El Totem de Piedra

Frío. Oscuridad. Mucho frío y oscuridad.

El clima es gélido y apenas ves más allá de tu nariz, todos saben que es peligroso salir afuera antes del alba. Pero tienes hambre, la tribu necesita comer. Los breves instantes de oscuridad previos al alba son idóneos para capturar alguna presa desprevenida.

Te ruge el estómago. Duele. No has comido nada desde que el sol se alzó por última vez. Necesitas cazar algo. Tus manos, sucias y llenas de cayos, atan con torpeza la afilada piedra a la rama. Lo suficientemente afilada para desgarrar la carne y despellejar.

Antes de partir, te despides de tu hembra y tus crías, de forma afectuosa presionas tu frente contra la suya. Gruñes en reconocimiento al resto de cazadores que parten para poder alimentar a sus familias y al grupo. Te estremeces cuando el viento helado muerde tu piel, como afilados dientes de alimañas clavándose en tus carnes. Tus pieles apenas pueden protegerte.

La oscuridad es un manto que, a la vez, te protege de depredadores y te deja vulnerable ante ellos. Corres lo más rápido que puedes, lanza en mano, pues detenerse un mísero instante para recuperar el aliento podría dejarte a merced de las bestias.

El denso follaje de los árboles, altos como montañas, impide que la tenue luz de la luna se cuele entre las numerosas hojas y ramas. Estás envuelto en sombras, pero, aun así, sigues adelante, atento a cualquier ruido, forzando los ojos para avistar cualquier animal al que puedas pillar desprevenido.

Pasa el tiempo y no dejas de moverte, sigiloso como un gran felino. Tienes los dedos de las manos y los pies entumecidos por el frío. No sientes nada en ellos, pero, a la vez, te duelen; es un dolor vacío y persistente, que se hace aún más grande según vas avanzando. Notas pinchazos en el estómago, como si un enorme agujero se hubiese formado dentro de ti y te estuviese devorando por dentro.

Un gruñido profundo te distrae de tu dolor y provoca que se te erice el vello corporal. La sangre en tus venas se vuelve gélida como el hielo, y en tu cerebro empiezan a brotar las semillas del terror. No sabes qué es, pero es grande, está hambriento, y a diferencia de ti, él si puede verte.

Tu instinto más básico y primitivo te ordena que huyas, y eso haces. En mitad de la noche, solo pueden oírse tus pies, chocando contra el suelo, y el retumbar de las pisadas de esa criatura, dándote caza. Apenas puedes ver dos palmos frente a ti, notas como las ramas con las que chocas te arañan la piel, provocando ligeros rasguños. Los pulmones te arden de tanto correr, sientes que te va a estallar el pecho del esfuerzo, la bestia te está dando alcance, cercando la distancia entre vosotros. Sientes su cálido aliento en la nuca, puedes oler la sangre y la podredumbre que emana de él.

Hasta que, de repente, dejas de olerlo y oírlo. Pero no paras de correr, no puedes. Corres hasta que, literalmente, llegas hasta el final del camino. La masa de hojas y ramas se ha despejado, permitiendo que la luna y las estrellas iluminen el entorno. Frente a ti, hay una cueva. Los rayos de la luna chocan sobre la piedra caliza, dándole un brillo místico. Una luz que te atrapa y te incita a entrar, porque sabes que es imposible resistir a su encanto.

El suelo está frío y húmedo, a cada paso que das se vuelve más pegajoso. Un fuerte y desagradable olor, mezcla de podredumbre, carne quemada y sulfuro, invade tus fosas nasales, produciéndote arcadas. Deberías irte, una voz en tu cabeza te grita para que salgas corriendo de allí, lo más rápido que puedas, y que no mires atrás. Pero, una extraña presión en tu cráneo, cada vez más fuerte, te impulsa a seguir adelante. Durante un breve periodo de tiempo, no ves nada más que el brillo viscoso de las paredes, estrechándose cada vez más, generando una sensación claustrofóbica que te atrapa.

Finalmente, llegas a una amplia sala. El hedor ahí es más fuerte y, aunque crees que te vas a desmayar de la peste, sigues adelante, embelesado. El suelo está recubierto de algo duro, que cruje cuando le pones los pies encima. No parecen ser rocas, pero tampoco puedes ver lo suficientemente bien para identificar su composición. La presión en tu cabeza se va haciendo más y más insoportable, notas que tus ojos te palpitan, el cráneo te aprieta como si te fuera a explotar. Aun así, sigues hacia el centro.

En medio de esa abertura en la caverna, se sitúa, alto y orgulloso, un tótem de piedra. Su brillo de ébano y sus complejos diseños tallados hacen que te duela la vista, pero no puedes apartar la mirada, no quieres. Es lo más hermoso que has visto en tu vida; por un segundo te olvidas del hambre, del dolor de cabeza, del frío, del miedo. En el universo, solo estáis tú y ese tótem.

Sientes su llamada, puedes percibir como se dirige a ti, sin pronunciar palabra. Vuestras mentes y almas están conectadas, estabais predestinados a encontraros en esta vida y en mil más. Sabes lo que debes hacer.

Y el dolor de cabeza se va.

No es fácil contentar a tu deidad, una divinidad de su categoría exige ofrendas específicas que tú estás más que dispuesto a darle. Porque solo eres tú, su único y fiel mensajero, la única criatura capaz de satisfacerle.

No recuerdas como saliste de esa cueva, ni siquiera recuerdas por qué entraste, lo único que ocupa tu mente es el tótem y sus retorcidas formas, su brillo etéreo y su potente olor. Debes contentarle, has sido puesto en este mundo con la sola misión de cuidar del tótem.

