El Trono de Kil

De entre todos los niños de la aldea, ella era la más soñadora, la más deseosa de escuchar y conocer, a través de los relatos de los mayores, el pasado de aquellas ruinas que se escondían en la selva. Las ruinas peligrosas. Los muros prohibidos detrás de los helechos.

A medida que crecía, se fue dando cuenta de que la abuela había sentido lo mismo tiempo atrás, cuando tenía su misma edad. Por eso, eran las únicas que, en sus paseos, llegaban hasta la misma Cerca. Una pared alta de hileras de piedras grandes y lisas, oscuras, consumidas por la maleza, de entre la que sobresalía tan solo parte de su trazado, una curva amplia, abierta, más allá de los huertos vecinales. El fin del mundo para ellos. Detrás, la jungla y el miedo.

La abuela y ella no compartían un temor tan intenso hacia la antigua raza. ¿Quién podía afirmar, sin el menor asomo de duda, que fueran brujos, que fueran tratantes de esclavos, que habían sido caníbales? Cada vez estaba más convencida de que todo aquello no eran más que exageraciones envidiosas, motivadas por el poder y riquezas que habían acumulado.

Más allá de la Cerca, dormía hundida entre hierbas y lianas la capital de un gran reino. Algunos aseguraban que había llegado a dominar todo el norte de las regiones albas, alcanzando el mar. Para ella, el desconocido océano era un lago inmenso y quieto, sobre el que flotaban enormes canoas cargadas de raros productos, representando los barcos mercantes de las leyendas. Seguramente había muchas exageraciones en los relatos sobre el antiguo reino de Kil, ideadas para mantener alejados a los ladrones de las riquezas que, razonaba ella, todavía se amontonaban en los sótanos y cámaras de los palacios muertos.

La sensación de crecer, de estar abandonando una etapa vital, se entremezclaba con la curiosidad por lo que se escondía detrás de la Cerca. Ya no era completamente una niña, y podía afrontar horizontes más grandes. Mientras ayudaba a su madre en las labores domésticas y cuidaba a sus hermanos menores, su mente seguía al pie del muro.

Después de la comida, la abuelita tejía cestos, sentada delante de la choza. A veces la ayudaba, aunque ella no era tan hábil. La anciana sonreía con su boca medio desdentada y le decía que era cuestión de práctica. Que, cuando tuviera su edad, le saldrían igual de bien. Entonces, empezaban a recordar las piedras preciosas de las diademas ceñidas en las frentes de las nobles cabezas del reino de Kil, las delicadas túnicas de las damas y la anchura de los caminos que llevaban a la próspera capital, ahora engullidos por la selva, desaparecidos bajo la espesa superficie vegetal crecida sobre sus losas. Ya no quedaban muchos juncos secos a mano. Se ofreció a ir a por un par de gavillas, para el día siguiente. La abuela le dijo que no las hiciera demasiado grandes.

Su amiga Mo-ta, su hermano mayor y su madre recogían en los frutales sibis maduros detrás de su choza. Los saludó. También lo hizo más adelante con el padre de Ka-The, que regresaba del huerto. Atravesó la cuidada extensión que daba alimento a la aldea, plantada de verduras y hortalizas, dividida en una maraña de senderos, tapias bajas y setos vivos. El terreno se ondulaba y la vegetación se volvía más rebelde a medida que se iba aproximando a la Cerca.

La miró y luego levantó la vista. No temía a la selva que se alzaba imponente con sus árboles gigantes, apretujados y frondosos.

Caminó siguiendo el muro hasta el riachuelo. Ya sabía cuáles eran las mejores plantas. La mano juntaba haces y la hoz cortaba. En cierto momento, un águila chilló sobre su cabeza. La contempló. Le gustaba observarlas, trazando sus círculos allá arriba, en el azul del cielo.

Al rato, bajando la vista para continuar con su tarea, reparó en algo que hasta entonces nunca había notado: una brecha en aquella pared de piedras arcaicas. El tajo las dividía en dos, descendiendo hacia el suelo y torciendo a la izquierda. Era muy estrecha, pero profunda, dejando apreciar el grosor de la enorme mampostería. Parecía el arañazo de un togá enfadado sobre un pastel de sibi de varios días, pero a gran escala.

