El dragón movió con fuerza sus alas al aterrizar frente al mago. Nada más tomar tierra, rugió con tal fuerza que Goliardo notó reverberar todo su cuerpo. Aquella bestia era enorme como una casa, pero el mago sabía que si lograba atravesar su corazón, la victoria sería suya. La piel escamada era una coraza natural contra la que ningún arma de acero tenía posibilidad alguna, pero su pecho era distinto: era su punto débil, y en su centro se podía ver el rojo refulgir de un corazón ardiente.
El problema principal para él es que no tenía ni siquiera un cuchillo, así que dependía aquí de la pericia de sus dos elfas acompañantes, dos guerreras que se prestaron raudas a acompañarlo en su rescate de la reina Mirla en una misión casi suicida.
Valoria, la elfa de la larga trenza rubia, era una experta espadachina capaz de abatir al más experimentado de los combatientes, tal como demostró en su previo enfrentamiento contra la docena de orcos que los sorprendieron en el desfiladero del que acababan de salir. Cersia, en cambio, era una elfa que lucía una media melena roja recogida con una reluciente y fina tiara, tre67 mendamente diestra con el arco. Nada más salir a campo abierto, derribó a dos gorgonas que se lanzaron a traición contra ellos desde las alturas de los riscos. Sus dos flechas atestiguaron su asombrosa precisión como arquera. En un principio Goliardo fue un tanto reticente a contar con su compañía en aquella empresa.
Era evidente el arrojo de las guerreras elfas, pero el mago nunca imaginó que dos bellezas como aquellas, de piel sedosa y curvas voluptuosas como pocas veces vio, fueran capaces de semejante agilidad, resistencia y pericia como le acababan de demostrar en aquel peligroso viaje.
Y ahora, era el momento de afrontar la que intuía era la última defensa de Daliardo, el mago oscuro obcecado en dominar todo el continente y que habitaba aquella torre más allá del dragón que les cortaba el paso.
La bestia insufló una bocanada de aire y su pecho se infló a la vez que su corazón brilló con más intensidad. Era evidente que se disponía a soltar una exhalación de fuego, pero una flecha de Cersia surcó el aire hasta clavarse con fuerza en uno de los ojos del dragón. Este echó la cabeza hacia atrás, aleteó con fuerza y rugió de dolor. La pericia de la arquera impedía así y por el momento que Goliardo acabara chamuscado por las llamas. Pero el fuerte aleteo de aquel monstruo provocó un fuerte viento que hizo rodar un par de metros el orondo cuerpo del mago, que quedó tumbado boca arriba.
—¡No temáis, valeroso Goliardo! —dijo Valoria que, espada a dos manos, corrió hacia el dragón. Tomó impulso en su carrera para dar un salto pivotando con su pie en la generosa barriga del mago, que hizo las veces de trampolín.
—¡Ouf! —resopló Goliardo.
Valoria finalizó su vuelo justo ante la panza del dragón, donde su espada surcó hasta alcanzar con gran certeza en el corazón de la bestia. Esta cayó de espaldas sin dejar de aletear. Pero la elfa no dio opción a más, pues extrajo su espada para volver a hincarla de nuevo en aquel corazón. Ahora sí, este dejó de refulgir y latir. El dragón había muerto.
Las dos elfas corrieron al encuentro del mago, que seguía tendido en el suelo mientras se frotaba su dolorida barriga y tosía, pues estaba completamente cubierto por la polvareda que levantara el dragón segundos antes.
—Lo lamento, mi valeroso caballero. ¿Os duele mucho? — dijo Valoria, arrodillada a su lado y ahora acariciando los cabellos del mago.
—No, no te preocupes, Valoria —respondió Goliardo entre toses mientras intentaba levantarse—. Por mis barbas que no me lo esperaba.
—Dejad que os ayude a levantaros, mi valiente Goliardo — dijo Cersia, que le tendió una mano—. ¡Y tú, Valeria, mantén tus caricias lejos de él!
—¡Ya te gustaría a ti que me retirara, arquera del infierno!
—dijo con desdén Valoria con mirada desafiante a su compañera.
—¡Chicas, chicas! ¡Ahora no os peleéis! —interrumpió Goliardo, que todavía se azotaba su sayo monacal para quitarse toda la polvareda de encima—. Además, falta poco. La reina Mirla está en esa torre, y Daliardo no será rival para mí. Así que no le hagamos esperar.
La comitiva avanzó por el árido y pedregoso terreno en dirección a la inmensa torre de piedra volcánica, por cuyas ventanas se vislumbraba la luz roja de su interior. Pero a pocos metros, las dos elfas chocaron contra un muro invisible que les impedía seguir los pasos del mago.
—¡Por los vientos de Arcadia! —exclamó Goliardo—. Debí imaginarlo. A partir de aquí, solo puedo seguir yo hasta la torre.
—Pero, ¿Por qué? ¿Qué sucede, mi señor? —dijo Valoria.
—Es sólido como un muro, pero no podemos verlo —añadió Cersia mientras palpaba y palmeaba lo que parecía una pared invisible.
—No os preocupéis. El enfrentamiento final entre magos está escrito que debe ser así. ¡Pero por mis barbas que volveré victorioso, mis bellas elfas!
—¡Aquí os esperaremos! —dijo la arquera, aplastando sus curvas contra el muro invisible con el rostro compungido por la preocupación.
—¡Tened cuidado, por favor! —dijo Valoria, con un gesto similar al de su compañera.
Goliardo miró a aquellas dos bellezas élficas y, ante aquella situación, no pudo evitar soltar un acalorado bufido antes de darles la espalda y realizar un conjuro que abrió el enorme pórtico de la torre.
