Horror en Oakdeene

En el verano de 1935 Martin Spellman fue a trabajar como enfermero en prácticas al sanatorio mental de Oakdeene. Tenía veinticuatro años y una fuerte vocación…, aunque no precisamente la de enfermero. La única ambición de Spellman desde su adolescencia era la de ser escritor; y dado que una extraña y macabra ocurrencia le había sugerido, para la primera obra que proyectaba escribir, realizar una compilación de casos de locura poco usuales y extraordinarios, había decidido que la mejor manera de tener una percepción de primera mano de su tema -la palpación, por así decirlo, de los manicomios- sería trabajando en una de esas instituciones.

Naturalmente, la verdadera intención de Spellman al solicitar el puesto permaneció bien oculta, pero eso no significaba que él no estuviera dispuesto a hacer lo mejor que pudiera el trabajo al que se había comprometido. El contrato era por un período mínimo de un año, con otro año como enfermero a plena dedicación, y Martin aceptó animosamente estas condiciones, que le permitirían llevar a cabo su proyecto.

Tanto sus colegas como sus superiores se asombraron ante el desacostumbrado celo con que el joven Spellman se entregaba al trabajo, y todas las noches en que no estaba de guardia podían ver encendidas las luces de su habitación hasta la madrugada. Martin había distribuido su tiempo libre de la siguiente manera: durante tres horas estudiaría la teoría de su actividad como enfermero de pacientes mentales, y durante otras cinco trabajaría en su libro. Eso le dejaría menos de seis horas para dormir en cualquier período dado de veinticuatro horas. En las ocasiones en que estuviera de guardia por la noche -una o dos veces a la semana- alteraría su horario para dedicar el mismo tiempo a las mencionadas tareas.

A menudo, el inmediato superior y tutor de Martin. el doctor Welford, le sorprendió trabajando en su manuscrito, a fines de verano y principios del otoño; pero ¿quién podía quejarse de un estudiante de enfermería mental que escribía una serie de «tesis» o correlaciones sobre los casos más extraños y complejos que se le presentaban en su profesión? En todo caso, habría que felicitar a Martin por su estudiosa dedicación a todos los detalles de su labor en el sanatorio.

La verdad era que Spellman descubrió pronto que no le agradaba su trabajo en el instituto. Las guardias nocturnas, sobre todo, eran abominables, especialmente en las ocasiones en que tenía necesidad de deambular por los corredores más inferiores de Oakdeene, donde residtan los peores pacientes. Sus colegas más duros y estoicos llamaban al pabellón del sótano «el Infierno», y Martin Spellman no consideraba exagerada esta denominación. Allá abajo había realmente un infierno; las luces del corredor iluminaban intensamente las pesadas puertas, con sus ventanucos enrejados y los rótulos que contenían breves historiales mecanografiados de los ocupantes de las celdas. Detrás de aquellas puertas, separados de Martin sólo por el grosor de los paneles de roble, las tablas para cerrar el acceso y las paredes interiores forradas de goma, vivían muchos de los más terribles lunáticos de Gran Bretaña, sumidos en el horror perpetuo de su propia locura, y Martin Spellman se aseguraba, cuando tenía guardia nocturna, de que las rondas que debía efectuar a cada hora por el Infierno le llevaran el menor tiempo posible, sin menoscabo de la eficacia de su vigilancia.

Uno de los llamados «colegas» de Spellman en el sanatorio, Alan Barstowe (un enfermero totalmente adiestrado, feo y rechoncho, de unos treinta y cinco años), echaba a veces una mano al nuevo para combarir su miedo al pabellón conocido como «el Infierno». Al parecer, Barstowe no sentía temor alguno por aquella parte de la guardia nocturna, e incluso en la espectral atmósfera del sanatorio por la noche, parecía aceptar de muy buen grado las visitas que debía efectuar cada hora al pabellón inferior. Con frecuencia cambiaba la guardia con Spellman, diciéndole que no le importaba trabajar de noche…, que de hecho prefería esas guardias a la actividad diurna. Allá cada cual con sus gustos.

La habitación de Spellman en el instituto estaba en la planta baja -una de las cuatro estancias compuestas de dormitorio y sala de estar-, separada de los dos pabellones de enfermos mentales situados en el mismo piso por unos muros reforzados y a prueba de ruidos. Como Oakdeene no contaba con suficientes enfermeros (no era un trabajo muy codiciado precisamente), dos de las habitaciones para los residentes estaban vacías. La otra habitación ocupada pertenecía a Harold Moody, un enfermero de edad mediana que ya había superado el período de prácticas y cuya sordera parcial hacía que vivir directamente encima del Infierno no constituyera dificultad alguna, pues en efecto el suelo de la planta baja no era en modo alguno a prueba de ruidos. No es que los ruidos de abajo molestaran a menudo a Spellman, pero observó que los internos del Infierno se mostraban especialmente vociferantes cada vez que Alan Barstowe tenía servicio de guardia nocturna, y en aquellas ocasiones los gritos, lamentos y el guirigay generalizado en el pabellón del sótano parecían penetrar por el suelo de piedra bajo su cama con una insistencia que le molestaba interiormente, a la vez que le mantenía despierto, a menudo hasta las cuatro o las cinco de la madrugada.

Finalmente, llegó una ocasión en que asignaron el servicio de guardia noctura al estudiante y Barstowe juntos, y desde luego el joven no se sintió en absoluto contento con el arreglo. A pesar de que aquel hombre se mostraba amigable, y aparte de su aspecto físico, había en él algo desagradable. Sin embargo, el turno de la noche se inició con toda normalidad a las nueve, sin que hubiera nada en la actitud de Barstowe que corroborase la sensación de Spellman o le produjera una incómoda preocupación.

Las órdenes para la guardia nocturna incluían la estipulación de que se visitara cada pabellón, se revisara cada celda, habitación y ocupante, y en la medida de lo posible la inspección se llevara a cabo cada media hora. Habían encargado a Martin Spellman que vigilara los pabellones inferiores y el Infierno, mientras que Barstowe se ocupaba de los pabellones superiores y las habitaciones de los internos más sosegados y menos permanentes. A las once, cuando el estudiante de enfermería estaba a punto de bajar por segunda vez al temido pabellón del sótano, con su farfulleo apagado, sus maldiciones y sus lamentos, antes de que iniciara el descenso por los escalones de piedra le llamaron desde arriba.

-¡Espera un momento, joven Spellman! -le dijo la voz gutural del rechoncho Barstowe.

El enfermero en prácticas alzó la vista hacia el descansillo del primer piso y vio que el otro bajaba rápidamente la escalera. Barstowe blandía un objeto que parecía un palo negro, aproximadamente de medio metro de largo y con la punta de plata.

Mientras bajaba, el enfermero vio que Spellman contemplaba su arma y la apretó contra su cuerpo, ocultándola lo mejor que pudo.

-Ve preparado, como digo siempre -musitó con una sonrisa forzada cuando llegó al lado del estudiante-. Mira, Martin -añadió cambiando al momento de tema-, sé que no te gustan mucho los pabellones inferiores y el Infierno…, así que, si quieres, bajaré yo y tú puedes hacer la guardia arriba. Estaba a punto de visitar el pabellón cuatro, así que si te parece…

-¿El pabellón cuatro? No hay inconveniente… Pero ¿para qué es eso, Barstowe? -señaló el palo que el otro casi había conseguido ocultar por completo entre los pliegues de su bata clínica-. ¡Hombre, no creerás que van a intentar escaparse!

-No -respondió Barstowe, desviando la vista-, es que me siento más…, más cómodo ahí abajo provisto de un bastón. Nunca se sabe, ¿verdad?

Mientras Spellman subía la escalera, el ojo de su mente retenía la imagen de aquel palo de Barstowe. Si uno de sus superiores llegaba a conocer la existencia del arma, Barstowe se encontraría metido en un buen lío. No es que creyera que el rechoncho enfermero causaba a los internos algún daño con aquel objeto -si le amenazaba a través de los barrotes del ventanuco, el ocupante sólo tendría que retroceder al fondo de su celda para quedar al margen del peligro-; no, con toda evidencia era como Barstowe le había explicado; con aquel palo simplemente se sentía más «cómodo».

De todos modos, Spellman no pudo evitar el recuerdo de aquellos gritos que oía incrementarse en la noche cada vez que Barstowe tenía guardia en el pabellón del sótano. Lo curioso fue que aquella noche, más tarde -incluso en el segundo piso, en las habitaciones abiertas de los pacientes más dignos de confianza y en los corredores entre aquellos alojamientos relativamente hogareños-, el estudiante de enfermería pudo oír todavía aquellos apagados y torturados ecos del Infierno…

Hacia fluales de octubre, las lecturas y el estudio de Martin Spellman para su libro se habían centrado en casos más especializados: en particular, aberraciones influidas al parecer por fuerzas «exteriores» imaginarias o alucinatorias. Había visto claras conexiones en un buen número de casos razonablemente bien autorizados, conexiones que eran sobre todo interesantes en tanto que mostraban fantasías, sueños y engaños que eran casi idénticos en los diversos pacientes.

