—¡No me respondes! -exclamó Fernando al ver burlada su esperanza-. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!… Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…
—O un demonio… ¿Y si lo fuese?
Gustavo Adolfo Becquer, Los Ojos Verdes.
* * *
Joder, tíos, os juro que no sé ni por dónde empezar. Sé que el crucero duró apenas unos días y que prácticamente acabo de volver de él, pero, en mi cabeza, es como si hubieran sido años y hubiera pasado hace una eternidad. ¿De verdad es necesario que lo cuente todo? Dadme un respiro… ¿Tenéis alcohol? ¿No? Joder… ¿Y no podríais, al menos, darme un mechero para prender un cigarro? ¿Que puedo ponerme en peligro a mí y a los que estáis aquí conmigo? Panda de soplapollas y paranoicos… no sé, esto en mi pueblo no tiene lógica ni fundamento, ¿esperáis que os dé una información, pero ni un miserable capricho me concedéis? ¡No me hagáis reír! Ah, o sea, que ahora sí me dais una cerveza, ¡esto ya es otra cosa! Aunque sabe un poco rara, espero que no me estéis dando de esa mierda sin alcohol. En fin, da igual. Veamos, ¿por dónde empiezo? ¿Por el principio? De acuerdo, aunque más os vale poneros cómodo porque… esto va para largo.
Pues bien, me llamo Marco Quiñones, tengo veintidós años y nací en [CENSURADO]. Siempre me han dicho que soy un chico muy inteligente para mi edad… o, al menos, que no soy «del todo estúpido» y… ¿cómo que no tan atrás? ¿No dijisteis que desde el principio? Espera, ¿qué esas cosas ya las sabéis? Pero, ¡¿cuánto sabéis sobre mí exactamente?! ¡¿Me habéis estado espiando, malditos cabrones?! ¡¿Ahora me venís con esa mierda de que yo no estoy en condiciones de hacer preguntas?! Espera, ¡¿qué tenéis [CENSURADO]?! De acuerdo, hablaré, pero más os vale no estar quedándoos conmigo, ¡o los abogados de mi padre van a hacer que os arrepintáis!
Entonces, empiezo por los días antes al crucero, ¿no? Vale, vale. Pues, la verdad, no sé muy bien cómo me dio por embarcarme; creo que alguien me comentó algo o, quizás, lo leí en alguna agencia de viajes… ah, no, ya me acuerdo. Fue un amigo de papá, ese viejo facha trastornado y medio ciego que dice que vio [CENSURADO] o una movida del estilo durante la Guerra Civil y que, por lo visto, le habría dejado perturbado. La verdad, no entiendo por qué papá le seguía invitando al chalet, si solamente decía majaderías y se pasaba el día criticando a «los rojos de mis amigos». Pero vaya, que a mí esas mierdas de política me dan igual, ¡si encima mis colegas son todos de derechas, que votan al [CENSURADO]! Pero supongo que al viejo demente eso le parecía demasiado moderado para su gusto. Sí, sí, que me estoy desviando, pero, ¿quién es aquí el que cuenta la historia? Y si no os gusta como lo estoy contando pues os jodéis. ¿Que no diga tantas palabras malsonantes y modere el tono? Pues lo dicho, os jodéis, yo hablo como me salga de la polla.
A lo que iba, un día el viejo mencionó no sé qué de las Islas Chiscut, y que los chavales de hoy hablábamos mucho de Ibiza, Marbella, Hawaii y todas esas mierdas, pero que no sabíamos lo que era un buen destino vacacional. Mi padre empezó a decirle que todos sabían que esas islas no existen, y el puto viejo soltó que por supuesto que existían, que a dónde se creía mi padre que iba cuando marchaba de vacaciones. Mi padre le respondió con aire de hastío, diciendo que seguramente esas temporadas que desaparecía iba a fumarse porros y meterse rayas a algún barrio chabolista. El viejo se ofendió y dijo que no le faltara al respeto, que él había sido un hombre respetable al servicio del Generalísimo y que, si quería comprobar si decía la verdad, era tan fácil como que fuera él mismo. Que el «proveedor» le había dejado una entrada, como todos los años, pero que esta vez él no iba a ir porque, últimamente, le estaba matando la ciática.
El paisano comenzó a rebuscar compulsivamente en los bolsillos de la riñonera que siempre llevaba con él y sacó un pequeño trozo de papel que levantó triunfalmente. Lo pasó por delante de nuestras narices, como regodeándose. La verdad es que parecía real, o sea, era un pasaporte de lo más normal y corriente. Una vez que creyó que ya había fardado suficiente, lo posó con bastante dramatismo sobre la mesa, mirándonos con un cierto aire de superioridad para, acto seguido, marcharse exclamando «colega, ve allí y ya veremos quién es el loco; el crucero pasa a recoger a los viajeros en una cala cerca de Combarro, pregunta en el puerto al hombre de la gabardina negra y el farol, él te dirá dónde». Mi padre le dio la razón como a los tontos y, en cuanto el viejo hubo salido de casa, tiró el pasaporte a la basura.
«Al viejo ya no le basta con lo de las fotos falsas, ahora me trae esta mierda para intentar que le siga el juego» dijo mi padre. Yo, la verdad, sentí curiosidad por el tema, así que le pregunté si era real algo de lo que mencionaba el viejo. Mi padre respondió que, de lo que mencionaba, tan solo existía Combarro, un pueblito de Pontevedra; que todo lo demás eran «pajas mentales» y mierdas. Pregunté a mi padre por las fotos y me dijo que, si tenía interés, pues que mirara en el cajón que hay en el mueble junto a la chimenea, que ahí había ido guardando todas las que el chalado de su amigo le había ido mandando. «No sé por qué todavía no las he quemado» me confesó.
Bueno, pues la cosa es que me dio por mirar las fotos y, la verdad, es que parecían bastante normales. Mi padre me dijo que seguramente estaban sacadas en otros sitios y que luego el viejo fingía que se las había tomado en Chiscut, para dar credibilidad a sus batallitas. Por ejemplo, había una que recordaba mucho a una estampa habitual de la isla de Capri y otra se parecía al poblado hawaiano promedio. Por detrás, había escrito dedicatorias, la mayoría bastante convencionales, exceptuando una en la que el hombre se encontraba junto a lo que parecía una escultura de una… «cosa», semejante a una ballena sentada. Y sí, digo sentada, porque estaba representada con patas o, al menos, con apéndices que parecían patas. Pero no me preguntéis mucho, porque no soy biólogo ni nada del palo, así que de esas cosas no tengo mucha idea. Pero vaya, que, si representaba a una ballena, era la ballena más rara que he visto. ¡Joder, si hasta parecía que tenía dos bocas y bigotes!
Junto al viejo había otro tío, parecía un chamán indígena o algo así. Pero vaya, que lo que sí puedo decir fijo es que los dos parecían estar pasándolo bien o algo, porque sonreían de oreja a oreja. En la dedicatoria ponía «Aquí, con el chamán Num’ghau, recitando los cánticos de la Voz de las Profundidades, a la que ellos llaman Chiscut o Ghisguth. Sí, se llama como las islas, ¿de dónde creías que había salido el nombre? Mañana haremos los ritos con las hijas, seguro que tienes envidia, lo vamos a gozar… y ellas también. Pero recordemos que no lo hacemos por gusto, forma parte de los rituales». La verdad es que la forma en que estaba escrito eso me dio escalofríos. Sonaba entre pervertido e inquietante. Pero decidí no darle muchas vueltas.
