóngase - a pasar aquí una larga temporada, y prepárese aoír hablar durante largas veladas de cosas que escapan a todaconjetura humana. Bien entendido que no debe decir nada anadie, pues el asunto en cuestión no debe trascender alpúblico.El servicio de trenes a Brattleboro no es malo. En Bostonpuede enterarse del horario. Tome el B. & M. hastaGreenfield, y trasborde allí para el corto trayecto que le resta.Le aconsejo que coja el que sale a las 4,10 de la tarde deBoston. Dicho tren llega a Greenfield a las
7,35,
de donde alas 9,19 sale otro que pasa por Brattleboro a las 10,01 de lanoche. Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré ala estación a esperarle con mi coche.Perdone que le escriba a máquina, pero, como usted biensabe, últimamente me falla el pulso y no me siento capaz deescribir largos párrafos. Ayer compré esta nuevaCorona en Brattleboro, y parece que funciona a la perfección.-En espera de sus noticias, y deseando verle muy pronto conla grabación fonográfica, todas mis cartas y las fotografías,queda atentamente suyo,
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Henry W. Akeley.A ALBERT N. WILMARTHUNIVERSIDAD DE MISKATONICARKHAM, MASS.La complejidad de mis emociones tras leer, releer yreflexionar sobre tan extraña e inesperada carta sobre-pasatoda posible descripción. He dicho que de repente me sentí aliviado al tiempo que me invadía una sensación dedesasosiego, pero esto sólo expresa burdamente lasimplicaciones de multitud de sentimientos, en gran medidasubconscientes, que encerraban tanto desahogo comoinquietud. Para empezar aquella carta estaba tan en lasantípodas de toda la cadena de horrores que la precedieron…El cambio de actitud desde el terror más descarnado a aquellafría complacencia, e incluso exaltación, era algo tanimprevisto, meteórico y radical… Me resultaba difícil creerque en un solo día pudiese cambiar de tal manera laperspectiva psicológica de alguien que había escrito aquellaexasperada nota del miércoles, al margen de cualquierdescubrimiento esperanzador que hubiera experimentado conla llegada del nuevo día. En ciertos momentos, una sensaciónde irrealidades en conflicto me hacía preguntarme si todoaquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no erapartícipe directo no seria una especie de sueño ilusorioproducto en gran medida de mi propia imaginación. Luegomi atención se centró en la grabación fonográfica y miaturdimiento fue aún mayor.¡Distaba tanto aquella carta - de todo lo que cabía esperar! Alanalizar mis impresiones comprobé que había dos fases biendiferenciadas. En la primera, en el supuesto de que Akeleyhubiera estado y estuviera aún en su sano juicio, el cambiooperado en la situación había sido rapidísimo e increíble. Enuna segunda fase, el cambio experimentado en la actitud,modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba mucho delo que puede conceptuarse como normal o previsible. Supersonalidad entera parecía haber experimentado una
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sospechosa transformación, una mutación tan radical quedifícilmente podían reconciliarse sus dos aspectos, en elsupuesto de que ambos representaran idéntico estado deequilibrio mental. Las palabras, la ortografía… todo erasutilmente distinto. Y con mi sensibilidad académica hacia laprosaliteraria, pude descubrir profundas divergencias en sus másnormales reacciones y en el ritmo de sus respuestas Desdeluego, el cataclismo emocional o revelación capaz deproducir tan brusca transformación debió de ser tremendo, nocabe la menor duda. Pero también es cierto que la carta teníatodo el estilo de Akeley. La misma pasión por lo infinito, lamisma curiosidad intelectual… Ni por un momento —o másde un momento— se me ocurrió la idea de que pudiera serfalsa o hubiera una malintencionada sustitución. ¿Acaso noera la invitación esa buena disposición suya a quecomprobara en persona la veracidad de la carta— pruebasuficiente de su autenticidad?El sábado por la noche no me acosté. Lo pasé en velapensando en los misterios y prodigios ocultos tras aquellaúltima carta. Mi mente, resentida por la rápida sucesión demonstruosas ideas a que había tenido que hacer frente en losúltimos cuatro meses, no dejaba de dar vueltas a este nuevo ysorprendente material que llegaba a mis manos, pasando de laduda a la aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir lamayoría de las fases por las que atravesé al enterarme por vezprimera de tales prodigios. Hasta que mucho antes delamanecer, el interés y la curiosidad que me embargabancomenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad einquietud en que me sumí en un primer momento. Loco ocuerdo, metamorfoseado o simplemente aliviado lo cierto esque Akeley había descubierto un impresionante cambio deenfoque en su azarosa investigación. Un cambio que reducíadrásticamente el peligro -real o imaginario- en que seencontraba, a la vez que abría nuevas e insospechadasperspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehumano.Mi fervor por lo desconocido se avivó en mi afán por igualarel suyo, y me sentí contagiado por salvar a aquel mórbido
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obstáculo que se interponía en mi camino. Liberarme de lasenloquecedoras y extenuantes limitaciones que imponen eltiempo, el espacio y la ley natural… entrar en relación con elinmenso espacio exterior… acercarme a los espectrales yabismales secretos de lo infinito y lo esencial… ¡sin duda,valía la pena arriesgar la vida, el alma y hasta el propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro…,me invitaba a visitarle en lugar de aconsejarme que memantuviera alejado como había - hecho hasta entonces. Unacomezón me invadía ante la sola idea de lo que Akeley iba acontarme… Sentía tal fascinación que casi me impedía todomovimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y— en los últimos tiempos— asediada granja, ante un hombreque había hablado con auténticos emisarios del espacioexterior; sentado allí con aquella espeluznante grabación y elmontón de cartas en que Akeley había tratado de resumir susconclusiones previas.-De modo que no lo pensé más y el domingo por la mañanaenvié un telegrama a Akeley en el que le decía que leencontraría en Brattleboro el miércoles siguiente— -el 12 de septiembre— si no tenía nada que objetar aaquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus indicaciones: enla elección del tren. Con franqueza, no me agradaba nada laidea de llegar bien entrada la noche a aquella encantadaregión de Vermont, así que, en lugar de ir en el tren queAkeley sugería, telefoneé a la estación e hice otracombinación Levantándome temprano y cogiendo el tren delas 8,07 con destino a Boston, podía tomar el de las 9,25 quellegaba a Greenfield a las 12,22. Este conectaba exactamentecon un tren que llegaba a Brattleboro a la 1,08 de la tarde…hora a todas luces infinitamente mejor que las 10,01 de lanoche para encontrar a Akeley y viajar con él por aquellacomarca abigarrada de cumbres montañosas y encubridora detantos -secretos.Le comuniqué mi combinación en el telegrama, y me alegrósaber en la respuesta que me envió aquella misma noche queestaba de acuerdo con mis planes. Su telegrama decía así:
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COMBINACION SATISFACTORIA. LE ESPERARETREN UNA OCHO MIERCOLES. NOOLVIDE GRABACION CARTAS Y FOTOGRAFIAS.TRANQUILICESE HASTA ESEDíA.. ESPERE GRANDES REVELACIONES.AKELEYLa llegada a mis manos de este mensaje, respuesta directa delque envié a Akeley — y que por fuerza tenía que haber sidollevado a su casa desde la estación de Townshend, bien porun funcionario de telégrafos o a través del hilo telefónicoreparado-, borró cualquier duda subconsciente que pudieraalbergar acerca de la autoría de tan sorprendente carta.Experimenté una gran sensación de alivio, desde luegoinfinitamente mayor de la que podía esperar por entonces,pues mis dudas no se habían desvanecido del todo sino queestaban profundamente soterradas. Pero aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante losdos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer lospreparativos del viaje.VIEl miércoles me puse en camino, tal como habíamosacordado, llevando por todo equipaje una maleta llena deobjetos personales y material científico; es decir, la horriblegrabación fonográfica, las fotografías y toda lacorrespondencia mantenida con Akeley. Siguiendo lasinstrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfectacuenta de que todo aquello requería la máxima discreción,aun por muy favorablemente que evolucionase. La sola ideade un auténtico contacto mental con entes extrañosprocedentes del mundo exterior -no dejaba de resultarprodigiosa para una mente preparada, e incluso un tantopredispuesta, como la mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobrela masa de profanos sin ningún conocimiento sobre la
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materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si eltemor o la expectación ante lo desconocido, cuando, trascambiar de tren en Boston, me adentré en dirección oestedejando atrás un territorio conocido. Waltham… Concord…Ayer… Fitchburg… Gardner… Athol…- El tren llegó a Greenfield con siete minutos de retraso, peroaún estaba esperando el expreso que enlazaba en direcciónnorte. A toda prisa transbordé, y mientras el tren discurría aplena luz del día por territorios de los que había leído mucho,pero jamás había visitado, experimenté una extraña sensaciónde desasosiego. Me adentraba en una Nueva Inglaterra másprimitiva y retrasada que las mecanizadas y urbanizadasregiones meridionales y del litoral en que había pasado todami vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sinlos extranjeros ni los humos de las fábricas, sin los anunciosni las carreteras de hormigón que pueden verse allí donde hallegado la modernidad. Podían apreciarse esporádicos restosde una vida aborigen no abandonada cuyas profundas raícesla convertían en auténtica prolongación del país: esa vidaaborigen, transmitida de generación en generación queconserva extrañas y antiguas tradiciones y fertilizan el suelopara que puedan germinar creencias tenebrosas, maravillosasy rara vez mencionadas.De vez en cuando veía a un lado la azul franja del ríoConnecticut resplandeciendo bajo la luz del sol, y a la salidade Northfield lo cruzamos. Al frente se vislumbraban unasverdes y enigmáticas montañas, y cuando pasó el revisor meenteré de que nos encontrábamos ya en Vermont. Me dijoéste que retrasara el reloj -una hora, pues en aquellamontañosa región septentrional no querían saber nada decambios de hora para ahorrar luz solar. Al hacerlo, mepareció como si retrasara el calendario un siglo entero.El tren se ceñía al curso - de las aguas, y en la otra margen,ya en New Hampshire, pude ver la cercana ladera delescarpado Wantastiquet, sobre el que circulaban todo tipo deantiguas y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron callesa mi izquierda y una isla verde en medio del río, a miderecha. La gente se levantó y se encaminó hacia la puerta, y