Por ejemplo, estaba el bien documentado caso de Joe Slater, el trampero de las montañas Catskill, cuyas acciones lunáticas en 1900 y 1901 parecieron gobernadas no por la luna sino más bien por la influencia de un punto u objeto en el cielo mucho más alejado que la órbita del satélite terrestre. Sin embargo, a Spellman le parecía que la autenticidad de este caso quedaba deslucida por la insistencia del cronista en que Slater estaba, de hecho, habitado por la mente de un ser extraterrestre. Estaba luego el barón alemán Ernst Kant, el cual, antes de su horrible e inexplicable muerte en un manicomio de Westfalia, había creído que sus acciones dementes estaban controladas por una criatura a la que llamaba Yibb-Tstll, y que describía como «enorme y negra, con senos que se contorsionan y un ano en la frente; una "cosa" de sangre negra cuyo cerebro se alimenta de sus propios excrementos…».

De fecha más reciente eran las observaciones grabadas que el doctor David Stephenson efectuó de una tal J. M. Freeth, una maniaca zoófaga cuya intención declarada era «absorber» tantas vidas como pudiera. Eso lo conseguía como el Renfield de Bram Stoker, dando a comer moscas a las arañas, arañas a los gorriones y, finalmente, devorando ella misma a los gorriones. También ella, como el maniaco del relato de Stoker, se encontró con que le negaban la posesión de un gato cuando se vio cuáles eran sus intenciones. Sus extravagantes fantasías habían formado parte de su creencia en que la vigilaba una «criatura divina» sobrenatural, que finalmente acudiría a liberarla. Las obsesiones de la señorita Freeth y su manía de «devorar vida» no eran únicas, ni mucho menos, y el estudiante recogió y registró una serie de casos similares.

Por otra parte, procedente de un manicomio llamado Canton, en Norteamérica, Spellman recogió la terrible historia de un interno que, antes de su huida y posterior desaparición unos siete años atrás, en 1928, había estado absolutamente seguro de su inmortalidad, y de que «habitaría para siempre en Y'hanthlei entre maravillas y gloria eterna…». Su destino (pues tenía una inamovible confianza en sí mismo) estaba gobernado por «los Profundos, Dagon y el Señor Cthulhu» -con los primeros serviría en la adoración y glorificación del último-, fuera cual fuese el significado de aquellos nombres. Sin embargo, las aberraciones de aquel pobre desgraciado ofrecían una pista. Su aspecto recordaba mucho a un pez, con los ojos protuberantes y la piel escamosa, y se creía que estas anormalidades físicas le habían hecho pensar demasiado en ciertos remotos mitos y leyendas relativos a deidades marinas. Parecía probable, a este respecto, que su «Dagon» fuese el mismo dios-pez de los filisteos y fenicios, conocido a veces como Oannes.

Así pues, los estudios de Spellman se hicieron más específicos a medida que transcurrían las semanas, pero poco podía imaginar que en una celda del Infierno residía un hombre cuyo caso era tan extraño como cualquiera de los que hasta entonces había recogido en su libro…

A mediados de noviembre, el doctor Welford, que algo sabía acerca de la nueva dirección que estaban tomando los estudios de su alumno, invitó a Spellman a leer el historial de Wilfred Larner, que solía ser uno de los residentes más sosegados del Infierno, pero que era capaz de transformarse con rapidez de un individuo razonablemente controlado en un furioso animal salvaje. También el caso de Larner parecía tener su génesis en aquellas regiones «exteriores» que tanto fascinaban al estudiante de enfermería.

Así fue como, en su habitación encima del pabellón del sótano, Martin Spellman tuvo contacto por primera vez con el historial de Larner, que le absorbió desde el principio, en particular las menciones de cierto «Libro Negro» -algo llamado el Cthaat Aquadingen-, que se suponía relacionado con el levantamiento de espíritus procedentes del agua y los océanos, y otros «demonios» de orígenes más oscuros. Al parecer este libro era una de las causas principales del rápido declive mental de Larner unos diez años atrás; y según el historial, sus alusiones, sugerencias y en ocasiones la «revelación» flagrantemente blasfema apenas podían considerarse como una lectura inocua para cualquier persona con un equilibrio mental delicado.

Difícilmente podría culparse a Spellman por no reconocer el título, Cthaat Aquadingen, pues el libro era conocido tan sólo por unas pocas personas desperdigadas, en su mayoría anticuarios eruditos o estudiosos de obras raras y antiguas, algunos de ellos estudiosos de los fenómenos oscuros, las ciencias ocultas. En efecto, sólo existían cinco ejemplares de la obra, en formas diversas, en todo el mundo; uno se encontraba en la biblioteca privada de un coleccionista londinense; otro bajo llave -junto con el Necronomicon, los Fragmentos de G'harne, los Manuscritos Pnakóticos, el Liber Ivonis, el temible Cultes des Goules y las Revelaciones de Glaaki- en el Museo Británico, y dos de los otros en lugares aún más remotos e inaccesibles. El quinto ejemplar era el que pronto caería en las manos del inadvertido Spellman.

Pero dejando este libro aparte, Larner, durante su decadencia y antes de que su hermana lo metiera en el instituto, también había reunido una considerable colección de recortes de prensa de todo el mundo, recortes que, considerados especialmente desde el punto de vista a menudo estrecho de una psique desordenada, podían adquirir toda clase de aspectos perturbadores.

Spellman se preguntaba de dónde había sacado el instituto su información con frecuencia detallada acerca de los acontecimientos que habían conducido al encierro de Larner, y en eso tuvo suerte, pues las preguntas que efectuó a la mañana siguiente al doctor Welford le llevaron a descubrir que la hermana de Larner había puesto todos los documentos relacionados con el trastorno mental de su hermano en manos de los alienistas del instituto. Tanto el archivo de recortes de Larner como su Cthaat Aquadingen (un voluminoso rimero de hojas tamaño oficio grapadas y manuscritas por el propio Larner, copiadas presumiblemente de alguna otra obra) seguían guardados en un armario de las espaciosas oficinas administrativas de Oakdeene, y el doctor Welford no fue contrario a la idea de ponerias, al menos por algunos días, a disposición de Spellman.

Muy poco pudo entender el estudiante del gran manuscrito de Larner, pues había demasiadas incoherencias en su extraño contenido -extravagantes yuxtaposiciones en la estructura de la frase y cosas por el estilo-, las cuales parecían indicar que se trataba de una traducción de alguna otra lengua, tal vez del alemán, debida a una persona no demasiado versada en el idioma, quizás el mismo Larner. Por otro lado, éste pudo haber copiado su obra de alguna otra versión traducida, aunque tampoco era del todo imposible que él mismo fuese el autor, si bien esto último parecía poco probable. Había espeluznantes descripciones de ritos -horrendas deremonias «mágicas» que comportaban sacrificios humanos y de animales-, las cuales, pese a los efectos de una mala traducción, fueron más que suficientes para convencer al estudiante de enfermería de que el estudio de aquella obra había contribuido en gran manera a que Larner acabara en el pabellón del sótano del instituto. Como Spellman tenía una mente muy bien equilibrada y, en consecuencia, le pareció inútil recorrer tres o cuatrocientas páginas de semejante material, pasó rápidamente al archivo de recortes.

Aquello ya era distinto, algo a lo que uno podía hincarle el diente. ¡Y qué regalo para la obra de Spellman! Comprobó con sorpresa que el archivo de recortes estaba lleno de material que sin ninguna duda podría utilizar. Había recortes procedentes de fuentes esparcidas por todo el mundo: de Londres, Edimburgo, Dublín, de América y Africa, de Francia, la India y Malta, de las montañas Troodos de Chipre, de las desérticas llanuras australianas y del bosque de Teutoburger en Alemania occidental, y en su mayor parte se referían a las acciones de personas -tanto aisladas como en grupos o «cultos»- pretendidamente influidas por fuerzas extraterrestres o «exteriores».

Abarcaban un período que iba desde principios de febrero de 1925 a mediados de 1926 -casos detallados de pánico, manía y misteriosas excentricidades-, y a medida que leía, Spellman estableció rápidamente vínculos en lo que a primera vista parecían relatos aislados. Dos columnas del News of the World habían sido dedicadas al caso del hombre que lanzó un grito terrible antes de matarse saltando desde una ventana de un cuarto piso. Las investigaciones en su habitación demostraron que el suicidio estaba relacionado con alguna clase de rito mágico; dibujada en el suelo con tiza había una estrella de cinco puntas, y las paredes estaban pintadas con una tosca representación. del blasfemo Código Nyhargo. En Africa, los puestos misioneros de avanzada habían informado acerca de amenazadores murmullos por parte de tribus poco conocidas del desierto y la jungla, y uno de los recortes mostraba cómo se hacían sacrificios humanos en honor de un espíritu de la tierra llamado Shudmell. Spellman relacionó en seguida esta información con la fantástica y todavía inexplicada desaparición de sir Amery Wendy-Smith y su sobrino en Yorkshire en 1933; también ellos parecían obsesionados por la convicción de que estaban condenados a muerte por los ardides de una «deidad» similar llamada Shudde-M'ell, «de aspecto gigantesco, gomoso, como una serpiente, y con tentáculos». En California, toda una colonia teosófica vestía túnicas blancas para un «glorioso advenimiento» que nunca llegaba, y en el norte de Irlanda jóvenes con túnicas blancas saquearon y prendieron fuego a tres iglesias de los suburbios para hacer sitio a «los Templos de un Señor Más Grande». En las Filipinas, los funcionarios norteamericanos encontraron a ciertas tribus fastidiosas en extremo durante todo aquel período, y en Australia el sesenta por ciento de los poblados aborígenes se cerraron a cal y canto, aislándose de todo contacto con los blancos. Cultos y sociedades secretas en todo el mundo salieron a la luz por primera vez, admitiendo lealtad a diversos dioses y fuerzas y declarando que la afirmación de su fe, una «resurrección definitiva», estaba a punto de realizarse. Se multiplicaban los disturbios en los manicomios, y a Spellman le asombró el estoicismo de las fraternidades médicas, que no habían reparado en los paralelismos y se habían limitado a extraer las conclusiones más simples.