Ese chamán aparecía en bastantes fotos, daba la impresión de que el viejo tenía una relación bastante estrecha con él. En otra, se los veía bailando en una choza y, en una tercera, comiendo lo que parecía un gato o un animal pequeño… aunque en la descripción escrita por detrás de la imagen indicaba que era «carne de zog o zug, una criatura onírica a la que Num’ghau daba caza durante sus viajes astrales». Según escribía el viejo, todas las mañanas el chamán salía de su cabaña con un ejemplar muerto. El viejo decía que sonaría increíble, pero el chamán no abandonaba la cabaña en toda la noche, y que, él mismo, alguna vez la había registrado el día antes. Pero nunca había nada, la criatura simplemente se materializaba allí. En otra foto aparecía el viejo, sentado en el interior de una choza y sujetando por la cola a un bicho muerto. Se parecía a un gato o un mapache muy extraño. Por detrás indicaba que, finalmente, había conseguido realizar su primer viaje astral y que había cazado un zog. Que, en el otro lado, le habían dicho que había quien consideraba que eso era tabú, pero que Num’ghau sentenció que debía ignorar esas supersticiones. La verdad, me resultó cómico ver como alguien que hablaba sobre «viajes astrales» tachara eso de superchería, hasta cierto punto parecía una puta ironía.
Cuando mi padre se marchó a la cama yo seguía mirando las imágenes. Serían las fantasías de un loco, pero había que reconocer que el tío era creativo. Cuando iba ya para mi habitación, pasé por delante de la papelera y vi el supuesto pasaporte. Sí, lo recogí, no me preguntéis por qué. Fue un impulso, ¿vale? Solo sé que luego me olvidé del tema por una temporadilla.
No me acordé de todo lo de las Islas Chiscut hasta que, un día, estando de cañas con los colegas, salió el tema del puto viejo y las fumadas que nos contaba. La cosa fue fluyendo y, en cierto momento, comenté lo de que había dejado el pasaporte para mi padre, pero que él lo había tirado. Quique, que siempre es un bocazas, dijo que por qué no iba yo. Repliqué que no me apetecía, pero ya empezaron con lo típico, que «a que no hay huevos». Entre que estaba super pedo y la presión de grupo, acabé diciendo que venga, vale, que por qué no. Lo único, ellos tendrían que pensar en una excusa para justificar mi ausencia delante de mi padre y de todo aquel que pudiera preguntar. Quedamos en que diríamos que había ido a una excursión de la uni. Que, a ver, no era lo más creíble del mundo, porque, por lo que ponía en el pasaporte, el viaje empezaba el [CENSURADO], o sea, que era una fecha bastante fuera de lo que es el calendario académico. Pero vaya, que fue lo primero que se nos ocurrió.
Voy a ser sincero, ni siquiera estaba convencido de que fuera a aparecer ningún crucero ni nada, pero, a esas alturas, yo simplemente me estaba limitando a seguir un poco el juego. De cualquier manera, los días anteriores al [CENSURADO] me había movido a un pisito que alquilé en Combarro. La verdad, nunca había estado en Combarro, así que el sitio me sorprendió: parecía sacado de una película de miedo. Se trata de un pueblo de pescadores, de aire bastante antiguo, con calles estrechas y neblinosas, delimitadas por grises fachadas de piedra. Aun así, me pareció un lugar bonito, tenía un encanto especial, no me extrañaba que el viejo loco hubiera escogido ese pueblo en concreto como punto de partida para sus viajes imaginarios.
Volviendo sobre la cuestión del crucero, realmente tenía la idea de quedarme en Combarro unos días más y luego fingir un poco delante de los chavales, diciendo que había estado en la isla y que «se la había metido» a un puñado de isleñas sexys. Ya sabes, a fardar un poco delante de los colegas. Pero oye, lo cierto es que el día [CENSURADO] salí a dar un paseo por el puerto para buscar al tío de la gabardina negra y el farol. Una vez más, es algo que no sé ni por qué lo hice, supongo que algo dentro de mí sentía curiosidad por la historia y, a parte, no es que el puerto me quedara particularmente lejos. Lo cierto es que me di un puñado de paseos. Ya iba a darme por vencido y a sentirme ridículo por dar crédito al viejo pero, entonces, una silueta inquietante, de unos dos metros, emergió de entre las lóbregas nieblas portuarias. Encajaba con la descripción que había dado el amigo de mi padre, aunque he de decir que había omitido dos detalles bastante importantes: el primero, que tenía el rostro cubierto de vendajes, siendo únicamente visibles sus ojos, hinchados y de aspecto desagradable; el segundo, que era incluso más grande de lo que me pareció en un primer momento, ya que me fijé en que estaba bastante encorvado y, aún así, me sacaba una cabeza.
El individuo se me acercó y extendió la mano, como pidiéndome algo. Tardé en darme cuenta de que quería ver el pasaporte. Una vez que se lo mostré, se limitó a echarle un vistazo y devolvérmelo. Tras ese breve chequeo, me hizo señas con la mano para que lo siguiera. Tras dudar un poco, decidí hacerle caso: dado que ya había llegado hasta allí, no era plan de rajarme. O sea, vale, miento más de lo que debería, pero no soy un gallina, ¿sabéis? Y, ¡qué coño! Más os vale darme otra cerveza, que, de tanto hablar, se me está quedando la boca seca. Ya me la suda que la cerveza sea sin alcohol, pero joder, mostrar un poco más de cortesía. ¿De qué vais, cómo que no soy vuestro invitado? A ver, pero aclaraos, ¿queréis que hable o no? Eeeeh muy bien, esa cervecita, esto ya es otra cosa… si pensabais dármela desde el principio podíais haberos ahorrado lo de venir de chuloputas.
En fin, a lo que íbamos, el pavo de la gabardina. Pues, la verdad, no sé muy bien por donde me llevó: sé que callejeamos un rato, y luego me metió por medio de una arboleda. El lugar al que acabamos llegando fue a una pequeña playa con una caseta de madera y un embarcadero bastante modesto. Ya cuando lo vi, pensé que seguramente el «crucero» iba a ser un barcucho destartalado fabricado en el año de la pera. Pero es que luego vi a la gente que esperaba en la playa y la impresión que me dieron fue justo la contraria, ya que, prácticamente, todos eran gente bastante bien vestida, muchos de los cuales llevaban complementos de marcas caras. Empecé a pensar que puede que fuese verdad lo de que el viejo estaba metido en alguna sociedad de élites o alguna cosa rara.
Lo cierto es que allí, en la playa, no interactué con nadie. Muchos parecían venir en familia y otros, por lo visto, ya se conocían de haber hecho el mismo viaje otros años. Me pareció escuchar a un hombre con gafas y de avanzada edad lamentarse de que no veía por la playa al amigo de mi padre, comentando que era impropio que llegara tarde, con lo que debía de haberle surgido una indisposición o algo. Aunque, sinceramente, no hice demasiado caso, estaba más atento a tres chavalitas jóvenes que andaban por ahí. Dos parecían hermanas y, la tercera, estaba acompañada de un hombre que supuse que sería su padre. Pensé que, en algún momento, puede que se me presentase la ocasión de… confraternizar con ellas. Espera, ¿por qué me miráis así? Ya, ya, pensáis que parezco un baboso, pero es que teníais que ver lo buenas que estaban. Sí, creo que no lo he arreglado precisamente diciendo eso, pero vaya, que me la suda. No estoy aquí para ganarme vuestra aprobación, ¿vale? Mierda, ya me he perdido, ¿por dónde iba? Ah, sí, la gente en la playa.