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yo les seguí. - El tren se detuvo, y de repente me encontrébajo la larga marquesina de la estación de Brattleboro.Mirando la hilera de automóviles que esperaban, vacilé unmomento tratando de averiguar cuál seria el Ford de Akeley,pero mi identidad fue descubierta antes de que pudiera tomarninguna iniciativa. Quien se dirigía hacia mí con la manotendida y me preguntaba con gran delicadeza si yo era AlbertN. Wilmarth, de Arkham, no era, desde luego, Akeley. Aquelhombre no se parecía en nada al barbudo y entrecano Akeleyde la fotografía. Era una persona mucho más joven y más deciudad, vestida a la moda y sólo con un bigote negro re-cortado. Su refinada voz me produjo una sensación extraña ycasi inquietante de vaga familiaridad, aunque no pudeprecisar a quién me recordaba.Mientras le examinaba, le oí explicar que era un amigo de mipresunto anfitrión y que había venido de Townshend en sulugar. Akeley, decía, había sufrido un repentino ataque de ladolencia asmática de que sufría, y no se encontraba encondiciones de hacer el viaje. Pero no era nada grave, y nohabría ningún cambio en los planes que me habían llevadohasta allí. No podía columbrar en qué medida el tal Mr.Noyes —nombre con el que se me presentó— estaba alcorriente de las investigaciones y descubrimientos de Akeley,aunque dada su informal apariencia no me los imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, mesorprendió un tanto el que pudiera recurrir fácilmente asemejante amigo; pero mi perplejidad no me impidió entraren el automóvil que mi acompañante me señalaba con ungesto. Aquel no era el viejo cochecito que esperaba encontrarpor las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande einmaculado modelo de reciente aparición en el mercado,propiedad de Noyes al parecer y con matrícula deMassachusetts, con el curioso emblema del «sagradobacalao» de aquel año. Mi guía, deduje, debe ser unveraneante de paso en la comarca de Townshend.Noyes subió al coche y, sentándose a mi lado, lo puso enmarcha al instante. Me alegré de que no se mostrara locuazpues una extraña tensión atmosférica me hacía sentir reacio a
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mantener una conversación. La ciudad parecía tener unsingular atractivo bajo la luz vespertina, mientras subíamosuna cuesta y girábamos a la derecha para entrar en la calleprincipal. Brattleboro dormitaba como esas antiguas ciudadesde Nueva Inglaterra que uno recuerda de su infancia, y algohabía en la disposición de los tejados, chapiteles, chimeneasy fachadas de ladrillos que hacían vibrar en mí las cuerdas dehondas emociones ancestrales. Me pareció encontrarme en elumbral de una región medio encantada por la acumulación deetapas sin discontinuidad temporal, una región en la quepodían acontecer y pervivir las cosas más antiguas yextraordinarias porque jamás habían sido avivados susrescoldos.Mi tensión y presentimientos fueron en aumento a medidaque dejábamos atrás Brattleboro, pues había algo indefinidoen aquel abigarrado paisaje montañoso con sus imponentes,amenazadoras y apiñadas vertientes verdes y graníticas quehacían pensar en lóbregos secretos e inmemoriables reliquiasdel pasado que muy bien podían ser hostiles al génerohumano. Durante algún tiempo nuestro trayecto discurrióparalelo a un anchuroso río de escaso caudal que descendíadesde las remotas montañas del norte, y un estremecimientorecorrió mi cuerpo cuando mi acompañante me dijo queaquél era el río West. Fue en estas aguas precisamente donde,según recordaba haber leído en un artículo periodístico, sevio flotar a raíz de las inundaciones uno de aquellosmorbosos seres de rasgos semejantes a cangrejos.Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más abrupto ydesolado en torno nuestro. Arcaicos puentes cubiertosresistían temerosamente el paso de los años en las cavidadesmontañosas y la medio abandonada vía del ferrocarril quediscurría a lo largo del río parecía. exhalar un aire dedesolación difusamente visible. Podían verse, en todo suesplendor, inmensas extensiones del valle con grandesdespeñaderos, y el granito virgen de Nueva Inglaterra teníaun aspecto gris y austero por entre la vegetación que trepabahasta las cuestas montañosas. Había gargantas por 1as quebrincaban aguas bravías, vertiendo en el río los inimaginables
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secretos de millares de cumbres sin hollar. De vez en cuandose bifurcaban estrechas y semiocultas carreteras que se abríanpaso a través de macizas y frondosas masas de bosques, entrecuyos ancestrales árboles podrían muy bien estar al acechoejércitos enteros de espíritus elementales. Al contemplaraquel insólito paisaje, me vino a la memoria el acoso a que seveía sometido Akeley por seres invisibles cuando viajaba poraquella misma carretera, y no me extrañó lo más mínimo quetales cosas pudieran acaecerle.El pintoresco y precioso pueblo de Newfane, al que llegamosen menos de una hora, fue nuestro último contacto con elmundo que el hombre puede llamar decididamente suyo porderecho de conquista y posterior ocupación. Tras atravesarloabandonamos toda relación con lo inmediato, tangible ytemporal, y nos adentramos en un fantástico mundo desosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteantecarretera subía, bajaba y se retorcía, con un casi consciente eintencional capricho, por entre las desoladas cumbrescubiertas de una verde pátina y los casi despoblados valles.Con la única excepción del ruido del coche y algún que otroleve murmullo en las escasas granjas por las que pasábamosmuy de vez en cuando, el único sonido que llegaba a misoídos era el incesante gorgoteo y discurrir de misteriosasaguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos enlos sombríos bosques.La inmediatez de las achatadas y majestuosas montañasresultaba ahora un espectáculo verdaderamente impresio-nante. La pendiente y lo escarpado de aquellos picos era aúnmucho mayor de lo que me había imaginado, y no parecíantener nada en común con el mundo prosaico y objetivo queconocemos. Los frondosos y no hollados bosques quecubrían aquellas inaccesibles laderas parecían ocultarmisteriosos e increíbles secretos, y hasta llegué a creer que elperfil mismo de las montañas tenía un significado extrañoque el paso del tiempo hubiera relegado al olvido, como si setratara de imponentes jeroglíficos legados por una supuestaraza de titanes cuyas hazañas sólo se conservan en raros yprofundos sueños. Aquella atmósfera de tensión y amenaza
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inminente se vio reforzada por todas las leyendas del pasadoy todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartasy fotografías de Henry Akeley que mi memoria avivó. Elobjeto de mi visita y las tenebrosas anomalías que pre-suponía, se me hicieron de repente presentes causándome unestremecimiento que casi apagó mi ardor por ahondar en lasprofundidades de lo arcano.Mi guía debió advertir mi inquietud, pues a medida que lacarretera era más irregular y discurría por parajes másabruptos, haciendo nuestra marcha más lenta y mástraqueteante, sus ocasionales observaciones de cumplidoadquirieron una continuidad, hasta constituir un discursofluido. Se puso a hablar de la singular belleza y hechizo de lacomarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a losestudios sobre el folklore de mi anfitrión. Por las preguntasque con sumo tacto me hacía era evidente que conocía lafinalidad científica de mi viaje y sabía que traía informaciónde cierta importancia, pero no dio muestras de saber apreciarel extraordinario grado de profundidad a que habían llegadolas investigaciones de Akeley.Sus modales eran tan agradables, normales y educados, quesus observaciones deberían haberme tranquilizado y devueltola confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo elcontrario: mi inquietud iba en aumento a medida quesorteábamos curvas y traqueteábamos por aquellas carreteraspara adentramos en desolados parajes en que todo eranmontañas y bosques. A veces daba la impresión de que miacompañante intentaba tirarme de la lengua para ver quésabía de los espeluznantes secretos que encerraba aquellugar, y cuanto más hablaba mayor era aquella vaga, molestay desconcertante
familiaridad
que encontraba en su voz. Nose -trataba de una familiaridad que pudiera calificarse denormal o agradable, a pesar del tono tan prudente y educadode su voz. De alguna - manera, la relacionaba con pesadillasya olvidadas, y tenía la impresión de que si la identificaba mevolverla loco. De haber contado con un buen pretexto, creoque habría renunciado a seguir adelante. Pero tal comoestaban las cosas no podía hacerlo.., y pensé que una con-
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versación fría y científica con el propio Akeley nada másllegar me ayudaría mucho a calmar mis nervios. -Además, había un elemento extrañamente tranquilizador, debelleza propiamente cósmica, en aquel hipnótico paisaje porel que subíamos y bajábamos como en sueños. La noción deltiempo se había perdido en los laberintos que quedaban atrás,y en derredor sólo se divisaban las florecientes olas de lofeérico y el renacido encanto de siglos ya pasados: lasvenerables arboledas, los inmaculados pastos cercados defestivos capullos otoñales y, a grandes intervalos, laspequeñas granjas de color marrón cobijadas entre grandesárboles bajo precipicios verticales cubiertos de fragantesbrezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol tenía unsupremo encanto, como si una atmósfera o exhalaciónespecial cubriese la comarca entera. Jamás había visto nadaparecido, excepto en los paisajes mágicos que en ocasionesconstituyen el trasfondo de los primitivos italianos. Sodomay Leonardo concibieron tales espacios, pero sólo a distancia ya través de las bóvedas de las arcadas renacentistas. Ahora,en cambio, nos hallábamos inmersos en carne y hueso en elcentro del cuadro, y en medio de aquella negromancia mepareció ver algo que había heredado o conocía de formainnata y que siempre había buscado en vano.De pronto, tras salir de una pronunciada curva en lo alto deuna - empinada pendiente, el coche se detuvo. A miizquierda, en medio de un césped bien cuidado que seextendía hasta la carretera y lucía un cerco de piedrasencaladas, se levantaba una blanca casa de dos pisos másbuhardilla, de unas dimensiones y esbeltez nada comunes enla comarca, con una serie de cobertizos y heniles contiguos ounidos por arcadas, y un molino de viento en la parteposterior, a la derecha. La reconocí al instante gracias a lafotografía que recibí en su día, y no me extrañó nada ver elnombre de Henry Akeley en el buzón de hierro galvanizadoque había a orillas de la carretera. En la parte trasera de lacasa, y a una cierta distancia, se extendía una franja llana deterreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea, detrás delcual se erguía una ladera, muy boscosa y con una
