Hadewijch

I

El solo hecho de saber que lo que sientes va contra-natura, que no es racional querer acabar con tu propia vida; siento que el solo hecho de saberlo es lo que me vuelve más miserable. Desde hace tiempo, las cosas que antes me resultaban placenteras dejaron de parecerme tal cosa, volviéndose incluso una carga más. Y, aun con todo, encuentro que esto no es más que una forma de adorarme a los pies de mi propio calvario; siento que es repugnante ser tan autoindulgente.

No aguanté más, empaqué mis cosas en una pequeña maleta y me despedí con una última mirada inquisitiva de mi madre, que yacía postrada. Cerré la puerta con sutileza, no quería despertarla. Una vez fuera, sentir el rocío en el aire me hizo sentir renovado, fresco, como si estuviera naciendo de nuevo. Sin embargo, todas esas melancolías de poeta no tenían sentido alguno, pues solo se nace una vez. Caminé hacia la derecha hasta alcanzar la señal amarilla, donde se espera la llegada del autobús. Miré frente a mí, como a un punto fijo: todo se difuminaba, mis pensamientos opacaban con creces la realidad que me rodeaba. Pensaba en lo que haría una vez estuviera allí, ¿seguiría Hadewijch en el convento o habría renunciado a esa estúpida idea de ser monja? Dudo mucho que se haya metido a ramera, soy incapaz de imaginarla como tal. Su rostro, blanco como la luna, parece de porcelana, algo que se matiza muy bien con sus cabellos rubios, casi albinos. Sus ojos, no obstante, son demasiado oscuros. A veces bromeaba con ella de que si los ojos eran el espejo del alma entonces la suya era algo vacío y carente de sentido. Recuerdo que nunca le gustó esa broma.

El autobús se aproxima y, con su ruido, logra sacarme de mi ensimismamiento. Lo veo en la distancia, con la vista algo encandilada. Viene demasiado rápido y no me doy ni cuenta cuando está frente a mí y la puerta se abre. Sonrío, no obstante, al poner el pie en el primer escalón…lo siento. Acechando a mis espaldas, sé que está detrás de ese arbusto. No despega la mirada de mí, sé que le fascina la idea de le de la espalda. Me quedo frío por un momento, comienzo a sudar. Entonces, Schlómo interrumpe mis temores:

—¿¡Qué pasa, te crees que tengo todo el día?! —exclama, casi escupiendo—. Anda, ¡sube!

Sin más dilación, y tratando de mantener la compostura, subo. La puerta se cierra tras de mí y, con ello, dejo de poder verlo. ¿Me seguirá acaso? No importa. El autobús está tan oscuro como siempre, sus dos filas de asientos dobles, separadas por un corredor, apenas se perfilan en la penumbra, que las da un aire de infinitud. Los asientos del fondo se difuminan, da la impresión de que nunca se acaban. Es por ello que me siento adelante. Está vacío, no hay nadie. Apoyo la cabeza en la ventana negra, opaca por fuera, lo cual confiere una cierta intimidad a quienes miramos desde el interior. El olor a gasolina y el enmoquetado del piso me hacen rememorar mi aversión por los viajes. Creo que me estoy mareando. Cierro los ojos. Descansaré hasta llegar.

II

El autobús se detiene en la parada de la ciudad. El sol alumbra con mucha fuerza, anunciando que ya es pasado el mediodía. Bajo los escalones, encandilado, pero sintiéndome descansado. Pese a todo, ha sido un viaje reconfortante. Entre las multitudes de gente y rostros irrelevantes, mis ojos se posan en Hadewijch, a quien, en momentos así, me gusta llamar Heidi. Está de espaldas, emanando afabilidad y jovialidad. Parece conversar con alguien.

—¡Eh, Heidi! —le grito desde la distancia, mientras comienzo a correr hacia ella.

Esta se voltea, y, al verme, sonríe, como si esa fuera su forma de saludar. Una vez frente a ella, no se me salen las palabras; pese a que corrí poco, me siento un poco exhausto.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos —le digo, jadeando, mientras trato de recomponer fuerzas—. ¿Todavía eres monja?

—Sigo siendo novicia —dice con una risa—. Y sí, hace tiempo que no nos veíamos. Es un gusto verte —dice, realizando una reverencia y levantando un poco sus hábitos.