Pues debo comentar, ahora que pienso en ello, que estaba tan atento a las chicas que no le di mucha importancia al hecho de que había sido como si el gigantón chepudo de la gabardina hubiera desaparecido en el aire. Muy extraño, en verdad, pero vaya, que no podéis culparme de no haberme fijado en ello. Soy joven, yo estaba a lo que estaba. Seguro que a mi edad vosotros erais también unos putos salidos. Y, la verdad, alegraba mucho más la vista mirar a las chavalas que ponerse a espiar a ese puto Cuasimodo de ojos saltones.
Os ha hecho gracia lo de Cuasimodo ¿eh? Sabía que os estabais haciendo los duros. Sí, sí, lo de ser profesionales ya me lo sé, no me vengáis con ese cuento. ¿Qué os creéis, los Men in Black? Ja, que puto postureo os traéis. Sí, vale, que sí, continuaré con la narración. Estáis tomando notas ¿verdad? Espera, ¿qué estáis registrando todo, tal cual lo digo? Ostia, pues ya verás quien tenga que leer esta mierda. Mira ¿sabes qué? Voy a haceros un favor y a intentar que lo que queda de declaración o como lo queráis llamar se note un poco más profesional. En parte porque empiezo a aburrirme ya de vacilaros y quiero acabar cuanto antes y marcharme a dormir. Sí, lo reconozco, también es que me ha dado un poco de cosa el saber que estáis escribiendo todo lo que digo, si lo lee mi padre no quiero que se piense que no solo soy un mentiroso, sino también un gilipollas. Espera, ¿habéis escrito también eso? Joder, la madre que os parió… En fin, me controlaré, me controlaré, pero juradme que eso último lo vais a quitar. Y a poder ser también las cosas que me hacen quedar como un imbécil.
Bueno, pues eso, que perdí de vista al chepudo, pero tampoco le di importancia en aquel momento a su repentina ausencia. Era un tipo discreto para su tamaño, seguramente se había escabullido aprovechando mi distracción. Pero vaya, que yo estuve un rato en la playa esperando, deliberando sobre si debería hacerme el encontradizo y ponerme a hablar con alguien. Sí, preferiblemente con las chicas. Pero nada, que no tomé la iniciativa y, cuando me quise dar cuenta, el crucero ya estaba llegando. Era una pasada de barco, la verdad, así que no pude evitar sorprenderme por el contraste que generaba al compararse con el embarcadero de mierda en el que estaba atracando. Me recordaba a aquellos en los que alguna vez había viajado cuando mi padre me llevaba de vacaciones a sitios como las islas griegas o Egipto.
Un hombre bajó a amarrar el barco. Me llamó la atención que tenía unos ojos muy similares a los del de la gabardina, me pregunté si serían familia o si, simplemente, había coincidido que los dos tenían la conjuntivitis más fea que he visto en mi vida. Lo reconozco, pensé en guardarme ese chascarrillo por si surgía la oportunidad de hablar con alguna de las chicas. ¿Cómo? ¿Queréis saber si en la tripulación había más gente con esos rasgos? Pues lo cierto es que, prácticamente, todos los que se dedicaban a labores más físicas tenían ese aire raro, mientras que los camareros y los que estaban más «de cara al público» tenían un aspecto bastante más normal.
Bueno, pues eso, que iba a subir al barco cuando me di cuenta de que, con lo extraño de la situación, me había olvidado del equipaje. Ya iba a darme la vuelta o a decir algo cuando note que me tocaban en el hombro. Al darme la vuelta, casi me da un infarto: era el gigantón chepudo. Pero, en vez de la farola, lo que llevaba consigo eran mis maletas. La verdad es que es bastante inquietante el tema, o sea, ¿se había metido en el piso en el que yo estaba alquilado? Y, para empezar, ¿cómo coño sabía cuál era el mío? Pensándolo en frío, es para cagarse de miedo, pero estaba demasiado desconcertado como para poder procesarlo todo. Así que me limité a dar las gracias y seguí al resto de viajeros hacia el interior del crucero.
Sí, lo sé, me estoy dando cuenta: hasta ese momento ya había habido muchos indicadores de que el tema tenía mala pinta, pero yo estaba tan a lo mío que, en el momento, apenas me percaté de ello. Pero vaya, que eso a todos nos ha pasado alguna vez, ¿no? El ver que seguramente lo que estamos haciendo es una pésima idea, pero seguir para adelante, ¡vete a saber por qué! ¿Espíritu de la aventura o simple inconsciencia? ¡Yo qué sé! Y sí, como narrador dejo mucho que desear, pero creedme que digo la verdad. Y si no queréis creerme, pues ¡allá vosotros! Yo voy a dormir igual de tranquilo.
Oye, que son ya las tres y media de la mañana. Ya es demasiado tarde ¿no os parece? Será mejor que me dejéis tranquilo, ya hablaremos mañana, porque malamente voy a acordarme de los detalles estando cansado. Anda, parece que sois tíos razonables al final. Pues mira, hasta mañana. Y, para la próxima, no olvidéis traerme otra cerveza… ¡y, esta vez, preferiblemente que sea con alcohol!
* * *
Joder, ¿ya estáis de vuelta? ¿En serio? Bueno, a ver, primero de nada, la cerveza. ¡La puta! ¡Otra vez sin alcohol! Bueno, creo que con eso voy a tener que tirar la toalla… En fin, queréis que os hable de lo que pasó en el barco, ¿no? Pues a ver, lo cierto es que, según subimos, nos recibió el que debía ser el guía. Se trataba de un chico moreno de unos… ¿treinta y tantos años? Parecía mayor que yo, pero no era ni por asomo de la quinta de mi padre. Nos miró a la cara uno por uno y, luego, se volvió hacia otro individuo que pasó a su lado, deliberando con él en voz baja. Se les notaba un poco alterados. Pronto el otro se marchó, y el guía recuperó la compostura. «Primero de nada, ¿alguien sabe si va a aparecer Jaume Pons?».
Me di cuenta de que se refería al puto viejo, así que respondí que no. El guía carraspeó un poco, visiblemente incómodo. «Pues… en ese caso puede que en la tribu no nos quieran recibir». Escuché a algunos de mis acompañantes protestar por lo bajo, entre ellos al señor mayor con gafas. «Pero, ¿qué pasa con los de la tribu, qué pasa con el tal Jaume?» preguntó la chica que iba con el padre. Pelo rojizo larguísimo, ojos negros super brillantes, un pecho… ufff… perdonad, me traicionan las hormonas. Lo cierto es que su padre no supo responder, así que vi la oportunidad de oro para interactuar con ella. Primeramente, me presenté para, acto seguido, disculparme por haber escuchado su conversación. Tras ello, ya entré plenamente en materia: «Jaume» le dije «es un amigo de mi padre. Al parecer, tiene una relación muy estrecha con el chamán de la tribu». Ella me miró extrañada. «La verdad es que no tengo ni idea de qué va todo esto» me respondió. «Papá y yo ganamos el viaje en un sorteo. Se supone que íbamos a escuchar a la Voz».
Ahora fui yo quien le miró con extrañeza y le pregunté que a qué coño se refería con que venían a escuchar a la Voz, si eso no era un programa de televisión o algo así. Ella me respondió que no sabía de qué le hablaba, que ella me acababa de decir que venían a contemplar ballenas. Le dije que a lo mejor le había escuchado mal, pero, entre vosotros y yo, estoy convencido de que dijo lo de la Voz. Pero bueno, ahora mismo eso no viene al caso. Lo cierto es que me dijo que ella se llamaba Cordelia Pardo y que su padre era Eric Pardo. Yo le dije que me alegraba de ver que había más gente de mi edad. Ella se rio entre dientes. «Ya, yo cuando llegué a la playa y empecé a ver tanto paisano mayor, me preocupé; me empezaba a ver que el único que se lo iba a pasar bien aquí era mi padre». Eric, el padre de la chica, nos cortó para decirnos que el guía estaba hablando y no nos estábamos enterando. Por lo visto, íbamos a reemplazar la estancia con la tribu por una pequeña acampada al otro lado de la isla. Pero que para eso quedaba bastante tiempo, había cosas que haríamos antes.
