El Regreso De Los Lloigor

El regreso de los Lloigor
Colin Wilson

Me llamo Paul Dunbar Lang, y dentro de tres semanas cumpliré setenta y dos años. Mi salud es excelente, pero dado que uno nunca sabe cuántos le quedan, dejaré escrita esta historia, y quizá la publique, si me da por ahí. En mi juventud fui un firme creyente de la autoridad baconiana de las obras de Shakespeare, pero procuré no manifestar nunca mis convicciones por temor a mis colegas académicos. Pero la edad tiene una ventaja: le enseña a uno que las opiniones de los demás no son en definitiva muy importantes; la muerte es mucho más real. Así que si publico esto, no será por el deseo de convencer a nadie de su verdad, porque me importa bien poco que lo crean o no.
Aunque nací en Inglaterra —en Bristol—, he vivido en América desde que tenía doce años. Y durante cuarenta, he enseñado literatura inglesa en la Universidad de Virginia, en Charlottesville. Mi Vida de Chatterton es todavía una obra clásica en esta materia, y durante los pasados quince años he sido editor de los Poe Studios.
Hace dos años, en Moscú, tuve el placer de conocer al escritor ruso Irakli Andronikov, conocido principalmente por sus «historias de investigación literaria», género que puede decirse creó él. Fue Andronikov quien me preguntó si había llegado a conocer personalmente a W. Romaine Newbold, cuyo nombre está relacionado con el manuscrito de Voynich. No sólo no conocía yo al profesor Newbold, muerto en 1927, sino que jamás había oído hablar del manuscrito. Andronikov me resumió la historia. Quedé fascinado. Cuando volví a Estados Unidos, me apresuré a leer la Clave de Rogerio Bacon (Filadelfia, 1928), y dos artículos del profesor Manly sobre este tema.
La historia del manuscrito de Voynich es, brevemente, como sigue: lo encontró en un viejo arcón de un castillo italiano un comerciante de libros raros, Wilfred M. Voynich, quien lo trajo a Estados Unidos en 1912. Con el manuscrito, Voynich encontró también una carta que, según afirmaba, había pertenecido a dos famosos sabios del siglo XVII, y que había sido escrita por Rogerio Bacon, el monje franciscano muerto hacia el año 1294. El manuscrito constaba de 116 páginas, y, al parecer, estaba en clave. Era evidentemente una especie de documento científico o mágico, ya que contenía dibujos de raíces o plantas. Por otra parte, tenía también bocetos que sorprendentemente parecían ilustraciones de algún texto de biología moderna sobre células y organismos diminutos; por ejemplo, de espermatozoos. Había también diagramas astronómicos.
Durante nueve años, profesores, historiadores y criptógrafos trataron de desentrañar la clave. Entonces, en 1921, Newbold anunció a la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia que había logrado descifrar ciertos pasajes. La conmoción fue enorme; el hecho se consideró una suprema hazaña de la erudición americana. Pero el asombro aumentó cuando Newbold reveló el contenido del manuscrito. Pues parecía que Bacon había sido capaz de adelantarse en varios siglos a su propia época. Al parecer, había inventado el microscopio unos cuatrocientos años antes que Leewenhoek, y había mostrado una agudeza científica que rebasaba incluso la de su homónimo del siglo XVI, Francis Bacon.
Newbold murió antes de completar su obra, pero sus «descubrimientos» fueron publicados por su amigo Roland Kent. Fue en este momento cuando el profesor Manly emprendió el estudio del manuscrito, y concluyó que el entusiasmo de Newbold le había inducido a error. Examinado al microscopio, se vio que la extraña naturaleza de los caracteres no se debía enteramente a una redacción en clave. La tinta había saltado del pergamino al secarse, de suerte que aquella especie de «taquigrafía» se debía en realidad al natural roce y deterioro de los siglos. Con el anuncio de Manly de su descubrimiento en 1931, el interés por el «manuscrito más misterioso del mundo» (según frase de Manly), desapareció, decreció la fama de Bacon y todo el asunto cayó rápidamente en el olvido.
A mi regreso de Rusia, visité la Universidad de Pennsylvania y examiné el manuscrito. Fue una extraña sensación. No estaba dispuesto a considerarlo desde un punto de vista romántico. En mi juventud había sentido erizárseme el pelo frecuentemente al manejar una carta de puño y letra de Poe, y había pasado muchas horas en su habitación de la Universidad de Virginia, tratando de comunicar con su espíritu. Al envejecer, me volví más positivista —reconozco que los genios son fundamentalmente como los demás hombres—, y dejé de imaginar que los objetos inanimados tratan de algún modo de «contarnos una historia».
Sin embargo, tan pronto como tuve en mis manos el manuscrito de Voynich, sentí una sensación repulsiva. No puedo describirla con más precisión. No fue una sensación de maldad ni de horror ni de temor. fue de repulsión, como la sensación que solía tener de niño cuando pasaba por delante de la casa de una mujer que tenía fama de haberse comido a su hermana. Me hizo pensar en un asesinato. Esta sensación perduró en mí durante dos horas, mientras examinaba el manuscrito, como un olor desagradable. Evidentemente, la bibliotecaria no compartía mi sensación. Cuando le devolví el manuscrito, dije en broma:
—No me acaba de gustar.
Se limitó a mirarme extrañada; comprendí que no tenía idea de lo que yo había querido decir.
Dos semanas más tarde, me llegaron a Charlottesville las dos fotocopias del manuscrito que había pedido. Envié una a Andronikov, como le había prometido, y la otra la destiné a la biblioteca de la universidad. Pasé algún tiempo examinándola con una lupa, leyendo el libro de Newbold y los artículos de Manly. No me volvió la sensación de repulsión. Pero unos meses más tarde, cuando llevé a mi sobrino a que echase una mirada al manuscrito, volví a experimentar esa misma sensación. Mi sobrino no notó nada.
Mientras estábamos en la biblioteca, un conocido me presentó a Averel Merriman, un joven fotógrafo cuya obra se utiliza profusamente en lujosos libros de arte de la categoría de los publicados por Thames y Hudson. Merriman me dijo que había fotografiado recientemente una página del manuscrito de Voynich en color. Le pregunté si podía verla. Esa misma tarde, pasé a visitarle a su hotel y me enseñó la fotografía. ¿Cuál era el motivo? Creo que fue una especie de morboso deseo de averiguar si la «repulsión» perduraba en la foto en color. No fue así. Pero había algo más interesante aún. Resulta que la página que Merriman había fotografiado me era bastante familiar. Y ahora, al contemplarla detenidamente, tuve el firme convencimiento de que, en cierto modo muy sutil, era distinta del original. La examiné largamente, antes de darme cuenta del porqué. El color de la fotografía —revelada mediante un proceso inventado por Merriman— era ligeramente «más rico» que el del manuscrito original. Y cuando miré indirectamente determinados símbolos —concentrado en la línea que había justo encima de ellos— me pareció que estaban en cierto modo «completos», como si la decoloración debida a la tinta saltada se hubiese vuelto visible.
Procuré no manifestar mi excitación. Por alguna razón, me sentí enormemente reservado, como si Merriman me hubiese facilitado la clave de un tesoro escondido. Una especie de sensación de «Mr. Hyde» se apoderó de mí: un sentimiento de disimulo y una especie de codicia. Le pregunté como al azar cuánto costaría fotografiar todo el manuscrito de este modo. Me dijo que varios cientos de dólares. Entonces se me ocurrió la idea. Le pregunté si por una suma mucho mayor —digamos mil dólares— estaría dispuesto a sacarme ampliaciones de las páginas, a unos cuatro aumentos. Me dijo que sí, y le extendí un cheque inmediatamente. Estuve tentado de pedirle que me enviara las fotografías una a una, a medida que las hiciera, pero pensé que esto podía despertar su curiosidad. A mi sobrino Julian le expliqué al marcharnos que la biblioteca de la Universidad de Virginia me había pedido que encargara dichas fotografías…, una mentira tonta que a mí mismo me extrañó. ¿Por qué diría yo esa mentira? ¿Tenía el manuscrito algún dudoso influjo del que yo me había convertido en víctima?
Un mes más tarde llegó el paquete certificado. Cerré con llave la puerta de mi despacho, y me senté en la butaca junto a la ventana, mientras rompía la envoltura. Cogí al azar una fotografía de en medio del mazo y la sostuve a la luz. Me dieron ganas de gritar de alegría, ante lo que vi. Muchos de los símbolos parecían estar «completos», como si las rotas mitades se hubiesen unido merced a un leve oscurecimiento del pergamino. Miré hoja tras hoja. No cabía la más mínima duda. La fotografía en color mostraba de algún modo las huellas de tinta invisibles incluso al microscopio.
Lo que ahora siguió fue un trabajo de rutina, aunque tardé muchos meses. Fijé las fotografías, una tras otra, y luego las calqué. Pasé los rasgos con el máximo cuidado a un grueso papel de dibujo. Luego, trabajando con deliberada lentitud, tracé la parte «invisible» de los símbolos, completándolos. Cuando hube terminado toda la tarea, lo pegué en un gran infolio, y me dispuse a estudiarlo. Había completado más de la mitad de los símbolos, que quedaron, naturalmente, cuatro veces más grandes de su tamaño natural. Luego, con la ayuda de una especie de cuidadoso trabajo detectivesco, pude completar prácticamente todos los demás.
Sólo entonces, después de diez meses de trabajo, me permití abordar la parte más importante de mi tarea: la cuestión de descifrarlo.
Para empezar, me consideraba totalmente a oscuras. Los símbolos estaban completos, pero ¿qué representaban? Enseñé unos cuantos a un colega que había escrito un libro sobre el descifrado de lenguas antiguas. Dijo que guardaban semejanza con los jeroglíficos egipcios más modernos del período en que había desaparecido toda similitud con las «imágenes». Perdí un mes siguiendo esta falsa pista. Pero los hados estaban de mi parte. Mi sobrino iba a regresar a Inglaterra, y me pidió que le dejase llevarse fotos de unas cuantas páginas del manuscrito de Voynich. Sentí una profunda renuencia, pero no pude negarme. Todavía mantenía mi trabajo en el más completo secreto, y me justificaba diciéndome a mí mismo que sólo quería asegurarme de que nadie usurpara mis ideas. Finalmente, decidí que tal vez la mejor manera de prevenir que Julian sintiese curiosidad sobre mi trabajo fuese darle la menor importancia posible. Así que días antes de embarcar, me presenté ante él con la fotografía de una página del manuscrito, y con mi versión reconstruida de otra. Lo hice casualmente, como si fuese una cuestión que apenas me interesase.
Diez días más tarde, recibí una carta de Julian que hizo que me alegrase de mi decisión. En el barco, había hecho amistad con un joven miembro de la Asociación Cultural Arabe, quien iba a Londres a ocupar un puesto. Una noche, por casualidad, le enseñó las fotografías. La página original del manuscrito de Voynich no significaba nada en árabe; pero cuando vio mi «reconstrucción» dijo inmediatamente: «¡Ah, esto es una forma de árabe!» No árabe moderno, por lo que no fue capaz de leerlo. Pero no le cabía ninguna duda de que el manuscrito procedía del Próximo Oriente.
Fui corriendo a la biblioteca de la universidad y encontré un texto árabe. Una simple ojeada me reveló que aquel individuo había tenido razón. El misterio del texto de Voynich estaba resuelto: parecía ser árabe medieval.
Me costó dos semanas aprender a leer árabe, aunque naturalmente no lo entendía. Me puse a estudiar esa lengua. Si le dedicaba seis horas diarias, calculaba que podría hablarlo con fluidez en cuatro meses. Sin embargo, este trabajo resultó innecesario. Porque una vez había llegado a dominar la escritura lo bastante como para transmitir unas cuantas frases con caracteres ingleses, me di cuenta de que no estaba en árabe, sino que era una mezcla de latín y griego.
Mi primer pensamiento fue que alguien se había tomado el enorme trabajo de ocultar sus pensamientos de ojos suspicaces. Luego comprendí que esto era una suposición superflua. Los árabes, naturalmente, estaban entre los más versados doctores de Europa en la Edad Media. Si un médico árabe quería escribir un manuscrito, ¿qué más probable que lo hiciera en latín o en griego, utilizando los caracteres árabes?
Yo estaba ahora tan excitado que apenas podía comer ni dormir. Mi ama de llaves me decía continuamente que necesitaba unas vacaciones. Decidí seguir su consejo y hacer un viaje por mar. Volvería a Bristol para ver a mi familia, y me llevaría conmigo el manuscrito, dado que en el barco podría trabajar el día entero sin que me interrumpiesen.
Dos días antes de que el barco se hiciera a la mar, descubrí el título del manuscrito. Faltaba la primera página, pero había una referencia en la catorce que aludía claramente a la obra misma. Se llamaba Necronomicón.
Al día siguiente, estaba yo sentado en el salón del hotel Algonquin de Nueva York, tomando un martini antes de cenar, cuando oí una voz familiar. Era mi viejo amigo Foster Damon, de la Brown University, Providence. Nos habíamos conocido hacía años cuando él recopilaba canciones populares de Virginia, y mi admiración por su poesía, así como por sus trabajos sobre Blake, nos había mantenido en estrecho contacto desde entonces. Me alegré de encontrarle en Nueva York. El también se hospedaba en el Algonquin. Naturalmente, cenamos juntos. A mitad de la cena, me preguntó en qué estaba trabajando.
—¿Has oído hablar alguna vez del Necronomicón? —le pregunté, sonriente.
—Por supuesto.
Le miré asombrado.
—¿Sí? ¿Dónde?
—En Lovecraft. ¿No te referías a él?
—¿Quién demonios es Lovecraft?
—¿No lo conoces ? Uno de nuestros escritores locales de Providence. Murió hace unos treinta años. ¿Nunca te has tropezado con su nombre?
Un recuerdo se agitó entonces en mi memoria. Cuando estuve investigando la casa de la señora Whitman en Providence —para mi libro La sombra de Poe—, Foster había aludido a Lovecraft más o menos con estas palabras: «Deberías leer a Lovecraft. Es el mejor autor de relatos de horror, después de Poe.» Recuerdo que dije que creía que ese título le correspondía más bien a Bierce, pero luego lo olvidé.
—¿Quieres decir que el nombre de Necronomicón aparece realmente en Lovecraft?
—Estoy completamente seguro.
—¿Y de dónde crees que lo sacó él?
—Siempre he supuesto que se lo había inventado.
Mi interés por la comida había desaparecido. Este era un sesgo que nadie podía haber previsto. Pues, que supiese, yo era la primera persona que había leído el manuscrito de Voynich. ¿O no? ¿Y los dos eruditos del siglo XVII? ¿Lo habría descifrado alguno de ellos y había mencionado su nombre en sus escritos?
Evidentemente, lo primero que había que hacer era comprobar lo que decía Lovecraft, y averiguar si el recuerdo de Foster no me había fallado. No sé por qué, deseé que se equivocara. Después de la cena, cogimos un taxi y nos dirigimos a una librería de Greenwich Village, donde pude encontrar una edición de bolsillo de los relatos de Lovecraft. Antes de salir de la tienda, Foster hojeó sus páginas, y luego señaló con el dedo en una de ellas:
—Ahí está. «El Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred…»
Allí estaba, no cabía duda. En el taxi, de regreso al hotel, procuré que no se me notase lo alterado que me sentía. Pero poco después de volver, me excusé y me retiré a mi habitación. Traté de leer el libro, pero no podía concentrarme.
Al día siguiente, antes de zarpar, busqué más obras de Lovecraft en la librería Brentano, y pude encontrar dos libros encuadernados, así como varios otros en edición de bolsillo. Los encuadernados eran La habitación cerrada y El horror sobrenatural en la literatura. En el primero encontré un extenso comentario sobre el Necronomicón, juntamente con varias citas. El comentario explicaba: «Mientras que el libro mismo, y la mayoría de sus traductores, y su autor, son todos imaginarios, Lovecraft empleó aquí… sus técnicas de insertar hechos realmente históricos en amplias zonas de saber puramente imaginario.»
Puramente imaginario… ¿Sería quizá una mera cuestión de coincidencia de nombre? El Necronomicón: el libro de los nombres muertos . No era un título difícil de inventar. Cuanto más lo pensaba, más probable me parecía que fuera ésta la correcta explicación. Así que antes de embarcar aquella tarde, me sentí ya mucho más tranquilo. Cené estupendamente, y estuve leyendo a Lovecraft hasta que me dormí.