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pronunciada pendiente, que culminaba en una frondosa crestaen forma de diente. Posteriormente me enteré de que aquellaera la cima de Dark Mountain, de la cual debíamosencontrarnos a medio camino.Tras apearse del coche y coger mi maleta, Noyes me rogóque aguardase mientras iba a notificarle a Akeley mi llegada.El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y nopodía detenerse más que un momento. Mientras Noyesavanzaba a paso ligero por el sendero que llevaba a la casa,bajé del coche pues quería estirar un momento las piernasantes de disponerme para la sedentaria y larga conversaciónque me esperaba. Mi nerviosismo y tensión habían vuelto adispararse, ahora que me encontraba en el escenario de losespeluznantes acosos que tan repetidas veces describióAkeley en sus cartas, y honradamente confieso que tembléde pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y queiban a ponerme en contacto con aquellos extraños yprohibidos mundos.La proximidad de lo extraordinario es con frecuencia másterrorífica que estimulante y no me reconfortó lo más mínimopensar que aquel pequeño trecho de polvoriento camino erael lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosashuellas y aquella fétida sustancia verde tras varias noches sinluna en que el temor y la muerte impusieron su ley. Advertí de pasada que ningún perro de Akeley había subido a nuestroencuentro. ¿Los habría vendido en cuanto los Exterioreshicieron las paces con él? Por más que lo intentaba, no podíaalbergar la misma confianza en la sinceridad de aquella pazque intentaba transmitirme Akeley en su última ysorprendente carta. Después de todo, Akeley era un hombrede una extraordinaria sencillez y con escasa, por no decirnula, experiencia mundana. ¿No habría quizás algunaprofunda y siniestra segunda intención bajo la superficie deaquella nueva alianza?Llevado por mis pensamientos, mis ojos se dirigieron hacia lapolvorienta superficie del camino en la que se habíanrecogido tan horribles testimonios. No habla llovido losúltimos días, y huellas de toda suerte se amontonaban en los
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surcos del irregular camino a pesar de la naturaleza pocofrecuentada de la comarca. Con una vaga curiosidad, empecéa reconstruir el perfil de las heterogéneas impresiones queexperimentaba, tratando de contener al tiempo las macabrasfantasías que el lugar y sus recuerdos sugerían. Había algo deamenazador y desapacible en aquella fúnebre quietud, enaquel apagado y tenue rumor de lejanos arroyos y en aquellainfinidad de cimas verdes y precipicios de tupido arboladoque obstruían la visión del horizonte.Y en ese momento una imagen penetró en mi concienciahaciendo que aquellas vagas amenazas y fantasías parecieranleves e insignificantes. Como he dicho, estaba examinandolas heterogéneas huellas que había en el camino con unaespecie de indolente curiosidad, pero de repente aquellacuriosidad se desvaneció sorprendente mente ante unrepentino y paralizador acceso de terror activo. Pues aunquelas huellas que se veían en el polvo eran en general confusasy estaban unas encima de otras, y no parecía que merecieradetener la atención en ellas, mis inquietos ojos habíancaptado ciertos detalles en las proximidades del lugar dondeel sendero que conducía a la casa se juntaba con la carretera,y había reconocido, a sabiendas de que no podíaequivocarme, el espantoso significado que encerrabanaquellos detalles. De algo me valía a la postre haber pasadohoras enteras examinando las fotografías kodak que Akeleyme envió de las huellas en forma de zarpa de los Exteriores.Demasiado bien conocía las huellas de aquellas horriblespinzas, y aquella apariencia de ambigiiedad en la direcciónque evocaba horrores que ninguna otra criatura sobre la tierrapodría suscitar. No había siquiera la menor posibilidad deque hubiese incurrido en un desgraciado error. Delante de mí,en forma obetiva y seguramente dejadas no hacia muchashoras, había al menos tres huellas que destacabanominosamente entre la sorprendente plétora de borrosaspisadas que iban venían de la granja de Akeley.
¡Eranlasendemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!
Me contuve a tiempo de evitar que saliera un grito de migarganta. Después de todo, ¿que había allí que no esperase
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encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente loque Akeley decía en sus cartas? Ult
i
mamente hablaba dehacer la paz con aquellos seres. ¿Qué de extraño había, pues,en que alguno fuera a visitarle? Pero el terror era más fuerteque cualquier intento por devolverme la confianza. ¿Cabeesperar de un hombre que permanezca impasible cuando vepor vez primera las huellas de unos seres animadosprocedentes de los abismos exteriores del espacio? En aquelpreciso instante vi a Noyes que salía de- la casa y se dirigíahacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debíacontrolarme, pues lo más probable era que tan cordial amigono supiera nada de las asombrosas y trascendentalesinvestigaciones de Akeley en el mundo de lo prohibido.Akeley, Noyes se apresuró a comunicarme, se alegraba de millegada y quería yerme, aunque el ataque de asma queacababa de sufrir le imposibilitaría ser el anfitrión quehubiese deseado por espacio de uno o dos días. Aquellosataques le afectaban mucho cuando le sobrevenían, y siempreiban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado encama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nadamientras se encontraba en tal estado: sólo podía hablar en vozmuy baja, y se encontraba muy torpe y débil para intentarmoverse. Además, se le hinchaban los pies y los tobillos,hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera ungotoso y grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastantemal estado, por lo que me vería obligado a arreglármelas demomento como pudiera, si bien ardía en deseos de conversarconmigo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierdadel vestíbulo; era la habitación con las cortinas echadas. Losojos de Akeley eran muy sensibles y no podían soportar laluz del sol cuando estaba enfermo.Al tiempo que Noyes se despedía de mí y se alejaba en sucoche en dirección norte, comencé a andar con paso lentohacia la casa. La puerta estaba entreabierta para que yopudiera pasar, pero antes de seguir adelante y entrar lancéuna escrutadora mirada a mi alrededor, tratado de averiguarel por qué de la indescifrable y extraña sensación queexperimentaba. Los cobertizos y heniles tenían un aspecto de
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lo más normal, y en uno amplio y desguarnecido pude ver elbaqueteado Ford de Akeley. De repente, comprendí el secretoque se ocultaba tras aquella extraña sensación. Era elabsoluto silencio que reinaba. Por lo general, en toda granjase oye cuando menos algún que otro ligero ruido producidopor el ganado, pero en ésta no se percibía el menor signo devida. ¿Dónde estaban las gallinas y los cerdos? Las vacas, delas que Akeley había dicho tener varias, podían encontrarseen los pastos, y los perros podían haber sido vendidos, perola ausencia total de cloqueos y gruñidos resultaba ciertamenteextraña.Apenas me detuve en el sendero. Abrí resueltamente lapuerta de la casa y la cerré detrás de mí. Confieso que mecostó un gran esfuerzo mental hacerlo, y una vez dentro meinvadió un instantáneo deseo de salir precipitadamente deallí. Y rio es que el lugar tuviese un aspecto siniestro aprimera vista; muy al contrario, encontré sumamenteatractivo y de buen gusto el encantador vestíbulo de finalesdel período colonial, y admiré el evidente buen gusto delhombre que lo había amueblado. Lo que me hacía desearalejarme de allí era algo muy enrarecido e indefinible. Quizácierto extraño olor que creí percibir… aunque séperfectamente hasta qué punto son normales los olores ahumedad en las antiguas granjas, incluso en las mejores.VIINegándome a dejar que aquellas lóbregas sensaciones seapoderasen de mí, recordé las instrucciones de Noyes y abrí la blanca puerta de seis paneles con picaportes de bronce quehabía a mi izquierda. La habitación a la que daba estaba enpenumbra tal como se me había indicado, y al entrar en ellaadvertí que el extraño olor era más intenso allí. Además,parecía como si flotara en el ambiente un leve y un tantoirreal ritmo o vibración. Por unos instantes, y debido a que
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las persianas estaban echadas, apenas pude ver nada, peroluego una tosecilla o murmullo amortiguado atrajo miatención hacia un butac6n situado en el ángu1o más alejado yoscuro de la habitaci6n. En aquel lóbrego rincón pude ver laborrosa imagen blanquecina de la cara y manos de unhombre, y al instante me acerqué a saludar a aquella figuraque trataba de hablarme. Aun cuando la luz era tenue, pudeadvertir que se trataba de mi anfitrión. Había examinadorepetidas veces la fotografía, y no me cabía la menor dudaacerca de la identidad de aquel robusto y curtido rostro debarba recortada y entrecana.Pero al volver a mirar y reconocer a Akeley se apoderó de miuna sensación de tristeza y angustia, pues tenía todo elsemblante de las personas muy enfermas. Sin duda, debíahaber algo más que asma detrás de aquella rígida e inmóvilexpresión, que reflejaba agotamiento, y de aquellaimpertérrita y vidriosa mirada. Me di perfecta cuenta de hastaqué punto le había afectado la tensión de sus tenebrosasexperiencias. ¿Acaso no bastaban para destrozar la vida decualquier ser humano, incluso de hombres más jóvenes queeste intrépido explorador de mundos prohibidos? El extraño yrepentino alivio, me temí, debió llegarle demasiado tardecomo para librarle de aquella suerte de crisis total en que sehallaba sumido. Había algo digno de compasión en la formafláccida e inerte de aquellas esqueléticas manos postradassobre el regazo. Akeley llevaba encima un amplio batín, y secubría la cabeza y la parte superior del cuello con unabufanda o caperuza de color amarillo vivo.Y luego vi que trataba de hablar en el mismo tono susurrantey entrecortado con que me había recibido. Era un susurrodifícil de captar al principio, pues el bigote entrecano hacíaimposible ver los movimientos de sus labios, y al mismotiempo había algo en el timbre de su voz que no me agradabaen absoluto; pero, concentrando la atención, pronto pudeentender sorprendentemente bien lo que intentaba decirme.El acento distaba mucho de ser el de un hombre del campo, ysu expresión era incluso más refinada de la que cabía esperar- por la correspondencia mantenida.