El dolor de cabeza vuelve. Paulatinamente, va creciendo hasta pasar de ser una ligera molestia a una sensación insoportable.

Empiezas a llevarle regalos. Ofrendas. Muestras de tu fidelidad y compromiso. Le adoras, le amas, deseas complacer todos y cada uno de sus caprichos. Tus manos están manchadas de la sangre del tierno animalito que exhala su último aliento a los pies del tótem. Notas como la vibración en tu cabeza disminuye hasta volverse muda, al tótem le agrada tu presente. No tiene rostro, pero sonríe complacido.

Aunque esa felicidad es breve.

Necesita más, ansía más. Nunca es suficiente. Él es apetito y solo tú puedes saciarlo. Sigues enviándole regalos, cada vez más grandes, cada vez más difícil de enfrentar. Pero todo es poco para él. La desesperación se apodera de ti ¿Qué puedes hacer? ¿Por qué nada es suficiente? Notas un ligero pinchazo en el cabeza, seguido de un zumbido; está volviendo, no eres lo suficientemente bueno para tu señor. El tótem lo sabe, pero se apiada de ti y decide darte una nueva oportunidad. Sabes lo que debes hacer. Tu señor te lo ha pedido y tú estás dispuesto a darle todo lo que desee.

Al principio no te resulta fácil convencer a la tribu, pero, con la simple promesa de no volver a pasar hambre, se acaban dando por satisfechos. Es una medida desesperada, pero sabes que muchas manos cazan mejor que dos. El tótem tiene un hambre insaciable, y tú solo no puedes proporcionarle sustento sin ayuda. Eres su único mensajero, tu misión es difundir su palabra entre los ciegos de espíritu y los sordos de verdades. Pero la tribu no puede presentarse ante él sin regalos. Sería un insulto, una ofensa, un ultraje.

Como si fueras un chamán, guías a tu tribu a través de la oscuridad hacia los confines del bosque, donde la cueva y el divino morador de las tinieblas aguardan tu llegada. Casi podías sentir su desconfianza y su fascinación cuando llegasteis a la entrada de la gruta. Entendías esa sensación, ya que en su día tú también fuiste hereje. Al final, acaban entrando, fascinados por los brillos fantasmales y tu confianza al andar.

Los pasajes que antaño se te antojaron húmedos y claustrofóbicos ahora son cálidos y acogedores, el hedor y viscosidad de los efluvios que recubren las paredes rocosas ahora te proporcionan una sensación reconfortante y segura. Estás en casa.

Sientes un cosquilleo nervioso en la boca del estómago al pensar en presentar a tu gente ante tu señor. Tu señor se sentirá complacido al saber que tiene un siervo tan fiel que difunde su palabra entre los suyos.

La enorme sala parece vacía y tan apagada. El tótem permanece en el centro, irguiéndose solitario en un mar de elementos imposibles de identificar. Es una escena desoladora. Tu tribu avanza, fascinada, hacia el centro de la sala; murmullos atónitos en un lenguaje ya olvidado delatan su admiración hacia el tótem. Se sienten cautivados, tal y como tú lo estuviste en su día. Deberías estar contento. Has proporcionado múltiples manos de obra para colmar los caprichos de tu señor. El tótem nunca volverá a pasar hambre.

Sin embargo, las expresiones en las caras de los miembros de tu tribu no te gustan, pues provocan que algo se remueva en tu interior. Sientes celos. Tu mano aprieta la lanza con tanta fuerza que crees que romperás el palo. No lo soportas, lo odias, lo odias con todas tus fuerzas. Notas como la sangre te hierve y la cabeza te late con fuerza. Es ensordecedor; no puedes soportar más la presión. El tótem no es para ellos, no deberían poder admirarlo, eso es solo para ti, solo para tus ojos.

Tu mano está apretando la piedra afilada de la lanza con tanta fuerza que notas como un reguero de sangre fluye entre tus dedos hacia el suelo. Pero no lo notas. No notas el dolor, ni la rabia. Tampoco eres consciente del modo en el

que te acercas a tu pareja y le cercenas la garganta, provocando que un chorro de sangre te empape el rostro y el pecho. Los demás miembros gritan horrorizados, tus crías lloran, tú ya no puedes oírlas. Uno a uno, vas dándoles caza, hundiendo la afilada piedra en sus carnes; a veces incluso usas tus propios dientes para desgarrar la piel. Puedes escuchar el gorgoteo del anciano de la tribu mientras se ahoga en su propia sangre.

Muchos intentan huir, algo imposible, dada la impenetrable oscuridad de la cueva. Otros tratan de enfrentarse a ti en un fútil intento de salvar su pellejo. Pero ninguno lo consigue.

No puedes pensar, no puedes oír nada, solo el zumbido de tu cráneo luchando por salir. Pero eres feliz, tu señor te alaba, tu señor te va a recompensar. Tu cuerpo se mueve de manera descoordinada y salvaje alrededor del tótem, en una descoordinada danza ritual, preso de un fervor casi religioso. Tus pies pisan los huesos, piel, vísceras y sangre de aquellos a los que en su día llamaste familia. Esa palabra se te antoja lejana. Tú no tienes familia, solo vives para el tótem, no necesitas a nadie más.

La presión en tu cabeza sigue aumentando y aumentando, cada vez es más insoportable, quieres arrancarte los pelos y la piel, abrirte el cráneo para que tu cabeza tenga un hueco por el que respirar. Empiezas a ver manchas negras en tu campo de visión.

Tu cabeza explota, un millón de pedazos viscosos se esparcen por toda la sala y salpican al tótem. Tu cuerpo sin cabeza cae inerte al suelo.

Solos tú y el tótem, por siempre.

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