Ya en el interior, Goliardo ascendió por las anchas escaleras que le llevaron ante la presencia del salón principal. Allí se encontraba a la espera Daliardo, sentado en su trono. El mago oscuro se levantó, báculo en mano, y descendió los breves escalones hasta el amplio círculo central de la sala, cuyas losas estaban grabadas con múltiples motivos de criaturas infernales.
Junto al trono, la reina Mirla pendía de unos grilletes. Conservaba la tiara que la identificaba como reina de los elfos, pero sus vestimentas estaban destrozadas. Solo una tímida falda cubría su cuerpo de cintura para abajo y quedaba al descubierto su hermoso cuerpo de curvas turgentes.
—¡Goliardo, mi caballero! ¡Habéis venido! —exclamó la reina.
—¡Silencio, perra! —bramó Daliardo—. ¿Así que al final osas enfrentarte a mí, Goliardo?
—Por supuesto. ¿Acaso lo dudabas?
—Sabes que no eres rival para mí.
—Mucho me temo que eso lo vas a tener que demostrar ahora mismo.
—¡Que así sea!
Tras el grito desafiante del mago oscuro, este golpeó con su báculo contra el suelo. Un fulgor rojo recorrió el círculo central de la sala como si fuera una onda expansiva. Como resultado, todas las siluetas grabadas en el suelo cobraron formas de luz roja idénticas a las criaturas que representaban y que avanzaron amenazadoramente hacia Goliardo.
Este, lejos de entrar en pánico, movió sus brazos como aspas mientras murmuraba un hechizo. Frente a las palmas de sus manos se formaron dos discos de luz verde con antiguos símbolos arcanos que lanzó con un movimiento brusco. Estos sobrevolaron la sala a una velocidad de vértigo y sesgaron en breves instantes a todas y cada una de las criaturas invocadas por Daliardo.
—¡Es… increíble! —dijo el mago oscuro, con el rostro compungido.
—¡Evanescit! —invocó Goliardo en respuesta.
Ante el estupor del mago oscuro, el efecto del conjuro hizo que su báculo se convirtiera en un montón de cenizas que cayó al suelo.
—¿Cómo es posible semejante poder aquí, en mi torre?
—Eso es algo que no tengo muchas ganas de explicar, la verdad —dijo Goliardo con una sonrisa.
—¡Os pido clemencia, gran Goliardo! —dijo el mago oscuro, que cayó de rodillas y bajó la cabeza en claro signo de sumisión.
Goliardo lo miró con aires de suficiencia y luego miró a la reina Mirla, que ahora sonreía esperanzada.
—¡Proselytum mus!
El nuevo conjuro de Goliardo hizo que el cuerpo del mago oscuro se contrajera y redujera hasta el punto de desaparecer dentro de su túnica negra, de la que instantes más tarde salió un ratón negro. Este se alzó sobre dos patas, husmeó y luego correteó para desaparecer por uno de los pasillos colindantes.
—Bien, un problema menos. Y ahora, mi querida reina… ¡liberate chordis!
El nuevo hechizo de Goliardo hizo que las argollas que sujetaban a la reina Mirla se abrieran por arte de magia y esta corrió a fundirse en un abrazo con su salvador.
—¡Oh, mi señor! ¡Sabía que vendríais a salvarme!
Goliardo no pudo evitar ruborizarse un poco al notar las generosas curvas de la reina contra su cuerpo. La mujer era de una belleza suprema, casi un sueño convertido en realidad.
—Habéis sido… muy valiente en vuestra espera, mi reina — dijo casi titubeando Goliardo.
—Tenía que serlo por vos —dijo ella, ahora casi en un susurro—.
Soñaba con el momento de ser rescatada y yacer entre vuestros fuertes brazos.
La reina, en su ternura, acarició con ambas manos el rostro del mago mientras fue acercando sus labios, húmedos y carnosos, a los del mago con el deseo marcado en sus regias pupilas azuladas.
—¡Venga, hombre! ¡Eso no se lo cree nadie! ¡Antes me imagino a ese pibón besando a un búfalo!
—¡Por todos los infiernos de Dante! —exclamó Goliardo con sobresalto.
El mago se separó inmediatamente de la reina y se giró hacia el lugar de donde provenían aquellas palabras.
—¡Liquet! —conjuró al tiempo que chasqueaba los dedos.
El resultado fue la desaparición de la torre y de la propia reina. Ahora, Goliardo se encontraba en la sala de entrenamiento de La Bóveda, hogar del mago junto a sus compañeros del equipo de Jorge Caballero.
En la puerta de acceso, Correfocs estaba apoyado en una de las paredes mientras se encendía un cigarro con una llama invocada con su dedo anular. Tras ello, lanzó una bocanada de humo.
—Vaya con Joan. Y eso que parecías tonto —dijo con sorna.
—Maldito niñato. ¿Es que no has visto el aviso de “ocupado” en la puerta? ¿Sabes lo peligroso que es entrar aquí en pleno entrenamiento?
—Es verdad —rio—. Creo que después de lo que he visto, voy a tener pesadillas durante una buena temporada.
—Pero, ¿se puede saber por qué has entrado?
—Me temo que Jorge nos llama. Reunión urgente.
—Condenadas sean mis barbas. ¿Y ahora qué ha pasado?
—Parece que es algo gordo. Más gordo que tú por lo poco
que sé.
—Déjate de bromitas. ¿Qué pasa ahora?
—Es algo de un virus. Y hay que ayudar. Y mucho.
—¿Tan grave es?
—Eso parece. Aunque la gente se está comportando como verdaderos héroes.
—Pues entonces no lo hagamos esperar. En momentos así no podemos fallar.
Correfocs y Goliardo salieron de la sala de entrenamiento, que quedó a oscuras y en silencio, apenas roto por un pequeño ratoncillo negro que correteaba desconcertado junto a la pared.