La primera noche de su estudio a fondo del archivo, Spellman no se acostó hasta muy tarde, levantándose también muy tarde por la mañana. Aquél era un lujo raro en él. Durante todo el día tuvo una especie de sensación letárgica y no se molestó en estudiar ni siquiera trabajar en su libro. Aquella noche, cuando llegó la hora de su última ronda, todavía se sentía soñoliento y embotado, y fue entonces cuando se dio cuenta de que le habían destinado una vez más a los aborrecibles pabellones inferiores y al Infierno. De nuevo Barstowe compartió el turno de noche con el estudiante de enfermería, y Spellman supuso que antes de la medianoche el fofo colega bajaría para hacerle su ofrecimiento habitual.

A las once se encontraba en el pabellón del sótano, iniciando su primer recorrido apresurado del malsano lugar, cuando le sorprendió oír que le llamaban por su nombre desde el ventanuco con barrotes en la puerta de la segunda celda a la izquierda. Era la celda de Larner, y al parecer el hombre se hallaba en uno de sus estados más lúcidos. Eso le resultó muy conveniente al estudiante, pues tenía la intención de hablar con Larner a la primera oportunidad, y ahora se dio cuenta de que se le había presentado la ocasión.

-¿Cómo está, Larner? -le preguntó cuidadosamente, acercándose para atisbar el rostro blanco enmarcado por el pequeño cuadrado del ventanuco-. Desde luego, parece de buen humor.

-Lo estoy, lo estoy…, y confío en que me ayudará a seguir así…

-¿Yo? ¿Cómo podría ayudarle?

-Dígame -le preguntó Larner sigilosamente-, ¿quién está de guardia con usted esta noche?

-El enfermero Barstowe. ¿Por qué lo pregunta?

Pero Larner había retrocedido, apartándose de la puerta al oír mencionar el nombre de Barstowe, y Spellman tuvo que mirar a través del ventanuco para verle.

-¿Qué ocurre, Larner? ¿Es que no se lleva bien con Barstowe?

-Larner es un alborotador, Spellman… ¿No lo sabías?

La voz gutural y extrañamente amenazadora de Barstowe brotó a sus espaldas, muy cerca.

Spellman se sobresaltó por el inesperado sonido, y se volvió para mirar al rechoncho enfermero, que debía de habérsele aproximado tan silencioso como un ratón.

-Y además -siguió diciendo el desagradable individuo-, ¿desde cuándo te dedicas a hablar del personal veterano con los internos? Esa es una conducta muy irregular, Spellman.

Pero éste no era hombre que se intimidara con facilidad, y el temor instintivo que había despertado en él la aparición de Barstowe se transformó en enojo al percibir la velada amenaza en la pregunta de aquel hombre.

-Nadie te ha llamado aquí, Barstowe -replicó ásperamente-, ¿y qué te propones al bajar aquí con tanto sigilo? Si piensas en cambiarme la ronda, ya puedes ir olvidándolo… ¡No me gusta cómo se comporta esta gente cuando estás de servicio!

Spellman esperó a ver cómo reaccionaba Barstowe ante su acusación indirecta.
El enfermero veterano había palidecido al oír aquello, y era evidente que no sabía cómo responder. Cuando lo hizo su actitud había cambiado.

-Yo.., yo… ¿Adónde quieres ir a parar, Martin? ¿Qué insinúas? Sólo he bajado para hacerte un servicio. No estoy ciego, ¿sabes?, y está claro que no te gusta hacer la ronda por aquí. Pero tú te lo has buscado, Martin. No volveré a ofrecerte mi ayuda nunca más…, puedes estar seguro de ello.

-Me parece muy bien, Barstowe, pero ¿no sería mejor que volvieras arriba? Puede que la mitad de los internos se hayan escapado y anden corriendo por ahí… ¿O acaso temen demasiado a ese bastón tuyo para atreverse? -Barstowe palideció todavía más, y bajo los pliegues de la bata su mano derecha se agitó involuntariamente ante la mención del palo-. Llévatelo, ¿quieres? -Spellman miró con fijeza el bulto delator bajo la bata clínica del enfermero-. Yo en tu lugar no me habría molestado. No lo vas a necesitar esta noche…, por lo menos aquí abajo.

Entonces Barstowe pareció encogerse, blanco como el papel, se volvió sin pronunciar palabra y casi echó a correr por el pasillo y los escalones. Por primera vez, mientras el rechoncho enfermero subía apresuradamente aquellos escalones, Spellman observó que los ventanucos de las puertas que se alineaban en el corredor estaban ocupados. Rostros en diversas etapas de agitación o animación, con los ojos fijos en la figura en retirada de aquel hombre desagradable, estaban enmarcados por aquellas pequeñas aberturas con barrotes, y Spellman se estremeció al percibir el auténtico odio que reflejaban aquellos rostros y ojos enloquecidos.

Una hora después, durante su siguiente visita al Infierno, Martin Spellman trató de hablar con los tres o cuatro internos del pabellón del sótano que de vez en cuando podían expresarse con claridad, pero fue inútil. Ni siquiera Larner quiso comunicarse con él. Y no obstante, el estudiante de enfermería podía detectar cierta satisfacción en la atmósfera; una peculiar sensación de seguridad fluía de un modo tangible tras las puertas cerradas con cerrojo y las paredes acolchadas…

Durante una semana, por lo menos, tras el incidente con Barstowe, Spellman se sintió tentado de mencionar al doctor Welford la extraña conducta de aquel hombre. Sin embargo, no quería causarle a Barstowe ningún mal. Después de todo, no tenía ninguna prueba fehaciente de que no cumpliera con su deber de la forma más adecuada, y el hecho de que llevara consigo un bastón cada vez que visitaba el pabellón del sótano no podía considerarse como prueba concluyente de algún propósito poco profesional. No había modo alguno en que Barstowe pudiera utilizar su arma. Parecía pura y simplemente que el hombre era un cobarde redomado y nada más…, alguien a quien, desde luego, había que evitar y hacer caso omiso, pero de quien no era necesario preocuparse.

Además, las cosas estaban mal en aquellos tiempos, y Spellman no quería cargar en su conciencia con el despido de Barstowe. Sin embargo, hizo una o dos preguntas discretas a los demás enfermeros y, si bien resultó que nadie se interesaba gran cosa por Barstowe, era también evidente que nadie le consideraba especialmente maligno, ni siquiera un mal enfermero. Y así Spellman dejó el asunto de lado…

Hacia fines de noviembre Spellman oyó hablar del proyectado traslado de Barstowe a los alojamientos en el instituto. Al parecer, la casera de la que era inquilino esperaba el regreso de su hijo del extranjero y necesitaba la habitación del enfermero. Pocos días después la desagradable posibilidad se convirtió en realidad, y el extraño y desagradable individuo se mudó a uno de los pequeños apartamentos en la planta baja. Apenas se había establecido allí cuando, a fines del mismo mes, se produjeron en Oakdeene los primeros indicios del horror.

Sucedió a primeras horas de la madrugada, después de una de aquellas tardes infrecuentes en que, incapaz de soportar su entorno durante otra noche sin alguna pausa, Martin Spellman se había dejado persuadir por Harold Moody para ir a tomar un trago al pueblo de Oakdeene. Martin no era bebedor, y su límite solían ser tres o cuatro cervezas, pero aquella noche se sentía «en vena», y el resultado fue que cuando regresó con Moody al sanatorio, poco antes de medianoche, estaba más que preparado para irse derecho a la cama.

Ia cerveza fue también lo que salvó a Martin Spellman del posible enfrentamiento con el horror cuando se produjo, pues en cualquier otro momento los horribles gritos y los demenciales chillidos procedentes del pabellón del sótano sin duda le habrían despertado. Pero bebido como estaba, se perdió toda la «excitación», como la denominó Harold Moody a la mañana siguiente, cuando entró en la habitación del estudiante para despertarle.

La «excitación» se debía a que, cuatro horas antes, hacia las tres de la madrugada, uno de los peores habitantes del Infierno había muerto después de un ataque especialmente horrible. Durante su ataque, el hombre, un tal Gordon Merritt, lunático irremediable durante veinte años, ¡había conseguido de alguna manera arrancarse un ojo!