No estoy seguro de cuántos días transcurrieron, antes de que empezase a experimentar gradualmente una creciente fascinación por este nuevo descubrimiento literario. Sé que mi primera impresión fue, sencillamente, que Lovecraft era un hábil constructor de historias horripilantes. Quizá fue mi labor de traducción del manuscrito de Voynich lo que condicionó mi acercamiento a él. O posiblemente fuera el darme cuenta de que Lovecraft estuvo excepcionalmente obsesionado por este extraño mundo de su propia creación… excepcionalmente, aunque se le compare con escritores de antropología, quienes, aunque carentes de habilidad literaria, impresionan por la pura autenticidad del material empleado.
Dedicándole varias horas al día, completé rápidamente la traducción del manuscrito de Voynich. Mucho antes de terminar, me había dado cuenta de que era un fragmento, y que implicaba ciertos misterios que iban más allá del cifrado; era una clave dentro de otra clave, por así decir. Pero lo que más me asombraba —hasta el punto de que a veces tenía la mayor dificultad en reprimir el impulso de salir corriendo a cubierta y ponerme a hablar con la primera persona que encontrase— era el increíble conocimiento científico que revelaba este manuscrito. Newbold no anduvo muy descaminado en esto. El autor sabía infinitamente más de lo que cualquier monje —o erudito mahometano, si era el caso— del siglo XIII podía abarcar. Hay un largo y oscuro pasaje acerca de un «dios» o demonio que es, de algún modo, una especie de vórtice henchido de estrellas, al que le sigue otro en el que el constitutivo primordial de la materia está descrito como energía (utilizando para ello los términos griegos dúnamis y enérgeia, así como el latino vis), en unidades limitadas. Esto indica una clara anticipación de la teoría cuántica. Además, la semilla del hombre se describe como formada por unidades de fuerza, cada una de las cuales dota al hombre de una característica vital. Esto, evidentemente, suena de manera palpable a una referencia a los genes. El dibujo de un espermatozoo humano aparece en medio de un texto que alude al Sefer Yeziráh, el Libro de la Creación de la Kábala. Varias alusiones de pasada al Ars Magna, de Ramon Llull apoyan la idea de que el autor de la obra fue Rogerio Bacon, contemporáneo del místico matemático, aunque en un lugar del texto hace referencia a sí mismo bajo el nombre de Martinus Hortulanus, que podría traducirse por Martín Hortelano.
¿Qué es, en última instancia, el manuscrito de Voynich? Se trata del fragmento de una obra que declara ser una explicación completa del universo: su origen, su historia, su geografía (si se me permite denominarla de este modo), su estructura matemática y sus profundidades ocultas. Las páginas que yo poseía contenían una síntesis preliminar de este material. Había partes que eran terriblemente ininteligibles, y había otras que parecían ser la típica mélange medieval de magia, teología y especulación precopernicana. Saqué la impresión de que la obra podía deberse a varios autores, o que la parte que yo poseía era el compendio de algún otro libro imperfectamente asimilado por Martín Hortelano. Hay las habituales alusiones a Hermes Trimegisto y a la Tabla Esmeraldina, al libro de oro de Cleopatra, el Crysopeia, a la serpiente gnóstica Ouroboros, y a un misterioso planeta o astro llamado Tormantius, del que se dice es morada de deidades pavorosas. Había también muchas referencias a una «lengua khiana», la cual, según se deducía del contexto, no tenía relación alguna con la isla del Egeo llamada Chíos, cuna de Homero.
Fue esto lo que me llevó al segundo paso de mi descubrimiento. En El horror sobrenatural en la literatura, de Lovecraft, hay una pequeña sección dedicada a Arthur Machen, donde encontré una alusión a la «lengua Chiana», relacionada de algún modo con el culto de la brujería. También hablaba de los «dotes», «voolas» y de ciertos «caracteres aklo». Esto último atrajo mi atención; en el manuscrito de Voynich había encontrado una alusión a las «inscripciones aklo». Al principio supuse que aklo sería una especie de corrupción del «agla» cabalística, palabra utilizada en el exorcismo; luego modifiqué mi opinión. Apelar a la coincidencia más allá de ciertos límites es signo de mentalidad obtusa. La hipótesis que ahora se presentaba a mi mente era ésta: que el manuscrito de Voynich era un fragmento o compendio de una obra mucho más vasta llamada Necronomicón, quizá de origen cabalístico. Existen, o han existido, ejemplares de este libro, y podía ser que se conservasen por tradición oral entre sociedades secretas tales como la Iglesia del Carmelo del infame Naundorff, o la Cofradía de Tlön, descrita por Borges. Machen, que pasó algún tiempo en París en la década de 1880, entró casi con seguridad en contacto con un discípulo de Naundorff, el Abbé Boullan, de quien se sabe que practicaba la magia negra (aparece en La Bas, de Huyman). Esto podría explicar las huellas del Necronomicón que se encuentran en su obra. En cuanto a Lovecraft, puede que se tropezara con él, o con tradiciones orales que aludían a dicha obra, o bien personalmente, o quizá incluso a través de Machen.
En ese caso, puede que hubiera ejemplares de dicho libro ocultos en alguna buhardilla, o quizá en otro arcón del castillo italiano. ¡Qué triunfo, si yo lograse localizar uno y pudiese publicarlo juntamente con mi traducción del manuscrito de Voynich! O incluso si pudiese probar de manera definitiva que tal obra existía.
Este era el sueño que me preocupó durante cinco días en el Atlántico. Y leí y releí mi traducción del manuscrito, con la esperanza de descubrir alguna clave que pudiese conducir a la obra completa. Pero cuanto más la leía, menos claro veía. En la primera lectura, había captado un esquema global, una oscura mitología, nunca consignada claramente, aunque deducible de las alusiones. Al releer la obra, empecé a preguntarme si no sería todo esto producto de mi imaginación. El libro parecía disolverse en un montón de fragmentos inconexos.
En Londres, pasé inútilmente una semana en el British Museum, buscando referencias al Necronomicón en diversas obras sobre magia, desde el Azoth, de Basil Valentine, a Aleister Crowley. La única referencia prometedora fue una nota de pie de página en Remarks on Alchemy, de E. A. Hitchcock (1865), sobre «los actualmente inalcanzables secretos de las tabletas aklo». Pero el libro no contenía ninguna otra referencia a estas tabletas. ¿Significaría la palabra «inalcanzable» que se sabía que las tabletas habían sido destruidas? Si era así, ¿cómo llegó Hitchcock a tener conocimiento de ellas? La lobreguez de un octubre londinense, y la fatiga que me producía un persistente dolor de garganta, casi me habían persuadido de regresar a Nueva York en avión, cuando cambié de idea. En una librería de Maidstone me encontré con fray Anthony Carter, un monje carmelita editor de una pequeña revista literaria. Este había conocido a Machen en 1944, tres años antes de la muerte del escritor, y más tarde había dedicado un número de su revista a su vida y obra. Acompañé a fray Carter al Priorato, cerca de Sevenoaks, y mientras conducía su anticuado «Austin» a la moderada velocidad de cincuenta kilómetros por hora, me habló largo y tendido de Machen. Finalmente, le pregunté si sabía si Machen había tenido algún contacto con sociedades secretas o con la magia negra.
—¡Oh, lo dudo! —respondió, para decepción mía; otra pista falsa—. Supongo que recogería diversas tradiciones extrañas cerca de Melincourt, su lugar de nacimiento; la que fue Isca Silurum, en tiempos de Roma.
—¿Tradiciones? —traté de adoptar un tono casual—. ¿Qué clase de tradiciones?
—Bueno, ya sabe. Ese tipo de cosas que él describe en la colina de los sueños. Cultos paganos y demás.
—Yo creía que eran pura imaginación.
—¡Oh, no! Una vez me dijo que había visto un libro que revelaba toda clase de cosas horribles relativas a esa zona de Gales.
—¿Dónde? ¿Qué clase de libro?
—No tengo ni idea. No presté mucha atención. Creo que lo vio en París… o puede que fuera en Lyon. Pero recuerdo el nombre de la persona que se lo enseñó. Stanislav de Guaita.
—¡Guaita! —no pude evitar la exclamación, y fray Carter casi se sale de la carretera. Me miró con dulce reproche.
—Exactamente. Ese hombre estuvo implicado en cierta absurda sociedad que practicaba la magia negra. Machen me decía que él consideraba todo eso en serio, pero estoy seguro de que lo decía para tomarme el pelo…
Guaita estuvo implicado en el círculo de magia negra de Boullon y de Naundorff. Era un ladrillo en el edificio.
—¿Dónde está Melincourt?
—En Monmontshire, creo. En las proximidades de Southport. ¿Piensa usted ir?
La trayectoria de mis pensamientos había sido clara. No vi motivo alguno para negarlo.
El sacerdote no dijo nada hasta que el coche se detuvo en el sombrío poblado de árboles, detrás del Priorato. Entonces me miró fijamente y dijo con suavidad:
—Yo no me metería demasiado a fondo en esas cosas, si estuviese en su lugar.
Hice un ruido circunstancial con la garganta, y dejamos el tema. Pero unas horas más tarde, de nuevo en mi habitación del hotel, recordé su comentario y me sorprendió. Si creía que Machen le había estado tomando el pelo con sus «cultos paganos», ¿por qué me aconsejaba que no me metiera en eso? ¿Acaso creía realmente en ellos, pero prefería callárselo? Como católico, naturalmente, estaba obligado a creer en la existencia de un mal sobrenatural…
Reservé habitación en el hotel de Branshaw antes de irme a dormir. Había un tren a Newport desde Paddington a las 9.55, con un cambio para Caerleon a las 2.30. A las diez y cinco estaba yo sentado en el coche restaurante, tomando café, contemplando cómo las oscuras casas de Ealing dejaban paso a los verdes campos de Middlesex, y experimentando una honda y pura excitación, completamente nueva para mí. No puedo explicarlo. Sólo puedo decir que, a estas alturas de mi investigación, tenía la clara sensación de que empezaba lo más importante. Hasta entonces, me había sentido ligeramente desanimado, a pesar de los desafíos del manuscrito de Voynich. Tal vez se debiera a una ligera aversión al tema del manuscrito. Soy romántico como el que más —y creo que la mayoría de la gente es saludablemente romántica en el fondo—, pero supongo que todo este parloteo sobre magia me resultaba en definitiva una estupidez degradante para el entendimiento humano y para su capacidad de evolución. Pero en esa mañana gris del mes de octubre, sentía algo distinto: el erizamiento de cabello que Watson solía experimentar cada vez que Holmes le sacudía para despertarle, gritándole: «El asunto marcha, Watson». Yo no tenía aún ni la más remota idea de cuál podía ser el asunto. Pero estaba empezando a experimentar una rara intuición de su gravedad.
Cuando me cansé de mirar el paisaje, abrí la cartera y saqué una guía de Gales y dos libros de Arthur Machen: algunos relatos escogidos y el autobiográfico Far Off Things. Este último me hacía esperar descubrir una tierra de encanto en la parte de Gales de Machen. Dice: «Siempre consideré como la parte más grande de la fortuna que me ha tocado en suerte, el haber nacido en el corazón de Gwent.» Su descripción del «túmulo místico», la «ola gigantesca y redonda» de la Montaña de Piedra, los bosques profundos y el río serpeante, sugerían un paisaje de ensueño. De hecho, Melincourt es la morada legendaria del rey Arturo, y Tennyson sitúa allí sus Idylls of the King.
La guía de Gales que había comprado en una librería de segunda mano de Charing Cross Road, describía Southport como un pueblecito campesino con su feria, «en medio del apacible, ondulado y lujuriante paisaje de bosques y prados». Tenía media hora de tiempo entre uno y otro tren, y decidí dar una vuelta por el pueblo. Me bastaron diez minutos. Fueran cuales fuesen sus encantos en 1900 (fecha de la guía), ahora es una ciudad típicamente industrial, con grúas recortadas en el cielo y el aullido de los trenes y los barcos. Me tomé un whisky doble en el hotel de junto a la estación para reconfortarme ante un posible desencanto semejante al de Caerleon. Pero incluso esto supuso un escaso alivio, ante el impacto que me produjo el lúgubre y modernizado pueblo al que llegué una hora más tarde, tras un corto trayecto por las afueras de Southport. El pueblo está dominado por una inmensa monstruosidad de ladrillo rojo, que, como adiviné acertadamente, era un sanatorio mental. Y el «Usk de poderosos rumores» de Chesterton me pareció como un riachuelo de barro cuyo aspecto no mejoraba con la lluvia que ahora caía de un cielo gris pizarra.
Me registré en el hotel —un lugar sin pretensiones ni calefacción central— a las tres y media, eché una mirada al papel floreado que cubría las paredes de mi dormitorio —superviviente, lo menos, del año 1900—, y decidí salir a pasear bajo la lluvia.
A un centenar de metros de la calle principal, pasé por delante de un garaje con un cartel pintado a mano que decía: «Se alquilan coches». Un hombre bajito y con gafas estaba inclinado sobre el motor de un automóvil. Le pregunté si era chófer y estaba libre.
—¡Oh, sí, señor!
—¿Esta tarde?
—Si lo desea. ¿Adónde quiere que le lleve?
—A dar una vuelta por el campo.
Me miró, incrédulo.
—¿Es usted turista, señor?
—En cierto modo, sí, supongo.
—En seguida estoy con usted.
Su aire, mientras se secaba las manos, indicaba que consideraba la ocasión demasiado buena para despreciarla. Cinco minutos más tarde, esperaba delante del edificio, vestido con una chaqueta de cuero de la década de 1920, conduciendo un coche de la misma época. Los faros vibraban arriba y abajo al ritmo del parloteo del motor.
—¿Adónde vamos ?
—A cualquier sitio. Vamos hacia el norte… hacia Monmouth.
Me arrebujé en el asiento trasero, contemplando la lluvia, mientras percibía claros signos del frío que se avecinaba. Pero al cabo de diez minutos, el coche se calentó y mejoró el paisaje. A pesar de la modernización y de la llovizna de octubre, el valle de Usk seguía siendo extremadamente hermoso. El verdor de los campos era sorprendente, incluso comparado con el de Virginia. Los bosques eran, como decía Machen, misteriosos y sombríos, y el escenario parecía casi demasiado pintoresco para ser auténtico, como esos grandiosos paisajes románticos de Asher Durand. Al norte y al nordeste se hallaban las montañas, apenas visibles a través de las desflecadas nubes: tenía el paisaje desolado de El pueblo blanco y La novela del Sello Negro muy frescos en la memoria. El señor Evans, mi chófer, tuvo la delicadeza de no hablar, permitiendo que me sumergiera en el sentimiento del paisaje.
Pregunté a mi chófer si había visto alguna vez a Machen, pero tuve que deletrear el nombre antes de que el señor Evans supiera de quién le hablaba. Por lo que yo podía apreciar, Machen parecía completamente olvidado en su pueblo natal.
—¿Lo está estudiando usted, señor?
Empleó la palabra «estudiar» como si se tratase de alguna actividad ritualista. Asentí; de hecho, exageré un poco, diciendo que pensaba escribir un libro sobre Machen. Esto despertó su interés. Fuera cual fuese la actividad que tuviera para con los escritores ya fallecidos, para con los vivos no tenía otra que la de respeto. Le dije que varios relatos de Machen se desarrollaban en aquellas colinas desoladas que teníamos ante nosotros, y añadí en tono casual:
—Lo que realmente quiero averiguar es dónde recogió él las leyendas que solía incluir en sus relatos. Estoy casi seguro de que no las inventaba. ¿Sabe de alguien por aquí que pudiera conocerlas? ¿El vicario, por ejemplo?
—¡Oh, no! El vicario no sabe nada de leyendas —lo dijo como si las leyendas fueran una materia totalmente pagana.
—¿Conoce a algún otro que sí?
—Déjeme pensar. Está el Coronel, si tiene la suerte de caerle bien. Es un tipo raro, ese Coronel. Si no le cae usted bien, gastará saliva en balde.
