—Jacinto —dijo Mónica, su cuidadora, elevando el tono para que pudiese oírla mientras acababa de lavar los cacharros de la cena—, mañana a las ocho de la mañana vuelvo, ¿vale? No te acuestes muy tarde —añadió con una sonrisa—. Ya sabes que si necesitas cualquier cosa me puedes llamar por teléfono a cualquier hora, que vivo cerca.
—Marcha en paz, mujer. No te preocupes, no te daré por saco hasta mañana.
Jacinto sonrió y tosió; las humedades empezaban a pasar factura a su salud. Se vistió el batín para abrigarse, sin llegar a atárselo, manteniéndolo en el sitio cruzando los brazos.
Eran las nueve de la noche de un martes.
Mónica le devolvió la sonrisa y se despidió de nuevo, intranquila, como se quedaba siempre que lo dejaba solo. Al abandonar la casa, cerró por fuera con llave, un acuerdo al que le costó llegar con él. Por su experiencia profesional, sabía que las personas con alzhéimer son excursionistas natas y, aunque Jacinto aún podía valerse por sí mismo la mayor parte del tiempo, toda precaución era poca.
Jacinto se quedó solo en el salón.
Cuando Mónica se iba, el silencio que dejaba tras de sí parecía ejercer la presión suficiente como para hacer estallar la casa. Llovía, pero hacía ya dos semanas de chubascos ininterrumpidos —los expertos incluso la habían catalogado como «anomalía climática»— y Jacinto ya había interiorizado aquel incesante sonido hasta el punto de obviarlo por completo. Se olvidaba también con facilidad de las cada vez más grandes y numerosas humedades que invadían la pintura de las paredes y el techo, incluso algunos muebles y zonas del parqué. El olor a pantano era algo a lo que también había acabado acostumbrándose. Las humedades aparecieron con el inicio de la lluvia. Como regresaban al poco tiempo de quitarse, los del seguro decidieron que retomarían la batalla una vez acabasen las constantes lluvias torrenciales.
Siempre que la puerta se cerraba al irse Mónica, Jacinto se quedaba un rato de pie, pensativo, hasta que dirigía sus pasos hacia algún lugar. En aquella ocasión, el hombre acabó frente al pequeño altarcito que había montado dentro de una vieja vitrina en memoria de Luisa, su difunta esposa. La mano le tembló un poco cuando giró la llave de la puerta acristalada para abrirla. Cogió el pequeño relicario, que siempre estaba abierto mostrando fotografías deslucidas de ambos en su juventud, y acarició la imagen de su esposa con el pulgar antes de dejarlo en su sitio. Había otros objetos que conmemoraban a Luisa: un mechón de su cabello, joyas, una servilleta de tela cuidadosamente doblada con las iniciales de ella.
De vez en cuando aparecía algún elemento extraño que Jacinto no recordaba haber puesto ahí, aunque a esas alturas ya había asimilado que no debía confiar demasiado en su memoria. Se limitaba a retirarlo con una mueca de desdén. En esta ocasión se trataba del corcho de una botella de vino. «Viejo loco, en qué andarías pensando para poner esto aquí», se dijo.
El altar estaba coronado por una fotografía del día de su boda, tomada a la entrada de la basílica de San Vicente, en Valencia. Él vestía un traje hecho a medida y lucía una juventud que se remontaba a varias vidas atrás. Ella, con su vestido de novia, era parecía la fuente de luz que alumbraba la imagen. Siempre que miraba aquella foto sabía que podría olvidarse de muchas cosas en esta vida, pero nunca de Luisa. La besó y regresó la fotografía a su lugar, aunque le costó un poco dejarla perfecta debido a los temblores.