Sólo más tarde se le ocurrió a Spellman preguntar cuál de los enfermeros tuvo la desgracia de estar de guardia cuando Merritt sufrió su último y final ataque. Y un temblor casi inconsciente de extraña aprensión se apoderó de él cuando le dijeron que había sido Barstowe…

Durante las dos primeras semanas tras la muerte de Merritt, Barstowe se mantuvo muy reservado, mucho más que antes, y eso que nunca había sido precisamente una persona sociable. De no haber estado al tanto de la mudanza, Spellman ni siquiera habría sospechado que Barstowe se alojaba en el instituto. La verdad era que a los directivos de Oakdeene no les habían satisfecho en absoluto los resultados de la investigación, y habían dado al rechoncho enfermero un buen rapapolvo por sus reacciones a la situación la noche del incidente, que habían sido ineficaces y demasiado lentas. La creencia general era que el ataque de Merritt podría haberse evitado si Barstowe hubiera actuado con mayor rapidez.

El 13 de diciembre Spellman tuvo otra vez guardia nocturna, y una vez más le tocó recorrer a cada hora el pabellón llamado el Infierno. Hasta aquel momento nunca se había dado cuenta de que existiera en su inconsciente la menor intención de procurar descubrir más detalles de los hechos que rodeaban la muerte de Merritt -sólo sabía que «algo» le había perturbado durante demasiado tiempo y que había ciertas cosas que le gustaría saber-, y no obstante, en su primera visita al pabellón del sótano, fue directamente á la celda de Larner y llamó al hombre por el ventanuco.

Las celdas estaban construidas de tal modo que todos los ángulos interiores eran visibles desde aquellos ventanucos con barrotes; es decir, que cada celda tenía forma de caña, y el extremo «agudo» de la cuña lo formaba la misma puerta. Larner estaba tendido en su camastro, en el extremo de la celda, contemplando el techo en silencio, cuando Spellman le llamó, pero se levantó en seguida y fue a la puerta al identificar a quien le llamaba.

-Larner -le dijo Spellman tras intercambiar un breve saludo-, ¿qué le ocurrió a Merritt? ¿Fue…, fue tal como han dicho, o…? Dígame lo que ocurrió, ¿quiere?

-¿Podría hacerme un gran favor, enfermero Spellman?

Al parecer, Larner no había oído la pregunta del estudiante… O quizá, se dijo Spellman, había decidido ignorarla.

-¿Un favor? Si puedo, Larner… ¿Qué quiere que haga?

-¡Hay que hacer justicia! -exclamó de súbito el lunático, con tal vehemencia, con algo tan parecido al fervor en su voz, que el joven enfermero retrocedió un paso, apartándose un poco de la puerta.

-¿Justicia, Larner? ¿Qué quiere decir?

-¡Justicia, sí! -El hombre escudriñó a Spellman a través de los barrotes, parpadeando con rapidez, nerviosamente, mientras hablaba. Y entonces, a la manera de ciertos lunáticos, cambió de tema con brusquedad-. El doctor Welford ha mencionado que le pareció a usted interesante el Cthaat Aquadingen. También a mí me pareció en otro tiempo una obra muy interesante…, pero hace ya mucho que no puedo disponer de ella. Supongo que ellos creen que su contenido es…, bueno, que «no me conviene», y tal vez tengan razón, no estoy seguro. Es cierto que si estoy aquí es por el Cthaat Aquadingen. Oh, no hay duda de eso, sí, ése es el motivo por el que estoy aquí. Leía la Sexta Sathlatta con demasiada frecuencia, ¿sabe? Casi rompí del todo la barrera. Quiero decir que no ocurre nada por ver a Yibb-Tstll en sueños, eso al menos puede soportarse…, ¡pero hacer que atraviese la barrera!… ¡Ah! Ese es un pensamiento monstruoso. Hacer que atraviese… ¡sin control!

Algo de lo que Larner habla dicho le sonaba familiar al estudiante. En su breve exploración del libro de aquel loco, Spellman había visto uno o dos pasajes que contenían ciertos cánticos o invocaciones, los Sathlattae, y tomó nota mental de que debía ojear de nuevo el extraño volumen y descubrir lo que pudiera de ellos… Y también de aquella… ¿criatura?…, Yibb-Tstll.

Entonces Larner habló de nuevo, interrumpiendo los pensamientos de Martin. La expresión del lunático habla vuelto a cambiar, y ahora le miraba fijamente, con los ojos muy abiertos.

-Bien, enfermero Spellman, ¿le sería posible hacerme un pequeño y sencillo servicio?

-Primero tendrá que decirme de qué se trata.

-Es muy simple… Quisiera que me hiciese una copia de la Sexta Sathlatta del Cthaat Aquadingen y me la trajera. No hay ningún mal en ello, ¿verdad?

Spellman frunció el ceño.

-Pero ¿no acaba de culpar a ese mismo libro por encontrarse aquí?

-Oh, pero entonces no sabía lo que estaba haciendo. Ahora es distinto…, sólo que no puedo recordar lo que dice; me refiero a la Sexta Sathlatta. Han pasado casi diez años…

-La verdad es que no sé -consideró cuidadosamente Spellman-, pero mire, Larner, los favores son recíprocos, ¿sabe? Todavía no ha respondido a mi pregunta. Podría hacer lo que usted me pide pero, a cambio, ¿está dispuesto a decirme lo que ocurrió la noche en que murió Merritt?

Sin embargo, la expresión de Larner había vuelto a hacerse furtiva y nerviosa, y desvió el rostro.

-Eso lo arreglaremos nosotros, Spellman, no importa cuál sea el precio. -Tras murmurar estas palabras, volvió a mirar el rostro del estudiante, enmarcado por el ventanuco barrado, y a Spellman le asombró de nuevo la facilidad con que cambiaba el carácter de aquel hombre. Ahora su mirada era penetrante, casi la de un hombre cuerdo-. No sucedió nada. Merritt sufrió un ataque, eso es todo. Era un loco, ¿sabe?

Larner se volvió de nuevo, esta vez para ir al camastro y acostarse tal como estaba antes. Spellman supo que su «charla» había terminado y siguió andando lentamente por el desolado corredor, asomándose a los ventanucos barrados al pasar.

Durante el resto de aquella noche, aunque sabía que todo estaba en orden, Martin Spellman no pudo librar su subconsciente de distantes timbres de alarma, y mientras caminaba por los oscuros pasillos echaba de vez en cuando un nervioso vistazo por encima del hombro.

Spellman tuvo el siguiente fin de semana libre de guardia, y dedicó el sábado a buscar las extrañas referencias de Larner en el Cthaat Aquadingen. Por último encontró algo -¿un cántico, quizá?- de aspecto ineqnívocamente misterioso, escondido en una de las cuatro secciones codificadas del manuscrito bajo el encabezamiento de «Sexta Sathlatta». Casi de un modo automático, copió las letras reunidas en extraños conjuntos, y mientras las anotaba en una hoja de papel intentó pronunciarlas. Eran como un trabalenguas:

Ghe'phnglui, mglw'ngh ghee-yh, Yibb- Tstll,
fhtagn mglw y'tlette ngh'wgash, Tibb- Tstll,
ghe'phnglui mglw-ngh ahkobhg'shg, Yibb-Tstll;
THABAITE! - YIBB- TSTLL, YIBB- TSTLL, YIBB- TSTLL!

Entonces, antes de buscar más referencias a Yibb-Tstll, el joven enfermero dedicó algunos minutos más a intentar extraer algún sentido a lo que había anotado. Fue inútil, y al fin abandonó la tarea para buscar las notas correspondientes entre las que llenaban los márgenes. Al parecer, las notas eran el resultado de descifrar las páginas codificadas, los llamados métodos de evocación. Para aclarar el «mensaje» de las notas y facilitar su lectura, Spellman copió cuidadosamente las palabras, como había hecho con la Sexta Sathlatta:

1. PARA INVOCAR LO NEGRO

Este método requiere una oblea de (¿harina?) y agua con la Sexta Sathlatta impresa con los símbolos originales, entregada a la víctima con el cántico de invocación (Necronomicon, p. 224, bajo el título Hoy-Dhin), pronunciado en voz alta y a una distancia que permita a la dicha víctima oírlo. Eso no hará aparecer a Yibb-Tstll, sino a su Sangre Negra, que tiene la propiedad de poder vivir aparte de Él, y es invocada desde un universo tan remoto que sólo lo conocen Yibb-Tstll y Yog-Sothoth, colindante con todos los espacios y tiempos. Se acaba con la víctima cuando la Sangre Negra le envuelve como un manto y le asfixia. Entonces el jugo de Yibb-Tstll regresa con el alma de la víctima al cuerpo de El Ahogador en su propia continuidad…

2. PARA VER A YIBB-TSTLL EN SUEÑOS

…y la Sexta Sathlatta puede utilizarse… que uno puede invocar en sueños la Forma de El Ahogador, Yibb-Tstll, que camina por todos los tiempos y espacios. Sin embargo, debe observarse que el Cántico ha de usarse con cautela -sólo una vez- antes de cada sueño durante el que va a producirse la invocación, para que el Vidente no comunique a aquello que mira una Percepción de la Puerta de su Mente, y que, al usar esta Puerta para entrar desde el Exterior, y al volver al más allá a través de esta misma Puerta, Yibb-Tstll pueda quemar la Mente y la Puerta y todo en su ida y venida…, pues la agonía es grande y la muerte cierta. Ni tampoco, durante semejante visita, estarían controladas sus acciones en esta Esfera; y el apetito de El Ahogador era bien conocido por los Adeptos de la antigüedad…

3. PARA INVOCAR A YIBB-TSTLL

Este método también requiere el uso de la Sexta Sathlatta, invocada tres veces por treinta adeptos al unísono a medianoche del Primer Día. Nota: cualquier grupo de treinta invocadores recibirá la respuesta al ritual como se ha descrito, siempre que al menos uno de ellos sea adepto; pero si no hay entre ellos al menos siete adeptos -y a menos que la noche anterior a la medianoche en que se efectúa la invocación hayan cerrado sus almas con la Barrera Naach-Tith, ¡es muy posible que sufran horribles trastornos y castigos!