Traté de saber algo más sobre el Coronel; si era aficionado a la arqueología, quizá; pero los comentarios de Evans fueron célticamente vagos. Desvié la conversación hacia el escenario, y obtuve un chorro inacabable de información que duró todo el camino de regreso a Melincourt. A sugerencia del señor Evans, seguimos hacia el norte hasta Raglan; luego torcimos hacia el oeste y regresamos con las Montañas Negras a nuestra derecha, que parecían más frías y amenazadoras de cerca que desde las verdes tierras bajas de los alrededores de Melincourt. En Pontypool, me detuve y compré un libro sobre los restos romanos en Melincourt, y un ejemplar de segunda mano de Giraldus Cambrebsis, el historiador y geógrafo galés contemporáneo de Rogerio Bacon.
Las tarifas del taxi del señor Evans resultaron sorprendentemente razonables, así que convine con él en alquilarlo por todo el día, tan pronto como el tiempo mejorase. Luego, de regreso en el hotel, con una bebida llamada grog, consistente en ron negro, agua caliente, zumo de limón y azúcar, me puse a leer los periódicos londinenses, e hice unas cuantas preguntas discretas sobre el Coronel. En vista de lo infructuoso de este método de aproximación —los galeses no son afables con los forasteros—, busqué su nombre en la guía de teléfonos. Coronel Lionel Urquart, Los Pastos, Melincourt. Entonces, reconfortado por el grog, entré en la helada cabina telefónica y marqué su número. Una voz de mujer con un acento galés casi incomprensible dijo que el Coronel no estaba en casa; luego, que puede que estuviera, y que iría a ver.
Tras una larga espera, una voz áspera, de la clase superior británica, ladró al teléfono:
—Diga, ¿quién es?
Me identifiqué, pero antes de que pudiera terminar, me espetó:
—Lo siento, yo nunca concedo entrevistas.
Le expliqué rápidamente que yo era profesor de literatura, no periodista.
—¡Ah, literatura! ¿Qué clase de literatura?
—En este momento, estoy interesado en las leyendas locales. Me han dicho que usted conoce muchísimas.
—Conque sí, ¿eh? Bien, supongo que sí. ¿Cómo me ha dicho que se llamaba?
Lo repetí, y mencioné la Universidad de Virginia, y mis publicaciones principales. Hubo curiosos tartamudeos en el otro extremo de la línea, como si estuviese comiéndose el bigote y le costara tragar. Finalmente, dijo:
—Mire…, ¿por qué no viene usted a última hora de la tarde, digamos a las diez? Podríamos tomar unas copas y charlar.
Le di las gracias, y regresé al salón, donde había un buen fuego, y pedí otro ron. Consideré que debía felicitarme, después de las advertencias del señor Evans sobre el Coronel. Sólo me preocupaba una cosa. Aún no tenía idea de quién era, ni qué clase de leyendas le interesaban. Sólo podía suponer que sería un apasionado de la historia.
A las ocho y media, después de una abundante aunque poco imaginativa cena a base de chuletas de cordero, patatas cocidas y unas verduras inidentificables, salí en dirección a la casa del Coronel, tras preguntar previamente su dirección al conserje en su mostrador, quien se quedó manifiestamente intrigado. Aún llovía y hacía viento, pero pude rechazar el frío gracias a un grog.
La casa del Coronel se hallaba fuera del pueblo, a mitad de una cuesta empinada. Tenía una verja de hierro oxidado, con un camino para carruajes lleno de charcos de agua embarrada. Al tocar la campanilla, diez perros comenzaron a ladrar inmediatamente, y uno de ellos se acercó al otro lado de la verja y gruñó disuasoriamente. Una rolliza galesa abrió la puerta, le dio una manotada al doberman que gruñía y babeaba, y me condujo por delante de una jauría de perros gruñidores —algunos, según observé, con cicatrices y desgarrones en las orejas—, a una biblioteca escasamente iluminada que olía a humo de carbón. No estoy seguro de la clase de hombre que esperaba conocer —probablemente alto y británico, con la cara tostada y el bigote hirsuto—, pero resultó una sorpresa. Era bajito y caminaba torcido —una caída de caballo le había fracturado la cadera derecha—; su piel oscura hacía pensar en una mezcla de sangre, mientras que su barbilla deprimida le daba un aspecto ligeramente reptilesco. La primera impresión fue de un personaje repugnante. Tenía ojos brillantes y sagaces, pero desconfiados. Me pareció un hombre capaz de despertar una considerable cantidad de resentimiento. Me estrechó la mano y me pidió que me sentara. Me senté junto al fuego. Inmediatamente, brotó una nube de humo que me asfixió, haciéndome toser y boquear.
—Necesita una limpieza —dijo mi anfitrión—. Siéntese en esa otra silla.
Unos momentos más tarde, cayó algo de la chimenea juntamente con un montón de hollín, y antes de que las llamas lo hicieran irreconocible, me pareció distinguir el esqueleto de un murciélago. Supuse —correctamente, como pude comprobar más tarde—, que el Coronel Urquart recibía muy pocas visitas, y que por tanto raramente hacía uso de la biblioteca.
—¿Cuál de mis libros es el que ha leído? —me preguntó.
—Yo… esto… para ser sincero, sólo los conozco de oídas.
Sentí alivio cuando dijo secamente:
—Como casi todo el mundo. De todos modos, es alentador saber que le interesan.
En ese instante, al mirar por encima de su cabeza, vi su nombre en el lomo de un libro. Parecía una sobrecubierta horrendamente diseñada; y su título: Los misterios de Mu, era claramente visible con letras escarlata. Así que añadí rápidamente:
—Naturalmente, no sé gran cosa sobre Mu. Recuerdo haber leído un libro de Spence…
—¡Un completo charlatán! —exclamó Urquart, y me pareció que sus ojos adquirían un tinte rojizo con el resplandor del fuego.
—Luego —añadí—, Robert Graves tiene curiosas teorías sobre Gales y los galeses…
—¡Por las tribus perdidas de Israel! ¡En mi vida he visto una idea más infantil y descabellada! Cualquiera podría decirle que lo que afirma es un disparate. Yo he demostrado de manera concluyente que los galeses son supervivientes del desaparecido continente de Mu. Tengo pruebas que lo demuestran. Sin duda las conoce.
—No tanto como desearía —contesté, un tanto azarado.
En ese momento, se interrumpió para ofrecerme un whisky, y yo tuve que tomar una rápida determinación: rogarle que aplazásemos nuestra entrevista para otro momento y huir, o aguantar como fuera. El ruido de la lluvia en las ventanas me decidió. Había que resistir.
Mientras servía el whisky, dijo:
—Creo que adivino en qué está pensando. ¿Por qué Mu y no la Atlántida?
—Pues sí, en efecto —dije, algo confundido. Yo ni siquiera sabía que se supusiera que Mu estuvo situada en el Pacífico.
—Lógico. Yo mismo me hice esa pregunta hace veinte años, cuando acababa de realizar mis descubrimientos. ¿Por qué Mu, cuando los restos más importantes se hallan en el sur de Gales y en Providence?
—¿En Providence? ¿En qué Providence?
—La de Rhode Island. Tengo pruebas de que fue el centro de la religión de los supervivientes de Mu. Reliquias. Esta, por ejemplo.
Me tendió un pedazo de piedra verde, casi demasiado pesada para sostenerla con una sola mano. Nunca había visto esa clase de piedra, aunque sé muy poca geología. Tampoco había visto nada parecido al dibujo e inscripción que tenía grabados, salvo una vez, en un templo de las selvas del Brasil. La inscripción estaba en caracteres curvos, no muy distintos de la taquigrafía de Pitman; la cara que había en medio de dichos caracteres podía ser una máscara de demonio, o un dios serpiente, o un monstruo marino. Al contemplarlo, sentí la misma sensación desagradable —la sensación de repulsión— que experimenté la primera vez que vi el manuscrito de Voynich. Bebí un largo sorbo de whisky. Urquart señaló el «monstruo marino».
—Es el símbolo del pueblo de Mu. El Yambi. Esta piedra es su color. Es uno de los medios de saber dónde estuvieron: el agua de ese color.
Le miré sin comprender.
—¿En qué sentido?
—Cuando ellos destruyen un lugar, les gusta dejar tras de sí charcas de agua, pequeños lagos, de ser posible. Siempre se puede averiguar cuáles son esas charcas porque tienen un aspecto ligeramente distinto de una alberca corriente. Tienen esta combinación del verde típico del agua estancada y este gris azulenco que ve aquí.
Se volvió hacia la estantería y sacó un lujoso libro de arte titulado Los placeres de las ruinas. Lo abrió y señaló una fotografía. Estaba en color.
—Mire esto: Sidón, en Lebanon. La misma agua verde. Y mire esto: Anuradhapura, Ceilán: el mismo verde y azul. Los colores de la ruina y la muerte. Ambas son ciudades destruidas por ellos, en cierto modo. Hay seis más, que yo sepa.
Yo me sentía fascinado e impresionado a pesar de mí mismo. Quizá se debía todo a la piedra.
—Pero ¿cómo hicieron eso?
—Usted comete el error habitual: el de creer que ellos son como nosotros. Pero, no. En términos humanos, digamos que eran informes e invisibles.
—¿Invisibles?
—Como el viento o la electricidad. Tiene que comprender que eran fuerzas, más que seres. No eran entidades claramente separadas, como nosotros. Es lo que se consigna en las tabletas naacal de Churchward.
Siguió hablando, pero no voy a transcribir aquí todo lo que dijo. La mayoría de las cosas me parecieron puras tonterías. Pero había una lógica extravagante en casi todo ello. Sacó libros de las estanterías y me leyó diversos pasajes, la mayoría, según me pareció, escritos por toda clase de chiflados. Pero luego cogió un texto de antropología o paleontología, y leyó cierto resumen que parecía confirmar lo que acababa de decir.
Lo que me contó, en suma, fue esto. El continente de Mu existió en el Pacífico Sur hace entre veinte mil y doce mil años. Estaba poblado por dos razas, una de las cuales era semejante al hombre de hoy. La otra la constituían los «invisibles de las estrellas», de Urquart. Estos últimos, dijo él, eran decididamente ajenos a nuestro mundo, y el jefe de todos ellos se llamaba Ghatanothoa el oscuro. A veces, adoptaban formas, como la del monstruo de la tableta —que era una representación de Ghatanothoa— pero existían como «vórtices» de fuerza en su estado natural. No eran benevolentes, según nuestro sentido, pues sus instintos y deseos eran completamente distintos de los nuestros. Una tradición recogida en las tabletas naacal afirma que estos seres crearon al hombre; pero esto, dice Urquart, debe de ser inexacto, ya que las pruebas arqueológicas han demostrado que el hombre evolucionó durante millones de años. Sin embargo, los hombres de Mu eran evidentemente esclavos de estos seres, y fueron tratados con lo que nosotros consideramos increíble brutalidad. Los lloigor, o seres estrellas, podían amputar miembros sin causar la muerte, y lo hacían al menor signo de rebelión. Podían asimismo hacer crecer tentáculos a manera de cánceres en sus esclavos humanos, y utilizar también esto como castigo. Un grabado de las tabletas naacal muestra a un hombre creciéndole tentáculos en las cuencas de los ojos.
Pero la teoría de Urquart sobre Mu tenía un rasgo extremadamente original. Me dijo que había una diferencia muy importante entre los lloigor y los seres humanos. Los lloigor eran profunda y enteramente pesimistas. Urquart subrayó que difícilmente podíamos imaginar lo que esto significaba. Los seres humanos viven con esperanzas de diversa índole. Sabemos que tenemos que morir. No tenemos idea de dónde venimos, ni adónde iremos. Sabemos que estamos expuestos a los accidentes y a las enfermedades. Sabemos que raramente alcanzamos lo que queremos; y si lo alcanzamos, dejamos de apreciarlo. Sabemos todo esto, y sin embargo, seguimos siendo incurablemente optimistas, aun engañándonos a nosotros mismos con creencias absurdas y visiblemente disparatadas sobre la vida más allá de la muerte.
—¿Por qué hablo con usted —exclamó Urquart—, si sé perfectamente que ningún profesor posee una mentalidad abierta, y que todos aquellos con los que he tenido algún trato me han traicionado? Porque creo que usted podría ser la excepción; podría captar la verdad de lo que digo. Pero ¿por qué quiero que sepa, cuando tengo que morir como todos los demás? Es absurdo, ¿no? Pero es que nosotros no somos criaturas razonables. Vivimos y obramos con un insensato reflejo de optimismo… un mero reflejo, como el de la rodilla al golpearla. Evidentemente, estúpido por demás. Sin embargo, vivimos por él.
Me sentí impresionado, a pesar de mi convicción de que estaba algo chiflado. Desde luego, era inteligente.
Siguió explicándome que los lloigor, infinitamente más poderosos que los hombres, sabían también que ese optimismo era absurdo en este universo. Sus mentes formaban una unidad, no estaban compartimentadas como las nuestras. En ellos no había distinción alguna entre mente consciente, mente subconsciente y mente supraconsciente. De modo que veían las cosas con claridad en todo momento, sin posibilidad de desviar el intelecto de la verdad, ni de olvidar. Mentalmente hablando, lo más parecido a ellos sería uno de aquellos románticos suicidas del siglo XIX, henchido de tristeza, convencido de que la vida es un abismo de miseria, y aceptando esa tesis como fundamento de la vida diaria. Urquart negó que los budistas se pareciesen a los lloigor en su pesimismo esencial, no sólo por el concepto de nirvana, que ofrece una especie de absoluto equivalente del Dios cristiano, sino porque ningún budista vive realmente en la contemplación de su pesimismo. Lo acepta intelectualmente, pero no lo siente en sus nervios y en sus huesos. Los lloigor vivían su pesimismo.
Desgraciadamente —y aquí me resultó difícil seguir a Urquart— la Tierra no es propicia a tal pesimismo, a nivel subatómico. Es un planeta joven. Todos sus procesos de energía se hallan aún en una etapa ascendente, por así decir, son evolutivos, tienden progresivamente a hacerse más complejos, y por tanto a neutralizar las fuerzas negativas. Un simple ejemplo de esto es la forma en que murieron tantos jóvenes románticos; la Tierra, sencillamente, no tolera las fuerzas subversivas.
De ahí la leyenda de que los lloigor crearon al hombre para que fuese su esclavo. Pues ¿por qué iban a necesitar esclavos estos seres omnipotentes? Sólo por la activa hostilidad, por así decir, de la Tierra misma. Para contrarrestar esta hostilidad, para llevar a cabo sus más simples designios, necesitaban criaturas que actuasen sobre una base optimista. Y así, crearon a los hombres, seres deliberadamente miopes, incapaces de contemplar firmemente la verdad evidente en torno al universo.
Lo que había sucedido entonces era absurdo. Los lloigor se habían ido debilitando progresivamente a causa de su existencia en la Tierra. Urquart dijo que los documentos no dan razón alguna de por qué los lloigor abandonaron su lugar de origen, probablemente situado en la nebulosa de Andrómeda. Habían ido debilitándose cada vez más como fuerzas activas. Y sus esclavos habían llegado a predominar, convirtiéndose en los hombres de hoy. Las tabletas naacal y demás obras que nos han llegado de Mu se deben a estos hombres, no a los «dioses» originales. La Tierra ha favorecido la evolución de sus hijos torpes y optimistas, y debilitó a los lloigor. Sin embargo, estas antiguas potencias aún perviven. Se han retirado al interior de la tierra y del mar, con el fin de concentrar su poder en las piedras y las rocas, cuyo normal metabolismo son capaces de invertir. Esto les ha permitido subsistir en la Tierra durante muchos miles de años. Ocasionalmente acumulan suficiente energía para irrumpir de nuevo en la vida humana y los resultados son ciudades destruidas. Llegó un momento en que fue el continente entero —el propio Mu— y más tarde otro, el de la Atlántida. Siempre han sido especialmente virulentos cuando han logrado descubrir vestigios de sus antiguos esclavos. A ellos deben atribuirse muchos de los misterios arqueológicos: las grandes ciudades en ruinas de Sudamérica, Camboya, Birmania, Ceilán, Africa del Norte, incluso de Italia. Y también, según Urquart, las dos grandes ciudades ruinosas de Norteamérica, Grudèn Itzà, ahora hundida bajo las tierras pantanosas de los alrededores de Nueva Orleans, y Nam—Ergest, ciudad floreciente que una vez se alzó en la tierra donde hoy se abre el Gran Cañón. El Gran Cañón, dijo Urquart, no se originó por la erosión de la tierra, sino por una tremenda explosión subterránea seguida de una «lluvia de fuego». El sospechaba que, como la gran explosión de Siberia, fue producida por una especie de bomba atómica. A mi pregunta de por qué no había signos de explosión alguna en la zona del Gran Cañón, Urquart dio dos respuestas: que había ocurrido hacía tantísimos años que los elementos naturales habían borrado la mayoría de los vestigios, y segundo, que para cualquier observador imparcial, estaba bastante claro que el Gran Cañón era un cráter inmenso e irregular.