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«Mr. Wilmarth, supongo? Disculpe que no me levante Meencuentro muy mal, como sabrá por Mr. Noyes, pero ello noera óbice para que usted viniera. ¿Recuerda lo que le dije enla última carta? ¡Tengo tantísimas cosas que decirle mañanacuando me encuentre mejor! No puede imaginarse cuánto mealegro de verle en persona, después de todas las cartas quenos hemos cruzado. Supongo que -habrá traído toda lacorrespondencia ¿no? ¿Y las fotografías kodak ygrabaciones? Noyes dejó su maleta en el vestíbulo.., esperoque la viera allí. Pues esta noche me temo que tendrá quearreglárselas por sí mismo. Su habitación está en el piso dearriba es justo la que hay encima de ésta— y al final de laescalera verá el cuarto de baño con la puerta abierta. En elcomedor — saliendo de este cuarto a la derecha— hay unacomida esperándole cuando usted guste. Mañana haré mejorlas veces de anfitrión, pero ahora no puedo hacer nada acausa de esta dolencia que sufro.«Siéntase como si estuviera en su casa… Lo mejor será quesaque las cartas, fotografías y grabaciones y las pongaencima de la mesa antes de subir el equipaje a su habitación.Aquí hablaremos de todo ello… en aquel estante del rincónpuede ver un fonógrafo.«No, gracias… no puede ayudarme. Estoy acostumbradodesde hace mucho a estos ataques. Baje a yerme un momentoantes de que anochezca, y luego vaya a acostarse cuandoguste. Yo me quedaré donde estoy… quizá pase aquí lanoche, como suelo hacer con frecuencia. Por la mañana mesentiré con muchas más fuerzas para hablar de las cosas quedebemos tratar. Espero que se dé perfecta cuenta de lanaturaleza increíblemente fascinante de todo este asunto.Ante nosotros, como ha sucedido con muy pocos máshombres sobre la tierra, se abrirán inmensas simas de tiempo,espacio y conocimientos que sobrepasan cualquier límite dela ciencia y filosofía humanas.«¿Sabía que Einstein está equivocado, y que ciertas fuerzas yobjetos pueden moverse a una velocidad superior a la de laluz? Con la ayuda debida, espero retroceder- y avanzar en eltiempo, y
ver
y
sentir
la tierra en el pasado remoto y en
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futuras épocas. No puede imaginarse el nivel científico quehan alcanzado estos seres. No hay nada que no puedan hacercon la mente y el cuerpo de los organismos vivos. Esperovisitar otros planetas, e incluso otras estrellas y galaxias. Elprimer viaje será a Yuggoth, el planeta más cercano en quehabitan los seres. Es una extraña y oscura esfera en el límitemismo de nuestro sistema solar, aún desconocido para los as-trónomos de la Tierra. Pero… creo que ya le he dicho algoanteriormente al respecto. En el momento oportuno, los seresnos enviarán corrientes mentales, gracias a las cualespodremos descubrir Yuggoth… si bien es posible también queuno de sus aliados humanos dé una pista a los científicos.«En Yuggoth hay inmensas ciudades… interminables hilerasde torres construidas en terrazas de piedra negra, como lamuestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luzdel sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seresno precisan luz. Poseen otros sentidos más sutiles, y en susmansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso leshiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe lamenor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo yel espacio del que son originarios. Bastaría una visita aYuggoth para volver loco a un hombre débil… pero yo voy air allá. Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esosmisteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua razaextinguida y olvidada antes de que los seres llegaran aYuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieranbastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hombre.., siconserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que havisto.«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundode jardines fungiformes y ciudades sin ventanas… aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo lespareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron porvez primera en épocas remotas. Como sabe, ya estaban aquí mucho antes de que llegara a su fin el fabuloso período deCthulhu, y recuerdan lo que le. sucedió al sumergido R’lyehcuando surgió de entre las aguas. Han estado en el interior dela tierra — hay hendiduras de las que nada saben los seres
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humanos…, algunas de ellas bajo estas mismas montañas deVermont-— y en los grandes mundos de misteriosa vida quehay bajo nosotros: el azulado K’u-yan, el rojizo Yoth y elnegro y tenebroso N’kai. De N’kai vino el terribleTsathoggua… ya sabe, la amorfa y repelente deidad que semenciona en los
Pnakoticmanuscripts,
en el
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yen el ciclo mitológico de Commoriom conservado porKlarkash-Ton, sumo sacerdote de los atlantes.«Pero ya tendremos tiempo de hablar de todo esto. Deben serya las cuatro o las cinco. Será mejor que saque las cosas desu equipaje, coma algo y regrese luego para que hablemoscon más calma».Muy lentamente di la vuelta y empecé a obedecer a mianfitrión: cogí la maleta, saqué los objetos que precisaba ylos puse encima de la mesa, y, finalmente, subí a lahabitación que me habían asignado. Con el recuerdo presentede aquella huella reciente a orillas de la carretera, las palabrasmusitadas por Akeley dejaron en mí una extraña sensación, ylas insinuaciones de familiaridad con aquel mundo de vidaLungiforme ——-el prohibido Yuggoth— me hizoestremecer más de lo que podía imaginar. Me preocupabamuchísimo la enfermedad de Akeley, pero debo confesar quesu ronco susurro tenía algo de repugnante a la vez que dedigno de compasión. ¡ Si al menos no hubiera experimentadotan siniestro placer respecto a Yuggoth y sus tenebrosossecretos!Mi habitación era muy confortable y estaba bien amueblada,sin el menor olor a humedad ni molestas vibraciones. Trasdejar la maleta, volví a bajar para saludar a Akeley y comerlo que me había preparado. El comedor estaba pasado elestudio, y siguiendo en la misma dirección pude ver un ala dela cocina. Sobre la mesa del comedor me estaba esperando unextenso surtido de sandwiches, dulces y quesos; un termocolocado junto a un platillo y una taza eran buena prueba deque no se había olvidado el café caliente. Tras unreconfortante refrigerio me serví una buena taza de café, perodesgraciadamente el café no se encontraba a la altura de lacocina que había degustado. Al primer sorbo percibí un sabor
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desagradablemente acre, así que no tomé más. Durante lacomida no pude dejar de pensar en Akeley sentado ensilencio en el butacón de la oscura habitaci
ó
n contigua. Unavez fui a rogarle que compartiera conmigo aquellosalimentos, pero en voz baja me dijo que aún no podía comernada. Más tarde, antes de dormirse, tomaría algo de leche conmalta: lo único que podía ingerir en todo el día.Después de comer, me puse a limpiar la mesa y lavar losplatos en la pila de la cocina.., al tiempo que vaciaba el caféque no había sabido apreciar. Luego, volviendo al lóbregoestudio acerqué una silla al rincón donde se encontraba mianfitrión y me dispuse a seguir una conversación sobre eltema que él quisiera proponer. Las cartas, fotografías ygrabación seguían aún encima de la gran mesa, pero por elmomento no las necesitábamos. Al cabo de un rato, habíaincluso olvidado el extraño olor y las curiosas sensacionesvibratorias.Como ya dije antes, había cosas en algunas de las cartas deAkeley —sobre todo en la segunda y más voluminosa— queno me atrevía a mencionar, ni siquiera a expresar en palabrassobre el papel. Esta duda se aplica aún con más fuerza a loque, en un tono susurrante, oí aquel atardecer en aquellaoscura habitación entre las solitarias montañ
a
s encantadas.Ni siquiera me atrevo a insinuar hasta dónde le aban loshorrores cósmicos que aquella ronca voz me ponía aldescubierto. Akeley conocía cosas espeluznantes conanterioridad, pero lo que descubrió desde que firmó el pactocon los Seres Exteriores sobrepasaba con mucho lo que unamente en su sano juicio puede soportar. Incluso ahora meresisto en redondo a creer lo que me contó sobre la constitu-ción del infinito elemental, la yuxtaposición de las di-mensiones y la espantosa situación de nuestro cosmosconocido de espacio y tiempo en la interminable cadena decosm
o
s-átomos que configura el inmediato supercosmos decurvas, ángulos y organización electrónica material ysemimaterial.Jamás estuvo un hombre en sus cabales más peligrosamentecerca de los arcanos de la sustancia originaria… jamás un
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cerebro orgánico estuvo más cerca de la total desintegraciónen el caos que trasciende toda forma, fuerza y simetría. Meenteré de dónde vino
originariamente
Cthulhu, y del motivopor el que la mitad de las grandes estrellas temporales de lahistoria habían seguido resplandeciendo. Intuí —-—-por lasveladas alusiones que incluso hacían interrumpirsetemerosamente a mi interlo
c
utor——— el secreto existentetras las Nubes Magallánicas y las nebulosas globulares, y lasiniestra verdad que ocultaba la inmemorial alegoría del Tao.La naturaleza de los Doels me fue expuesta claramente, y seme informó de la esencia (aunque no del origen) de losSabuesos de Tindalos. La leyenda de Yig, Padre de lasSerpientes, dejó de ser para mí algo figurado, y experimentéuna cierta aversión cuando se me puso al corriente del ho-rripilante caos nuclear existente allende el espacio angularque el
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había benignamente encubierto bajo elnombre de Azathoth. Resultaba sorprendente desentrañar lasmás espeluznantes pesadillas de los secretos mitos entérminos concretos, cuya desnuda y morbosa malevolenciasobrepasaba las más atrevidas insinuaciones de la místicaantigua y medieval. Llegué a la inevitable conclusión de quelos primeros que hicieron alusión a tan execrables historiasdebían estar en contacto con los Exteriores de Akeley, yhasta era posible que hubiesen visitado algún reino cósmicoexterior, tal como Akeley se proponía hacer.Se me habló de la Piedra Negra y de lo que significaba, y mealegré sinceramente de que no hubiera llegado a mis manos.¡Mis elucubraciones acerca de aquellos jeroglíficos seconfirmaron en su totalidad! No obstante, Akeley parecíahaberse reconciliado con todo aquel diabólico sistema contrael que tan arduamente había combatido.., reconciliado a lavez que decidido a proseguir sus investigaciones en aquellasabismales simas. Me pregunté con qué seres habría habladodesde la última carta que me escribió, y si serían tan humanoscomo aquel primer emisario que mencionó. La tensión a queme veía sometido llegó a hacerse insoportable, y elaboré todaclase de absurdas teorías sobre aquel extraño y persistente
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olor y aquellas sensaciones vibratorias de la lóbrega estanciaque no me abandonaban.Empezaba a oscurecer, y al recordar lo que Akeley me dijosobre aquellas primeras noches me estremecí sólo de pensarque no habría luna. Además, no me gustaba nada elemplazamiento de la granja al socaire de aquella imponente yfrondosa ladera que conducía a la no hollada cima de Dark Mountain. Con permiso de Akeley, encendí una lamparilla depetróleo, bajé la me-cha y la coloqué sobre una estanteríaalgo alejada junto al espectral busto de Milton. Al cabo de unrato lo lamenté pues daba al terso e inmóvil rostro y manosinertes de mi anfitrión una horrible apariencia, como si dealgo anormal y cadavérico se tratara. Daba la impresión deque no pudiera hacer movimiento alguno, aunque le vicabecear rígidamente de vez en cuando.Después de todo lo que me había contado, se me hacia difícilimaginar qué secretos más arcanos pensaría guardarme parael día siguiente, pero a la postre me enteré de quehablaríamos de su viaje a Yuggoth y a otros mundos máslejanos…
y de mi pos
ible participación en el mismo.
