Espejo de Nitocris
Mirror

Se trata de un espejo de factura notable en bronce, suficiente para resistir el paso del tiempo sin ser deteriorado en lo más mínimo. Su tamaño es de un metro de alto por medio de largo, rodeado por un labrado que muestra tenebrosas criaturas, que se asemejan a serpientes, demonios e ifrits. Pese a que se cree que su origen y creador son desconocidos, su nombre apunta a que su origen está en la Reina Nitocris, terrible soberana egipcia de la sexta dinastía, aunque se dice que ya existía con anterioridad, habiendo pertenecido al mismísimo Faraón Negro, Nefrén-Ka. Su existencia está relatada en el Necronomicón y en el poema El Pueblo del Monolito, escrito por Justin Geoffrey. En el célebre grimorio se encuentra una serie de conjuros que, en conjunto con el espejo, pueden mostrar reflejos de otros lugares y dimensiones. Estos suelen ser aleatorios, excepto que el usuario sepa exactamente el qué quiere ver. Aquellos que usan el espejo sufren de pesadillas en las que este objeto forma parte importante. Con el tiempo, pueden llevar a la pérdida de la cordura. Por si fuera poco, cabe la posibilidad de que el espejo sirva de portal invocador de una criatura en la medianoche, la denominada Cosa del Espejo, que atacará a todo aquel que se encuentre cerca del artefacto.

Esta criatura se manifiesta a partir de medianoche. Puede recrear las caras de aquellos que ha absorbido. Usando esta treta, puede sorprender a potenciales víctimas el tiempo suficiente para atacar. Cuando esto ocurre, envuelve a la víctima con su propio cuerpo, llegando un momento en el que sus fluidos intestinales disuelven a su presa. Se cuenta que existe la rara posibilidad de escapar de este ataque usando conjuros y armas mágicas, pero el recuerdo que deja en sus víctimas del terrible encuentro es tan fuerte que su cordura queda dañada. Por suerte, se puede reducir el impacto negativo del espejo e impedir la aparición de la cosa cubriéndolo con un paño negro.

La Reina Nitocris desenterró este artefacto de las criptas de Kish donde, según las leyendas, lo había dejado Nefrén-Ka. A menudo la Reina encerraba a un condenado durante una noche en la sala donde estaba el espejo. A la mañana siguiente el prisionero había desaparecido para siempre. Finalmente cayó en la posesión de Bannister Brown-Farley, arqueólogo especializado en el antiguo Egipto residente en Londres. Parece ser que lo encontró en la misma cripta en la que se encontraba el Trapezoedro Resplandeciente, en las criptas de Kish.

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