Lo siguiente que recuerdo, después de dejar las maletas en la habitación, fue ir a cenar. ¡Ay va! Me he dado cuenta de que ni siquiera he dicho cómo era el barco. Por dentro era de época, muy de película la verdad. ¿Habéis visto las pelis de Hércules Poirot? ¿Cómo? ¿Que sois más de los libros? Espera, ¿hay libros? ¡Joder, no anotéis esto, que parezco un puto inculto! ¡Me van a decir que de poco me ha servido estudiar de pago! Bueno pues eso, que parecía el escenario de una película de Poirot. Y el restaurante de a bordo también. Tenían en plan bufé libre y mezclaban comida «de aquí» con otras más exóticas. Pues, a ver, la cosa es que me junté con Cordelia y Eric. Y, una vez que tomamos sitio, me separé un momento de ellos para ir a servirme a la barra.
Fue entonces cuando choqué con alguien. Me giré de golpe y me quedé petrificado. ¿Qué? ¡No! ¡No es que me asustara, al contrario! Me quedé sobrecogido, eran unos ojos verdes profundos como el mar, casi sobrenaturales. O sea, ella no estaba antes en la playa, me habría fijado. Al ver esos ojos, me quedé un rato prácticamente inmóvil; no me extrañaría que se me hubiera abierto la boca. Por lo demás, era una chica bastante normal: menudita, pelo castaño claro, pecho y culo decentes… ¿Cómo? ¿Qué si tenía algún otro rasgo identificativo? Pues sí, un pendiente, como una perla verde. ¿Qué si me dijo su nombre? Sí, Petra, ¿por qué tanto interés? ¿Qué estáis murmurando? Ja, ja… confidencial. Ya me imaginaba que diríais algo así.
La cosa es que la chica, casi sin inmutarse y prácticamente ignorando mi reacción, me dijo que yo no debería estar aquí. Y que tuviera cuidado con lo que preguntaba y a quien preguntaba porque, si no… iba a tener que… espera, espera, ¿no será que fue ella quien…? Otra vez confidencial, ja, la madre que os trajo, puto secretismo. Pero ostia, es que empiezo a recordar vagamente algo… ¿Cómo que no piense en ello? ¿Qué siga con la narración? ¡La leche! ¡Qué raro en vosotros, cerveza con alcohol! Con ese incentivo, creo que voy a poder hablar más animadamente.
Bueno, pues la chica, Petra. Tras decirme eso, se retiró para su mesa, situada en un rincón cerca de la puerta. No me atreví a seguirla porque estaba bastante… bien acompañada. Con ella estaba sentado un chico algo más mayor que yo, con gafas, vestido de blanco. Y, junto a él, se encontraba un inmenso hombre obeso que debía padecer alguna enfermedad extraña en la piel, ya que estaba recubierta de verrugas y pústulas. Decidí no entretenerme mucho más, terminar de servirme y volver con Cordelia y su padre. Del pequeño incidente no quise mencionar nada, aunque ya no pude sacármela de la cabeza.
Cuando fuimos a salir del restaurante miré de reojo a la mesa de Petra, pero ella ya no estaba. De los tres solo quedaba allí el obeso, que seguía comiendo. O, mejor dicho, engullía. Se detuvo al darse cuenta de que le estaba mirando, y me dirigió lo que interpreté como una sonrisa cargada de malicia. Después, soltó un sonoro eructo para, a continuación, seguir comiendo. Dios, juro que parecía más una bestia que un hombre. Posiblemente mis dos acompañantes hicieron mejor que yo, ya que ni siquiera le prestaron atención. En ese momento, me acordé de algo que me dijo mi padre, «si ves a un tío que tiene malas pintas, lo peor que puedes hacer es quedarte mirándole a los ojos». Pero me estoy desviando del tema. Me despedí de Cordelia y nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones.
Al entrar en mi estancia, me sorprendió ver que no tenía nada que envidiar de la de un hotel de cinco estrellas. Aunque, pensándolo bien, no era de extrañar, y más viendo como era el resto del barco. En ese momento no me dio mucho tiempo a fijarme en cómo era la habitación, estaba tan agotado que, en cuanto caí sobre la cama, me quedé sobadísimo. En mis sueños, me invadió el recuerdo de los ojos de Petra, la chica de la perla. Luego, la visión se alejó para mostrar su perfil completo. Estaba sentada en un asiento de terciopelo, vestida con unos shorts, un top y una chaqueta abierta. Con la mano izquierda sujetaba una cadena. Y esa cadena estaba enganchada directamente a mi cuello. «No escuches a La Voz» me decía, repetitivamente. «No escuches a La Voz». De repente la cadena se rompió y mi visión se volvió… «rara». Podría describir lo que percibí diciendo que, en ese momento, era como si estuviera observando una televisión con estática. Cuando las «interferencias» terminaron, la chica ya no estaba allí. Lo único que quedaba era la negrura. Y, en la negrura, se observaban los ojos saltones del tío de la gabardina. «Escucha a La Voz» decía una voz cavernosa. «Escucha a nuestro amo». De pronto, me vi en mi habitación. Había una figura femenina de pelo largo, sentada de espaldas a los pies de mi cama. Me desperté de golpe y ya no estaba allí, así que pensé que debía haber sido un sueño.
Lo interesante fue que, entonces, me percaté de algo en lo que no me había fijado el día anterior: en frente de la cama había una mesa y un espejo. Y, sobre la mesa, se encontraba un pisapapeles cuanto menos peculiar: era idéntico a la estatua de la ballena rara de las fotos del viejo, aunque en menor escala, obviamente. Me incorporé y me acerqué para echarle un vistazo. Al levantarlo, me di cuenta de una cosa: por debajo tenía una etiqueta en la que ponía «Escucha a La Voz / Listen to The Voice / Écoute La Voix». La verdad, me dio escalofríos. Bajo el pisapapeles encontré también lo que parecían panfletos turísticos, exaltando la maravilla natural que eran las Islas Chiscut. Debo decir que, en esos primeros momentos del viaje, lo más chocante era el contraste entre lo mundano de algunas cosas y lo jodidamente raro de otras. Aunque, joder, Petra, esos putos ojos verdes… me habían hecho algo raro.
De todas formas, al encontrarme con Cordelia se me pasó un poco. Es complicado comparar a Cordelia y a Petra: digamos que Cordelia es la típica «tía buena», con cuerpazo y cara bonita; Petra, en cambio, aunque físicamente es más… «convencional», tiene un no-sé-qué. Es como una belleza ultraterrena, casi sobrenatural. Pero vaya, que cada cual a su manera, pero ambas eran unos pibones.
