Guia para Leer los Mitos de Cthulhu

La clave de los mitos de Cthulhu es cómo leerlos. Lovecraft no escribió una saga, sino que fue un mundo que fue construyendo poco a poco, un recurso literario que uso esporádicamente entre 1919 y 1937. Hay buenos artículos que acercan a los mitos, dedicados a la catalogación de los antiguos y primigenios, a explicar las fuentes, el círculo lovecraftiano o el impacto social y cultural que tuvieron, más que a ofrecer al lector una guía para descubrir por uno mismo el universo de Cthulhu. La introducción que August Derleth escribió en 1963 –“H. P. Lovecraft y su obra”-, a una edición de El horror de Dunwich, y la de Rafael Llopis para la edición de “Los mitos de Cthulhu”, fechada en 1969, son dos de esos artículos imprescindibles.

En este artículo voy a establecer un orden muy personal de lectura de los relatos de Lovecraft que se refieren a los Mitos, y que pretende ser una ayuda para adentrarse de forma autónoma todo este universo del horror cósmico. Ahora bien, me extenderé más en aquellos que explican la cosmogonía del mundo de los Mitos, de esos otros que sólo cuentan testimonios de encuentros con seres procedentes de esos mismos Mitos.

El primero que hay que leer es “En las montañas de la locura” (1931). La historia es sencilla, y al parecer continúa Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, que aparece citado dos veces en el texto.

Lovecraft cuenta el viaje de una expedición de científicos dedicada al estudio de la composición del suelo antártico, para lo cual llevan un artilugio que levanta las capas terrestres con facilidad. Evidentemente, estas excavaciones permiten el descubrimiento de unos seres estrafalarios, desconocidos para cualquier biólogo, que no podían ser más que alienígenas. Lovecraft utiliza la técnica del testimonio, que quizá sea la habitual en su obra, como en La llamada de Cthulhu (1926). Las notas y descripciones del protagonista son “en tiempo real”; es decir, denotan la evolución en las emociones y los acontecimientos, la expectación e ilusión inicial, la sorpresa posterior, el pánico consiguiente y la locura final, todo en medio de una premonición inquietante.

La descripción más clara y concienzuda de qué eran los Antiguos y los Primigenios, y cuál fue su aventura en la Tierra está en esta obra. No así el propósito del culto a Cthulhu y de la amenaza para la Humanidad, que quizá esté mejor en otros textos. La expedición encuentra catorce seres no terrestres, que describe básicamente como alados y con una cabeza estrellada con tentáculos. Son los Antiguos, congelados pero no todos muertos, que vinieron del espacio exterior, sin naves, desplazándose con sus alas, para colonizar el planeta. El lugar original de su llegada fue el Océano Antártico. Se instalaron primero bajo el mar, donde construyeron gigantescas ciudades laberínticas, ayudados por seres biológicos que crearon: los shoggoths. Lovecraft lo presenta como una verdad recogida en dibujos y libros, como el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred.

Los Antiguos crearon la vida en la Tierra, entre ellos al ser humano, y practicaban el arte de la escultura y de la escritura. Cazaban y criaban rebaños, comían crudo en el mar y cocinaban en suelo firme. Podían vivir en la superficie terrestre, en el mar y en las profundidades oceánicas. Se multiplicaban por esporas, igual que las plantas pteridófitas. Los jóvenes maduraban deprisa, y tenían una serie de instituciones y costumbres que les convertían en una civilización sumamente evolucionada. “El gobierno era complejo –dice-, y probablemente socialista, aunque no podía deducirse nada cierto de los relieves que vimos”. Comerciaban y tenían una moneda estrellada. Practicaban la minería, y se transportaban utilizaban bestias de carga, los shoggoths, y en tierra unos vertebrados primitivos.