Debió divertirle el respingo de sobresalto que di al oír hab
la
rde mi participación en un viaje cósmico, pues su cabeza seagitó violentamente ante mi expresión de horror. Acontinuación, me habló en un tono extremadamente delicadode cómo los seres humanos pueden efectuar ——cosa que élya había hecho en varias ocasiones—, aunque parezcaincreíble, vuelos por el espacio interestelar.
Por lo visto, elviaje no lo hacia todo el cuerpo humano:
los Exteriores —-gracias a sus prodigiosos adelantos en los campos de lacirugía, biología, química e ingeniería—- habían encontradola forma de que sólo viajara el cerebro humano, sin suestructura física co
n
comitante.Los seres se valían de un procedimiento inofensivo paraextraer el cerebro y conservar con vida el resto del organismodurante su ausencia. La desnuda y compacta masa encefálicase sumergía en un líquido que se cambiaba de vez en cuandoy se alojaba dentro de un cilindro al vac
í
o, hecho de un metalextraído en las minas de Yuggoth, que estaba conectado a
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través de unos electrodos a una serie de sofisticadosinstrumentos capaces de duplicar las tres facultades vitales, asaber, vista, oído y habla. Para aquellos seres fungiformes ya
l
ados no era problema alguno transportar, sin el menorriesgo, cer
e
bros envasados a través de los espacios siderales.En cada planeta al que se extienda su civilización encontraránun sinfín de instrumentos adaptables que pueden conectarse alos cerebros así envasados. Así pues, basta con unas mínimasadaptaciones para que las inteligencias viajeras puedandisfrutar de una vida sensorial y articulada plena —aunqueincorpórea y mecánica—— en cada etapa de su viajar por yallende el continuo espacio-tiempo. Era algo tan sencillocomo si uno llevara siempre consigo una grabación y laescuchara allí donde hubiera un fonógrafo en el quereproduciría. De sus buenos resultados no cabía la menorduda. Akeley no albergaba ningún temor. ¿Acaso no se habíarealizado con éxito en repetidas ocasiones?Por vez primera, una de las inertes y marchitas manos se alzóy apuntó rígidamente a un estante alto que había en la paredmás alejada de la estancia. Allí, perfectamente alineados,podían verse más de una docena de cilindros de un metal queno había visto hasta entonces: cilindros de aproximadamenteun pie de altura y algo menos de diámetro, con tres curiososenchufes dispuestos en forma de triángulos isósceles sobre laconvexa superficie de cada uno de ellos. Uno de los cilindrostenía dos de los enchufes conectados a un par de máquinas desingular apariencia que se divisaban al fondo. No hizo faltaque me explicaran su finalidad, pues al instante un escalofríome recorrió todo el cuerpo. Luego vi que la mano apuntaba aun rincón más próximo en donde podían verse amontonadosvarios intrincados instrumentos provistos de cables yenchufes, algunos de los cuales guardaban un extraordinarioparecido con los dos dispositivos que había detrás de loscilindros.«Aquí hay cuatro clases de instrumentos, Wilmarth», susurróla voz. «Cuatro clases, a tres facultades cada una, hacen untotal de doce piezas. En esos cilindros que se ven ahí sehallan representadas cuatro clases distintas de seres. Tres
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hombres, seis seres fungiformes que no pueden navegarcorporalmente por el espacio, dos seres de Neptuno (¡Diosmío! ¡Si pudiera ver usted el cuerpo que tienen en suplaneta…!), y, el resto, entes procedentes de las cavernascentrales de una estrella sin brillo y particularmenteinteresante situada allende los confines de la galaxia. En elpuesto principal de observación, en el interior de Round Hill,no es difícil ver desperdigados más cilindros y máquinas:cilindros de cerebros extra-cósmicos con otros sentidos de losque conocemos ——que hacen de aliados y exploradores delExterior más remoto—-—, y máquinas especiales que lestransmiten impresiones y les facultan la expresión del modomás conveniente para ellos y para su comprensión por partede los diversos tipos de oyentes. Round Hill, al igual que casitodos los puestos de observación importantes que tienen losseres en los diferentes universos, es un lugar muycosmopolita. Naturalmente, a mí sólo me han cedido, lost
ip
o
s más corrientes para mis expe
rimentos.«Mire… coja las tres máquinas que le señalo y póngalasencima de la mesa. Aquella más alta con las dos lentes decristal en la cara anterior.., luego la caja con los tubos envacío y la caja de resonancia… y, por último, la que tiene eldisco metálico encima. Ahora, coja el cili
n
dro que llevapegada la etiqueta ‘B-67’. Súbase a esa sill
a
estilo Windsorpara alcanzarlo. ¿Pesado? Vamos, ¡ un esfuerzo! Compruebeel número: B-67. No toque el cilindro nuevo yresplandeciente conectado a los dos instrumentos de ensayo…el que lleva mi nombre. Coloque el B-67 sobre la mesa dondeha puesto las máquinas.., y con pruebe que los interruptoresde las tres máquinas están girados todo lo que dan de sí a laizquierda.«Ahora, conecte el cable de la máquina con las lentes alenchufe superior del cilindro… ¡ Eso es! Conecte la máquinacon los tubos al enchufe inferior izquierdo, y el aparato conel disco al otro enchufe. Ahora gire todo lo que pueda a laderecha los interruptores de las máquinas.., primero la de laslentes, luego la del disco, y, por último, la de los tubos.¡Perfecto! Le adelanto que se trata de un ser humano… igual
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que cualquiera de nosotros. Mañana podrá oír alguno de losotros».Aún hoy no sé por qué obedecí tan servilmente aquellasusurrante voz, ni si se me pasó por la cabeza preguntarme siAkeley estaría loco o cuerdo. Después de todo lo que habíapasado, nada podía extrañarme. Pero aquellos artilugios seasemejaban tanto a las extravagantes creaciones propias deinventores y científicos chiflados, que hicieron vibrar en miuna cuerda de duda que ni siquiera la anterior disertaciónhabía pulsado. Lo que aquel ser que tenía ante mi quería dara entender traspasaba los limites de la credulidad humana,pero ¿acaso no eran las otras cosas aún más absurdas, y siresultaban menos descabelladas ello se debía únicamente a laimposibilidad de recurrir a toda prueba tangible y concreta?Mientras mi cerebro no cesaba de dar vueltas en medio deaquel maremagnum, llegó a mis oídos un estridente chirridoprocedente de las tres máquinas conectadas al cilindro, unchirrido que pronto remitió hasta acabar prácticamente en unsilencio total. ¿Qué ocurriría? ¿Iba a escuchar una voz? Y, ental caso, ¿qué pruebas había de que no se trataba de undispositivo de radio ingeniosamente ideado a través del cualhablaba un oculto locutor que nos observaba de cerca?Incluso hoy no me atrevería a jurar lo que oi o, simplemente,qué es lo que realmente sucedió en mi presencia. Pero lo quees seguro es que algo acaeció allí.Por decirlo en breves y sencillas palabras: la máquina con lostubos y la caja sonora se puso a hablar, de modo tal que nocabía la menor duda de que el locutor se encontrabaefectivamente allí y nos observaba. Era una voz recia,metálica, inexpresiva y totalmente mecánica. Carecía de todamodulación o expresividad, pero traqueteaba y chirriaba conuna precisión y deliberación implacables.«Mr. Wilmarth», dijo la voz, «espero no asustarle. Soy un serhumano igual que usted, aunque mi cuerpo se encuentraahora descansando y a buen recaudo, sometido a un eficaztratamiento vitalizador, en Round Hill, a milla y media endirección este de aquí. Estoy con usted: mi cerebro está en elinterior de ese cilindro, y veo, oigo y hablo a través de esos
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vibradores electrónicos. Dentro de una semana voy aatravesar el vacío, al igual que ya he hecho en muchas otrasocasiones, y espero poder disfrutar de la compañía de Mr.Akeley. Me gustaría también que usted nos acompañara. Leconozco de vista y de oídas, y he seguido muy de cerca sucorrespondencia con nuestro común amigo Akeley. Soy unode los hombres que se han aliado a los seres del exterior quese hallan de visita en nuestro planeta. Los conocí en elHimalaya, y desde entonces he procurado ayudarles. Acambio, ello me ha permitido vivir experiencias que pocoshombres han podido disfrutar.« ¿ Se da usted cuenta de lo que significa cuando digo que heestado en treinta y siete diferentes cuerpos celestes——planetas, estrellas apagadas y otros objetos menosdefinibles— ocho de los cuales no pertenecen a nuestragalaxia y dos se hallan fuera del cosmos circular de espacio ytiempo? ¡Y no he sufrido el menor daño! Me han extraído elcerebro del cuerpo por medio de unas fisuras ejecutadas contal destreza que sería tosco calificar de operación quirúrgica.Los seres que nos visitan disponen de métodos que hacenestas extracciones sencillas y casi podría decirse que algohabitual, y - el cuerpo no envejece cuando el cerebro sedesprende de él. El cerebro, debo añadir, es prácticamenteinmortal conservando sus facultades mecánicas y bastándolecon una limitada dosis alimenticia que se administramediante cambios intermitentes del liquido protector.«En suma, deseo de todo corazón que se decida y nosacompañe a Mr. Akeley y a mí. Los seres que nos visitanestán muy interesados en conocer a hombres cultos comousted para hablarles de los grandes abismos que la mayoríade nosotros hemos imaginado en nuestra supina ignorancia.Puede que al principio le parezcan extraños, pero estoyseguro de que esa impresión se le pasará enseguida. Creo quetambién vendrá Mr. Noyes… el hombre que debió traerlehasta aquí en automóvil. Desde hace años es uno de losnuestros: supongo que habrá reconocido su voz, pues es unade las que se oyen en la grabación que le envió Mr. Akeley».