En fin, que íbamos por el pasillo, dirección al comedor para desayunar, cuando pasamos cerca del guía. Este hablaba con un individuo que debía ser personal del barco y que tenía esos rasgos extraños, o sea, los ojos abultados y tal. Parecían alterados y, de su conversación, pillé palabras sueltas: «chica», «perla verde» y «verrugoso». Cuando llegamos a su lado, se percataron de nuestra presencia y nos saludaron educadamente, poniendo fin a su conversación. Esa es la única anécdota reseñable que recuerdo de antes de desayunar. Que, hablando del desayuno, no vi a nadie del grupito de Petra. En cierto momento, me acerqué al señor de gafas que ya había ido más veces y que conocía al viejo Jaume. Le pregunté si sabía algo de aquella chica, de Petra, ante lo cual reaccionó con lo que interpreté como una cierta incomodidad. Su respuesta fue «chico, no sé de qué la conocerás, pero guarda las distancias. No sé qué pinta aquí, pero nos puede fastidiar el ritual». Le pregunté de qué ritual hablaba, y me respondió que él no había mencionado ningún ritual, que había dicho el viaje. El viaje a los altares de Ghisguth. Y cuando le pregunté por los altares, me dijo que de qué estaba hablando, que él había dicho «a las Islas Chiscut». Mirad, tíos, yo ya no sabía si me estaban tomando el pelo o qué. Luego, ya en la mesa y charlando con Cordelia, pasó otra del palo, no me acuerdo de qué hablábamos, pero también dijo otra cosa rara en plan «hay que preparar la ofrenda para La Voz», o algo parecido. Y, cuando le pregunté por lo que acababa de decir, me dijo que me lo habría imaginado.
Pero vaya, que después, íbamos a ir a la piscina que había en la cubierta. Cordelia me dijo que tenía que cambiarse de ropa, así que me invitó a que fuese yendo sin ella, que ya me alcanzaría. Así que, bueno, subí por las escaleras, fantaseando con ver a Cordelia en bikini cuando ¡bam! Mis ojos se toparon con ella. No, no me refiero a Cordelia, todavía estaba cambiándose. Me refiero a la figura casi melancólica de Petra, que parecía estar mirando ensimismada al horizonte, apoyada en una de las barandillas que marcaban los límites de la cubierta. Aunque no sé si «ensimismada» es la palabra… más bien diría que tenía la mirada perdida. Sin embargo, según me acerqué, pude comprobar que ella ya se había percatado de mi presencia. «Tú no tendrías que estar aquí» me dijo. «Si en tu lugar hubiera venido el señor Pons… quiero decir, el puto viejo, todo habría sido más fácil».
Sentí un escalofrío cuando lo llamó «el puto viejo». Pudo ser casualidad, pero ya os habéis dado cuenta de que así es como suelo llamar yo a Jaume, el amigo de mi padre. Sin mediar explicación, se dio la vuelta y, pasándome su delicada mano por el torso, me dijo: «Tú no estás loco, Marco. O, al menos, no aún». Entonces, levantó la mirada y me clavó los ojos. «Tienes suerte de no saber nada, aunque creo que ya has empezado a escuchar La Voz. ¿Cuánto tiempo te quedará, pobre infeliz?»
No podéis imaginaros el estado de nerviosismo en el que me puso. Ya no eran solo esos ojos sobrenaturales, o esa voz aterciopelada, murmurando insinuaciones siniestras. Era que había dicho mi puto nombre. Yo no se lo había dicho y no caía en cual podía haber sido el momento en el que lo habría podido escuchar. Pasaron unos instantes angustiosos que me parecieron horas… ¿cómo una chica tan jodidamente guapa podía dar tanto mal rollo? Aunque, al mismo tiempo, sentía un extraño embrujo, como si quisiera que me encadenara… ese pensamiento me hizo recordar el sueño que tuve por la noche. Creo que empecé a tener hasta sudores fríos… pero, entonces, escuchar la voz de Cordelia a mis espaldas pareció romper el embrujo. Me aparté rápido de Petra y me di la vuelta para saludar a Cordelia. Creo que, incluso, llegue a decir en voz alta que era un alivio que hubiera aparecido en ese preciso momento.
«¿Con quién estabas hablando?» me preguntó. Yo le respondí que con una chica que se llama Petra, pero Cordelia me dijo que era imposible, que allí no había nadie. Dije que no podía ser, pero, cuando miré hacía la barandilla, ella ya no estaba. Vaya rayada, yo ya no entendía nada. Y va entonces y la puta Cordelia me suelta: «habrás escuchado demasiado a La Voz».
Yo ya pasé de preguntarle de qué hablaba, porque me esperaba que respondería negándolo todo, como ya era costumbre. Así que bueno, decidí dejarlo pasar y disfrutar de las vistas de Cordelia en bikini, mientras nos bañábamos un rato en la piscina. Fue una buena desconexión, después de tanta cosa rara. Poco a poco, fue subiendo más gente a la cubierta, entre otros las dos chavalitas, pero tampoco interactuamos demasiado con ellas, la verdad. Lo siguiente que recuerdo es salir de la piscina, a eso de la una y pico, para bajar al restaurante a comer… después de habernos dado una buena ducha y cambiarnos de ropa, claro está. Y, hablando de comer, ya va tocando, ¿no? Traedme la comida y ya luego seguimos con esto. Espero que al menos la de hoy no sea tan cutre como la que me habéis preparado los días de atrás…
* * *
Bueno, a lo que íbamos. A la tarde, el guía nos congregó en el hall para decirnos que habíamos atracado en nuestra primera parada, Janúa, un pequeño islote exterior de las Islas Chiscut. El guía empezó a vomitar datos inútiles, como que esa isla había sido la primera que habían pisado los descubridores de la isla, unos comerciantes procedentes de un pueblo pesquero del lejano Massachusetts, o que el nombre de Janúa procedía del término en latín para «puerta». Resumiendo mucho, desconecté. Mientras estaba explicando, hubo un momento en el que miré hacia un lado… casi me atraganto con la saliva al toparme de lleno con los ojos verdes de Petra. Al mirarla, sentía como que una serpiente se estuviera enroscando a mi alrededor, limitando mis movimientos sin que yo pudiera hacer nada… como si me hubieran colocado al cuello una soga que apenas me dejaba respirar. Pero, al mismo tiempo, ¡qué caliente me ponía! Lo gracioso es que, detrás de ella, estaba ese tipo gigante y verrugoso, pero apenas era capaz de prestarle atención.
Tuve que hacer un esfuerzo tremendo para apartar la mirada. Y, al hacerlo, fue como si el aire volviese a entrar de golpe en mis pulmones. O sea, ¿alguna vez habéis visto a alguien que os haga sentir como si estuvierais cara a cara con un depredador? ¿Cómo si con una palabra suya pudiera hacer que dejaras de respirar y cayeras fulminado en el sitio? Esa era Petra. Joder, todavía ahora no puedo evitarlo, podría estar hablando de ella todo el día. Me obsesiona y me aterra. Casi tanto como La Voz. Espera, ¿yo he dicho eso? Uff, ya casi hablo como ellos.
Pero, en fin, en fin, espabilemos, que me queda mucho que contar. La cosa es que, después de que el guía nos soltara su parrafada, nos abrieron la puerta del barco y pudimos bajar a tierra por un modesto muelle… si es que se le podía llamar así, porque, en la práctica, era poco más que un madero tumbado. Bueno, pues eso, que bajamos a la isla, que más bien era un peñón. «Siento La Voz acariciándome en el rostro» dijo Cordelia. Le pregunté si había mencionado al viento y me dijo que sí, que era muy agradable, «casi tanto como La Voz». Le pregunté de qué coño hablaba y me dijo que qué narices me pasaba a mí, que a ella no le parecía que hubiera dicho nada raro. No estoy loco, os lo juro, no estoy loco… o al menos eso creo. ¡Joder! Cada día lo tengo menos claro.
Sí, sí, lo que pasó después. Pues ¿qué queréis que os diga? La verdad es que no demasiado. El guía nos habló de cierto suceso que el gobierno de España trató de ocultar, lo de aquella vez que [CENSURADO] entró en contacto con [CENSURADO] y recibió de él los secretos de [CENSURADO]. ¿Sabéis de lo que hablo? ¿Cómo que «hablar de ello tan a la ligera puede llevarme a la tumba antes de tiempo»? Bueno, pero vosotros me protegeréis ¿no? Al fin al cabo soy vuestro… ¿testigo, rehén o qué coño soy aquí? Bueno, pero tengo razón, ¿verdad? Vale, vale, bien, eso pensaba.