El primer problema fue cuando apareció también del espacio exterior la “fabulosa prole prehumana de Cthulhu”, e inició una guerra contra los Antiguos. La paz se hizo, y los de Cthulhu se quedaron con el Pacífico y los Antiguos con el Antártico. El hundimiento de la ciudad de R’lyeh, de los de Cthulhu, marcó de nuevo el dominio de los Antiguos. El segundo problema tuvo lugar cuando se revelaron los shoggoths, “entidades informes compuestas de una gelatina viscosa, y semejantes a un conglomerado de burbujas”, pero podían cambiar de forma hasta parecerse a los Antiguos. El tercer problema fue una nueva invasión, esta vez de unos “seres semifungosos, semicrustáceos (…) recordados en el Himalaya como los migo, o abominables hombres de las nieves”. Procedían de Plutón, al que llaman “Yuggoth”. Los mi-go se quedaron con las tierras nórdicas, y los Antiguos se retiraron al Antártico.

La expedición sufre un violento contratiempo, muy cinematográfico –de ahí el interés de Guillermo del Toro por llevar esta novela al cine-, cuando uno de los extraños seres se descongela. Los dos expedicionarios supervivientes viajan a la ciudad de los Antiguos más allá de la cordillera, y allí encuentran unas construcciones arquitectónicas surrealistas, monstruosas, hasta que al final alcanzan a ver a un shoggoth. Danforth, uno de los científicos, enloquece, y sólo el que escribe el testimonio es capaz de mantener la cordura.

Hay claves y detalles por todo el texto, pero el capítulo VII es básico para entender toda esta cosmogonía. A mí me ha servido para tener una estructura con la que descifrar mejor el resto de relatos de Lovecraft referidos a los mitos de Cthulhu.

Desentrañado el asunto de la llegada de estas razas creadoras a la Tierra, aparece el tema de su vínculo con el presente. La segunda lectura debe ser por tanto “La llamada de Cthulhu” (1926).

En una de mis investigaciones sobre las sociedades del siglo XIX encontré algunas con rituales y cosmogonías estrafalarias, y entre ellas despuntaban las teosóficas y la referencia a una rusa llamada Helena Petrovna Blavatsky.

El rostro de aquella mujer era inquietante, así como su trayectoria. Había constituido un grupo en torno a unos libros antiguos y a una supuesta sabiduría concedida por un ser superior. Era una concepción completa del Universo y, por tanto, del Hombre. En su Antropogénesis hablaba de la aparición de vida en la Tierra proveniente del cosmos, de siete razas primigenias, una de las cuales, la de los Dioses o Dobles Etéreos de los Pitris habrían creado al Hombre. La historieta me enganchó porque parecía un auténtico relato de ciencia-ficción, de horror cósmico lovecraftiano, sí, pero escrito cuarenta años antes. Es más; una de las obras, al parecer, en las que Lovecraft metía su cosmogonía era el llamado Libro de Dyzan, presente en la Doctrina secreta de Blavatsky (¡Qué lío!). Así, pensé, la cosmogonía de Lovecraft tendría un origen teosófico, con lo que August Derleth no estuvo tan equivocado al desarrollar ese mundo en sentido teológico: los Dioses arquetípicos.

En La llamada de Cthulhu Lovecraft hace cuatro veces referencia a la teosofía. La primera de ellas para decir que tenían razón los teósofos y en otra para decir que seguían el culto a los Primigenios. Esto no supone que nuestro autor fuera esotérico o seguidor de Blavatsky, sino que muestra, por un lado, lo atractivo que podían ser dichos planteamientos para elaborar relatos de ficción especulativa y, por otro, la mentalidad del protagonista del cuento. Lo cierto es que la Sociedad Teosófica se instaló en Nueva York en 1875, donde vivió Lovecraft durante tres años.

No obstante, hay otros dos elementos que llaman la atención en el relato. Uno de ellos es la importancia de los sueños, que podría tomarse como algo típico de los cuentos de terror, pero también como reflejo de la influencia que entonces, en los años veinte, tuvieron los estudios oníricos en la psicología: la revelación de miedos ancestrales, incluso ajenos, en los sueños. Fue el gran momento de Sigmund Freud. El otro elemento relevante es el cuestionamiento de la teoría de la evolución darwiniana, que no tiene más importancia porque luego se ha convertido en un tópico de la ciencia ficción.