Aquí había una nota en tinta roja, añadida por Larner a las notas anteriores: «Hay que tratar de encontrar las palabras restantes para levantar la barrera de Naach-Tith…». A Spellman le pareció evidente que cuando el hombre del pabellón llamado el Infierno escribió la última nota críptica, estaba ya muy avanzado en su proceso demencial.

Durante el resto de la tarde Spellman dejó de lado las páginas de su manuscrito, que iba tomando forma con rapidez, y volvió a sus estudios. Hizo una sola pausa hacia las seis, para cenar, e inmediatamente volvió a sus libros de texto. A las ocho preparó café, pero el brebaje, en vez de mantenerle despierto, pareció debilitarle, por lo que se tendió en la cama con el propósito de dormitar unos minutos. Sin embargo, estaba más fatigado de lo que creía, y se despertó con calambres y escalofríos unas tres horas después, cuando una pesadilla, cuya naturaleza no podía recordar, puso fin a su sueño.

Entonces encendió el hornillo de gas y se preparó otra taza de café antes de coger su manuscrito para hacer algunas pequeñas alteraciones y tomar más notas. Trabajó intensamente hasta las dos de la madrugada, y no se desvistió y acostó hasta que estuvo seguro de que el capítulo de su libro, en el que trabajaba en aquellos momentos, estaba bien encarrilado. Sin embargo, antes de dormir cogió las hojas de papel con las notas anteriormente copiadas del Cthaat Aquadingen.

De nuevo intentó pronunciar en voz alta el extraño revoltijo de letras denominado la Sexta Sathlatta, imaginando que esta vez su pronunciación se aproximaba más a la verdadera. Pero antes de llegar al final de la segunda línea sintió un extraño temor que le hizo detenerse. Un escalofrío involuntario le recorrió la espina dorsal.

¿Qué era lo que había leído de aquella llamada «invocación»? Sí, allí estaba, tal como la había copiado: «… y la Sexta Sathlatta puede utilizarse… que uno puede invocar en sueños la Forma del Ahogador, Yibb-Tstll, que camina por todos los tiempos y espacios».

Un extraño torpor pareció apoderarse de él y sacudió la cabeza para despabilarse; pero aunque eso le despejó un poco, dejó de todos modos los papeles y se tendió en la cama. Estaba claro que a sus nervios les ocurría algo raro. Debía de ser la influencia de aquel lugar y de los internos. Tendría que ir con más frecuencia al pueblo de Oakdeene en compañía de Harold Moody.

Volvió a conciliar rápidamente el sueño, y una vez más lo que soñó tuvo una naturaleza de pesadilla…

Ante él se desplegaba un panorama de insólita vegetación y flores monocromas de aspecto maligno. Junglas de oscuros y exóticos helechos extendían sus frondas culebreantes hacia los cielos de color verde oscuro, sin estrellas, por los que se deslizaban unos pájaros fantásticos de alas con muchas venas, pulsátiles. Había un claro cerca de la maraña infernal de plantas desconocidas, que parecía atraer de alguna manera inexplicable al espíritu inconsciente de Spellman. Los arbustos fungoides se apartaban de él mientras se movía hacia el claro, y enormes insectos zumbaban malignamente, saliendo del interior de flores de venenoso aspecto al aproximarse él. Se dio cuenta de que él era el elemento extraño en aquella monstruosa dimensión de sueño, y que el disgusto de sus habitantes era como el que él podría experimentar si los papeles estuvieran invertidos.

Pronto llegó al claro, una gran zona escabrosa de tierra blanquecina y estéril que se extendía al menos dos kilómetros antes de que la jungla se reanudara al otro lado. En el centro de aquella repugnante extensión estaba La Cosa, y a la distancia a que se encontraba Spellman juzgó que su altura era por lo menos tres veces superior a la de un hombre. Al acercarse más por el terreno costroso, cubierto de escombros menudos, vio que La Cosa se volvía, girando lentamente sobre los pies, que ocultaba un gran manto verde, un manto que sobresalía, se agitaba y contorsionaba desde debajo de… ¿la cabeza?… hasta la corroída y polvorienta superficie en la que se hallaba. Al acercarse aún más, el soñador Spellman sintió unos deseos incontenibles de gritar cuando la gran figura se volvió hacia él y vio claramente su rostro por primera vez. Si la terrible forma no hubiera seguido girando…, sí aquellos ojos le hubieran mirado un solo instante…, Martin Spellman supo que no habría podido evitar el grito; pero no, La Cosa de Verde continuó su giro al parecer sin objetivo alguno, y su voluminoso manto vibraba con un misterioso movimiento…

Cuando Spellman estaba muy cerca del gigante, a unos pocos pasos de distancia, cesó su movimiento hacia La Cosa. Esta había seguido girando, apartándose de él, pero cuando Spellman se detuvo, cesó también de moverse.

¡Entonces La Cosa dejó de girar por completo!

Por un instante, la escena pareció congelada, y el único movimiento era la fantástica ondulación del manto verde. Luego, con lentitud pero de un modo inexorable, la forma monstruosa empezó a girar de nuevo hacia el paralizado soñador.

Pronto la gran figura se detuvo de nuevo, de cara a Spellman, el cual lanzó un grito mudo cuando el horrendo manto onduló con más violencia que antes, entreabríéndose para permitir al soñador tener un atisbo de lo que había bajo los pliegues verdes. Allí, alrededor del pulsátil cuerpo negro del Antiguo, unas criaturas con forma de reptil, enormes alas y sin rostro se apretujaban aferrándose a una multitud de senos negros, como péndulos, que se contorsionaban.
Eso fue todo lo que Martin Spellman vio…

Y la siguiente cosa de la que tuvo conciencia fue que alguien le despertaba agitándole rudamente y abofeteándole.

Harold Moody, con una alegre borrachera a cuestas, acababa de regresar a pie del pueblo de Oakdeene, y se había «dejado caer» para ver si Martin le invitaba a una taza de café. Sabía que Martin solía trabajar hasta muy tarde, pero encontró a su joven amigo presa de la angustia y las convulsiones de su pesadilla. Jamás hombre alguno, medio borracho o no, y a pesar de la hora avanzada, había sido mejor recibido que Harold Moody; pues, aun dándose cuenta de que sólo había estado soñando, Spellman se irguió en la cama temblando sin poder contenerse mientras su visitante tardío preparaba café. Recordaba claramente la pesadilla, y lo que recordaba era la cosa más infernal que jamás había conocido.

La monstruosa jungla ya había sido bastante horrible…, y los insectos que llenaban las flores…, y el claro de tierra muerta y desmenuzada. Peores aún habían sido las criaturas membranosas, ciegas y aladas bajo el manto de un verde enfermizo del gigante. Pero lo peor de todo fueron los ojos en la cabeza de aquel coloso que giraba lentamente…

A la mañana siguiente, a pesar de una extraña apatía contra la que tuvo que luchar duramente, Spellman se dedicó a la larga tarea de buscar con cuidado en el Cthaat Aquadingen. El sueño de la noche anterior había sido tan real…, y no obstante no podía recordar haber visto en el «Libro Negro» de Larner una descripción de algo que se pareciera ni de lejos a la visión de pesadilla que él había tenido. Incluso en pleno día, con el débil sol de diciembre brillando a través de la ventana que daba al patio de ejercicios, Spellman se estremeció al recordar La Cosa de su sueño. No había nada parecido excepto la descripción de Ernst Kant de «una cosa con senos negros y un ano en la frente», y no procedía del Cthaat Aquadingen, sino de una obra relativamente moderna sobre casos singulares de desequilibrio mental, similar al libro que Spellman trataba de escribir. ¿De dónde, pues, había obtenido su subconsciente el monstruo del sueño?

Se dio cuenta de que, después de todo, debía de tener una mente más proclive a la sugestión de lo que había creído hasta entonces. Naturalmente, había soñado con La Cosa tras leer el supuesto método para «invocar a Yibb-Tstll en sueños». Por ridícula que fuera, la idea había influido con fuerza en su subconsciente, y el resultado había sido la pesadilla…

Durante los días siguientes y en el periodo navideño, Spellman tuvo que dedicar todo su tiempo a tareas que le agradaban mucho menos que el trabajo que había hecho hasta entonces. En una palabra, mientras que tenía libres la mayor parte de las noches, sus deberes diurnos incluían la instrucción en métodos para mantener a los internos más peligrosos «limpios y aseados». Tenía que aprender a dar de comer y a bañar a pacientes violentos, y a limpiar las celdas de aquellos inclinados a tener hábitos animales. Se alegró cuando aquellas lecciones terminaron y pudo volver a su rutina anterior.