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Ante mi violento sobresalto, el locutor tomó un respiro unmomento antes de finalizar.«Así pues, Mr. Wilmarth, a usted le toca decidir. Permítameúnicamente añadirle que un hombre con su extraordinariaafición por los temas de lo desconocido y el folklore nodebiera jamás perder la oportunidad que ahora se le brinda.No hay nada que temer. Todas las transiciones son sin dolor,y hay mucho de qué disfrutar en un estado de sensacióntotalmente mecanizado. Cuando se desconectan loselectrodos, uno queda simplemente sumido en un estado desopor y le invaden sueños de singular intensidad y fantasía.«Y ahora, si le parece bien, podemos levantar la sesión hastamañana. Buenas noches… Haga girar todos los interruptoreshacia la izquierda, hasta dejarlos donde estaban; da lo mismoel orden en que lo haga, aunque puede dejar para el final lamáquina de las lentes. Buenas noches, Mr. Akeley. ¡Tratebien a nuestro huésped! ¿ Listo para cerrar los interruptores?».Eso fue todo. Obedecí mecánicamente y cerré los tresinterruptores, aunque no salía de mi estupor ante lo queacababa de presenciar. La cabeza me seguía dando vueltas altiempo que oía la susurrante voz de Akeley diciendo quedejara tal como estaba todo el instrumental que había encimade la mesa. No hizo ningún comentario al respecto, aunquepoco hubiera importado porque tenía embotadas misfacultades mentales. Le oí decirme que podía llevarme lalámpara a mi habitación, de lo que deduje que deseabaquedarse solo a oscuras. Sin duda, quería descansar, pues sudisertación a lo largo de la tarde habría bastado para agotar ahombres incluso mejor dotados físicamente. Aun sin salir demi aturdimiento, di las buenas noches a mi anfitrión y subí ami habitación con la lámpara, aunque llevaba conmigo unaexcelente linterna.Me alegré de salir de aquel estudio con tan extraño olor eindefinidas sensaciones vibratorias, pero no logré evitar unaestremecedora sensación de temor, amenaza y anomalíacósmica al pensar en el lugar en que me encontraba. Aquelladesolada y despoblada comarca, aquella sombría y
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misteriosamente frondosa ladera montañosa que se erguía justo detrás de la casa, aquellas huellas del camino, aquelsusurrador enfermizo e inmóvil en la penumbra, aquellosinfernales cilindros y máquinas, y, por encima de todo,aquella invitación a participar en la increíble operaciónquirúrgica y en los aún más increíbles viajes.., todo ello, tannuevo y en tan rápida sucesión, se vino de tal modo encimade mí que me arrebató mi voluntad y casi me dejó sinrecursos físicos.El descubrimiento de que mi guía Noyes era el celebrantehumano de aquel monstruoso aquelarre recogido en lagrabación fono gráfica me produjo una tremenda impresión;aunque ya a ía creído percibir una lóbrega y repulsivafamiliaridad en su voz. Otra impresión digna de reseñar era laque me producía mi actitud hacia mi anfitrión siempre queme detenía a analizarla; por más que hasta entonces habíaexperimentado una instintiva atracción hacia Akeley, comose desprendía de la correspondencia que habíamos cruzado,ahora descubría que me inspiraba una marcada aversión. Suenfermedad debería haber despertado un sentimiento decompasión en mí, pero, por el contrario, me producía unaespecie de escalofrío. Tenía un semblante tan rígido, inerte ycadavérico… ¡ Y aquel incesante susurro resultaba tan inso-portable e inhumano!Aquel susurro me pareció completamente distinto decualquier otro hasta entonces oído. A pesar de la curiosainmovilidad de los labios del orador, cubiertos por unpoblado bigote, tenía una indudable fuerza y poder deatracción, más digno aún de destacar si se tiene en cuenta quese trataba de un asmático. Logré entender perfectamente loque decía desde el otro extremo de la habitación, y una o dosveces me pareció que los débiles pero penetrantes sonidos nosignificaban tanto debilidad como deliberada contención..,las razones de lo cual francamente ignoraba. Desde el primermomento percibí algo que no me gustaba nada en el timbrede su voz. Ahora, al pasar revista a todo lo que me habíallevado hasta allí, creí poder identificar tal impresión con unaespecie de familiaridad inconsciente como la siniestra sensa-
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ción que sentí al oír por vez primera la siniestra voz deNoyes. Pero no sabría decir cuándo o dónde me habíatropezado con lo que me traía a la memoria.Una cosa era cierta: no pasaría una sola noche más en aquellugar. Mi fervor científico se había disipado por completoentre el miedo y una cierta sensación de repugnancia, y loúnico que deseaba era salir cuanto antes de aquel antro demorbosidad y monstruosas revelaciones. Ya sabia losuficiente. Sin duda, debía ser cierto todo aquello de extrañasconexiones cósmicas… pero era algo en lo que cualquier serhumano normal no tiene por qué meterse.Me parecía estar rodeado de diabólicas influencias quetrataban de sofocar mis sentidos. No cabía ni plantearse laposibilidad de intentar dormir, pensé; así que me limité aapagar la lámpara y, sin desvestirme, me dejé caer sobre lacama. Sin duda era una precaución absurda, pero estaba listoen caso de que se presentase una contingencia inesperada: enla mano derecha tenía el revólver que había traído conmigo,y en la izquierda la linterna de bolsillo. Ni el menor sonidovenia de abajo, en donde me imaginaba a mi anfitriónsentado en medio de las tinieblas y con aquella rigidezcadavérica con que me recibió.Hasta mí llegó el tic- tac de un reloj de pared, y lanormalidad del sonido me produjo una especie de sosiego.Pero también me recordó otra peculiaridad que mesorprendió mientras viajaba por la comarca: la total ausenciade vida animal. No había animales domésticos en la granja, yahora me percataba de que ni siquiera se oían los habitualesruidos nocturnos de la fauna silvestre. Salvo por el siniestrorumor de algún que otro lejano arroyo, aquella quietudresultaba anómala… propia de los espacios siderales… y mepregunté qué intangible infortunio astral se cernía sobre lacomarca. Recordé que en las antiguas leyendas los perros yotros animales habían repelido siempre la presencia de losExteriores, y pensé en qué podrían significar aquellas huellasque se veían en el camino.
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VIIINo me pregunten cuánto duró mi inesperado adormeci-miento, ni lo que de puro sueño hubo en lo que aconteciódespués. Si les dijera que me desperté a determinada hora yque pude oir y ver ciertas cosas insospechadas, ustedes selimitarían a decirme que no era cierto, que no me habíadespertado; que todo fue un sueño hasta el momento en quesa i corriendo de la casa, me dirigí dando tumbos al cobertizodonde había visto el antiguo Ford y emprendí unaenloquecida carrera sin rumbo fijo en el veterano vehículopor aquella hechizada comarca montañosa, hasta llegar —tras horas de continuo traquetear y sortear curvas porsiniestros laberintos cubiertos de bosques— a un pueblo queresultó ser Townshend.Tampoco me extrañaría lo más mínimo que pusieran en dudael resto de mi relato, y dijeran que todas las fotografías,grabaciones, sonidos de máquinas y cilindros y otras pruebaspor el estilo, no eran sino retazos de la superchería de que mehizo víctima el desaparecido Henry Akeley. Hasta incluso esposible que piensen que Akeley se puso de acuerdo con otrostipos tan estrafalarios como él para urdir la absurda yretorcida patraña siguiente; interceptar el paquete echado alcorreo en Keene, y hacer grabar a Noyes aquel horripilantecilindro de cera. Con todo, resulta raro que no se haya iden-tificado aún a Noyes, y que no le conociera nadie en lospueblos cercanos a la granja de Akeley, aunque, al parecer,iba con frecuencia por la comarca. Me gustaría haberretenido en la memoria la matrícula de su coche… quizáshaya sido mejor así después de todo. Pues, a pesar de lo quedigan los demás y a pesar de todo lo que a veces trato dedecirme yo, sé positivamente que abominables influenciasdel exterior deben encontrarse aún al acecho en aquellasenigmáticas montañas… y que cuentan con espías y emisariosentre los hombres. Mantenerme a la mayor distancia posiblede tales influencias y emisarios es todo lo que pido de la vidaen adelante.