El cuento está magistralmente dividido en tres partes, que narran la investigación del protagonista acerca de los descubrimientos de su tío sobre Cthluhu. La primera parte es El horror en arcilla, en la que Lovecraft da las pinceladas sobre la existencia de los primigenios y de un culto ancestral hacia ellos que se pierde en la noche de los tiempos. Hay una estatuilla que simboliza a Cthluhu, que es objeto de culto, y que sirve para describir al primigenio maldito: “cabeza de cefalópodo, cuerpo de dragón, alas cubiertas de escamas”. En esta parte, los sueños tienen un papel importante, como premonición y descripción del horror. Es más, a través de los sueños es como los primigenios muertos “habían referido sus secretos, (…), al primer hombre, el cual fundó un culto que jamás se han extinguido desde entonces”.

La segunda es La historia del inspector Legrasse, que utiliza Lovecraft para mostrarnos el grado de barbarie al que puede llegar la Humanidad si resucitan los primigenios. La escena en el bosque es muy buena, y recuerda a la descrita por Robert E. Howard en La piedra negra. Y es mucho más salvaje que la que ya contó Lovecraft en La ceremonia (1919). El centro del culto a Cthulhu está en una ciudad enterrada en el desierto de Arabia, llamada Irem, la Ciudad de las Columnas. Lo curioso es que esta referenciaa una ciudad centro del culto universal aparece en el libro de Blavatsky. En fin.

La tercera parte, titulada La locura que llegó del mar, es la conclusión a la presentación de los primigenios y de su culto. No podía ser otra cosa que el encuentro. Lovecraft utiliza para esto el recurso de la noticia de un periódico encontrado por casualidad, sobre un barco europeo que luchaba por no hundirse, al estilo de Poe en La narración de Arthur Gordon Pym (1838). Lo que encuentran esos marineros es R’lyeh, la ciudad de los primigenios. “En su casa de R’lyeh el difunto Cthulhu aguarda soñando”.

Uno de los tripulantes escribió poco antes de morir su experiencia en la isla, su encuentro con Cthulhu y cómo sus compañeros murieron de la impresión.

En definitiva, es un gran relato, muy bien construido y narrado. Por cierto, hay una película titulada “La llamada de Cthulhu” (2005), producida por The H. P. Lovecraft Historical Society. Esta filmada como si se hubiera hecho en los años 20, es muda, en sepia, pero es espectacular. Refleja fielmente el cuento, los actores son eficaces y el ritmo es bueno. Muy recomendable.

Establecido el origen y el presente amenazante, quedan los episodios en losque se manifiestan o que son invocados para su regreso. El principal relato en este sentido es “El horror de Dunwich” (1928), básico para comprender la dinámica y la consecuencias de la invocación a Cthulhu. Si hemos leído la historia de la llegada de los alienígenas creadores en En las montañas de la locura, y acerca de su culto en La llamada de Cthulhu; esta trata de su regreso.

Lovecraft ambienta una de esas puertas del más allá en Dunwich, Nueva Inglaterra, que es su escenario favorito. Y utiliza uno de los grandes recursos del terror: la familia aislada y extraña, de la que todo el pueblo recela. En este caso son los Whateley. El abuelo es el iniciador, el que entrega a su hija a los ritos de Cthulhu. Ésta, llamada Lavinia, es una albina que engendra dos hijos de Yog-Sothoth, el primigenio que aparece en esta novela. Y como si fuera la semilla del diablo, Lavinia da a luz a dos seres híbridos: uno es Wilbur y el otro la bestia. Ninguno es totalmente humano ni totalmente monstruo.