Tras dos horas de conversación, y de recurrir varias veces a su excelente whisky, me sentía tan confundido que se me fueron de la cabeza completamente las preguntas que le quería formular. Le dije que debía irme a acostar y pensar sobre todo esto, y el Coronel se ofreció a llevarme en su coche. Me acordé de una de mis preguntas precisamente cuando me acomodaba en el asiento delantero, junto al del conductor, de un antiguo «Rolls Royce».
—¿Qué quería decir con eso de que los galeses eran los supervivientes de Mu?
—Pues lo que he dicho. Estoy seguro de eso; tengo pruebas que confirman que son descendientes de los esclavos de los lloigor.
—¿Qué clase de pruebas?
—De todo tipo. Necesitaría otra hora para explicárselo.
—¿No podría darme alguna idea?
—De acuerdo. Eche una mirada al periódico de esta mañana. Dígame qué es lo que le choca de él.
—Pero ¿qué es lo que tengo que mirar?
Le divertía el que me negara a «esperar a ver». Debería saber que los viejos somos más impacientes que los niños.
—Las cifras de crímenes.
—¿No puede decirme más?
—De acuerdo.
Nos habíamos detenido delante del hotel, y aún llovía copiosamente. A esas horas de la noche no se oía otro ruido que el de la lluvia y el gorgoteo del agua en los canalones.
—Descubrirá que el promedio de crímenes en esta zona es unas tres veces el del resto de Inglaterra. Las cifras son tan elevadas que raramente se publican. En lo que se refiere a asesinatos, crueldades, violaciones, toda clase de perversiones sexuales… esta zona tiene el más alto índice de las Islas Británicas.
—Pero ¿por qué?
—Ya se lo he dicho. Los lloigor realizan esfuerzos para reaparecer a cada momento —y para dar a entender que quería regresar a su casa, se inclinó por encima de mí y me abrió la portezuela. Antes de que llegase yo al umbral del hotel, se había ido.
Pregunté al vigilante de turno si podía prestarme un periódico local; me sacó uno de detrás de su silla, y dijo que podía quedármelo. Subí a mi fría habitación, me desvestí y me metí en la cama… Luego me puse a hojear el periódico. A primera vista, no descubrí prueba alguna de las afirmaciones de Urquart. La primera página aludía a una huelga en los astilleros de la localidad, y las noticias principales se referían a un concurso de ganadería local, en el que se acusaba a los jueces de haber aceptado sobornos, y a una nadadora de Southport que casi había batido el récord del cruce del canal a nado. En la página central, el editorial hablaba sobre cierta cuestión de la observancia del domingo Parecía bastante inocente.
Luego empecé a leer una serie de noticias más escuetas que venían entre anuncios o noticias deportivas. En el depósito de agua de Bryn Mawr se había descubierto flotando un cadáver sin cabeza que provisionalmente había sido identificado como el de una joven de Llandalffen. Un menor de catorce años había sido condenado a reclusión en un correccional por haber infligido heridas a una oveja con un hacha pequeña. Un granjero solicitaba el divorcio, alegando que su mujer parecía haberse enamorado locamente de su hijastro imbécil. Un vicario había sido condenado a un año de prisión por agredir a los niños del coro. Un padre había matado a su hija y su novio por celos sexuales. Un viejo de un asilo de ancianos había incinerado a dos de sus compañeros derramando parafina sobre sus camas y prendiéndoles fuego. Un niño de doce años había ofrecido a sus hermanas mellizas, de siete años, un helado espolvoreado con raticida, y luego se reía incontroladamente en el tribunal de menores (por suerte, las dos niñas sobrevivieron, con grandes trastornos intestinales). Una breve nota informaba que la policía había imputado a un hombre los tres asesinatos de Lover's Lane.
Era la crónica de una pacífica zona rural, si bien admitiendo que Southport y Cardiff, con sus elevados porcentajes de crímenes, estaban bastante cerca. Desde luego, no era un récord demasiado malo, comparado con la mayoría de las ciudades de América. Incluso Charlottesville puede dar una cifra de delitos que en Inglaterra podría considerarse como una de las mayores olas de crímenes.
Antes de dormirme, me puse una bata, bajé al salón, donde había visto un ejemplar del Amanac, de Whitaker, y miré el promedio de crímenes en Inglaterra. Sólo 166 asesinatos en 1967: tres asesinatos por cada millón de habitantes; el índice de homicidios en América es unas veinte veces más elevado. Sin embargo, aquí, en la sencilla edición de un pequeño periódico local, había encontrado la referencia de nueve homicidios… aunque había que admitir que algunos de ellos databan de tiempo atrás (los asesinatos de Lover's Lane se repartían en dieciocho meses).
Dormí muy mal esa noche; mi espíritu se vio atormentado constantemente por monstruos invisibles, espantosos cataclismos, sádicos asesinos y jovenzuelos demoníacos. Fue un alivio despertar en una mañana radiante de sol y tomar una taza de té. Aun así, me sorprendí a mí mismo mirando furtivamente a la camarera —una joven menuda de pálido rostro, ojos apagados y pelo lacio y duro—, y preguntándome qué anómala unión le habría dado el ser. Desayuné; me enviaron a la habitación el periódico de la mañana, y lo leí con morboso interés.
Nuevamente, las noticias más horribles se hallaban reducidas a pequeñas notas. Dos escolares de once años habían sido acusados de estar implicados en el asesinato de la chica sin cabeza, pero afirmaban que en realidad la había decapitado un vagabundo «de ojos llameantes». Un droguero de Southport fue obligado a dimitir como concejal del Ayuntamiento al ser acusado de haber tenido «conocimiento carnal» de su dependienta de catorce años. Las pruebas sugerían que una comadre difunta había sido eficiente en velar por los niños a la manera de la infame señora Dyer de Reading. Una vieja dama de Llangwn había sido gravemente herida por un hombre que la acusaba de brujería: concretamente, de hacer que naciesen los niños con deformidades. Un atentado contra la vida del alcalde de Chepstow, perpetrado por un hombre dominado por cierto oscuro rencor… Omito más de la mitad de la lista, pues los crímenes son tan estúpidos como sórdidos.
No cabía duda de que toda esta preocupación por el crimen y la corrupción estaba ejerciendo su efecto en mi opinión. Siempre me habían gustado los galeses, con su baja estatura, su pelo negro y su piel pálida. Ahora me daba cuenta de que los miraba como si fuesen trogloditas, tratando de descubrir algún rasgo que delatase vicios secretos en sus ojos. Y cuanto más los miraba, más los veía. Observé el número de palabras que empezaban por LL, desde Lloyd's Bank a Llandudno, y pensé en los lloigor con un estremecimiento (a propósito, la palabra me resultaba familiar, y la encontré en la página 258 del libro de Lovecraft titulado La habitación cerrada, registrado como el dios «que camina en los vientos de los espacios estelares». También encontré Ghatanothoa, el Dios Oscuro, citado allí, aunque no como el principal de los «moradores de las estrellas»).
Era casi insoportable deambular por aquella calle soleada, mirando la población rural que se dirigía a sus quehaceres cotidianos, a sus compras, viendo alabarse unas a otras a sus bebés, sentir este espantoso secreto dentro, y luchar por arrojarlo fuera de mí. Quise considerar todo esto como una mera pesadilla, como el desvarío de una mente medio desquiciada; luego tuve que admitir que todo tenía una conexión lógica con el manuscrito de Voynich y los dioses de Lovecraft. Sí, era difícil ponerlo en duda: sencillamente, Lovecraft y Machen habían llegado a tener conocimiento de todo esto merced a una antigua tradición que quizá existiera ya antes de que apareciese ninguna civilización sobre la Tierra.
La única otra alternativa posible era la de que fuese alguna complicada broma literaria, organizada entre Machen, Lovecraft y Voynich, quien debería ser considerado como un falsario, cosa imposible. Pero ¡qué alternativa! ¿Cómo podría yo creer en eso, y creer además que estaba en mi sano juicio, aquí en esta calle soleada, con el alegre sonido del galés en mis oídos? Un mundo perverso, oscuro, tan extraño a nosotros que el ser humano es incapaz siquiera de vislumbrarlo; extraños poderes cuyas acciones parecen increíblemente crueles y vengativas, y sin embargo, están regidas por leyes abstractas hechas por seres incomprensibles para nosotros. Urquart, con su rostro de reptil y su taciturna inteligencia. Y por encima de todo, unas fuerzas invisibles sojuzgando las mentes de estas gentes en apariencia inocentes de mi alrededor, y volviéndolas corrompidas y depravadas.
Yo había decidido ya lo que iba a hacer ese día. Pediría al señor Evans que me llevase a las Colinas Grises de las que hablaba Machen, tomaría algunas fotografías y haría algunas discretas averiguaciones. Incluso llevaría una brújula —normalmente tenía una en mi coche, en América—, para el caso de que me perdiera.
Vi un grupo de gentes que se había congregado en la puerta del garaje del señor Evans, y una ambulancia aparcada junto a la acera. Cuando me acercaba, dos enfermeros salieron transportando una camilla. Vi al señor Evans de pie, con expresión lúgubre, en el interior de una tiendecita contigua a su garaje, contemplando a la multitud.
Le pregunté:
—¿Qué ha ocurrido?
—Un tipo de arriba se ha suicidado esta noche. Ha dejado abierta la llave del gas.
Cuando se alejaba la ambulancia, pregunté:
—¿No cree que hay bastantes, por aquí?
—¿Bastantes, qué?
—Suicidios, homicidios y demás. Los periódicos locales están llenos.
—Supongo que sí. Hoy en día son los jóvenes. Hacen lo que les da la gana.
Vi que no tenía objeto prolongar el tema. Le pregunté si estaba libre para llevarme a las Colinas Grises. Negó con la cabeza.
—He prometido esperar aquí para prestar declaración ante la policía. Pero puede llevarse el coche, si lo desea.
Así que compré un mapa de la región y me puse al volante. Me detuve diez minutos a admirar el puente medieval mencionado por Machen, y luego me dirigí despacio hacia el norte. La mañana era ventosa, pero no fría, y el sol le daba al paisaje un aspecto totalmente distinto del de la tarde anterior. Aunque iba atento tratando de descubrir indicios de las Colinas Grises de Machen, no vi en el pacífico y ondulado paisaje nada que respondiese a esa descripción. Poco después rebasé el poste de señales que anunciaba Abergavenny a diez millas. Decidí echar una mirada al lugar. Cuando llegué, el sol había disipado de tal modo los vapores nocturnos de mi cabeza que di una vuelta en coche por el pueblo —bastante ordinario arquitectónicamente—, y luego subí a pie a contemplar las ruinas del castillo de la parte alta. Pregunté a un par de nativos que me parecieron más ingleses que galeses. Efectivamente, el pueblo no estaba muy lejos del valle del Servan y del condado de Shropshire de A. E. Houseman.
Pero me recordaron el mito de los lloigor unas frases que traía la guía local sobre William de Braose, lord de Brecheindog (Brecon), «cuya sombra entenebrece el pasado de Abergavenny», cuyas «fechorías» habían asombrado al parecer incluso a los ingobernables ingleses del siglo XII. Tomé nota mentalmente para preguntar a Urquart cuánto tiempo habían estado presentes los lloigor en el sur de Gales, y hasta dónde se había extendido su influencia. Luego me dirigí hacia el noroeste recorriendo la parte más atractiva del valle del Usk. En Crickhowell me detuve ante una agradable y anticuada taberna, pedí una pinta de cálida cerveza, y trabé conversación con un individuo de la localidad que demostró haber leído a Machen. Le pregunté dónde suponía él que se encontraban las Colinas Grises, y me dijo sin más que estaban directamente hacia el norte, en las Montañas Negras, en los altos, agrestes páramos entre los valles del Usk y del Wye. Seguí durante otra media hora, hasta lo alto del puerto llamado Bwlch, cuyo panorama se encuentra entre los más grandiosos de Gales, con los Faros de Brecon al oeste, y bosques y colinas al sur, donde los destellos del Usk reflejaban el sol. Pero las Montañas Negras del este parecían todo menos amenazadoras, y su descripción no correspondía a la página de Machen que yo utilizaba como guía. Así que me desvié hacia el sur otra vez, a través de Abergavenny (donde tomé una ligera comida), y luego, a través de carreteras de segundo orden hacia Llandalffen, desde donde la carretera subía pronunciadamente otra vez.
Fue aquí donde empecé a sospechar que me acercaba a mi objetivo. Reinaba una aridez en las colinas que sugería la atmósfera de La novela del Sello Negro. Pero no quise hacerme ilusiones, pues la tarde se había nublado, y sospechaba que podía ser pura imaginación. Paré el coche en la cuneta, junto a un puente de piedra, y bajé a asomarme por el pretil. El agua corría rápida, y la fuerza de la corriente cristalina me fascinó hasta el punto de sentirme hipnotizado por ella. Bajé por un lado del puente, hundiendo los tacones para mantener el equilibrio en el empinado terraplén, y llegué a una roca plana que había junto a la corriente. Fue casi un acto de desafío, pues experimentaba una clara sensación de intranquilidad y yo sabía perfectamente que se debía parcialmente a la autosugestión. Un hombre de mi edad tiende a sentirse cansado y deprimido después de comer, sobre todo si ha bebido.
Yo llevaba colgando del cuello mi cámara polaroid. El verde de la hierba y el gris del cielo formaban tal contraste que decidí tomar una fotografía. Ajusté el diafragma y enfoqué la cámara corriente arriba; disparé y me metí la máquina debajo del abrigo para revelar la foto. Un minuto después, la saqué. El papel estaba en negro. Evidentemente, le había dado demasiada exposición. Levanté la cámara y disparé por segunda vez, arrojando al río la primera fotografía. Mientras sacaba la segunda foto de la cámara tuve la súbita certeza de que también iba a estar en negro.
Miré nerviosamente alrededor, y a punto estuve de caerme al agua, al ver una cara que me miraba desde lo alto del puente. Era un chiquillo, o un joven, inclinado sobre el pretil, vigilándome. El cronometrador del tiempo dejó de zumbar. Ignorando al muchacho, extraje el papel de la cámara. Estaba en negro. Solté una maldición en voz baja y arrojé la segunda foto al agua. Entonces miré hacia la pendiente para calcular el trayecto más fácil para subir, y vi que el joven estaba justo en lo alto. Vestía unas ropas raídas y pardas, absolutamente indescriptibles. Su rostro era delgado y moreno, y me recordó a los gitanos que había visto en la estación de Newport. Sus ojos castaños eran inexpresivos. Empecé a subir hacia él sin sonreír, al principio curioso por averiguar qué quería.
Pero él no hizo ningún gesto amistoso, y me asaltó el súbito temor de que quisiera robarme, quizá la cámara, o tal vez los cheques de viaje de mi billetero. Una segunda mirada me convenció de que no sabría qué hacer con ninguna de las dos cosas. Sus ojos ausentes y sus orejas separadas indicaban que tenía ante mí a un imbécil. Y entonces, con súbita y total certidumbre, supe cuáles eran sus intenciones con la misma claridad que si me lo hubiera dicho. Quería arrojarme por la pendiente y tirarme al agua. Pero ¿por qué? Miré hacia la corriente. Era muy rápida, y quizá me llegara a la cintura —tal vez un poco más—, pero no era lo bastante profunda como para que se ahogase un hombre adulto. Había rocas y piedras en su cauce, pero no lo bastante grandes como para herirme, si mi cuerpo chocaba contra ellas.
Jamás me había ocurrido nada semejante; al menos, en mis cincuenta últimos años. Me sentí invadido por el miedo y la debilidad, de forma que me dieron ganas de sentarme. Sólo la decisión de no delatar mi miedo me impidió hacerlo. Hice un esfuerzo, y le miré con el ceño arrugado y la expresión irritada, como solía mirar a veces a mis alumnos. Para sorpresa mía, me sonrió —aunque creo que fue una sonrisa maliciosa, más que divertida— y se alejó. Sin perder tiempo, trepé por la pendiente para lograr una posición menos vulnerable.