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Cuando el sheriff oyó mi increíble historia, envió un grupode hombres armados a la granja… pero Akeley se había idoya sin dejar el menor rastro. Su holgado batín, la bufandaamarilla y las vendas para los pies estaban
tir
a
d
os en el suelodel estudio, cerca del sillón de la esquina, y no pudoaveriguarse si el resto de su ropa se había esfumado con él.Los perros y el ganado hablan desaparecido también, y en lafachada de la casa y en alguna de las paredes interiorespodían apreciarse extraños agujeros causados por proyectiles.Pero, por lo demás, no se observaba nada anormal. Nicilindros, ni máquinas, ni las pruebas que había traído yo enmi maleta, ni ningún extraño olor o sensación vibratoria, nihuellas en el camino, ni ninguno de los objetos que acerté aver en el último momento.Tras mi precipitada fuga, me quedé una semana enBrattleboro interrogando a todos cuantos conocían a Akeley.Los resultados de mi investigación me convencieron de quetodo aquello no había sido una invención ni un sueño. Lasextrañas compras de perros, munición y productos químicosque hizo Akeley, así como el corte del cable telefónico, eranhechos incontestables; y todos los que le conocían —inclusosu hijo de California— admitían que sus ocasionalesreferencias a estudios esotéricos tenían cierta consistencia.En opinión de los ciudadanos de pro, Akeley estaba loco, yunánimemente sostenían que todas las pruebas no eran sinomeras patrañas ingeniadas con malsana astucia e inspiradasquizá por algún estrafalario cómplice; pero las gentes senci-llas del campo creían firmemente en lo que decía. Akeleyhabía enseñado a algunos campesinos las fotografías y lapiedra negra y les había puesto para que la escucharanaquella horrible grabación, y sin excepción algunaencontraban las huellas y la susurrante voz semejantes a lasdescritas en las leyendas ancestrales.Decían, igualmente, que desde que encontró la piedra sehabían advertido visiones y sonidos sospechosos en torno a lacasa de Akeley, por eso todo el mundo evitaba pasar ahorapor el lugar, salvo el cartero y alguna que otra persona nofácilmente impresionable. Tanto Dark Mountain como
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Round Hill eran tradicionalmente considerados lugaresencantados, y no logré encontrar a nadie que los hubieraexplorado a fondo. A lo largo de la historia de la comarcahabía testimonios de desapariciones misteriosas, como la delsemivagabundo Walter Brown, a quien Akeley mencionabaen sus cartas. Incluso me tropecé con un granjero que creíahaber visto a uno de aquellos extaños cuerpos descender porel desbordado West River cuando las riadas, pero su testimo-nio era demasiado contradictorio para tomarlo en consi-deración.Cuando me marché de Brattleboro me prometí no volver mása Vermont, y estaba completamente seguro de que cumpliríami palabra. Aquellas desoladas montañas eran sin duda elpuesto de observación de una espantosa raza cósmica… y misdudas perdieron consistencia al leer que se había localizadoun noveno planeta más allá de Neptuno, tal como aquellosseres habían adelantado. Los astrónomos, con una implacablepropiedad que estaban lejos de
sospechar, lodenominaron «Plu
tón». Yo estoy convencido de que setrata nada menos que del nocturnal Yuggoth… y un escalofríose apodera de mí cuando trato de imaginarme el verdaderomotivo por el que sus monstruosos habitantes deseaban quese les conociera por tal nombre en aquellos momentos. Envano trato de convencerme de que estas diabólicas criaturasno están planeando poco a poco realizar actos contra laseguridad de la tierra y de sus habitantes humanos.Pero aún tengo que contar el final de aquella espantosa nocheen la granja de Akeley. Como he dicho, finalmente me quedésumido en un sopor algo agitado, un sueño lleno depesadillas en que vislumbraba monstruosos paisajes. Nopodría precisar qué es lo que me despertó, pero sí decir queme desperté llegado a este punto. Lo primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima del rellano junto a mi puerta, y alguien que manipulabadesma
ñ
adamente y con sigilo en el picaporte. Empero, elruido cesó casi al instante, así que en realidad mis primerasimpresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo
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de mi cuarto. Los que hablaban eran varios, y me pareció queestaban enzarzados en una discusión.Unos segundos después estaba despierto del todo, ya que lanaturaleza de aquellas voces era tal que resultaba absurdatoda idea de volver a conciliar el sueño. El tono de las vocesera de lo más variopinto, y nadie que hubiera escuchadoaquella endiablada grabación fonográfica podía albergar lamenor duda acerca de al menos dos de ellas. Por muyhorrible que fuese la idea, comprendí que me encontraba bajoel mismo techo que unos desconocidos seres procedentes delos espacios abismales, pues aquellas dos voces eran, sinningún género de duda, los diabólicos susurros que utilizanlos Seres Exteriores cuando se comunican con los hombres.Las dos voces eran completamente distintas —diferían entimbre, acento e intensidad— pero ambas se caracterizabanpor el mismo tono estremecedor.La tercera voz era, sin duda, la de una de aquellas máquinasparlantes conectadas a uno de los cerebros envasados en loscilindros. Tan convencido estaba de ello como de lossusurros pues la voz recia, metálica y apagada que había oídola tarde anterior, con sus chirridos y traqueteo sin inflexionesni matiz alguno, y aquella precisión y ponderaciónimpersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En unprimer momento no me detuve a preguntarme si lainteligencia que había detrás de aquel chirrido era idéntica ala que me había hablado a mí; pero no tardé en reflexionarque
cualquier
cerebro podría emitir sonidos vocalesparecidos a aqu
e
llos si se lo conectaba al mismo aparatoemisor de palabras, con las únicas diferencias del idioma,ritmo, velocidad y forma de pronunciación. Completandoaquel espectral coloquio podían oírse dos voces humanas:una el habla tosca de un desconocido que tenía todas lastrazas de un campesino, y la otra tenía el suave acentobostoniano del que fuera mi guía Noyes.Mientras trataba de captar las palabras que de modo tanfrustrante interceptaba la gruesa tarima, oí un montón dechirridos, traqueteos y ruidos producidos por algo que semovía en el cuarto de abajo así que forzosamente saqué la
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conclusión de que estaba lleno de seres vivos, en númeromuy superior a los pocos cuya voz podía identificar. Lanaturaleza exacta de aquellos ruidos resulta extremadamentedifícil de describir, pues apenas se cuenta con elementos decomparación fiables. Los objetos parecían moverse decuando en cuando en la habitación como si de seresconscientes se tratase; el sonido de sus pisadas se asemejabaal de un chapaleo intermitente sobre algo duro, como si lospies avanzaran por superficies irregulares de asta de toro ocaucho resistente. Era, para utilizar una comparación másgráfica pero menos precisa, como si personas calzadas conzuecos sueltos y astillados arrastraran y traquetearan los piespor la barnizada tarima. Preferí no especular sobre lanaturaleza y aspecto físico de los autores de aquellos sonidos.No tardé en comprender que cualquier intento por captar unaconversación coherente se vería abocado al más irremediablefracaso. Palabras sueltas —entre las que distinguí el nombrede Akeley y el mío— llegaban de vez en cuando a mis oídos,sobre todo cuando hablaba la máquina emisora de palabras,pero su verdadero significado se me escapaba debido a lafalta de un contexto donde encajarías. Aún hoy me niego aextraer conclusiones definitivas de aquellas palabras, auncuando el terrible impacto que me causaron tuvo más de
sugeridor
que de
revelador.
De lo que estaba convencido erade que justo debajo de mí se hallaba reunido un terrible ymonstruoso cónclave, pero no sabría decir el motivo de susespeluznantes deliberaciones. Resultaba extraño que meinvadiera semejante sensación preñada de imágenesincuestionablemente malignas y monstruosas, a pesar de lasgarantías que me había dado Akeley sobre la cordialidad delos Exteriores.Tras una paciente escucha comencé a distinguir claramentelas voces, si bien apenas podía entender lo que decían. Detrásde algunos de los que hablaban me pareció captar ciertosrasgos temperamentales. Una de las voces susurrantes, porejemplo tenía un indiscutible tono autoritario; mientras que lavoz metálica, a pesar de su artificiosa estridencia yregularidad, parecía hallarse en una situación subordinada e
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implorante. La voz de Noyes rezumaba un tono conciliador,en tanto que las otras me fue imposible interpretarlas. No oí el ya familiar susurro de Akeley, pero sabia perfectamenteque su voz no podía en modo alguno traspasar la gruesatarima del suelo de mi habitación.Trataré de reproducir a continuación algunas de las inconexaspalabras y sonidos que llegaron hasta mí, identificando, lomejor que pueda, a quienes las pronunciaban. Las primerasfrases mínimamente inteligibles que reconocí procedían de lamáquina parlante.
