El Rey de Amarillo
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El Rey de Amarillo es una obra teatral maldita introducida por Robert William Chambers en la antología que lleva el mismo nombre que esta relacionado con el dios exterior Hastur. El aspecto de los ejemplares encuadernados del Rey de Amarillo apenas difieren de cualquier otro libro normal. El principal rasgo identificativo de este volumen es que su portada siempre consta del diseño del Signo Amarillo, ocasionalmente acompañado de una representación de Hastur. También es posible encontrar fragmentos de la obra en hojas sueltas sin encuadernar. Realmente poco se sabe sobre el origen de este libro. Al parecer, el autor escribió la obra en 1889 tras haber consumido grandes dosis de drogas alucinógenas. Parece ser que una vez que concluyó su tarea optó por suicidarse, aunque se desconoce cómo lo hizo exactamente. Se dice que es posible que el difunto autor hubiese entrado en contacto con una entidad extraterrestre antes de escribir El Rey de Amarillo. Al parecer, El Rey de Amarillo consta de dos partes. La primera es relativamente inofensiva y en ella se advierte de los riesgos de leer el resto de la obra. Es la segunda parte la que resulta realmente peligrosa. En ella se habla de Hastur, de la ciudad de Carcosa y del Lago Hali, entre otras cosas. Su lectura provoca la demencia del incauto que haya osado intentar desentrañar sus secretos. Y es que en verdad la segunda parte del Rey de Amarillo no es otra cosa que un sutil conjuro camuflado como obra literaria y cuya finalidad es invocar a Hastur.


Contenido

Apenas se conocen estrofas del Rey de Amarillo y la mayoría de las pocas que se saben pertenecen a la segunda escena del acto primero, el llamado "Canto de Cassilda":

Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,

Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.

Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.

El otro fragmento conocido pertenece también a la segunda escena del acto primero, y en él queda patente la naturaleza teatral de la obra:

Camilla: Señor, deberíais quitaros la máscara.
Forastero: ¿De veras?
Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos.
Forastero: No llevo máscara.

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