Cuando llegué a la carretera, unos segundos después, el muchacho había desaparecido. El único sitio donde podía haberse ocultado, en veinte metros a la redonda, era el otro lado del puente, o detrás de mi coche. Me agaché a mirar bajo el coche, para ver si descubría sus pies, pero no. Me sobrepuse al pánico, y fui a asomarme por el otro pretil del puente. Tampoco estaba allí. La única otra posibilidad era que se hubiese escondido debajo mismo del puente, aunque el agua parecía demasiado rápida. En todo caso, no iba a asomarme allí. Volví al coche, conteniéndome para no echar a correr, y sólo me sentí seguro cuando lo puse en marcha.
En lo alto de la colina comprobé con sorpresa que había olvidado qué camino llevaba. La alarma me había borrado todo recuerdo de cuál era la dirección que traía al llegar al puente y aparcar perpendicularmente en una de las salidas. Me detuve en un ensanche de la carretera para consultar la brújula. Pero su aguja negra giraba suavemente en círculos, al parecer indiferente a la dirección. Le di unas palmadas, pero siguió lo mismo. No estaba rota; la aguja seguía montada sobre su eje. Sencillamente, se había desmagnetizado. Seguí conduciendo, hasta que encontré un poste de señales; descubrí que seguía la dirección correcta, y proseguí hacia Pontypool. El problema de la brújula me inquietó vagamente, aunque no demasiado. Sólo más tarde, cuando pensé en ello, me di cuenta de que era imposible que se desmagnetizase una brújula, a no ser que le quitase la aguja y la calentara, o que la golpeara violentamente. Al mediodía la había mirado y estaba bien. Entonces se me ocurrió que el asunto de la brújula, como el del chico, había sido una advertencia. Una vaga, indiferente advertencia, como el roce de una mosca en un durmiente.
Todo esto suena absurdo y fantástico; y admito francamente que casi me sentía inclinado a echarlo todo en olvido. Pero tengo tendencia a fiar en mis instintos.
Me sentía nervioso; lo bastante nervioso como para tomarme un largo trago de coñac de mi frasco, al llegar al hotel. Luego llamé a conserjería y me quejé del frío de la habitación. y a los diez minutos vino una camarera a encender un fuego de carbón en un hogar que yo ni siquiera había visto. Sentado frente a él, fumando una pipa y sorbiendo un coñac, empecé a sentirme mejor. Al fin y al cabo, no había pruebas de que estas «fuerzas» fuesen activamente hostiles… aun admitiendo por un momento que existiesen. Cuando era joven solía reírme de las cosas sobrenaturales, pero a medida que me iba haciendo viejo, la acusada línea que separa lo creíble de lo increíble tendía a volverse borrosa; me doy cuenta de que el mundo resulta ligeramente increíble.
A las seis decidí de pronto ir a ver a Urquart. No me molesté en llamarle por teléfono, pues había llegado a considerarle un aliado, no un extraño. Así que me dirigí a pie, bajo la fina lluvia, a su casa, e hice sonar el timbre. Casi inmediatamente, se abrió la puerta, y apareció un hombre. La galesa dijo:
—Adiós, doctor.
Yo me aparté y me quedé mirándola, presa de un súbito temor.
—¿Se encuentra bien el Coronel?
Fue el médico quien me contestó:
—Bastante bien, si tiene cuidado. Si es usted amigo suyo, no le distraiga demasiado. Necesita dormir.
La galesa me dejó entrar sin hacerme preguntas.
—¿Qué ha sucedido?
—Un pequeño accidente. Se cayó por la escalera del sótano, y tardamos dos horas en encontrarle.
Mientras subía, noté que había algunos perros en la cocina. La puerta estaba abierta, pero no ladraron al oír mi voz. El corredor de arriba era húmedo y estaba mal alfombrado. El doberman se hallaba echado al pie de la puerta. Me miró con aire cansado, sumiso, y ni siquiera se movió cuando pasé junto a él.
Urquart dijo:
—¡Ah, es usted, muchacho! Me alegro de que haya venido. ¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Venía simplemente a charlar con usted. ¿Qué ha pasado?
Esperó a que el ama hubiese cerrado la puerta tras de sí.
—Me han empujado en la escalera del sótano.
—¿Quién?
—No debería preguntarme eso.
—Pero ¿qué ha pasado?
—He bajado al sótano a coger un poco de cuerda. A mitad de la escalera he notado una sensación repulsiva, sofocante… creo que pueden producir una especie de gas. Luego, he recibido un claro empujón desde un lado. He caído directamente sobre el carbón. Me he torcido el tobillo, y creía que me había roto una costilla. Luego han cerrado la puerta y han echado el cerrojo. He gritado como un loco durante dos horas, hasta que me ha oído el jardinero.
Ahora no dudé de su palabra, ni pensé que estaba chiflado.
—Pero usted se encuentra en evidente peligro aquí. Debería mudarse a otra parte de la región.
—No. Son bastante más fuertes de lo que yo creía. Pero al fin y al cabo, yo estaba bajo tierra, en el sótano. Tal vez sea ésa la explicación. Pueden llegar a la superficie del suelo, pero les cuesta más energía de la que poseen. En cualquier caso, no me han hecho ningún daño grave. Sólo tengo un tobillo torcido, y no tengo ninguna costilla rota, en definitiva. Ha sido una suave advertencia… por haber hablado con usted la pasada noche. ¿Qué le ha sucedido a usted?
—¡Así que es eso! —Mis propias experiencias encajaban ahora, Le conté lo que me había pasado. Me interrumpió para decir:
—Usted bajó una pendiente empinada, exactamente como yo en el sótano. Hay que evitar eso. Y cuando le mencioné lo de la brújula, se rió sin mucho humor.
—Eso es fácil para ellos. Se lo he dicho, pueden penetrar la materia con tanta facilidad como el agua en una esponja. ¿Una copa?
Acepté, y él se sirvió también. Entre sorbo y sorbo, dijo:
—Ese chico del que me habla… creo que sé quién es. Es el nieto de Ben Chickno. Le he visto por ahí.
—¿Quién es Chickno?
—Un gitano. La mitad de su familia es idiota. Se cruzan todos entre sí. Uno de sus hijos permaneció encarcelado cinco años por estar implicado en un asesinato, uno de los más repulsivos que se han perpetrado por aquí. Torturaron a un viejo matrimonio para averiguar dónde guardaban el dinero, y después los mataron a los dos. Encontraron algunos de los bienes robados en la caravana del hijo, pero él pretendía que los había dejado allí un desconocido. Tuvo suerte de escapar de la acusación de asesinato. Y, por cierto, el juez murió una semana después de juzgar al hijo. De un ataque cardíaco.
Yo conocía a Machen más que Urquart, y la sospecha que ahora me asaltó era natural. Porque Machen habla del contacto sexual entre ciertas gentes de campo medio imbéciles, y sus extrañas potencias del mal. Le pregunté a Urquart:
—¿Podría ese anciano, Chickno, estar en relación con los lloigor?
—Depende de lo que entienda usted por estar en relación. No creo que sea él tan importante como para saber gran cosa sobre ellos. Sí es en cambio la clase de persona que a ellos les gusta alentar: un puerco degenerado. Puede preguntarle por él al inspector Davison, el jefe de la policía local. Chickno tiene una ristra de delitos tan larga como su brazo: incendio intencionado, violación, robo con violencia, bestialidad, incesto. Es un completo degenerado.
La señora Dolgelly entró con la cena en ese momento, dando a entender que era hora de que me marchase. En la puerta, pregunté:
—¿Está la caravana de ese hombre por aquí cerca?
—A un par de kilómetros o así del puente que usted ha mencionado. No pensará ir allá, ¿verdad?
Nada estaba más lejos de mis pensamientos, y así se lo dije.

Esa noche, escribí una larga carta a George Lauerdale, de la Brown University. Lauerdale escribe relatos detectivescos bajo seudónimo, y es autor de dos antologías de poesía moderna. Yo sabía que estaba escribiendo un libro sobre Lovecraft, y necesitaba su consejo. A estas alturas tenía la sensación de estar totalmente implicado en el asunto. Ya no tenía ninguna duda. Así que, ¿había alguna prueba de los lloigor en el área de Providence? Quería saber si existía alguna teoría acerca de las fuentes de las que había obtenido su información básica. ¿Dónde había visto u oído hablar del Necronomicón? Tomé la precaución de ocultar mis verdaderas preocupaciones en la carta a Lauerdale; le expliqué simplemente que había logrado traducir gran parte del manuscrito de Voynich, y que tenía razones para creer que era el Necronomicón al que hacía referencia Lovecraft. ¿Qué podía decir Lauerdale a esto? Seguí contándole que había pruebas de que Machen había utilizado leyendas auténticas de Monmouthshire en sus relatos, y que yo sospechaba que en la obra de Lovecraft subyacían leyendas similares. ¿Tenía él conocimiento de alguna de dichas leyendas locales? Por ejemplo, ¿había alguna historia desagradable relacionada con la «apartada casa» de Lovecraft en Benefit Street, Providence?
Al día siguiente del accidente de Urquart sucedió algo muy extraño, que mencionaré brevemente, dado que no tuvo consecuencias. Ya he hablado de la camarera, una muchacha de pálido rostro, pelo hirsuto y flacas piernas. Después de desayunar, subí a mi habitación y la encontré aparentemente inconsciente, tendida sobre la alfombra junto a la chimenea. Traté de llamar a conserjería, pero no cogieron el teléfono. Era una muchacha pequeña y delgada, así que decidí trasladarla a la cama o a una butaca. No me fue difícil; pero al levantarla, no pude por menos de darme cuenta de que llevaba poca o ninguna ropa bajo el uniforme negro. Esto me extrañó; el tiempo era frío. Entonces, al depositarla, abrió los ojos y me miró con astuta complacencia, convenciéndome de que había estado fingiendo, y una de sus manos cogió la muñeca de la mía que trataba de apartarse, con la inequívoca intención de prolongar nuestro contacto.
Pero todo se redujo a un movimiento brusco, y yo me incorporé. Al hacerlo, oí un ruido en el otro lado de la puerta, y la abrí rápidamente. Un hombre de aspecto rudo y rostro agitanado estaba allí, algo sobresaltado de verme. Empezó a decir:
—Estaba buscando… —y vio a la muchacha en la habitación.
Dije rápidamente:
—La he encontrado inconsciente en el suelo. Voy a buscar a un médico.
Yo lo único que quería era huir escaleras abajo, pero la muchacha me oyó y dijo:
—Ya no hace falta —y saltó de la cama.
El hombre dio media vuelta y se alejó, y ella le siguió unos segundos después sin tratar de excusarse siquiera. No hacía falta una perspicacia especial para comprender lo que habían tramado: él abriría la puerta y me sorprendería acostado con ella. No se me ocurre qué hubiera podido suceder entonces; quizá me hubiese pedido dinero. Pero creo que lo más probable es que me hubiera atacado. Había un claro parecido familiar con el chico que me estuvo mirando en el puente. Nunca le volví a ver, y a partir de entonces, la camarera pareció dispuesta a olvidarme.
El incidente me confirmó cabalmente que la familia de gitanos estaba más íntimamente implicada con los lloigor de lo que Urquart imaginaba. Llamé a su casa, pero me dijeron que dormía. Pasé el resto del día escribiendo cartas a casa, y visitando las ruinas romanas del pueblo.
Por la tarde, vi a Chickno por primera vez. Camino de la casa de Urquart, tuve que pasar por delante de una pequeña taberna, con un cartel en la ventana que decía: No se admiten gitanos. Sin embargo, en la entrada de la taberna había un viejo vestido con ropas holgadas —un viejo de aspecto inofensivo— que me miró fijamente con las manos en los bolsillos. Fumaba un cigarrillo que colgaba flojamente de sus labios. Era inequívocamente gitano.
Le conté a Urquart el incidente de la camarera, pero él no pareció concederle demasiada importancia; en el peor de los casos, creía él, podían haber intentado hacerme chantaje. Pero cuando le mencioné al viejo, se sintió más interesado y me hizo describírselo con detalle.
—Era Chickno, desde luego. Me pregunto qué demonios querrá.
—Parece inofensivo —dije.
—Inofensivo como una araña venenosa.
El encuentro con Chickno me inquietó. Creo que no soy más cobarde, físicamente hablando, que cualquiera; pero el joven del puente y el asunto de la camarera me hicieron comprender que todos somos bastante vulnerables. Si el novio de la camarera —o su hermano o quien fuese— hubiera querido golpearme violentamente en el estómago, podía haberme dejado inconsciente. Y ningún tribunal habría castigado a un hombre que trataba de defender el «honor» de su novia, especialmente cuando ella alegara que había vuelto en sí de un desmayo para encontrarse con que la habían violado… La sola idea me produjo la más desagradable sensación en el estómago, y un auténtico temor de estar jugando con fuego.
Este temor explica otro incidente que debo consignar aquí. Pero tengo que decir primero que Urquart se había levantado de la cama al tercer día, y que fuimos en coche juntos a las Colinas Grises, tratando de averiguar si tenía algún fundamento la alusión de Machen a cuevas subterráneas donde se suponía que habitaban sus maliciosos trogloditas. Interrogamos al vicario de Llandalffen, y de los pueblecitos vecinos, y hablamos con varios granjeros con quienes nos cruzamos, explicando que estábamos interesados en prospecciones. Nadie puso en duda nuestro plausible pretexto, pero nadie nos facilitó información alguna, aunque el sacerdote de Llandalffen dijo que había oído rumores sobre la existencia de aberturas en las laderas, ocultas por peñas.
Urquart estaba agotado, después de un día de andar renqueando de un lado para otro conmigo, y regresamos a casa a las seis, con el fin de acostarnos temprano. Cuando me dirigía a mi hotel, tuve la sensación —o quizá lo imaginé— de que un hombre de aspecto agitanado me seguía a unos centenares de metros. Alguien parecido al joven andaba rondando por la entrada del hotel, y se alejó al aparecer yo. Empecé a considerarme un hombre vigilado. Pero después de cenar, sintiéndome más reconfortado, decidí acercarme a la taberna donde había visto al viejo Chickno, y averiguar discretamente si le conocían allí.
Cuando aún me encontraba a medio kilómetro del lugar, le vi en la puerta de una lechería, mirándome y sin molestarse lo mas mínimo en disimular. Yo sabía que si le ignoraba, mi sensación de inseguridad aumentaría y me costaría quizá una noche de insomnio. Así que hice lo que hago a veces con los monstruos de las pesadillas: me dirigí hacia él y me acerqué. Tuve la satisfacción de comprobar, por un momento, que le había cogido de sorpresa. Sus ojos acuosos se desviaron rápidamente… gesto típico del hombre que tiene habitualmente algo sobre su conciencia.
Entonces; mientras me acercaba, comprendí que no tenía sentido abordarle directamente; si yo le preguntaba: «¿Por qué me sigue?», él reaccionaría con la instintiva astucia del hombre que está normalmente fuera de la ley, y lo negaría de plano. Así que en vez de eso, sonreí y dije:
—Agradable noche.
El me hizo una mueca y dijo:
—¡Oh, sí!
Entonces me puse a su lado e hice como que contemplaba el paso del mundo. Tuve otra intuición. El se hallaba en posición ligeramente incómoda en su papel de cazador, por así decir; estaba más acostumbrado a ser la presa. Un instante después dijo:
—Usted es forastero aquí —su acento no era galés; era más áspero, más norteño.
—Sí, soy americano —dije. Y tras una pausa, añadí—. Usted es forastero también, a juzgar por su acento.
—Sí. De Lancashire.
—¿De qué parte?
—De Dowham.
—¡Ah!, el pueblo de las brujas —yo había dado una clase sobre los novelistas victorianos, y recordé Las brujas de Lancashire, de Ainsworth.
Me sonrió con una mueca, y vi que no tenía un solo diente entero; los trozos que asomaban eran marrones y quebrados. Viéndole de cerca, comprendí también que me había equivocado por completo al considerar su aspecto inofensivo. La comparación de Urquart con una araña venenosa no era del todo disparatada. Para empezar, era mucho más viejo de lo que parecía a lo lejos; tendría unos ochenta años, pense (más tarde me llegó el rumor de que tenía unos cien. Desde luego, su hija contaba sesenta y cinco años). Pero la edad no le había suavizado ni le había hecho más benévolo. Había en él un vago aspecto degenerado, y una especie de desagradable vitalidad, como si pudiese gozar aún haciendo daño o inspirando temor. Incluso al hablar con él producía una sensación ligeramente inquietante, como el acariciador restregarse de un perro, cuando sospechas que tiene la rabia. Urquart me había contado ciertos rumores, de lo más repugnantes sobre él, aunque yo no los había creído. Se refería a la historia de la hija pequeña de un trabajador del campo que había aceptado su hospitalidad una noche de lluvia y me costó trabajo disimular mi repugnancia.