El 27 de Diciembre Spellman volvió a tener guardia nocturna, y el destino quiso que su nombre apareciera en la lista al frente de aquella tarea especialmente dura: los pabellones inferiores, y en particular el conocido como «el Infierno».

Aquella noche, en su primera visita al Infierno, Spellman se encontró con que Larner le aguardaba tras el ventanuco de su celda.

-¡Enfermero Spellman…, al fin ha venido! ¿Ha hecho…, ha hecho…?

Le escudriñó ansiosamente entre los barrotes.

-¿Si he hecho qué, Larner?

-Le pedí que copiara la Sexta Sathlatta… del Cthaat Aquadingen. ¿Se ha olvidado?

-No, no me he olvidado, Larner -replicó él, aunque en realidad se había olvidado-, pero dígame, ¿qué intenta hacer con la…, la Sexta Sathlatta?

-¿Hacer? ¡Hombre, es…, es un experimento! Sí, eso es, un experimento. Por cierto, enfermero Spellman, ¿estaría dispuesto a echarnos una mano para realizarlo?

-¿«Echarnos», Larner? ¿A quién además de usted?

-A mí…, sólo me refería a mí… ¡Podría ayudarme!

-¿De qué modo?

Spellman se sintió interesado, y a pesar de las circunstancias le impresionó la aparente lucidez del lunático.

-Más tarde se lo diré…, pero deberá proporcionarme pronto la Sexta Sathlatta…, además de unas hojas de papel en blanco y un lápiz…

-¿Un lápiz, Larner? pellman frunció el ceño con suspicacia-. Usted sabe que no puedo darle un lápiz.

-Entonces un carboncillo -le rogó el hombre en tono desesperado-. No puedo hacer ningún daño con eso, ¿verdad?

-No, supongo que no. Creo que puedo facilitarle un carboncillo.

-¡Magnífico! ¿Así pues, usted…?

El loco dejó la pregunta en el aire.

-No puedo prometérselo, Larner…, pero pensaré en ello.

El horrible sueño que había tenido dos semanas antes estaba ya muy borroso en la memoria de Spellman, y se dijo que sería interesante ver qué hacía Larner con la Sexta Sathlatta.

-Bien, de acuerdo…, ¡pero piénselo con rapidez! -le apremió Larner, interrumpiendo sus pensamientos-. Debo tener las cosas que necesito bastante antes de fin de mes. De lo contrario…, bueno, el experimento no saldría bien…; no podría repetirlo hasta dentro de un año.

Entonces la mirada de Larner volvió a extraviarse y su expresión de lucidez se alteró hasta que sus rasgos parecieron vagos y débiles. Se volvió y caminó lentamente hacia la cama con las manos a la espalda.

-Veré qué puedo hacer por usted, Larner -dijo Spellman al hombre de espaldas-. Probablemente esta noche.

Pero, al parecer, el demente había perdido todo interés en su conversación.

Lo mismo sucedió más tarde, cuando Spellman regresó al pabellón del sótano tras una rápida visita a su habitación. Llamó a Larner, introduciendo entre los barrotes un carboncillo, papel en blanco y la hoja con la Sexta Sathlatta copiada del libro de Larner; pero el lunático permaneció sentado en la cama, sin dar respuesta alguna. Spellman tuvo que dejar caer al suelo de la celda los objetos que el demente le había pedido, y ni siquiera entonces Larner mostró el menor interés.

Sin embargo, hacia el amanecer, cuando la grisácea luz del alba empezaba a afirmarse a través de las nubes cargadas de nieve, el joven enfermero observó que Larner estaba atareado, escribiendo; se afanaba con el carboncillo y el papel, pero al igual que antes hizo caso omiso de los esfuerzos de Spellman por comunicarse con él.

Dos días después, tras la pausa del mediodía, Spellman bajó a su habitación para fumar un cigarrillo antes de iniciar sus tareas de la tarde. Mientras extraía el cigarrillo del paquete, miró a través de los barrotes de su ventana (Harold Moody le había explicado jovialmente que los barrotes no eran para mantenerle encerrado -nadie dudaba de su cordura-, sino para mantener fuera a los locos que hacían ejercicio) a la docena de internos del Infierno que paseaban o arrastraban los pies arriba y abajo del patio cercado por altos muros. Los peores tenían grilletes en los pies, de modo que sus movimientos estaban restringidos y eran mucho más lentos, pero al menos la mitad de ellos no tenían ningún impedimento físico…, excepto la atenta vigilancia de la media docena de guardianes enfundados en batas blancas.

Estos últimos parecían especialmente letárgicos aquel día, o al menos ésa era la impresión que obtenía el observador atento, pues desde su ventajosa posición le resultaba claro que Larner estaba tramando algo. Spellman vio que cada vez que Larner pasaba junto a otro interno, le decía algo, y que entonces su mano se aproximaba sospechosamente a la del otro. Parecía a todas luces como si estuviera pasando alguna cosa a los demás. Pero ¿qué sería? Spellman creyó saberlo.

También se dio cuenta de que tenía el deber de advertir a los guardianes del patio de que algo se tramaba…, pero no lo hizo. Era muy posible que, si llamaba la atención de los otros acerca de las actividades de Larner, al final se perjudicara a sí mismo, pues creía que Larner estaba pasando a los otros copias de la Sexta Sathlatta. Entonces sonrió. Sin duda el loco pretendía llevar a cabo el intento de invocar a Yibb-Tstll. ¡Cómo se contradecía la mente del lunático!, pensó, apartándose de la ventana. ¡Vamos! Difícilmente podría uno llamar «adeptos» a las doce criaturas en el patio de ejercicios, y en cualquier caso, a Larner le faltaba un hombre más.

A las cuatro de la tarde llamaron a Spellman para que bajase al patio con otros cinco guardianes y vigilara a los internos del Infierno mientras efectuaban su segundo y último ejercicio del día. Uno de los otros cinco era Barstowe, el cual parecía en extremo nervioso e incómodo, pero se mantenía alejado del joven enfermero. Este ya se había dado cuenta anteriormente de que cuando Barstowe se encontraba en el patio de ejercicios los locos mostraban un apaciguamiento excepcional…, y no obstante, ahora, por primera vez, había en ellos una indefinible actitud de sosegado desafío…, como si, por así decirlo, tuvieran un «as» en su manga colectiva. Barstowe también había reparado en ello, y su interés aumentó cuando Larner se acercó a Spellman para hablar con él.

-Ya no falta mucho, enfermero Spellman -le dijo en voz baja tras intercambiar unos razonables saludos.

-¿Ah, sí? -Spellman sonrió-. ¿Es cierto, Larner? He visto que pasaba a los demás esas copias que ha hecho.

Una expresión de congoja apareció de inmediato en el rostro de Larner.

-No se lo habrá dicho a nadie, ¿verdad?

-No, no se lo he dicho a nadie. ¿Cuándo va a decirme qué significa todo esto?

-Pronto, pronto… Pero ¿no es una lástima que no conozca la fórmula del Naac-Tith?

-Eh…, sí, es una lástima -convino Spellman, preguntándose de qué diablos hablaba ahora el individuo. Entonces recordó haber visto la mención de una llamada «Barrera Naach-Tith» en las notas de Larner en el Cthaat Aquadingen-. ¿Se malogrará por eso el experimento?

-No, pero… la verdad es que lo siento por usted…

-¿Por mí? -Spellman frunció el ceño-. ¿Qué quiere decir, Larner?

-No se trata de mí, comprenda -añadió rápidamente el loco-, lo que me ocurra no puede importar gran cosa en un lugar como éste… Y con los otros ocurre tres cuartos de lo mismo. Aquí,; no hay mucha esperanza para ellos. ¡Qué digo! ¡Algunos de ellos incluso podrían beneficiarse de los trastornos! Pero es usted, Spellman, usted… Y lo siento de veras…

Spellman consideró cuidadosamente su próxima pregunta.

-Entonces, ¿es tan importante esa… fórmula?

Deseó poder comunicarse con el hombre, descubrir los retorcidos círculos en que se movía su mente.

Pero Larner había fruncido repentinamente el ceño.

-No habrá leído el Cthaat Aquadingen, ¿verdad? -le dijo en tono acusatorio.

-Sí, sí, claro que lo he leído…, pero es muy difícil, y no soy… -Spellman buscó la palabra adecuada-: ¡No soy un adepto!

Larner movió la cabeza, ya sin el ceño fruncido.