Los Whateley realizan el culto en el mismo lugar donde lo hacían los indios, en un círculo de piedra en la montaña, lo que incide en que tales ritos se llevaban a cabo desde los albores de la Humanidad. El deseo del abuelo Whateley es invocar a Yog-Sothoth, que es “la puerta” para la vuelta de Cthulhu y su prole, y para ello utiliza a su nieto. Pero la clave está en el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred, en su versión completa y en latín, impresa en España en el siglo XVII, porque el abuelo Whately tiene la del Dr. Dee, a la que le faltan algunos pasajes básicos.

El nieto “humano” será el encargado de ir a la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Nueva Inglaterra, a consultar el libro. Mientras, el otro, la bestia, engorda y hiede en el piso de arriba de la casa de los Whateley, y se pasea por las noches aplastando todo a su paso. El terror está servido. La clave aparece cuando Wilbur, el nieto, muere mordido por un perro en Miskatonic. La visión es espeluznante: cuerpo escamoso de la cintura para arriba, tentáculos desde el abdomen que cambian de color con larespiración, ojos en la cadera, piernas de saurio, rabo tentacular,… Y su diario, el diario de un loco que expone el propósito de los primigenios:acabar con toda la vida en la Tierra para que vuelva a estar como cuando “Ellos” llegaron al planeta.

La solución sólo podía estar en manos de los profesores de Miskatonic, llamados Armitage, Rice y Morgan, especialistas en lenguas muertas. El final es de los de invasión extraterrestre frustrada, como no podía ser de otra manera, y echando mano de los mismos instrumentos que utilizó el abuelo Whateley: los conjuros.

Lovecraft no fue sistemático para explicar su cosmogonía, sino que la fue inventando, parcheando y renombrando a medida que escribía. Y tampoco lo hizo con detenimiento, pues entre 1919 y 1937 podemos contabilizar hasta trece relatos vinculados a este ámbito. Nos encontramos, por tanto, con uno de las obras básicas sobre los mitos de Cthulhu, en la que se detalla cómo se puede producir el regreso de los Primigenios y el papel de Yog- Sothoth.

Por cierto, hay dos películas basadas en El horror de Dunwich, una estrenada en 1970 y otra en 2008.

Con estas tres novelas cortas – En las montañas de la locura, La llamada de Cthulhu y El horror de Dunwich-, ya estamos preparados para enfrentarnos a cualquiera de los relatos referidos a los mitos. A partir de aquí, yo seguiría con “El caso de Charles Dexter Ward” (1927).

La novela se titula “El caso” porque lo sucedido a Charles Dexter Ward (en adelante CDW) se tomó como un caso clínico de locura. Lovecraft utiliza uno de los recursos más usados en el género de terror, y en la literatura en general, que es el del testimonio. Se trata de ese libro recuperado, esas memorias o ese documento perdido, que es el grueso de la novela, y que podemos encontrar no sólo en la obra de Hodgson La casa en el confín de la Tierra, sino en Poe y su Arthur Gordon Pym, entre otros muchos. Es más; el propio Lovecraft lo utiliza en sus otras dos novelas largas: La llamada de Cthulhu y En las montañas de la locura.

El estilo de construcción de la trama también es el propio de Lovecraft: la sucesión de piezas del pasado que van conformando un presente aterrador. Aparecen sabios alquimistas, nigromantes y perturbados, siempre vinculados con la vieja Europa, que buscan el conocimiento a través del contacto con seres del más allá, que les revelan los secretos de la naturaleza. Pero ese conocimiento no se encuentra en las fuerzas del bien, sino en las del mal. Y aquí está la variación característica de Lovecraft: no se trata de fantasmas o demonios, sino de seres de otro mundo que dominaron la Tierra más allá de la memoria, que esperan volver, y cuyo regreso será el fin de la Humanidad.

El contacto con ellos se hace a través de ritos macabros y sangrientos, comoen El horror de Dunwich. En El caso de Charles Dexter Ward no es Cthulhu, sino Yog-Sothoth.

Al ser un “caso” clínico, el protagonista de la novela es el doctor Willet, un hombre ya maduro que trata al hijo de unos amigos. El hilo de la novela es el relato de la investigación que lleva a cabo para resolver el problema.