Permanecimos diez minutos más contemplando la calle iluminada y los escasos jóvenes que, con sus radios portátiles, pasaban por delante de nosotros ignorándonos.
—Extienda la mano —dijo.
La extendí. Entonces me la examinó con interés. Luego trazó con su pulgar las líneas que recorrían la base del dedo pulgar de mi mano derecha.
—Tiene una línea de la vida larga.
—Me alegro de oírselo decir. ¿Puede ver algo más?
Me miró y sonrió maliciosamente.
—Nada que pueda interesarle.
Había algo irreal en esta entrevista. Miré mi reloj.
—Es hora de tomar algo —dije, y me dispuse a marcharme; entonces, como si se me acabara de ocurrir la idea, añadí—. ¿Le importa acompañarme?
—No faltaría más.
Pero la sonrisa fue tan declaradamente insultante que, de no mediar otro motivo, cualquiera la había considerado una ofensa. Yo sabía qué pensaba: que le tenía miedo, y que intentaba imponerme a él. Había algo de verdad en la primera parte; pero de ningún modo en la segunda. Y me di cuenta de que el hecho de no comprenderme me otorgaba una ligera ventaja.
Nos dirigimos a la taberna que yo tenía intención de visitar. Luego vi el cartelito de la ventana, y vacilé.
—No se preocupe. Ese aviso no reza conmigo —dijo.
Un momento más tarde, vi por qué. El mostrador estaba medio lleno. Unos cuantos trabajadores jugaban a los dardos. Chickno fue a sentarse directamente bajo la diana. Algunos hombres parecieron enfadarse, pero nadie dijo nada. Dejaron los dardos en el alféizar de la ventana y regresaron al mostrador. Chickno enseñó los dientes a modo de sonrisa. Me daba cuenta de que disfrutaba mostrando su poder.
Dijo que tomaría un ron. Me acerqué al mostrador, y el tabernero me sirvió sin mirarme directamente a la cara. Los parroquianos se hicieron a un lado, a una distancia que juzgaron conveniente sin que resultase llamativa. Evidentemente, Chickno era temido. Quizá la muerte del juez que sentenció a su hijo tuviera algo que ver; más tarde, Urquart me contó otras historias.
Una cosa hizo que me sintiese menos preocupado. No pudo aguantar su bebida. Yo le había pedido un ron sencillo, para que no creyese que quería emborracharle, pero él lo miró y dijo:
—Un poco pequeño, resulta.
Así que fui y le pedí otro. El se bebió el primero antes de que yo le trajese el segundo. Y diez minutos mas tarde, sus ojos habían perdido un tanto de astucia y perspicacia.
Pensé que no perdería nada con hablar francamente.
—He oído hablar de usted, señor Chickno. Y tenía mucho interés en conocerle.
El dijo:
—Sí. Ya lo sé —se llevó a los labios su segundo vaso, pensativo, y sorbió por una mella. Luego dijo—. Usted parece una persona razonable. ¿Por qué permanece aquí, donde no se le quiere?
No quise aparentar que no comprendía.
—Me voy a marchar dentro de poco…, probablemente a finales de semana. Pero he venido para tratar de averiguar algo. ¿Ha oído hablar del manuscrito de Voynich?
Evidentemente, no. Así que, pese a que me daba la sensación de que malgastaba saliva —miraba por encima de mí con ojos ausentes—, le conté brevemente la historia del manuscrito, y cómo lo había descifrado. Terminé diciéndole que Machen también parecía conocer la obra, y que yo sospechaba que su otra mitad, o quizá otro ejemplar del mismo libro, podía encontrarse en esta parte del mundo. Cuando me contestó, vi que me había equivocado al creerle estúpido o distraído.
—Conque piensa hacerme creer que busca usted un manuscrito en esta región, ¿eh? ¿Eso es todo? —dijo.
Su tono tenía la brusquedad típica de Lancashire, pero no era hostil. Dije:
—Ese es el motivo por el que he venido.
Se inclinó sobre la mesa, echándome encima su aliento cargado de ron.
—Escuche, señor, sé mucho más de lo que usted cree. Lo sé todo sobre usted. Así que dejemos todo eso. Usted puede ser un profesor, pero eso a mí no me impresiona.
Experimenté la fuerte sensación de que tenía delante de mí a una rata o una comadreja, la sensación de que era peligrosa, y que debía ser exterminada como una serpiente venenosa; pero hice un esfuerzo por apartar esto de mi imaginación. De pronto, supe algo más sobre él: estaba impresionado por el hecho de que yo fuera profesor; y disfrutaba de poder ordenarme prácticamente que me fuera y me metiese en mis asuntos.
Así que tomé aliento y dije cortésmente:
—Créame, señor Chickno; mi interés principal está en ese manuscrito. Si pudiese encontrarlo, sería completamente feliz.
El se bebió todo el ron, y por un momento pensé que se iba a levantar y a marcharse. Pero se limitó a pedir más. Me acerqué al mostrador y le traje un doble, y otra haig para mí.
Cuando me senté nuevamente, él dio un buen trago de ron.
—Sé por qué está usted aquí, señor. Y también sé lo de su libro. No soy un individuo vengativo. Todo lo que digo es que usted no les interesa. Conque, ¿por qué no regresa a América? Le puedo asegurar desde ahora que no encontrará por aquí el resto de su libro.
Ninguno de los dos dijimos nada durante unos minutos. Luego decidí llegar a unos términos de
completa franqueza:
—¿Por qué quieren que me marche?
Por un instante, no entendió lo que yo había dicho. Luego su rostro se volvió más sobrio y serio… aunque sólo por breves momentos.
—Será mejor no hablar de eso —pero un instante después, pareció reconsiderar su sugerencia. Sus ojos eran maliciosos otra vez. Se inclinó hacia mí—. Usted no les interesa, señor. No podrían mostrar menos interés por usted. Es él quien no les gusta —agitó la cabeza vagamente; yo supuse que hablaba de Urquart—. Está loco. Ha recibido un montón de advertencias; y puede decirle de mi parte que no se van a molestar en advertírselo otra vez.
—El no cree que tengan ellos poder alguno. Al menos, el suficiente para hacerle daño —dije.
Pareció incapaz de decidir si sonreírse o burlarse. Su rostro se contrajo, y por un instante tuve la impresión de que sus ojos se volvían rojos, como los de una araña. Luego me espetó:
—Entonces es que no es más que un condenado… loco, y que merece lo que se le va a venir encima.
Al tiempo que sentí una punzada de temor, experimenté también un hormigueo de triunfo. Había empezado a hablar. Mi franqueza había sido recompensada. Y a menos que se volviese súbitamente cauto otra vez, estaba a pique de descubrir algunas cosas que yo deseaba averiguar.
Se dominó, y luego dijo menos violentamente:
—Ante todo, está loco porque en realidad no sabe nada. Ni un maldito detalle —me dio un golpecito en la muñeca con un dedo encorvado.
—Me lo sospechaba —dije.
—¿Sí, de verdad? Bueno, pues estaba en lo cierto. Todo ese asunto sobre la Atlántida… —No había duda de que ese desprecio era real. Pero lo que más me sorprendió de cuanto dijo fue lo que añadió a continuación. Se inclinó hacia delante, y confesó con singular sinceridad—: Esos seres no son un cuento de hadas, sépalo usted. Ni son juegos de niños.
Y comprendí algo que no había visto claro hasta entonces. El «los» conocía; los conocía con el realismo indiferente del científico que habla de la bomba atómica. Creo que, hasta entonces, yo no había creído en «ellos»; había abrigado la esperanza de que fuesen alguna extraña ilusión; o que, como los fantasmas, no pudieran incidir en los asuntos humanos desde un punto de vista material. Sus palabras me hicieron comprender que estaba equivocado. «Esos seres». Se me erizó el cabello, y sentí un frío que me recorrió las piernas hasta los pies.
—¿Qué hacen ellos, entonces?
Vació su vaso, y dijo en tono casual:
—Eso no es de su incumbencia, compadre. Usted no puede hacer nada. Ni usted ni nadie —dejó el vaso—. Mire, en cualquier caso, este mundo es de ellos. Nosotros somos un error. Lo quieren otra vez. —Captó la mirada del tabernero, y señaló su vaso.
Me levanté y le traje otro ron. Ahora quería dejarle lo antes posible, para hablar con Urquart. Pero sería difícil, sin correr el riesgo de ofenderle.
Chickno resolvió el problema. Después de su tercer doble de ron, dejó repentinamente de ser inteligible. Empezó a murmurar cosas en un lenguaje que a mí me pareció gitano. Mencionó varias veces a una «Liz Meridional», pronunciando «miridional», y sólo más tarde recordé que ése era el nombre de una de las brujas de Lancashire, ejecutada en 1612. No logré averiguar de qué estaba hablando, ni si se refería de hecho a la bruja. Sus ojos se volvieron vidriosos, aunque él creía evidentemente que me estaba revelando algo. Finalmente, tuve la pavorosa impresión de que no era ya el viejo Chickno quien me hablaba, sino que estaba poseído por alguna otra criatura. Media hora más tarde, dormitaba con la cabeza apoyada sobre la mesa. Me dirigí al tabernero.
—Siento que haya pasado esto —señalé al viejo Chickno.
—No se preocupe —dijo él. Creo que se había percatado ya de que yo no era amigo del gitano—. Telefonearé a su nieto. El se lo llevará a su casa.
Llamé a la casa de Urquart desde la cabina telefónica más próxima. El ama me dijo que estaba dormido. Me sentí tentado de acercarme y despertarle; luego lo pensé mejor, y regresé al hotel, deseando tener a alguien con quien hablar.
Traté de ordenar mis pensamientos, para ver qué significado tenía lo que había dicho Chickno. Si no había negado la realidad de los lloigor, entonces ¿por qué Urquart estaba tan equivocado? Pero yo había bebido demasiado, y me sentía agotado. Me acosté a las doce de la noche y me quedé profundamente dormido; pero dormí mal, agobiado por las pesadillas. A las dos de la madrugada, me desperté con la horrible sensación de la maligna realidad de los lloigor, aunque mezclada en mi espíritu con pesadillas sobre el marqués de Sade y Jack el Destripador. Mi sensación de peligro era tan fuerte que encendí la luz. Esto mejoró las cosas. Entonces decidí que sería mejor escribir mi entrevista con Chickno, y dársela a Urquart para que la leyera, por si él podía añadir alguna de las piezas que faltaban al rompecabezas. La redacté detalladamente.
Con los dedos entumecidos de frío, me dormí otra vez, pero me despertó un débil temblor de la habitación que me recordó el de un terremoto que sentí en México. Luego me dormí otra vez, hasta mediada la mañana.
Antes de entrar a desayunar, pregunté en conserjería si había recibido correspondencia. Había contestación a la carta que le enviara a Lauerdale, de la Brown University, y la leí mientras tomaba unos arenques ahumados.
Gran parte de la carta era literaria: una disertación acerca de Lovecraft y su psicología. Pero había páginas que tenían mucho más interés para mí. Decía Lauerdale: «Yo mismo me inclino a creer, basándome en las cartas, que una de las experiencias más importantes que Lovecraft tuvo en sus primeros años fue una visita que hizo a Cohasset, un ruinoso pueblecito pesquero situado entre Quonochontang y Weekapaug, en el sur de Rhode Island. Como el Innsmouth, de Lovecraft, este pueblo tuvo que ser borrado más tarde de los mapas. Yo he estado allí, y su descripción corresponde en muchos aspectos a la que hace Lovecraft de Innsmouth, que él sitúa en Massachusetts: “más casas vacías que habitantes”, el ambiente de ruina, el olor a pescado rancio. Había efectivamente un personaje conocido como el capitán Marsh, que vivía en Cohasset en 1915, en el tiempo en que Lovecraft estuvo allí, el cual pasó algún tiempo en los Mares del Sur. Puede que fuera él quien le contó al joven Lovecraft las historias de los malignos templos polinesios y las gentes que vivían bajo el mar. Lo principal de estas leyendas —como dicen también Jung y Spence— gira en torno a dioses (o demonios) de las estrellas, los cuales fueron en un tiempo los señores de este mundo, y perdieron su poderío al practicar la magia negra, si bien retornarán algún día y volverán a imperar sobre la Tierra. En la versión citada por Jung, se dice que estos dioses crearon a los seres humanos a partir de monstruos subhumanos.
»En mi opinión, Lovecraft sacó el resto de los “mitos” de Machen, o quizá de Poe, quien alude de cuando en cuando a esos seres. En el Manuscrito hallado en una botella, por ejemplo. No he encontrado prueba alguna acerca de los siniestros rumores sobre la “solitaria casa” de Benefit Street ni sobre ninguna otra casa de Providence. Me interesaría profundamente leer lo que usted pueda decirme acerca de las fuentes de Machen. Aunque pienso que es posible que Machen oyese alguna historia sobre algún volumen “arcano” del tipo del que usted menciona, no encuentro prueba de ninguna clase de que Lovecraft tuviese conocimiento de primera mano de tal libro. Estoy seguro de que cualquier relación entre su Necronomicón y el manuscrito de Voynich, como usted sugiere, es pura coincidencia.»
Se me erizó el pelo al leer la frase sobre los dioses «que retornarán algún día y volverán a imperar sobre la Tierra», y también ante la referencia a leyendas polinesias. Pues, como ha escrito Churchward, «la isla de Pascua, Tahití, Samoa… Hawai y las Marquesas, son los dedos patéticos de ese gran país, y perduran hoy como centinelas de una tumba silenciosa». Las islas de la Polinesia son los restos de Mu.
Todo esto aportaba muy poco más a lo que yo ya sabía o sospechaba. Pero mi encuentro con Chickno me planteaba un problema práctico: ¿en qué medida se encontraba realmente Urquart en peligro ? Podía estar en lo cierto con respecto a que los lloigor carecían de poder en sí mismos, o tener muy poco en todo caso; pero Chickno y su familia eran una cuestión diferente. Incluso adoptando la postura más escéptica de todas, la de que el asunto no fuera más que pura imaginación y superstición, los Chickno representaban un peligro muy real. Por alguna razón, odiaban a Urquart.
El conserje me tocó en la manga:
—Al teléfono, señor.
Era Urquart. Dije:
—Gracias al cielo que me llama. Tengo que hablar con usted.
—¿Lo ha oído entonces?
—¿Oír el qué?
—La explosión. Chickno ha muerto.
—¡Qué! ¿Está seguro?
—Bastante. Aunque no es mucho lo que han podido encontrar de él.
—Voy inmediatamente.
Esa fue la primera vez que oí hablar de la gran explosión de Llandalffen. Tengo en mi mesa un volumen titulado Stranger than Logic, del fallecido Frank Edwards, consistente en una de esas recopilaciones informales de misterios y maravillas. Tiene una sección titulada «La gran explosión de Llandalffen», y lo que dice, en esencia, es que fue una explosión atómica, debida probablemente a un fallo en el mecanismo de un «objeto volante no identificado»; cita al científico astronáutico ruso Willey Ley, quien afirma que el cráter siberiano de 1908 puede haber sido producido por una explosión de antimateria, y establece paralelos entre la explosión de Llandalffen y la depresión de la Podkamennaya tunguska. Esto sonaba sencillamente absurdo. Vi la zona de la explosión, y no había destrozo suficiente como para que se tratase de una explosión atómica, por pequeña que fuese.