(La máquina parlante)
«… lo traje conmigo.., devueltas las cartas y la grabación… elfinal de todo… recibido… ver y oír… mal dita sea… fuerzaimpersonal, después de todo… cilindro nuevo y reluciente…Dios Todopoderoso…»
(Primera voz susurrante)
«… el tiempo detuvimos.., pequeño y humano… Akeley…cerebro… decir… »
(Segunda voz susurrante)
-«… Nyarlathotep… Wilmarth… grabaciones y cartas… burdapatraña… »
(Noyes)
(una palabra o nombre impronunciable, posiblemente
N’gah-Kthun)
… inofensivo… paz… par de semanas… teatral… ya selo advertí… »
(Primera voz susurrante)
«… ningún motivo:., plan original.., efectos… Noyes puedevigilar… Round Hill… nuevo cilindro.., coche de Noyes… »(Noyes)
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…. bien… todo suyo… aquí abajo… descansar… lugar… »(Varias voces a la vez, imposibles de distinguir)(Muchas pisadas, incluido el peculiar sonido del arrastre otraqueteo de los zuecos.)(Extraño sonido batiente)(El ruido de un automóvil arrancando y echando marchaatrás.)(Silencio)Esto es, en sustancia, lo que captaron mis oídos mientraspermanecía tumbado sin moverme en aquella cama del pisosuperior de la granja encantada perdida entre aquellasendemoniadas montañas. Allí estaba, tumbado y sindesvestirme, con un revólver en la mano derecha y unalinterna de bolsillo en la izquierda. Como ya he dicho, medesperté del todo; pero una extraña parálisis me impidiócualquier movimiento hasta mucho después de extinguirse elúltimo eco de aquellos ruidos. Volví a oír el machacón ylejano tic-tac del antiguo reloj de Connecticut en algún lugardel piso de abajo, y, al cabo de un rato, el sonido intermitentede unos ronquidos. Akeley debió quedarse adormecido trasaquella increíble sesión… y yo entendí perfectamente sunecesidad de descansar.No sabía qué pensar o hacer en tales circunstancias. Despuésde todo, ¿qué
había
de nuevo en todo lo que acababa de oírque no pudiera esperar de lo que ya sabía? ¿Acaso no sabíaque los nefandos Exteriores tenían ahora libre acceso a lagranja? Sin duda, Akeley debió verse sorprendido por unainesperada visita de aquellos seres. Pero algo había enaquella fragmentaria conversación que me produjo untremendo escalofrío, suscitando las más grotescas yespantosas dudas y haciéndome desear fervientemente queme despertase y comprobase que no había sido sino un
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sueño. A mi juicio, mi subsconciente debió captar algo queaún no habla reconocido a nivel consciente. Pero, ¿y Akeley?¿Acaso no era ml amigo y habría tratado de evitar por todoslos medios que se me infligiera el menor daño? Los apaciblesronquidos que subían de la planta inferior no hacían sinodejar en ridículo todos los temores que repentinamente sehabían apoderado de mí.¿No seria posible que estuvieran aprovechándose de Akeleyy lo utilizaran de cebo para atraerme a las montañas con lascartas, las fotografías y la grabación fonográfica? ¿Buscabanaquellos seres nuestra destrucción porque habíamos llegado asaber demasiado? De nuevo me vino a la cabeza el insólito yabrupto cambio operado entre la penúltima y la última cartade Akeley. Algo, mi instinto me lo decía, no encajaba nadabien en todo aquello. Las cosas no eran lo que parecían.Aquel amargo café que rehusé tomar… ¿no habría sido unintento de drogarme por parte de alguna fuerza oculta ydesconocida? Tenía que hablar con Akeley y sin perder unsegundo, y hacer que recobrase el sentido de las cosas.Aquellos seres le tenían hipnotizado con sus promesas derevelaciones cósmicas, pero ya era hora de que atendiese arazones. Debíamos salir de allí antes de que fuese demasiadotarde. Si Akeley carecía de la fuerza de voluntad necesariapara recobrar la libertad, trataría de infund
í
rsela yo. Y si nolograba persuadirle para salir de allí, al menos me iría yo.Supongo que me permitiría llevarme su Ford, y luego se lodejaría en un garaje de Brattleboro. Lo había visto en elcobertizo —la puerta estaba sin cerrar y abierta ahora que elpeligro parecía haber pasado— y me imaginé que estaría listopara utilizarlo. La momentánea aversión que me produjoAkeley en el transcurso y después de la conversación quemantuvimos por la tarde habla desaparecido por completo. Sehallaba en una situación muy parecida a la mía, y debíamoscorrer la misma suerte. Sabiendo lo mal que se encontraba,detestaba tener que despertarle en semejante trance, pero nome quedaba otro remedio. Tal como estaban las cosas, nopodía permanecer en aquel jugar hasta que amaneciera.
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Finalmente me sentí con fuerzas, y me desperecé enér-gicamente para recobrar el dominio de mis músculos. Le-vantándome con una precaución más impulsiva que pre-meditada, agarré el sombrero y me lo puse encima, cogí lamaleta y comencé a bajar las escaleras con ayuda de lalinterna. En mi nerviosismo, seguí sin soltar el revólver quellevaba en la mano derecha, y con la izquierda cogí la maletay la linterna. En realidad no sé por qué tomé talesprecauciones, pues simplemente me dirigía a despertar a laúnica persona a excepción de mí mismo que se hallaba enaquella casa.Mientras bajaba medio de puntillas los crujientes escalonesque llevaban al vestíbulo de entrada, pude oír con mayornitidez que alguien dormía por los ruidos que sallan de lahabitación que había a mi izquierda: el cuarto de estar en elque no había entrado. A mi derecha se abría la densaoscuridad del estudio en que había oído las voces. Abrí lapuerta sin cerrar del cuarto de estar y dirigí la luz de lalinterna hacia el lugar donde se oían los ronquidos,dirigiéndola finalmente a la cara de quien se encontraba allí durmiendo. Pero al instante aparté la luz de aquel rincón einicié una sigilosa retirada hacia el vestíbulo. Esta vez miprecaución tenía un fundamento racional a la vez queinstintivo: quien dormía en el sofá no era ni mucho menosAkeley, sino el que fuera mi gula, Noyes.No me hacía una idea clara de qué era lo que realmentepasaba allí, pero el sentido común me dijo que lo másprudente era averiguar cuanto fuese posible antes dedespertar a nadie. De vuelta en el vestíbulo, eché si-lenciosamente el cerrojo de la puerta del cuarto de estardetrás de mí, con lo que se vieron muy reducidas lasposibilidades de que Noyes se despertara. Con sumaprecaución entré seguidamente en el oscuro estudio, dondeesperaba encontrar a Akeley, ya fuese dormido o despierto,en la butaca del rincón en que solía descansar. Segúnavanzaba, el haz de mi linterna se posó en la gran mesa,iluminando uno de los diabólicos cilindros conectado a lasmáquinas visual y auditiva, a cuyo lado había una máquina
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parlante, lista para ser conectada en cualquier momento. Meimaginé que debía tratarse del cerebro envasado al que habíaoído hablar durante la horripilante alocución que hu
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e deaguantar. Incluso se me pasó por la cabeza el perversoimpulso de conectarlo a la máquina parlante y ver qué decía.Debió advertir mi presencia, pues aquellos dispositivosvisuales y auditivos no podían dejar de detectar el haz de luzde la linterna ni el débil crujir del suelo bajo mis pies. Pero,finalmente, no me atreví a tocarlo. De pasada, vi que setrataba del nuevo y reluciente cilindro con el nombre deAkeley que había visto encima del estante y que mi anfitriónme rogó que no tocara. Cuando pienso en aquel momento, nohago sino lamentar mi cobardía por no atreverme a hacerhablar al aparato. ¡Dios sabe qué misterios y espantosasdudas y cuestiones sobre su identidad podría haberdespejado! Aunque, después de todo, quizá hice bien en notocarlo.De la mesa dirigí la linterna al rincón donde creía que estaríaAkeley, pero mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que enel butacón no habla nadie, ni dormido ni despierto. Por elsuelo, arrastrando del asiento, vi el viejo y familiar batín deAkeley, y junto a él la bufanda amarilla y los grandesvendajes para los pies que tanta extrañeza me causaron.Como dudara, haciendo cábalas sobre el paradero de Akeleyy por qué se habría desembarazado de repente de sus prendasde enfermo observé que había desaparecido de la habitaciónel extraño olor y sensación vibratoria que habíaexperimentado antes. ¿A qué se debería? Curiosamente, caí en la cuenta de que sólo lo había notado en la proximidad deAkeley. Aquellas sensaciones eran más intensas en el rincóndonde él estaba sentado, e inexistentes fuera del estudio o delas inmediaciones de su entrada. Me detuve, dejando vagar alhaz de la linterna por el estudio a oscuras y devanándome lossesos por tratar de encontrar una explicación ante el nuevocariz que tomaba el caso.Ojalá hubiera salido sigilosamente de aquel lugar antes dedejar que la luz de la linterna volviera a recaer sobre el sillónvacío. A lo que se ve, no obré con excesiva cautela al salir,
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pues solté una ahogada exclamación que debió sobresaltar,aunque no despertar del todo, al centinela que dormía al otrolado del vestíbulo. Aquel grito, y los ronquidos aún nointerrumpidos de Noyes, fueron los últimos sonidos que oí enaquella tenebrosa granja al pie de la oscura y frondosa cimade la montaña encantada ¡todo un foco de horror trans-cósmico entre las desoladas montañas verdes y losmaldicientes arroyos de aquella espectral campiña!Lo raro es que con la precipitación no dejara caer la linterna,la maleta y el revólver, pero lo cierto es que no perdí nada.Conseguí salir de la habitación y de la casa sin hacer másruidos, llegar, junto con mis pertenencias, hasta el viejo Fordque se encontraba en el cobertizo y poner en marcha aquelvejestorio, y emprendí una loca huida en busca de algún lugarseguro a través de la noche oscura y sin luna. Lo que siguiófue una escena de delirio digna de la pluma de un Poe oRimbaud o del lápiz de un Doré, pero finalmente llegué aTownshend. Eso es todo. Si aún estoy en mi sano juicio,puedo considerarme más que afortunado. A veces recelo antelo que nos depara el futuro, sobre todo ahora que tansorprendentemente ha sido descubierto el nuevo planetaPlutón.Como he dicho, después de recorrer toda la habitación dejéque la luz de la linterna se posara en el vacío butacón. Porvez primera, advertí la presencia sobre el asiento de variosobjetos que apenas dejaban ver los pliegues sueltos del batín.Eran los objetos, tres en total, que los investigadores noencontraron en su posterior visita a la granja. Como dije alprincipio, no tenían nada de horroroso en apariencia. Elproblema radicaba en lo que dejaban intuir. Incluso ahora haymomentos en que me asaltan dudas… momentos en los quecasi llego a aceptar el escepticismo de quienes atribuyenaquella irrepetible experiencia al sueño, a los nervios o a unsimple espejismo.Los tres objetos eran dispositivos endiabladamente so-fisticados, e iban provistos de ingeniosas pinzas metálicasque se conectaban a articulaciones orgánicas de las que,francamente, prefiero no hacer conjetura alguna. Espero, lo
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espero con toda ¡ni alma, que se tratara simplemente de lasobras en cera de un escultor magistral, no obstante lo que mismás recónditos temores me inducen a pensar. ¡Dios mío!¡Aquel susurrador en la oscuridad con su enfermizo olor ysus vibraciones! Brujo, emisario, portavoz del averno, serajeno a este mundo… aquel espantoso y amortiguadosusurro… y todo el tiempo en aquel cilindro nuevo yreluciente del estante… pobre diablo… «Prodigiosa destrezaquirúrgica, biológica, química, mecánica…Pues lo que había encima del butacón, perfectos enapariencia hasta el menor y más inimaginable detalle, eran elrostro y las manos de Henry Wentworth Akeley

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