La grieta no llegaba a traspasar la muralla, solo las hiladas exteriores. Se acercó. Metió la mano. El corazón latió más fuerte en su pecho. Era la primera vez que tocaba la temible reliquia. Observó con atención. Aunque había estado allí muchas veces recolectando juncos, nunca hasta ese momento había notado que, en esta parte junto al riachuelo, la Cerca parecía más deteriorada. Más vencida por el tiempo, incluso más baja. Pero la espesura y el suelo encharcado no invitaban a adentrarse hasta ella. Actuaban como una armadura impenetrable, protegiendo esa carne de piedra de cualquier contacto.

Dejó la gavilla recién hecha y la hoz clavada en ella para no perderla. Quería cruzar el río y la maleza, hasta donde el muro era tragado y vuelto invisible por el manto verdoso. Se desplazó lentamente al borde de la orilla, sopesando el terreno, calibrando cada arbusto, tronco y liana. Se acabó fijando en una rama, no demasiado alta. Se extendía de lado a lado, sobre el riachuelo. Ya empezaba a sentirse demasiado grande y adulta para andar subiendo a los árboles, pero todavía no era muy pesada. Iba a intentarlo. No había nadie que pudiera verla.

El árbol era viejo y la rama gruesa. Cuando empezó a combarse, consiguió aferrarse a otra que pasaba por encima, procedente del lado opuesto. Se movió y bajó con cuidado, sin prisa. La selva rodeaba la aldea por todos lados y, antes de preparar y cultivar el amplio calvero, sus antepasados habían morado en ella. Esa historia de los mayores pertenecía a su pueblo, no a la de la antigua raza, y explicaba su agilidad para trepar, lo bien que conocían cada árbol.

En el suelo se sintió más insegura. Estaba en una parte no hollada por los pies de los suyos. Memorizó la orilla de donde había partido y luego le dio la espalda, hacia la Cerca.

El suelo estaba blando y, por instinto, retrocedía si veía que empezaba a hundirse demasiado. En un par de ocasiones, el fango le había llegado hasta las rodillas. La maleza y los juncos eran más altos que ella, la rozaban, enredando sus piernas, abriendo cortes y rasguños que apenas notaba. Cuando ya empezaba a asustarse un poco, sus manos chocaron con la piedra. Se pegó al muro, cerrando los ojos, intentando ahuyentar el deseo de regresar. Muy despacio, con el cuerpo frotando la superficie irregular, siguió la dura pared vertical, dejando que las yemas de los dedos se deslizaran, buscando alguna peculiaridad.

Al final, lo encontró. Una parte parcialmente demolida por una inmensa raíz, que brotaba y se retorcía antes de volver a desaparecer bajo tierra, empujando, excavando y desperdigando las hileras inferiores. Subió por unas piedras, desprendidas del muro, pero firmemente asentadas en el terreno desde hacía tiempo, y examinó la abertura.

Un hilo de luz procedía del fondo de la hueca negrura. Suspiró, imaginando las diademas de piedras preciosas que tomaría para la abuela, para mamá y papá, para sus dos hermanas y su hermanito. Las copas de oro y los collares de plata. Cuando el destello de los tesoros disminuyó en la oscuridad, vio que esta era real, y no una ensoñación. Ya estaba arrastrándose por el túnel providencial, de bruces, impulsándose con los codos, las rodillas y los pies. Sus pechos estaban creciendo y era incómodo aplastar el torso contra ese engrudo de tierra, piedras y arcilla en polvo que formaba el suelo sobre el que reptaba.

El muro no se cayó sobre ella, ni se quedó atascada, a pesar de la estrechez del pasaje. De haber tenido unos pocos años más, no habría cabido por él. Pero lo había conseguido. Se felicitó a sí misma para sus adentros, mientras reparaba en sus manos y piernas ensangrentados. Se limpió con una hoja de una palma de un verde estriado, sintiendo en el acto el escozor de unos cortes y rasguños que hasta el momento había ignorado.