Pero me estoy adelantando a mi relato. Me encontré con Urquart a mitad de camino de su casa, y nos fuimos en coche a Llandalffen. Lo que había sucedido era sencillamente una tremenda explosión alrededor de las cuatro de la madrugada; puede que fuera eso lo que me sacudió y me despertó a esa hora. La zona es desértica, por suerte, pero un peón que vivía en una casita a cinco kilómetros de distancia fue arrancado de su cama por la sacudida. El detalle más extraño de todo este asunto es que produjo poco ruido en realidad; él creyó que se trataba de un temblor de tierra, y se acostó otra vez. Dos hombres del pueblo, que regresaban a sus casas de una reunión, dijeron que habían oído la explosión, y que sonó apagada, como una voladura o un trueno lejano, y se preguntaron si no se habría estrellado un avión cargado de bombas. El peón fue en bicicleta a investigar lo ocurrido a las siete de la mañana, pero no encontró nada. Sin embargo, lo comentó con el granjero para el que trabajaba, y fueron los dos en el coche de la granja, un poco después de las nueve. Esta vez, el granjero se desvió por un camino vecinal, dirigiéndose hacia las caravanas de los gitanos que se encontraban a unos tres kilómetros más allá. Lo primero que encontraron no fue, como pretende la señora Edwards, un trozo de cuerpo humano, sino parte de una pata delantera de un asno, que yacía en mitad de la carretera. Más adelante, descubrieron que las cercas de piedra y los árboles habían quedado arrasados. Y había esparcidos fragmentos de carromatos y demás restos en un radio de cientos de metros, alrededor del centro de la explosión, cubriendo el prado de unos dos acres en el que habían acampado los gitanos.
Vi el prado personalmente; el inspector de policía de Llandalffen, que conocía a Urquart, nos permitió acercarnos. Mi primera impresión fue que había sido un terremoto, más que una explosión corriente. Una explosión produce un cráter, o arrasa una zona más o menos llana, pero aquí el suelo estaba desgarrado y agrietado como por una convulsión interior. Un riachuelo que recorría el prado se había desviado ahora y había convertido la zona en un lago. Por otra parte, habían quedado arrasados algunos árboles, convertidos ahora en tocones destrozados; otros, en cambio, estaban intactos. La tapia entre el prado y la carretera principal estaba casi indemne, aunque se extendía hasta lo alto de una pequeña loma o dique, si bien otra tapia mucho más alejada del siguiente prado había sido arrasada en gran parte.
Estaban también, naturalmente, los desfigurados restos humanos y animales que habíamos esperado encontrar ; jirones de piel, fragmentos de huesos. Pocos eran identificables; la explosión parecía haber fragmentado a toda criatura viviente del prado. La parte de asno encontrada por el granjero fue el trozo más grande que quedó.
No tardé en sentirme bastante mal, y tuve que ir al coche a sentarme; Urquart, en cambio, estuvo deambulando por allí durante una hora, recogiendo diversos fragmentos. Oí a un sargento de la policía preguntarle qué buscaba, y a Urquart contestarle que no sabía. Pero sí lo sabía; esperaba encontrar una prueba concreta que relacionase a los gitanos con Mu. Y, de algún modo, yo estaba seguro de que no la encontraría.
A la sazón, debía de haber un millar de visitantes en toda la zona, que trataban de acercarse bastante para averiguar qué había sucedido. Nuestro coche fue detenido una docena de veces o más, cuando tratábamos de alejarnos. Urquart dijo a todos los que le preguntaron que creía que había sido un platillo volante que había estallado.
De hecho, estábamos los dos bastante seguros de lo que había pasado. Creo que el viejo Chickno había ido demasiado lejos, que me había dicho demasiado. Urquart creía que su principal error había sido considerar a los lloigor un poco como seres humanos, y a sí mismo como su servidor, con derecho a tomarse ciertas libertades. No se había dado cuenta de que no era en absoluto indispensable, y de que su natural tendencia a alardear y a presentarse como embajador de los lloigor le había hecho peligroso a ojos de ellos.
Llegamos a esta conclusión, después de contarle yo a Urquart mi conversación con Chickno. Cuando hube terminado de leer mis notas, Urquart dijo:
—No cabe duda de que le han matado ellos.
—Habló demasiado. Y quizá creyeron que podíamos deducir más de lo que dijo.
Comimos en el hotel, y lo lamentamos. Todo el mundo parecía saber dónde habíamos estado, y nos miraban y trataban de oír nuestra conversación. El camarero se pasó tanto tiempo revoloteando alrededor de nuestra mesa que finalmente el maître tuvo que llamarle la atención. Comimos a toda prisa y regresamos a casa de Urquart. Tenía encendida otra vez la chimenea de la biblioteca, y la señora Dolgelly trajo café.
Aún recuerdo cada momento de esa tarde. Reinaba una atmósfera presagiosa, de peligro físico. Lo que más impresionaba a Urquart era el desprecio de Chickno, cuando le dije que aquél creía que «ellos» carecían de poder real. Aún recuerdo el chorro de palabras desdeñosas que soltó, haciendo volver a la cabeza a media clientela de la taberna. Y Chickno había demostrado que tenía razón: «Ellos» tenían muchísimo poder: varias clases de poder. Pues llegamos a la conclusión de que la devastación del campamento de gitanos no se debía ni a un terremoto ni a una explosión, sino a una especie de mezcla de ambas cosas. Una explosión lo bastante violenta como para arrasar las caravanas habría sido oída con claridad en Southport y en Melicourt, y también, lo más seguro, en Llandalffen, que distaba unos ocho kilómetros de allí. Las grietas y hendiduras de la tierra sugerían una convulsión del suelo. Pero la convulsión del suelo no habría destrozado y diseminado las caravanas. Urquart creía —y finalmente coincidí con él— que las caravanas y sus habitantes habían sido literalmente barridos. Pero en ese caso, ¿cuál era el objeto de la convulsión de la tierra? Había dos explicaciones posibles. Que había ocurrido esto al abrirse camino las «criaturas» desde el subsuelo. O que el «terremoto» era un rastro deliberadamente falso, una maniobra de distracción. Y las consecuencias que se derivaban de tal suposición eran tan sobrecogedoras que nos escanciamos sendos whiskys a pesar de que aún era media tarde. Significaba que «ellos» deseaban proporcionar una explicación aparentemente natural a lo que había sucedido. E implicaba que tenían alguna razón para obrar con este sigilo. Y, por lo que nosotros podíamos ver, sólo podía existir una razón: tenían algún «plan», algún plan para el futuro. Recordé las palabras de Chickno: «En cualquier caso, este mundo es de ellos… Quieren volver otra vez.»
Lo desesperante era que, con todos sus libros sobre ocultismo y sobre la historia de Mu, Urquart no podía aportar nada que sugiriera una respuesta. Era difícil luchar contra una paralizadora sensación de desespero, de no saber por dónde empezar. El periódico de la tarde aumentó nuestra depresión, ya que declaraba con total seguridad que la explosión había sido causada por ¡nitroglicerina! Los «expertos» habían llegado a una teoría que parecía explicar los hechos. El hijo y el yerno de Chickno habían trabajado en unas canteras del norte, y habían utilizado con frecuencia explosivos. A veces se había tenido que emplear nitroglicerina en dichas canteras porque resulta fácil de manejar. Según la información del periódico, se sospechaba que los hijos de Chickno habían robado cierta cantidad de glicerina y de ácidos sulfúrico y nítrico. Su intención, decía el informante, era utilizarlos para desvalijar cajas fuertes. Debieron de conseguir fabricar bastante cantidad de nitroglicerina, y alguna especie de terremoto la hizo estallar.
Era una explicación absurda; habría sido necesaria una tonelada de nitroglicerina para provocar tanto destrozo; en cualquier caso, una explosión de nitroglicerina deja huellas características; y no se veía huella alguna de ese tipo en el prado devastado. Una explosión de nitroglicerina, además, se oye; y ésta no se oyó.
Y sin embargo, no se puso en duda seriamente tal explicación, pese a que hubo una posterior investigación oficial en la zona del desastre. Probablemente porque los seres humanos tienen miedo de los misterios para los que no existe absolutamente ninguna explicación, la mente necesita algún tipo de solución, por absurda que sea, que la tranquilice.
El periódico de la tarde traía otro artículo que al principio me pareció sin importancia; el titular decía: «¿Ha provocado la explosión algún misterioso escape de gas?» Se trataba de una breve nota en la que se declaraba que mucha gente de la zona se había despertado con grandes dolores de cabeza y con una sensación de flojedad, signos aparentes de una inminente epidemia de gripe. Ambas sensaciones se habían disipado al avanzar el día. ¿Había provocado la explosión un escape de gas, se preguntaba el periodista, que produjo estos síntomas? El «corresponsal científico» del periódico añadía una nota, diciendo que el anhídrido sulfuroso podía producir exactamente estos síntomas, y que varias personas habían notado un olor así durante la noche. La nitroglicerina, naturalmente, contiene una pequeña cantidad de ácido sulfúrico, lo que podía explicar el olor…
Urquart dijo:
—Averiguaremos eso en seguida, de todos modos.
Y llamó al departamento de meteorología de Southport. De allí nos llamaron diez minutos más tarde con la respuesta; había soplado viento del noroeste esa noche. Y Llandalffen se halla al norte del lugar de la explosión.
Y ninguno de los dos encontramos tampoco significado alguno al artículo. Perdimos horas buscando alguna clave en mi traducción del manuscrito de Voynich, y luego en una treintena de libros sobre Mu y temas relacionados.
Y entonces, cuando iba a echar mano de otro volumen sobre Lemuria y la Atlántida, mis ojos repararon en un libro titulado Poltergeists, de Sacheverell Sitwell. Me detuve y me quedé mirándolo. Mi mente buscó a tientas algún hecho semiolvidado. Y entonces me vino a la memoria.
—¡Dios mío, Urquart! —exclamé—, se me acaba de ocurrir algo. ¿De dónde sacaban esas criaturas su energía? —Me miró perplejo—. ¿Tienen energía natural propia? Se necesita un cuerpo físico para generar energía física. Pero ¿cómo los poltergeists….?
Y entonces comprendió él también.
—Los poltergeists sacaban energía de los seres humanos, normalmente de muchachas adolescentes. Una escuela de pensamiento considera que los poltergeists carecen de existencia independiente; son una especie de manifestación psíquica de la mente inconsciente de los adolescentes, una explosión de alguna frustración o un anhelo de atención. Otra escuela cree que son «espíritus» que necesitan sacar energía de una persona emocionalmente perturbada; Sitwell cita casos de trastornos debidos a poltergeists en casas que han permanecido deshabitadas durante largos períodos.
¿Podía ser por esto que mucha gente de la zona se había sentido cansada y «griposa» al despertarse, porque la energía de la explosión provenía de ellos?
Si esto era así, entonces el peligro no era tan grave como habíamos creído. Significaba que los lloigor carecían de energía propia, tenían que extraerla de las personas… probablemente de la gente dormida. Sus poderes eran, por tanto, limitados.
Un mismo pensamiento nos vino a los dos simultáneamente. Que el mundo, naturalmente, estaba lleno de gente…
No obstante, los dos nos sentimos súbitamente eufóricos, y con este nuevo estado de ánimo, afrontamos nuestra tarea fundamental: enterar al género humano de la existencia de los lloigor. No eran indestructibles, ni tampoco se habrían molestado en destruir a Chickno por el mero hecho de haber hablado de ellos. Era posible destruirlos con una explosión nuclear subterránea. El que hubiesen permanecido en estado letárgico durante tantos siglos significaba que su poder era limitado. Si podíamos aducir una prueba concreta de su existencia, entonces la posibilidad de contrarrestar la amenaza era grande.
El evidente punto de partida era la explosión de Llandalffen: enterar al público de que ésta delataba inequívocamente la realidad de estas fuerzas ocultas. En cierto modo, la muerte de Chickno era lo mejor que había podido suceder; con ella habían revelado sus intenciones. Decidimos visitar el lugar de la explosión otra vez, por la mañana, y recoger todo un expediente de datos sobre ella. Entrevistaríamos a los habitantes de Llandalffen y averiguaríamos si alguno de ellos había notado realmente olor a dióxido sulfuroso durante la noche, y si persistían en la historia cuando nosotros les hiciéramos ver que el viento había estado soplando en la dirección opuesta. Urquart conocía a unos periodistas de Fleet Street interesados por las cuestiones ocultas y sobrenaturales; hablaría con ellos y les daría a entender que allí había un asunto interesante.
Cuando regresé a mi hotel, ya de noche, me sentía contento como no lo había estado desde hacía días. Dormí profunda y pesadamente. Al despertarme, era muy avanzado el día ya, y me sentí agotado. Lo atribuí a haber dormido tanto, hasta que me levanté para ir al cuarto de baño, y me di cuenta de que la cabeza me latía como si hubiese cogido la gripe. Tomé dos aspirinas, me afeité, y luego bajé. Para mi alivio, nadie más había mostrado signos de agotamiento parecido. El café y las tostadas con mantequilla que me sirvieron parecieron reconfortarme ligeramente; decidí que sufría un agotamiento normal y corriente. Entonces llamé a Urquart.
La señora Dolgelly dijo:
—Me temo que aún no se ha levantado, señor. No se siente demasiado bien esta mañana.
—¿Qué le pasa?
—Nada grave. Parece que se siente muy cansado.
—Voy ahora mismo —dije.
Pedí en conserjería que me llamaran un taxi; estaba demasiado exhausto para ir a pie.
Veinte minutos más tarde, me encontraba sentado junto a la cama de Urquart. Tenía mal aspecto y se sentía peor que yo.
—No me agrada tener que sugerirlo —dije—, encontrándonos como nos encontramos, pero creo que sería conveniente que nos fuéramos de aquí lo antes posible.
—¿No podríamos esperar hasta mañana? —preguntó él.
—Mañana sería muchísimo peor. Nos extraerán las fuerzas de tal modo que moriremos en cuanto cojamos la más leve enfermedad.
—Creo que tiene razón.
Aunque todo esto parecía demasiado engorroso para expresarlo con palabras, me las arreglé para volver al hotel, hice las maletas y pedí al taxista que me llevase a la estación de Cardiff, donde podíamos coger el tren de las tres para Londres. Urquart se tropezó con más dificultades que yo; la señora Dolgelly dio muestras de una inesperada tozudez, y se negó a prepararle la maleta al Coronel. Me llamó éste, y tuve que volver a su casa, cuando de lo único que tenía ganas era de meterme en la cama. Pero el esfuerzo me reanimó; antes de mediodía, el dolor de cabeza me había desaparecido, y me sentía menos agotado, aunque extrañamente aturdido. La señora Dolgelly creyó mi explicación de que habíamos recibido un telegrama urgente, según el cual nuestro viaje era cuestión de vida o muerte, aunque estaba convencida de que Urquart se desmayaría en el viaje a Londres.
Esa noche dormimos en el Regent Palace Hotel. Y por la mañana nos despertamos sintiéndonos perfectamente normales. Fue Urquart quien dijo, mientras esperábamos un desayuno de huevos con jamón:
—Creo que estamos ganando, muchacho.
Pero, en realidad, ninguno de los dos lo creíamos.
Y a partir de aquí, mi historia deja de ser un relato continuo y se convierte en una serie de fragmentos, y en una crónica de frustración. Pasamos semanas en el Museo Británico, buscando alguna clave, y más tarde en la Bibliothèque Nationale. Los libros sobre los cultos religiosos en los Mares del Sur indican que muchas tradiciones de los lloigor sobreviven allí, y es bien sabido que un día retornarán y reclamarán su mundo. Un texto citado por Leduc y Poitier dice que provocarán una «desgarradora locura» para propagarla entre aquellos a los que quieren destruir, y en el pie de página se dice que el vocablo «desgarradora» empleado en el texto significa destrozar con los dientes, como al comer un hombre una pata de pollo. Von Storch tiene referencias de una tribu haitiana en la que los hombres llegaron a estar poseídos por un demonio que indujo a muchos de ellos a matar a sus esposas e hijos destrozándoles la garganta a mordiscos.
Lovecraft nos proporcionó una importante alusión. En La llamada de Cthulhu cita una colección de recortes de prensa, todos los cuales revelan que los «sepultados primordiales» se están volviendo más activos en el mundo. Después, en ese mismo día, conocí a una chica que trabajaba en una agencia de recortes de prensa, la cual me contó que su trabajo consistía simplemente en leer docenas de periódicos al día, buscando artículos donde se mencionaba el nombre de los clientes. Le pregunté si podía buscar artículos de interés «poco corriente» —cualquiera que hiciese referencia a cosas misteriosas o sobrenaturales—, y dijo que por qué no. Le di un ejemplar del Lo!, de Charles Fort, para que se hiciera una idea del género de artículos que yo deseaba.
Dos semanas más tarde, me llegó un delgado sobre marrón, con una docena de recortes de prensa. La mayor parte carecían de importancia —niños con dos cabezas y curiosidades médicas por el estilo, un hombre muerto en Escocia por un pedrisco enorme, noticias de haber visto al abominable hombre de las nieves en las laderas del Everest—, pero dos de ellos estaban más acordes con nuestras investigaciones. Inmediatamente nos pusimos en contacto con varias agencias dedicadas a recortes de prensa de Inglaterra, América y Australia.
