De pie ante mí estaba la muerte, pero… ¡nunca había sido tan feliz!
—Nosferatu (2024).
* * *
Cada noche, espero impaciente su llegada, recostada en mi lecho. Mi príncipe, mi salvador, mi criatura. Lo oigo en la entrada, sus pegajosas pisadas se arrastran por el suelo de madera, sé que ha llegado el momento. La puerta se abre con un chirrido quejumbroso, que me hace estremecerme de la emoción. Trae el frío de la calle, pero lo único que consigue es encenderme.
Se detiene al pie de la cama, puedo ver su oscura y retorcida silueta recortada a la luz de la luna. Humana e inhumana a la vez, un dios y un siervo, mil caras y a la vez ninguna. A cuatro patas serpentea hasta que nuestros rostros se encuentran. Su piel mojada humedece la cama dejando oscuras huellas en la tela de la colcha. Su aliento es gélido y pútrido, sé que sus labios han saboreado la muerte, la han provocado. Cuando nuestros labios se unen aún puedo sentir el grito de millones de presas destrozadas en su boca. Puedo oír cómo sus huesos crujen, ver como la sangre emana de sus heridas cual fuente y nutre al visitante, como la luz en sus ojos se va apagando lentamente hasta extinguirse del todo.
Me posee con la pasión de mil hombres, sus garras palmeadas recorren mis senos de una forma cruel y tortuosa; me dejo llevar por el placer que me provoca y siento como mi centro se humedece. Sus afilados dientes dejan marcas en mi cuello que escuecen, pero no llegan a sangrar, mientras que su lengua, húmeda y gruesa, alivia el picor. Mis manos se aferran a su espalda dura, fuerte y escamosa, venerando cada parte de su glorioso cuerpo, ansiosa por recibir su bendición.
Escucho como gorgotea en mi oído unas palabras en un idioma antiguo y casi olvidado, palabras secretas, ocultas, hechas para que nadie las oiga porque caerían en las garras de la locura. Son cantos prohibidos al Inmortal, alabanzas oscuras. No hace falta entenderlas para sentirlas.
Cuando nuestros cuerpos se unen, es una explosión, su divina semilla transporta el mensaje a mi cuerpo impuro, llenándolo de conocimientos antiguos y prohibidos. Lo veo todo; veo nacer reinos que luego caerán, veo el caos, veo el orden, veo muerte y mutilaciones, veo la liberación de la humanidad por medio de la sangre y del agua, veo a un hombre contemplando el fin y el origen de los tiempos transcurrir de forma simultánea mientras está sentado en su trono cual emperador. Puedo verlo porque soy su elegida, él me escogió, él me abrió las puertas a la verdad con la sustancia sagrada.
Esta noche no vendrá. Ni volverá a venir. Esta noche soy yo quien le buscará. La tormenta arrasa las calles de Tokio, llevándose todo a su paso, limpiando la ciudad de imperfecciones, preparándola para nuestro sagrado encuentro. El pijama se me pega al cuerpo como una segunda piel, los adoquines me hacen rasguños en los pies, azulados y entumecidos por el frío, algunos cristales arrastrados por la lluvia se me clavan, dejando salir un pequeño hilo de sangre. Debe ser así. Hay que purificar el cuerpo para llegar digna al encuentro.
A lo lejos, el puente del Río Meguro1 se vislumbra, los cerezos que adornaban las orillas, antaño hermosas y llenas de vida, ahora son cascarones vacíos y putrefactos, muertos y preparados para un nuevo renacer. Mi cuerpo está congelado, pero sé que pronto entrará en calor. No soy capaz de sentir nada salvo las pequeñas gotas de agua, afiladas y frías que se me clavan como espinas en la piel y me hacen morderme el labio hasta que sangra, la lluvia limpia mi piel, mezclándose con la sangre. Joder, es maravilloso.
Me asomo al borde del puente, el rugido de la tormenta es un simple eco lejano cuando mis ojos encuentran los de mi criatura en el agua. Extiende sus brazos hacia mí, como si la superficie del agua fuese una barrera imposible de romper desde su lado.
Me está esperando, me necesita, debemos ser uno. Me susurra sus palabras secretas, sus cantos prohibidos en una lengua que hace milenios que nadie habla, si es que hubo alguien que la habló alguna vez. Me llama a su lado, me reclama. Un sacrificio para purificar el mundo.
Subo a la barandilla y cierro los ojos. Me parece escuchar voces a lo lejos, gritos desesperados que se ahogan en medio de la tormenta. Me inclino hacia adelante.
El Visitante estará satisfecho.