Pues, después de revelarnos eso que, según vosotros, es prácticamente un secreto de Estado, nos llevó a una pequeña caverna natural. Las paredes estaban decoradas con pinturas rupestres que representaban a una multitud de hombres con cabeza de pez, adorando a aquel dios ballena extraño. Y, en una cavidad de la cueva, habían tallado en relieve una figura bastante tosca de aquel extraño ídolo.
Hombre descarriado, escucha a La Voz,
Hombre descarriado, escucha sus verdades.
Hágase su voluntad, a lo largo de su alfoz
Hágase su voluntad abajo en las profundidades
Sé que escuché ese extraño cántico alto y claro; pero, cuando pregunté a la gente de mi alrededor, aseguraron que nadie había dicho nada. El único que pareció reaccionar a ello de algún modo fue el hombre mayor de gafas, que se limitó a decir: «creo que alguien ha sido enormemente bendecido». Cuando le pregunté a qué se refería, se limitó a decir que cada cosa a su debido momento, pero que cuidado con «mi amiguita la de la perla». Se refería a Petra. Miré a mi alrededor, pero no la vi por ningún lado. A saber dónde se habría metido…
«¿Estás buscando a alguien?» me preguntó Cordelia. Lo negué. Quiso saber si había averiguado de dónde venía la canción, pero sentenciando inmediatamente que seguramente lo había imaginado, puesto que ella no había oído nada. No podéis imaginaros mi frustración cuando, un rato después, Cordelia comenzó a tararear una melodía que sonaba jodidamente igual al ritmo de la canción que había creído escuchar… no, mejor dicho, que estaba seguro de que había escuchado. Empezaba a sentir que había algo raro con Cordelia, con Eric, con todos…
Le pregunté dónde había oído esa canción, y la jodida Cordelia va y me dice que «¿qué canción?» En ese momento sentí mi sangre hervir. Solté un gruñido de frustración y volví yo solo al interior del crucero. Cuando entré en el hall, me crucé con Petra y, aunque no quise detenerme a mirarla ni a hablar con ella, de reojo me dio la impresión de que esbozaba una sonrisa maliciosa. Me encerré en mi camarote, dispuesto a pasar allí toda la tarde encerrado, hasta que llegara la hora de cenar. Cuando fui hacia la cama, me percaté de que habían dejado sobre el edredón un sobre lacrado. Lo abrí para ver qué diablos era, encontrando en su interior algo que me hizo ponerme rojo de rabia. Una simple frase: «¿No te parece divertido?» Y, a modo de firma, una mancha de pintalabios, como un beso. No, nada de eso tenía ni puta gracia. Sentía que estaban conspirando para hacer que me volviera loco. Cogí la carta y la hice pedazos. ¿Quién había sido la tremenda zorra? ¿Petra? ¿Cordelia? ¿O un hombre haciéndose pasar por mujer? Ya sospechaba hasta del puto viejo, y eso que ni siquiera había venido. Aunque, a lo mejor, lo había dejado preparado todo de antemano. ¡Joder! Todavía me cabreo solo de pensarlo. Respira hondo, Marco… respira hondo…
La cosa es que, después de un rato, alguien picó en la puerta. Era Cordelia. «¿Estás bien? Me preocupó la forma en la que te marchaste antes». Le dije que sí y, para evitar la confrontación, me limité a comentar que en los últimos días había estado cansado. Sin más explicaciones ni nada. Me abstuve de preguntar por la carta, total, para lo que iba a servir… Quedé con Cordelia en que nos veíamos luego en el restaurante.
Me quise echar una siesta, pero tuve pesadillas. Soñé otra vez con Petra. Yo estaba tumbado en el suelo, ella se cernía sobre mí y ponía una de sus manos en mi cuello, dispuesta a estrangularme, mientras con la otra hacía el gesto de pedir silencio, colocando el dedo sobre unos labios que dibujaban una sonrisa burlona. «Esta vez La Voz no va a salirse con la suya. Es una lástima, pero vas a tener que morir por mí, Marco».
Me desperté sobresaltado y con sudores fríos. Al mirar el reloj, vi que aún quedaban un par de horas para la cena. Me acordé de que, mirando los planos del barco, había visto que, en la primera planta, había un área comercial, a la cual decidí ir. No me apetecía volver a intentar dormir y soñar otra vez con esa zorra. Bueno, había una parte de mí que sí quería, pero, por mi salud mental, decidí ignorarla.
Lo cierto es que fui de tiendas y bueno, la verdad es que el sitio estaba chulo. Había establecimientos deportivos, de videojuegos y de todo un poco. Yo estaba super tranquilo cuando, de repente, mientras estaba mirando unos chándales, me topé de morros con el tipo de la gabardina. Me agarró del brazo con firmeza, pero sin hacerme daño, y murmuró algo en un idioma que no entendía. Lo raro es que no sentí agresividad en él y, lo que es aún más extraño, en mi cabeza sabía lo que me estaba diciendo: «Escucha a La Voz. Engendra un retoño con tu sacerdotisa. Serás premiado por Aquel que está en lo hondo. Tu prole vivirá por siempre».
Creo que quería decirme algo más, pero entonces pareció darse cuenta de que había algo detrás de mí. Pude sentir el pánico en la mirada. Me soltó apresuradamente y abandonó el lugar con paso ligero. Yo me di la vuelta para ver qué era lo que había visto. Y allí estaba ella. Otra vez. Clavándome sus ojos verdes mientras colocaba el índice delante de sus labios, congelados en la misma mueca que tenían en mi sueño. Acto seguido, extendió esa misma mano y la pasó por mi cuello, diciendo: «Es una lástima». Sí, solamente eso, porque luego se fue. Una vez más, volví a sentir ese torrente incontenible de emociones, era como si en esa chica estuvieran contenidas todas las putas contradicciones del mundo: belleza y horror, calidez y frío, gentileza y crueldad… vida y muerte. Joder, era como una puta diosa.
Cuando fui a cenar con Cordelia, apenas cruzamos palabras. ¿Eric, el padre de Cordelia? ¿Por qué me preguntáis por él? Ostia, es verdad, ahora que lo pienso, no sé en qué momento dejó de estar con nosotros. Al principio del viaje éramos Cordelia, su padre y yo, pero, en cierto momento, fue como si simplemente él desapareciera. Mirad tíos, es que eran muchas cosas, yo no estaba a lo que había que estar. Podría haberle salido un cuerno en la frente a Cordelia y, a lo mejor, ya a esas alturas ni le hubiera prestado atención. ¡No digo que pasara, eh, era solo un ejemplo! Pero eso, que me entendéis. Debo decir que casi se me atraganta la comida cuando volví a ver a Petra en el comedor. Otra vez puso el puto dedo en los labios y yo, instintivamente, me puse en tensión. Sentí como una presión extraña en el cuello, esa sensación de tener una soga alrededor que ya había experimentado con anterioridad. Cada vez me fue costando más respirar hasta que, finalmente, me desmayé, acabando en el suelo, con silla y todo. Lo último que recuerdo fue a Cordelia, con cara de preocupación, gritando algo que yo ya no podía escuchar.