Jacinto cerró la vitrina y se dirigió a la butaca en la que solía sentarse para ver la tele. Caminaba despacio, renqueando y tosiendo. Observó las manchas de las humedades que moteaban su casa de colores repugnantes. Incluso la tela de la butaca parecía haberse oscurecido y humedecido. Antes de sentarse, como la ventana quedaba justo al lado de la butaca, bajó la persiana; la idea de que los vecinos de enfrente pudiesen verlo cuando se quedaba solo le hacía sentir cierta vergüenza. Jacinto se sentó entonces, con movimientos lentos y cuidadosos, y encendió la televisión, arrebujándose en su batín. Cambió varias veces de canal hasta dar con uno en el que echaban un capítulo antiguo, mil veces ya repetido, de una serie cómica a la que él no terminaba de verle la gracia, pero le hacía compañía. Con aquellas imágenes y sonidos de fondo, trataba de pescar en su memoria todos los recuerdos que podía de Luisa. Cuando tenía uno, se recreaba en él todo cuanto podía. Entonces lo soltaba y lanzaba de nuevo la caña para recuperar otro: la primera vez que salieron juntos, conversaciones eternas y peleas tontas, los viajes que hicieron y los que se quedaron en meras fantasías…
Jacinto mantenía la mirada perdida en el televisor, que iluminaba parcialmente el salón con intensidades dispares de colores fríos, mientras su mente vagaba errante a millones de kilómetros de tiempo. Y así, con el sonido de fondo de la lluvia repiqueteando contra la persiana, se quedó dormido.
Todavía era de noche cuando despertó. Lo primero que sintió al volver en sí fueron unos dolores de cabeza y pecho horribles, como nunca antes los había sufrido. Su cerebro parecía latir con violencia y hacerse más grande por momentos, como si pretendiese romper su celda de hueso. Los pulmones le ardían con cada respiración. Se dio cuenta de algo más: algo que solo habría acertado a describir como «lombrices» se extendía por el interior de su cuerpo, agrupándose en las extremidades. Tosía con fuerza y, si la respiración le quemaba los pulmones, las toses las sentía como un torrente de magma que subía hasta la garganta incinerándolo todo a su paso. También empeoraban su dolor de cabeza. ¿Qué demonios le estaba sucediendo? ¿Era posible enfermar tanto en tan poco tiempo? Pensó en llamar a Mónica. Aunque había prometido no molestarla, y siempre intentaba no hacerlo, aquella era, sin duda, una urgencia.
Sin embargo, cuando trató de incorporarse para buscar su teléfono, se dio cuenta de que era incapaz de moverse. Cuanta más fuerza hacía para tratar de levantarse, más notaba a esos extraños gusanos luchar de algún modo para retenerlo en el sitio. Trató de mantener el temple convenciéndose de que algo así solo podía ocurrir en una pesadilla, que debía estar soñando. Fue entonces cuando reparó en el televisor. Las imágenes mostraban una especie de documental de naturaleza sin narración. Las escenas iban sucediéndose en silencio, mostrando algo similar a una jungla de cuerpos carnosos de formas y colores extravagantes. Parecían hongos, algunos se movían y desplazaban, e incluso volaban. Aunque a Jacinto aquellas imágenes le resultaban repugnantes y grotescas, no fue capaz ni de ladear la cabeza ni de cerrar los ojos; las «lombrices» se lo impedían.
La lluvia arreciaba por momentos. El hombre se levantó de la butaca, solo que no lo hizo por voluntad propia: sus movimientos estaban siendo dirigidos desde el interior de su cuerpo. Intentó gritar, fue imposible. Caminó despacio y de manera torpe hasta la pared que quedaba detrás del televisor y las palmas de sus manos se pegaron a ella con fuerza, como si trataran de derribarla. Quiso oponer resistencia, pero su cara se acercaba cada vez más a una mancha de humedad particularmente repulsiva. Cuando tuvo la pared a escasos centímetros de su cara, su boca se abrió. No pudo evitar que su lengua lamiese aquello… y despertó.
Jacinto sintió que había dejado atrás una pesadilla terrible. La cabeza y el pecho ya no le molestaban lo más mínimo y había recuperado el control de su cuerpo; ya no sentía aquellas cosas en su interior. No obstante, sí se había despertado apoyado en aquella misma pared, que ahora se encontraba homogéneamente cubierta por la humedad. Por lo que observó toda la casa lo estaba. A juzgar por el nauseabundo sabor en su lengua, el lametón también fue real.
Cuando Jacinto se dio la vuelta, el terror volvió a apoderarse de él; o seguía durmiendo o se había vuelto definitivamente loco: un corro de hongos blancos donde debería estar la butaca rodeaba lo que parecía ser un huevo similar al de las serpientes, con una tela elástica y correosa en lugar de cáscara. Aquel extraño huevo creció hasta alcanzar el metro de altura frente a un Jacinto inmóvil de perplejidad.
