Hain

En los confines de Tierra del Fuego, donde siglos de espera preparan la llegada del Exiliado de Tíndalos, los descendientes del aún fértil útero de Pnaklendorf acechan nuestra estirpe. Soy un hijo de Ghizguth. Ante mis ojos, mi gente es acosada por herederos de generaciones olvidadas por sus gobernantes. Madre está frente a mí, al lado de mi hermano. Pnakotus se despliega ante mí mientras exploro su vasta biblioteca.

En las sombras de la ciudad, mi padre se desangra, entregándome el artefacto destinado a ser mi herencia al llegar a la madurez: la Daga de las Profundidades, traída por los hombres serpiente de los remotos confines del K’ny-an. En mi huida de los cazadores, los disparos de pólvora perforan el aire, hiriéndome y mezclando mi sangre con el frío suelo.

Comprendo el Misterio.

En las Ruinas de los howenh, mientras me retuerzo y lloro, comprendo mi esencia selk’nam. Con la Daga de las Profundidades en mis manos, alcanzo el Corazón de las Profundidades y la entierro en la tierra sagrada. Un entendimiento cósmico despierta en mí, mientras la esencia de Leng, oscura y corrosiva, se expande por las ruinas.

Soy un selk’nam, envuelto en materia negra que me paraliza hasta alcanzar mi pupila. En Pnakotus, consulto antiguos tomos y descubro la clave para abrir la bóveda cósmica. Escribo el Manuscrito del Misterio de las Profundidades y lo deposito en bibliotecas interdimensionales, destinado a ser hallado por los navegantes que, en eras contiguas, sucumbirán ante aquel tirano del Sol Poniente.

Prosigo mi vagar en la inmutabilidad del Cosmos, desde las sombras donde el velo del Tiempo y el Espacio no llega. Por siempre y para siempre, porque no hay fin en los Tiempos.

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