-Eso es exactamente: usted no es un adepto. Deberían ser siete, pero yo soy el único. La fórmula Naach-Tith ayudaría, naturalmente, pero incluso así… -De repente Larner vio a Barstowe, que se acercaba poco a poco-. Lethiktros Themiel, phitrith-te klept-hos! -musitó al instante entre dientes, y entonces se volvió de nuevo hacia Spellman-: Pero no conozco el resto, ¿se da cuenta, Spellman? Y aunque lo supiera…, no está designada para mantener alejada «su» clase de maldad…

Al día siguiente, cuando Spellman fue un momento a su habitación para observar a los internos del Infierno a través de la ventana con barrotes, volvió a fijarse en la extraña camaradería que existía entre ellos. Reparó también en que Larner tenía cruzado el rostro por una fina cicatriz roja, ausente el día anterior, y se preguntó cómo el loco se habría causado aquella lesión. Por capricho, sin saber exactamente por qué lo hacía, consultó la lista para saber quién había estado de guardia la noche anterior. Y entonces supo que no había sido capricho, sino una horrible sospecha…, pues Barstowe había estado de guardia, y Spellman imaginó al rechoncho y desagradable enfermero con su bastón.
La inquietud volvió a apoderarse de él al pensar en la cicatriz que cruzaba el rostro de Larner y en aquel otro interno que de algún modo había conseguido arrancarse un ojo en un «ataque lunático fatal»…

Aquella noche, bien entrada la Nochevieja, tras un día de festividades muy limitadas para Spellman, al verse ensombrecidas por su creciente inquietud, éste recibió el que debería haber sido su primer aviso definido del horror que se avecinaba. Sin embargo, lo cierto es que le prestó escasa atención; no tenía guardia y trabajaba en su libro. Pero después de que se extinguieron todos los gritos en el pabellón de abajo, Harold Moody, que estaba de guardia, subió a su habitación para decírselo.

-¡Jamás vi nada parecido! -le dijo a Spellman tras acomodarse nerviosamente en el lecho del joven-. ¿Lo has oído?

-He oído unos gritos, sí. ¿Qué ha ocurrido?

-¿Eh? -Moody apuntó su oído sano en dirección a su amigo-. ¿Gritos, dices? Eran más bien cánticos… Todos juntos, a voz en grito, tanto que casi me vuelven sordo del todo. Pero no eran palabras, Martin…, al menos no eran palabras reconocibles…, sino un galimatías. ¡Un puro galimatías!

-¿Un galimatías? -Spellman se levantó de inmediato y cruzó la pequeña habitación para ponerse al lado del agitado Moody-. ¿Qué clase de… galimatías?

-Bueno, la verdad es que no lo sé. Quiero decir…

-Veamos si era así -le interrumpió Spellman, al tiempo que cogía el Cthaat Aquadingen de la mesita de noche y pasaba sus páginas hasta encontrar la que buscaba.

Ghe'phnglui, mglw'ngh ghee-yh, Yibb- Tstll,
fhtagn mglw y'tlette ngh'wgah, Yibb- Tstll,
ghe'phnglui…

Se detuvo abruptamente, dándose cuenta de que no necesitaba leer las palabras del libro, porque de pronto estaban impresas de un modo indeleble en su mente.

-¿Era…, era algo así lo que cantaban ellos?

-¿Eh? No, no, era diferente…, unas sílabas más ásperas, no tan guturales. Y ese tipo, Larner… ¡Dios mio, ése sí que es un caso!… No paraba de decir que «no conocía el final».

Moody se levantó para marcharse.

-De todos modos, ya ha terminado…

Cuando Moody llegaba a la puerta, empezó a sonar el despertador de Spellman. El joven enfermero había fijado el mecanismo para que sonara a medianoche, simplemente para saber cuándo llegaba el Año Nuevo. Recordándolo ahora, deseó un feliz Año Nuevo a Harold. Entonces, después de que su amigo le respondiera afectuosamente y cerrara la puerta tras de sí, Martin cogió de nuevo el Cthaat Aquadingen.

Nochevieja… ¡La noche anterior al primer día del año! Así pues, se dijo Spellman, Larner había tratado de levantar la «Barrera de Naach-Tith», pero, naturalmente, no había sabido todas las palabras. Spellman reflexionó también en el extraño hecho de que él era capaz de recordar, sin ningún esfuerzo digno de mención, la Sexta Sathlatta, y que las misteriosas consonantes de aquellas líneas demenciales parecían de algún modo aclararse más en su mente y su lengua.

Bien, de acuerdo…, se había permitido una o dos tonterías con Larner, pero aquello había terminado…; era hora de que el misterioso experimento del loco llegara a su fin. Sin embargo, por su complacencia con las alocadas fantasías del lunático, se habían producido los disturbios en el pabellón conocido como «el Infierno». ¿Y qué ocurriría la noche siguiente? ¿Repetirían veinticuatro horas después los internos del Infierno la Sexta Sathlatta trece veces, en un intento de invocar al temible Yibb-Tstll? Spellman lo creía así, y (caramba con la astucia de la mente lunática) Larner había tratado de atraerle a… ¿aquella especie de reunión espiritista?

No es que Spellman creyera ni por un momento que alguna clase de daño, sobrenatural o de otro tipo, podría provenir de las palabras pronunciadas por un grupo de locos; pero una repetición de los desórdenes de aquella noche podría muy bien alertar a las autoridades del sanatorio acerca de sus tratos con Larner, a todas luces ilegales. Entonces se vería sin duda en problemas, incluso en una posición incómoda, y no quería perjudicar sus relaciones con el doctor Welford y uno o dos de sus superiores. Por la mañana tenía guardia en los pabellones superiores, y terminaría a las cuatro de la tarde, pero antes encontraría la manera de bajar a ver a Larner. Tal vez unas palabras amables con el lunático normalizarían las cosas.

Ya en la cama, antes de dormirse, Spellman pensó de nuevo en su habilidad para recordar con detalle la caótica Sexta Sathlatta, y apenas se había representado mentalmente aquellas líneas cuando las palabras afloraron a sus labios. Asombrado por su insospechada facilidad, susurró las palabras en la oscuridad de su habitación, y casi de inmediato se sumió en un profundo sueño.

Volvía a estar en el misterioso bosque bajo los cielos verdeoscuro surcados por extrañas aves. De nuevo, mucho más intensamente que antes, su espíritu soñador sintió el tirón de La Cosa en el claro escabroso: Yibb-Tstll enorme y potente, girando de un modo inexorable, casi estúpidamente, alrededor de su propio eje, con su manto ondulando de manera monstruosa mientras las oscuras criaturas bajo sus pliegues aleteaban y se aferraban con ciego horror a los múltiples senos negros y serpenteantes.

Esta vez, en cuanto Spellman se deslizó (su movimiento en el sueño era tan etéreo como el deslizarse de las algas en una ciénaga fantástica llena de sargazos) hacia el claro de tierra desmenuzada, la vasta obscenidad en el centro detuvo su giro, y al aproximarse más vio que sus ojos estaban fijos en él..

El puro horror de lo que siguió mientras se acercaba más y más al abominable Antiguo arrancó a Martin Spellman de su sueño, y su simplicidad no hizo más que reforzar aquel horror. ¡Lo asombroso era que Spellman había sido capaz de reconocer lo que eran realmente las contorsiones de aquellos rasgos infernales!

-¡Ha sonreído…, La Cosa me ha sonreído! -gritó, al tiempo que se incorporaba en la cama y apartaba las mantas.

Permaneció sentado durante largo rato, contemplando con los ojos muy abiertos la oscuridad de su habitación, temblándole los miembros y con una sensación enfermiza en la boca del estómago. Luego bajó de la cama y, con manos convulsas, se preparó café.

Dos horas después, hacia las cuatro de la madrugada, cuando el alba todavía estaba lejos, logró superar sus dificultades para conciliar de nuevo el sueño. Y durante el resto de la noche durmió plácidamente…

Cuando Martin Spellman se despertó, la mañana del día de Año Nuevo de 1936, no tuvo tiempo para pararse a considerar lo sucedido la noche anterior; durmió hasta bastante tarde, luego tuvo que hacer guardia y el tiempo pasó volando. Spellman no lo sabía, pero aquél iba a ser el día más lleno de acontecimientos desde su llegada a Oakdeene… Y al final del día…

A las diez y media de la mañana logró encontrar la manera de bajar al pabellón del sótano, y una vez en el Infierno fue directamente a la celda de Larner. A través del ventanuco barrado vio que su propósito de hablar con el lunático era inútil. Larner echaba espuma por la boca y, presa de un ataque silencioso, se arrojaba contra las paredes acolchadas, con los ojos hinchados y mostrando los dientes, que hacía rechinar con frenesí. El estudiante abandonó el pabellón y encontró al enfermero encargado de atender los pabellones inferiores. Informó del silencioso ataque que sufría Larner y volvió a ocuparse de sus tareas.

Hacia el final de la pausa para almorzar, Harold Moody, que no había visto a Spellman en el comedor, encontró al joven enfermero paseando de arriba abajo en la intimidad de su reducida habitación. Spellman no le dijo nada de lo que pensaba. De hecho, ni él mismo sabía lo que le preocupaba, excepto que tenía la sensación de que se avecinaba… algo, inquietante sensación que se alivió un poco cuando Moody le dio la noticia de que Alan Barstowe había dejado su trabajo en el sanatorio. Nadie sabia con seguridad por qué el rechoncho enfermero dejaba su trabajo, pero al parecer habían corrido rumores acerca de su estado nervioso. Moody declaró que en su opinión el lugar y los internos habían terminado por desequilibrar a aquel hombre…

Más tarde, tras finalizar las tareas de la jornada, Spellman -todavía excesivamente satisfecho por la noticia de la inminente partida de Barstowe, más contento y relajado a cada minuto que pasaba- tomó una comida rápida antes de volver a su habitación y sacar sus manuscritos. Pero a las nueve de la noche, al descubrir que con la llegada de la noche había vuelto su fastidiosa inquietud, impidiéndole concentrarse, dejó el libro de lado y se dispuso a pasar un rato tendido en la cama. Dedicó algún tiempo al intento de detectar ruidos insólitos procedentes del Infierno, y no le alivió nada descubrir que todo parecía muy tranquilo allá abajo. Pocos minutos después, al darse cuenta de que empezaba a adormilarse, se levantó y encendió un cigarrillo. No quería dormir; tenía el propósito de permanecer despierto hasta la medianoche, para ver si los habitantes del sótano emprendían alguna otra actividad inspirada por Larner.