La visión que se le ofrecía era menos impresionante de lo esperado. La selva había empañado el esplendor original, masticando y derribando a placer, tal como la amorfa raíz ya había hecho con el gran muro. La fronda opacaba estructuras por aquí y por allá, cúpulas, torres, y árboles inmensos crecían en paredes arruinadas, ramas y raíces convertían arcos, dinteles y umbrales en negras entradas a cavernas. Una sombra húmeda y fría cubría la ciudad, de cuya vastedad tan solo llegaba a atisbar un pequeño fragmento.

Deambuló por las zonas más despejadas, plazas olvidadas, escalinatas punteadas de hierbajos, mientras el tiempo se disolvía en una masa uniforme sin principio ni fin. El cielo había desaparecido y apenas algún rayo de luz era capaz de atravesar el tejado vegetal que se entrelazaba en lo alto. Tenía que volver, la estarían echando de menos. Entonces, se estremeció de puro miedo. No sabía dónde estaba, desorientada, sin poder ubicarse en medio de aquel caos. Sintió que había flotado, apenas consciente de sí misma, durante largo rato. Acababa de despertar de ese estado; y ahora sí estaba asustada.

Subió a un pasamanos de piedra corroída, sobre un balaústre de formas curvas que asemejaban a fieras enfrentadas. Así, llegó a la cima de una masa de ruinas que, antes de colapsar, debió pertenecer a un pequeño edificio hexagonal. Desde allí, buscó la Cerca en la distancia, pero, mirara donde mirara, todo lo que veía eran ruinas y árboles obstruyendo su escrutinio.

Había sido tan tonta, creyendo que todo sería simple y fácil… y es que se dio cuenta de que, verdaderamente, un sortilegio protegía la ciudad. Esto que le sucedía formaba parte del encantamiento. No lo dudaba. Bajó del fortuito mirador y un insecto crujió bajo su suela. Las lágrimas asomaron. Temblaba. Si la magia formaba parte del lugar prohibido, las otras cosas que se susurraban sobre los señores de Kil podría ser cierto. Tenía que salir de allí lo más rápido posible. Era abrumador sentir la propia debilidad e insignificancia ante todo lo que la rodeaba. Ante el poder de los que, muchos siglos antes, habían habitado este lugar. Temía haber quedado atrapada y condenada a dar vueltas y vueltas hasta caer muerta, sin encontrar nunca la salida.

Fue lo que hizo. Caminar y caminar. Su temor parecía confirmarse por momentos. Buscaba la estructura más alta. Necesitaba elevarse sobre el dominio de las ruinas y escombros, para ampliar su perspectiva y ubicarse. Agotada, acabó topándose con una explanada particularmente extensa, llana y despejada. Precedía a una pirámide, una joroba, una colina donde lo vegetal y lo tallado se alternaban y confundían. Tenía que sacar fuerzas e intentar alcanzar aquella altura magnífica.

La blanda somnolencia regresó a su cuerpo. Subía, al menos. Y, cuando volvió a recuperar el sentido, se encontraba casi arriba. No quería sentir vértigo. Quería alcanzar el dosel de mármol negro que coronaba la cima, brillando a la luz dorada del ocaso. Notó el viento. Una ligera brisa que parecía susurrar en su oído: «Niña, niña…»

Se apoyó en una columna, recuperando el aliento. Apartó el cabello pegado de la frente sudorosa. «Niña…» Debajo del dosel porticado había un trono, también de mármol negro. Podría sentarse a descansar y otear el horizonte. Era alto, le costó acomodarse. Los pies le colgaban. Titubeó antes de estirar los brazos a los lados y dejar manos, antebrazos y codos descansando en los apoyabrazos. La noche empezaba a cubrir el mundo. Vio el océano tal como era, con las olas estrellándose contra playas lejanas. Vio la aldea. Vio a los suyos antes de dormirse.

La reina despertó furiosa. Tan codiciosa como siempre. Entonó de nuevo el canto a los dioses subterráneos, prometiendo sangre a cambio. Y con su poder, despertó a su parentela también. Sus osamentas salieron de las criptas y se dirigieron a la pirámide palacial. Pronto se apoderarían de más cuerpos, de más vidas, libres del hechizo de un mago que no era más que polvo en una tumba olvidada en las regiones albas.

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License