—¿Estabas conversando con alguien? —le pregunto, tratando de disimular una cierta inquietud.

Niega con la cabeza.

—No, no. Es alguien que estaba pidiendo indicaciones. Nunca antes había estado en la ciudad y, como Hermana de Nuestra Señora de los Retazos, es mi deber orientar a todo quien lo necesite —dice, esbozando una sonrisa.

Por un momento, me siento oprimido. Tanta gente, yendo por aquí y por allá, me resulta abrumadora. Los miro de reojo, Heidi lo nota, o eso creo.

—Y, ¿qué te trae aquí esta vez? —pregunta, abriendo sus ojos negros.

—No lo sé —digo, frotándome la cabeza—, pero no me gusta estar parado… ¿caminemos?

—¡Claro! —exclama Heidi—. Así, de paso, te pongo al día.

Sonrío, pues, en el fondo, lo único que quiero es escuchar a Hadewijch hablar. Recorremos la ciudad, ¡quién sabe cuánto tiempo estuvimos caminando! Me hablaba de tantas cosas que no comprendo y que a ella le fascinan… reconozco que, en cierta medida, logran fascinarme a mí también. Me encontraba absorto en su rostro de muñeca cuando lo sentí nuevamente.

Me detengo, sintiendo una inquietante gelidez. Heidi nota que sucede algo raro.

—¿Qué pasa? —murmura.

—Nos están observando —le susurro—. Hay que tener cuidado.

—Já, ¿quién? —dice, riendo y viendo a todos lados—. No parece haber nadie.

Creo que notó que me di cuenta de su presencia, pues desapareció en un instante. Se marchó corriendo, de eso estoy seguro. Noto cierta incomodidad en Hadewijch, que entonces dice:

—Bueno, ha sido grato hablar contigo, pero debo volver al convento —realiza una reverencia—. ¿Tienes dónde quedarte?

—Sí, sí —le respondí—, tengo pensado quedarme en La Posada del Conejo.

—Pues… —murmura, realizando una mueca y llevando el índice a su boca— puede que a la noche te vaya a visitar y te lleve algo de comer.

—¿En serio? —le pregunto, sin intención alguna de disimular mi alegría.

—Ajá —dice Heidi—. Dale saludos a Conejo de mi parte.

—Lo haré, Heidi, lo haré —le respondo.

Finalmente, ambos nos abrazamos. Fue un impulso raro, pero fue correspondido. Ambos lo deseábamos, pero no había ninguna mala intención o pecado ahí. Solo un amor puro, puro como la misma Heidi.

III

En La Posada del Conejo, Sr. Conejo me recibió como siempre, con su tan característica y ansiosa jovialidad, que parece más bien una excesiva preocupación por proteger su reputación. Me sirve té y me indica personalmente cual es mi habitación. Una habitación con una cama sencilla y un pequeño escritorio frente a la ventana.

Estaba atardeciendo. Yo ya me había recostado, tratando de sumergirme en algún sueño, cuando oí a Sr. Conejo gritar:

—¡No, no! ¡No podemos recibirlo aquí! ¡Y lo lamento! ¡No hay más cuartos!

No pude evitar sentirme conmocionado. ¿Era quién creo que es? ¿era él? Me levanto, pero, sin darme cuenta, hago un ruido que él logra escuchar. Y, nuevamente, eso le fuerza a marcharse, a huir. Huye, perro cobarde. Huye.

Bajo rápidamente a la recepción y le pregunto a Sr. Conejo al respecto.

—No, ¡no hablemos de eso! —me dice, viendo su viejo reloj. Su rostro denotaba preocupación—. ¿No es hora del té ya?

Asiento, olvidando por completo la situación, pues me encantan las infusiones. Nos dirigimos a la sala de estar, con sus hermosos asientos de color turquesa. Me sirve un poco de té y él vuelve a recepción, dejándome una tetera para que yo mismo pueda rellenar la taza. Pensaba que esto no podía ser más perfecto, cuando entonces lo escucho. Es el Sr. Conejo.

—¡Ah, Hermana Hadewijch! ¡Qué alegría verla! Él está en la sala de estar.