Para entonces se había apoderado de Spellman un intenso deseo de leer de nuevo el Cthaat Aquadingen, en especial la Sexta Sathlatta…, y tomó el libro antes de poder reprimir aquel impulso. No tenía idea de lo que podía interesarle del «Libro Negro» de Larner en aquel momento. Pero se sentía muy fatigado, lo cual era bastante natural, teniendo en cuenta los disturbios de la noche anterior, y empezaba a dolerle la cabeza. Sin embargo, aunque se tomó una taza de café preparada a toda prisa, acompañada de una aspirina, el cansancio y el dolor detrás de las sienes fueron en aumento, hasta que se vio obligado a acostarse. Consultó su reloj y vio que eran las once menos diez; y entonces, antes de que supiera qué ocurría…

…Alguien, en alguna parte…, una voz bien conocida…, musitaba las palabras caóticas de la Sexta Sathlatta, y en el mismo momento en que se sumía en un profundo sueño, Spellman supo que aquella voz era la suya propia…

Volvía a estar en el borde del emponzoñado claro, bajo unos cielos de color verdeoscuro y con la jungla maligna ya a sus espaldas; y frente a él, en el centro del claro, aguardaba Yibb-Tstll, girando inexorablemente como siempre sobre su propio eje. Spellman deseaba darse la vuelta y echar a correr, alejarse de La Cosa, que aguardaba con su gran manto verde y ondulante. Se abatió, oponiendo toda la fuerza de su mente inconsciente y su voluntad contra el horrendo magnetismo que irradiaba de la repugnante monstruosidad giratoria que estaba ante él… Lucho y casi ganó…, pero no del todo. Lentamente, con una lentitud desesperante, con la mente dormida estrujada hasta formar una minúscula bola de concentración, Martin Spellman sintió el tirón hacia delante por parte de aquella tierra leprosa. Y mientras se oponía al horror del Antiguo, podía percibir la cólera de éste, la premura que engendraba ahora en la atmósfera de aquella atroz región de sueño.

Spellman libró su perdida batalla durante un tiempo que pareció extenderse horas enteras, y entonces Yibb- Tstll, cansado del juego y consciente de la escasez de tiempo, intentó una táctica diferente.

Cuando se encontraba aún a considerable distancia del centro del claro, Spellman vio que La Cosa detenía su giro; y entonces, sin previo aviso, el horror echó atrás su manto para liberar a las infernales criaturas que anidaban debajo…

Spellman sólo podía enfrentarse con una cosa a la vez, y Yibb-Tstll no iba a permitirle esta vez la huida hacia el despertar. Aun sabiendo que estaba soñando, Spellman se encontraba a merced de su sueño. Lanzó un mudo grito, atacando ferozmente a las negras criaturas aleteantes, sin rostro, de cuerpo repulsivo, las cuales le golpeaban con sus alas de piel y hueso e intentaban hacerle caer al suelo. Al fin ellas ganaron y el hombre cayó, y se agazapó, cubriéndose la cabeza con las manos mientras sentía que le empujaban rápidamente hacia delante, y cuando cesó la ruidosa actividad a su alrededor, alzó la vista, amedrentado…, y se encontró a los pies de la colosal Cosa envuelta en el manto verde.

De nuevo aquellos ojos atroces…, aquellos ojos rojos que no estaban fijados donde deberían…, ojos que se movían con rapidez, independientemente…, deslizándose con repugnante viscosidad por toda la putrefacta superficie de la cabeza pulposa y reluciente de Yibb- Tstll.

De súbito vio que no estaba solo, y aquello le distrajo del horror que se alzaba ante él. Había otros con él…, doce más…, e incluso en el sueño los rasgos y las formas de algunos de ellos estaban contorsionados, y otros babeaban y sus miradas eran extrañas, haciendo patente su intensidad.

¡Larner!… y el resto de los internos del Infierno… Aquello parecía ahora una reunión de locos hechiceros que hubieran ido a postrarse a los pies de un «dios» lunático, el repugnante Yibb-Tstll.

Todavía arrodillado, Spellman desvió el angustiado rostro y vio un libro abierto ante él, sobre el suelo putrefacto. ¡El Cthaat Aquadingen, el ejemplar de Larner, y abierto por la Sexta Sathlatta!

-¡No! ¡Oh, no! -gritó Spellman sin voz, comprendiendo de súbito.

¿Por qué? ¿Con qué objeto debería permitirse a aquella… Cosa… caminar sobre la Tierra?

Larner se agachó junto a él.

-En el fondo de tu corazón lo sabes, enfermero Spellman. ¡Lo sabes!

-Pero…

-No hay tiempo.¡ Ya es casi medianoche! ¿Te unirás a nosotros para la Llamada?

-¡No, maldito seas, no!

Spellman grító mentalmente su negativa.

-¡Lo harás! -respondió una voz retumbante y extraña en su cabeza-. ¡Ahora!

E Yibb- Tstll sacó de debajo de su manto una cosa verde y negra que podría ser un brazo, con una especie de mano provista de dedos cuyas puntas aplicó a la boca, las orejas y las narices de Spellman…, profundizando en su mente…, buscando y apretando ciertos lugares…

Cuando el gran Antiguo retiró sus dedos viscosos, los ojos de Spellman tenían una expresión vacua y le colgaba la boca, goteando saliva. Sólo entonces, a medianoche, como obedeciendo a una orden, aunque nadie la había dado, simultáneamente y en un perfecto unísono el grupo dio comienzo a la invocación…, con Spellman erguido en su cama y los demás en sus celdas del pabellón inferior.

A principios de febrero se extinguió el furor en Oakdeene. Para entonces los acontecimientos de la noche del primero de enero de 1936 habían sido cuidadosamente examinados -lo mejor que se pudo-, y se registraron para futura referencia en varios informes. Para entonces, también, el doctor Welford había presentado su dimisión; tuvo la desgracia de ser el jefe de guardia la noche en cuestión. Y aunque se reconoció, en general, que la responsabilidad de los hechos no era en modo alguno suya, su dimisión pareció apaciguar a los directores, los periódicos y los familiares de muchos internos.

Desde luego, si el doctor Welford hubiera sido un hombre sin escrúpulos, podría haberse beneficiado, al menos en parte, del resultado de lo que acaeció aquella noche, pues al mes siguiente cinco habitantes del Infierno -tres de ellos considerados hasta entonces como maniacos incurables- fueron dados de alta como ciudadanos perfectamente responsables. Pero, ¡ay!, otros cinco, uno de ellos Larner, habían sido encontrados muertos en sus celdas, poco después de los disturbios de medianoche…, víctimas de «frenéticas convulsiones lunáticas». Los otros dos sobrevivieron, pero en estado de profunda y permanente catatonia.

Tales habían sido los disturbios en Oakdeene la mañana del dos de enero que al principio se creyó que la horrible muerte de Barstowe en la carretera solitaria entre el sanatorio y el pueblo de Oakdeene había sido debida a un loco escapado en la confusión. Por alguna razón, el rechoncho enfermero no había esperado hasta la mañana para marcharse -tal vez tuvo alguna premonición del horror que se avecinaba-, sino que había partido a pie con su maleta poco después de las once de aquella noche. Al parecer Barstowe había tratado de luchar antes de sucumbir a su atacante: un bastón telescópico negro con contera de plata -un instrumento que podía abrirse para formar un arma puntiaguda de unos tres metros de longitud- se encontró cerca de su cuerpo, pero sus esfuerzos habían sido en vano.

En cuanto se descubrió cl cuerpo de Barstowe, el recuento de los internos de Oakdeene, vivos y muertos, sirvió para acallar los rumores que pudieran haber corrido acerca de la seguridad del instituto, pero desde luego el rechoncho enfermero había sufrido alguna clase de ataque maniaco. ¡Ningún hombre en su sano juicio, ni siquiera el más feroz animal, podría haberle destrozado de aquella manera y devorado la mitad de su cabeza y el cerebro!

En conjunto, los sucesos de la noche de los dos primeros días de enero de 1936 podrían haber llenado todo un capítulo del libro de Spellman…, si hubiera terminado el libro. Pero no lo terminó, ni lo hará jamás. Tras haber sufrido un terrible trastorno, Martin Spellman, ahora un hombre ya mayor, sigue ocupando la segunda celda a la izquierda en el Infierno; y como, incluso en sus momentos más lúcidos, se limita a balbucear, babear y gritar, la mayor parte del tiempo le mantienen bajo sedación…

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