La superficie de la cosa ovoide se rajó por arriba y un tallo lechoso, rematado por una cabeza más gruesa, empezó a alzarse. Fue entonces cuando Jacinto echó a correr cuanto pudo —que no era mucho— hacia la puerta principal. Sin embargo, fue incapaz de abrirla. Recordó entonces que Mónica la cerraba siempre con llave. Fatigado y asustado pasó de nuevo junto a lo que estaba desarrollándose en su salón en dirección a la ventana. La cabeza del tallo —que ya era casi tan alto como el propio Jacinto— se había abierto en forma de campana, desplegando hacia el suelo una estructura de encajes imbricados que lo envolvían. Los hongos menores que trazaban el círculo a su alrededor habían empezado a chorrear una sustancia muy parecida al alquitrán. El televisor mostraba la imagen de lo que parecía ser el interior de una iglesia construida con roca, madera y masas orgánicas. Allí donde debían hallarse los bancos, en su lugar había dos agrupaciones de cuerpos fungoides que respetaban un pasillo central. Jacinto trató de ignorar todo aquello, incluso el creciente olor a carne podrida, en su avance hacia la ventana. Solo podía pensar en asomarse y pedir ayuda.
Cuando por fin alcanzó la persiana y la abrió, el paisaje más allá de la ventana lo dejó sin capacidad de reacción. Aferrado aún a la correa, el temblor de su barbilla era todo el movimiento que su cuerpo podía realizar. Hasta donde alcanzaba la vista se extendía, bajo un cielo de nubes púrpuras, la misma jungla de hongos que había visto en el televisor. La lluvia golpeaba inclemente su cuerpo y salpicaba el interior del piso, y la peste a lodo y descomposición convertían el aire en un fluido asfixiante. El mar de hongos estrafalarios parecía no encontrar fronteras. Entre ellos se intuía el movimiento de cuerpos deambulando. Las siluetas de unas criaturas voladoras se recortaban contra los nubarrones. ¿Qué le había pasado al mundo? ¿Era acaso su mundo? ¿Podía la demencia provocar esa clase de alucinaciones? Algo tocó la mano izquierda de Jacinto, que se agarraba con fuerza al alféizar de la ventana: un escarabajo al que le faltaban las alas y de cuyo abdomen, abierto como si de una bañera se tratase, emergían unos cuantos hongos finos y esbeltos. Jacinto retiró la mano, asqueado, y aprovechó la ruptura de su estupor para alejarse de la ventana, dar media vuelta y…
Allí estaba Luisa.
Asombrosa en su vestido de novia, en la basílica de San Vicente. Frente a él, en el altar. Era el día de su boda.
Jacinto miró a un lado y vio a todos los invitados, expectantes; al otro, el padre Nicolás lo observaba a él con una sonrisa. Intuía los rasgos radiantes de Luisa tras el velo. Flores y ornamentos religiosos adornaban el altar bajo la luz cálida de las velas. El hombre se miró las manos, unas manos tan jóvenes y tersas como ya no las podía recordar. Todo él se sentía joven de nuevo. Y, entonces, Jacinto lloró.
—Luisa… —fue cuanto pudo articular. El sacerdote comenzó a hablar:
—Hermanos, ustedes han venido a esta iglesia para que el Señor consagre el amor que se tienen. Para que yo, sacerdote y ministro de Dios, los bendiga. Para que los presentes seamos testigos del compromiso que van a contraer.
Ya no importaba si aquello era un sueño o una ilusión creada por su mente rota. Él estaba ahí, con ella. Y habría firmado por vivir en aquella visión para siempre.
—… Así pues, ante esta comunidad cristiana que representa la iglesia, yo les pregunto: Jacinto y Luisa, ¿han venido a contraer matrimonio por su libre y plena voluntad y sin que nadie ni nada los presione? —Sí, vengo libremente.
La voz de Luisa, tantos años sin escucharla, hizo que Jacinto pudiera sentir la sangre corriendo por todo su cuerpo, cálida, y el estómago se le contrajo en nudo por los nervios. Pero tragó saliva, carraspeó y dijo:
—Sí. Vengo libremente.
Luisa le cogió las manos. Las de ella estaban enfundadas en unos finos guantes blancos que le llegaban hasta el brazo.
El padre Nicolás prosiguió con la liturgia y los novios se entregaron los anillos ante unos invitados que casi no podían contener la emoción. Jacinto sintió algo espeso bajo los pies, levantó la suela y miró: parecía haber pisado un chicle negro y enorme. Luisa le alzó de nuevo la cara con un gesto delicado de sus dedos, apoyándolos en la barbilla de él. Jacinto estaba deseando poder verla sin el velo. Y llegó el momento:
—El ritual matrimonial —continuó el sacerdote—, con la develación de la novia, es signo de entrega y pertenencia a su esposo.