El resultado fue una enorme cantidad de material, que finalmente ocupó dos gruesos volúmenes, ordenado en diversas secciones: explosiones, homicidios, brujería (y casos preternaturales en
general), demencia, observaciones científicas, miscelánea. Los detalles de la explosión próxima a Al Kazimiyah son tan similares a los del desastre de Llandalffen —incluido el agotamiento que experimentaron los habitantes de Al Kazimiyah— que no me cabe la menor duda de que esta zona es otra plaza fuerte de los lloigor. La explosión que cambió el curso del Thula Gol, cerca de Ulan Bator, en Mongolia, movió a los chinos a acusar a los rusos de haber lanzado una bomba atómica. La extraña locura que exterminó al noventa por ciento de los habitantes de la isla de Zaforas, en el Mar de Creta, es todavía un misterio sobre el que el gobierno militar griego se niega a hacer ningún comentario. La matanza de Panagyurishte, en Bulgaria, la noche del 29 de marzo de 1968, fue achacada, en los primeros informes oficiales, a un «culto de vampiros» que «consideraba la nebulosa de Andrómeda como su verdadero lugar de origen». Estos son algunos de los sucesos más llamativos que nos convencieron de que los lloigor planean un magno ataque a los habitantes de la Tierra.
Pero había literalmente docenas —centenares, en realidad— de artículos de menor importancia que encajaban igualmente. La criatura marina que arrastró consigo al fondo a un pescador en Loch Eilt dio lugar a varios artículos periodísticos sobre «supervivientes prehistóricos»; pero la edición del Daily Express (18 de mayo de 1968), de Glasgow, publicaba una historia de un culto brujeril en el que se adoraba a un demonio marino que desprendía un insoportable hedor a podredumbre que recordaba al descrito por Lovecraft en Innsmouth. Una noticia sobre el estrangulador de Melksham me impulsó a ir allí y pasar varios días, hasta que obtuve una declaración firmada por el sargento detective Bradley, confirmando que las palabras que profirió el asesino repetidamente antes de morir fueron: «Ghatanothoa», «Nug» (otra fuerza elemental descrita por Lovecraft) y «Rantegoz» (¿Ran Tegoth, el dios bestia mencionado también por Lovecraft?). Robbins (el estrangulador) gritaba que estaba poseído por una «potencia del subsuelo», cuando mató a tres mujeres y les amputó los pies.
No tendría objeto seguir enumerando esta lista. Esperamos publicar una cantidad suficiente de casos seleccionados —unos quinientos en total—, en un volumen que enviaremos a cada miembro del Congreso americano y de la Cámara de los Comunes británica.
Hay ciertos artículos que no publicaremos en dicho libro, y que quizá sean los más inquietantes de todos. A las 7.45 del día 7 de diciembre de 1967, una pequeña avioneta particular pilotada por R. D. Jones, de Kingston, Jamaica, salió de Fort Lauerdale, Florida, con destino a Kingston. Iban tres pasajeros a bordo. El trayecto era de 500 kilómetros y debería haber tardado dos horas. A las diez, la esposa de Jones, que le esperaba en el campo de aterrizaje, empezó a preocuparse y pidió que le buscaran. Todos los intentos de establecer contacto por radio resultaron inútiles. La búsqueda empezó por la mañana. A las 13.15, Jones envió un radiomensaje al campo pidiendo permiso para tomar tierra, al parecer, ignorando la angustia que había ocasionado. Cuando le preguntaron dónde había estado, pareció perplejo, y dijo. «Volando, naturalmente.» Cuando le dijeron la hora se quedó asombrado: Su propio reloj marcaba las 10.15. Dijo que había estado volando a través de una nube baja casi todo el trayecto, pero que no observó nada anormal. Los informes meteorológicos indicaban que era un día excepcionalmente despejado, para estar en diciembre, y que no debía haber encontrado nube alguna (Gleaner; 8 dic., 1967).
Los otros cuatro casos de los que poseemos detalles son similares a éste, si bien en uno de ellos, el de Jeannie, se trataba de un guardacostas del litoral occidental de Escocia, y no de un aeroplano. En éste, los tres hombres de a bordo se encontraron con una «niebla» espesa, descubrieron que no funcionaba la radio, y que, por alguna razón, los relojes se habían parado. Supusieron que se trataba de alguna extraña perturbación magnética. Sin embargo, los otros instrumentos del barco funcionaban a la perfección, y a su debido tiempo, el barco llegó a Stornoway on Lewis… tardando veintidós horas, en vez de tres o cuatro como creía la tripulación. El avión de entrenamiento naval Blackjack, lejos de la península Baja, California sur, tiene el récord; estuvo perdido tres días y cinco horas. La tripulación creía que se había ausentado de la base unas siete horas.
No hemos conseguido averiguar qué explicación facilitó la Marina de este singular episodio, ni el servicio de guardacostas de Gran Bretaña del incidente del Jeannie. Probablemente supusieron que la tripulación se había emborrachado en alta mar y se había dormido. Pero hay una cosa que nosotros aprendimos muy pronto de manera patente: los seres humanos no desean saber nada que amenace su sensación de seguridad y de «normalidad». Esto fue también un descubrimiento del fallecido Charles Fort; él dedicó su vida a analizarlo. Y supongo que los libros de Fort presentan el ejemplo clásico de lo que William James llamaba «una cierta ceguera de los seres humanos». Pues invariablemente, aduce notas periodísticas sobre los increíbles sucesos que cita. ¿Por qué nadie se molestó jamás en comprobar sus referencias —o algunas de ellas— y escribió luego una declaración admitiendo su honestidad o acusándole de fraude? El señor Tiffany Thayer me dijo una vez que los lectores críticos son de la opinión de que había alguna «circunstancia especial» en cada caso que Fort cita que lo invalida: un testigo dudoso aquí, un periodista imaginativo allá, y así. Y jamás se cae en la cuenta de que utilizar esta explicación para cubrir mil páginas repletas de hechos cuidadosamente reunidos equivale a pura sugestión.
Como la mayoría de la gente, he supuesto siempre que mis semejantes son relativamente honestos, relativamente razonables, relativamente curiosos. Si necesitara algo para confirmarme la curiosidad sobre lo aparentemente inexplicable, no tendría más que echar una mirada al puesto de periódicos de cualquier aeropuerto, con sus docenas de libros de bolsillo de Frank Edwards et alt., todos con títulos como El mundo de lo preternatural, Cien casos que superan la ficción, etc. Produce sorpresa el descubrir que todo esto no da prueba alguna de una auténtica honradez respecto de lo «preternatural», sino sólo un deseo de sentir emoción y estupor. Estos libros son una especie de pornografía de lo oculto, parte del juego de «hagamos creer que el mundo es muchísimo menos anodino de lo que realmente es».
El 19 de agosto de 1968, Urquart y yo invitamos a doce «amigos» a las habitaciones que habíamos alquilado en el número 83 de Gower Street, la casa donde Darwin vivió inmediatamente después de su casamiento. Consideramos que esta asociación con Darwin era apropiada, pues no nos cabía la menor duda de que la fecha sería largamente recordada por todos los presentes. No voy a entrar en detalles; sólo diré que había cuatro profesores —tres de Londres y uno de Cambridge—, dos periodistas, ambos de periódicos bastante respetables, y varios miembros de diversas profesiones, incluso médicos.
Urquart me presentó, y yo leí una declaración preparada de antemano, demorándome allí donde lo consideré necesario. Al cabo de diez minutos, el profesor de Cambridge se aclaró la garganta y dijo: «Dispensen», y salió precipitadamente de la habitación. Más tarde averigüé que se creyó víctima de una broma pesada. Los demás escucharon hasta el final, y durante la mayor parte del tiempo, me daba cuenta de que también ellos se preguntaban si no sería todo aquello una broma. Cuando se dieron cuenta de que no era así, se volvieron sensiblemente hostiles. Uno de los periodistas, un joven recién salido de la Universidad, me estuvo interrumpiendo a cada momento con: «¿Debemos entender…? Una de las damas se levantó y se fue, aunque más tarde oí decir que no fue tanto por su escepticismo como porque de pronto se dio cuenta de que ahora éramos trece en la habitación, y consideró que esto traería mala suerte. El joven periodista traía consigo dos libros de Urquart sobre Mu, y leyó unas cuantas citas de ellos, lo que produjo un efecto fatal. Desde luego, Urquart no es precisamente un maestro de la lengua inglesa, y hubo un momento en que yo habría visto en esas citas un pretexto para un buen comentario sarcástico.
Pero lo que me asombraba era que ninguno de los presentes parecía aceptar nuestra «conferencia» como un aviso. Discutían de todo ello como si se tratase de una interesante teoría, o quizá de un relato extraordinario. Finalmente, tras una hora de comentar diversos recortes de periódicos, un abogado se levantó y pronunció un discurso que evidentemente reflejaba el sentir general, y que empezaba: «Creo que el señor Hough (el periodista) ha expresado las sospechas que todos experimentamos…» Su principal observación, que repitió varias veces, era que no había pruebas concretas. La explosión de Llandalffen podía haber sido causada por nitroglicerina o incluso por el impacto de una lluvia de meteoros. Los pobres libros de Urquart fueron tratados de modo tal que me habría hecho estremecer aun en mis tiempos más escépticos.
No tiene objeto seguir. Hemos grabado toda la sesión, y la hemos mecanografiado por duplicado, con la esperanza de que un día sea considerada casi como la increíble prueba de la ceguera y la estupidez humanas. Luego, nada más ha sucedido. Los dos periódicos decidieron no publicar siquiera una crítica a nuestros argumentos. Numerosas personas se enteraron de nuestra reunión y vinieron a vernos; damas pechugonas cargadas con esos tableros de letras y signos de los espiritistas, un individuo flaco que creía que el monstruo del Loch Ness era un submarino ruso, y toda una variedad de chiflados. Entonces fue cuando decidimos trasladarnos a América.
No tardamos en desilusionarnos, aunque es cierto que encontramos a una o dos personas, al menos, dispuestas a no poner en tela de juicio nuestra cordura. Pero, en general, los resultados fueron negativos. Pasamos un día interesante en el casi muerto pueblecito pesquero de Cohasset, el Innsmouth de Lovecraft; fue lo suficiente para descubrir que es un centro de los lloigor tan activo como Llandalffen, o quizá más, y que, de permanecer allí, correríamos gravísimo peligro. Sin embargo, nos las arreglamos para localizar a Joseph Cullen Marsh, nieto del capitán Marsh de Lovecraft, que ahora vive en Popasquash. Nos dijo que su abuelo había muerto loco, y creía que había poseído ciertos libros y manuscritos «ocultos», los cuales fueron destruidos por su viuda. Puede que fuera aquí donde Lovecraft viera realmente el Necronomicón. Mencionó también que el capitán Marsh aludía a los Primordiales como los «Dueños del Tiempo»; interesante comentario, si tenemos en cuenta los casos del Jeannie, del Blackjack y demás.
Urquart está convencido de que los manuscritos no fueron destruidos… y se funda en la extraña suposición de que tales obras antiguas poseen un carácter muy particular, y tienden a evitar la destrucción. Ha iniciado una abundantísima correspondencia con los herederos del capitán Marsh, y los procuradores de su familia, en un intento de encontrar el rastro del Necronomicón.
A estas alturas…

Nota del editor: Las últimas palabras de más arriba fueron escritas por mi tío unos minutos antes de recibir un telegrama del senador James R. Pinckney, de Virginia, viejo compañero suyo de estudios, y probablemente uno de aquellos a los que mi tío alude cuando dice que hay quien «no está dispuesto a poner en tela de juicio nuestra cordura». El telegrama decía: «Ven a Washington lo antes posible. Trae recortes. Ven a verme a casa. Pinckney.» El senador Pinckney me ha confirmado que el secretario de Defensa había accedido a hablar con mi tío, y que, si le convenía, era probable que pudiera concertarle una entrevista con el propio presidente.
Mi tío y el coronel Urquart no consiguieron alcanzar el vuelo de las tres quince de Charlottesville a Washington; fueron al aeropuerto en espera de que hubiese cancelaciones. Sólo hubo una, y, tras una breve discusión, el coronel Urquart convino con mi tío en que era preferible seguir juntos a ir a Washington cada uno por su lado. En ese momento, el capitán Harvey Nichols, accedió a llevarles a Washington en un Cessan 311, del que era propietario en parte.
El avión salió de una pista lateral a las 3.43 el 19 de febrero de 1969; el cielo estaba completamente despejado, y los informes meteorológicos eran excelentes. Diez minutos más tarde, el campo recibió un mensaje desconcertante: «Nos metemos en una nube baja.» Por entonces, el aparato debía de encontrarse por la zona de Gordonsville, y el tiempo allí era excepcionalmente claro. Los intentos subsiguientes de establecer contacto por radio con el aparato fueron inútiles. A las cinco de la tarde, se informó que se había perdido el contacto. Pero durante las horas que siguieron, se reavivaron nuestras esperanzas, ya que las amplias exploraciones iniciadas informaron no haber descubierto ningún accidente. Hacia las doce de la noche, supusimos que el informe del siniestro llegaría más tarde o más temprano.
Pero no ha llegado. Han transcurrido dos meses desde entonces, y no se ha vuelto a saber nada más de mi tío ni del avión. Mi opinión —apoyada por muchas personas con amplia experiencia en vuelos—, es que el aparato tuvo un fallo en sus instrumentos, y de algún modo se desvió hacia el Atlántico, donde fue a hundirse.
Mi tío ya había acordado la publicación de este libro sobre recortes de prensa con la Black Cockerell Press de Charlottesville, y parece apropiado que estas notas suyas vayan a modo de introducción.
En las historias de los periódicos que han aparecido sobre mi tío durante los pasados dos meses, se ha supuesto que estaba loco, o al menos que sufría alucinaciones. Yo no comparto esa opinión. Hablé con el coronel Urquart en numerosas ocasiones, y creo que era totalmente indigno de confianza. Mi madre me lo describió como «una persona sumamente astuta». Incluso el comentario de mi tío sobre él, con ocasión de su primer encuentro, lo pone de manifiesto. Sería caritativo el suponer que Urquart se creía todo lo que escribía en sus libros, pero me resulta difícil admitirlo. Son cuestiones baratas y sensacionalistas, y algunas partes están completamente inventadas (por ejemplo, no menciona jamás el nombre del monasterio hindú —o siquiera su enclave—, donde realizó los sorprendentes «descubrimientos» sobre Mu; ni menciona tampoco el nombre del sacerdote que se supone le enseñó a leer la lengua de las inscripciones).
Mi tío era un hombre sencillo y pacífico, casi una caricatura del profesor abstraído. Esto se revela en su ingenuo relato de la reunión en el 83 de Gower Street, y la reacción de su auditorio. No tenía idea de las posibilidades de la duplicidad humana que, en mi opinión, se revelan en los escritos del coronel Urquart. Y muy característicamente, mi tío no dice que fue él quien pagó el pasaje del Coronel para cruzar el Atlántico, así como las habitaciones de Gower Street. Los ingresos del Coronel eran extremadamente exiguos, mientras que mi tío gozaba, supongo, de una posición relativamente desahogada.
Y aún hay, creo, otra posibilidad que debe ser tenida en cuenta, sugerida por Foster Damon, amigo de mi tío. Mi tío era muy querido por sus estudiantes y colegas, por su satírico sentido del humor, y ha sido comparado muchas veces con Mark Twain. Pero la semejanza no termina ahí; también compartía con Twain esa honda vena de pesimismo acerca del género humano.
Yo conocí bien a mi tío en los últimos años de su vida, y le vi con frecuencia en los últimos meses. El sabía que yo no creía en sus historias sobre los lloigor, y que consideraba a Urquart un charlatán. Un fanático habría tratado de convencerme, y quizá me habría negado la palabra, al oponerme a discutir sobre el tema. Mi tío siguió tratándome con el mismo buen humor de siempre, y mi madre y yo notamos que sus ojos chispeaban cuando me miraban. ¿Se congratulaba de tener un sobrino demasiado pragmático para dejarse sorprender por su broma?
Me gusta pensarlo así. Pues era un hombre bueno y sincero, y son innumerables los amigos que ha dejado.

Julian F. Lang. 1969.

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