Cómo no, volví a soñar. Otra vez estaba Petra, entronizada, sujetando una cadena que me oprimía el cuello. «Has escuchado demasiado a La Voz, pobre infeliz. Pero esta vez voy a ganar yo». Pronto sucedió algo parecido a lo del primer sueño y volvieron a tener lugar esas interferencias extrañas, esas rayas de colores similares a las que aparecen en una televisión sin señal. Vi a Petra pelear contra algo que yo no podía ver y, al final, ese algo consiguió expulsarla de allí. «Es inútil, yo ya he ganado» fue lo último que la oí decir. Después, sentí el cálido abrazo de la oscuridad y la presión se alivió. Me vi en mi habitación, había una figura femenina abrazada a mí. Desnuda. Ya la había visto antes… ¿era Cordelia? Me incorporé de golpe y allí no había nadie. Aunque sí había una silla al lado de la cama que antes no estaba. Sin duda, alguien había estado haciéndome compañía mientras dormía. Miré la hora y vi que todavía era muy pronto, las cinco o las seis de la mañana, así que decidí echarme a descansar otro rato. Y esta vez no soñé nada. Aleluya.
A la mañana siguiente, Cordelia me vino a buscar para preguntarme qué tal me encontraba. Aproveché y le pregunté si había estado en mi habitación; ella me dijo que sí, que yo me había puesto febril y que ella estuvo sentada junto a mi lecho hasta que me bajó la temperatura y se normalizó mi respiración. Entonces yo le hice la pregunta del millón: si se había metido conmigo en la cama. Ella se puso roja como un tomate y lo negó con nerviosismo. Traté de quitarle peso al tema diciendo que estaba bromeando, pero realmente no estaba nada convencido de si aquello había pasado o no. Yo apestaba a sudor, y era cierto que Cordelia dijo que era de la fiebre, pero… yo no tenía conciencia de haber estado febril, solo recordaba lo de la asfixia. Le pregunté a Cordelia si había visto a Petra y ella, visiblemente incómoda, dijo que no.
Esperad, ¿qué me preguntáis? ¿Si le había dicho a Cordelia que esa otra chica se llamaba Petra? ¿Puede? La verdad es que no lo recuerdo bien. Pero sí, es extraño que averiguara tan fácilmente de quién estaba hablando. ¡Es que no me suena ni haber mencionado alguna vez a Petra cuando hablaba con Cordelia! Ya, pues sí, es como si todo el mundo supiera más de lo que tenía que saber. Y luego estaba yo, que me hacían sentir como un gilipollas o un loco.
Uff pero es que puta Petra, lo que me hizo hacer… y lo peor es que ni siquiera puedo guardarle rencor, siento como si quisiera hacer todo lo que me dijera… ¿Qué estáis murmurando? Ay, mi cabeza está haciendo cosas raras. Esos malditos ojos verdes… Necesito descansar, me empiezo a sentir aturdido. Por favor dejadme dormir y mañana seguimos. ¿Cómo? ¿Qué con lo rebelde que estaba al principio, ahora parezco un perrito obediente? No entiendo ni yo lo que me está pasando. Siento que ella está cerca. Y que quiere que termine de contarlo. Por algún motivo siento que, antes de irme, debo dejar constancia de esto. Espera, ¿de irme? ¿A dónde? ¿Qué estoy diciendo? Ay… necesito dormir un poco…
* * *
Ay, ya estáis aquí. Ya nos queda poco. Pues bien, ese día desayunamos con normalidad y, poco después, el guía nos dijo que habíamos llegado a la isla principal de la Chiscut. Pasaríamos allí unas noches, así que nos instó a bajar las maletas. También hizo hincapié en que, tal como nos había comentado, en vez de ir con la tribu nos instalaríamos en un camping improvisado en la otra punta de la isla. «Que alegría, finalmente vamos a pisar la tierra sagrada, Ghisguth nos aguarda» escuché decir a alguien. «Debemos escuchar La Voz» dijo otro. Yo ya no sabía si realmente estaba escuchando bien, si deliraba o qué coño pasaba. Sentía los ojos de Petra clavados en mi nuca, o, quizás, más bien lo estaban en mi alma pues aunque miré para todos lados, no conseguí verla. Y, sin embargo, sentía que ahí estaba, esperando algo de mí. Y, yo sabía que, cuando llegara el momento y me lo pidiera, no iba a poder negarme.
A quienes sí pude ver fue al de la gabardina y a más individuos con rasgos similares a los suyos que, al poco de llegar, comenzaron a talar árboles y a usar su madera y hojas para construir varias cabañas. Era raro, pues no les vi que tuvieran hachas ni nada similar, casi parecía que sus manos eran… ¿pinzas?
Mientras observaba cómo trabajaban, el hombre de gafas vino a hablar conmigo: «Vas a hacer que Jaume esté orgulloso cuando desempeñes el papel que te ha tocado. Pero mantente lejos de la chica del pendiente de perla, ella es una amenaza para nuestra causa y nuestra sociedad. En el gran esquema de las cosas, no tiene poder alguno para impedir que ocurra lo que ha de ocurrir, nuestro triunfo definitivo está escrito. Pero es un escollo importante… aunque no tiene poder sobre nuestro señor, no quiero ni saber lo que puede hacernos a nosotros». Esta vez sentí que podía sacar respuestas, así que le pregunté quién era ella. «Ella… no es diosa ni humana. O tal vez es las dos cosas. Es un sueño… su dominio es el Erebo, es la oscuridad, la noche. Los griegos la llamaban Nyx, la madre y creadora de Hypnos y Thanatos, del sopor y de la muerte. Es una entidad muy antigua, pero no tanto como nuestro señor Ghisguth. Aunque… es fascinante a su manera… un descuido y acabas sucumbiendo. Se adueña de tus pensamientos, de tu corazón, de tu vida… ¡No! No debería seguir hablando de ella. Veo sus ojos, siento que intenta meterse en mi cabeza».
El hombre se hincó de rodillas y sacó de sus bolsillos una talla del dios ballena, a la cual comenzó a rezar fervorosamente. «Hombre descarriado, escucha a La Voz. / Hombre descarriado, escucha sus verdades. / Hágase su voluntad, a lo largo de su alfoz. / Hágase su voluntad abajo en las profundidades». No tardó en recobrar la compostura y procedió a entregarme un ídolo como el que él poseía. «Encomiéndate a él. Por mucho que ella te haya influenciado, confío en que nuestro señor pueda protegerte».
Acepté educadamente su obsequio y decidí que sería recomendable no hacer más preguntas. Lo metí en el bolsillo del pantalón y, al hacerlo, sentí como la mente se me despejaba, o, al menos, esa fue la impresión que me dio. Lo cierto es que sentí que el influjo que Petra tenía sobre mí se aligeraba algo. Llegó entonces Cordelia y me preguntó de qué hablaba con aquel hombre. Yo le dije que de nada importante.
Mientras acababan de montar el campamento, decidimos dar una vuelta por la isla, aunque obedeciendo las instrucciones del guía de no alejarnos demasiado. En cierto momento, Cordelia divisó algo en lo alto de un promontorio y me animó a que subiéramos a echar un vistazo. Yo accedí, al fin y al cabo, nunca está de más un poco de aventura y, en aquel momento, me vendría bien para desconectar.
He de decir que el terreno estaba super mal, era tremendamente irregular y lleno de malezas. Cuando estaba a punto de alcanzar la cima de la colina, tropecé con una raíz y me di la ostia del siglo. Y bueno, mi ropa quedó bastante hecha mierda. Cordelia me ayudó a levantarme, aunque no pudo evitar que se le escapase una risilla. «Espero que trajeras ropa de recambio». Yo respondí que sí, que por quién me había tomado. En ese momento, empecé a sentirme algo mareado, aunque no quise darle mayor importancia. Opté por pensar que había sido del golpe. Si me hubiera dado cuenta de lo que se me acababa de caer, quizás hubiera atado cabos, pero no fue el caso.