Frente a Jacinto se alzaba, alta y majestuosa, La Novia en todo su esplendor: un fungoide depredador con un velo pálido que envolvía su figura. El salón había sido colonizado por cientos de hongos y redes de micelios que brotaban en cada superficie y rincón. El televisor continuaba mostrando aquella iglesia semi-orgánica y a los aberrantes invitados que la ocupaban.
Jacinto aún se encontraba ante Luisa, en el interior de la basílica de San Vicente.
—A la vez, los nuevos esposos se dan un beso como expresión de su amor y consumación de los ritos celebrados.
Jacinto descubrió el rostro de Luisa. Resquebrajando con facilidad el velo de La Novia.
Qué hermosa era. Más incluso que en las fotografías, que en absoluto le hacían justicia.
El velo de La Novia continuó abriéndose hasta la parte más baja, que alcanzaba el suelo. Del tallo que era su cuerpo se desplegaron dos extremidades que se ramificaban en flagelos prensiles. Se estiraron hasta poder agarrar al hombre de la cara.
Jacinto correspondió el gesto de Luisa y también apoyó las manos en la cara de su esposa, sintiendo la suavidad de su piel.
La cabeza de La Novia era un bulbo sin rostro de superficie blanca y fina contra la que se adivinaba algo retorciéndose en su interior. La tela del bulbo se abrió como una flor de cuatro pétalos, liberando tres apéndices rojos, impregnados de una mucosa oscura, y una ráfaga de olor a muerte.
Luisa y Jacinto acercaron sus rostros. A él lo embriagó el aroma floral de su esposa y, entonces, se besaron mientras la multitud de invitados aplaudía.
Las tres lenguas pestilentes de La Novia tantearon la cara del hombre hasta que una de ellas se introdujo en su boca.
El beso de Luisa empezó a convertirse en algo desagradable. La lengua de su esposa irrumpió con violencia, y la sintió como si de una enorme sanguijuela en busca de alimento se tratara. El sabor de aquello le producía arcadas. Era incapaz de desembarazarse del agarre de Luisa, que le clavaba las uñas en la cara, apretándolo contra ella con fuerza. Tampoco podía mover los pies; los sentía pegados al suelo. La ilusión de la iglesia se desvanecía poco a poco mientras el sonido de los aplausos iba alejándose. Jacinto se encontró de nuevo en el salón de su casa, apresado por las garras y una de las lenguas de La Novia; las otras dos seguían escudriñando y babeando su rostro. Golpeó a la criatura con todas sus fuerzas, pero su cuerpo volvía a ser el de un anciano y fue incapaz de zafarse. Sus pies permanecían adheridos al suelo debido a la sustancia oscura que exudaban los hongos del corro que rodeaban a ambos; el interior del círculo se había convertido en un charco de aquella viscosidad. Finalmente, las dos lenguas de La Novia que habían estado recorriendo su cara le presionaron los ojos y se introdujeron por sus cuencas. Lo último que Jacinto escuchó fue el rugir de una algarabía animada, que se trenzaba con el diluvio y con sus propios gritos, que provenía del televisor y de más allá de la ventana, de aquella repulsiva tierra de hongos.
Mónica llegó a la casa de Jacinto a las ocho de la mañana del día siguiente. Por fin había dejado de llover. La cuidadora halló el cadáver del hombre en el suelo del salón, entre el televisor y la butaca. La impresión le produjo un vahído que casi acaba en desmayo. Supo más tarde, por las noticias, que habían aparecido más muertos en sus hogares, en condiciones similares, a lo largo y ancho de las zonas afectadas por aquella extraña lluvia. El cuerpo de Jacinto se encontraba invadido por toda clase de hongos que brotaban de su carne y su ropa. Algunos de ellos eran llamativos «dedos del diablo», de los cuales uno había crecido dentro de su boca, provocando la ilusión de que el hombre tenía tres lenguas. Otros tantos eran «matacandiles» pringosos que embadurnaban parte del cuerpo con su tinta. Muchos de ellos pertenecían, no obstante, a especies nunca antes vistas. Los hongos se extendían también por la madera podrida del suelo en torno al cuerpo del hombre.
Del centro del pecho, le crecía a Jacinto un hermoso ejemplar de Phallus indusiatus, conocido popularmente como «velo de novia».