Heidi aparece frente a mí, con sus hábitos y capucha, sujetando una canasta con panecillos.

—Veo que estás cómodo —me dice, inclinándose nuevamente.

Me pongo de pie con frenesí. Aunque había dicho que iba a venir, me siento muy sorprendido por su visita. A veces la gente promete visitarme pero nunca viene… pero, ¡no! Ella siempre lo hace.

La invito a tomar asiento, comemos algunos de los panecillos que prepararon en el convento y tomamos té. Nuevamente, me encontraba absorto en su rostro de porcelana y su risa jovial cuando escuchamos el golpe. Es un estruendo horrible, como si alguien golpeara algo contra una mesa. Viene de recepción. Comienza a repetirse de una forma frecuente y frenética que nos aterra a ambos. Yo sé quién es. Sí, ¡es él!

—¡Vámonos, Heidi! —le digo, mientras la tomo de la mano para dirigirla a mi habitación—. ¡Ha llegado!

—¿Quién? —pregunta, asustada—. ¿Qué está pasando?

—Ya te contaré —le digo—, pero debemos ponernos a salvo…

Nos dirigimos al segundo piso con rapidez, los golpes cesan, pero él ya está aquí. Lo más probable es que esté finiquitando lo que acaba de hacer. Heidi y yo nos encerramos en la habitación, ella se sienta, nerviosa, en la silla del escritorio y yo me siento a los pies de mi cama.

—¿Qué está pasando? —pregunta—. Estoy muy asustada.

—Es el lobo —le digo, tratando de sentir su presencia—. El lobo feroz… me ha estado siguiendo desde casa, ¡todo esto es mi culpa!

Rompo en llanto, me llevo las manos al rostro, frustrado, triste. Todo esto es mi culpa. Heidi, no obstante, demuestra más fortaleza y me consuela.

—Ya, ya —no es tu culpa —me dice, limpiando mis lágrimas con un pañuelo—. Estoy segura de que no hay ningún lobo.

—¿Qué dices? ¡Pero si es real!

Heidi ríe.

—Debes estar confundido por estas cosas que lees —dice, señalando mi copia del Unaussprechlichen Kulten en el escritorio—. Mira, vamos a ver.

No alcanza siquiera a ponerse de pie, cuando la puerta se abre abruptamente. Ahí estaba él. Gigante, con esos horribles vellos azulados, imponente y con esos ojos horribles que te dan entender que siempre te está mirando. No escatima en nada, me mira y esboza una sonrisa, para finalmente lanzarse contra Heidi. Yo no puedo hacer nada por reprimirlo. Horrorizado, me acuclillo en una esquina de la cama para contemplarlo todo. Veo como la defenestra, clavando sus garras y colmillos en su tez blanquecina. Entre aullido y aullido, va quebrando su bello cuerpo de porcelana, hasta que, finalmente, no queda nada. El lobo se lame los dedos, no ha dejado restos. Me mira, eufórico, habiendo satisfecho sus apetitos. No dice nada, se ríe, solo se ríe. Se sube el pantalón, sujetando fuertemente su cola peluda. Se abrocha los botones y se marcha, cerrando la puerta con un estruendo.

Frente a mí, yace el hábito de Heidi, junto a las piezas de su bello cuerpo de muñeca, señalado por las horribles marcas de la bestia. Está roto, muy roto y, hagan lo que hagan, nadie podrá nunca reparar el daño… todo es mi culpa. No puedo permitir que siga haciendo más daño, pero no es solo eso, sino que no me siento capaz de tener que contemplarlo mientras lo hace. Es por eso que, luego de escribir este relato, me lanzaré del campanario de la Abadía de Nuestra Señora de Retazos, ya que tampoco soportaría el escarmiento y castigo público si llegan a encontrar los restos de Heidi. Evidentemente me culparían a mí, y es que, al igual que sucedía con Heidi y con mi madre, nadie cree que realmente exista ese lobo feroz, siempre piensan que estoy confundido. Sin embargo, él es real, arrasa con todo y no deja nada y hoy… ¡hoy lo he presenciado corromper una de las almas más puras de esta Tierra de Retazos! ¡No he podido frenarlo! Pero ya no importa. Pronto estaremos juntos, mi querida Hadewijch, pronto.

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