Lo que encontramos arriba fue otro ídolo, pero estaba muy dañado, desfigurado diría. Parecía intencional, ya que lo único que le faltaba era la cabeza, aunque la manera en que la habían mutilado resultaba casi antinatural. Y digo eso por lo limpiamente que había sido separada del cuerpo, era un corte perfecto, que casi parecía hecho con láser. El fragmento que había sido su cabeza estaba hecha añicos en el suelo. Y, entre los escombros sobresalía una perla verde.
Al verla, comencé a sentir una extraña enajenación, escuché en mi cabeza la voz de Petra: «Por esta vez, gano yo». Me llevé las manos al pantalón, el ídolo que me habían dado ya no estaba. Me dispuse a buscarlo por la zona, pero, antes de que pudiera hacer nada, Cordelia ya me había agarrado del brazo y me llevaba corriendo colina abajo. «Mierda, mierda, ¡mierda! Es su forma de amenazarnos, de decir que ella se ha cansado de esperar, ¡que tiene los preparativos listos y va a actuar! Hemos sido demasiado confiados, sabíamos que nos había seguido, que estaba entre nosotros, pero ella nunca se manchaba las manos, no es su estilo, ¡¿por qué ahora?!»
Claro que no era su estilo mancharse las manos. Y hoy tampoco iba a hacerlo. Cordelia había entendido fatal la situación. Pero vaya, lo cierto es que se apresuró a llevarme al campamento. Puede que ese fuera su mayor error. «¡Tú y yo debemos volvernos uno cuanto antes! ¡No podemos permitir que sabotee el ritual! ¡Debemos cumplir con el papel que el padre Ghisguth nos ha encomendado y alumbrar a sus nuevos hijos!»
Llegamos a donde se encontraba el resto y la chica echó un vistazo a las chozas, hasta dar con una que ya estaba prácticamente terminada. Llamó al de la gabardina, le dijo algo, y este llamó a otro individuo semejante a él. Acto seguido, Cordelia me condujo hacia el interior, mientras éramos escoltados por aquellos dos gigantones de ojos saltones. Ya estábamos a punto de atravesar el umbral cuando, al mirar a mi izquierda, me topé con unos ojos verdes que me miraban fijamente. Creo que tan solo la vi yo, pero eso era suficiente para que ella consiguiera lo que buscaba. El último pedazo de mi alma ya había sido arrancado de mi pecho y arrastrado hacia esos pozos esmeralda de los que ahora era preso.
A partir de ese momento, todo se vuelve borroso. Tan solo recuerdo sensaciones e imágenes sueltas. Recuerdo sentir la calidez de un cuerpo y vivir algo semejante a un sueño, en el que me fundía en un sensual abrazo con Cordelia. Pero, entonces, levantaba los ojos y veía la mirada de Petra. Cordelia ya no estaba. Solo estábamos Petra y yo, en una oscura pradera, alumbrados por una luna verde. «¿Sabes? Últimamente he estado aprendiendo a jugar al ajedrez. Y hay una expresión que me encanta para estas situaciones. Adivina cual es». Mis cuerdas vocales y mis labios se movieron solos, para articular una frase. «Jaque mate». Petra sonrió.
Dejé de verme en aquel prado y el escenario se transformó en una ciénaga. Yo estaba tumbado en el lodo y, cuando trataba de levantarme, una criatura se aferraba a mí con sus piernas y brazos, impidiéndome el movimiento. Era un ser humanoide, pero con rasgos que parecían un cruce entre los de los batracios y los peces. Forcejeé con él, consiguiendo liberar mis brazos y traté de empujarlo, intentando que me soltara, pero aquel engendro era tenaz. Instintivamente, lleve mis manos a su cuello, tratando de sofocarlo. La criatura empezó a agitarse, pero se negaba a aflojar su abrazo; al contrario, cada vez parecía aferrarse a mí con mayor firmeza. Sentí como sus garras atravesaban mi piel, hundiéndose en mi carne y haciéndome gritar de dolor. Fue entonces cuando fui consciente de que, si deseaba salvar mi vida, no tendría más remedio que acabar con la suya. Así que apreté con más fuerza, tratando de asfixiarlo. El monstruo luchó y se revolvió, pero, finalmente y tras unos instantes que parecieron una eternidad, acabó cayendo inerte.
Lo siguiente que recuerdo fue encontrarme en el suelo, sosteniendo entre mis brazos el cuerpo frío y muerto de Cordelia. Aparté mis manos de su cuello… aquello lo había hecho yo. Detrás de mí estaban Petra, el verrugoso y el otro chico joven de blanco que compartía mesa con ellos el primer día. El chico de blanco tomó la palabra: «citando a Julio Cesar: Alea iacta est, acabas de cruzar tu Rubicón. Que tu conciencia duerma, ¡que duerma sometida a la voluntad de la madre de la noche!»
Tras eso, nuevamente mi memoria se vuelve difusa, lo único de lo que me acuerdo es de verme en el centro del campamento, rodeado de cadáveres y alumbrado por el resplandor verdoso de una luna sobrenatural. Ahora que lo pienso, ¿cómo he llegado aquí? ¿Que no lo sabéis? ¿Que simplemente me encontrasteis a la puerta de [CENSURADO] y me retuvisteis aquí porque parecía tener relación con el caso de las desapariciones de Combarro? ¡¿En serio llevo aquí dos meses?! ¡La leche! Pero, oh… creo que empiezo a recordar. Sí, ella me trajo aquí, me trajo de la mano como si fuera su pequeño. Y pronto va a venir para ponernos a dormir. Sí, ponernos. Somos tres y solo necesita a uno para que haga llegar la información sobre lo sucedido a quién debe llegarle. Ah, ¿que además de vosotros hay más gente? ¿Qué esto es una base militar secreta? Es una auténtica lástima, la verdad, hubiera sido mejor si fueran menos. Solo uno va a salir de aquí. No, no estoy loco, de hecho, ahora mismo siento una gran claridad de mente. Iba a haber servido para engendrar a la prole de Ghisguth, pero, en vez de eso, acabé siendo un brazo ejecutor al servicio de ella. Y, como recompensa, voy a ser liberado de la efeméride de la existencia. ¡Ah! ¡Mirad! ¡Allí están! Esos ojos verdes sobrenaturales. ¿Por qué os asustáis? Ya está todo cumplido. Pronto podremos descansar.
* * *
El texto anterior apareció publicado en el número 45 de la revista sensacionalista Shangri-La 93. El editor, Leopoldo Teja, afirmó haber recibido el texto de un hombre trajeado que, nada más hacer entrega de él, falleció. Los forenses dictaminaron parada cardiorrespiratoria. Lo más extraño de la situación es que, aunque por una placa identificadora figuraba como Mike Zulu, no fue posible obtener información sobre él o sobre su familia en ninguna clase de registro o base de datos. De hecho, era evidente que su nombre no era real, sino que parecía un nombre en clave basado en el alfabeto internacional.
La censura parcial que se aprecia en la versión publicada es obra de Teja, ya que este, a la hora de editarla, consideró pertinente suprimir determinados datos, tales como ubicaciones, fechas e informaciones sensibles. Esto lo hizo, no por consideración hacia el lector, sino para evitar atraer curiosos y proteger su propia investigación de otros periodistas oportunistas que pudieran desear apropiarse de ella. También afirma que, aunque por cuestiones profesionales no puede desvelar la ubicación, pudo visitar el lugar donde se encontraba la base secreta de la que escapó el misterioso Zulu. Sin embargo, de esa base lo único que quedaba eran innumerables montones de polvo y escombros. Y, entre ellos, reposaba una misteriosa y cautivadora perla verde, cuyo resplandor lograba rivalizar con la gentil claridad de la luna.