CDW es genealogista, y lo que comienza siendo la búsqueda de la historia de sus antepasados, se acaba convirtiendo en una horrible pesadilla que se lleva la vida del chico y la de mucha gente. El antepasado que busca es Joseph Curwen, de Providence –lugar vinculado biográficamente con Lovecraft-, y que antes vivió en Salem. Curwen era un experto en ciencias ocultas que había logrado una longevidad antinatural, lo que le había granjeado primero la admiración de la gente, y luego el terror y la repulsión.

Se había enriquecido con el comercio y la esclavitud, lo que le permitía tener una casa en las afueras donde realizaba sus experimentos y rituales.

Su obsesión era ampliar conocimientos a través de la resurrección de muertos importantes y la posesión de objetos valiosos, como el Necronomicon, o el Objeto Oscuro hallado bajo la ciudad de Memphis.

Curwen invocaba a Yog-Sothoth y a “los del Exterior”. Esos conocimientos y resurrecciones podían afectar a la civilización, a las leyes naturales, e incluso ponían en peligro la suerte del sistema solar.

CDW quedó impresionado por la vida de Curwen, y pasó de estudiar su vida a imitarla; tanto que lo resucitó. Volvieron así los rituales nigrománticos y las invocaciones a los “los del Exterior”. Fue entonces cuando Willet, el doctor, volvió a la casa de las afueras, aquella que había recuperado CDW, y bajó al sótano, al pozo. La oscuridad, los gemidosguturales y el hedor, siempre el hedor lovecraftiano invadiéndolo todo paradar la sensación de maldad añeja, acompañaron el viaje de Willet a las profundidades de los experimentos de Curwen. Allí encontró una sala con monolitos a lo Stonehenge, con un altar en el centro, y otra sala con las sales y productos para las invocaciones. Estos descubrimientos permitieron a Willet conocer la verdad y dar una solución al problema. El final es perfecto, pero, como siempre, no lo voy a contar.

La entrañable película de Roger Corman, titulada El palacio de los espíritus (1963), quien por sentido comercial atribuyó el relato a Edgar Allan Poe y no a Lovecraft, poco tiene que ver con la novela. El irrepetible Vicent Price, con una personalidad tan desarrollada que siempre se interpretaba a sí mismo, llena por sí solo la cinta y es el actor ideal para dar vida a Joseph Curwen. Por tanto, la novela, a pesar del enorme atractivo que tendría por su ambientación y los temas tratados, además de las facilidades técnicas que hoy existen para recrear escenarios y grandes seres, sigue sin adaptación a la gran pantalla. La conclusión es clara: leed el libro, no os arrepentiréis.

Leídas estas cuatro novelas cortas, nos podemos recrear con los casos que encontraremos en varios relatos, y los datos adicionales que contienen. Una lista incompleta pero básica es la siguiente (por orden cronológico): Dagon (1919) –el primer relato publicado de Lovecraft, basado en un “Profundo”, servidor de Cthulhu-, La maldición que cayó sobre Sarnath (1919) –escrita al estilo de su admirado Lord Dunsany-, El color de más allá del espacio (1927) –cuento magistral sobre la llegada de un primigenio-, El que susurraba en las tinieblas (1930) –episodio en el planeta Yuggoth-, Los sueños en la casa de la bruja (1932) –sobre el enlace entre los Primigenios con algunos humanos-, La sombra sobre Innsmouth (1931) –imprescindible cuento en el que aparecen los “Profundos”-, En la noche de los tiempos (1935) –las aventuras de un profesor de la Universidad de Miskatonic-, y El morador de las tinieblas (1935). También aparecen los seres de los mitos en el ciclo onírico de Randolph Carter. Y aunque denostado por algunos, creo que es muy útil y agradable la lectura del volumen “La máscara de Cthulhu”, de Augusth Derleth, uno de los escritores de su círculo y continuador de su obra.

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